El comienzo de la aventura. [Privado]

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El comienzo de la aventura. [Privado]

Mensaje  Ástyr el Miér Feb 22 2017, 00:35

Capítulo I

Que trata de las emociones al comienzo
del rito de paso a la adultez
de Ástyr de Fontargandi
.

Ástyr se había levantado pronto, mucho primero que la luz matutina del sol invernal, que comenzaba a filtrarse entre los árboles del bosque con el brillo fresco y pálido de la bruma. No pudo dormir; hacía días que no podía concentrarse en otra cosa que no fuera la partida al mundo exterior de Sandorai. A punto de cumplir dieciocho años, los clanes de la comuna de Valquebriella preparaban a sus jóvenes, ya con plenas capacidades físicas y mentales, para enfrentarse al mundo con sus propios medios. Lo llamaban El Viaje del Juicio. Partían juntos, aunque no había nada que los obligase a mantenerse así, y cada cual podía ir donde quisiera, todos con destino incierto y en plena libertad. Lo único que se les permitía llevar de Valquebriella era todo aquello que pudieran cargar en su montura. Una vez conocidas las bondades del mundo –y la falta de ellas– podrían volver al valle más sabios y más fuertes. O no volver jamás, aunque la mayoría siempre volvía, como sus hermanos Laylah y Myru.

Pero, por alguna razón, lo que siempre quiso, salir a la aventura, conocer nuevos lugares y otras personas para volver como una igual con derechos plenos, ahora la llenaba de dudas. ¿Tenía miedo de dejar Valquebriella, el único sitio que conocía desde niña, atrás? Sus manos temblaban al pensar si podría sobrevivir en tierras extrañas, sin nadie que la protegiera. En el techo de su habitación, en la copa de los árboles en los que vivían, miraba al norte y sabía, aunque no podía ver muy lejos, que allí estaban las tierras de Los Baldíos, y a su izquierda, para el occidente, cruzando el Tymer, Midgar, y el país de Lunargenta al oriente, llena de humanos. Sabía que todo aquello estaba allí pero únicamente lo conocía por las historias que escuchó desde niña.

Repitió sentada en el tejado aquellas palabras, pensativa, mientras cada posible destino se convertía en una nube blanca al salir de su boca, para luego esfumarse, como si su mente no tuviera claro qué camino tomar. Esa sería la primera decisión real de su vida, la que haría sin ayuda. Su padre no la guiaría, ni su madre le diría lo que necesitaría en cada parte del camino. De repente, se sintió diminuta, vulnerable. En ese instante hubiera querido ser niña otra vez para poder hacer las cosas mejor, para estar preparada de verdad cuando llegare este momento de nuevo.

Cada vez tenía más frío, pero lo ignoró y se encogió apretando la cara contra las rodillas, envolviéndose en su cola negra y espliega, cerrando los ojos con todas sus fuerzas y deseando volver al pasado. Pero no pasó nada. Seguía allí lamentándose. No había segundas oportunidades, pensó para sí, menuda mierda. Se frotó los ojos y estiró el cuello para ver si abajo había alguien riéndose de su intento fallido de retroceder en el tiempo. Tal vez fuera mejor que la vieran, que descubrieran que no estaba preparada para irse, porque no era como Laylah ni como Myru, ellos sabían siempre lo que había que hacer. Laylah lo tendría todo preparado, desde qué caballo montar, las posas que haría y hasta las fuentes de agua por el camino; Myru lanzaría un palo al aire para decidir la dirección y se dedicaría a improvisar todo el camino, y llegaría a todos lados. Y yo en el tejado llorando.

Pero no había nadie escondido entre los claroscuros del bosque enterándose de sus debilidades. Tan solo ella y la bruma, despedazándose lentamente entre las ramas sin poder evitarlo. Ondeaba alrededor de los rayos de sol, como fragmentos de tiempo. Un pájaro que pasaba por allí atravesó el velo grisáceo a toda velocidad, rompiéndolo en dos espirales opuestas, con un revoloteo de las alas gracioso. Pasó a su lado, pero Ástyr no lo agarró. Contempló con la cabeza apoyada en los brazos al pequeño animal posarse a su lado. Entornaba la cabeza mientras la miraba con sus ojitos negros y brillantes. Su cuerpo era redondeado y sus patitas finas como briznas de hierba, color canela entero, menos por la garganta y el pecho, que era casi rojo a la luz del sol. Ástyr se sorprendió al ver cómo se acercaba con pequeños brincos para investigarla. Ella movió su cola con suavidad, para ver que hacía, y el pájaro pió.

