El primer mordisco es el más dificil [Libre][Interpretativo]

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El primer mordisco es el más dificil [Libre][Interpretativo]

Mensaje  Adrian Von Kageneck el Mar Jul 05 2016, 13:54

Adrian atravesó las grandes puertas de la ciudad cercana la medianoche, caminaba con paso firme y ligero, con su bastón pendiente de su mano derecha sin rozar el suelo. Conforme avanzaba por las húmedas calles de Lunargenta, comenzaba a sentirse como en casa. Sus hombros se relajaron y sus pasos se volvieron más seguros bajo la luz de las estrellas. Había estado muchas otras veces en esa ciudad, pero nunca la había examinado con detenimiento: los pequeños y ricos detalles de esmeradas fachadas en los principales edificios en contraposición a los rudimentarios carteles del mercado -a esas horas ya desierto-; los atuendos de los lugareños eran algo estrambóticos, algunos vestían ropas de imitación de dudosa calidad, otros ni siquiera se esmeraban en ocultar su estatus social. Adrian se sorprendió a si mismo escrutando a los ciudadanos aunque estuviesen lejos, ¿cuándo había mejorado tantísimo su vista?
Ignorando sus propios pensamientos, dejó que sus pies le guiasen a través de las serpenteantes callejuelas, llevándole inconscientemente hasta uno de los lugares más abarrotados de la ciudad: la taberna. Se detuvo antes de entrar, deleitándose con los olores que flotaban en el ambiente. Especias, carne asada, y el característico olor a vino barato inundó sus pulmones, haciéndole relamerse lentamente, pasando primero la lengua por sus labios y después por sus dientes. Se dio cuenta de que no sólo su vista había cambiado considerablemente, pues sus caninos parecían haber sufrido algún tipo de daño durante el ataque. Se llevó la mano a la boca, tanteándolos con cuidado, estaban mucho más afilados de lo que él recordaba, pero no parecían rotos.
Adrian miró su reflejo en el pequeño cristal de la puerta, su rostro armonioso le devolvió la sonrisa, de dientes perfectos y aparentemente intactos. Algo más tranquilo, apoyó la mano izquierda sobre la madera y empujó un poco hacia dentro, dando unos pocos pasos para entrar en el lugar. El calor agobiante del interior le abofeteó con furia, obligándole a desprenderse de su abrigo y bufanda.
Caminó en silencio hasta la barra, recorriendo con la vista las mesas a su alrededor. A pesar de que el lugar no estaba lleno hasta la bandera, sí que había más gente de la que había imaginado. El bullicio era indescriptible: risas, entrechocar de jarras y el rechinar de los cubiertos contra los platos se sucedían, ahogando los susurros y el característico sonido metálico de monedas golpeando una mesa. Dirigió su mirada al fondo de la sala, donde un pequeño grupo de ciudadanos se reunía alrededor de una mesa redonda. De vez en cuando la mesa estallaba en carcajadas y quejas, quedando de nuevo en silencio para repetir el proceso una y otra vez, estaba claro que se trataba de una timba. Adrian sonrió con gesto amable y desvió su atención a la tendera al sentir las miradas furtivas de los jugadores.

- Buenas noches, ¿seríais tan amable de servirme una copa de vino? - preguntó prodigando su sonrisa con esmero.

La tabernera asintió mientras se ponía a ello, mirándole de soslayo cuando tenía oportunidad. No se trataba precisamente de una mujer hermosa, pero poseía cierta clase que era extraño de ver en ciudadanos de su estatus. Era alta y robusta, con un largo cabello castaño recogido en una trenza, que caía despreocupada por su espalda. Dejó el vaso sobre el mostrador sin soltarlo y colocó la otra mano abierta hacia él, esperando el pago. Parecía que no era la primera vez que se tomaban algo a su salud y después se marchaban sin pagar.
Adrian colocó su mano sobre la de ella, intentando desviar su atención hacia cualquier otro tema que no fuese su incipiente falta de aeros para pagarle.

- Es usted preciosa de cerca, ¿lo sabía? - Adrian la miró a los ojos, aprovechando para acariciarle con suavidad la mano al tiempo que ella, acalorada, desviaba la mirada.

- ¿Qué ha venido a hacer a este lugar? - replicó la tendera de malas formas, retirando la mano rápidamente. No pudo evitar reír, aunque la buena mujer carecía de modales, probablemente los habría tenido de no haber tenido que trabajar rodeada de borrachos y jugadores - Está claro que no es como el resto de clientela - continuó señalando levemente con la cabeza a las mesas del fondo, con mala cara: era evidente que esos no eran el tipo de huéspedes que ella habría querido para su negocio.

