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Escala de grises [Libre] [3/3]

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Escala de grises [Libre] [3/3]

Mensaje  Eltrant Tale el Sáb Jun 03 2017, 19:09

La luna se alzaba sobre las copas de los árboles, silenciosa, imponente, bañando todo lo que estaba bajo ella con su característico manto plateado.

Llevaba horas caminando entre los gruesos troncos que le rodeaban, avanzando a través de la espesura a un ritmo lento, pero constante. Podía haberse parado a acampar, pero su mapa, aunque ajado y amarillento, seguía siendo la mejor opción que tenía para encontrar un lugar seguro en el que pasar la noche, y por lo que este decía, había un pequeño poblado en mitad de aquel bosque, cerca de dónde se encontraba. ¿Qué mejor modo que descansar de un agotador viaje hacia el norte que en la cómoda cama de una posada? Mejor opción que dormir al raso era desde luego.

Distantes luces comenzaron a acumularse en el horizonte al cabo de un rato, pequeñas bolas anaranjadas que se asomaban tímidamente entre la arboledas, indicando a los extraviados y a los viajeros que no estaban solos en la espesura, que hacía delante encontrarían un pequeño reducto de civilización.

Eltrant asintió para sí, conforme, y guardó su fiel mapa en uno de los bolsillos traseros que colgaban de su cinto. Se detuvo momentáneamente a escudriñar las pequeñas llamitas que le recibían desde lo lejos, el poblado, aun desde la lejanía, tenía la suficientemente luz para que fuese medianamente grande, desde luego, aun desde dónde se encontraba, podía vislumbrar perfectamente que aquel sitio no era una aldea perdida en mitad de la nada con apenas diez habitantes ¿Un lugar de paso para mercaderes y viajeros? ¿En mitad del bosque? Se atusó la barba y pensó cuidadosamente si aquel pueblo que marcaba su viejo mapa no iba a ser, en realidad, un reducto de bandidos y camorristas. Era posible, como también lo era que, haciendo gala de un sentido de la orientación más bien cuestionable, Eltrant hubiese decidido caminar a través de la espesura en lugar de usar el camino principal que conducía hasta aquel lugar.

Terminó encogiéndose de hombros a la vez que dejaba escapar un sonoro bostezo, se arriesgaría, aun si era un poblado compuesto por lo peor de la sociedad las antorchas ya eran lo suficientemente intensas como para que tuviese tiempo de girarse sobre sí mismo y encontrar un buen lugar en el que descansar antes del amanecer.

Minutos más tarde Eltrant se encontró a si mismo caminando entre las vetustas casas de madera que componían aquella población. Pudo suspirar aliviado al notar que sus preocupaciones habían sido infundadas y que un amplio camino se abría a uno de los lados del poblado, lugar por el que podrían entrar ampliamente las caravana de mercaderes.

Por supuesto, teniendo en cuenta la hora a la que había llegado, las calles estaban desiertas. Cada paso que daba se traducía en que los sonidos que emanaban de su armadura, normalmente apenas audibles por el día, rebotaban en las paredes que tenía a su alrededor, prácticamente anunciando su llegada en mitad de la noche.

Le sorprendió ver que la posada, la única posada con la que contaba aquella pequeña ciudad, seguía abierta, o eso parecían indicar, al menos, los diferentes sonidos y la música que salían de su interior. Enarcó una ceja y leyó el letrero que había junto a la entrada, dónde, con una caligrafía exquisita, se anunciaba que en aquel edificio también había una taberna.

Sin mucha dilación se adentró en el edificio, un fuerte olor a comida recién hecha y a cerveza barata inundó sus sentidos de tal forma que apenas reparó en el pobre estado en el que se encontraba el bar de aquel lugar. No pudo evitar sorprenderse ante el gentío, ante la música que aún a altas horas de la mañana tocaba un animado cuarteto de cuerda al fondo de la estancia, en una especie de escenario pobremente iluminado con un par de antorchas.

Todos los presentes cantaban a coro con los músicos, algunos se giraron a ver quién se adentraba en el edificio y sonrieron al recién llegado, para entonces, volver a corear junto a los demás.

Eltrant se limitó a suspirar y, tras ajustarse la gruesa capa de que rodeaba su cuello, esquivó las distintas mesas y los charcos de licor que yacían por todas partes, para entonces sentarse en la barra que descansaba a uno de los lados de la amplia estancia, dónde una joven rubia de proporciones dignas de una amazona le recibió con una grata sonrisa.

- ¡Buenas noches viajero! – Dijo está tratando de hacerse oír sobre el gentío, Eltrant no pudo evitar mirar por encima del hombro de la muchacha antes de contestar, justo a la puerta entreabierta que tenía la camarera tras ella y desde la cual brotaba aquel embriagador olor que anegaba la taberna - ¿Qué le trae hasta mi humilde posada a estas horas intempestivas? – Dijo ahora tomando un vaso y, sin perder la sonrisa, depositándolo frente al guarda – Comida… un sitio dónde pasar la noche… lo típico - La mujer amplió su sonrisa - ¡Entonces estas en el lugar indicado! – Exclamó atrayendo un par de miradas, las cuales, en cuanto comprendieron que acababa de decir la muchacha, alzaron sus copas entre voces apoyando las palabras de la camarera – Veo que estáis muy animados por aquí – Dijo respondiendo a aquella sonrisa con la suya propia, tomando entre sus manos el recipiente que le había ofrecido la camarera, el cual estaba aún vacío – Sí, hemos tenido una temporada dura… – La joven bajo un poco el tono de voz y comenzó a ojear en la estantería que tenía tras ella, junto a la puerta de la cocina, las diferentes botellas que poseía, como si no terminase de decidir que servir a su nuevo cliente – Pero hemos salido adelante – Concluyó a la vez que tomaba una botella que contenía un líquido azul intenso, recuperando su sonrisa – Ya veo… - Eltrant, sin preocuparse demasiado por la bebida que estaban a punto de servirle, miró fugazmente a los músicos, quienes parecían reacios a querer parar de tocar. - ¿…Y crees que podré dormir esta noche? – La mujer se carcajeó con ganas – Espero que sí – Aseguró vertiendo el brebaje en el vaso del guarda. – De parte de la casa – Dijo guiñando un ojo al exmercenario – Asegúrate de pedir un par más para que me salga a cuenta – Añadió de buen humor. Eltrant alzó tímidamente la copa que le acababan de ofrecer en señal de aprecio y olisqueó su contenido, para después beber un trago de la misma – No está mal – Dijo después de la cata, la mujer asintió con la cabeza y, tras intercambiar unas palabras más con el guarda, se marchó a hablar con el resto de los camareros y criados que pululaban por la escena asegurándose de que todos los clientes tenían tantos sus vasos como los estómagos llenos.

Torció levemente el gesto, de todos los días en los que podía haber llegado a aquel pueblo, había tenido que ser uno de celebración, uno en el que no iba a poder dejar de escuchar las voces y los acordes de los violines.

Suspiró  – Bueno… -  Mientras bebía, fue depositando su mirada, poco a poco, en la mayoría de los presentes en el local. No podía negar que había una gran variedad de individuos en aquel lugar. Hombres-bestia, humanos, algún elfo que otro. – “…Podría ser peor.” - Tan pronto aquellas palabras resonaron en su mente, un fuerte golpe silenció a todo el local. Junto a la puerta, ahora abierta de par en par, un recién llegado, como él, miraba impasible a los presentes, con dureza.

- Parásitos – Dijo el hombre pasándose la mano su pelo entrecano, peinándolo pobremente y llevando después su mano útil hasta la espada que pendía de su cinturón – Maleantes – Continuó diciendo  – Sois gente perversa, todos vosotros. – Siguió - ¿¡Quienes os creéis que…?! – Los abucheos comenzaron, alguna copa surcó los aires y acabó firmemente plantada en la frente del hombre, que se tambaleó un poco pero no perdió un ápice de terreno, no estaba dispuesto a marcharse, aun con una brecha en mitad de su cabeza. – Juro que me vengaré – Aseguró, cada vez más nervioso, el brazo con el que sujetaba la empuñadura de su hoja temblaba sutilmente, Eltrant no pudo distinguir si era ira o miedo. - …En esta vida o en la otra  - Más abucheos, más copas en su dirección, los insultos varios comenzaron a sustituir a la música como la tonadilla de la taberna.

Y al final, tal y como había llegado, se marchó. Aunque no fue sin antes hacer un gesto con la cabeza a todos los presentes que no reconoció, a todos las personas que, probablemente, a pesar de estar allínno pertenecían a aquella aldea, Eltrant incluido.

- ¡Se hará justicia! – Bramó mientras cerraba la puerta con fuerza según se iba, dejando tras de sí un cierto malestar que enseguida fue renovado por más canticos y alcohol.


Anciano:


Última edición por Eltrant Tale el Jue Jun 15 2017, 21:43, editado 2 veces
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Re: Escala de grises [Libre] [3/3]

Mensaje  Dag Thorlák el Vie Jun 09 2017, 23:34


El resplandor de la luna le quemaba los ojos. El sonido de sus botas sobre la tierra le destrozaba los tímpanos. El aire hinchando sus pulmones le resultaba helado. Volver a la vida dolía como los mil demonios, y más luego de pasar un siglo encerrado en una cueva.

