La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

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La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  John Lauper el Sáb Oct 22 2016, 06:01

Algunos minutos habían transcurrido desde que el sol asomara por el este. Sus rayos se filtraban por las ventanas de una vieja posada. En su interior un silencio sepulcral reinaba , en contraste con la imagen que podía apreciarse todas las noches. A aquellas horas el bullicio, mezclado con el sonido de jarras y alguna canción, se apoderaban de todo el lugar. Pero por las mañanas el panorama era muy diferente, y sólo el abundante desorden evidenciaba la importante actividad que había acontecido.

Un sonido interrumpió la pacífica atmósfera, un fuerte ronquido proveniente de una mesa situada en la esquina más alejada. Allí yacía durmiendo un humano de cabellos rojos. Se encontraba sentado en una silla y su cabeza reposaba sobre la mesa, junto a un gran charco de baba.

-¡Despierta ya, Lauper!- grito Densel, quien como todas las mañanas, había ingresado al salón con la intención de poner orden, antes de que los inquilinos despertaran. Era un hombre fornido, de tez oscura y de unos 50 años de edad. -¿Por qué debo lidiar siempre con esta clase de vagos?- se preguntó mientras, resignado, se dirigía a la cocina en busca de algo con que despertarlo. Hacía tiempo que el joven ladrón tenía un acuerdo con el posadero, este le permitía dormir sin costo alguno, pero a cambio, debía cumplir determinados encargos y misiones.

-¡Socorro, no se nadar!- se estremeció el pelirrojo cuando un chorro de abundante agua fresca se volcó sobre su cabeza, provocando que se levantara de un salto. -Si quieres comer, tendrás que cumplir con un pequeño trabajo- dijo el posadero, luego de soltar una fuerte carcajada al ver la reacción de su compañero. Parecía disfrutar haciendo este tipo de maldades. John sacudió su cabeza, tratando de quitar el remanente de agua de su cabello.-¿No es muy temprano para andar trabajando?- preguntó mientras tomaba asiento nuevamente, para luego engullir  los restos de pan de una mesa cercana, continuando la charla con la boca llena. -¿y de que se trata esta vez? espero que no sea otra misión en barco, ya tuve mucho con la última..-. Densel esbozo una maligna sonrisa -Es en el puerto… pero espera...- agregó rápidamente, al ver el desaliento de este - si lo haces bien puede que hasta te de una paga - Los ojos del pelirrojo se abrieron quedando redondos como platos y una sonrisa se dibujó en su rostro. -Hubieras empezado por esa parte..- respondió y tomando al hombre por un brazo, lo arrastró hacia la barra - No perdamos más el tiempo, dime los detalles -.

En otro tiempo, el posadero había sido un corrupto guardia de la ciudad, estando implicado en una serie de negocios sucios. Por esa razón lo habían expulsado. Con el dinero que le quedaba, había comprado una vieja casa y en ella montó una posada. Esta servía como tapadera para su verdadera actividad. A raíz de su antigua ocupación, había adquirido una importante red de contactos, permitiéndole actuar como intermediario en diversas actividades, mayormente ilícitas, y cobrando una importante comisión.

- Muy bien Lauper, te explicare en que consiste - dijo el hombre, mientras buscaba una libreta con sus anotaciones, detrás de la barra. - Pero te advierto que esta vez tendrás que bañarte..-

______________

Nuevamente John Lauper recorría la senda que atravesaba los viejos depósitos, en dirección al puerto. Pero en esta ocasión, lo hacía durante el día y vistiendo el reglamentario uniforme de la guardia de la ciudad. -Maldito viejo y sus estúpidas misiones, ni siquiera puede ofrecerme un disfraz de mi tamaño- protestó el ladrón, mientras ajustaba el gigantesco cinturón adornado con el emblema característico. Densel también le había proveído una ligera armadura de cuero, una capa corta y un casco de metal. Este último, era notoriamente grande y solía deslizarse hasta su nariz, impidiendo su visión. El equipo se completaba con una espada corta ceñida a su cintura y, llevando también, su viejo y gastado morral.

-Otra vez aquí- pensó el pelirrojo al llegar al puerto. Solo unos días habían transcurrido desde su aventura a bordo del “Brisa Marina”. No tenía deseos de subir a otro barco, pero la promesa de una recompensa, lo había hecho ceder. A diferencia de aquella vez, su trabajo consistiría en participar de una estafa.

Un importante artesano de joyas se encontraba al borde de la bancarrota. Este con sus últimos ahorros, había adquirido un pequeño cargamento de piedras semipreciosas, a un valor muy conveniente. Su objetivo era poder ofrecer joyas de segunda categoría y así  recuperar su negocio. Un error al momento de asegurar dicho cargamento, lo había catalogado como piedras preciosas, cuadruplicando su valor real. Viendo una oportunidad única de obtener el dinero necesario para pagar sus deudas, el artesano había recurrido a Densel. El plan era simular el robo del cargamento, para así poder cobrar el, mal catalogado, seguro del mismo. Para que el plan funcionara, el cargamento debía desaparecer antes de tocar tierra, ya que en ese instante se consideraría entregado, dando por concluido el seguro.

Pero esta tarea no sería tan sencilla. El barco transportaba muchos otros cargamentos de gran valor, por esta razón se encontraba fuertemente vigilado. Sólo a la guardia de la ciudad se le tenía permitido el acceso, para realizar sus rutinarios controles de contrabando. Su única opción era mezclarse con estos y, una vez a bordo, buscar una manera de hacer desaparecer las joyas. Pero existía una última condición, el artesano deseaba recuperar íntegro el cargamento de piedras semipreciosas.

El pelirrojo caminó rodeando los muelles hasta detenerse a pocos metros del cuartel portuario. Pudo observar a un grupo de cadetes formado y a un sargento impartiendo instrucciones. El barco de carga arribaría en cualquier momento y la guardia se encontraba alistandose.

-Cadete Dido, Esteban, reportandose a la patrulla ¡señor!- con estas palabras y haciendo un intento frustrado de imitar el saludo miliciano, John se presentó ante el sargento -Traigo una orden desde el cuartel general- agregó mientras ofrecía un rollo de papel cerrado con el sello de la guardia. Densel se había encargado de falsificar dicha orden, mediante la cual  incluía al pelirrojo en el patrullaje matutino.

Luego de inspeccionar varias veces, en forma alternada, la orden y al falso cadete, el sargento suspiro -Que bajo hemos caído- y con un gesto le indico que formara con el resto. Se ubicó en el último lugar de la fila, a la derecha de otro cadete que lo sobrepasaba en altura. Mientras el hombre continuaba con su extenso monólogo, su mente recordó algo que no había tenido en cuenta hasta ese momento. Se suponía que en esta misión contaría con un cómplice, al cual reconocería mediante una palabra clave. Quizás un nombre o descripción física habrían sido más útiles, pensó el ladrón, quizás también dichos datos ya le habían sido revelados, lo cierto es que nunca prestaba demasiada atención a todos los detalles de las misiones.

Su pensamiento se vió interrumpido, cuando el sargento elevó la voz -Es hora, el “Mayflower” ha arribado al puerto-
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  Zatch el Sáb Oct 22 2016, 21:01

La vieja puerta de la posada chirrió para dar paso a una figura esbelta, peluda y de buen garbo que con seguridad se dirigió hacia la barra para encontrarse con el posadero situado detrás de ésta. Su presencia no era inusual allí; cada cierto tiempo, luego de períodos de mala suerte donde su “profesión callejera” no había rendido frutos, el zorro debía acudir al hombre en busca de algún trabajo cuando terminaba quedándose sin dinero. Y no se trataba de labores de mucama o mesero en la hostería, claro que no. Dado que el dueño del lugar llevaba una doble vida (como la mayoría de quienes lo visitaban) siempre tenía alguna misión que ofrecerle, y al ser curros llevados por la izquierda solían acarrear una buena paga.

-Hey, viejo. –Saludó con desinterés mientras apoyaba los codos en la barra, reclinándose hacia el hombre con tez de ébano. El tipo asintió con la cabeza a modo de saludo sin levantar los ojos del vaso que estaba limpiando con un trapo de por sí bastante mugriento- ¿Mala racha, chucho? –Cuestionó, suscitando en Zatch un gruñido de cansancio. Odiaba que lo llamasen así, ¿acaso era tan difícil diferenciar a un bellísimo ejemplar de zorro con un corriente perro sarnoso? Estúpidos humanos- Mi oficio está complicándose en estos tiempos, viejo. Con tanta competencia, la gente está más precavida. Esos ricos avaros no saben compartir, ¿sabes?  –Se encogió de hombros y estiró la mano para tomar una botella de licor que descansaba a su lado. Antes de poder tocarla, el negro le apartó la mano de un golpe. Zatch lo miró con recelo y se cruzó de brazos- Deja de quejarte, mocoso. Si tanto te disgusta ser un ladrón de segunda deberías conseguir un trabajo de verdad de una buena vez. Puedes venir a trabajar aquí, si quieres. A las dos de la mañana esos borrachos no podrían diferenciarte a ti de una dama de compañía. ¿No? Oye, las propinas son buenas. –La grave risa del cincuentón retumbó por la desértica habitación. Al zorro no pareció causarle ninguna gracia, dado que optó por quedarse mirándolo seria y fijamente sin decir ni una palabra. Con tanto enojo lo habrá observado, que Densel carraspeó y, al fin, comenzó a hablarle en serio- Está bien, está bien. Ahora que lo pienso, tengo un trabajo para ti.

Escuchó atentamente la explicación, sin perder ningún detalle. Era la típica misión de un fraude, no sería la primera vez que trabajara en uno. Sin embargo, las circunstancias no terminaban de agradarle: debía hacerse pasar por un guardia de la ciudad. Le planteó a Densel su conflicto; al ser lo que era, la gente solía recordar muy bien su rostro dado que los hombres-zorro no abundaban precisamente. Era demasiado reconocible. El moreno lo tranquilizó contándole que esa guarnición estaría compuesta por cadetes nuevos, por lo cual ninguno tenía por qué identificarlo. Zatch rogó para sus adentros no haberle robado nunca a uno de ellos. Se tomó un momento para sopesar el peligro al que se expondría. Los riesgos eran enormes, pero también lo era la paga, así que…- Me parece bien. Acepto.

Densel asintió con satisfacción antes de darse la media vuelta para caminar hacia la puerta de un pequeño depósito y rebuscar dentro los artículos que el zorro necesitaría en la misión. Regresó con un uniforme de la guardia, ese que él tan bien conocía, y lo depositó ruidosamente sobre la tabla. Además le tendió un pergamino prolijamente enrollado con el sello característico, al que tardó pocos segundos en garabatearle en un espacio en blanco el nombre ficticio del implicado- Oh, casi lo olvido. –El viejo se rascó la cabeza y una pícara sonrisa se le dibujó en los labios, despertando en el velludo joven un muy mal presentimiento- Tendrás un compañero con el que deberás cooperar. No pongas esa cara, chucho, no siempre puedes trabajar solo. Las palabras claves para que se reconozcan son…

_________________

El viento soplaba particularmente fresco al día siguiente. No obstante, Zatch tenía calor bajo la incómoda armadura de cuero y ese maldito casco que le aplastaba las orejas y hacía que su hocico pareciese más sobresaliente y aparatoso. La capa le quedaba corta, levantándose al final debido a la larga y peluda cola, y no había podido ponerse las botas correspondientes dado que sus  patas eran mucho más grandes y alargadas que los pies de cualquier humano. Lo único que agradecía portar era la espada corta en su cinturón, aunque por debajo de la armadura, y sin que se viera, seguía llevando su preciada daga.

Mezclarse con el escuadrón había resultado insultantemente simple. Bastó presentarse temprano y entregar el pergamino al sargento, que parecía haber sido subido de cargo muy recientemente dada su juventud y su aparente inexperiencia, para que lo mandasen a formar fila junto a los demás reclutas. Se presentó como Zacarías Felton. Si bien notó que levantaba un par de miradas suspicaces, lo atribuyó a su aspecto: todos en esa guarnición se veían y olían como humanos, con lo cual les debía parecer raro que un zorro bípedo se parase junto a ellos. No reconoció ningún rostro al punto de asociarlo con alguna pasada víctima, con lo cual se sintió ligeramente más aliviado. Todo parecía marchar bien.

Se mantuvo estoico, mentón alzado y mirada circunspecta  mientras las órdenes eran impartidas. Solamente debían supervisar la transacción y revisar la carga para cerciorarse de que no había mercancía de contrabando, nada más. En medio de la explicación, se sumó al grupo un muchacho bastante particular que le pasó por al lado sin siquiera notar su presencia. Era enclenque, aparatoso y se veía tremendamente inepto. Zatch entendió cómo era que todavía no había terminado en prisión: la guardia parecía repleta de jovenzuelos inútiles  incapaces de atrapar siquiera al ladrón más estúpido y obvio. Tuvo que contener una sonrisa, aunque bajo su expresión imperturbable se agraciaba con la inefectividad de los “defensores de Lunargenta”.

Pocos minutos después, el navío pertinente arribó al puerto y en una prolija fila los guardias marcharon hacia éste. La escalera fue echada y un montón de marineros comenzaron a bajar, algunos con júbilo, otros con expresiones de cansancio. La mitad del escuadrón, entre quienes se encontraban Zatch, el pelirrojo y tres muchachos más, subieron a la embarcación para comenzar la labor de registrar los artículos y vigilar su correcta manipulación. Los otros cinco se ocuparían de revisar las pertenencias de los marines en busca de contrabando y luego se unirían a sus compañeros escaleras arriba.

Entraron a la bodega mayor, una gran habitación iluminada y ventilada con pequeñas ventanas una junto a otra en lo alto de sus paredes. Interminables montones de cajas apiladas ocupaban todo el espacio, con pequeños pasillos entre las hileras. Muy pocos cajones tenían algún tipo de etiqueta para reconocer su contenido, con lo cual debían abrirlos y husmear su interior uno por uno. El zorro frunció el ceño ante la imagen; encontrar las malditas piedras semipreciosas les llevaría horas, si no todo el día y la noche. Entendió por qué Densel había decidido que ese trabajo debía realizarse en pareja. Sin embargo, no tenía ningún indicio de quién podría ser su compañero… todos esos muchachos le parecían unos completos inútiles. Solo se había fijado en uno al que no juzgaba tan inservible: un joven alto, rubio y de quijada ancha que había sorprendido momentos atrás mirándole fijamente. Su rostro le parecía ligeramente conocido y se preguntó si sería porque alguna vez lo había cruzado en la posada del negro. ¿Sería él su compañero? Ojalá que sí, pues era el único hombre lo suficientemente corpulento para propiciar unos buenos puñetazos si la situación se complicaba. Desde siempre le había gustado la idea de pertenecer a un dúo en que él fuese la mente maestra y el otro poseyese la fuerza bruta.

Dejó pasar unos minutos mientras fingía que revisaba algunas cajas al igual que sus compañeros. Cuando concluyó que su secuaz no parecía tener intenciones de mencionar las palabras claves, decidió que las pronunciaría él antes de seguir perdiendo el tiempo. No obstante, eran palabras tan estúpidas que resultaba sumamente complicado decirlas sin quedar fuera de contexto. ¿Por qué mierda ese maldito viejo había elegido precisamente esas?  Bah, no tenía ni que preguntárselo. Era obvio que simplemente se estaba divirtiendo a su costa.
Miró alrededor y suspiró. Tomando coraje, se alejó del cajón abierto que estaba hurgando y fingió tener que acercarse a otro más lejano que “le había parecido sospechoso”. Anduvo rápidamente y, un metro antes de llegar a destino, pateó a posta una caja de madera que le estrujó el dedo pequeño de la pata causando tal estrépito que justificó vociferar: -¡Agh, mierda, por el occipucio de mi Crasgwar!

Un par de compañeros se giraron a mirarlo, sobresaltados y con las cejas en alto. Una lagrimilla de dolor (muy sincera, ya que realmente estuvo a punto de quebrarse el dedito) corrió por la peluda mejilla del zorro, quien los miró encogiéndose de hombros y sonriendo con fingida ineptitud, especialmente al rubio que apostaba lo que fuese a que era su secuaz- Uh, lo siento, fue un accidente. ¡Cuidado con los bordes de las cajas, jajaja! –Uno de ellos, de cabello moreno, rió por lo bajo ante la situación. El rubio, a diferencia del otro, le dirigió una ceñuda mirada de desaprobación y negó con la cabeza. Ambos se dieron la vuelta para continuar con sus labores dejando allí parado a Zatch quien, con cara de circunstancias, miraba disimuladamente a su alrededor para ver si alguien más había presenciado la patética escena.
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  John Lauper el Vie Oct 28 2016, 22:15

Tras una orden del sargento, la guardia había comenzado su marcha en dirección al muelle. Allí los esperaba el recién llegado “Mayflower”, la nave insignia de la aseguradora y transportista “Goldsilver”. Al encontrarse a pocos metros de la escalera de acceso, se dio la voz de alto. El sonido de un golpe seco y de una caída, se impuso sobre el de los marineros que descendían de la nave. Los que alcanzaron a voltear, pudieron observar al pelirrojo tendido en el suelo. Este había sido momentáneamente cegado por su casco y, sin detenerse, se había estrellado con el guardia que formaba delante.