Cuando iba a saludarle, una voz los interrumpió.

—Ástyr—. Giró la cabeza. La llamada llegó desde la parte inferior de la habitación—. ¿Estás lista?

Cuando volvió a mirar al pájaro, ya no estaba. Se había ido con la bruma. Ya no tenía frío. Miró al bosque otra vez, ahora iluminado por la luz temprana; la corteza de los árboles tenía un brillo plateado y liso. Sentía que sabía por qué los elfos escogieron estas tierras para vivir, y más ahora que era tan consciente del paso del tiempo. Se preguntó si volvería a verle de nuevo. Después de todo, el mundo que se abría ante ella era muy grande.

—Sí—, dijo poniéndose de pie—. ¡Estoy lista!

Al poco se dio cuenta de que estaba sonriendo.


Última edición por Ástyr el Sáb Feb 25 2017, 15:33, editado 1 vez
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Re: El comienzo de la aventura. [Privado]

Mensaje  Ástyr el Jue Feb 23 2017, 18:57

Capítulo II

De cómo los recuerdos vienen a Ástyr y la última sesión de
entrenamiento con el maestro de armas y combate de Valquebriella,
Dérrico de Las Combadas.


El sol se había puesto en lo más alto del cielo y el viento helado del norte soplaba entre las temblorosas ramas del techo abovedado de las copas de los árboles, lejos de la humedad del suelo del valle, en la plataforma de combate en la que Ástyr preparaba su lanza con piedra de amolar. También era invierno allí arriba, como estaba comprobando, y el frío de la mañana no se había ido por completo ni aún con las cuatro antorchas de fuego vivo llameando a los extremos de la estancia.

Los inviernos eran duros y este habían muerto dieciséis personas en Valquebriella; la última, un amigo suyo, Þórgeyr-Bacca, un año más pequeño, hacía dos meses. Ástyr le conocía desde que tenían cuatro años, cuando llegó con su padre, Geýrr, del bosque de los humanos. Era tan bueno como ella montando a caballo, y mejor con la espada y el escudo, pero no se manejaba igual con la lanza. Había salido a cabalgar con el caballo, como acostumbraban a hacer, pero a ella, el año en que cumplió diecisiete años, le requerían más tiempo para prepararse para El Viaje del Jucio así que Þórgeyr salía solo. Cada vez solían ir más lejos; una vez, a principios del invierno pasado, fueron solos hasta el Río de la Gruta Blanca, en los límites septentrionales, más allá de los lindes de Valquebriella. Lo hicieron sin darse cuenta, echando carreras con los caballos para ver quién era mejor, pero la competición se interrumpió cuando ella se percató de que no sabían dónde estaban. El viaje de regreso fue peor, porque no habían ido en línea recta y la nieve cubría todo rastro, así que se perdieron la mitad de las veces, temiendo encontrarse con elfos celosos o con viajantes extraños o morir congelados o devorados. Ástyr bromeó con que igual tendrían que amputarles la cola y las orejas, pero que, en caso de Þórgeyr, amputarle la cola sería peor porque era un chico. Aún recordaba lo colorado que se había puesto. Pudieron volver gracias a que no se puso a nevar y fue más fácil seguir la nieve levantada y las ramas rotas que dejaron por el camino hasta Valquebriella. Los retos de ir más y más lejos cada vez se convirtieron en algo común. Nadie hubiera sabido de aquellas escapadas si él no hubiera desaparecido durante aquella repentina tormenta de nieve.

No la castigaron, ni tampoco hubo reprimenda. Ya no eran niños y ella hacía tiempo que no tenía tiempo para esas incursiones. Tampoco eran adultos. La mirada de desaprobación de su madre fue lo peor. No dijo nada cuando salieron en partidas de búsqueda para encontrar el cadáver de Þórgeyr y su caballo a unos metros, enterrado en tres metros de nieve. Al mes siguiente evitó cualquier contacto directo con su padre y con su madre, y con Geýrr también, que estaba de luto.

“Papa, ¿el padre de Þórgeyr me odia?”, le había preguntado a Nerva de Rutymer tras los ritos de la partida del joven.

“No te odia porque no es culpa tuya, Ástyr. Estas cosas pasan”, dijo él. “La tormenta estalló de repente, cualquiera que hubiera estado fuera, aunque llevara ropa de abrigo, correría el mismo peligro. Además, tu llevabas tiempo sin salir. Él tendría su Viaje del Jucio un año después de ti, era casi un hombre. Los dioses del invierno se lo llevaron y nadie podía hacer nada.”