Hacía poco más de dos noches que intentaba recorrer el sinuoso camino que comunicaba Baslodia con Lunargenta, ese rumbo que había transitado a la inversa ciento cinco años atrás, aunque él no sabía aún que tal era el tiempo transcurrido desde su encierro. Lógicamente, en un siglo las cosas habían cambiado mucho y encontrarse con tantas variaciones en el camino terminó por confundirlo más de lo que ya estaba. Cultivos donde antes se extendían amplias llanuras, nuevos caminos que no tenía idea de a dónde llevaban, extraños pueblerinos con ropajes que le parecían ridículos. Las novedades suscitaban en él tanta curiosidad como temor. Pero no todo era tan malo: al menos estaba acompañado.

Acompañado por las voces de su cabeza.
-Llevamos caminando muchas horas, deberíamos parar a descansar.
-¡No, no, no! Hay que llegar a Lunargenta. Dahlia y los niños deben estar muy creopucados por mi ausencia. -Habló Dag, dirigiéndose a un espacio vacío de su izquierda con el ceño fruncido y gesto de preocupación. Pero lo cierto era que ni los quince mineros que le habían otorgado amablemente su sangre habían bastado para recuperar la fuerza y dejar de sentirse enfermo. De hecho, beber sangre humana por primera vez lo había puesto aún peor, y no se sentía capaz de mantener la travesía mucho más sin tomar un respiro.
-Descansar por un día no cambiará nada, Dag. ¡Mira allá! Esas luces deben pertenecer a un poblado. Vamos, vayamos a ver. -Le aconsejó otra de las voces, y le hizo caso ya que esa voz solía darle muy buenos consejos.

El hombre apretó el paso hasta arribar al pequeño poblado que parecía desierto, pero bien supo que no lo estaba. Sus sentidos eran ahora mucho más finos y podía oír y oler a las personas con horrorosa facilidad. Siguió el rastro hasta llegar a la puerta de un edificio que cumplía el rol de posada y taberna justo cuando un anciano salía pegando gritos y frotándose la frente sangrante con el antebrazo. Sangre. El corazón de Dag se aceleró y, sintiéndose mareado de nuevo, entró al cálido lugar con los dientes bien apretados.

Luego de la interrupción del viejo, la entrada del ojiazul pasó bastante desapercibida; excepto por ciertas señoritas que le dedicaron largas y penetrantes miradas durante un rato. El hombre miró hacia abajo para constatar su estado. Sus ropas se veían sumamente avejentadas, especialmente las botas y el cinturón de cuero, y la camisa antaño blanca exhibía una mancha amarillenta, rastro de la sangre que debió limpiar insistentemente en un río para quitarse el olor de encima. Suspiró, volviendo a llenar de aire sus adoloridos pulmones antes de dirigirse a la barra para tomar asiento en uno de los pocos sitios libres que quedaban, justo junto a un hombre de ojos claros vestido con armadura. Casi pudo sentir cómo el cerebro se le partía en trocitos ante la fuerte música, los fuertes gritos, el fuerte aroma y su aún más fuerte confusión.

-Buenas noches, guapo, ¿qué te pongo?
La voz de aquella joven y bonita camarera resonó, a su parecer, demasiado cerca de sus oídos. Pero Dag ni siquiera se molestó en verla; su mirada estaba absorta en el alegre tumulto de gente. Sintió ganas de matarlos y de bailar con ellos a partes iguales, contradicción que le causó un ligero temblor en la ceja izquierda.
-Oye, guapo, no tengo toda la noche.
Insistió la muchacha. El vampiro, entonces, se volteó con brusquedad y vociferó:
-¡Te dije que una jarra de hidromiel, maldita sea!
A lo cual, sobresaltada, la camarera pegó un respingo antes de marcharse rápidamente a por la jarra, luego de apenas susurrar un “lo siento, n-no lo había escuchado.”

Tras el exabrupto, Dag hincó los codos en la barra y hundió el rostro entre sus manos. No obstante, por el rabillo del ojo vio cierto fulgor que le llamó la atención y ladeó la cara para verlo directamente. Se trataba de la armadura del muchacho que tenía al lado.

Su mandíbula se desencajó cuando por fin notó la similitud con un uniforme que conocía muy bien, aunque estaba seguro de recordar que la armadura que solía usar no estaba tan bien confeccionada como la de aquel hombre, que se veía un tanto más... ¿moderna?
-Oye, ¡oye! ¿Acaso eres de la Guardia de Lunargenta? -Sus ojos brillaron de entusiasmo, nada quedaba del enojo reciente- ¡Ooooh, compañero! -Exclamó, dándole una fuerte palmada en el hombro.
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Re: Escala de grises [Libre] [3/3]

Mensaje  Eltrant Tale el Sáb Jun 10 2017, 03:24

Enarcó una ceja y sonrió confuso al hombre que estaba junto a él, al mismo que acababa de gritar a la desdichada camarera que había tenido la mala suerte de tener turno aquella noche.

- “¿Compañero?” – Se atusó la barba y ojeó al, ahora, amigable desconocido. No recordaba haber visto a aquel hombre en la vida. – Sí, sí que soy de la guardia – Respondió bostezando, no podía quitarse de la cabeza el discurso del anciano. ¿Qué pretendía? ¿Qué quería decir? Suspiró y negó levemente la cabeza, girándose entonces hacía su nuevo “amigo”.

Lo miró de arriba abajo con cierta expresión ausente en su mirada, y acabó dedicándole una sonrisa amistosa, lo cierto era que, a sus ojos, aquel extraño no tenía aspecto de guarda, aunque Runa tampoco lo tenía y ella también lo era, y por supuesto, si tenía en cuenta el dinero que le pagaban a él, estaba a varios tazones de comida de acabar con la indumentaria de aquel hombre.

- ¿Te conozco? ¿Destacamento? – Preguntó finalmente al animado viajero, terminándose la copa de licor azul de un trago y dando varios golpecitos en la mesa para que le sirvieran otra. El cuartel era lo suficientemente grande como para que se nunca consiguiese saber quién era nuevo y quien no, siempre había una cara que no conocía en, como la llamaba Tyron, la “Elite de Lunargenta”. – Eltrant Tale – Dijo este alzando la copa con suavidad, para después señalarse a si mismo – Escuadrón de Acero. – Se golpeó el pecho levemente, sobre el escudo ¿A qué se dedicaba exactamente el Escuadrón de Acero? ¿Tenían algún cometido especifico? Sonrió para si – …Hacemos lo que los demás no quieren hacer, básicamente. – Se cruzó de brazos y dejó escapar una carcajada nerviosa asintiendo ante aquella explicación, para después beber del vaso recién servido.  

- ¿Una mala noche? – Tenía sus sospechas, la apariencia de aquel hombre no había pasado desapercibida para Eltrant, y es que llevaba demasiado tiempo vagando por Aerandir como para no ser capaz de distinguir a un vampiro a simple vista. La palidez de su rostro solo podía explicarse mediante dos razones, y estaba bastante seguro, por sus ropajes, de que aquel sujeto no era nadie de noble cuna. Negó con la cabeza y suspiró. – Supongo que tendrás nombre – Sonrió. - ¿Verdad?

Por supuesto, mientras no le abriese el cuello a alguien y empezase a beber de él como si se tratase de una fuente Eltrant no tenía nada que hacer, aquel hombre, en aquel momento, era un ciudadano más. – Entonces… ¿También eres guarda? – Eltrant llamó a la camarera y le hizo un gestó con la muñeca quien, después de lanzar una larga mirada al su acompañante, colocó otra jarra de Hidromiel frente a la cara del joven señor de la noche, en mitad de la barra – Invito yo - Dijo depositando un par de Aeros sobre la mesa, girándose hacía el vampiro.

Eltrant era alguien bastante cercano a los Cazadores, conocía sus normas y las prohibiciones que seguían los estos, y en aquellos días, después del enfrentamiento que habían tenido contra la Hermandad, los encabezaba Harrowmont; una persona que las cumplía a sin dudarlo siquiera. A  Eltrant, no obstante, le gustaba pensar que no todos los vampiros eran seres desesperados por una pizca de sangre, desde luego conocía a varios ejemplos de que esto no era así, Catherine, Cyrilo o Víctor sin ir más lejos.

- ¿Qué crees que…? – Una súbita explosión sacudió los cimientos del local, la música cesó y todos, sin saber que realmente hacer, se quedaron en silencio, tratando de discernir que acababa de acontecer. - ¿Qué ha sido eso? – Alguien anónimo alzó la voz sobre los demás e hizo la pregunta que todos estaban deseando escuchar.

Eltrant torció el gesto y miró, desde dónde estaba sentado, por la pequeña ventanita que había junto a la entrada, esperando ver, quizás, un resplandor al otro lado de esta o humo, pero no había nada, solo la más absoluta oscuridad.

Algunos rostros se giraron hacía él, y ninguno de ellos mostraba nada mínimamente tranquilizador. ¿Qué significaba aquello? Las fiestas, el anciano y ahora, una explosión.

Se bebió de un trago la copa que tenía junto a él y le dio una palmada a la única persona con la que había entablado algo parecido a una conversación en aquella taberna. – No tardaré mucho – Dijo caminando hacía la puerta. Tenía que hacer honor al emblema que tenía en el pecho, si había problemas, por muy noche cerrada que fuese, su deber era comprobar que pasaba.

