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Los vampiros, la génesis.

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Los vampiros, la génesis.

Mensaje  Narrador el Jue Dic 22 2016, 04:43

Los vampiros, la génesis

Los vampiros, la génesis

Todo pasó hace aproximadamente hace 16000 años, seres nacidos de la codicia y de la envidia vinieron al mundo. Una comunidad de humanos corrientes, aerandianos de apié, que vivían bajo el dominio de las élites formadas por los caballeros dragón, en su día sacerdotes de culto a los dragones elementales, quienes eran los dueños y creadores de todo aquel mundo conocido. Estas élites contaban con el apoyo incondicional de los dragones, por lo que el resto de las razas vivían sublevados a ellos, sobre todo los humanos que no habían adquirido poderes mágicos ni ningún tipo de don, vivían a merced de las catástrofes que sucedían a menudo sobre sus cosechas y sus poblados.

Era un día de verano, la cosecha había sido productiva y los silos de esta pequeña comunidad de humanos estaban a rebosar de grano. Pero todo aquello era demasiado idílico para ser verdad, le faltaba un toque de realidad a aquel perfecto año. Una pequeña horda de dragones se encontraba desde hacía semanas sobrevolando el poblado en círculos, hasta que una noche tres de ellos bajaron lo suficiente para posarse sobre los silos de madera, destrozando los techos con sus garras. El pánico se hizo palpable en la aldea, todos corrían asustados a sus hogares, pensando que el fuego de los dragones no iba a llegar hasta allí. Quemaron todos los silos, menos dos, que dejaron intactos por alguna razón. Las llamas consumieron hasta el último grano de trigo, reduciéndolo todo a un montón de cenizas.

Tras aquella fatídica noche, la mañana fue desoladora. Tan solo quedaban ondeantes los esqueletos de los silos, madera quemada que se mantenía aún caliente. El pueblo despertó acabado el toque de queda que se había instaurado la noche anterior, y observaron con pesadumbre y en silencio aquella pesadilla que se había hecho realidad. No hubo palabras, solo lágrimas silenciosas de impotencia y rabia. Aquel mismo medio día llegó la partida de caza que había salido dos semanas atrás, cargados de conejos atados a los cintos y una gran carreta llena de ciervos, bóvidos y caballos salvajes. La sonrisa victoriosa que tenían dibujada en sus mandíbulas se borró rápidamente cuando vieron aquel espectáculo. Encabezados por el jefe o alcalde del poblado, Thur Urk, los hombres y mujeres que componían la expedición de caza pidieron explicaciones sobre lo sucedido a Driniar Urk, el hijo mayor de Thur, quien se había quedado a cargo del poblado en ausencia de su padre. Al enterarse de lo sucedido Thur encargó a sus mejores hombres custodiar los silos con lanzas y arcos.

Pasaron tres días, cuando por el paso entre montañas se vislumbró un grupo de hombres con armaduras negras de obsidiana a caballo, se ordenó entonces el toque de queda, se armaron los hombres y toda aquella persona capaz de sostener un arma. El encuentro sucedió a las afueras del poblado, más allá de los silos quemados, una empalizada de madera separaba a los aldeanos de aquellos individuos a caballo. En aquel encuentro no hubo sangre, aquellos caballeros dragón tan solo querían cobrar sus impuestos, y tras explicarles los aldeanos su situación, indignados acusaron a los mismos pueblerinos de haber quemado los silos con el fin de no darles lo que les correspondía por derecho. Una semana fue el plazo que les dieron los dragones a los hombres para que les pagaran el tributo impuesto.