Sintió que era mentira, que fue ella quien le metió en la cabeza esa gana de adentrarse en lo desconocido, pero le creyó de todas formas.

—Bueno, joven Ástyr de Fontargandi—, tronó una voz. Su nombre sonó tan solemne que resultó burlón.

Dérrico de Las Combadas, maestro instructor de armas y combate de Valquebriella apareció por uno de los accesos a la plataforma de combate. Apartó la peperomia que cubría la entrada con su enorme zarpa y entró sonriendo, enseñando los comillos. Era un hombre bestia tan grande y macizo como viejo, feo y gruñón. Medía casi dos metros, pero cada año parecía encorbarse más. Vestía una toga de cuero negro, con un sol amarillo que imitaba la cara de un león, con los rayos como melena y las fauces blancas apretadas. Era como él, pero sin melena en la cabeza.

Llevaba de una mano colgada una cesta de armas del tamaño de Ástyr, y apenas parecía pesarle.

—Oh, bienamado maestro—, respondió Ástyr con la misma solemnidad, poniéndose de pie y replicando con una exagerada reverencia que tuvo que salvar poniendo una mano en el suelo para no entornarse hacia adelante.

Dérrico soltó la cesta, que retumbó por todo el lugar de tal manera que Ástyr pensó que toda la plataforma se iría al infierno. El hombre se rió, brazos en jarra, y su pecho cubierto por un pelaje pardo se hinchó y desinfló. Lo único que mantenía un volumen constante era su oronda barriga.

—Bien, vamos a ver lo que podemos hacer contigo antes de que dejes en ridículo a toda la comuna por el mundo—. Se estiró y todo su cuerpo crugió mientras ella se reía.

Alineó las armas en una de las mesas en los límites de la plataforma con un profundo suspiro: había espadas, lanzas, tridentes, mazas, escudos, puñales, chicotes y más. Ástyr vio la cicatriz en la parte izquierda de su cara, que le iba desde la parte inferior de la mandíbula hasta las orejas arriba de la cabeza; una de ellas tenía una mella. Las estaba agitando.

De entre todos los que servían al clan de Valquebriella, Dérrico era el que más gustaba a Ástyr. Al principio daba un poco de miedo, porque era grande y feo, pero cuando abría la boca era imposible no quererlo. Ástyr conocía su forma de ser, su tipo de humor y lo que le pedía en cada momento. Lo que más sorprendía era que, aparte de maestro instructor de armas y combate, era un músico decente, y ver a un hombre bestia gigante tocar el arpa con las manos de un músico de verdad, acariciando las cuerdas con tantísimo cuidado, sorprendía tanto como dando golpes con una maza de guerra y partiendo piedras en dos.

—¿Sabes?—, dijo Dérrico acariciándose la barbilla con la mirada perdida en el infinito—. Como esta es la última vez que vamos a entrenar antes de que partas, voy a hacerte caso y no te voy a dar una charla.

—¿Vas a tocar algo con el arpa? Me gusta cuando parece que sabes lo que estás haciendo—, preguntó Ástyr como si no supiera lo que quería.

Volvió a reir.

—¿No tienes ganas de combatir?—, preguntó él arqueando una ceja.

—La verdad es que no. Hoy no tengo muchas ganas. El viaje y todo, ya sabes… no estoy de humor.

—Ah, eso es bueno—, dijo él ajustándose un escudo de pica a la mano derecha.

—Ya me dirás tu por qué es bueno, abuelo.

—Así podré enseñarte una cosa que creo que aún te queda por aprender—. Sopesaba las armas en la mano, primero una espada, luego una lanza. No se decidía aún.

Ástyr calibró la lanza con un dedo en el punto justo para que no se inclinase por ningún extremo. Luego, agarrándola con las dos manos, alejando de sí la punta, contempló el filo con un ojo cerrado. Estaba recta. Se puso de pie de un salto y la giró alrededor de su cuerpo sin que se le cayera.

La detuvo justo para ponerse en posición de combate.

—Tranquilo, aprendo muy rápido—, dijo algo desganada pero orgullosa.

Golpeó el escudo con el plano de la espada. Se había puesto serio.

Ástyr torció la boca, no se iba a librar hoy de ningún combate contra el viejo Dérrico.

—Verás que poco importan las ganas y el humor cuando tienes que matar a alguien.
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Re: El comienzo de la aventura. [Privado]

Mensaje  Ástyr el Sáb Feb 25 2017, 15:51

Capítulo III

Que trata las primeras lecciones de entrenamiento
de Ástyr bajo la tutela de Dérrico de Las Combadas
.