El sonido de los distantes grillos cantándole a la noche fue lo único con lo que se encontró al abandonar el establecimiento. No había fuego, no había casas derruidas, ni tampoco nada parecido a un culpable.A primera vista, la aldea estaban tan vacía como lo había estado cuando llegó el.

Suspiró y dejó descansar su mano útil alrededor del pomo de su espada. – Veamos… - Atusándose la barba con la otra mano alzó la mirada hacía el firmamento, la luna había desaparecido - ¿Nubes? – Las pequeñas gotitas que comenzaron a precipitarse sobre su cabeza respondieron a aquella pregunta un intenso relámpago atravesó el trozo de cielo que descansaba sobre la aldea, iluminándola en su totalidad en una fantasmagórica luz blanquecina.

Se quedó bajo la lluvia y cerró los ojos, aquel era un contraste agradable a toda la música y el ensordecedor gentío de la taberna. La música, no obstante, no había vuelto, ni nada parecido a una alegre conversación; era evidente que los aldeanos estaban aterrados por algo, por algo que, por lo que había podía comprobar el exmercenario en aquel momento, no existía.

Otra explosión sacudió la aldea.

- Han… han vuelto – La camarera había salido tras él y miraba fijamente al final de la calle, directamente al bosque, con los ojos muy abiertos, parecían a punto de salirse de sus orbitas. – Pero… pero hicimos lo que… - La mujer dejó escapar algo parecido a un sollozo y se llevó ambas manos a la cara ahora contraída en una mueca – Nos… lo prometió... – Dijo antes de internarse de nuevo en la posada. - …Nos lo prometieron – Muy lentamente, sin mirar siquiera atrás y sin, al parecer, fijarse en las personas que esperaban dentro del edificio, la mujer cerró la puerta tras de sí, dejando a Eltrant afuera, bajo la lluvía.

Eltrant no dijo nada a la chica para tranquilizarla, no le dio tiempo. No comprendía que estaba pasando, pero sabía que aquellos aldeanos necesitaban algún tipo de ayuda.

Un tercer estallido.

Frunció el ceño. Fuese lo que fuese no estaba allí, no todavía, parecía proceder del bosque. – …Aún hay tiempo – Dijo para sí entrando de nuevo a la taberna, al menos no tendría que esperar bajo la lluvia. Además, tenía que hacer algunas preguntas.

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Re: Escala de grises [Libre] [3/3]

Mensaje  Dag Thorlák el Sáb Jun 10 2017, 16:59

Una amplia sonrisa adornó las facciones del vampiro al recibir la confirmación de sus sospechas. ¡Un camarada! Al fin algo conocido dentro de aquel mar de confusión. Todavía no sabía cuánto tiempo había estado encerrado, si diez meses o tres años (lejos estaba de sospechar que se trataba de un siglo) pero al menos la guardia seguía existiendo y funcionando tal como en sus años mozos.

Sin embargo, la sonrisa fue reemplazada por un ceño arrugado como un acordeón cuando el hombre se presentó. Dag llevaba demasiados años ejerciendo como para haber olvidado el nombre de un escuadrón. Se rascó la barbilla y, pensativo, parafraseó:

-Nosotros también hacemos lo que los demás no quieren hacer. Soy del Escuadrón de Leones.

Su memoria no funcionaba muy bien. Olvidó por un momento que el resto de su escuadrón había corrido una suerte peor -o mejor, depende de la perspectiva en que se mirase- a la suya. Su cristalina mirada azul se ensombreció durante un instante.
-Era, quiero decir que era de ese escuadrón. Hace poco... tuvimos muchas bajas. ¿Te suena? Qué eñtra... ertra... ¡extraño! Jamás había oído hablar del tuyo.

Así como el guardia lo estudiaba, él tampoco le quitaba la mirada de encima. Parecía ser un muchacho común y corriente, con esa mirada severa y el gesto de cansancio adquiridos tras un considerable tiempo de servicio. El sujeto le recordaba a alguno de sus hermanos menores y le parecía una compañía simpática, no tan simpática como las voces de su cabeza, claro, aunque comenzaba a competir por su afecto al invitarle la jarra de hidromiel. Ciertamente, él había hecho el pedidio sin siquiera plantearse que no tenía ni un mísero aero para pagarlo.

-Me llamo Dag Tho... -Pero se detuvo a medio camino, dado que no recordaba muy bien su apellido. Su atención se perdió en el prominente escote de la camarera cuando le traía el pedido y le guiñó un ojo antes de agarrar la bebida para empinarla, como si la reprimenda que le había gritado momentos atrás jamás hubiese sucedido- ...¡Thorlák! -recordó, apoyando con estrépito la jarra sobre la mesa y derramando parte de su contenido- Oh, linda, ¿podrías limpiar esto? -La camarera bufó algo ininteligible antes de acercarse a limpiar el desastre. -Un gusto, Eltrant. Gracias por... -Pero fue interrumpido por el barullo. Luego de la explosión, el gentío permaneció extático salvo por ciertos cuchicheos pesimistas que llegaron a sus tímpanos con molesta claridad.  Su acompañante no tardó en tomar parte del asunto.

Aquel tipo era la primera persona con la que establecía una conversación real en mucho, mucho tiempo. No quiso volver a quedarse solo. Cuando Eltrant cruzó la estancia para salir a investigar, Dag también se levantó y fue hasta la ventana llevándose la jarra con él.
-¡Tranquilos! Somos de La Guardia, solucionaremos esto en un instante. -Vociferó, suscitando en la gente miradas de escepticismo. ¿Cómo ese tipo paliducho, ojeroso y con ropajes apolillados podía ser un guardia? Su actitud confiada y valerosa, no obstante, acalló las dudas de la gente. Cualquier héroe era más que bienvenido en momentos de incertidumbre.

Dag se quedó del lado de adentro observando por la ventana y vio pasar a su costado a la bien dotada camarera. Dos explosiones más, dos respingos generalizados de las personas que, a sus espaldas, también intentaban entrever algo con los ojos bien abiertos. El hombre se acomodó la espada en el cinturón y no dudó en seguir a la muchacha cuando ésta volvió a entrar. Su agudo oído había captado las palabras dichas fuera y, aunque la hipersensibilidad de sus sentidos estaba sacándolo de quicio, comenzaba a apreciar su utilidad.

-Dijo que alguien les prometió algo. Alguien o álguienes.
-¿Qué demonios estará pasando?
-¡Hay que descubrirlo!
-Sí, yo digo que la interroguemos. Interrógala, Dag, ¡interrógala hasta que escupa todo!


La multitud de voces en su cabeza parecía encontrar el asunto muy interesante. Dag, por otro lado, sólo quería llegar a Lunargenta, encontrarse con su mujer e hijos y, por primera vez en la vida, apreciar la tranquilidad de su monótona vida familiar. Pero siendo un honorable miembro de la guardia, no sería ético abandonar a esa gente en peligro.

Decidió hacer caso a sus queridos compañeros de soledad y, al llegar donde la camarera, se inclinó hacia ella para susurrarle al oído:
-Dime, bonita, ¿quién te prometió qué? Sé que sabes algo. Escúpelo.
La joven, que había vuelto tras la barra y limpiaba un vaso con nerviosismo, dio un paso atrás, dubitativa.
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Re: Escala de grises [Libre] [3/3]

Mensaje  Eltrant Tale el Sáb Jun 10 2017, 19:40

- ¡Boom! ¡Kaboom! ¡Katapúm! – El muchacho reía con ganas, cada llama que brotaba de sus manos, cada estallido que producía era arte. Se consideraba un virtuoso, un genio incomprendido con una habilidad congénita para crear belleza. - ¡Boom! – Exclamó cuando una enredadera de fuego carmesí rodeó el grueso tronco de un árbol formando un hermoso patrón e incendiándolo al momento. - ¿No deberíamos hacer algo? – Una fornida mujer de mediana edad y porte recio se cruzó de brazos al ver al más joven de sus compañeros comportarse como un completo maniático. – Déjale… - Respondió ahora un hombre de tez pálida negando con la cabeza, sin detenerse siquiera a comprobar que estaba haciendo el adolescente – La lluvia nos ahorrará un incendio - La mujer frunció el ceño  y se giró hacía la otra fémina del grupo buscando algo parecido a una mirada de complicidad, pero la pelirroja se encogió de hombros y siguió caminando sin apenas hacer caso al joven brujo. – Teníamos que habernos deshecho de él cuando tuvimos la oportunidad… – Dijo la guerrera cuando el artista dejó escapar, de entre sus manos, una bola fucsia que al estrellarse contra otro árbol se convirtió en una hermosa y peligrosa flor de fuego. El último de los integrantes del grupo, un hombre cano que cubría uno de sus ojos con un parche gruñó como toda respuesta a aquella conversación.

Si alguien… – Hizo especial énfasis en la palabra “alguien” al mismo tiempo que se giraba a mirar al brujo, que seguía inmerso en su propio mundo, lanzando llamas por todas partes tratando de incendiar el húmedo bosque -  …No hubiese dejado que la niñata se mordiese la lengua no estaríamos aquí ahora mismo. – Nadie respondió a eso, el grupo siguió avanzando bajo la lluvia, en un silencio solo roto por las carcajadas del joven y los estallidos que este producía - ¡¿Es que no lo veis?! – Preguntaba de vez en cuando, cuando creía que nadie le prestaba atención - ¡Mirad los colores! ¡Los matices con la lluvia! ¡Precioso!