El sargento negó nuevamente con la cabeza y continuó dando las órdenes -A quienes nombre a continuación, subirán y registrarán el barco, el resto revisaremos a los marineros... Felton,...-. Así fue nombrando al zorro, al rubio fornido, al sonriente moreno y a uno que parecía demasiado nervioso.-...Y finalmente Dido..- concluyó el hombre a cargo.-¡Dido!,¿qué esperas?- reiteró con enojo al notar que el joven ni siquiera había movido una ceja. John no se había acostumbrado aún a su nueva identidad.-¿yo?.ahh si si, ya voy señor..- se levantó ruidosamente y, entre tropiezos y enganches, subió la escalera lo más rápido que pudo.

Una vez arriba, los cinco reclutas se dirigieron a la bodega principal. Allí comenzarían a registrar el barco, en busca de contrabando y demás irregularidades. Durante el trayecto, el moreno de simpática sonrisa, se dirigió a él -¿Tu nombre es Esteban?-. El falso guardia asintió con la cabeza, quedando cegado nuevamente por su casco.-Esteban Dido…¿es una broma verdad?- agregó el moreno, mientras asistía a su desdichado compañero. John trató de disimular en su rostro el enojo que sentía por dentro. Era común en Densel, jugarle esta clase de bromas, las cuales ponían innecesariamente en riesgo la misión. Trató de buscar una excusa y, poniendo su expresión más seria, respondió-Para nada… es que mi padre siempre tuvo un gran sentido del humor a la hora de poner nombres... mi hermana se ha llevado la peor parte, su nombre es Elba Calao-. su compañero se rasco la cabeza pensativo -Si son hermanos, ¿no deberían tener el mismo apellido?-. El pelirrojo maldijo por dentro, era común en él cometer esa clase de errores, por andar hablando de más. Por fortuna, su mente era rápida a la hora de idear excusas.-Ehhhh...es que somos hijos de diferente padre… cuando el mío falleció, mi madre quiso rendirle homenaje, nombrando a mi hermana con el mismo sentido del humor- luego de estas palabras, busco apartar la mirada simulando tristeza. El moreno apenado, trató de animarlo -Vaya, cuánto lo siento… tu padre debió ser una gran persona-.

Cuando finalmente estuvieron dentro de la bodega, comenzaron a revisar cada una de las cajas allí presentes. Al ladrón le llamó la atención la nerviosa forma de actuar de uno de sus compañeros. Era apenas más alto que él, llevaba la cabeza descubierta y en su rostro podía notarse dos grandes cicatrices. El hombre mostraba mucho interés en el contenido de las cajas, intentando revisarlas antes que cualquiera de los demás. No había duda que debía tratarse de su socio, buscando dar con el cajón de las piedras. -Eres Thomas, ¿cierto?-John intentó iniciar una conversación. Este reaccionó arrojando una desconfiada mirada -¿Po…por qué lo preguntas?-. El pelirrojo acortó la distancia entre ambos para asegurarse de que nadie más pudiera oír su conversación -Relájate colega, solo quería hablar… permíteme ayudarte con esta...-. respondió mientras intentaba abrir otra de las cajas.-Yo pu...puedo sólo- tartamudeo el guardia mientras intentaba apartarlo con un fuerte empujón.-¡Vaya!...te noto muy interesado por el contenido de esta caja- susurro con su habitual sonrisa burlona.-Pero ¿sabes?, conozco bien lo que estás buscando-. Era el momento oportuno para pronunciar las palabras claves, solo existía un pequeño problema… ¡no las recordaba!. “Occipital” no… “Occiso” tampoco… “Occidente” menos… -¡Por el occipucio de mi Crasgwar!- esas eran las palabras, pero no había sido él quien las pronunciara. Para su sorpresa, en el otro extremo de la bodega, se encontraba un hombre-zorro, el único que no era humano de la guarnición. Este había pronunciado las palabras, al golpearse contra uno de los cajones. Aquel sin duda era su compañero.

-Debo hacérselo saber..- pensó en voz alta. El guardia palideció al escuchar estas palabras y, con los ojos llenos de lágrimas, le suplicó -¡Po...por favor no...no le cuentes a na...nadie!-. Uno de los marineros lo había sobornado para que buscara y ocultará en sus ropas, una bebida alucinógena que transportaban de contrabando. Esta se encontraba prohibida en Lunargenta, debiendo recurrir a estos métodos para consumirla. El hombre había malinterpretado las palabras del pelirrojo, llegando a pensar que este lo había descubierto. Pero John desconocía esta información, aún así buscó utilizar esto en su favor[1].-Tranquilo, no diré nada- dijo, sin saber a qué se refería - pero a cambio tendrás que hacer todo lo que te diga-.El tartamudo suspiro relajado y asintió con la cabeza. -Sigue buscando en las cajas, si encuentras una con piedras preciosas, avisame- ordenó finalmente el ladrón.

Luego de la pequeña interrupción, se dirigió hacia donde se encontraba el zorro. Como respuesta a su clave, debía pronunciar las mismas palabras pero en orden inverso.-Vaya golpe que te has dado peludo. Déjame ver tu Crasgwar, espero que no te hayas dañado el Occipucio-. Se sentía más idiota que de costumbre pronunciando esas palabras. Ni siquiera sabía que significaban, pero aún así se aproximo al zorro ,e inclinándose, simuló revisar su pie.-Parece que no es nada, aunque deberías lavarlo de vez en cuando - rió el pelirrojo , mientras cubría su nariz en broma. -He visto una caja sospechosa en esa esquina, es muy grande, seguro que entre los dos podremos revisarla-. Con esa excusa, buscaba alejarlo del resto y así poder idear en conjunto una estrategia para cumplir con su trabajo.

Una vez estuvieron apartados, volvió a hablar -Supongo que también te envía Densel-. dijo un poco nervioso, aún existía la pequeña posibilidad de que hubiera dicho esas palabras por casualidad.-No deberíamos tardar mucho en dar con el cargamento... tengo algún tipo de acuerdo con ese sujeto para que nos ayude a buscarlo-. Señaló al guardia tartamudo quien se encontraba revisando desesperadamente varios cajones en un rincón.- Aunque quizás sería más rápido si todos lo buscaran por nosotros- agregó esbozando una burlona sonrisa.-¿Se te ocurre algún plan camarada?-


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[1] Uso de maestría: Charlatanería


Última edición por John Lauper el Vie Nov 25 2016, 16:23, editado 3 veces (Razón : Resalte el uso de la Maestria)
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  Zatch el Sáb Oct 29 2016, 03:16

Zatch se mantuvo atento a los movimientos de las personas a su alrededor. El rubio, luego de mostrarle desaprobación por su “torpeza”, había pasado a ignorarlo por completo para volver a sus quehaceres. Miró de uno en uno a los otros cadetes. Examinó a uno un poco menos fornido que el rubio y de aspecto retraído, luego otro con cara de tonto pero brazos fuertes que también podría servirle, miró también al sargento parado de brazos cruzados en la salida de la bodega (distraído observando a los otros cadetes abajo)… y finalmente, cuando se hubo volteado por completo, se encontró de lleno con un insecto pelirrojo que le andaba revoloteando cerca. Alzó una de sus cejas, apenas marcadas en su faz por dos pequeños óvalos de pelo un poco más oscuro, y le fue imposible disimular su expresión de descontento al escuchar las palabras que Densel le había indicado para saber quién sería su secuaz. Con cara de chasco, bajó la mirada y no dijo absolutamente nada mientras el otro fingía examinarle la pata, con “chistesito” incluido. ¿En serio? ¿Ese enclenque con cara de baboso? ¿Ese cabeza de antorcha y brazos flachuchos? ¿Acaso su empleador se estaba burlando de él?- Lo mataré. –Gruñó muy por lo bajo con voz gutural mientras apretaba los puños- Descuartizaré a ese maldito negro.

Cuando a duras penas consiguió salir de la estupefacción, no le quedó más opción que seguir al individuo hacia una esquina ignorada por los otros guardias. No podía dejar de mirarlo. De hito en hito, observó con la boca entreabierta ese casco gigantesco que dejaba entrever mechones de cabello color sangre (por alguna razón le dieron ganas de estamparle un puñetazo en la cara con sólo darse cuenta que era pelirrojo, aunque no sabría justificar su aversión… y menos tomando en cuenta que él mismo también lo era, aunque de un tono anaranjado muchísimo más bello y elegante, por supuesto), miró con desprecio esa napia sobresaliente, ese cuerpo delgaducho, y escuchó esa voz y la manera en que hablaba sin parar… Santísimo cielo, qué mal le caía ese enclenque. -¿Eres imbécil? –Increpó, punzante. Zatch tenía una gran habilidad a la hora de controlar sus sentimientos y aparentar emociones que realmente no estaba sintiendo; no obstante algo en ese tipo lo sacó de quicio, cosa que empeoró cuando oyó cómo mencionaba despreocupadamente el nombre del empleador- No vuelvas a decir ese nombre aquí, ¿acaso quieres que nos maten? -Se llevó una peluda mano al rostro y negó reiteradas veces con la cabeza- Mierda, no puedo creer que me hayan endosado a un novato. –Esto último más bien lo refunfuñó para sí mismo, aunque le fue indiferente ser escuchado por el contrario.

Ahora bien. Aunque no le gustase admitirlo, el cabeza de fósforo tenía razón. Entre ellos dos, y más tomando en cuenta que parecía estar acompañado por un inútil, tomaría horas encontrar la mercancía y con cada minuto que pasara la situación se tornaría un poco más peligrosa. Barrió el sitio con la mirada intentando encontrar la manera de incentivar a los demás para que su prioridad fuese encontrar las piedras. Un sonido contundente, como de una caja haciéndose pedazos contra el suelo, provino de la parte de debajo de las escaleras (donde se encontraba la otra mitad de la guarnición realizando el control de contrabando) llamando la atención del sargento, que abandonó su posición en la puerta para bajar a prestar su ayuda. Probablemente a alguno de los torpes cadetes se le había escapado de las manos. Eran todos muy jóvenes e inexpertos, lo cual le dio la seguridad suficiente a Zatch para realizar la siguiente movida. –Más vale que me sigas la corriente. –Le gruñó en voz baja a su compañero, hostil.

Lo que sucedió cuando se dio la media vuelta fue un cambio de actitud espectacular. Volvió a encaminarse hacia donde se encontraban los demás jóvenes, revisando una tras otras las cajas que no parecían contener nada demasiado interesante. Probablemente ni siquiera sabían bien cómo rebuscar apropiadamente para dar con el contrabando; obviamente los marineros no eran tan estúpidos para ponerlo en lugares tan obvios como en lo más alto de una caja, cosa que los novatos parecían ignorar.
Esta vez, Zatch mantenía una media sonrisa y andaba con una una postura que transmitía seguridad. Cuando estuvo donde los otros, apoyó el peludo codo en una de las cajas y recargó su peso en éste- Nada de nada, ¿eh? –El muchacho de brazos musculados y complexión muy gruesa para su baja estatura simplemente se giró a mirarle, mientras que el de cabello blondo lo ignoró. El moreno de antes, a diferencia de los otros, le dedicó una amable sonrisa y entonces fue a él a quien el zorro se dirigió en voz baja y cordial, con tono cómplice: -¿Sabes? Escuché de mi primo, que es un cargo alto de la guardia, que en este barco transportarían ciertas piedras preciosas… que son falsas, aunque es casi imposible comprobar que lo son. Es sólo un rumor, claro. –Miró intercaladamente a los dos chicos que le prestaban cada vez más atención, y ante su expectación decidió continuar- Me dijo que si no son confiscadas serán vendidas a un muy alto precio en el mercado, el cual no valen. Si las encontramos la Guardia se encargará de ellas, naturalmente. –Como todo lo sospechoso que incautemos, ¿no? –Preguntó el moreno, y Zatch asintió con la cabeza- Así es. Sea peligroso, fraudulento o muy valioso, irá a parar a las bodegas de la guardia sin pasar por nuestras manos más que para dárselo al sargento que, seamos sinceros, ustedes también lo vieron recibir algunas monedas de parte de un marinero hace rato, ¿verdad? –Mintió con descaro acerca del presunto soborno y los crédulos parecieron tragárselo, a juzgar por sus expresiones de sorpresa. Uno de ellos, el bajo, incluso asintió como si realmente lo hubiese visto- Sin embargo… -prosiguió conteniendo una sonrisa- …si esas piedras no llegan a destino y tampoco son encontradas en este barco, nosotros podríamos salir ganando, ¿no creen? –Dejó que la última palabra sonase en el aire para mirarlos con gesto insinuante. Eran jóvenes reclutados como cadetes sin apenas instrucción militar; el zorro sabía que las probabilidades de que fuesen chicos provenientes de familias pobres y campesinas eran tremendamente altas. ¿Cuántos cadetes se rehusarían a llenarse los bolsillos de dinero con una acción tan simple, y más aún siendo respaldados por sus compañeros? Hasta el rubio pareció interesarse sobremanera por el relato, pues para la última parte ya se había girado con tal de sumarse al grupo. Un par de guiños de ojo y miradas cómplices fueron suficientes para que cada hombre se dispersase a abrir nuevas cajas para, esta vez, buscar entre todos una única cosa.

Zatch decidió ponerse a ello también y, tras mirar con pedantería al pelirrojo con clara expresión de “así es como se hace, novato”, se puso a hurgar la caja que tenía al lado.
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  John Lauper el Mar Nov 01 2016, 04:46

John oyó en silencio la reprimenda que su peludo compañero le acababa de propinar. Se preguntó si no era éste, quien en verdad ponía la misión en riesgo, al levantar la voz de esa forma. No entendía por qué aquel sujeto se encontraba de tan pésimo humor.-Ay si, ay si… voy a seguirte la corriente- susurro con un canturreo y haciendo muecas de burla, mientras el zorro se apartaba. Pero sus burlas se vieron interrumpidas cuando éste, en un abrir y cerrar de ojos, tenía a toda la guardia trabajando para él. -Al menos sabes cómo mentir-. reconoció el ladrón, cuando el peludo le dirigió una mirada de superioridad.

Aprovechando la situación, decidió tomarse un descanso y ajustar los cordones de su bota derecha. Al apoyarse en una de las cajas, ésta cedió, empujado a otra a su lado. Esta acción se repitió en 5 cajas más, siendo la última la que cayera al suelo.-Ups… lo siento- se disculpó, mientras rascaba nerviosamente su casco. El resto de los guardias, tras haberse girado para observarlo, retornaron a sus trabajos. Pero un brillo poco común llamó la atención del pelirrojo. Provenía de la caja que acababa de tirar. Ésta se había quebrado y, por la grieta, podían vislumbrarse numerosas piedras de colores. John observó nerviosamente a su alrededor, comprobando que nadie más se había percatado del contenido de la misma. Trató de dirigirse discretamente hacia donde el zorro se encontraba y, una vez allí, simuló (de forma poco creíble) revisar la caja contigua a la que éste revisaba.

-Psss...psss… ende l pd- dijo casi sin mover los labios, en un inentendible tono de voz, pero no obtuvo respuesta. -Chist...chist… ¡encnte la pdra!- repitió esta vez un poco más fuerte y con mejor modulación. Al no obtener respuesta por segunda vez, suspiro frustrado y con un leve tono de enojo dijo -Hey… ¡te digo que encontre las…!-. Antes de concluir su frase, una voz se alzó sobre la suya -¡Aquí están las piedras!- el moreno, al notar la sospechosa actitud del pelirrojo, se había aproximado a la caja, descubriendo su contenido. John maldijo en voz baja.

Los guardias se reunieron en torno a la caja, verificando su contenido. El último en hacerlo fue el hombre rubio. Quien luego de eso, se dirigió hacia el zorro y, desenvainando su espada, lo amenazó llevándola a su cuello. -Entonces tu historia era cierta...bien, ya tenemos las pruebas suficientes para encarcelarte maldito ladrón-. luego dirigiéndose a los demás agregó- Este infeliz le robó a mi familia hace unos meses, lo reconocí ni bien se presentó pero necesitaba pruebas contundentes, entreguemoslo con el sargento de inmediato-. Los guardias permanecían mudos, pero casi involuntariamente comenzaron a dirigirse hacia el zorro. Sólo el pelirrojo rompió el silencio - Pero si hacemos eso,¿qué pasará con las piedras?-.Con estas palabras, había reavivado la codicia de sus compañeros, haciendo que estos se detuvieran. El hombre respondió arrojándole una agresiva mirada, para luego dirigirse a los demás -¿Acaso todos piensan como él?-. pero no obtuvo respuesta. - ¡Entonces los entregaré a todos!- amenazó mientras, empujando al zorro, salía corriendo por la puerta de la bodega.

-¿Q..Qué haremos?- preguntó con desesperación el de las cicatrices. -Date prisa peludo, seguramente eres el más rápido de nosotros, ve tras él y detenlo- propuso el pelirrojo y luego agregó -Deja lo demás en “nuestras” manos-. Resaltando especialmente el "nuestras" y Concluyendo con un guiño de ojo, haciendo entender que se encargaría de los otros dos.