El consejo volvió a reunirse, liderado por Thur Urk y sus hijos, sentados a su derecha de mayor a menor, Dirian Urk, Neron Urk, Habak Urk y el pequeño Drogh Urk, quien acababa de cumplir la mayoría de edad. Los ancianos se situaron al otro lado de la mesa. Fue un debate largo, todos coincidían en que debían de acabar con la hegemonía de las élites, pero cada facción se decantaba por una manera de actuar, por un lado estaban los que apoyaban la sublevación frente a la élite dracónica a través de la guerra, y otra parte por una vía más diplomática y pacífica en la que poder emanciparse de la clase dominante sin tener que llegar a las armas. Varias disputas se abrieron entonces en el consejo, Thur y sus hijos fueron partidarios de la vía violenta, así que ignoraron al consejo y llamaron a las armas a todos los hombres que estuvieran dispuestos a arriesgar su vida por zafarse del yugo de los dragones.

Pasaron los tres días y como estaba estipulado, los dragones fueron a por su parte de la cosecha de aquel año, pero en vez de unos pueblerinos con el rabo entre las piernas encontraron una gran empalizada de madera, no era una gran resistencia pero frenó a los hombres a caballo lo suficiente para que cubos y cubos de aceite hirviendo cayeran sobre sus cabezas. Relinchos y quejidos se escuchaban al otro lado de la empalizada, donde todos los hombres y mujeres del pueblo esperaban en caso de que pudieran pasar. Eran caballeros dragón, por lo que contaban con un arma especial, la transformación. Una vez recuperados del aceite hirviendo los dragones se reagruparon, dejando sus caballos lo suficientemente lejos para que las flechas de los hombres no les alcanzaran, y se transformaron en aquellos enormes seres escamosos, eran pocos, pero más experimentados y con un ego mayor al de los aldeanos que se resguardaban en una empalizada. Pero lo que no sabían los dragones era que aquellos pueblerinos guardaban un arma que habían tardado dos días en construir. Se trataba de una gran catapulta oculta entre los restos de los silos quemados, en ella una gran red había sido tejida por las ancianas de la villa, tensada con rocas para que se desplegara en el aire y lista para ser lanzada en cualquier momento. Así que los dragones en un claro ejemplo de soberbia sobrevolaron la empalizada, fue entonces cuando Thur bajó el brazo, era la señal. Los arqueros lanzaron una lluvia de flechas a los dragones, quienes estaban distraídos luchando por esquivar las flechas, cuando la primera de las redes fue disparada, atrapando a uno de los grandes reptiles que cayó al suelo enroscado, batiendo las alas con tal de zafarse. Al ver qué les deparaba, los otros cinco alzaron el vuelo dejando incluso sus caballos en la rivera. Vítores y gritos de victoria se escucharon en el poblado. Pero los Thur y el consejo sabía que aquello solo había sido el principio.

Los siguientes días fueron tranquilos, se preparaban poco a poco, levantando torres de vigilancia, creando una muralla de madera que reforzaban con adobe y paja. Los herreros ya no fabricaban hoces y arados, sino que utilizaban todos sus recursos en hachas, flechas y espadas, las suficientes para poder armar a toda la población. Mientras, los más jóvenes eran instruidos diariamente en el arte de la guerra y las ancianas tejían más redes para su nueva arma.

A penas dos meses de tregua, los suficientes para que los aldeanos pudieran armarse lo suficiente para soportar otro ataque, pero no muchos más. Llegados a ese punto tan solo tenían una opción, luchar para sobrevivir. Los humanos buscaron apoyo no solo en los elfos, sino también en los brujos, pero ambos negaron su ayuda a los humanos. Estaban solos en aquella guerra, ni los dragones elementales habían movido un solo dedo por aquellas personas, criaturas que no quizá no habían nacido allí, pero que habían viajado desde muy lejos para llegar hasta allí, y que habían aprendido de sus errores, pero el error que más pagarían aún estaba por llegar. Su tecnología no tenía parangón con la de los dragones o los brujos, era básica y rudimentaria, lo poco que habían aprendido de las demás razas el poco tiempo que llevaban establecidos en el continente, a penas tres generaciones atrás desde que los homo sapiens llegaron a Aerandir. No habían desarrollado las armaduras, los únicos intentos habían sido demasiado toscos y pesados, por lo que seguían vistiendo cuero y algodón, lo que aprendieron durante su corta alianza con los elfos.