Eran cinco, cinco mercenarios con un papel relativamente simple. – …A ver cómo diablos encontramos ahora a otra cría que no se haya abiertos de piernas todavía – Dijo de mala gana. La pelirroja alzó levemente la mirada al escuchar aquellas palabras pero volvió enseguida a examinar los extraños guanteletes que esta llevaba sin pronunciar palabra alguna –¿También tienes un plan maestro para esto Cameron? ¿Alguna estratagema digna de un chupasangres? – Preguntó sin molestarse siquiera en ocultar el evidente tono despectivo de su voz. El mencionado, el hombre de tez pálida sonrió escuetamente – Puede…

- ¡Acabo de ver una ardilla explotar! – Exclamó el adolescente entre risas.


***

Se internó de nuevo en el local junto a su nuevo compañero, quien le había seguido al exterior mostrando al exmercenario que si estaba fingiendo ser un guarda, no fingía la responsabilidad de uno.

Repasó con la mirada a cada una de las personas de la taberna, parecía que se había adentrado en otro lugar distinto, los alegres lugareños ya no cantaban canciones, tampoco había ni una pizca de música, cada estallido en la distancia les hacía estremecerse.

Avanzó con paso firme hasta la barra del bar y, justo cuando se dispuso a cuestionar a la camarera acerca de la “promesa” que había oído mencionar antes, Dag se adelantó a él.

Arqueó una de sus cejas y, cruzado de brazos, miró al hombre que tenía a su lado; Cada palabra que salía de los labios de Dag no hacían sino confirmar sus sospechas, ¿Cómo iba a pertenecer de otra a forma a un escuadrón que, según decía una pequeña y oxidada placa conmemorativa en el cuartel, llevaba fuera de servicio cien años?

Suspiró y se giró de nuevo hacía la camarera, quien miró a ambos hombres con lágrimas en los ojos y balbuceó un par de palabras inconexas, todos los presentes bajaron la cabeza, algunos temblaban, otros directamente, abandonaron el local.

Eltrant frunció el ceño. - ¿…Qué habéis hecho? – Preguntó muy seriamente, sentándose en el mismo lugar en el que había estado cuando la fiesta estaba en su apogeo. Lo sabía, debía de haberlo imaginado.

- …Ayer… - Comenzó a hablar, muy despacio, como si temiera escuchar aquellas palabras en voz alta - …Ayer fue el último sacrificio, nos prometieron que no volverían y… – Eltrant se llevó una de sus manos hasta la cara, y se apoyó en la barra, suspirando - ¿Sacrificio? – Preguntó, nadie le respondió de inmediato – …Chicas que aún no hubiesen yacido con… - El guarda le hizo un gesto con la mano para que se callase - ¿Cuántas? – Preguntó, la única respuesta que obtuvo fueron las gotitas de la lluvia golpeando contra la ventana  - ¿Cuántas? – Repitió sin alzar la voz, pero lo suficientemente agresivo como para que la camarera, que había estado evitando la mirada de los dos hombre en todo momento, les mirase directamente. – Ci… ciento veintisiete. – Aquella cifra excedía por mucho lo que había pensado en un principio, respiró hondo y se levantó del asiento.

Dejó escapar un grito y tiró todos los vasos que tenía frente a él con el antebrazo. - ¡¿No tenéis nada que decir?! – Se giró hacia la multitud, que desviaron la mirada - ¡¿Todos los sabíais?! – Blasfemó lo suficientemente alto como para que le oyesen los mismos dioses y se dirigió de nuevo hacía la rubia que estaba detrás de la barra. – Nos… matarían si no las entregábamos… nos… - Rompió a llorar de nuevo, Eltrant tensó los músculos, las explosiones seguían estando lejos, pero cada una de ella parecía ser una daga clavada directamente en el corazón de aquellas personas.

Tragó saliva, temía que preguntas hacer porque una parte de él conocía las respuestas, ¿Cuántas veces había visto aquella situación? Hacía mucho que había perdido la cuenta. Un pueblo aterrado que hacía lo impensable por sobrevivir. Masculló un par de palabras en voz baja.

- ¿Qué les suceden a las mujeres que entregáis? – Preguntó recobrando un poco la compostura - …No vuelven. – Dijo un individuo anónimo entre la multitud, esperaba aquella respuesta, que mejor manera de dormir por las noches que no saber qué tipo de muerte tienen sus “sacrificios”, seguramente muchos se consolasen a sí mismos diciéndose que todo “estaba bien” en realidad. - ¿El anciano de antes? – Miró a Dag y tras sonreirle agotado, suspiró. - …El padre de la última chica que…

Las explosiones estaban cada vez más cerca.

Cerró los ojos y se desprendió de su capa después de dar un fuerte tirón al grueso cordel que la mantenía sujeta a su cuello, la prenda, húmeda, cayó al suelo con un sonoro “Plotch”.

Necesito unas vacaciones – Gruñó dirigiéndose al exterior, necesitaba aire fresco. – ¿Vas a ayudarnos? – Preguntó una voz tras él. Entendía el motivo por que aquellos aldeanos se habían agarrado a un clavo ardiendo, comprendía por que aquellas gentes habían decidido entregar a todas las personas.

Sí.

¿Que otra cosa podía hacer?

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Re: Escala de grises [Libre] [3/3]

Mensaje  Dag Thorlák el Dom Jun 11 2017, 22:03

Bajo la intensa mirada de ambos hombres, la joven camarera terminó por contarles lo pertinente. Los latidos del corazón de la fémina llegaban con claridad a los oídos de Dag quien, repentinamente distraído, no podía quitar la mirada del cuello ajeno. Estaba relamiéndose los labios cuando el exabrupto de su nuevo compañero lo devolvió al mundo real, causándole un respingo que lo llevó a retroceder. Sus ojos se abrieron tanto como los del resto de espectadores, por un lado debido al fuerte grito del muchacho y, por el otro, porque la confesión de la camarera llegó ligeramente tarde a su cerebro.

Ciento veintisiete personas. Ciento veintisiete mujeres. ¿Dónde estaban las ciento veintisiete familias indignadas? Pensó en Dahlia y en su pequeña hija y no sólo entendió la ira del guardia, si no que él la experimentó con creces. Se dio cuenta de que tenía los puños apretados con excesiva fuerza y que pensamientos muy poco éticos para con esas personas le pasaban por la cabeza. Sus emociones estaban peligrosamente a flor de piel.

No había mucho que pudiera decir, pues Eltrant acababa de hacer las preguntas importantes. Sólo se dignó a echar una mirada reprobadora sobre la multitud antes de seguir a su compañero. Cuando estaban llegando a la puerta, le comentó en voz baja:

-Desde el sesenta y cinco que no veía nada como esto. La masacre de Roilkat, ¿recuerdas?
Se rascó el mentón mientras su memoria viajaba hasta el fatídico suceso que había sido tema de conversación en Verisar durante mucho tiempo; no hubo quien no oyera la historia de los sacrificios realizados por un loco en la ciudad cercana. Sin embargo, para probable despiste de su acompañante, no hablaba de los sesenta y cinco de hacía siete años. Se refería al año 1165 Aerandiano, dos años antes de su conversión y encierro- El miedo le gana a la compasión, supog... supun... supongo. Pobres infelices.

Una explosión retumbó cerca justo cuando estaban abriendo la puerta. Dag salió primero, desenvainando la oxidada espada para encarar al quinteto de fenómenos que permanecía a unos diez metros de la taberna, observando cómo uno de ellos, el más joven, intentaba apagar con la lluvia y el barro las llamas que le subían por la pernera del pantalón. El ojiazul pestañó dos veces y golpeó con el codo al otro guardia. Destrás de ellos, el aterrorizado tumulto se amontonaba al otro lado de la ventana para observar la escena. -¡S-Son ellos! -Escuchó la temblorosa voz de la camarera.

-¡Ay, auch, agh! ¡Joder, no se suponía que pasara esto! -Vociferaba el adolescente, bajo la atenta y apática mirada de los demás.
-Es la última vez que lo pregunto, ¿¡quién fue el idiota que aceptó a este pedazo de...!?
-¡Oigan, ustedes! -Exclamó Dag, atrayendo la atención de los mercenarios.
-¿Qué demonios estás haciendo? -Resonó una voz en su cabeza.
-Su trabajo, obviamente. ¡Ve, Dag, defiende a los débiles! -Dijo otra, y el vampiro dio un paso adelante con gesto heróico.
-No hay nada para ustedes en este pueblo, ¡iros de inmediato!

La fornida mujer, quien antes se deshacía en quejas, se cruzó de brazos mientras miraba a ambos guardias de arriba a abajo. Parecía ser la más prudente, por lo cual tomó el rol de vocera con bastante calma.
-No se metan donde no los llaman, soldados de pacotilla. Sólo hemos venido a buscar lo que nos...
-No lo encontrarán. -Interrumpió- Ya no hay chicas vírgenes aquí.
-¿Cómo que...?
-No. No las hay. Nosotros nos hemos encargado de eso. -Bajo la estupefacta mirada de los mercenarios, señaló con el pulgar su propio pecho y el de su compañero. Justo en ese momento una niña rompió a llorar tras la ventana, mientras su madre intentaba calmarla con los nervios de punta- ¡Esa tampoco! -Se apresuró a decir. La niña tendría unos seis años de edad- Ya me he encargado yo.
-¡Iugh, Dag, eres un asqueroso!
-¡Tú eres un asqueroso! -Respondió en voz alta, señalando al frente con la punta de su espada. Claro que aquella voz había provenido de su mente...