_____________________
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  Zatch el Miér Nov 02 2016, 17:19

Zatch también se giró para dedicarle una desdeñosa mirada al pelirrojo cuando la caja impactó ruidosamente en el suelo. Negó una y otra vez con la cabeza mientras se pasaba la pata por la cara hasta deslizarla a lo largo de su hocico y rogó a los dioses que ese trabajo acabase pronto, pues de no ser así terminaría pelándose el rostro de descontento.

Pronto se hubo girado nuevamente para continuar con su labor. Pensó que, aunque tener ayuda era ciertamente muy conveniente, lo ideal sería que uno de ellos dos encontrase las piedras, dado que se sentía intranquilo ante la idea de que otro de los guardias fuese más avispado que los demás y se hiciese con ellas en secreto, quedándose el supuesto botín para él solo. Se apresuró, hurgando más deprisa. No obstante, su inaguantable compañero volvió a hacer acto de presencia y no pudo más que dirigirle otra de sus ácidas miradas. Si los vistazos matasen, ese cabeza de cúrcuma ya estaría descuartizado en el suelo- ¿Qué demonios dices? Habla claro, pedazo de… -Pero lo que probablemente sería un muy ingenioso insulto fue interrumpido por la voz de aquel amable (y bastante estúpido) guardia moreno que vociferaba haber encontrado la mercancía. Zatch masculló entre dientes una retahíla de injurias, ¿acaso esos malditos bocones no conocían el concepto de susurrar ? Lanzó una mirada furtiva a la entrada para asegurarse de que el sargento no había vuelto, y suspiró de alivio al notar que aún parecía estar ocupándose de algo con la otra mitad de la guarnición.

Sin embargo, su alivio duró muy poco. Apenas se acercó al grupo que se amontonaba alrededor de las brillantes y fraudulentas piedras, el rubio alzó la voz para decir algo que encrespó cada vello en el cuerpo del zorro. ¡Por eso le sonaba su rostro! Recordó fugazmente haberse colado en la modesta casa de una familia tras haber encontrado la puerta sin cerrojo (estupidez usualmente cometida por la clase media-baja) y haber robado el poco dinero que encontró junto a un par de pertenencias de escaso valor, que tras revenderlas apenas le sirvieron para pagarse un par de comidas. En la huida fue interceptado por aquel mismo rubio y su padre, a quienes evadió sin mayores complicaciones. Uno diría que es fácil recordar tales hechos pero, siendo los atracos parte de su rutina, los rostros de las víctimas son sencillamente olvidados. Se hubiese reído por su falta de memoria de no haber sido porque una espada le presionaba la yugular.
-¡Vamos, no te lo tomes tan a pecho! –Le sonrió y se encogió de hombros- Lo sé, lo sé. Estás enojado porque no te reconocí, ¿verdad, Ricitos de oro? –Quizá el ser amenazado por un arma ya le resultaba tan habitual que ni siquiera podía tomarse la situación en serio. Por suerte para él, la intervención del pelirrojo y el mutismo de los otros guardias, quienes parecían mucho más inclinados hacia la corrupción que su compañero, alentaron al susodicho a recurrir a su superior. Se dejó apartar con un empujón y observó, ligeramente pasmado, cómo el joven salía corriendo.

Pronto observó al ladronzuelo, quien lo instó a perseguir al otro mequetrefe y le insinuó que él se encargaría de los guardias faltantes. Dudó. ¿En serio podía confiarle parte de la misión a esa sabandija colorada? Deseó haber tenido opciones, pero la situación requería acción inmediata- ¡No me des órdenes, imbécil, y no me llames peludo! –Clamó antes de salir en persecución del rubio metiche.

Esquivar las cajas no fue tarea difícil ya que sus piernas  estaban acostumbradas a correr entre obstáculos; gajes del oficio. Sin embargo, lo que tenía de ágil escaseaba en fortaleza, y lamentó mucho este hecho cuando, tras salir al exterior del almacén, se encontró con un panorama tremendamente desalentador. Bajando el puente, en el sitio del muelle en que se encontraba la otra mitad de los guardias cumpliendo con su labor de controlar las pertenencias de los marineros, un tumulto de hombres uniformados e individuos vestidos de civil se batían en batalla. Los transeúntes del puerto habían reculado hasta desolar el área lindante al navío, alejándose sabiamente del conflicto- ¿Qué dem…? –Entrecerró los ojos. De los cinco guardias cuatro estaban tumbados en el suelo, algunos retorciéndose de dolor y otros inconscientes. Sólo un soldado, el rubio y el sargento quedaban de pie, intentando dar pelea a seis corpulentos hombres que propinaban sablazos a diestra y siniestra. Aparte de sus vestimentas bastante normales, todos se tapaban el rostro con pañuelos negros que los cubrían hasta las narices. Zatch supuso que eran ladrones al ver cómo un par de ellos hurgaban los bolsillos de los caídos para apropiarse sus pertenencias. ¿Se habían enterado también del asunto de las piedras, o estaban allí por otra razón? Lo cierto era que no pensaba bajar a averiguarlo.

Se escondió tras unos barriles para observar las acciones de los recién llegados. Vio con los ojos bien abiertos la manera en que, uno a uno, los soldados restantes fueron reducidos y sus objetos de valor sustraídos; esos matones no perdían el tiempo. Pasaron algunos minutos hasta que uno de los criminales comenzó a subir el puente que lo llevaría a la cubierta del barco. Nervioso, el zorro volvió a entrar a la bodega. A cada paso que daba se quitaba una parte de la armadura; primero lanzó lejos el casco, luego se quitó la capa y arrancó de su pecho los emblemas que caracterizaban a los protectores de Lunargenta, dejándose puesta solamente la coraza de cuero que le protegía el torso (que sin el distintivo, era igual a cualquier otra pechera) y la espada colgándole en la cintura. Se atusó el largo cabello repleto de tintineantes adornos, masajeó sus orejas adoloridas tras el encierro del casco, y tras breves segundos llegó junto al pelirrojo.
-¡Quítate la ropa de la guardia! Tenemos compañía afuera y no están precisamente del lado de la ley, ¿entiendes? –Urgido, comenzó a mirar hacia todas partes buscando un lugar en el que esconderse para, cuando el otro bando de ladrones entrase, pudiesen pasar desapercibidos y escapar. No estaba tan loco como para intentar dar lucha a seis enormes ladrones- ¡Rápido, agarra las piedras y ocúltate!



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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  John Lauper el Mar Nov 08 2016, 04:40

El zorro salió apresurado, no sin antes protestar ante el apodo impuesto por su compañero.-Y cómo demonios voy a llamarlo si no me ha dicho su nombre-. Pensó John mientras se rascaba la barbilla. Si bien había insinuado, con toda seguridad, que él se encargaría del resto, no tenía ni la más remota idea de cómo lo lograría. Comenzó por observar en detalle la totalidad de la bodega. Las ventanas eran suficientemente grandes ,como para que una persona pequeña pasara por ellas, y podían ser accedidas trepando por la pila de cajas. Si las cosas se complicaban con el zorro, lo abandonaría escapando por allí. Y lo haría sin remordimientos, ya que éste no era de su agrado.

Sus pensamiento se vió interrumpido por una voz familiar.-¿Y no..nosotros q...qué haremos?-. el guardia tartamudo se veía aún más nervioso y a su lado, el moreno, parecía compartir su misma inquietud. Ambos acostumbraban a seguir órdenes más que a impartirlas, por esta razón habían tomado una actitud más pasiva, esperando que, ya sea el pelirrojo o el zorro, les dijeran qué hacer. -Ehh.. bien…Thomas, podrías ir del otro lado de la puerta y hacer guardia, cada vez que alguien se aproxime golpéala con fuerza tres veces-. El tartamudo levantó una cejas e intentó expresar con dificultad su duda, pero fue interrumpido -si ellos te ven fuera, podrás decir que intentabas detener al zorro- John concluyó guiñandole un ojo. El guardia se tranquilizó y, asintiendo en silencio, salió rápidamente por la puerta. Con esto, el ladrón cumplia con dos objetivos, por un lado se deshacía de uno de los guardias, y por el otro ganaba a alguien que le advierta sobre un posible fallo en la misión. Aunque él mismo no lo había ideado de esa forma, siendo más bien una rara coincidencia, al intentar sacarse de encima al mismo.

Solo restaba ocuparse del moreno. El hombre tenía un porte muy duro como para atacarlo frontalmente (y aunque se hubiese tratado del más débil del barco, habría resultado lo mismo para el pelirrojo).-Deberíamos ocultar las piedras en alguna parte- sugirió el ladrón. De esta manera buscaba distraer al guardia y tomarlo por sorpresa. Mientras el hombre ingenuamente se apegaba al plan, el pelirrojo buscaba la manera de dejarlo fuera de combate. Fue así como dio con el arma adecuada: la tapa de un barril de agua. Podría simplemente haberlo apuñalado por la espalda con su espada corta, pero eso sería asesinato y, si lo atrapaban, la condena era la muerte, además nunca había matado a nadie y prefería que siguiera siendo así.

Aprovechando que el moreno se encontraba de espaldas, John se aproximó en silencio. En el momento que estaba por asestar su golpe, este volteó.-Has encontrado algo… ¿que es lo que haces?- preguntó un tanto confundido, al verlo portando aquel peculiar objeto. -Quién…¿yo?...ah sí, encontré un barril de agua- improvisó el ladrón, mientras exhibía la tapa -quizás podríamos colocar las piedras allí, nadie lo sospecharía- finalizó esbozando su más inocente sonrisa. El hombre, luego de dudar unos instantes, se aproximo al barril. Al estar frente a él, inclinó su cabeza para comprobar su tamaño.-¿Crees que quepan todas?-. La respuesta fue un fuerte golpe en la nuca con la tapa, partiéndose ésta en dos. Pero contrariamente a lo esperado, el hombre no daba señales de haber recibido un daño importante.

Rápidamente se incorporó y encaró al pelirrojo. Su simpático rostro se había tornado en una temible expresión de enojo -¿Qué diablos haces?..ah ya entiendo..- dijo al tiempo que desenvainaba su espada -Quieres quedarte con todas las piedras para ti, por eso te deshiciste de los otros-. Al haber quedado al descubierto, John solo pudo responder con su sonrisa burlona -No puedes culparme por intentarlo, ¿o sí?-. El hombre esgrimió un sablazo de advertencia - No soy tan ruin como tú, así que toma tu arma y prepárate a morir-. De esta manera el cobarde e inútil ladrón, quien era tan bueno con una espada como con un plumero, se vio forzado a blandirla y batirse en un duelo a muerte. En principio logró evadir todas las acometidas de su rival, más por sus tropiezos que por valerse de su arma.-¡Pelea como un hombre, rata inmunda!- la paciencia del moreno parecía agotarse con cada golpe frustrado. Pero la suerte del pelirrojo dio un revés cuando el otro, con una rápida estocada logró desarmarlo. -Tu vida llega hasta aquí, ahora sabrás cómo acaban los traidores- amenazó y con otra rápida estocada busco el corazón de su rival. En el último instante antes de ser atravesado, un involuntario movimiento provocó que el ladrón cayera, permitiendo que la espada arañase solo el exterior de su armadura[1]. El hombre, quien no esperaba semejante reacción, se vio enredado con las piernas del caído, terminando en el suelo junto a éste.

John fue el primero en levantarse. Su casco se había atorado nuevamente, impidiendo su visión. Intentó quitárselo, mientras se movía de un lado al otro, pero fue en vano. Debido a uno de esos movimientos y sin quererlo, empujó una caja. Ésta a su vez empujó otra y esa a otra. Nuevamente un dominó de cajas se había desatado, hasta que la última de ellas se fijó en delicado equilibrio, por sobre la cabeza del moreno. Hacía apenas unos instantes que éste se había incorporado, sintiéndose muy avergonzado, en parte por la caída, y en parte por no poder acabar con aquel enclenque de cabellos rojos. Furioso, trató de liberar su frustración mediante un grito y un golpe al cargamento adyacente. Esto rompió el equilibrio reinante y como resultado un aluvión de cajas y cajones se desató sobre él, quedando inconsciente (o quizás muerto) debajo de todas ellas.

Para cuando el ladrón pudo quitarse el casco, el hombre ya había desaparecido, y en su lugar se encontraba una pila de objetos desordenados y restos de madera, provenientes del ahora destrozado cargamento. Por fortuna la caja de las piedras seguía intacta. En ese momento se oyeron los tres golpes que anunciaban la llegada de alguien. Cuando el zorro ingresó en la bodega, encontró a un triunfal John sentado sobre la pila de objetos. Éste al verlo lo saludo -Hola Narigon, te estaba esperando-. pero fue interrumpido por su compañero. Luego de oírlo y con una maligna sonrisa preguntó -¿eso significa que no has podido encargarte del Rubio?- negó varias veces con la cabeza y finalmente agregó -No te preocupes, tengo un plan en mente… ayúdame a esconder las joyas dentro de estos barriles de agua, confia en mi no puede fallar-

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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  Zatch el Miér Nov 09 2016, 18:25

Con tantas ansias había regresado a la bodega que no se percató del desastre hasta haber pronunciado la última palabra. Solo en el momento en que prestó atención al pelirrojo cuando éste comenzó a hablar se dio cuenta del embrollo desatado en la habitación y sospechó, tras olfatear un incipiente olor a sangre proveniente del enorme bulto causado por la avalancha de cajas, cuál había sido el destino de uno de los guardias. El otro, sin embargo, seguía vigilando en la puerta, situación que Zatch aún no sabía si sería ventajosa o un tremendo desastre. Por lo menos, pensó, aquel iluso soldado probablemente intentaría dar pelea a los otros ladrones y los contendría por breves instantes… Eso si no era un cobarde e intentaba escapar, igual que el zorro y compañía, con ambos rostros muy clavados en la memoria y una muy alta probabilidad de que fuera directamente a delatarlos.

Los destrozos causados por la inutilidad de su ‘secuaz’ le pusieron los pelos de punta. La prioridad de Zatch era siempre actuar con el mayor sigilo posible, dado que así las víctimas podían tardar mucho tiempo en descubrir sus acciones, hecho que le daba un buen margen para escapar. Su plan había sido llegar, recoger las piedras e irse sin dejar ningún rastro. Ahora, no obstante, eso sería imposible: la desordenada habitación era en sí misma una enorme prueba delatora. Además tenían tres testigos que no dudarían en acusarlos: El guardia de la puerta, el rubio y el sargento. La inminencia del desastre y el hecho de que el pelirrojo no parecía ser consciente del lío en que estaban metidos lo pusieron de tan mal talante que la furia se le escapaba por los poros. Con un movimiento brusco, avanzó hacia su supuesto aliado hasta apretarlo contra las cajas poniéndole el antebrazo en el cuello. Un poco de fuerza sería suficiente para estrangularlo, mas se midió como para simplemente mantenerlo allí inmovilizado. Le acercó el hocico al rostro y luciendo las largas hileras de colmillos le gruñó:
-¿Y te has encargado tú del de la puerta, imbécil? –Lo apretó un poco más y llevó la mano a la empuñadura de la espada ajena para asegurarse de que no podría desenvainarla. Con los ojos clavados en las pupilas impropias, decidió tonar un tono ligeramente más persuasivo aunque aún tiñendo cada palabra de agresividad, lo suficiente para dejar en claro quién de mandaba en esa misión- Vas a quitar esa sonrisita de superioridad y vas a escucharme bien. Afuera hay seis tipos que no vacilarán en despellejarte cuando vean esa cara de idiota que tienes, y no me importará que lo hagan mientras eso me de tiempo a mí para escapar, ¿entiendes? –Entrecerró los ojos antes de volver la vista hacia la puerta para asegurarse que todavía no habían sido encontrados. La mirada de horror del muchacho centinela que observaba lo que ocurría afuera fue suficiente para suponer que los de rostros tapados se acercaban. Aflojó la presión en el cuello impropio hasta terminar separándose para dejarlo en paz, habiendo aplacado un poco su ira y con otras prioridades en mente. Si salían vivos de ésta se prometió propinarle a ese bobalicón unos merecidos puñetazos, a ver si al menos así conseguía ordenarle un poco la cara. De todos modos ahora era momento de cooperar sin importar cuánto se detestasen mutuamente, y para el zorro era más importante salir rápido de allí que desquitarse con el enclenque. Asumió entonces una actitud más calma, ya que con el cerebro en frío sería más fácil pensar- Es muy probable que también vengan por las piedras y dudo que no vayan a revisar ese maldito barril. ¿Qué te hace pensar que allí estarán seguras?