El yelmo del viejo Dérrico hacía que sus bufidos sonaran amortiguados y graves. A Ástyr le daba la sensación de que estaba luchando contra un caballo, o un oso, o un caballo que se hubiera comido un oso. Era posible, no había más que mirarlo: una mole carnívora de dos metros y más de cien kilos, que con aquella armadura era más grande todavía. La viva imagen de un monte dando tumbos, pensaba Ástyr. El gambesón mullido le disimulaba la barriga prominente debajo del peto de acero oscuro, abollado por tanto uso, y el esmalte dorado de los ornamentos de nudo de la placa del pecho hacía edades que había abandonado Aerandir en busca de la felicidad de los dragones. Cada año que pasaba, Dérrico ajustaba los agarres un agujero más flojo. Lo hizo hasta que tuvo que añadir más longitud a las cintas de cuero.

La primera vez que se enfrentó a él con la armadura completa fue hace años. Le pareció imposible de derrotar: más grande, más fuerte, de guardia impenetrable… cometió el error de atacar y aquella noche, aún lo recuerda, fue a dormir con magulladuras por todo el cuerpo.

“Pero es porque eres más grande y gordo, es como pegar a un cojín de lana”, protestó aquella vez Ástyr, arrugando la frente. “Quítate la armadura y verás.”

Él se reía.

“¿Si fuera un enanito escuálido me ganarías?”, se burlaba, brazos en jarra.

“Sí”. Había tirado la lanza de entrenamiento por pura impotencia, sentada en el suelo con los brazos cruzados.

“Pero no lo soy, y voy armado. Y no pienses que cuando seas mayor y te toque salir al Juicio y tengas que enfrentarte a un humano hediondo más alto que tú le vas a decir: Oh, perdonádesme vuestra graciosísima mercede, su voz era un intento zafio de la voz infantil de Ástyr hablando como humanos. Dérrico se llevó las manos al yelmo, a la altura de las mejillas, y empezó a entornar la cabeza con movimientos rítmicos. Debajo del casco ella se imaginó sus ojos apretados haciéndole burla y una mueca con la boca. “Pero no es justo que combatáis de pie contra Ástyr de Fontargandi, Terror de los Enanitos de los Cagaderos de Cagaslodia y los Pitufos de Mierdisar”. Estiró la espada al cielo, en una proclama ridícula. Peleádedes con mi magnificencia de rodillas en justo duelo, truháncio.”

Calla…”, dijo ella, reprimiendo una carcajada, aguantando el gesto serio, por la imitación tan mala de los humanos de la civilización.

“Vamos, vamos, mi señoritinga, en el entrenamiento se entrena.”

“Pero si no puedo ganar, ¿para qué voy a luchar? Es una tontería.”

“¿Qué armas tienes?”, le preguntó acuclillándose junto a ella.

“El palo”, señaló ella. “No tiene punta. Si tuviera punta podría clavártelo. Así quizá podría ganar.”

Nada más decirlo, torció la boca porque sabía lo que diría él. Y tenía razón.

“¿Y si lo llevara yo también? No me digas que te quejarás en pleno combate porque tu oponente tiene un arma debidamente afilada”, dijo con cierta ironía, pero no continuó por ahí. “Pero, cuando hablaba de armas, no me refería a las espadas, ni a las lanzas ni a los arcos. Los mejores guerreros que conocí en mi vida no lo fueron porque fueran los mejores con un arma entre las manos; lo eran porque la tenían entre los ojos”. Tocó la frente de Ástyr de manera cariñosa a pesar del guantelete reforzado.

“¿Se murieron?”, había preguntado ella abriendo los ojos de par en par.

“No… eh, no me expliqué bien… no soy tan bueno con las palabras… tener un arma entre las cejas puede llevar a equívoco y no quiero que vayas corriendo a hacer reverencias a la punta de una espada.”

“¡Oye!”, protestó ella apretando al boca.

“Me refiero a que su arma estaba en la cabeza, dentro. Siempre habrá alguien que te iguale, o que te supere. No gana el mejor, gana el que está preparado en un momento determinado. Lo mismo que estudias la historia de los clanes, ciencias y matemáticas, debes estudiar el combate y a tu enemigo. No es solo pegar golpes a lo loco. Usa los primeros momentos para tantear a tu oponente y podrás descubrir hasta su comida favorita. Ahora dime, ¿qué armas tienes?”

Ástyr se tocó la barbilla con el índice. Lo tamborileó un par de veces. Sus ojos buceaban en el infinito.

“Soy más rápida.”