...Y él acababa de señalar a uno de los mercenarios.
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Re: Escala de grises [Libre] [3/3]

Mensaje  Gerrit Nephgerd el Jue Jun 15 2017, 21:27

Había algo en la lluvia que conseguía relajarme. No sabía que era ni que tenía la lluvia de especial, nunca lo supe; pero, fuera lo que fuera, era milagroso. Beber leche de amapola no era tan efectivo como lo era sentase encima de un tejado y respirar hondo a la vez que sentía las finas gotas de lluvia recorrer mi piel. Era justo lo que necesitaba. Por fin la suerte (o los Dioses en los que no creía) estaba de mi parte. Si no hubiera empezado a llover, Aerandir entera hubiera quedado ahogada en un mar de fuego y truenos.

El fuego sería el de Keira Bravery y los truenos vendrían por parte de mi martillo Suuri.

Días atrás habíamos decidido ir a Lunargenta. En realidad, fue idea mía. Lo dije de forma forzada como si, indirectamente, la estuviera obligando a que viniera conmigo: “Un cambio de aire nos sentará bien a los dos”. La excusa perfecta. Keira arqueó una ceja e hizo un gesto de negación con la cabeza. Acto seguido, se acarició la cara, muy cerca del ojo que le había dejado morado de un puñetazo la semana pasada. Fue entonces cuando me di cuenta de algo que me puso los pelos de punta. Desde que le había golpeado por unos de mis, cada vez más frecuentes, ataques de ira, no me había dirigido la palabra. Hasta ese momento, creí de verdad que la única prueba que estaba molesta conmigo era la muralla de cojines que había puesto en mitad de la cama. (Tú lado, mi lado; dijo sin palabras). Pensé, que esa falta de comunicación era propia de su carácter frío y distante. Algo que había aceptado por defecto al querer vivir con ella. No quise ver la verdad y, en aquel momento, me estalló en la cara.

No tuve otro remedio. Le conté todo lo que había ocurrido las últimas semanas: la maldición de los cuervos de la niña Duna, los carteles de “se busca bestia peligrosa rubia y violenta”, las amenazas que había estado recibiendo por parte mensajeros y las sombras, con cara que de mis antiguos compañeros de hermandad, que veía a cada rato que me daba la vuelta.

-¿Cómo te sentirías si te estuvieran jodiendo constantemente?-

Keira siguió sin contestar. Pareció entenderlo todo. Nadie mejor que ella entendía cuánto la llegaba a odiar y cuánto más le llegaba a necesitar. Me dio la espalda, pero solo para colocarse la capa de viaje.

“Un cambio de aires nos sentará bien a los dos”. La mayor mentira que había dicho hasta ahora. No solo había no estaba mejor, sino que estaba peor. Cualquier cosa me hacía enfadar. No importaba lo que fuera, todo me enfadaba. ¡Todo! Y sobre todas las cosas, los fríos ojos analizadores de Keira Bravery.

Comíamos en un hostal los caros, de los pocos que acompañaban tu plato de comida con una servilleta blanca y unos cubiertos que brillaban de los limpios que estaban. Pocas veces había visto tenedores tan brillantes. Ambos, teníamos un pequeño salero al lado del plato para que podamos servirnos al gusto. Cuando fui al coger el mío, lo derramé sin querer. Sentí tan inútil en aquel momento que cogí uno de los tenedores y lo clave de un golpe en la mesa. Keira, malhumorada, se levantó de la mesa y se fue alejando poco a poco. El vaivén de sus caderas decían que no quería saber nada más de mí y sus ojos miraban hacia cualquier otra parte en la que no estuviera yo. Eso me hizo enfadar. Sentí la sangre hervir en el interior de mis brazos. Hice la intención de levantarme, pero entonces, los cuervos invisibles de la maldición de Duna, me atacaron impidiéndome levantarme de la silla. Si no grité de dolor era porque me había puesto la servilleta blanca en la boca para morderla.

En cuanto me pude levantar de la silla, eché unas monedas en los platos (todavía llenos de sopa) y salí corriendo tras Keira. La vi a unos quince metros de la puerta del hostal. Tuve deseos de coger el mango de Suuri y lanzar alguna que otra descargar; ella me devolvería cada una de ella con una llamarada de fuego. ¡Qué divertido!

Ahora no tenía ninguna servilleta en la boca y nada impidió que gritase a pleno pulmón en cuanto llegaron los picotazos de la maldición. Cogí a Suuri, pero no para lanzar ninguna descarga sobre Keira Bravery, sino para rascarme mi antebrazo izquierdo con la cabeza del martillo. ¡Joder! Ni por esas conseguía quitar el dolor ni el escozor que la marca del cuervo negro me producía.

Aquella noche tuve suerte que lloviera. Me fui de la ciudad, pensé en volver a Beltrexus, pero luego recordé que la bolsa de aeros la tenía Keira y yo solo me había quedado con los pocos que tenía en el bolsillo (tres aeros para ser exactos). Vagabundeé por las afueras de la ciudad hasta encontrar algo un punto alto donde poder disfrutar de ese algo mágico que tenía la lluvia. Mi sangre dejaba de hervir cuando se mojaba con el agua de lluvia. Un humilde mesón para los viajeros fue la solución. Me escabullí por la parte trasera, la que daba al establo, y trepé al tejado. Una vez allí, me quité la camiseta y me senté en las tejas. Era agradable estar ahí. Respiré, lenta y profundamente. Realmente, era muy agradable estar ahí.

Estaba entrecerrando los ojos, casi durmiendo, cuando escuché la primera explosión. Pensé que serían unos truenos. Algo común en estas épocas del año. Los truenos harían de la noche todavía más agradable. Más tarde, y gracias a los agudos gritos de una adolescente que le estaba cambiando la voz, me di cuenta que no eran truenos sino explosiones.

-¡KABUM, CATABUM, KABUM!- en el tercer grito le salió un gallo- ¿Qué te os apostáis a que hago volar esa ardilla por los aires?- unos segundos de silencio y vino la explosión- ¡Os lo dije! Le he dado en todo el lomo. A la próxima, pienso apuntar en el trasero a ver si le ayudo a correr-.

A esa voz se le sumó otras muchas más adultas y más maduras. No entendí lo que decían, los gritos y los gallos del adolescente que le gustaba explotar cosas se sobreponían a las demás voces.

-¿No hay niñas? Qué lástima… y yo que me había aburrido de hacer explotar cosas. Si es que, al final, me obligáis vosotros.-

El estruendo que vino después sí fue un trueno, pero no procedente del cielo sino de mi martillo. Bajé de un saltó al poste del hostal lancé una descarga al brazo derecho del adolescente. Por un segundo, en sus ojos vi los mismos que los de Keira; esa ilusión hizo que me escociera y me doliera más la marca del cuervo negro.

El chico gritó de dolor. Sus gallos eran cada vez más agudos e insoportables.

-¡Joder!- grité de dolor a la vez que lanzaba una segunda descarga, esta vez, a la entrepierna del adolescente. –Si querías que te ayudase con tu problema de voz solo tenías que pedirlo-.

Sentí las miradas de todos los compañeros del chaval clavadas en mí. Con un ojo, miraban a su casi difunto amigo revolcarse por el intentando chillar pero sin que ningún sonido (ni gallo) saliese de su voz. Con el otro, miraban sus armas y las apuntaban hacia mi torso desnudo. ¿Quiénes eran? No me importaba una mierda. Tenían pinta de ser extranjeros, mercenarios quizás. Me encantaban los mercenarios, se les podía hacer cualquier cosa y no sentir ni una pizca de remordimiento hacia ellos.
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Re: Escala de grises [Libre] [3/3]

Mensaje  Eltrant Tale el Dom Jun 18 2017, 17:29

Un rayo rompió los cielos, pero no fue un relámpago normal, no uno que estuviese asociado con la tormenta que se precipitaba sobre el pueblo en aquel instante, era uno directamente dirigido al muchacho que acompañaba a los mercenarios, el que producía las explosiones.

Enarcó una ceja al ver como el adolescente se revolvía entre espasmos en el suelo, así como un hombre de aproximadamente su edad caía del tejado de la posada haciendo gala de una teatralidad que ni él podía igualar y encaraba al grupo que asaltaba la aldea.

- …Brujos – Suspiró avanzando, manteniendo firmemente sujeta su espada. Podía sentir como, con cada paso que daba, las grebas se hundían en el barro, le hacían ser más lento, la lluvia no estaba de su parte, no era como si le importase desde luego, había peleado en peores condiciones.

Miró al brujo, quien blandiendo un martillo se encargó de hacer ver al público que miraba desde el interior de la taberna que no iban a tomar a nadie más de aquel pubelo como sacrificio mientras él estuviese allí. Eltrant se giró ahora hacia Dag y sonrió escuetamente, al menos no eran los únicos en la aldea lo suficientemente valientes para encarar el grupo que, ahora, tenían frente a ellos  – Dag… dejando a un lado lo que acabas de decir… - El vampiro seguía comportándose de forma extraña, hablando consigo mismo, como si nunca estuviese solo, por no hablar de la excusa que había dado a los mercenarios acerca de los “sacrificios” – …Gracias por ayudar – Dijo dejando caer su mano hasta el hombro del hombre.