Mientras esperaba alguna respuesta que esclareciera sus dudas se dio prisa en volver a apilar unas cuantas cajas de tal manera que les permitieran llegar a las altas ventanas del depósito. Eran apenas lo suficientemente grandes como para que pudieran pasar por ellas (probablemente retorciéndose bastante) pero no tanto como para poder sacar una enorme bolsa de “piedras preciosas”. Si querían hacerlo tendrían que fraccionarlas en otras tantas bolsas pequeñas, para lo cual no tenían tiempo suficiente. El cerebro de Zatch procesaba torpemente todas las posibilidades mientras apilaba una caja sobre otra, dando un ínfimo y tácito voto de confianza a su compañero a ver si hacía algo útil y no intentaba apuñalarlo por la espalda luego de la afrenta, tras la cual no le sorprendería que le guardase rencor.
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  John Lauper el Mar Nov 22 2016, 03:40

Casi sin darse cuenta, el pelirrojo se vio atrapado entre las cajas y el brazo de su “compañero”. Éste parecía furioso, y el recibimiento del humano no había ayudado a tranquilizarlo. Al verse tan cerca de los colmillos del zorro, sólo pudo decir una cosa -Sabes, tus pies no son lo único que huele mal-. Concluyendo con una pícara risa. Era su costumbre bromear aún en las situaciones más adversas, quizás para ocultar su miedo o quizás simplemente porque no se tomaba ninguna seriamente. Pero esto no hizo más que empeorar las cosas. Su compañero mediante un agresivo tono, reiteró la situación en la que se encontraban, finalizando con una amenaza. Luego de esto optó por soltarlo y comenzó a apilar cajas, con el objeto de facilitar una ruta de escape.

-Tranquilo colega...- dijo mientras tomaba su cuello y movía su cabeza hacia los lados, buscando aliviar la sensación de asfixia que aún perduraba. -Ocultar las piedras en los barriles es solo una parte de mi plan-. Luego se aproximo hasta el barril más cercano e inclinándose, lo golpeó suavemente con sus nudillos. Este emitió un sonido hueco.-Están hechos de madera...de igual forma que este barco, flotaran al arrojarlos al mar-. Volteó para enfrentar el rostro de su compañero. -Luego también nosotros nos arrojamos al mar y los arrastramos nadando hacia algún lugar seguro-. Al concluir la explicación de su plan, se puso de pie y observando las ventanas del barco, agregó -El único problema son esas malditas ventanas, son demasiado angostas como para que pasen los barriles más grandes. Tendremos que utilizar los más pequeños, pero aun así habrá que encontrar la forma de agrandarlas-. Su rostro esbozó una gran y maligna sonrisa -Como por lo visto eres más fuerte que yo, opino que seas tu quien se encargue de las ventanas-.

Antes de comenzar con la tarea de ocultar las piedras, decidió quitarse la incómoda armadura y todos sus adornos. No contemplaba la opción de enfrentar a los intrusos en un combate directo, y dichas prendas solo le estorbarían durante una posible fuga a través de las ventanas.

Aún no finalizaban sus labores, cuando una persona ingresó a toda prisa en la bodega. Se trataba de Thomas, el guardia tartamudo. En su cara podía apreciarse el horror del que había sido testigo. Éste solo se limitó a decir -¡Y...Y...Ya vie..vienen!-. John dejó a un lado los barriles y se dirigió a la puerta. -De prisa, bloqueemos la entrada con aquella caja-. Dijo señalando la más grande y pesada.-Nos dará un poco de tiempo para escapar-. Lo que ninguno de los tres sabía, es que existía otra puerta de acceso a la bodega, la misma se encontraba oculta detrás de una lona.
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  Zatch el Mar Nov 22 2016, 19:28

La tranquilidad de su estúpido compañero no hacía más que enervarlo exponencialmente. Zatch era un tipo precavido cuyas acciones realizaba con el mayor de los cuidados, siempre intentando que las inevitables consecuencias de sus fechorías fuesen las menores posibles. Con un compañero cuya torpeza y despreocupación excedía su comprensión, no podía evitar ponerse nervioso y mirarlo de reojo cada dos segundos para asegurarse que estuviese haciendo bien su trabajo. Con el error de uno se hundirían ambos, y el zorro no estaba dispuesto a pasar sus últimos momentos junto a ese inepto cabeza de cúrcuma.

Decidió mantenerse callado; aunque el plan no lo convencía del todo, por el momento él no tenía nada mejor para aportar. Suspiró con hastío y se trepó a tres cajas dispuestas en forma de escalinata para alcanzar la hilera de ventanillas. Desenvainó la pesada espada de la guardia que llevaba a la cintura y, tras tomar impulso, la enterró de una estocada en la dura madera. Repitió la acción tantas veces como fueron suficientes para destrozar los bordes hasta el punto en que pudiese terminar de agrandar el hueco con las manos ignorando los múltiples raspones y las astillas que se le clavaban en la piel. Los barriles pequeños pasarían con esfuerzo, pero por lo menos el agujero era lo suficientemente espacioso como para que ellos pudiesen escapar velozmente dada la necesidad.

En inesperada sincronía, las piedras ya estaban ocultas para cuando se dio la media vuelta mientras volvía a envainar el arma. Se bajó de los cajones para agarrar los toneles en un abrazo y subirlos hasta la ventana. Pesaban bastante debido al agua y las piedras, con lo cual tuvo que esforzarse para levantarlos- Oh, gracias, no te preocupes, puedo yo solo. –Farfulló sarcástico ante la falta de ayuda de su compañero. Entre gruñidos que denotaban su esfuerzo, consiguió levantar el primer tonel y hacerlo pasar a presión por el hoyo. Esperó hasta escuchar el sonido de la salpicadura que confirmase que había llegado al agua y volvió a bajar para repetir la acción con los dos barriles restantes. Estaba levantando el último cuando el mequetrefe tartamudo irrumpió en la habitación, gritando una frase ininteligible que parecía no tener fin. Tuvo ganas de pegarle un sopapo en la cabeza para que dejase de tartamudear.
-¡Y...Y...Ya vie..vienen! –Los ojos del zorro se abrieron de par en par. Presuroso, alzó la mercancía y trepó la pila de cajas para lanzarla. Cuando el tercer y último barril impactó contra el agua, Zatch se asomó para corroborar que los otros estuviesen allí, flotando en espera de sus “dueños”. Y sí que se llevó una desagradable sorpresa. La quijada pareció desprendérsele del rostro al ver que no estaban y que el recién lanzado se hundía en el agua dejando una simple estela de burbujas. ¡Maldito pelirrojo imbécil! ¿¡Acaso tenía excremento de crasgwar dentro del cráneo en vez de sesos!? ¡Se suponía que flotaran! Bueno, no es como si él hubiese tenido que saber que no lo harían, pero… ¡confió en él! ¡Maldito!

Lo mataría. Se prometió que se encargaría de propinarle una tortura lenta y dolorosa que le quitase la estupidez permanentemente. No obstante, no era el momento idóneo para hacerlo; primero tenían que ocuparse del tropel de ladrones que llegarían en cualquier momento. Apurado, se sumó al soquete pelirrojo y al tartamudo badulaque para ayudarles a bloquear la entrada con la enorme caja. Cuando lo hubieron hecho Zatch se giró para volver a treparse a la escalera improvisada y salir de allí de una vez por todas; sin embargo, su hocico volvió a abrirse en una completa expresión de incredulidad al toparse con una escena aún más desalentadora que la anterior: Tres hombres con pañuelos negros ocultándoles la mitad del rostro los observaban desde el otro lado de la habitación. Una lona había sido arrancada para dejarles el paso por la entrada secundaria que ninguno de ellos había advertido antes. Sables en mano, los tipos parecían esperar pacientemente que alguien realizase el primer movimiento.
-Oye, zanahoria… -La ronca voz del zorro quebró el silencio en mil pedazos. Los bandidos se pusieron en posición ofensiva y cuando el del medio dio un paso adelante, gritó: -¡Corre!

Lanzó de una patada la caja que acababan de poner bloqueando la puerta para abrirla de par en par y salir corriendo de allí. Por alguna razón que no se cuestionó, los tres matones no hicieron nada para impedírselo. Cuando salió completamente dispuesto a abandonar a sus compañeros, pensó por un instante cuán estúpido había sido al no darse cuenta de que allí dentro sólo estaban tres hombres, cuando antes él había contado seis.
La otra mitad del grupo, que estaba fuera esperándolos muy sonrientes, recibió a cada uno (guardia, zorro y pelirrojo) con un contundente porrazo en la cabeza.

No supo cuánto tiempo tuvo el placer de divagar en esa inmensidad de oscuridad y silencio tan bonita que la gente llama inconsciencia. Le hubiese gustado quedarse más tiempo, pero los sonidos lentamente volvían a invadirle los tímpanos y una tenue luz se le colaba por la rendija de los párpados entreabiertos. El dolor llegó a él como si alguien le hubiese quebrado el cráneo a patadas y sintió sangre seca en su nariz, probablemente producto de haber caído de hocico al suelo. Confuso y aturdido, intentó recordar qué rayos hacía allí. Oh, cierto. Densel, trabajo, piedras y humanos estúpidos. Gruñó al mirar hacia los costados y encontrarse con su secuaz a la derecha y el guardia tartamudo a su izquierda. Los tres estaban sentados en el suelo, atados cada uno a un barril con la espalda contra éste, los brazos bien apretados a los costados y los tobillos también anudados.
-Bueno, bueno, parece que las bellas durmientes están despertando, ¿eh? –Una voz ronca resonó a sus espaldas. Los adornos del cabello de Zatch tintinearon ante sus inútiles esfuerzos de zafarse de las ataduras- Sus compañeros no tuvieron la amabilidad de decirnos que ustedes estaban aquí arriba. Qué maleducados, ¿no? Ya que no parecían tener ganas de hablar, les hicimos un favor cortándoles la garganta, ¿no, chicos? –Varias risas llegaron desde distintas partes de la habitación. Zatch maldijo para sus adentros: esos no eran simples rateros, eran asesinos. –Espero que ustedes sean más conversadores. Y sí que lo serán, ¿a que sí?
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  John Lauper el Vie Nov 25 2016, 05:36

Los tres compañeros empujaron el sólido cargamento tan pronto como pudieron. Éste era tan pesado, que el pelirrojo llegó a preguntarse si no contendría un elefante en su interior (claro que también se preguntó qué rayos era un elefante). Aun así, y gracias al esfuerzo conjunto, lograron bloquear la puerta. Ya solo restaba abrirse paso por la ventana y escapar arrojándose al mar. John no se destacaba por sus habilidades de nado (al igual que tampoco destacaba en ninguna otra), pero prefería enfrentar un mar embravecido que a seis sujetos tan locos como para hacer frente (y matar) a la guardia de lunargenta, además siempre podría aferrarse al “nariz de flecha” de su compañero.

Pero vaya sorpresa la que se dieron al voltear. Un grupo de tres bandidos habían ingresado por una puerta oculta y se encontraban a pocos pasos, esperando en silencio el momento oportuno para atacar. Al verse acorralado el pelirrojo recurrió a lo único para lo que era bueno: la charlatanería. Dando un paso al frente los saludo alzando la mano derecha. Pero antes de comenzar a hablar, se vio interrumpido por el zorro, quien primero lo llamó con un apodo que no recibía desde que era niño y luego con un grito le sugirió que corriera. Antes de preguntar hacia dónde, su compañero despejó la puerta con una poderosa patada. Mientras huían a través de los pasillos, el pelirrojo alcanzó a expresar otra de sus bromas -Vaya colega, tu si que tienes “olfato” para los escapes- y luego de una prolongada carcajada continuó -¿lo has entendido? “olfato”, “nariz”..- pero no pudo concluir. Los tres bandidos restantes habían estado esperando ocultos. El primero de ellos dio un salto y, cayendo sobre el humano charlatán, lo noqueó de un golpe en la cabeza. El zorro habría festejado de no ser porque, en forma muy similar, otro bandido lo había atacado por sorpresa, dejándolo inconsciente.

Cuando John abrió sus ojos se encontró en un estanque, rodeado de ranas, grandes y pequeñas, todas apiladas alrededor. Algunas saltaban, otras croaban y ninguna parecía prestarle demasiada atención.-¿De nuevo el mismo sueño?- se preguntó el ladrón,quien hacía ya varias noches que sólo soñaba con estos animales. De pronto, como respondiendo a un estímulo,  todas voltearon a mirarlo y un silencio de muerte se generó en el lugar. El joven sólo alcanzó a preguntar -¿Qué diablos me ven?-. Pero al concluir dicha pregunta todas comenzaron a escupir chorros de agua hacia su rostro. Por alguna razón que desconocía, se encontraba privado de mover sus brazos y sus piernas. Trató de evadirlos con los limitados movimientos de su cabeza pero fué inútil. El estanque, las ranas, el agua, todo fue desvaneciendose poco a poco a medida que recuperaba la conciencia.

-Bueno, bueno, parece que las bellas durmientes están despertando, ¿eh?- fue lo primero que oyó. Alguien le había vaciado una jarra de agua en su cabeza para despertarlo. Al abrir los ojos se topó con un fornido hombre. Éste, al igual que sus compañeros, llevaba su rostro cubierto por un pañuelo negro pero, a juzgar por su porte y actitud, debía ser el líder. El hombre finalizó su discurso con una amenaza -.Espero que ustedes sean más conversadores. Y sí que lo serán, ¿a que sí?-.

¿Cómo escaparía de aquella situación?. El ladrón intentaba idear un plan, aunque con dificultad ya que la cabeza le dolía horriblemente, incluso peor que aquella vez cuando intentó echarse un clavado en el río y, debido a un error de cálculos, terminó con su cabeza estampada contra las piedras. Comprobó sus manos, pero las sogas eran fuertes y se encontraban bien anudadas. Lo mismo ocurría con sus piernas.

Su pensamiento fue interrumpido nuevamente por la voz del fornido mastodonte (nombre con el que acababa de apodar al jefe de la banda).-Tu pareces un guardia, no como  los otros dos, ¿lo eres?... te advierto que si mientes te metere esto por el trasero- concluyó mostrando un pesado garrote que utilizaba como arma. La pregunta iba dirigida al tartamudo, quien se encontraba tan pálido que parecía un fantasma -S...S...Si lo… lo… so..soy- contestó e inmediatamente cerró sus ojos, preparándose para recibir un golpe. Su captor se limitó a colocarle una mano en su hombro -Vaya qué tenemos aquí…¡un tartamudo!- el guardia abrió los ojos sorprendido, limitándose a observar. -Tengo un hermano tartamudo ¿sabes?, por eso les tengo un aprecio especial- dijo mientras con una mano le revolvía el cabello.-Se que es un jodido problema, tanto para ustedes como para nosotros que intentamos entenderles. Es por eso que cuando tengo la oportunidad, me gusta ayudarlos a superar ese problema- el tartamudo permaneció en silencio y un tanto confundido por las palabras de su captor.-Vamos ¿por qué tan callado?, te estoy diciendo que voy a ayudarte… te propongo algo, si logras decir “Por favor déjame en libertad” sin tartamudear serás libre-. Una arruga en el pañuelo dió a entender que el hombre se encontraba sonriendo.

Un rayo de esperanza iluminó el rostro de Thomas. Su mente se encontraba tan asustada que decidió creer en sus palabras, decidió creer que le estaban dando la posibilidad de escapar con vida. Su corazón palpitó con fuerza. Tomó aire y habló -Por……..Favor……….. DDejame……-. hizo una pausa para tomar más aire, el mastodonte le indicaba que prosiguiera con un gesto con la mano.-.......EEn….Li...Li…..Li…-. La última palabra no quería salir. Mientras más lo intentaba más nervioso se ponía y más tartamudeaba. Finalmente se dió por vencido y observó al bandido con sus ojos llenos de lágrimas.

-Oh lo siento tanto… has perdido-. al pronunciar estas palabras, alzó su mazo y le dio un golpe en el rostro con todas sus fuerzas. Tras recibirlo, el tartamudo escupió grandes cantidades de sangre, seguido de varios de sus dientes. Entonces el fornido hombre tomó la palabra nuevamente -Seré honesto con ustedes, poco me interesa quitarles la vida- dijo mientras caminaba de lado a lado frente a ellos.-Hemos venido aquí buscando unas piedras preciosas, ¡PERO RESULTA QUE NO ESTÁN!-. para la última frase su voz se tornó en un grito. Hizo una breve pausa y continuó.-Si me dicen donde están, será bueno tanto para ustedes como para nosotros, ¿verdad que si?-. Luego con el mazo, señaló a Thomas -¡Dime donde se encuentran las piedras!-. Éste respondió nerviosamente -YYo...no..no...ll...lo..se…, e...ellos….l...laa..las...essc...sc.ssc...escondieeron-. El hombre se rascó la barbilla por debajo del pañuelo. -Si no lo sabes, no me sirves… puedes irte..-. Dijo en tono tranquilo. El tartamudo respiro aliviado, no entendía cómo pero había logrado salvarse de la situación...o eso pensaba. El mastodonte sacó un cuchillo de su cinturón y se aproximó para cortar las cuerdas que amarraban a su prisionero. Éste se levantó con dificultad. Cuando estuvieron cara a cara, su captor volvió a hablar. -Puedes irte...de esta vida-. Acto seguido clavó el cuchillo en el ojo izquierdo del guardia, quien cayó pesadamente al suelo. El bandido tomó otro cuchillo y comenzó a atravesar repetidas veces el cuerpo del caído, mientras reía histéricamente.