- Negocios, mi bella dama - miró con descaro hacia la timba, esperando que la tendera captase la indirecta -. Se que es lo que le inquieta, y confío en poder ayudarla. Si me disculpa...

Se separó de la barra bajo la mirada inquieta de la mujer, y tomando la copa con elegancia, se encaminó hacia la alborotada esquina. Con una sonrisa de autosuficiencia se sentó en un hueco libre entre dos de los apostantes y dejó su bebida sobre la mesa. Algunos de los jugadores le miraron con incredulidad, ciertamente Adrian era completamente distinto al tipo de ludópatas que solían participar. El silencio se había instaurado entre ellos tras sentarse, y ante él un lugareño fornido y sudoroso sujetaba unos dados y un pequeño vaso de madera, con una sonrisa de medio lado.
No parecía que fuese necesario dar credenciales para participar, y ninguno de los allí sentados pareció oponerse a su participación.

- Así que quieres participar, ¿eh, forastero? - aquel hombre le miró de arriba abajo como un ave rapaz miraría a una presa.

- Para eso estoy aquí, ¿no? - contestó llevándose la copa a los labios para dar un sorbo mientras escuchaba sus cumplidos ladinos sobre la gran suerte que había tenido por llegar justo a la última ronda. Tragó intentando evitar torcer el rostro con desagrado, aquel vino era peor que cualquier cosa que había probado antes. Se llevó una mano a la boca para disimular la tos y miró fugazmente a la tendera, quien le devolvió la mirada con gesto de culpabilidad -. ¿Pero qué demonios le echan a ésto? - dijo dejando la copa de nuevo sobre la mesa, sacudiendo la cabeza. ¿Cómo era posible que ninguno de los comensales se hubiese quejado de aquel extraño sabor a ceniza que tenía la bebida?

Algunos presentes le miraron con gesto de no entender muy bien a qué se refería, aunque ignoraron el comentario para centrar su atención en los aeros que, uno a uno, los integrantes de la timba fueron depositando. Adrian no poseía dinero con el que apostar, pero sí tenía un objeto que serviría como tal. Esperó pacientemente a que todos hicieran su envite y colocó con cuidado su bastón sobre la montaña de dinero. Bajo sus miradas atentas, habló de forma escueta y fingiendo cierta molestia a la hora de explicar su valor.

- Es madera de ébano, de la mejor calidad. Si os fijáis en la empuñadura podréis ver la figura de una dama - sonrió al ver como todos estaban pendientes de sus palabras -. ¡No la toquéis!, dentro de ésta se encuentra la esencia inmortal de la dama oscura de Lunargenta - hizo una pausa bastante dramática mientras pensaba en cómo continuar cuando los murmullos comenzaron a correr como la pólvora entre los jugadores.

No pudo disimular su genuina sorpresa cuando fue aceptado -sin necesidad de decir una palabra más- entre codazos y susurros bastante audibles en un intento de calcular el valor del mismo. No era un báculo barato, más bien un capricho de su juventud, pero no era ni mucho menos todo lo que había narrado. De hecho, dudaba mucho que un mago o bruja pudiera atrapar la esencia de otro ser en un objeto mundano, aunque ese no era su problema.
Desvió la mirada hacia los dados que sostenía el lanzador en sus manos, algunos de sus cantos parecían limados hasta dejarlos ligeramente redondeados. No era la primera vez que veía algo así, estaba acostumbrado a jugar contra tramposos, a menudo los miembros más respetables de la aristocracia eran los más fulleros -aunque desgraciadamente no sólo en juegos de azar-, y llegados a ese punto, hasta él sabía que número iba a salir.
Adrian colocó una mano sobre el brazo de quien sostenía los dados, llamando su atención.

- Si yo gano, os marcharéis de esta taberna y buscaréis otro lugar más adecuado para vuestros negocios - les miró con serenidad mientras éstos se miraban los unos a los otros, algo estupefactos por esa petición. Ignoró algún que otro comentario jocoso y desafortunado referido a la tabernera y continuó hablando con una sonrisa -. El dinero os lo podéis quedar, no me interesa. ¿Hay trato?

Un murmullo de aceptación recorrió a los presentes, y el hombre grueso sonrió socarrón antes de agitar los dos dados en el vaso y colocarlo sobre la mesa con la abertura hacia abajo, ocultando los dados. Todos comenzaron a graznar de forma desordenada los números por los que querían apostar, en general, números aleatorios. Adrian alzó su apuesta: dijo un número extrañamente bajo que provocó las risas del resto de participantes, ya que de todos era sabido que los números con más probabilidad de salir eran el cinco, seis y siete. Parecía que ninguno se había dado cuenta de que los dados estaban trucados, ninguno excepto él y obviamente quien los había traído.