Suspiró, un incómodo silencio se apodero de la aldea, dejó que la lluvia refrescase sus ideas, que le indicase que hacer. Estaba cansado, cansado de luchar, de ver morir a personas inocentes, de ser el único que se levantaba contra la injusticia, de luchar contra un sistema corrupto ¿Pero que más podía hacer?

Miró fijamente al grupo de cinco. Dos mujeres, tres hombres, uno de ellos retorciéndose en el suelo. – Aquí mi amigo ya os ha contestado – Dijo alzando la voz, un trueno iluminó pobremente la escena – No queda nada para vosotros en este lugar – Aseveró – Marchaos. – Asió la espada aun con más fuerza, dejando entrever que estaba dispuesto a desenvainarla.

Los mercenarios parecieron encontrar divertida aquella afirmación, el hombre de mayor envergadura, el anciano que cubría uno de sus ojos con un parche pasó sobre el joven brujo sin siquiera pararse a mirarle y se colocó frente a sus aliados. – …Mienten, puedo… verlo – Su voz era ronca, pausada. Hablaba sin prisa, como si todo lo que fuese a suceder a continuación ya estuviese decidido  - …Huelo carne… sin estrenar – Una enigmática sonrisa cruzó su rostro, el hombre de tez pálida asintió ante esto. – ¿Esas tenemos? – El brujo ya blandía su martillo y estaba dispuesto a empezar a combatir, Dag tambien aparentaba una seguridad a la hora de enfrentar a aquella gente que su indumentaria no transmitía, él, por supuesto, no pretendía quedarse atrás.

Con un suave siseo su espada salió lentamente de su vaina.

La hoja encantada brillaba con una suave tonalidad azul alumbrando la noche, iluminando pobremente el rostro del exmercenario y capturando toda gota que caía sobre el metal, congelándola al instante.

- No lo repetiré tres veces – Dijo colocándose esta vez frente al brujo del martillo – Marchaos – Ordenó – Y no habrá ningún prob… - Una explosión le lanzó por los aires antes de que pudiese terminar aquella frase, surcó la calle a la velocidad de una saeta y acabó empotrado en la pared de madera de uno de los tantos edificios de la aldea. Tras esto, varias carcajadas rompieron el silencio de la noche.

Le dolía la cabeza y el mundo daba vueltas, una sensación preocupantemente familiar para él, a su vez, una fina línea carmesí resbalaba por su frente. - ¿…Por qué no aprenderé? –  Susurró alzando la cabeza, miró directamente al firmamento, seguía lloviendo, como una cascada infinita, no parecía que iba a cesar pronto.

Uno de los guanteletes de la pelirroja humeaba lentamente. La muchacha, sin bajar el brazo que mantenía elevado apuntando a los “héroes”, sonrió al tirar de una gruesa correa de cuero que colgaba del mitón, algo  que hizo que un frasco vacío, al parecer el origen de la voluta de humo que desprendía dicho guante, cayese al suelo con un suave tintineo. – Uno menos… - Dijo está jugueteando con su extraña arma, quizás preparándola para otro ataque. – Solo quedan dos.

Rio, se carcajeó con ganas. ¿Por qué nunca conseguía resolver los conflictos por las buenas? – Siempre igual. - Estaba seguro que tenía alguna quemadura que otra en su cara, la armadura estaba ennegrecida parcialmente y la tela que la cubría se había volatilizado. – Hace falta… algo más que eso para matarme… - Dijo desencajándose de la pared, tomando la espada que yacía en el barro, a pocos metros de Dag y colocandose junto a sus dos inesperados compañeros. La expresión de la pelirroja se encogió en una de hastío y se miró al vampiro.

Esto… es cuanto menos inesperado. – Dijo cruzándose de brazos, sin alzar la voz – Tres valerosos héroes que defienden un pequeño poblado del mal – Aplaudió lentamente – “…típico” – Fue lo primero que pasó por la cabeza del guarda al ver al hombre aplaudir - ... Pero nos subestimáis, no somos los típicos matones… – Sentenció convirtiéndose en una figura negruzca sin forma aparente, momento en el cual se trasladó a una velocidad vertiginosa hasta el hombre del martillo. – Y eso os va a costar la vida. – Susurró al brujo a menos de un palmo de él, antes de que este pudiese reaccionar.

Mientras tanto, el hombre del parche ya estaba cambiado, ahora era una bestia de más de dos metros de alto,  facciones animalescas se apoderaban lentamente de su cara mientras caminaba en dirección a Dag, poco a poco, el hombre se convirtió en un lobo bípedo – Vamos a jugar… cosita. – Dijo sonriendo, dejando entrever la absurdamente larga columna de dientes afilados que poseía. - … hueles añejo… - Dijo.

Finalmente, la mujer que había hablado en primer lugar, la que tenía aspecto de guerrero se hizo con su espada sin perder de vista a los dos hombres que habían tomado la iniciativa. – “Somos más…” – Pensó – “No deberíamos de tener problemas” – Añadió mirando al soldado del emblema en el pecho, el que se había levantado por su propio pie después de una de las jugarretas alquímicas de Scarlet – Pelirroja… - Dijo caminando hacía Eltrant – Despierta al crío – Ordenó.

Eltrant levantó su espada, colocándosela junto a su cara, aceptando el desafío no verbal que la mujer le había lanzado con la mirada. Al menos, por el momento, no estaban aprovechándose de su superioridad numérica por lo pronto, equipos de uno contra uno, podía lidiar con eso.

- ¿Bailamos? – El exmercenario enarcó una ceja, la espada de la mujer era bastante más pesada que la suya propia, su armadura se doblaría como el papel si llegaba a darle un golpe directo. – No sé si eres mi tipo – La mujer sonrió – No te preocupes, te convenceré.
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Re: Escala de grises [Libre] [3/3]

Mensaje  Dag Thorlák el Lun Jun 19 2017, 00:42

El respingo que dio Dag cuando un rayo cayó a escasos metros de ellos, justo sobre el desafortunado adolescente, fue tan exagerado que perdió por completo los aires de seguridad con que había intentado ahuyentar a los mercenarios. De pronto, un tercer sujeto de músculos absurdamente hinchados acababa de sumarse a la contienda, aparentemente del lado de los 'buenos'. Hubo un intercambio de palabras en que el ex-guardia sólo pudo mirar de un lado a otro, sin lograr ser parte del diálogo. Y de pronto otra explosión, una que lanzó a su amigo guardia muy lejos.

Después de ciento cinco años encerrado en silencio y oscuridad absolutos, no era capaz de digerir tal cantidad de estímulos externos. El pobre hombre no pudo hacer más que llevarse una mano a los ojos y respirar profundo, intentando controlar la incipiente taquicardia que comenzaba a agitarlo. Lo único que lo arrancó de su atolondramiento fue la profunda voz del vampiro del bando contrario. No pudo adivinar por qué, pero supo apenas verlo que se trataba de un congénere. Puaj. ¡Qué odio hacia sí mismo sentía cada vez que recordaba en lo que lo habían convertido! Pero ya no existía vuelta atrás. Por eso, cuando el chupasangre adoptó una forma oscura e indeterminada, Dag abrió los ojos de par en par y se preguntó si él también podía hacer algo así. Si era un maldito vampiro, al menos debía intentar aprovechar las ventajas que conllevaba serlo.
-Así que finalmente lo has asumido. -Se burló una tenue voz. El hombre no contestó.

Mientras que el brujo y Eltrant debían enfrentarse a sus propios contrincantes, el hombre del parche se ensañó con Dag, que apenas estaba recobrando la compostura. No supo por qué, pero un extraño odio ancestral le quemó el pecho al ver a la peluda bestia caminando hacia él. Empuñó la espada con ambas manos y entrecerró los ojos. Hacía más de un siglo que no luchaba. De pronto, todo el barullo que sonaba constantemente en su cabeza se silenció, sumiéndose en un estado de concentración que creía haber olvidado. La energía propia del instinto de supervivencia le tensó los músculos. Sus ojos oscurecieron y unos largos colmillos asomaron bajo sus labios. Estaba preparado para el ataque.

...O eso creía. Pero la verdad era que estaba bastante oxidado y no pudo esquivar el primer zarpazo, que lo aventó hacia la derecha con alevosía. Cayó boca abajo y patinó un par de metros por el lodo antes de poder incorporarse mientras escupía barro e improperios a partes iguales.
-¡Ja, ja, ja! -Una risa gutural, mezcla de gruñido y carcajadas, le instó a ponerse de pie y volver a empuñar el arma. El patético bulto marrón, osea Dag, se abalanzó sobre la bestia lanzando una estocada a su costado. La criatura lo esquivó una, dos, tres veces, hasta que en un arrebato de ira consiguió ensartarle la espada en uno de los muslos. El lobo aulló de dolor pero, lejos de echarse atrás, tomó por los hombros al vampiro e impactó su frente con la propia tan fuerte que por un instante todo se tornó negro.

Volvió a verse abrazado por el lodoso suelo, esta vez cayendo de espaldas. Cometió el error de soltar la espada y el licántropo no tardó en arrancársela de la pierna y lanzarla al piso. El filo se ensartó a escasos centímetros de su cabeza. Aturdido, extendió una mano para tomar la hoja del arma, pero en ese instante la criatura lo tomó de un tobillo y haló de él. Esto hizo que se cortara la palma de la mano, que pronto comenzó a sangrar.