“Lo eres”, dijo Dérrico, asintiendo con la cabeza. “Una persona grande mueve más peso.”

Y también es más fuerte porque tiene más masa, pensó ella, pero se percató de otra cosa.

“La espada también es más grande y pesa más. Y tu armadura. ¿No te cansas?”

“Me canso si no acierto cuando doy una estocada o un barrido, porque la fuerza que invierto no la suple el golpe”, dijo él.

“No acertar me molesta mucho. Y cuando lo hago luego quiero darle el doble de fuerte, y luego más por no acertar todas las veces. Al final termino perdiendo la concentración y lo único que quiero es terminar el combate.”

Dérrico quiso reirse, pero en aquella postura, al inflársele la barriga, le hacía perder el equilibrio.

“Eso es. Así se gana un combate”, decía irguiéndose, orgulloso. “Tienes que aguantar el combate, llevarlo por la dirección que tú quieres”. Se agachó a por el bastón que Ástyr tirara al suelo. “Si su defensa es impenetrable, espera a que se quiebre; si su resistencia es inmensa, espera a que se gaste”. Se lo ofreció, y cuando ella lo agarró, dijo: “Usa el tiempo y la distancia a tu favor. Todo llega.”

“El tiempo y la distancia a mi favor”, repitió Ástyr. “Sé más rápida y más lista.”

Ese día no lo fue, al siguiente tampoco. Y los meses que vinieron después siguió durmiendo con magulladuras y dolores. Pero sentía que dolían de otra manera. No era un dolor impotente y frustrante, era aleccionador. Un aviso de las carencias de su técnica. Pocas veces se volvieron a repetir en los mismos sitios. Aprendía de él. Dérrico descubrió que comenzaba a respirar fuerte bastante más de prisa de lo que se hubiera imaginado.

El viejo gruñón la hizo perseguir gatos alguerios y liebres por el valle bajo mientras cazaban pajarillos o abrevaban en los vados, y pescar con las manos desnudas en los ríos más peces, escurridizos como el propio agua, de los que lograba recordar. Tuvieron que curarle decenas de mordeduras y de arañazos en las manos y la cara, y ponerla junto al fuego después de un más de un chapuzón no deseado tras un mal paso en aguas tan gélidas que le entumecían hasta la lengua. En aquel tiempo no era raro verla corretear de un sitio a otro, con las ropas llenas de barro, deshechas como sus rodillas, todas cubiertas de postillas, y su cabeza coronada por hojas secas, siempre con algún animal protestando en su regazo, entre risas satisfechas.

Ástyr, le decían. ¿Adónde vas con ese gato?, o con ese perro, o con esa liebre o con esa culebra o con ese corpincho o ¡suelta esa mofeta!, y ella siempre respondía ¡a enseñárselos a Dérrico! o ¿qué es una mofeta?, con una sonrisa de oreja a oreja.

El entrenamiento se había convertido en un juego.

Su padre había estado a punto de acabar con ello. Demasiado pintoresco, había dicho cuando encontrarse a Ástyr hecha un humano se convirtió el algo normal. Pero su propia insistencia y que su madre, Asdarte de Valquebriella, conocía los métodos del viejo Dérrico de Las Combadas, lo evitaron.

“Todos estos animales son mejores que tú en algo: los alguerios son ágiles y ligeros como hojas en una tormenta, y las liebres, rápidas y súbitas como un relámpago. Los peces, escurridizos como el tiempo cuando uno lo está pasando bien”, le dijo el viejo. “Pero…”, se rascó la cabeza y su oreja mellada se agitó, “dejemos de lado el asunto del corpincho y la mofeta.”

“Y los capturé a todos”, había contestado Ástyr, con sus mejillas de hoja y tierra seca, con tono autosuficiente.

“Eso es. Estrategia, jovencita. Si hubieras competido con ellos en lo que son más fuertes que tú, hubieras perdido antes de comenzar. Usaste el entorno a tu favor, explotando tus puntos fuertes y…”

“…esperando”, terminó la frase por él.

“De ahora en adelante, si alguien te deja una cicatriz quiero que te deje un recuerdo que merezca la pena escuchar sin tener que relamerse, por muy grande que sea. Si no, tendrás que inventarte historias sobre ellas."
Ástyr
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Re: El comienzo de la aventura. [Privado]

Mensaje  Ástyr el Mar Feb 28 2017, 23:15

Capítulo IV

Que trata el desenlace del entrenamiento
con Dérrico de Las Combadas.

Ástyr volvió a tomar la lanza, cimbrándola con las manos, y se puso en posición de combate otra vez. La sujetaba con la derecha, hacia afuera, extendiendo la mano izquierda con el escudo hacia Dérrico de Las Combadas.