Pese a todo era un pueblo decidido, que tan solo contemplaba la revolución como medio de subsistencia en aquel momento. El cuerno sonó desde la torre vigía más al norte, estaba oscureciendo y tras las nubes negras de tormenta salieron, en posición de ataque, diez dragones perfectamente alineados. Las defensas estaban a punto, habían logrado construir tres grandes catapultas que permanecían escondidas en el poblado, y una cuarta que se encontraba en lo alto de la colina, perfectamente visible. De esta manera fueron disparadas las catapultas, pero los dragones que ya estaban en sobre aviso esquivaron con rapidez la primera de las redes de la primera catapulta, pero en un acto de pura arrogancia, pensaron que tan solo tendrían aquella máquina, pero se equivocaron. Tres redes cayeron sobre ellos, consiguiendo derribar a dos de los grandes dragones. El suelo tembló por el estrépito que causaron los cuerpos al caer, y de nuevo una lluvia de flechas en llamas cayó sobre los dragones, quienes se acercaban peligrosamente al poblado. Otra tanda de redes estaba en camino, pero tardaron demasiado y los dragones pudieron superar la primera línea de defensa, prendiendo fuego a la primera línea de empalizada y a la catapulta visible. De nuevo tres redes cayeron sobre los dragones, pero esta vez tan solo consiguieron retrasar su llegada al pueblo. Habían caído en total tres dragones y siete aún quedaban en pie cuando estos consiguieron llegar a los dos últimos silos que quedaban ilesos tras aquel accidente, de nuevo otra lluvia de flechas. Los dragones tuvieron dos bajas más antes de conseguir quemar por completo los silos, lo que los dragones no sabían es que aquellos tan solo estaban llenos de sacos llenos de piedra, y que los sacos de granos habían sido enterrados en el bosque días atrás.

Los dragones se retiraron, no hubo victoria para ninguno de los dos bandos, tan solo bajas. Aún así tardarían semanas en volver a construir toda la defensa de la aldea. Había que idear un plan mejor. La vía diplomática quedó automáticamente anulada tras el ataque, por lo que el consejo decidió que había que informar de los hechos a los grandes dragones elementales, ya que eran los únicos que podían plantarles cara a los dragones. Era un plan absurdo, pero si había una mínima opción a poder acabar con la supremacía de los dragones, había que intentarlo.

Se montó una batida de reconocimiento del terreno, los humanos jamás habían pasado más lejos de las montañas y los riesgos que correrían los portavoces y embajadores de los humanos en tierras enemigas. Decidieron que lo más sensato era que un grupo reducido de personas fueran hasta la morada de los dragones elementales, en las montañas más altas del continente. Y así fue como el hijo mediano de Thur Urk se prestó voluntario para ser el portavoz del consejo en tierra hostil, Habak, un joven no demasiado fornido, pelirrojo y blanco como la nieve, poseía una templanza que ninguno de sus hermanos tenía, el más listo de todos sus hermanos y sin embargo el que menos destacaba. Eclipsado por la grandeza de su estirpe y por su hermano mayor, el joven Habak ansiaba por todos los medios el reconocimiento de su especie, empezando por su padre.

Y así fue como comenzaron la aventura, fue un grupo reducido de guerreros experimentados quien acompañó al intrépido hijo de Thur, entre ellas una mujer, Fedoe, sacerdotisa de sus dioses, quien por medio de trances había advertido la grandeza de Habak en muchos casos y que el consejo había obligado a llevar para consultar a los dioses, o al menos esa era la razón que le habían contado, ya que si los dragones querían arrasar la aldea y erradicar cualquier ápice de vida humana, al menos una pareja de humanos pudiera perpetuar el legado y volver a empezar una vida lejos de aquellas tierras. Fuere como fuese, el grupo estaba bien provisto de víveres para pasar las grandes estepas, abrigados con pieles y disfrazados de comerciantes de las islas comenzaron su camino hacia las grandes montañas.