-Ven aquí, cosita. -Dijo la bestia con su deformada voz. Dag pataleó sin poder liberarse y volvió a tirar del filo de su espada para desatascarla y conseguir agarrarla de nuevo. [1]Con la hoja ahora imbuída con su sangre, blandió el arma hasta dar con éxito en el brazo de su atacante. Esta vez no sólo se hundió un poco en la gruesa piel del lobo; el ataque fue sorprendentemente más potente, lanzándolo hacia atrás y provocándole un corte mucho más profundo. Además, cuando el líquido vital del enemigo bañó la espada, el vampiro pudo sentir cómo una oleada de energía le subía por la columna. Jamás había sentido algo así. -¿Qué demonios acaba de pasar? ¿Podría ser...?

Pero no hubo tiempo para atar cabos. El insistente contrincante se levantó al mismo tiempo que él, dispuesto a seguir dando lucha aunque, sorprendentemente, la energía que ahora le sobraba a Dag parecía faltarle al lobo. Envalentonado, se dio a la tarea de extenuarlo con reiterados envites, dando pasos adelante, guiando a la bestia hasta tenerla, literalmente, contra la espada y la pared de la posada, cerca de la ventana donde el público se amontonaba con ansias y expectación. La criatura lanzó un zarpazo que, como una cachetada, le dio vuelta el rostro. Con un ojo velado por la sangre, Dag rugió un grito de guerra antes de ensartar la espada en el abdomen del licántropo, deseando ponerle fin a la contienda de una maldita vez.

No escuchó los vítores. Ni la lluvia, ni los sonidos de las peleas que sucedían a su alrededor. Soltó la espada, que cayó al suelo a la par que el lobo, y se llevó ambas manos al ensangrentado rostro para tocarse las heridas.

Al fin estaba viviendo la aventura y la vida belicosa que había soñado desde crío...

Pero ahora lo único que deseaba era regresar a su hogar, con su esposa y sus hijos, para disfrutar la monótona vida humana que nunca volvería a tener.

____________
[1] Uso de habilidad mágica: Hoja Sangrienta.
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Re: Escala de grises [Libre] [3/3]

Mensaje  Gerrit Nephgerd Ayer a las 20:42

¿Dónde me había metido? Era la pregunta más lógica que podía hacerme. Un grupo de mercenarios bien armados, a los cuales no me importaría matar, estaba enfrente de la posada que había usado sin permiso para disfrutar de la tormenta. Héroes y villanos. Al final, todo se resumía en eso: Un grupo de malos y un grupo de buenos. Eché un vistazo rápido a los dos “buenos” que plantaban cara a los mercenarios en el momento en el que entré a escena. Vestían los colores de la guardia, tal vez lo fueran (Los típicos héroes buenos). Con otro vistazo igual de rápido, me fijé en las armaduras de los mercenarios. Sus colores eran de negro, rojo y gris. Colores de tipos malos. Luego, estaba yo: Unos viejos pantalones roídos por el cuerpo y un cuerpo desnudo. No vestía con ningún color; lo cual significaba que yo era todavía más malo que los malos.

Dejé el trabajo de los hombres buenos. Que el chico más joven diera el primer paso y gritase a los mercenarios que se fuera, ¡vamos! En mi interior, le animé mentalmente que lo hiciera solo para reírme del previsible resultado que tendría que sus gritos. Golpe y caída en el barro; la guardia nunca aprendía de sus errores. Justamente, fue pensar en eso y el chico repetirlo en voz alta como si estuviera leyendo mi mente. ¿Cuántas veces habrían barrido el suelo con su cara? Seguramente, demasiadas para que alguien pudiera llevar la cuenta.  

-Que sea uno, preciosa.- le dije a la chica de los guanteletes humeantes- yo no quiero saber nada de vosotros-.

Si respuesta fue tan previsible como la que tuvo el chico que no aprendía: Un bolazo de fuego, procedente de uno de los guanteletes de la chica, dio a las tejas donde estaba subido. Si no hubiera saltado al suelo justo en ese momento, el fuego me hubiera abrasado las piernas. Ya tenía suficiente con tolerar los picotazos de los cuervos invisibles. Mejor dicho, tenía más que de sobra. Me dolían tanto las heridas de la maldición que tuve que mantenerme en el suelo, después del salto, unos segundos antes de volverme a poner en pie frente a los mercenarios.

-¿A quién llamas héroe?- finalmente me lamenté justo cuando el vampiro comenzó a hablar. Quise parecer más alto que la figura negra y así poder intimidarle; pero no lo conseguí. –No me metas en el mismo saco que ellos dos- señale a los dos guardias- Yo solo soy ese tipo que pasaba por aquí-.

Una vez se terminó la palabrería, empezó el “baile”, como lo llamó la última chica. El chico de los gritos había elegido su pareja, o su pareja le había elegido a él. Lo mismo pasó con el otro guardia más maduro (aquel que en la batalla se descubriría que era un vampiro). En aquel momento no lo sabía pero alguien del grupo de los mercenarios ya me había elegido como pareja de baile igual como los guardias: Ese alguien era la chica de los guanteletes humeantes.
Aprovechó el momento en el que estaba despistado mirando absorto como el otro guardia se convertía en una feroz masa de sombras y combaría contra el mercenario licántropo. El proyectil de fuego vino directo hacia mi pecho. No pude esquivarlo, tan solo interceptar el proyectil con mi martillo. Sentí el ardor de la explosión por todo mi pecho. No descartaba despertarme, a la mañana siguiente, con todo el pecho negro por las quemaduras. Pintaba mal, pero no me dolía; no más de lo que me dolía los picotazos de la maldición. Odiaba que le pasara nada a Suuri. Ella es mía. Nadie más que yo podía tocar a Suuri, quien lo intentase podría acabar muerto. Y la chica…. Ella tuvo la osadía de hacer que utilizase el martillo para frenar su proyectil de fuego. Estaba enfadado.

Estaba muy enfadado. Me temblaban los labios del nerviosismo y los brazos por el dolor de los picotazos. Miré directamente a los ojos de la chica sin decir nada. Ella mostró una fugaz sonrisa y añadió:

-Ahora queda uno-.

¿Se estaba burlando de mí? Sí, lo estaba haciendo.

-No…- apenas podía hablar. ¡Joder! Ni siquiera podía mantenerme en pie sin parecer un jorobado. - no…. – escupí sangre y bilis a un lado de la tierra mojada- ahora es cuando no me marcho-.

-Lástima- la chica hizo un gesto con los guanteletes como si los estuviera cargando de nuevo. -Quería acabar rápido-.

Hice el mismo gesto que ella, pero con mi martillo. En seguida, una multitud de relámpagos envolvieron la cabeza de Suuri. Un trueno del cielo acompañó la magia de mi martillo.

Fuego contra rayo. Parecía un combate que el mismo destino había creado por haberme librado de la pelea con Keira.

La chica apuntó sus dos guanteletes contra mí. La imité, con un movimiento más tosco y lento, apuntando mi martillo en su contra. Ella disparó primero con la tranquilidad con la que una persona hace algo tan cotidiano como irse a comer o beber; yo disparé segundo y lo hice gritando como un jodido demonio.


Offrol: Ya que Gerrit está muy herido por la maldición y la explosión de la chica, dejo a que los Dioses deciden el transcurso de mi batalla. ¡ME ENCANTA ESTE TEMA!
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Re: Escala de grises [Libre] [3/3]

Mensaje  Gerrit Nephgerd Ayer a las 21:47

Se me olvidó lanzar runas
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Re: Escala de grises [Libre] [3/3]

Mensaje  Tyr Ayer a las 21:47

El miembro 'Gerrit Nephgerd' ha efectuado la acción siguiente: La voluntad de los dioses


'Runas' :

Resultados :



Representación de las runas:
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Re: Escala de grises [Libre] [3/3]

Mensaje  Eltrant Tale Ayer a las 21:55

Off:
No tenias por que lanzar runas. :'D Pero de todas formas, te ha salido todo acorde a lo que tenía pensado. Que suerte tienes (?)

Llevaban minutos bailando, inmersos en una coreografía mortal, la mujer no cedía terreno se centraba en atacar, quería acabar rápido con aquello, era evidente.

El barro seguía estando en su contra, no pasó mucho tiempo hasta que la hoja de la guerrera se hundió en su coraza, la cara de esta se deformó en una grotesca sonrisa, sus ojos se inyectaron en sangre al ver como acertaba a su oponente, al ver la sangre de este manchar su espada. Dejando escapar un grito dolorido, Eltrant pateó a su oponente en el pecho, apartándola momentáneamente, el tiempo suficiente para llevarse la mano libre hasta la brecha por dónde comenzó a manar sangre.

- Hablas mucho pero no parece que seas…

Una enorme explosión se apoderó de la aldea y acalló toda voz, rayos y fuego salieron disparados por doquier, lanzando de paso a todos los presentes por los aires e incendiando parte de la población con llamas alquímicas que, aún bajo la lluvia, se negaban a ser extinguidas.

Le pitaban los oídos, por no hablar del incesante dolor de cabeza. No sabía dónde había acabado, pero estaba boca abajo, abrió los ojos lentamente y masculló un par de insultos en voz baja mientras haciendo acopio de sus fuerzas se levantaba como buenamente podía, la armadura había bloqueado parte de la explosión, pero eso no quería decir que las heridas que ya tenía de por si no se resintiesen con cada sacudida.