John observaba la escena aterrado. Noto como su pantalón se humedecía, y rogó que fuera por el agua que, hacía instantes,le habían arrojado para despertarlo. Aprovechando la distracción de su captor, consiguió susurrarle unas palabras al zorro, que se encontraba atado a su lado.-Sin importar a quien le toque, el próximo deberá hacer tiempo para que el otro pueda escapar-. La razón oculta de tan heroica estrategia, era porque, según sus cálculos, el siguiente debería ser su compañero y no él.

Transcurrieron unos instantes para que el bandido dejara de acuchillar el cuerpo sin vida del guardia. Al concluir, se arrastró hasta sentarse en el suelo, justo a un lado del zorro. Mientras limpiaba sus ensangrentadas manos en la ropa y  pelo de éste , y aún jadeando del cansancio, le habló. -Uff, eso si que fue refrescante… mirá rompí mi cuchillo-. Dijo mientras le enseñaba el mango de su arma rota. -No sabes la fortuna que estoy gastando en estas cosas-. Al ver la expresión de éste agregó.- Debes creer que soy un psicópata- luego soltó una carcajada y se puso nuevamente de pie. -Bueno, el próximo será…-. Hizo una pausa que al pelirrojo le pareció una eternidad. -Serás tú- sentenció mientras señalaba al Zorro. Pero enseguida cambió su objetivo, apuntando ahora a John.-No, mejor tú… es que soy enemigo del orden- agregó a modo de justificación.

-¿En dónde escondiste las piedras?- preguntó al pelirrojo. Éste no sabía qué contestar, definitivamente no diría que no sabía, ya había sido testigo de lo que le sucedería con esa respuesta. De pronto un plan surgió de un rincón de su mente. Se haría pasar por tartamudo y luego podría superar con facilidad la prueba, quedando así en libertad. Abrió la boca para comenzar a fingir pero la cerró de inmediato. Se había dado cuenta que era el plan mas idiota del mundo, para empezar no tenía ninguna garantía de que el bandido estuviera diciendo la verdad. El silencio del joven impacientó al bandido. -¿Qué sucede? dí algo… ¿Cuál es tu nombre hijo? ¿o es que acaso además de un tartamudo tenemos un mudo?-. dijo acercando su cara al pelirrojo. Éste, sin mucha idea de lo que hacía, pronunció dos palabras - Ehh Esteban Dido-. el hombre acerco aun mas su rostro y dijo en suave tono. -Supongamos que no te creo... ¿has oído lo que le hacemos a quienes dicen mentiras?-. Al verse presionado y estando al filo de la muerte, su mente sólo pudo reaccionar de la forma menos esperada. Una prolongada carcajada brotó de su boca. El hombre se alejó confundido, mientras éste continuaba riendo sin parar. -De acuerdo te diré la verdad, pero solo porque eres tú- dijo el pelirrojo al terminar de reír. -Mi nombre es John Lauper, gran ladrón-. Finalizó con una burlona sonrisa.

-Estás demente amigo, pero me caes bien-. Respondió el mastodonte con una suave risa. -Pero negocios son negocios, así que John Lauper, “gran ladrón”.. ¿en dónde escondiste las piedras?-. El pelirrojo se aclaró la voz y, haciendo uso de toda su charlatanería[1], recitó.- Para responder a esa pregunta debería comenzar diciendo por qué estoy aquí-. Uno de los bandidos desenvainó una espada corta, pero fue detenido por el mastodonte. -Dejalo, escuchemos su historia, continúa-. el ladrón no podía creer que su plan (si es que podía llamarlo así) estuviera funcionando. Continuó su relato como le fue solicitado.-Verás, mi compañero zorro y yo, fuimos contratados para… no es correcta la palabra robar…. digamos más bien sustraer un singular objeto de este navío-. El hombre asintió en conformidad al oír la corrección de palabras.- El objeto resulta ser..-. Dudó unos instantes mientras observaba todos los objetos diseminados por el suelo.-Se trata de un adorno, una reliquia familiar- dijo apresuradamente, cuando la pausa se tornó sospechosa.-¿Y las piedras?- preguntó el bandido, mientras acariciaba la empuñadura de su mazo.-Ah si las piedras, nosotros no las ocultamos-. el hombre levantó su mazo y protestó -Tu amigo dijo que ustedes las habían escondido-. John tragó saliva e inmediatamente se excusó.-Lo que él quiso decir es que quedaron ocultas…-.El hombre comenzó a aproximarse hacia el pelirrojo. Éste continuó apresuradamente.- Es cierto que las encontramos, pero los guardias nos descubrieron y tuvimos un enfrentamiento con ellos...ya ves cómo quedó todo, las piedras quedaron enterradas entre los restos de las cajas.. es la verdad lo juro-. concluyó desviando la mirada y  cerrando fuertemente los ojos. Pudo sentir una mano que se posaba en su hombro y luego el sonido de un cuchillo desenvainado. Se preparó para recibir el golpe final, pero lo que sintió fue como las ataduras de sus pies fueron cortadas. -Te creo “gran ladron”-. John abrió los ojos y observó confundido. -Y es por eso que vas a ayudarnos a encontrarlas, pero tendrás que hacerlo con las manos atadas o sin ellas.. tu eliges-.

Así es como el inútil ladrón se vio forzado a revisar los restos del cargamento, buscando algo que sabía que no encontraría allí. Aún así, intentó demorar todo lo posible. Su única esperanza radicaba en que su compañero estuviera aprovechando cada segundo que ganaba. Mientras simulaba revisar una caja, echó un vistazo al zorro. Éste se encontraba realizando extraños movimientos, pero fué al mirarlo a los ojos, cuando entendió el mensaje que éste intentaba transmitirle. -Hey vengan, necesito su ayuda… ¡encontré la caja con las piedras!-. Gritó intentando atraer la atención de todos los bandidos. El mastodonte se aproximó y con una sola de sus manos abrió la caja, haciendo pedazos la tapa. Para su sorpresa, en su interior había abundantes piedras..pero eran de carbón. Irritado, estiró su brazo, dando un fuerte golpe en la cabeza del pelirrojo y haciendo que éste cayera al suelo. -Imbécil, nadie se burla de mí ¿sabes?-. Luego mediante unas señas, les indico a los demás que lo tomaran y lo sostuvieran, boca abajo, sobre la tapa de una caja. Mientras tanto, tomó un palo y comenzó a sacarle punta con su cuchillo. -Contigo no voy a ser piadoso- dijo mirándolo a los ojos.-Te sentencio a morir empalado como el inútil bribón que eres-. El ladrón desconocía el término “empalar”, pero pudo hacerse una idea aproximada al ver los preparativos. Su corazón latía desesperado y su mente se llenaba de dudas. ¿Había interpretado correctamente las señales de su compañero?. Volvió a dirigir la mirada hacia éste, pero no logró verlo...

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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  Zatch el Vie Nov 25 2016, 19:30

La luz del sol de mediodía entraba por las ventanas, sin embargo no era suficiente para iluminar cada recoveco de la habitación. Los bandidos habían encendido dos antorchas colgadas en la pared que permitían ver el interior de las cajas con más detalle. Temblorosas sombras se proyectaban en el rostro del líder que, en total dominio de la situación, se encargaba de subyugar psicológicamente a sus rehenes.

La primera víctima fue el pobre enclenque tartamudo. Zatch mantuvo la mirada clavada en el suelo, no obstante escuchó con atención las ladinas palabras del hombre, sin creer ni por un instante que tenía intenciones de liberar a ninguno de ellos tres. No había que ser muy avispado para asumir que un grupo de asesinos experimentados tomaría todas las precauciones para no correr riesgos; dejar vivos a quienes eran testigos de cómo habían matado a los guardias sería algo inadmisible. Tarde o temprano terminarían siendo silenciados, y no hay silencio más confiable que el de un muerto.

Cerró los ojos y negó muy suavemente con la cabeza cuando escuchó al guardia tartamudear, dando su mejor esfuerzo por aferrarse a esa ínfima e irreal posibilidad de salvarse. Cuando oyó el golpe, giró el rostro hacia el costado contrario para que las gotas de sangre no le salpicaran los ojos y, al escuchar el inesperado grito del matón, le fue imposible contener un respingo. Respiró profundamente repitiéndose en sus adentros que debía mantener la calma. Esos hombres reaccionaban al más ínfimo estímulo y lo más sensato sería no provocarlos.

Pronto sus deducciones fueron avaladas por los hechos. Thomas, el pobre Thomas, fue el primer testigo que aquel hijo de puta mató. Ese chico que simplemente había estado presente en el lugar y momento incorrectos, viéndose envuelto en una trama de ladrones con la cual no tenía nada que ver. Zatch apretó los dientes hasta que sintió cómo le crujieron las muelas y cerró los ojos. Una tras otra, el sonido de las puñaladas se le incrustó en la memoria. Sabía  que ese guardia tartamudo ahora formaría parte de la larga lista de nombres que lo perseguían en sus pesadillas cada maldita noche de su vida.

En medio del caos, escuchó la temblorosa voz del pelirrojo a su lado. Se preguntó cómo podía ser tan suicida y, aunque las palabras llegaron claramente a sus oídos, apenas asintió con la cabeza sin siquiera mirarlo. Detrás de ellos cinco hombres podían estar observándolos y él no pensaba arriesgarse a que viesen cómo confabulaba con su compañero. Pensó, aunque se abstuvo de decirlo, que el plan era estúpido, demasiado arriesgado y probablemente inútil. Dudaba que si toda la atención era puesta en él, ese ladronzuelo arriesgase su vida para salvarlo luego de darle tiempo para escapar. No confiaba en él y además lo medía con su propia vara: él tampoco arriesgaría tanto el pellejo por alguien a quien acababa de conocer, o al menos ese era el concepto que tenía de sí mismo.

El líder psicópata, una vez finalizada la carnicería, se le acercó. Todas las alarmas de su instinto se encendieron y sintió la irrefrenable necesidad de escapar de allí cuanto antes; aun así se esforzó por contener sus impulsos y mostrar una actitud pasiva. A juzgar por la manera en que habían tratado a Thomas, esos tipos subestimaban a los débiles: sí, el chico acabó muerto, pero antes lo liberaron de las sogas y le dieron la oportunidad de ponerse de pie. Zatch pensó que él hubiese aprovechado ese momento para escapar y llegó a la conclusión de que él también necesitaba ser subestimado, haciéndoles creer que era un simple mequetrefe como el pobre guardia. Con un suspiro, se deshizo de todo su orgullo y decidió hacer uso de sus zorrunos dotes actorales.

Cuando sintió las manos ajenas encima, no replicó. Reprimió un sollozo y se inclinó hacia atrás, apretándose contra el barril en una posición temerosa. A cada frase del hombre le respondía con un trémulo lamento y hasta ahogó un gemido cuando fue señalado por el mazo. En realidad, esa reacción sí que fue genuina; estuvo a segundos de entrar en pánico de no haber sido porque pronto el objetivo cambió, tocándole a su desafortunado secuaz la tarea de ser una distracción.

Zatch aprovechó la “amena” conversación entre el pelirrojo y su captor para entrar en personaje y convencer a los presentes de que no debían preocuparse por él. A medida que el relato del joven ladrón avanzaba, gordas lágrimas comenzaron a caerle por las mejillas dejando húmedos caminos en su pelaje. Las manos y rodillas le temblaban y tenía las orejas caídas hacia atrás, apretaba la nuca contra el barril y negaba una y otra vez con la cabeza. Sollozos apenas audibles se le escapaban de entre los labios, y pudo ver de reojo cómo un bandido le decía a otro en tono burlón mientras lo señalaban.
-Dios, mira a ese marica, ¡está por mearse encima!
Los hombres rieron y uno se acercó para patearlo. El zorro ahogó un grito y se deshizo en un mar de lágrimas; mientras tanto el humano era desatado y puesto en pie para indicar a los truhanes dónde estaban, supuestamente, las piedras. El líder y tres de sus secuaces lo siguieron, pero dos de los tipos se quedaron vigilándolo. Torció el cuello tanto como pudo para observar al pelirrojo en una supuesta actitud de preocupación, no obstante cuando sus miradas se cruzaron el chico pareció entender su dilema. Para sorpresa de Zatch, aquel cabeza de fósforo tuvo la audacia de intentar atraer la atención de todos los bandidos, dándole la oportunidad de actuar más libremente.
-¿Deberíamos dejarlo solo? –Ambos tipos se miraron antes de echar a reír de nuevo– ¡Ja! ¡Como si ese mariquita fuese a hacer algo! –Y entonces se voltearon para acudir a la búsqueda.

El zorro no perdió ni un segundo; su mueca de horror cambió a una de concentración, con el ceño fruncido y los labios tensos, y se removió hasta que pudo alcanzar, con la punta de los dedos, la empuñadura de su daga, esa que llevaba oculta bajo la pechera de la guardia. La manipuló con cuidado, volteándola lentamente hasta que el filo quedase al ras de la soga y con paciencia comenzó a serruchar.

Las cuerdas se cortaron en el instante en que John cayó al suelo luego de que se descubriera la farsa. Se inclinó a deshacerse también las que le apretaban las patas y, una vez libre, volteó ligeramente para constatar que nadie lo estuviese observando. Todos, para su propia fortuna pero no la de su aliado, estaban rodeando al pelirrojo y… por todos los cielos, ¡qué bueno que no estaba en su lugar! Se levantó de un salto y en completo sigilo se deslizó entre la mercancía hasta la puerta principal, escapando sin ser visto.

Una vez afuera, el aire fresco le acarició el rostro otorgándole un alivio inmensurable. No obstante bajo el puente de acceso al barco, donde estaban los cuerpos caídos de los guardias, la gente se había amontonado con la típica curiosidad morbosa de las masas. No le cupo duda de que los refuerzos de la guardia no tardarían en llegar y supo, con un amargo sabor en la boca, que salir por allí no sería la mejor idea. Otra posibilidad era directamente lanzarse al mar. Lo consideró durante un momento… pero fue incapaz de hacerlo. No es que se preocuparse por aquel insulso pelirrojo, ¡claro que no! Sólo que… Sólo que Densel lo mataría si regresaba sin él. Quizás incluso se rehusaría a pagarle. Claro. Fue por eso, y solo eso, que comenzó a buscar entre el montón de objetos que había afuera de la bodega algo que le ayudase a engañar a esa panda de bandidos y rescatar a su compañero.

Encontró un saco de arpillera cuyo contenido, que no se fijó de qué se trataba, pesaba tanto como lo haría un montón de piedras. Se lo cargó al hombro, agarró un segundo objeto del suelo y tragó en seco antes de voltearse para encarar nuevamente ese peligro del cual podría estar tranquilamente escapando. Sabía que se iba a arrepentir, pero aun así dio un paso adelante y entró justo cuando el líder de los ladrones levantaba el puntiagudo palo apuntando hacia… bueno, hacia un lugar que al pelirrojo no le haría mucha gracia. Una patata voladora cruzó la sala para estamparse justo en la frente del sujeto.
–¡Hey! La próxima vez deberían vigilar mejor a sus rehenes, ¿no creen? –Rió enfocando la mirada en el par de estúpidos que tendrían que haberse encargado de él, quienes se veían entre ellos echándose la culpa mutuamente– ¡Esto es lo que están buscando! ¿En serio creen que íbamos a dárselas así como así? ¡Ja! –El corpulento líder detuvo la mano a un centímetro de que el palo le quitase la virginidad al muchacho, poniendo toda su atención en Zatch mientras trozos de tubérculo le caían por el entrecejo. El rostro burlón del hombre por fin expresaba una arruga en el ceño y a juzgar por su mirada, definitivamente no estaba sonriendo. ¡Cómo adoraba el zorro sentirse en posición de superioridad!– Oh, no se preocupen, se las daré… ¡cuando me atrapen, imbéciles! –Y así como hubo entrado, se giró para escapar corriendo tan velozmente como sus piernas se lo permitieron.

Los matones apartaron a John con un empujón antes de salir en persecución del zorro. Zatch, a quien no se le había olvidado la estrategia utilizada por los enemigos en un principio, tiró la bolsa a medio camino y giró rápidamente para perderse tras la pared exterior de la bodega. No tardó mucho en encontrar la entrada secundaria, dado que habían dejado la lona levantada, y entró para correr directamente hacia su secuaz.
–¡Rápido, idiota, levántate! –No esperó a que lo hiciera por sí mismo. Lo levantó tironeándolo de un brazo y comenzó a empujarlo hacia la portezuela por donde acababa de entrar, instándolo a que saliese. Justo en ese momento, afuera los tipos encontraban la bolsa de arpillera. Al abrirla y encontrar en su interior un montón de baratijas sin valor alguno, el hombre la estampó furiosamente contra el suelo destrozando su contenido. –¡Hijo de puta!

