Inoculaciones y otras historias

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Inoculaciones y otras historias

Mensaje  Friðþjófur Rögnvaldsson el Jue Oct 27 2016, 16:46

–Eso no tiene buena pinta –comentaba el Galeno, mientras miraba con preocupación la gran herida que tenia Mirek.

–Pero, puedes hacer algo, verdad? –Pregunto inevitablemente Frith.

Había tratado de mantenerse callado durante las tres horas que llevaban en la casa del medico. Habían marchado en cuanto Mirek había recibido la terrible mordedura, de aquella criatura extraña sin nombre. Ese ser que los había tomado por sorpresa. La verdad es que el Galeno estaba casi prácticamente seguro de que no podría hacer nada por el, sin embargo las monedas –que no eran pocas– que Frith le había entregado, eran mas que suficiente para que el se mantuviera manos a la obra dentro de sus posibilidades, al menos hasta que Mirek dejara de respirar, y su corazón parase. La estancia tenia un aroma a madera vieja, humedad, y el polvo paseaba por el ambiente con tanta libertad, que a la luz de las escasas velas que el Galeno había colocado, era fácilmente visible.

–Intentare hacer todo lo que este en mis manos. Pero… esta infección –se mordió el labio inferior nervioso–. Nunca había visto algo así. Su cuerpo no esta preocupándose lo mas mínimo por regenerarse, es como si ignorara que tiene una infección.

La caza había salido mal. Y tan mal; Frith había marchado con su compañero Mirek hacia el bosque mas cercano, del poblado donde había estado viviendo durante aquel tiempo. Habían marchado para cazar algún venado, o tal vez con un poco de suerte, un buen jabalí gordo y substancioso. En lugar de hallar eso, Mirek se había encontrado de frente una criatura negruzca lanzándose sobre el. Había tratado de defenderse durante cerca de diez minutos, inútilmente, puesto que por mas que se moviera la criatura de algún modo le había mordido en varias partes de su cuerpo, y le estaba resultando imposible sacársela de encima. Cada vez que Frith se había aproximado para poder golpear a la criatura, antes de que pudiera propinarle una buena estocada, la criatura le había golpeado fuertemente con una extremidad dura como el acero, haciéndolo retroceder. Y Frith había intentado eso una, y otra, y otra vez, sin éxito. Finalmente Mirek había decidido utilizar la misma estrategia, y morder una parte blanda de la criatura que estaba situada justo frente al rostro de el; parecía que aquel mordisco le había dolido, y ayudo a que el pudiera librarse de ella. Por un lado, la criatura propino un mordisco aun mayor sobre Mirek, quien ahogo su grito tratando de morder mas fuerte; después, la criatura no aguanto mas y lo dejo caer al suelo, marchándose rápidamente y perdiéndose entre los arboles.

El Galeno continuo durante cerca de media hora mas , administrando distintas soluciones liquidas sobre la herida, y también haciéndole beber otras tantas a Mirek para que calmara el dolor. No parecía que mejorara la herida, sin embargo el se encontraba un poco mejor, ya no sentía tanto dolor y los sudores que durante horas habían sido constantes, se habían disipado levemente.

Frith se marcho aquella misma noche, marchando nuevamente hasta Lunargenta. En principio iba a pasar por la pequeña casa de su hermana, para hacerle saber de la situación, advertirle sobre ese nuevo peligro que andaba recorriendo los bosques y que desconocía por completo; pero prefirió no hacerlo. Perdería mucho tiempo y quería resolver aquella incógnita cuanto antes. Además, pensó, su hermana sabia cuidarse muy bien, como para que la primera criatura desconocida que apareciera pudiera hacerle el mas mínimo daño. A veces pecaba de tener demasiada fe sobre ella, pero nunca sin razón. La mañana de Lunargenta seguía siendo tan viva como solía serlo siempre. Los mercados abiertos, la gente andando tranquilamente, como si fuera de la ciudad no estuviera sucediendo nada, como si Lunargenta fuera todo un nuevo mundo encerrado en la seguridad del oro, los trapicheos, los festejos, las familias y el trabajo. Para mas de una persona Lunargenta era su único mapa del mundo, y Frith podía comprenderlo a la perfección, puesto que en determinado momento de su vida también había sido así para el. Se acerco a la Taberna del Hostigador, un lugar que solo los mas maleantes solían frecuentar. Un lugar donde los juegos de azar eran completamente legales, incluso apostando miembros de tu propia familia, un lugar donde las flechas envenenadas se vendían, y donde los alcoholes mas fuertes se servían a menores de edad. Pero también era lugar frecuentado en mas de una ocasión por viejos mercenarios, desertores, generales renegados y toda esa clase de gente que sumarias a una aventura arriesgada. Esa clase de gente a quien no echarías de menos, si se pusieran entre la espada y tu piel. Y era precisamente lo que Frith estaba buscando; ir a por aquel ser el solo, habría sido una completa estupidez. Si entre Mirek y el, que eran ya dos grandes guerreros, no habían conseguido únicamente librarse –que ni siquiera matar– de la criatura, mucho menos podría darle caza estando completamente solo. Aun así no era su único plan, Frith sabia que había mucho mas allá de la criatura que se había mostrado ante ellos. Ese ser, no era una criatura natural, no era normal, y Frith tenia la ciega convicción de que seguramente, tampoco habría sido así siempre. Quería averiguar que había detrás de aquello, que había llevado a la naturaleza a traer un ser semejante, y de ser posible, acabar con ello.