—No estuviste nada mal en los primeros asaltos, pero ahora vamos a empezar en serio, Spina—. Dérrico se tiró de la oreja mellada.
—Es la cuarta vez que dices eso—, dijo Ástyr subiendo una ceja—. Bueno, creo que es porque dormiste mal estos días. ¿Sigues escontrando gravilla en el colchón?—. No pudo evitar enseñar los dientes en esa sonrisa.

Dérrico arrugó el entrecejo.

—¡Tú! ¡Los dioses de los bosques y las fuentes quisieron que me encontrara hoy ante ti para cumplir mi venganza, entonces. ¡En guardia, potranca!—. Golpeó su lanza contra su escudo y luego el suelo—. ¡Venganza!
—No dejes que tus sentimientos influyan en la batalla, anciano, no vaya a ser que la lanza resbale y caiga—, canturreaba ella—. ¡A ver si ahora tengo que enseñarte tus propias lecciones!—. Se atrincheró tras su escudo, encogiéndose, y la lanza asomó por encima en dirección a Dérrico.

Ástyr movía sus orejas sin perder detalle de cada movimiento, da igual cual, siempre atenta al desplazamiento del peso del cuerpo del maestro.

—El escudo es un arma para defensa—, rugió él tanteando el de Ástyr con un golpe seco con la pica de la lanza—, ¡pero también se usa para abrir la defensa del otro!

Se lanzó contra ella desde el centro del campo de combate, oculto tras su escudo. Lo levantó con un embite cuando estuvo cerca de ella, barriéndolo todo dentro de su radio de acción, y descubriendo la lanza en un ataque frontal. Duró un abrir y cerrar de ojos. Ástyr lo retrasó un segundo atacando con un estoque directo al escudo en el momento justo en el que se abalanzó hacia ella, y ganando tiempo para retroceder. Cuando vio la lanza de Dérrico, fintó hacia su izquierda –la parte no protegida por el escudo de él–, recorrió su vara y atacó al cuerpo con un mordisco repentino.

Dérrico siguió sus movimientos y cruzó el escudo por delante, haciendo que su propia lanza recorriera el canto, y protegiendo el costado derecho del golpe de Ástyr, que impactó en él y se desvió. Ella aprovechó el fallo para girar sobre sí misma en el sentido contrario a las agujas del reloj y golpearle con el escudo el brazo de la lanza, que le alcanzó en el tríceps. Ahora estaba demasiado cerca de Dérrico. Él se percató y retrocedió en diagonal para crear espacio entre los dos, atrasó su mano a la sección trasera de la lanza y lanzó un golpe paralelo al suelo que llevó por delante todo lo que había en aquel flanco.

—Eres muy rápida—, le dijo mientras veía como salía de la esquina en apenas dos movimientos—. Pero ese ataque fue
demasiado temerario, metiéndote tan de lleno en la guardia de tu oponente y renunciado a toda la fuerza de tu brazo con un ángulo de ataque tan difícil.

Ástyr volvió al centro de la arena de un salto. Irritada por ser consciente del fallo.

—Tendré que mejorarlo. La próxima te agujerearé el hígado—. Escupió al suelo.
—Le diré a tu madre que te mande azotar por imprudente—. Agarró la lanza y señaló la punta brillante con la mano del escudo—. ¿Ves esto? Pues corta. No juegues en un combate si hay posibilidad de que alguien te vacíe de sangre. Tener talento no significa ganar. Y quedar vendida dentro de la guardia de tu enemigo… ¿en qué demonios estás pensando?
—Será por los ánimos…—, dijo ella torciendo la boca.
—¿Sabes quién no tiene ánimos?—. La voz de Dérrico sonó molesta y ofendida entre los continuos golpes al suelo de la plataforma— ¡Los muertos! ¡Sí, niña! ¡Los muertos no tienen ánimos! Si hay que luchar hay que luchar. Si hay que matar hay que matar. Si hay que morir hay que morir. Si llueve, si truena, si hace viento o brilla el sol hay que luchar. Si uno quiere o no, hay que hacerlo igual. Los dioses deciden cuándo tenemos que hacerlo, así que nosotros lo único que tenemos que hacer es estar preparados. Esto no es escribir un poema ni hacer el amor, cachorrita. Esto es la vida.
—Lo siento, maestro.
—¡Más lo vas a sentir ahora!—, gritó mientras se protegió tras su escudo, apretándose contra la lanza, con un golpe de ambos.