–¡No, mi madre sólo lo hacía por placer! –Respondió a los gritos entre mordaces risas. Sin embargo la burla no fue su más inteligente opción. Al escucharlo, el tropel de bandidos volvió a ingresar, esta vez mucho más enojados y probablemente menos pacientes. Zatch arrancó una de las antorchas de la pared y, aun tironeando al pelirrojo, la acercó a la caja de carbón. Ésta comenzó a arder prendiendo todo a su alrededor y, para finalizar el escape, decidió encender también la lona. Zorro y humano desaparecieron tras esta y se encargó de guiar a su compañero hacia el interior del barco. Tendrían que buscar alguna salida menos obvia que la principal.
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  John Lauper el Vie Dic 16 2016, 04:07

Cuando John contempló el rostro de su compañero, sus ojos centellearon por el resplandor de unas lágrimas a punto de caer. Se sentía sorprendido por la actitud del zorro, él mismo no habría arriesgado el pellejo de esa manera (o al menos eso creía). Quiso expresar su enorme gratitud, hacía tiempo que alguien no se preocupaba de esa manera por él. También quiso elogiar aquella simple pero efectiva estrategia, y cuánto lo admiraba por haber tenido el valor de arrojar esa patata a semejante mastodonte. Así es que lo miró fijo a los ojos y exclamó -¿Por qué demonios tardaste tanto? por poco y me hacen brocheta… la próxima vez tu los distraes y yo arreglo el escape-. Pero no pudo continuar conversando, ya que la réplica del nariz-de-flecha hacia los asesinos, había puesto en evidencia su escape.

Lo siguiente ocurrió tan deprisa que el pelirrojo apenas pudo reaccionar. Los bandidos ingresando nuevamente a la bodega, los complejos pirómanos de su compañero, el fuego expandiéndose y por último la oscuridad del interior de la nave.-¿Por qué siempre termino tironeado por los pasillos de un barco?-. Se preguntó mientras era jalado con fuerza por su compañero. Estaba tan oscuro y era tan grande, que les fue imposible encontrar la puerta por la que había ingresado el zorro, internándose cada vez más en las entrañas de la colosal embarcación.

Por otro lado los bandidos se habían separado. Dos de ellos, por orden del jefe, se habían quedado en la bodega intentando apagar el fuego. Los otros tres se internaron en la red de pasillos, registrando a su paso cada cuarto.-Aún no sabemos donde se encuentran las piedras, así que los necesitamos CON VIDA-. remarcó el mastodonte, mientras indicaba con un gesto que se desplegaran por el lugar.

Luego de un largo trayecto, los dos ladrones llegaron al final del extenso corredor. Dos puertas se alzaban, una a la derecha y la otra a la izquierda. -¡Te dije que debíamos haber tomado el camino de la izquierda!- le reprocho el de cabellos rojos. -Si lo hubiéramos hecho ya estaríamos fuera-. Luego caminó hacia la puerta izquierda y agregó.-Esta vez es mi turno de elegir-. De un sólo tirón, la puerta quedó abierta de par en par. Pero tal fue su desgracia, que al otro lado se encontraba uno de los asesinos. Éste, casi tan sorprendido como los otros dos, gritó mientras se lanzaba hacia ellos a toda velocidad. -¡Aquí están!-. Casi como por reflejo, el pelirrojo cerró la puerta de un fuerte portazo, golpeando a su perseguidor en el rostro. -¡Ups!, ahora estará más enojado-.

Ambos fugitivos ingresaron rápidamente por la puerta de la derecha. Dentro encontraron una gran habitación, destinada a taller de reparaciones. En ella había todo tipo de herramientas y materiales. No hubo tiempo de bloquear la entrada y tampoco les habría servido de mucho, ya que no existía otra forma de escapar. El joven humano tomó un martillo y se las arregló para esconderse bajo una mesa de trabajo. -Estoy abierto a cualquier sugerencia colega-. Le susurró a su compañero, aunque desconocía su ubicación.

En ese momento, el bandido que los había descubierto, ingresó en la sala. Llevaba su sable desenvainado en su mano derecha y en la izquierda una antorcha. Al notar que no existía otra salida, decidió avanzar con cautela. Debía revisar con cuidado o de lo contrario los fugitivos podrían escapar por la puerta que dejaba a sus espaldas. El hombre fue abriéndose paso entre los materiales hasta detenerse junto a la mesa donde se ocultaba el pelirrojo.

-Vamos John, qué clase de cobarde eres…¡atacalo de una vez!- murmuró el ladrón. Tenía la mala costumbre de hablarse a sí mismo en un todo más alto del que sería prudente. El enmascarado no logro entenderlo, pero al sentir una voz decidió inclinarse para investigar. Cuando la luz de la antorcha iluminó bajo la mesa, reveló a un sonriente pelirrojo. -Eh... hola, ¿que tal?-. Dijo nerviosamente, para luego lanzar un golpe con su recién adquirido martillo. El bandido se lanzó hacia atrás, esquivando fácilmente el sorpresivo ataque. Pero quiso la fortuna que al hacerlo impactara contra unos maderos, parte de los materiales de reparación. Estos, por el golpe, cayeron sobre el sujeto, dejando una de sus piernas atrapada. El asesino maldijo mientras se colocaba en pose marcial, esperando un nuevo ataque. -Por qué no lo intentas nuevamente rata inmunda-.Aún inmovilizado era un duro contrincante. -Lamento rechazar tu invitación, pero estoy muy cómodo aquí- respondió el pelirrojo esbozando su sonrisa burlona.-Entonces tendré que obligarte- el hombre hizo una pausa y luego con todas sus fuerzas comenzó a gritar -¡HEY, ESTAN AQUI!-.

No muy lejos de ese lugar, en el muelle donde se encontraba amarrado el gigantesco barco, dos figuras encapuchadas hicieron su aparición. -La guardia de la ciudad debería llegar en cualquier momento- dijo la más alta y robusta de las dos. -No lo creo, mis hombres se encargaron de las personas que observaban, ya nadie irá a avisarles hasta que sea demasiado tarde.- respondió la primera, que se encontraba encorvada sobre lo que parecía ser un bastón. -Tu si que piensas en todo...- dijo la primera, dejando ver entre los pliegues de su capucha el brillo de una sonrisa.
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  Zatch el Dom Dic 18 2016, 00:42


A medida que se internaban en el barco, más oscuridad y olor a humedad colmaban el ambiente. El zorro tomó sin titubear los serpenteantes pasillos del barco, aunque bajo su mueca de seguridad no tenía ni la más mínima idea de hacia dónde estaban yendo. Su táctica era, simplemente, tomar siempre el camino de la derecha si se encontraban en una encrucijada. Fue entonces cuando, nuevamente en posición de decidir, el humano se le adelantó.

–Yo digo que la derecha siempre es mej… –Pero su compañero no le hizo caso y se aventuró a la izquierda. Una gutural carcajada, mezcla de gracia y sorpresa, se escapó de la garganta del zorro cuando vieron al bandido del otro lado, impidiéndoles el paso mientras los observaba tan boquiabierto como ellos a él. –No quiero decir “te lo dije”, pero… te lo- –El golpe de la puerta cerrándose contra lo que sonó como un tabique nasal interrumpió su fanfarronería. No había tiempo que perder; se dieron la media vuelta e ingresaron por la entrada aledaña.

Tener la aguda visión de un animal con hábitos nocturnos resultaba muy práctico para esos ilegítimos trabajos que casi siempre transcurrían durante la noche. También, por supuesto, venía bien cuando se encontraba en el oscuro interior de una embarcación laberíntica.
Pudo percibir las siluetas de varias mesas de trabajo y numerosos objetos que se esparcían sobre éstas. La habitación no tenía ningún tipo de ventanilla de ventilación, con lo cual también carecía de luz natural y supuso que el desafortunado humano no podría verse ni la palma de la mano. Vio cómo se escondía bajo una mesa y decidió no responder a sus palabras; el silencio sería su mejor aliado. Por su parte, se escondió tras el espacio que quedaba entre la puerta abierta y la pared.

El bandido, cuya pañoleta que le tapaba la nariz presentaba manchas de sangre debido al reciente portazo, irrumpió en el taller iluminándolo con una antorcha. Las temblorosas sombras de todo cuanto hubiese en la habitación se proyectaron en las paredes, pues la flama bailaba debido a la corriente de aire que se colaba por la puerta. Zatch estaba comenzando a pergeñar cierto plan cuando su torpe compinche se delató de la manera más estúpida posible. Se cuestionó para sus adentros cómo era que ese pedazo de imbécil había llegado vivo a su adultez. No había nada que hacer al respecto. El enemigo, que lamentablemente no era sordo, se aproximó al escondrijo del pelirrojo mientras la bestia lo observaba todo desde su posición. Y entonces el ladronzuelo hizo algo que le dejó claro cómo es que llevaba sobreviviendo toda su vida: Pura y bendita suerte.

El hombre del rostro encubierto pronto se vio atrapado bajo una avalancha de tablones que lo retenían únicamente por una pierna. Pronto, comenzó a gritar y Zatch supo que seguir allí escondido lo pondría en desventaja cuando fuesen más los bandidos que examinasen la habitación. Salió desde detrás de la puerta y se arrimó rápidamente a una de las mesas de trabajo; esos breves minutos de sosiego le habían dado tiempo para esbozar una idea simple pero, rogó para sus adentros, ojalá efectiva. Tomó una soga enrollada, dos largos clavos y un martillo y entonces corrió hacia la salida. Cuando estuvo allí, pudo escuchar varios pares de pasos aproximándose desde el pasillo por el cual habían llegado ellos momentos antes.

Se agachó y sostuvo el extremo de la soga contra un costado del umbral de la puerta, a unos veinte centímetros del suelo. –¡No eres mi problema, zanahoria! –Gritó al pelirrojo, quien seguía en su escondite. La potencia de su voz opacó el sonido del martillazo cuando clavaba la soga con un solo golpe seco. Entonces sostuvo el otro extremo y siguió el mismo procedimiento, aprovechando sus palabras para idéntico propósito, y también con la obvia intención de que los otros bandidos lo escuchasen– Ya te salvé el culo una vez, ¡ahora arréglatelas tú mismo! –Entonces se puso de pie y cerró con un fuerte portazo. Aunque no tuvo forma de saberlo desde afuera, confió en que el vigor del golpe arrastraría una corriente de aire dentro de la habitación lo suficientemente pujante como para que se apagase la antorcha, dejando así a su compañero y al enemigo en completa oscuridad. Confió que la suerte del cabeza de cúrcuma le ayudaría a salir vivo de eso… y quiso pensar que el muchacho podría evadir los sablazos del asesino en penumbras.

Las pisadas se hicieron más claras al otro lado del pasillo y una conversación ininteligible fue motivo suficiente para esconderse con rapidez. Se arrastró en el delgado hueco que quedaba tras unos barriles amontonados en el recodo del pasillo y observó con un ojo por una rendija que quedaba entre éstos.
–¿Has escuchado eso? –El espacio fue iluminado por la antorcha que llevaba uno de los hombres, que miraba ceñudo a su secuaz. Éste, por su parte, no apartaba la vista del frente, escudriñándolo todo meticulosamente.
–Claro que sí, idiota, ¿cómo no iba a escucharlo? Era la misma voz del perro ese…
–Creo que es un chacal, o algo así.
–Me importa una mierda si es un chacal o un periquito, idiota. Lo que importa es que sabe dónde están las malditas piedras.
–Oye, estúpido, ya te dije que mi nombre es James, deja de llamarme idiota. –El que llevaba la antorcha suspiró– Seguramente está más adelante, ha abandonado al rojito. ¿Deberíamos seguir y agarrarlo?
–¿Qué dices, idiota? –Una risa socarrona provino del otro tras pronunciar detenidamente las sílabas del insulto– Primero encarguémonos de este, que se ha quedado solo el pobrecillo. Al jefe le gustará que lo empalemos por él.

Zatch sintió un escalofrío ante la última sentencia y se arrimó más a la rendija para presenciar el momento en que los bandidos abrían la puerta. Su “trampa” había quedado puesta de tal manera que, cuando los bandidos abriesen para ingresar a la habitación, se tropezarían con la soga a la altura de las pantorrillas y caerían en tropel. Lo siguiente quedaría echado a la suerte de uno y a la destreza del otro. Apretó el martillo con fuerza y tensó todos sus músculos, preparado para saltar desde su escondite cuando fuese necesario... o para escapar, dependiendo de la situación.
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  John Lauper el Jue Dic 22 2016, 00:57

John intentó escabullirse hacia la salida, pero el bandido esgrimió su sable, obligándolo a  retroceder. Si bien la habitación era de un importante tamaño, los tablones donde éste había quedado atrapado, formaban un cuello de botella dejando sólo un pequeño espacio libre para alcanzar la puerta. En ese momento, el pelirrojo observó cómo, a espaldas de su captor, el zorro emergía de entre las sombras, llevando en sus manos un pesado objeto. Creyó entender el plan. Mientras el bandido se distraía evitando que escapara, su compañero lo golpearía por la espalda hasta dejarlo muerto o inconsciente (preferentemente muerto). Pero no fué así. El nariz-de-flecha eligió salir del sigilo, sentenciandolo con un grito -¡No eres mi problema, zanahoria!... Ya te salvé el culo una vez, ¡ahora arréglatelas tú mismo!-. Y como si sus gritos no habrían sido suficientes para alertar a medio barco, se había tomado el atrevimiento de dar un portazo final, el cual retumbó en cada rincón. Por fortuna ese último movimiento generó una fuerte corriente de viento que terminó por apagar, la ya casi extinguida antorcha, quedando ambos en completa oscuridad.

-No creas que podrás escapar de aquí, aunque no pueda verte oigo tu asquerosa respiración gusano-. Amenazó el hombre del pañuelo, mientras intentaba agudizar su oído cerrando los ojos. Pero no obtuvo respuesta. Pasaron varios minutos, hasta que un extraño sonido interrumpió la silenciosa atmósfera. Sonaba a “algo” que se arrastraba, aproximándose lentamente hacia él. El hombre tomó su arma con ambas manos, y se preparó para realizar un ataque. Cuando sintió que “eso” se encontraba a su lado, lanzó un corte vertical descendente. Al oír un grito ahogado, supo que había acertado en el asqueroso pelirrojo. Sin embargo sintió que algo no estaba bien. Al intentar retirar el sable, éste no se movió, quedando atrapado en ese “algo” que acababa de impactar. En ese momento la puerta se abrió, dejando ingresar pequeños rayos de luz, provenientes de una antorcha. El hombre quedó asombrado al distinguir lo que se encontraba a su lado. El ladronzuelo había avanzado llevando una mesa sobre su espalda (imitando una tortuga), siendo ésta la que recibiera el golpe y “atrapara” su arma. Pero el joven se había arriesgado demasiado al utilizar aquel truco, ya que si el bandido hubiera optado por una estocada o cualquier otro tipo de golpe, habría muerto en el acto. Sin duda la fortuna le sonreía nuevamente.

Al ver la luz, John se escabulló rápidamente por debajo de la mesa. -¡Sabía que volverías por mi, pulgoso!- dijo mientras se aproximaba a la puerta. Sus ojos aún no se acostumbraban del todo a la luz, pero logró distinguir la silueta de dos figuras. Una voz familiar lo obligó a detenerse -No nos estaras confundiendo con tu novio, ¿no?-. La voz provenía del mastodonte, éste dio un paso dentro de la sala, teniendo cuidado de evadir la trampa del Zorro. -Creo que tenías cita con un gordo y afilado palo...-. Comenzó a avanzar lentamente hacia el ladrón, detrás ingresaron sus dos secuaces. Pero estos no tuvieron el mismo cuidado, tropezando con la soga y cayendo sobre su jefe. El pelirrojo supo aprovechar la oportunidad y, dando un salto sobre los bandidos, se lanzó a través de la puerta. -No irás a ningún lado-. Dijo el grotesco bandido, mientras lo tomaba por ambos pies, provocando que cayera al suelo. -Tu culo es mio-. agregó mientras su pañuelo delataba una maligna sonrisa. -Lo siento, no está a la venta…  pero por qué no te quedas con esto..- respondió el joven zanahoria mientras, en un ágil movimiento, deslizaba sus pies fuera de las botas, quedando estas en manos del bandido. Un hedor nauseabundo brotó de aquel calzado, obligando  a los bandidos a apartar la mirada (y habrian caido desmayados de no ser por los pañuelos que cubrían sus rostros). John se incorporó rápidamente y comenzó a correr descalzo, a través de uno de los pasillos. Desconocía cuál era el paradero de su compañero, pero tenía asuntos más urgentes de los que ocuparse.

-¡Quítense de encima inútiles!- grito el bandido jefe, mientras empujaba a sus secuaces. Los tres se pusieron de pie e inmediatamente se internaron en el laberíntico interior de la nave. Segundos después se les unió el cuarto bandido, quien había logrado soltarse de los maderos.

Off-Rol
Dependiendo de la siguiente runa, el mastodonte perseguirá a uno u a otro. Si la runa es de la mitad para abajo perseguirá a John, si es de la mitad para arriba perseguirá a Zatch.
Off-Rol 2:
Como salio exactamente la mitad (cuantas probabilidades había de esto jaja) Que Zatch tire un dado antes de escribir. Si sale 5 o menos persigue a Zatch, de lo contrario a John.