Las penurias que pasaron aquellos tan solo los dioses las saben, desde trolls, a ataques de maleantes y estafadores, quienes en muchas ocasiones aprovechando la ocasión timaron a los extranjeros. Se encontraron con puertas cerradas, negándoles agua y cama, así como calor. Muchas noches al raso tuvieron que pasar hasta llegar a la falda del pico más alto. Descubrieron que el mundo más allá de su burbuja era grande e inhóspito y que no toda la gente es buena, ni mala. Sin noticias de si la guerra había acabado, ni si todos sus familiares habían muerto, con la barriga vacía y los pies tan fríos que dolían, llegaron al precioso lago helado, donde acamparon. Según contaban los bardos de otras razas, allí moraba el más anciano de los dragones elementales y el más benévolo, quien le dio la magia a los elfos y a los brujos bebiendo de su sangre. Hicieron noche allí con sus tiendas, pero sin fuego, no querían llamar demasiado la atención y por lo que habían escuchado al menos una vez a la semana los dragones peregrinaban allí, y podría ser ese el día.

La noche fue tranquila, más de lo que esperaban. Cuando despertaron las puertas del santuario de cristal estaban abiertas de par en par. Eran enormes, más grandes que cualquier torre que hubieran visto antes. Subieron la larga escalinata tallada en la piedra hasta llegar a la entrada, no podían parar de mirar a todos lados, el interior iluminado por unas pequeñas especies de hongos que tan solo habitaban en aquella cueva de un tono verdoso fosforescente. Aquel lugar irradiaba magia. Tras largo rato caminando llegaron a una gran abertura en la cueva, a modo de salón de un tamaño descomunal con una gran abertura en su ábside, a modo de cúpula. Y allí estaba, tan magistral como lo cantaban los bardos. Tardaron segundos en reaccionar ante tal espectáculo de colores que ofrecía el llamado dragón de cristal, o dragón de hielo. Se acercaron, temerosos, pero aquel sitio no era territorio hostil, una paz irradiaba de su suelo cubierto por una fina capa del mismo musgo que crecía en las paredes. La sacerdotisa se adelantó, se acercó lentamente al gran ser que reposaba tumbado, mirándolos. Pero nadie habló, ni ellos ni el dragón mediaron palabra alguna, pese a que no hubo palabras todos sintieron en su interior que eran bienvenidos allí.

La paz pronto fue interrumpida, pronto los dragones que custodiaban al dragón de cristal detuvieron a los extraños, llevándolos lejos del dragón si poder completar la misión. Una vez interrogados los tacharon de meros peregrinos de las islas, por suerte para ellos. Fueron deportados al pueblo más cercano, frustrando por completo sus planes. La ira y la frustración se adueñó de sus mentes, sobre todo la del joven Habak, quien bajo esa templanza e ingenio que lo caracterizaba, había mostrado cierto lado oscuro, ególatra y egoísta,  había puesto en riesgo incontables veces la vida de sus compañeros con el fin de probar su valía y hacerse notar.

Entonces una duda que jamás debió plantearse nadie jamás, y que nadie se había planteado, o al menos no lo había hecho en voz alta, ¿Por qué ellos sí y nosotros no?, aquella fue la pregunta que rondó día y noche los siguientes días del viaje de vuelta al joven. Sintió odio hacia los dragones elementales, quienes habían permitido a los humanos vivir en sus tierras y había otorgado dones a unos sí y a otros no, haciendo a unos muy superiores a los otros, jugando a ser dioses. Pero aquellos no eran sus dioses, se negaba a aceptar el fin de su estirpe y de su especie.