Dérrico aguantó sin atacar al momento. Se movió en círculos con Ástyr, esperando su reacción y lanzando estocadas de prueba. Leves pero rápidas. El cuero de su bota derecha crugió de manera casi imperceptible y Ástyr previó el ataque. Él se tiró contra ella con toda su furia. Encontró su escudo, pero se movió al diagonal y atacó con el pomo de la lanza a sus piernas.

Da el golpe y sal.

Dio el golpe y salió.

“¿Qué hace?”, se preguntaba Ástyr. “Me ataca de verdad”

Agarró mejor la lanza y volvió a ponerse en disposición de ataque, aunque estaba fuera de alcanza de Dérrico. Él no dijo nada.

La perseguía mientras fintaba y se movía de un lado a otro, resistiendo cuando veía huecos abiertos en la guardia del gigante, fintando y contrafintando cuando estaba en posición dominante. Es la única manera de luchar contra un gigante. El sonido metálico de arma contra arma inundó la estancia, rebotando contra las paredes y perdiéndose entre las plantas que la envolvían en la copa de los árboles.

Ástyr tanteaba abajo y arriba, arriba y abajo. Un golpe seguido de otro.

El sudor caíga por su espalda. Cambiaba de altura y de objetivo, esperando a que Dérrico cometiera un error. No lo cometió. El sudor seguía cayendo. Empapándola. Debía conducir la retirada, dirigirla a una posición más adeacuada para limitarle la libertad de movimientos.

Dérrico respiraba fuerte.

Ella también.

“Si me quiere forzar va a ver de lo que soy capaz.”

El viejo maestro de armas se abalanzó sobre ella, con la lanza firme, pero Ástyr no se movió. Los ojos te engañan, cuando un objeto se acerca de frente es muy difícil medir con exactitud la distancia a la que se encuentra.

Pero ella esperó.

La lanza sonaba cada vez más cerca. Y siguió allí. Cortaba el aire como la hoja de la espada lo hace con el pergamino. Y se apartó. Se inclinó hacia adelante y a la derecha. Abrió su guardia y luego la cerró. La lanza de Dérrico pasó junto a su cuerpo. Sintió el roce contra la coraza de cuero bajo su brazo izquierdo.

Se impulsó hacia adelante, cubriéndose arriba de los golpes del escudo de Dérrico, y lanzó un mordisco firme. Impactó contra su escudo de manera tan violenta que le hizo perder el agarre. Ástyr golpeó con un golpe descendente la lanza de Dérrico, haciéndola tocar el suelo por el extremo para evitar que le golpease y, girando sobre sí misma, cogió impulso para golpear las piernas del viejo con el cuerpo de la lanza, que clavó una rodilla en suelo, dándole la espalda.

De alguna manera, cuando se preparaba para ensartarle, el escudo de Dérrico la golpeó y la lanzó hacia atrás. Dio unas cuantas volteretas por el suelo y volvió a ponerse en pie. Fue el tiempo suficiente para que Dérrico se levantara.
Solo tenía el escudo.

No le des tiempo para que recupere el arma o volveremos al principio.

No se perdían de vista.

“No se rinde”, pensó ella. “Es hora de probar mi nueva estrategia.”

Cambió el agarre de la lanza con un movimiento y se la lanzó con todas sus fuerzas. Dérrico la detuvo con su escudo. La lanza rebotó en el hierro.

Cuando abrió la guardia, Ástyr estaba encima de él.

Rodilla. Hombro. Cuello.

Subió por el enorme cuerpo de Dérrico y se asió a su pescuezo con un puñal en la mano, a apenas un centímero.

—Muerto—, le dijo.
—Muerta—, respondió. Dérrico tenía otro puñal en su costado, dispuesto a entrar directo al corazón por entre las costillas—. Tenemos bastantes posibilidades de morir los dos, sobre todo si manejas el puñal como te enseñé—. El viejo sonrió—. Siempre combatiste mejor bajo presión, ¿no te parece que ahora sí tienes ánimos?
—Me atacaste de verdad—, dijo Ástyr aún con el puñal en la mano—. ¿Me habrías herido de verdad?

Su sonrisa ahora era mezquina.

—Mi deber para con el clan de Valquebriella es hacer que todos sus cachorros prueben la sangre de sus enemigos, no hacer que los entierren. ¿Me hubieras ensartado tú cuando me lanzaste la lanza? Ya sabes la respuesta. Las cicatrices son una historia, y cada historia es una lección.

Ástyr soltó el pescuezo de Dérrico y volvió a posarse en el suelo.

Enfundó el puñal en su cinto.