Última edición por John Lauper el Jue Dic 22 2016, 07:01, editado 1 vez
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  Tyr el Jue Dic 22 2016, 00:57

El miembro 'John Lauper' ha efectuado la acción siguiente: La voluntad de los dioses


'Runas' :

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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  Zatch el Jue Dic 22 2016, 17:09

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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  Zatch el Jue Dic 22 2016, 19:27

Poco después de la llegada de ambos bandidos, cuando éstos estaban a punto de tomar el pomo de la puerta, una nueva figura apareció al fondo del pasillo para unírseles, sosteniendo su propia antorcha. Era el presunto líder, ese lunático que había destrozado al pobre muchacho tartamudo frente a sus propios ojos. Cada vello en el cuerpo del zorro se erizó e hizo un gran esfuerzo por enmudecer su respiración, entrando en un estado de nerviosismo que le entorpecía el razonamiento. Supo que había sido una mala idea dejar al pelirrojo allí adentro, dado que no estaba en sus cálculos que el mastodonte entrara en escena, y temió haberlo condenado al “abandonarlo”. ¿No era el barco demasiado grande como para que todos hubiesen convergido en ese mismo pasillo? Contó mentalmente cuántos enemigos se hallaban reunidos. Cuatro. Faltaban dos, que todavía podían aparecer en cualquier momento a sus espaldas o podrían, también, estar esperándolos en la salida principal del barco, esa a la cual no deberían acercarse bajo ningún término.

Un golpe seco se oyó dentro de la habitación pocos segundos antes de que el líder de los adversarios abriese la puerta con lentitud. Zatch escuchó con alivio, pues oír su irritante voz significaba que seguía vivo, la exclamación del pelirrojo. No obstante, pronto se dio cuenta del craso error de su compañero al ver las arrugas alrededor de los ojos del asesino evidenciando una sonrisa antes de desaparecer tras el umbral de la puerta. Frustrado, maldijo a todos los dioses cuando vio que evadía la trampa. Afortunadamente los secuaces eran menos avispados y ambos tropezaron con la soga al mismo tiempo, cayendo bruscamente sobre su dirigente, quien intentó impedir el escape de John sin éxito. El muchacho pasó corriendo como alma que lleva el diablo junto a los barriles tras los cuales el zorro se escondía y Zatch pensó que podría alcanzarlo. Se incorporó con brusquedad e intentó escabullirse por el mismo estrecho espacio por el cual había entrado, mas al ingresar lo había hecho con cuidado y cautela, y ahora su apuro, cargado de torpeza, provocó que uno de los barriles cayese y rodase justo hasta los pies de los cuatro iracundos bandidos que acababan de salir de la habitación, quienes lo observaban en silencio con muecas que evidenciaban su sed de venganza.
–…¿Se les ofrece algo, caballeros? –Masculló la bestia con apenas un hilillo de voz, a sabiendas de que su pedantería y sus burlas de momentos atrás le costarían muy, muy caras. Los cuatro corpulentos hombres intercambiaron miradas y entonces, con voz grave y calma, el líder habló.
–Ustedes busquen al chico. –El trío de subordinados asintió y se aventuraron una vez más a los pasillos. El mastodonte, por su parte, colgó con parsimonia su antorcha en un sostén puesto en la pared para dicho propósito y alzó una mano para echarse el lustroso cabello hacia atrás, sin despegar la mirada del zorro– Yo me ocupo de este.

Zatch sintió el sudor frío bajándole por la espalda e, inmóvil, esperó que el hombre se abalanzase hacia él, siendo consciente de que no tenía posibilidades de agredirlo. No obstante éste parecía tener la misma estrategia y el zorro, falto de paciencia, decidió que la situación debía terminar de una maldita vez. Veloz, se lanzó hacia los tres barriles que quedaban en pie y los empujó con todas sus fuerzas hacia su contrincante, con la esperanza de obstaculizarlo lo suficiente como para poder ganar tiempo y escapar. El tipo, que parecía haber estado esperando exactamente eso, esquivó hábilmente los objetos al tiempo en que Zatch se daba la vuelta y comenzaba a correr tan rápido como sus patas se lo permitían.

–Noventa y ocho, noventa y nueve y… ¡cien! ¡Lista o no allá voy, pequeña zorra! –La jocosa voz del grotesco humano retumbó detrás de él. Zatch dobló sin juicio en cada encrucijada, de manera que ni él mismo sabía ya cuál era el camino de regreso. Sólo quería alejarse de ese maldito lunático y, con suerte, encontrar al pelirrojo y escapar de allí. Subió unas cortas escalinatas que lo llevaron a un piso superior suavemente iluminado. Se le ocurrió que quizás esa planta ya estaba por sobre el agua y podría escapar por alguna abertura, con lo cual giró y entró rápidamente a uno de los camarotes. A juzgar por la tenue iluminación que se colaba por las ventanillas circulares, se encontraba a muy pocos metros bajo el nivel del mar. Era imposible salir por ahí. Gruñó y apretó los puños con consternación mientras se daba la vuelta con la intención de subir un nivel más alto… para encontrarse con el sonriente mastodonte observándole desde la puerta.

–Te encontré, zorrita. Has perdido. –El tipo, que lo apuntaba con un martillo, parecía disfrutar la situación. Zatch esbozó una media sonrisa para ocultar el hecho de que estaba a punto de orinarse encima. –¿Puedo pedir una revancha? –Ja, ja, ja… No. Estoy cansado de jugar. –El enemigo dio un paso adelante y él uno atrás. Sintió que la desesperación le impedía pensar y observó frenéticamente todo objeto a su alrededor que pudiese servirle para defenderse. No había nada útil en ese maldito camarote, más allá de la cama colgante y un pequeño armario. No tenía margen para ninguna de esas sucias jugarretas que siempre le salvaban el pellejo. Decidió que si su ingenio no lo salvaría, lo haría su agilidad. Cuando el hombre dio otro paso hacia él, se abalanzó en dirección a la puerta lanzando un fuerte rugido con el cual pensaba intimidarlo. Pero a ese maldito mastodonte nada parecía causarle ni el más mínimo sobresalto. Antes de que pudiese cruzar el umbral, el tipo lo agarró de un brazo y tiró de Zatch tan fuerte que lo lanzó de boca al suelo, no sin antes hacerlo rebotar duramente contra el armario.

–¡Agh, hijo de…! –Sintió al pesado bandido sentándosele en la espalda, apuntando hacia su retaguardia, y apretó los dientes cuando notó que su cola era apresada contra el suelo con una mano. El tipo pesaba tanto que le impedía respirar y temió que se le rompiesen las costillas bajo tanta presión. –Qué cola más bonita tienes. ¿Alguna vez te dijeron que sería una preciosa bufanda? –Zatch se retorció como un pez fuera del agua en un vano intento por quitárselo de encima, mordiéndose la lengua para contener la retahíla de improperios que deseaba escapar por su garganta. –No vas a conseguir nada de mí, ¡déjame ir o mátame de una puta vez! –El hombre rió, sus carcajadas manaron lentas, roncas y gozosas. –Te sorprendería lo persuasivo que puedo llegar a ser, chucho. ¡Ya sé! Apostemos algo para hacerlo más interesante. –Sintió cómo el otro se giraba para, aún sentado sobre él, pasar a encarar la parte superior de su cuerpo, dejando en paz su retaguardia. El bandido apoyó suavemente la cabeza del martillo sobre la mano izquierda del zorro, que clavaba las garras en el piso y torcía el cuello tanto como podía para ver a su contrincante por el rabillo del ojo– Apuesto tu cola a que en los próximos diez minutos me dirás dónde están las piedras. Si yo gano, tendré una nueva bufanda. Y si pierdo… Bueno, si pierdo, tú y tu cola se quedarán juntos. –Rió– …En el fondo del mar.

Zatch tragó saliva sólo para escupirla un segundo después cuando el martillo impactó contra el dorso de su mano, haciendo crujir cada uno de sus delgados huesos metacarpianos. El grito áspero y suplicante del zorro retumbó en toda la planta, opacando las risas histéricas de su opresor, que cuestionaba una y otra vez: –¿Dónde están las piedras?
–¡No lo sé!
–Eres una puta zorra mentirosa. –Un nuevo golpe le destrozó el dedo meñique.
–¡Aaagh! ¡Te digo… te digo que no lo sé! ¡El tartamudo lo sabía y tú lo mataste, imbécil!
–¡No me gusta que me mientan! –La cabeza del martillo presionó su dedo roto– Tú y el mequetrefe pelirrojo lo saben, simplemente necesitan el incentivo correcto. ¡Ah, no me digas! Eres diestro, ¿verdad? –Su mano izquierda fue liberada sólo para ser reemplazada por la opuesta. El mazo, ya cubierto de sangre, impactó contra su dedo anular, que se quebró en pequeños trozos puntiagudos que le destrozaron la piel. A esas alturas el zorro ya no podía contener las lágrimas, la garganta se le quemaba con los gritos quebrados y su cuerpo estaba bañado en un apestoso sudor frío. Sabía que ese lunático no se detendría hasta conseguir lo que deseaba y pensó que pronto sería su cráneo el que cedería bajo el arma. ¡Al diablo ese estúpido trabajo! ¡A la mierda el maldito Densel! No perdería su desgraciada vida por proteger una mercancía fraudulenta por la cual apenas cobraría un pequeño porcentaje, ¡no le importaba volver a ser un simple ratero muerto de hambre! Cuando el martillo estuvo a punto de destrozar definitivamente su mano útil, gruñó con histeria y se retorció para detener su trayectoria.

–Bajo el mar… ¡están en el agua, hijo de puta! –El tirano lo observó con atención, haciendo silencio– ¡Las metimos en barriles y las lanzamos afuera! Se hundieron al lado del barco, ¡ahora déjame en paz!
Respiró con desespero cuando el pesado cuerpo se apartó de encima, sin embargo no pudo levantarse ya que un pie posándose sobre su espalda se lo impidió.
–¿Lo ves, amigo? No era tan difícil. –El hombre sonrió antes de exhalar un sobreactuado suspiro. –Lástima que no sé si me estás diciendo la verdad.

Las lágrimas de dolor y de frustración le corrían por las mejillas dejando húmedos senderos en su pelaje. Tuvo, por un momento, la aterradora certeza de que ese allí se acababa todo.
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  John Lauper el Mar Jun 06 2017, 06:11

La fría oscuridad reinaba en las entrañas de la majestuosa embarcación. El silencio había logrado imponerse por sobre el alboroto, acontecido hacía apenas unos instantes; tomándose licencia sólo ante los casi imperceptibles chasquidos, provenientes de las antorchas. La estática imagen se vio interrumpida ante el apresurado movimiento de una figura. Únicamente los reflejos rojizos de su cabello y un jadeo incesante, lograban distinguirlo de un espectro de las tinieblas. Sus movimientos, aunque carentes de agilidad, poseían la presteza que solo la desesperaciòn logra conceder. Y es que muchas eran las razones que justificaban tal apuro, para empezar, su vida se había visto amenazada en al menos dos ocasiones, el día de hoy. Sin embargo, otra era la razón que lo impulsaba.

Luego de atravesar un extenso corredor, giró hacia la izquierda, para detenerse a los pies de unas estrechas escaleras. -¡Al fin!, la maldita entrada al depósito- se dijo, luego de tomar aire. Su mirada se dirigió hacia la parte superior. Un débil resplandor rojizo, que se colaba por la puerta entreabierta, le hizo pensar que aquellos bandidos no habían logrado extinguir el incendio, provocado anteriormente por su compañero. Su rostro se torno en una mueca de preocupación.-Solo espero que no sea demasiado tarde-. Subió los escalones de dos en dos y se lanzó con fuerza hacia la puerta. Al ingresar en la amplia bodega, fué recibido por una asfixiante nube de humo. El fuego se extendía por paredes y techo, sirviéndose además de los restos del cargamento como sustento. -¡No no no!... tiene que estar por aquí-. Movió su cabeza con ansiedad, examinando cada rincón de la habitación. A un lado de la caja, la cual minutos atrás había funcionado como altar improvisado , donde fuera a ser sacrificado por el mastodonte, se hallaba un desgastado morral de cuero marrón. Una de las vigas, que se encontraba sobre este, crujió desprendiendo algunas partículas incandescentes. El pelirrojo, preso de la desesperación y sin medir consecuencias. se lanzó en busca del insignificante objeto, al tiempo que ésta se desmoronaba sobre él mismo. Al alcanzarlo, lo aferró fuerte contra su pecho, rodando un par de metros, instantes antes de que la viga perforara el suelo. Una vez más la suerte le sonreía.

Pero ¿por qué había puesto en riesgo su vida, al salvar un objeto tan burdo y prescindible?. ¿Acaso en su interior se hallaban objetos de gran valor?. Aquel morral lo acompañaba desde hacía mucho tiempo. Su madre, una humilde costurera, se lo había obsequiado en su décimo cumpleaños. Si bien John había abandonado su hogar en busca de fortuna ( y no sin antes tener una acalorada discusión con su padre), en su interior aún echaba de menos a su familia, aunque era demasiado orgulloso para admitirlo. De esa manera, el inusual objeto se había transformado en uno de los bienes que más atesoraba.

Al incorporarse, buscó una forma de escapar de allí. Ambas salidas se encontraban obstruidas por una barricada de maderos y fuego. Sin más opciones, optó por salir a través de las ventanas, tal como había sido su plan original. El inconveniente era que las mismas estaban a gran altura y las cajas que habían acomodado a modo de escalones, se encontraban parcialmente en llamas. Entonces haciendo uso de las escasas fuerzas que le quedaban, tomó coraje y de un envión comenzó a saltar por sobre las mismas. A cada paso podía oírse  un “AH”, “UH”, “AY” y todo tipo de insultos ( recordemos que no hacía mucho debió “obsequiar” su calzado a la banda de asesinos). Para cuando logró alcanzar las ventanas, unas pequeñas llamas lamían la botamanga de su pantalón. Sacudió sus piernas al tiempo que tomaba asiento en la repisa. Un instante antes de arrojarse al mar, un desgarrador grito se propagó por el aire, dejándolo completamente paralizado. Dadas las circunstancias,  no le fue difícil deducir de quién provenía.

En ese momento dos pequeñas figuras se materializaron en sus hombros. Tenían rasgos similares a los suyos, pero a una escala y proporciones diferentes. Una de ellas vestía de rojo mientras que la otra vestía de blanco. Y como si estos seres no fueran ya lo suficientemente extraños, el de la izquierda comenzó a hablar. -Nisiquiera lo pienses, sabes lo que pasara si vuelves. Es mejor salvar al número uno, ¡osea a ti!-. dijo con un tono de voz más parecido a una orden. Ante la estupefacta mirada del ladrón, agregó.-¿Por qué dudas?, ese inútil chucho te estuvo subestimando desde un principio, además, si no lo recuerdas, planeaba abandonarte-. El pelirrojo observó sorprendido, intentando comprender qué estaba sucediendo, hasta empezó a sospechar que tan “legal” sería el cargamento que ardía en la bodega.-Supongo que tú también tienes algo para decirme ¿verdad?- finalmente dijo, luego de volverse para encarar al de la derecha. El diminuto ser asintió con la cabeza y se aclaró la garganta. -Además si escapas ahora, no tendrás que compartir la recompensa-. John levantó una ceja.-¿No se supone que tu deberías convencerme de que vaya a ayudarlo?-. La criatura lo observó confundido -¿Y por qué haria algo asi?-. El joven debió voltear nuevamente para observar al otro, el cual había estallado en un ataque de risa.-¿De verdad creíste que eramos tu lado “bueno” y tu lado “malvado”?... si que eres tonto chico, esas cosas no existen-. Luego de recomponerse de la risa y al ver la aún confundida cara del ladrón, le dio una fuerte patada en el mentón. Mientras este se quejaba, continuó.-¿Ahora lo entiendes? somos reales, tan reales como tú fea cara-. luego de esbozar una pequeña sonrisa, se llevó una mano al pecho y agregó.-Yo soy quien te mantuvo vivo hasta ahora, algo asi como tu instinto de supervivencia, y ese de ahí...-. Señaló al otro.- Ese es tu sentido común-. El de blanco hizo una reverencia.

Otro grito interrumpió la conversación. El joven amagó con volver al depósito.-¡Espera!- su instinto de supervivencia lo detuvo nuevamente. -¿Acaso no oíste lo que dijimos?- luego su sentido común tomó la palabra. - Si aún insistes en volver y morir, nosotros no te acompañaremos -. Y diciendo esto ambas figuras se despidieron,  al tiempo que con un salto, se arrojaban al mar. John sacudió la cabeza buscando despejar su mente. Aun no entendía si aquello había sido real o no, pero estaba decidido a volver por su compañero, aun en contra de su sentido común y su instinto de supervivencia. Y no porque le agradara, claro que no. Ese Nariz de Flecha era de lo más antipático que se había cruzado (incluso más que Densel cuando le regateaba las recompensas). Pero estaba en deuda... el estúpido zorro, contra toda lógica, había vuelto por él cuando más lo necesitaba, ¿por qué lo habría hecho?. Mientras se preguntaba esto, bajó las escaleras y cruzó pasillos, guiado por una mezcla de gritos e inquietantes risas, que cada vez sonaban más fuertes.