Al alzar el cubilete los dados quedaron al descubierto y una sucesión de improperios y exclamaciones de sorpresa estallaron. Tal y como esperaba, salió el número que había escogido así que recogió con cuidado su bastón y se puso en pie con expresión neutral. Tomó también unas pocas monedas mientras mascullaba "Por las molestias" e inclinó la cabeza. Las expresiones de los jugadores eran muy variopintas, alguno parecía alegrarse por él, otros pocos estaban impresionados y algunos estaban molestos por perder, pero sólo uno parecía realmente enfadado por su victoria.

- Bueno, un placer jugar con vosotros. Pero ahora, si me disculpáis, he de saldar una deuda - se giró para marcharse, apenas había dado un paso cuando se volteó de nuevo -. Por cierto... Ese regordete de ahí está haciendo trampas. Tiene los dados trucados.

El ceño fruncido del lanzador contagió rápidamente el semblante de algunos de los jugadores que parecían indignados con tal afirmación. El resto se alzó ofendido en busca de explicaciones, comenzando a discutir en un tono algo elevado. Adrian se encogió de hombros y echó a caminar hasta el mostrador, depositando sobre él los aeros que había cogido de la mesa.

- Ésto es por las molestias, y por el vino - la tabernera le miró inquisitiva y con gesto algo escéptico, pero tomó sin rechistar las monedas de buen grado.

Sonrió, dispuesto a continuar la charla durante un rato más cuando en un momento una silla cruzó volando el salón de comidas para acabar estampándose contra una pared cercana a ellos. La mujer gritó con enfado y cuando Adrian se giró pudo ver como cuatro de participantes en la timba se dirigían hacia él con gesto amenazador y las arma desenvainadas. Tras exclamar lo tarde que era y lo cansado que estaba, echó a correr apresuradamente por unas escaleras situadas a la derecha del mostrador. Llegó a la primera planta sin tener idea alguna de hacia donde dirigirse, se encontraba en un largo pasillo con puertas a ambos lados. Fue girando los pomos de todas con las manos temblorosas hasta que tras probar cuatro o cinco, pudo esconderse tras una de ellas. Tras entrar se apoyó en la madera, intentando bloquearla aún respirando entrecortadamente. Echó un vistazo a su alrededor: No había escapatoria posible, la habitación de la pequeña posada sólo poseía una puerta de entrada y un ventanuco en la pared frente a la misma. Cerró la puerta y tras comprobar la falta de pestillo, se encaramó a la ventana con rapidez y se sujetó como pudo al marco. Las voces e improperios procedentes de los jugadores a los que había vencido eran cada vez más claros y audibles. Notando como su corazón palpitaba con fuerza, buscó con desesperación una solución, pero al mirar abajo sintió vértigo y tuvo que cerrar los ojos un momento.
No le quedaba más remedio que saltar, pero no podía negar una mala sensación en el estómago, incentivada por un pensamiento que se repetía una y otra vez en su cabeza: Me voy a matar.
La puerta se abrió de repente y golpeó con fuerza la pared, haciéndole estremecerse. Ya estaban ahí, ¿qué podía hacer? Sin saber cómo, un recuerdo llegó a él como la solución a todos sus problemas. Pudo escuchar con claridad la voz de su madre resonando en sus pensamientos, relatando las viejas historias que le contaba cuando aún era un niño. "Y aquel horrible monstruo era un vampiro, ¡uuh! Y todas las noches, miles de ellos surcan los cielos en busca de víctimas a las que transformar en sirvientes..."
Eran aquellos relatos los que tanto le aterraban en su niñez, y de los que nunca desconfió. Para él esos miedos siempre fueron reales, y aunque a pesar del tiempo había logrado enterrar esa parte de su memoria, gracias a su nueva condición nunca más volvería a temer. Estaba claro que los vampiros podían volar, ya se lo había dicho su madre hacía años. Según recordaba, sonaba bastante convincente, ella jamás le habría mentido.

- Allá voy - susurró, extendiendo los brazos con vehemencia.

Tras cerrar los ojos de nuevo, se dejó caer desde la ventana. El aire frío y húmedo de la noche le azotaba el rostro y la brisa le revolvía los cabellos. La sensación de libertad y bienestar era increíble, ¿cómo no lo había pensado antes? ¿Cuánto tiempo había perdido a lo largo de su vida yendo caminando cuando podría haber volado?
Todos esos pensamientos se agolpaban en su mente mientras caía durante lo que le parecieron unos minutos eternos que en realidad fueron segundos. Con un ruido sordo y un quejido, Adrian se dio de bruces contra el suelo. Levantó la cabeza unos centímetros para mirar en dirección a la ventana desde la cual había descendido, situada apenas a un par de metros de altura desde su posición.
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