Se sentó en la única mesa que vio libre. Estaba sucia, tenia rastros de vino y una jarra con cerveza a medio beber. En cuanto se acerco el tabernero, le pidió una jarra de vino caliente, y «un buen contacto». El tabernero generalmente sabia a que se referían cuando se le hacia saber de aquel requerimiento.
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Re: Inoculaciones y otras historias

Mensaje  Eléanör Gàlathiël el Miér Nov 02 2016, 00:26

La luz de la tarde entraba perezosa en ese día gris. Parecía que Lunargenta se había apagado con las lluvias que llevaban tiempo regando la ciudad. Ely, al igual que el tiempo, parecía pálida, su piel presentaba el mismo tono rosado de siempre, pero su aire melancólico se había acrecentado cuando, el día anterior, Eoghan había salido a hacer un trabajo de orfebre y no había vuelto. Tal vez se habría alargado. No podía pensar, cada vez que el chico desaparecía, que estaba en problemas serios. Ser agorera no era ninguna buena cualidad, debía controlar su mente, ser positiva, después de todo, lo había encontrado.

Se levantó de su escritorio, la tarde de lluvia la había aplatanado ya lo suficiente. El aroma de las plantas de su ventana mojadas por el agua clara, la acabó por animar. Le recordaba a su bosque,ese que llevaba sin pisar meses, ese donde la seguían buscando. Pero había aprendido a esquivar a los enviados de su padre. Se sentía como una de esas niñas que juegan al escondite, o como la protagonista de uno de sus libros, pero, al abrir la ventana y oler la fragancia de una lavanda tardía que aun resistía los reveses del tiempo, no pudo evitar sonreir.

El aroma de la flor eran recuerdos, recuerdos de su dormitorios, de sus infusiones curativas, aroma a familia y calidez, cosas que, aunque de modo diferente, había llegado a encontrar en ese cuarto, no estaba en su bosque, era probable que, a esas alturas, no tuviera hogar al que regresar, pero en realidad, le impostaba poco mientras pudiera seguir aprendiendo junto a Eoghan y ayudando a gente, aunque muchas de las veces era ella la que acababa por causar problemas, eso era algo que, claramente, debía mejorar.

Cuando la noche caía ya por el horizonte, y cubría las calles mojadas con una luz plateada, emborronada por el agua que seguía llorando el cielo, la chica decidió que, como los meses anteriores había hecho, debería abrir sus horizontes. Se calzó sus botas sobre los pantalones que tan cómodos le habían acabado por resultar, se caló su capa sobre su rojizo pelo suelto y sonriendo al espejo salió a la calle. Caminó entre silencios, chapoteos y luces que se reflejaban en la húmeda calzada hasta quedar prácticamente empapada, su capa, al menos, ella seguía seca, pero sus pies, cansados de caminar por un terreno tan resbaladizo, agradecerían un descanso en un lugar seco.

Por ello se detuvo ante aquella taberna, parecía, o eso le decían sus instintos, un antro de mala muerte, no sucio, pero tampoco precisamente limpio, lo justo para que a la clientela no le diera reparo entrar. Era el tipo de lugar que una chica como ella debería evitar a toda costa, aquel que regentaba gente de la peor calaña, mujerzuelas liberadas o hombres en busca de compañía, por no hablar de algunas mujeres que, posiblemente, también la buscaban. Ella debía ser un raro especimen en el lugar. Una chica que parecía, simplemente, perdida.

Se acercó a la barra retirandose la capucha dejando gotas de agua a cada paso y mostrando su caballera de fuego a los presentes, esperaba no llamar demasiado la atención, podía ser más valiente que meses atrás, pero no tanto como para cometer suicidio, y creía que, llamando la atención en ese lugar, haría algo similar, como si pidiera un puñal en el cuello.

- Disculpe.- musitó al llegar a la barra.- Podría llevarme un té a aquella mesa.- pidió en voz baja señalando una mesa vacía cerca de la ventana cubierta de gotas y vaho.

Caminó semi escondida, deseando llegar a su mesa para quitarse, allí la capa, demasiado delgada y de aires demasiado delicados como para atreverse a retirarla antes, sabedora de que, si le intentaban hacer algo, poco o nada seria capaz de hacer. Tal vez habría sido mejor quedarse esperando en la posada del rey y la reina. Las voces ascendían por el local envueltas en humo y alcohol, una mesa en el fondo gritaba cada poco, y el sonido de las monedas daba para silenciar los gritos del puerto, juegos, apuestas, definitivamente, se había equivocado de sitio.

Volvió a centrar su mirada en el objetivo, una mesa vacía, lo único que allí habían eran restos de ceniza y marcas de bebidas pegajosas, su destino era claro, pero no esperaba que este se viera interrumpido por una mesa a su frente, no, no una mesa, una silla. Chocando directamente con ella, calló sobre el regazo de un joven de cabellos rojizos que parecía esperar algo en esa (sinónimo de mesa) con una jarra de vino, ya caliente, sobre ella. Se levantó apresurada, esperando que el joven no fuera peligroso, y se alejó un par de pasos murmurando una profunda disculpa agachando la cabeza, sin notar que, con el movimiento, había dejado ver sus orejitas élficas.

- Perdoneme...- murmuró por tercera vez esperando recibir una respuesta para poder ir con la conciencia tranquila a propio asiento.
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