Avanzó hasta detenerse en la entrada de uno de los camarotes, de donde parecía provenir aquel alboroto. Con mucha cautela, pegó su cuerpo a la pared y echó un vistazo. La escena que observó le puso los pelos de punta. Su compañero se encontraba en el suelo, sus manos eran un amasijo de carne, bajo un charco carmesí; y su torturador lo retenía bajo la suela de su enorme bota. A estas alturas el plan formulado por sus sentidos le habría parecido una excelente idea, pero, para fortuna del herido, ellos ya no se encontraban alli.

-Bajo el mar… ¡están en el agua, hijo de puta!- dijo de pronto el zorro, y agregó -¡Las metimos en barriles y las lanzamos afuera! Se hundieron al lado del barco, ¡ahora déjame en paz!-. El ladrón no pudo disimular su enfado -Maldito traidor- susurro por lo bajo. Su irritación no le permitía recordar que hacía instantes, estando en una situación similar, estuvo a punto de confesar, de igual forma, aquel alocado plan. Su pensamiento se vio interrumpido por una aterradora pero tranquila voz.-¿Lo ves, amigo? No era tan difícil. Lástima que no sé si me estás diciendo la verdad-. El hombre pateó fuertemente al caído hasta dejarlo boca arriba.-Parece que eres nuevo en esto, ¿verdad que si?- dijo mientras caminaba por la sala, manteniendo una distancia prudente para evitar cualquier intento de escape.-Te contare como va a suseder, al principio no voy a poder confiar en ti, así que solo buscaremos placer jugando con algunas cosillas... como esto-. alzó su mazo, poniéndolo a la vista del zorro.- Sin darnos cuenta nuestra relación irá floreciendo, se generarán sentimientos compartidos… es ahí cuando, poco a poco, empezaré a creer todo lo que me digas.- Luego de dar una vuelta a su alrededor, se coloco nuevamente encima, de espaldas a la puerta. -Al final, como en toda relación, comenzaremos a aburrirnos y ya no tendremos nada que el otro quiera… en ese momento, querido amigo, llega… EL DIVORCIO-. Un sonido metálico y el destello de una pequeña hoja, fue todo lo que necesitó para comprender cuál sería el futuro de su compañero. Apretó los dientes. Si existía una oportunidad para acabar con ese monstruo era esta. Rápidamente tanteo el interior de su morral, hasta dar con el mango de un pequeño objeto. Inhaló una gran bocanada de aire y, conteniendo la respiración, ingresó en la habitación. Debía fundirse con las sombras, camuflar cada paso con el sonido de las olas que golpeaban el casco y diluir sus intenciones en el aura asesina de su “víctima”. Así avanzó, primero un paso, luego una pausa, seguida de otro paso. El tiempo se hacía eterno y cada pisada era una rifa, en la que él tenía la mayoría de los números. -Fin del descanso-. Habló de pronto el mastodonte.-¿con que deberíamos seguir?... oh ¿qué te parece tu pierna derecha?-. Alzó su maza y en el momento en que descargaba su golpe, algo lo obligó a detenerse. Sintió una leve molestia en su espalda, apenas más grande que un piquete de avispa. Su reacción fue tan veloz, que tomó por sorpresa a John, quien solo pudo devolverle una timida y nerviosa sonrisa. Éste debió soltar su cuchillo de cocina, el cual apenas había avanzado unos centímetros dentro de la gruesa piel de su contrincante. -Pero mira nada más quién vino a rescatar a su novio...¿A eso llamas golpe?-. Al decir estas palabras, lo tomó por el cuello y lo arrojó contra la pared, con tal fuerza que casi pierde el conocimiento. Mientras este yacía en el suelo, agregó - Un verdadero golpe debería ser así-. Con todas sus fuerzas, el hombre lanzó un golpe vertical utilizando nuevamente su mazo. El pelirrojo, aun desorientado, se hizo a un costado apenas segundos antes de que el poderoso ataque lo alcanzara[1]. Este impacto con tal poder, que las maderas del barco se quebraron y por sus fractura comenzó a ingresar el agua.

-¡Jefe! el barco se incendia, debemos escapar-. La ronca voz provenía de uno de los cinco secuaces que recientemente habían ingresado por la puerta. El mastodonte encaró al vocero, dejando su mazo atorado en las grietas.-¿Y por qué demonios no lo apagaron como les ordené?-. El encapuchado dio un paso atrás. Con voz más aguda y temblorosa, respondió.-Eso intentamos, pero algún idiota se deshizo de todos los barriles con agua, no encontramos con que apagarlo..-. El jefe amago un golpe, el cual terminó desacelerando, hasta convertirse en una palmada en el hombro.-Dices que no quedan barriles...- dijo mientras se rascaba la barbilla, por encima de su pañuelo. Caminó unos pasos hasta el cuerpo caído del zorro.-No era un mal plan...aunque no de mi estilo claro-. Murmuró. El agua filtrada comenzaba a amontonarse en charcos por toda la habitación. - Parece que decias la verdad después de todo, zorrita-. De repente comenzó a reír a carcajadas.-JA JA JA, ustedes merecen un premio.... que tal si les dejo elegir cómo quieren morir-. Al terminar de decir esto, un destello metálico resplandeció en su mano. Con un rápido movimiento lo lanzó a escasos centímetros de la cabeza de Zatch. El resplandor desapareció y en su lugar un extraño cuchillo quedó insertado en la madera. -Pueden morir incinerados o ahogados… o si son mas afeminados y no quieren sufrir, pueden cortarse la garganta con este pequeño obsequio… ustedes decidan-. Con estas palabras los seis hombres se retiraron, cerrando tras de sí, la puerta del camarote. Un golpe seco, les hizo entender que aquella puerta ya no podría abrirse fácilmente.
John Lauper aún se encontraba sentado en el suelo, recuperándose del golpe. -Espero que no te estés muriendo, tenemos mucho trabajo por hacer-. dijo en tono recriminatorio a su compañero.- Después de todo fuiste tu el que arruino nuestro plan, ahora debemos escapar antes que ese mastodonte, para así recuperar las piedras-. Alzó la mirada, esbozando su sonrisa burlona. Parecía que ni todos los golpes del mundo bastaban para que cerrara la boca.

_________________
[1] Uso de habilidad (nivel 0): Pericia Involuntaria


Última edición por John Lauper el Mar Jun 06 2017, 06:15, editado 1 vez (Razón : Uso de habilidad)
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Re: La gran estafa (Zatch y John) [Trabajo]

Mensaje  Zatch el Jue Jun 08 2017, 03:32


En un principio, Zatch estaba tan aturdido que no se percató de la entrada de su ami... su camarad... su estúpido compañero de desventura. Con los ojos nublados por las lágrimas de dolor y la boca seca de tanto gritar, no reaccionó ni siquiera cuando el enorme hombre le atinó una patada en las costillas, volteándolo como un saco de patatas. Perdió la mirada en algún punto del techo mientras el tipo continuaba su soliloquio, sólo pudiendo pensar en cuánto le dolía cada parte del condenado cuerpo. Ni siquiera intentó escapar. Pronto el bastardo volvió a sentársele encima, esta vez hundiéndole el abdomen y obligándolo a exhalar el último ápice de aire y de voluntad que le quedaba. “-Qué rayos, no me arrepiento de nada” -pensó, con los dientes tan apretados que le chirriaban- “He vivido tal como me salió de los huevos hasta el último segundo de mi maldita vida. Valió la pena.”

Abandonado ya a la idea de que su existencia de fechorías y libertinaje estaba próxima a su final, no reaccionó ni al ver el cuchillo, ni cuando la maza estuvo a punto de impactar contra su cráneo. Aunque tuviese lágrimas en las mejillas, podía decir con orgullo que no eran de miedo ni de tristeza. Esperó el impacto con la estoica mirada clavada por primera vez en los ojos de su adversario. Si iba a morir, mierda, al menos lo haría sin temblar.

Fue entonces que la cabeza del martillo se detuvo a centímetros de su frente y apenas entornó los ojos para descubrir al causante de la interrupción. Y como no podía ser de otra manera, ahí estaba su oportuno secuaz. “...Es un imbécil, pero un imbécil útil.” Pensó, siendo un mero testigo de la paliza que el chico acababa de ganarse por intentar salvarlo. Aunque una pizca de gratitud y culpa muy pero muy microscópica afloró en su pecho, no pensaba gritarle “¡huye y sálvate!” ni alguna idiotez así. Ser socorrido era lo mínimo que merecía luego de haberlo salvado dos veces, ¿no? Ya hasta podría haberle pedido que lo hiciera bien.

El cabeza de zanahoria recibió su pequeña porción de paliza, aunque conociendo la suerte que tenía no se preocupó demasiado por él. Lo que realmente suscitó su espanto fue la grieta causada por el martillazo del bestial grandulón. Entre la inundación y el incendio, los bandidos estaban apresurados por marcharse y pronto abandonaron el camarote, no sin antes dejarles un lindo recuerdo en forma de cuchillo y amenaza. El zorro tragó saliva y cerró los ojos por un instante mientras convencía a su entumecido cuerpo de que lo peor ya había pasado. No podía entender cómo es que seguía vivo.

El crepitar del fuego justo sobre ellos, el borboteo del agua que ya le humedecía la espalda, los pasos de los ladrones alejándose y su propia respiración que le silbaba en la nariz (tenía el tabique hinchado debido al golpe que se había dado en el rostro al ser noqueado por los bandidos) llegaron a sus oídos durante su breve meditación para recuperar fuerzas. Hizo un recuento de los daños más graves. La mano izquierda inutilizada y la diestra con sólo tres dedos sanos, probables fisuras en las costillas, un potente dolor en la nuca y la mente atolondrada hasta el punto de no poder pensar con claridad. Todo eso era suficiente para dejarlo allí tirado, pero dos factores lograron impulsarlo a levantarse: Saber que la muerte por ahogamiento era de las más desesperantes... y escuchar las irritantes, insoportables e increíblemente estúpidas palabras del pelirrojo.

-¿Arruinar... -respiró profundo y volvió a silbarle la nariz- ...arruinar... nuestro plan? Tú la sacaste barata, imbécil. ¿¡Y dices eso!? ¡Te voy a romper la puta cara! -Poco a poco se incorporó, primero sentándose, luego recargándose en las rodillas y finalmente poniéndose de pie. El mundo le dio vueltas y estuvo a punto de vomitar; el vaivén natural de la embarcación no ayudó a su mareo. Con ojos incisivos observó al otro. De haber estado sano, hubiese cumplido sus amenazas sin dudarlo- Prácticamente no te ha tocado un pelo. -Refutó, observando fugazmente la maza ensartada en el casco del navío- No me hagas recordarte que esto -apenas alzó las manos- es por haberte salvado el culo por segunda vez, ¿¡acaso quieres que te despelleje, basura!?

El muy desgraciado no sólo era un inútil incapaz de ayudarlo sin destrozarle los nervios; ahora también le daba órdenes. Por alguna razón recaía sobre su espalda la responsabilidad de idear un plan para sacarlos de allí. Zatch exhaló un suspiro de hartazgo y miró alrededor, furioso. La pequeñísima ventana no servía; su tamaño era insuficiente y, si la rompían, la presión del agua entrante les impediría salir por ella. Sólo quedaba salir por la puerta y debía ser rápido ya que por entre las tablas del techo, que venía a ser el piso de la planta de arriba, ya comenzaban a colarse volutas de humo. Miró alrededor: el camastro, el armario, el enorme martillo y el cuchillo clavado en el suelo. Quizás aún habían esperanzas.

Caminó, o mejor dicho se tambaleó hacia el cuchillo y lo arrancó del suelo ayudándose de sus únicos tres dedos hábiles. El sonido de la puerta al cerrarse había sido similar al “click” que se produce al cerrar con llave, probablemente debido a que el tremendo impacto había trabado la cerradura. Metió la hoja del cuchillo en la pequeña ranura que quedaba entre la puerta y la pared y probó destrabarla con movimientos suaves. Pero el agua ya le llegaba a los tobillos y la paciencia le flaqueó; pronto, en vez de hurgar delicadamente, estaba intentando hacer palanca con el arma, pese a que no poder utilizar ambas manos dificultaba mucho el proceso. En poco tiempo estaba gruñendo y maldiciendo, hasta que decidió cambiar de plan, resignándose a guardar el cuchillo en su cinturón.

Hasta ese entonces había ignorado por completo al irritante ladronzuelo, pero cuando se acercó a la maza dispuesto a sacarla, apenas lo miró para indicar: -A ver, inútil, ayúdame con esto.
Tres manos y el forcejeo adecuado fueron suficientes para arrancar la herramienta de su prisión de madera. Claro que al hacerlo ya no existía nada que impidiese que el agua entrase a borbotones. Ante la estupefacta mirada de su compañero, el zorro dio una indicación simple y concisa: Destrozar la puerta hasta que pudieran salir. Así, a mazasos y patadas, ambos se ensañaron en echar el obstáculo abajo. [1]La desesperación causada por su pésimo estado y la certeza de que pronto el agua les llegaría hasta el cuello le ayudó a desatar su más primario instinto de supervivencia. Los embistes y la presión del agua lograron arrancar la puerta de sus bisagras, dando paso a una enorme ola y a dos escuálidos ladrones que, empapados, encontraron su libertad... por lo menos momentáneamente.

Era momento de comenzar la verdadera carrera. Si los bandidos llegaban antes a las piedras todo el sufrimiento habría sido en vano y Zatch no iba a tolerar aquello. Ambos ladrones, guiados por el zorro quien buscaba las escaleras para ascender al nivel que debía estar por encima del agua, recorrieron los pasillos como una exhalación. Prácticamente todas las antorchas y lámparas de aceite habían sido apagadas por sus adversarios, pero no tardaron en encontrar la luz que provenía de unas escalinatas hacia el piso superior. La luz y el espeso humo negro del incendio, claro está.

Abandonándose a su suerte, el zorro subió primero para encontrarse con un estrecho pasillo que presentaba dos alternativas. La primera era la sala contigua al almacén, cuyas llamas ya lamían su interior y deterioraban la estructura a cada segundo. La segunda opción era la mejor para quienes preferían evitar quemarse vivos, y era precisamente por la cual había optado el sexteto de bandidos.

Los hombres portaban herramientas del taller donde se habían escondido rato atrás y percutían con saña la pared de madera, intentando abrir un boquete que prometía ser la salida más segura hacia el agua, dado que estaban a pocos metros por sobre ésta y la caída era tan inofensiva como ideal para llegar antes a la mercancía. Uno de los secuaces fue el primero en notar la presencia de el dúo, alertando pronto a los demás.
-¡Joder, jefe, mire! ¿¡Cómo carajo salieron!?
El grandulón se volteó con lentitud. Aunque aparentaba tranquilidad, el brillo en su mirada denotó hartazgo. Si Zatch había aprendido a temerle cuando reía, aquella expresión llegó a congelarle los huesos.
-Vaya, resultaron ser dos pedazos de mierda bastante insistentes, ¿no? ¿Acaso no les gustaba el romanticismo de morir juntos? ¿O es que has venido para que te de más de lo tuyo, zorrita?

Volvía a experimentar ganas de vomitar. Odiaba sentirse impotente bajo la mirada de aquel lunático. Ira, frustración, asco. Sus nervios acababan de llegar al límite. Una viga de la sala en llamas se partió causando estrépito a pocos metros, y ese fue el detonante en el cerebro de Zatch para empujarlo a actuar con impulsividad.
Sin pensarlo dos veces manoteó una de las lámparas de aceite y derramó su líquido sobre los hombres al tiempo que caminaba hacia atrás, dirigiéndose a la salida cuyas llamas eructaban chispas y humo cada vez más densos- ¿¡Qué demonios haces!? -¡Métete tu fanfarronería en el culo, imbécil! ¡Las piedras son nuestras!

Dicho esto, corrió hacia el fuego uniendo el camino de aceite hasta los bandidos, que se encendió en un instante. Sin dejar opción al pelirrojo más que seguirlo, cruzaron el almacén salteando maderos que se partían a su paso y siendo tragados por el fuego. Sintió cómo el calor abrasador le chamuscaba cada centímetro de la piel al salir a la cubierta, donde el aire libre alimentó las llamas. A los gritos, dejando tras de sí una estela de humo negro, saltó por la borda para zambullirse directamente en el agua.

El alivio fue tan abrupto que no pudo soportar las náuseas. Su bello pelaje rojizo ahora estaba chamuscado, con grandes huecos que exhibían asquerosa piel quemada. Tras vaciar su estómago y apenas asomarse para tomar aire y ubicar a su compañero, nadaron hasta el muelle para recuperar fuerzas antes de sumergirse con el fin de recuperar las piedras. Estaba extenuado y sentía que si se dormía no volvería a despertar. Pero no podría descansar hasta tener el trabajo terminado. No por él, no por John, no por el maldito Densel ni por la miserable recompensa.

Tenían que terminar el trabajo para cerrarle la boca de una vez por todas a aquel condenado hijo de la gran puta.



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