Era de noche y como muchas otras dormían al raso cuando el joven decidió desandar sus pasos, anduvo toda la noche y todo el día, volvió de nuevo al lago helado pese a las advertencias de los sacerdotes del dragón de cristal. Consumido por el odio y por las ansias de poder y de venganza, Habak ideó un plan, conseguiría perpetuar su especie costara lo que costase. Al alba las puertas del santuario se abrieron, despertando al muchacho que yacía dormido tras unas piedras, el dragón salió de la gran cueva, y batiendo las alas bajó la escalinata hasta quedar frente al lago. Con su gran zarpa rompió la capa de hielo que cubría el lago y se dispuso a beber. Desde su posición Habak rodeó el lago hasta quedar a espaldas del gran dragón, quien parecía indefenso. Aprovechó el momento para abalanzarse sobre la cola del dragón cuchillo en mano, propinó un tajo certero en la parte más blanda de la cola del dragón, por debajo, derramando así una gran cantidad de sangre y como si de un murciélago se tratase se aferró a la herida del dragón, bebiendo su sangre. Todo pasó demasiado rápido, pero el plan había funcionado pese a que segundos después Habak fue expulsado de un fuerte golpe de cola. El gran dragón de cristal clavó sus ojos vidriosos en el humano, quien yacía dolorido en el suelo contra una piedra. Entonces lo sintió, sintió como la sangre le hervía desde los pies a la cabeza, como poco a poco su piel se enfriaba como un témpano de hielo. Como poco a poco su corazón dejaba de latir, la sangre que caía de su nariz se tornó negra como el carbón. Le dolía cada centímetro de su cuerpo, y cuando el sol salió desde el este, asomando tímidamente sus rayos sobre los altos árboles de las estepas, ardió, como había visto arder los silos de su aldea, ardió pero no había fuego. Se llevó las manos a la cara, gritando de dolor notó como el cabello, antaño una melena pelirroja cobriza, le caía vertiginosamente por los hombros. Le comenzó a sangrar la boca, confuso escupió lo que durante muchos años habían sido sus dientes, uno por uno. Buscó al dragón con la mirada, pero él ya no estaba.

Arrastrándose por el suelo consiguió llegar hasta donde la maleza de los árboles tapaba el sol, cada segundo que pasaba al sol sentía que se moría, pero en realidad ya estaba muerto. Allí fue donde descubrió que en el lugar donde estaban sus dientes ahora tenía otros, picudos y grandes, muy afilados. Consiguió mirarse en un charco, y sus ojos azul mar ahora eran negros como la noche más cerrada. Pero la piel ya le dejaba de arder, no sentía ni dolor ni pena, solo tenía hambre, un hambre que jamás había experimentado. Cazó y comió, pero la comida cocinada no le llenaba, no sentía nada. Su instinto le decía que mordiera, que matara y descuartizara a sus presas y se las comiera crudas, pero su cultura y su mente no daban pie a su instinto. Hasta que finalmente fue el hambre quien actuó por él, como si de una violenta masacre se tratara, Habak arrasó con todo bicho viviente que se le cruzara, y cuanta más sangre bebía más poderoso se sentía. Decidió que ahora dormiría por el día y caminaría por la noche hasta llegar a su aldea, había encontrado la solución a la guerra, con su nueva condición sobrehumana podría plantarles cara a los dragones.

Durante los meses que duró el viaje hizo uso de sus nuevos poderes, asesinó animales y personas sin pudor alguno ni arrepentimiento, cuando hubo llegado al poblado este había sido reducido a cenizas tras la guerra, era demasiado tarde para ellos. No obstante su sed de sangre le llevó a deambular por los bosques, buscando nuevas presas, para su sorpresa su comunidad se había instalado en los bosques, y atraído por la sangre de sus familiares y amigos había vuelto a casa. Pero él ya no era el mismo.

Cubría su cabeza con la capucha de su capa, por miedo al rechazo de su padre y sus hermanos se mantuvo así durante el reencuentro. Abrazos efusivos y sonrisas de los hermanos de Habak, quienes le creían muerto. Triste fue la noticia de la pérdida de su padre, quien murió en el último ataque de los dragones por el cual habían sido exiliados a los bosques donde vivían como antaño, de la caza y la recolección. Entonces Habak en la intimidad de su casa, con sus hermanos, desveló los misterios de su aventura, dejando su rostro totalmente al descubierto ante sus hermanos. Estos horrorizados por la aberración en la que se había convertido su hermano, llamaron en secreto a los sacerdotes del pueblo con el fin de exorcizar a su hermano, quien según ellos había sido víctima de una posesión demoníaca. Frustrado y avergonzado por la poca comprensión de sus hermanos hizo uso de sus nuevas facultades, asesinando y devorando a los sacerdotes. A todos menos a uno, Fedoe, quien había visto en los ojos oscuros de aquel ser algo más grande, a un nuevo dios. Arrodillada frente a él le ofreció como ofrenda su sangre, que él aceptó gustoso.