—Tienes razón—, le dijo con pesar ella.
—Si te cruzas con un humano maloliente no quiero que tengas que curarte heridas, quiero que enorgullezcas a los dioses haciéndoles llegar comida.

Ástyr asintió. Estaba fascinada por la determinación que mostraba la voz del viejo. Cuando hablaba, la cicatriz que le cruzaba la cara hasta la oreja mellada se arrugaba. No tenía admiración ninguna por los humanos; eran criaturas horribles que arrasaban con todo lo que topaban y solo enamorados del oro y el poder, pero no les importaba nada cómo conseguirlo. En su boca, llamarnos bestias sonaba mal, lleno de desprecio.

Aunque rara vez hablaba de ello, Dérrico les había contado la historia a los cachorros de La Manadina que fue esclavo de los humanos durante años, cuando era una bestia joven. Habían arrasado su antiguo clan en las tierras occidentales, al norte de Vulwulfar. Él se libró porque salió a cazar con su madre un día de invierno y la necesidad les obligó a cubrir más terreno del habitual para bucar comida. Cuando llegaron, toda la aldea estaba en llamas.

Nadie supo nunca por qué hicieron aquello los humanos, pero exterminaron a toda la tribu Somontescuro. A él y a su madre los persiguieron durante días, con perros de presa, a caballo, con todo… cuando los alcanzaron, mataron a su madre y se vistieron con su piel. A él lo llevaron de esclavo para tirar de carromatos en minas y para trabajos forzados. Pero no duró mucho tiempo haciendo eso; al ser tan grande comenzaron a usarlo en peleas a muerte con otros esclavos; incluso con varios perros de presa a la vez y, otra, con un oso rojo. Después de muchos latigazos y golpes, descubrió que tenía demasiado talento para ello. Daba igual a quién le pusieran delante, él tenía que hacerlo si quería sobrevivir. Decía que le jaleaban y aclamaban cuando lo hacía, y que, quizá por eso, comenzó a ser tan rudo.

La única vez que recordaba al viejo maestro de combate de Valquebriella hablar libremente de aquello fue durante las festividades del Lyeta yq Brestu, al final del verano, cuando los hombres bestia se preparaban, al pie de los árboles milenarios y las hogueras, para recibir el año nuevo.

“Mientras los demás dormían”, recordaba él alrededor de la hoguera, “yo pasaba las noches desgastando los eslabones de las cadenas de hierro negro que me ponían cuando no estaba luchando. El día que las rompí tronaba. Esperaba a que el relámpago iluminara los cielos, y contaba: uno, dos, tres, cuatro… y el cielo explotaba”, decía chocando las manos, imitando el ruido repentino que hacía saltar a los cachorros del suelo. “Fue ese mismo día, por la noche, mientras los dioses inundaban la tierra con la que me pareció la mayor tormenta en años, cuando maté a mis primeros humanos”. Modulaba su voz según la ocasión lo requiriese, ante el crepitar de las lenguas de fuego naranjas que rompían el manto de la noche. “Agarré al guardia con mi mano. Nunca se lo había hecho a un humano, lo levanté de el suelo y apreté”. Repitió el gesto mientras lo contaba, enseñando los dientes.

“¿Te lo comiste?”, preguntó una niña blanca como la nieve, con la boca abierta.
“No”, respondía Dérrico, “se lo mandé a los dioses para que ellos se comieran. Además su carne era dura, todo huesos, y muy feo”. Puso gesto de asco. Los cachorros se rieron. “Mientras mandaba a uno a ver a nuestros dioses, otro me sorprendió por la espalda, pero tampoco pudo hacer nada contra el viejo Dérrico. Le rompí la mandíbula, le quité el látigo, y
como nadie le escuchaba bajo la lluvia, conté como hice con mis cadenas: Uno, dos, tres…”

Cuando contó cuatro dio una sonora palmada y todos los cachorros de La Manadina dieron una voz al unísono.

¡PUM!

“A ese lo dioses lo comieron blandito blandito.”

Terminó la historia ahí y todos los niños se levantaron del suelo, correteando de un lado a otro pretendiendo ser grandes guerreros que luchaban contra los terribles humanos. No les contó las penurias de su escape; la persecución con perros que lo obligó a correr durante días, rezando para que lloviere y perdieran su rastro y su pista. Perdido en terreno hostil, sin saber a dónde ir, de quién fiarse.

“¿Y qué hiciste después?”, le había preguntado Ástyr, que era la única que estaba sentada. “¿Cómo terminaste viviendo con nosotros?”

Entonces se acordó de su padre.
Ástyr
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