El caos se hizo presente en la reducida aldea, todos dormían cuando Habak y su fiel sirvienta Fedoe fueron uno por uno asesinando y desmembrando a sus hermanos. La venganza fue sencilla, Habak los desangró hasta morir, y tras dejar sus cuerpos secos clavaron sus cabezas en picas. A la mañana siguiente cuando el pueblo despertó y vio tal aberración el caos se desató. Habak se autoproclamó jefe de la aldea, Habak Urk, hijo de Thur Urk, último de los Urk. Bajo un reinado de pánico Habak disolvió el consejo y mandó construir un templo dedicado a su persona, cuya sacerdotisa principal sería Fedoe. Pero pronto llegarían las intrigas y conspiraciones. Muchos fueron los intentos de asesinato hacia Habak, todos frustrados, ya que no puedes matar a alguien que ya está muerto. Poco a poco el número de integrantes de la aldea se vio reducido por los sacrificios ofrecidos al nuevo dios.

Fedoe y Habak habían creado un entramado de poder que era difícil de romper, quizá por resignación y por miedo los aldeanos acabaron aceptando la nueva naturaleza de su líder. La nueva religión dominante poco a poco ganaba más adeptos conforme iban pasando generaciones. Habak concedió por medio de su sangre el don de la vida eterna a Fedoe con el fin de perpetuar su linaje. Los abusos de autoridad de ambos acabaron por desbordarles, muchos de los aldeanos decidieron emprender una nueva vida lejos de allí, y bajo el amparo de los elfos se trasladaron a la península de Verisar, donde comenzarían una nueva vida como especie. Mientras, todas aquellas personas que decidieron quedarse fueron convertidas, creando una pequeña sociedad en la que Habak era el objeto de culto, era el dios de la nueva vida, el príncipe de la oscuridad. Pero no eran tan inmortales como decían ser, pronto los dragones y otras razas les dieron caza, los llamaban los malditos, aquellos que no podían ver la luz del sol, no comían ni bebían más que sangre y en su sino solo había soledad y oscuridad. No procreaban, por lo que conforme les daban caza la pequeña comunidad iba decreciendo hasta un punto crítico.

Fue por esta razón que se exiliaron en los reinos del oeste, donde las minas eran profundas, destinados a vagar por el mundo sin un lugar donde vivir, los malditos llegaron a ser durante un tiempo un mero cuento. Todo cambió con la segunda llegada de humanos a Aerandir, aquellos eran muy diferentes a los primeros, gentes del renacimiento, colonos en busca de riquezas y una nueva vida, influidos por las culturas europeas y su mitología para ellos los malditos eran llamados vampiros, seres poderosos a los que se le había concedido el don de la inmortalidad. Grandes peregrinajes se hicieron en estos años a las inhóspitas minas del oeste, cultos mistéricos y sacrificios que tuvieron como consecuencia el resurgir de una raza que se creía extinta, y que fue creada para desaparecer, pero por capricho del mundo y de la historia subsistió, y llegó a ser una de las grandes razas del continente, famosa por sus grandes mansiones, su ostentosidad particular y el gusto por lo barroco.

En cuanto a Habaknuk, nombre que recibió haciendo honor a su linaje, Urk, y a su nombre humano, no se sabe nada de él, ni si realmente existió. La leyenda cuenta que descansa en el fondo de las minas, ocultando su deforme rostro, y que sus ojos son Fedoe, quien vaga sin rumbo por las tierras del oeste.
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