- ¡Dag! ¡¿Estas bien?! – Gritó, tratando de que su voz se alzase sobre las voces y las exclamaciones de algunos de los lugareños que luchaban por combatir el fuego que comenzaba a devorar sus hogares. Parpadeó repetidamente al ver el fantasmagórico resplandor de aquellas llamas azuladas que, por algún motivo, habían surgido de la combinación de fuego y electricidad. - ¿Qué…? – Fue en ese momento, mientras contemplaba como crepitaba el fuego añil, cuando se percató de que faltaba alguien. Mientras que la joven pelirroja de los guanteletes estaba en el suelo, moviéndose levemente, probablemente herida, no localizaba por más que girase sobre sí mismo al brujo.

¡Brujo! ¿¡Dónde estás!? – Dijo a la nada, no lo localizaba a simple vista, pero esperaba que al menos respondiese algo. Le daba igual el que contestase este, solo quería saber si estaba vivo.

Había escuchado las palabras del hombre del martillo momentos atrás, probablemente si estaban en el mismo bando era por una casualidad del destino, la lealtad de aquel sujeto oscilaría dependiendo del número de Aeros de su aliado, las persona de aquella población no le importarían lo más mínimo. Pero, en cualquier caso, no dejaba de ser un aliado.

Trató de acercarse a Dag, de buscar a su otro compañero, tratar de ayudarles, pese a esto, la mujer del mandoble no parecía haber sido lanzada excesivamente lejos por lo que enseguida estaba otra vez sobre él, dispuesta a terminar el trabajo. - ¡Quédate quieto! – Maldiciendo todo los dioses que conocía Eltrant rodó por el suelo, en busca de su espada, pero esta había acabado clavada firmemente en una pared, envueltas en llamas azules. - ¡¡Ríndete, guarda!! ¡Yo solo quiero terminar con esta mierda! – La hoja de la mujer pasó peligrosamente cerca de su cabeza, afortunadamente él, no llegó a acertar. - ¡Pues lárgate! – Tras incorporarse, retrocedió, sin armas tenía cierta desventaja, pero no quería decir que estuviese indefenso. - ¡No puedo! - ¡Inténtalo!

Continuó evitando a la mujer, saltando de un lugar a otro, esquivando sus ataques hasta que, al final, no lo quedó más remedio que bloquear el mandoble con el antebrazo, no tenía muchas opciones llegados a aquel punto y Eltrant prefería encarecidamente eso a parar el acero con su cara, le tenía cariño a su cara. Como había pasado con su coraza, la hoja de la mujer traspasó el metal de la armadura con relativa facilidad, llegando hasta la carne, rasgándola. - ¡Fuera de este pueblo! – Vociferó Eltrant en una mezcla entre dolor y rabia, cerrando el puño y estampándolo contra la cara de la guerrera con toda su fuerza, que solo pudo observar incapaz de hacer nada como el guantelete del guarda le rompía la nariz y la tiraba de espaldas contra el barro.

Gritando de dolor, agarró la espada de la mercenaria y la arrancó de su brazo de un fuerte tirón, el cual, evidentemente, comenzó a sangrar con más fuerza debido al efecto tapón que hacía el arma mientras esta estaba incrustada en su brazalete.

Sacudió la cabeza y apretó los dientes, tratando de ignorar el ardor que sentía tanto en el pecho como en el brazo. Con paso firme se acercó a la guerrera que miraba fijamente el firmamento, el manto negruzco que dejaba caer el sinfín de gotitas sobre sus cabezas, mientras sujetaba su nariz con una de sus manos. - ¿Te rindes? – Dijo mirándola desde lo alto, la mujer no contesto, se limitó a cerrar los ojos - ¿Así de fácil? – La mujer continuó en silencio.

Mientras tanto el fuego se extendía por el pueblo rápidamente, y a pesar de que gracias al apremio que se habían dado los lugareños las llamas azules estaban siendo acalladas, los gritos de dolor por las quemaduras y los sollozos por sus hogares eran una constante.

- No… no queríamos esto. – Dijo la mujer a sus pies – Nada de… esto tiene que ver con el plan…tantas muertes... - Eltrant la miró, fijamente, durante varios segundos. - Haberlo pensado antes. – Gruñó Eltrant apartándose de la guerrera.

Desenterró su espada de la pila de ceniza que minutos atrás había sido una pared, los problemas se acumulaban, primero estaban los mercenarios, a quienes, en mayor o menor medida, había perdido de vista, y ahora, para colmo, la aldea iba a quedar reducida a cenizas en plena tormenta.

Respiró hondo y sacudió el brazo herido – Despierta – Susurró – No se te ocurra dejarme ahora – Continuó sacudiéndolo hasta que notó como el dolor volvía, como dejaba atrás el entumecimiento, sonrió.

- ¡¿Dónde está!? – Otra explosión resonó en la noche, pero esta no produjo llamas azules, esta se encargó de hacer caer la pared de un edificio entre coloridas flores de más de un centenar de colores. - ¡¿Dónde está!? – Gritó la voz del adolescente que, junto al vampiro, estaban al final de la calle. - ¡¿Cómo osa reírse de mí!? – El número de gallos que dejó escapar por palabra era digna de elogio, si hubiese un concurso de eso, lo habría ganado. - ¡¿Cómo se atreve a… a…?! – No terminó la frase, el muchacho, que aun seguía teniendo espasmos a causa de la electricidad, decidió que la mejor manera de acabar con su frustración era incendiar varios edificios más. - ¡¡SAL AQUÍ Y ENFRENTATE A MI ARTE!!

Un sinfín de flores salieron de las manos del muchacho e impactaron en la taberna en la que se ocultaban los pocos aldeanos que estaban demasiado aterrados como para salir a apagar el fuego, afortunadamente, no llegó a prender del todo. - …Necesito unas vacaciones. – Levantó su espada. El vampiro, que seguía al lado del muchacho al que había reanimado de alguna forma, sonrió ante esta acción. – Vaya, vaya… mira lo que habéis conseguido. Héroes.


Última edición por Eltrant Tale el Vie Jun 23 2017, 23:44, editado 1 vez
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Mensaje  Dag Thorlák Ayer a las 23:30

El ferroso aroma de la sangre se incrustaba más y más en sus pensamientos a cada inhalación. Dag había sido el primero en deshacerse de su enemigo. El brujo y Eltrant, por otro lado, todavía estaban ocupados con sus respectivas batallas mientras que él se limitaba a tocarse el rostro, siguiendo con las yemas de los dedos las tres largas heridas que le surcaban la frente, el tabique nasal y el mentón del lado izquierdo de la cara. Heridas que pronto dejaron de sangrar para comenzar su proceso de curación a una velocidad endiablada. ¿Cómo podía cicatrizar tan rápido? A ese ritmo, en una semana no quedaría rastro alguno del zarpazo. Era imposible. Era inhumano. Pasó de acariciar las heridas a ensartar las uñas en éstas para abrirlas más. Mientras luchaba obsesivamente para detener la abominable cicatrización, su cristalina mirada estaba clavada sobre el cadáver del reciente adversario. Tragó saliva para aliviar el escozor de la garganta y se arrodilló junto al licántropo con la excusa de levantar y recuperar su espada.

Pero le fue imposible ignorar la asquerosa herida abierta y sangrante que exhibía parte de las rasgadas entrañas del lobo. La sed y el instinto fueron más fuertes que la voluntad y las náuseas. Se inclinó para lamer la herida. Sintió el mismo impulso de vomitar que cuando bebió por primera vez de los desafortunados humanos que se internaron en la cueva donde fue encerrado. Sin embargo, a su vez, un placer inefable le recorrió la columna en forma de escalofrío cuando ascendió para clavar los colmillos en el cuello de la bestia. Asco y excitación. Odio y avidez. Humanidad y moral reemplazadas por el juego ancestral de matar o morir.

Apenas pudo engullir un par de espesos sorbos cuando una explosión lo mandó a volar en dirección opuesta al otro guardia. Derrapó una vez más sobre el lodo (a esas alturas ya no era más que un gran bulto marrón en el cual únicamente resaltaban dos iris azules) y fue un milagro que no se partiese en dos con su propia espada durante la caída. Cuando el insoportable pitido en los oídos causado por el estrépito fue amainando, abrió los ojos y fue consciente del caos que se desataba a su alrededor. La gente corría de un lado a otro gritando, llorando y atropellándose entre sí. Tuvo que rodar por el suelo una vez para que no le pasasen por encima, y otra vez para evitar que un trozo de tejado en llamas callese sobre él. Pero el caos no reinaba únicamente en el pequeño y miserable pueblito. También estaba haciendo estragos en la dañada mente del ex guardia.

-¡Dag! ¡¿Estás bien?!

-¿Quién demonios es Dag?

El pitido en los oídos no desaparecía del todo. Los gritos de la gente estaban poniéndole de los nervios, y el cada vez más potente aroma a sangre hacía mella en su quebradiza voluntad.  Lo peor de todo era que no tenía idea de por qué estaba sentado en el barro, por qué un coágulo de sangre le endurecía el párpado izquierdo, por qué el lejano hombre con armadura le recordaba tanto a uno de sus hermanos menores y por qué, por todos los cielos, tenía tantas ganas de abrirle el cuello a cada uno de los incautos que pasaban a su lado. Quizás debido a la explosión, o quizás a causa de la sobreestimulación luego de tanto tiempo en babia, el hombre no recordaba en qué circunstancias había llegado allí.

Se levantó poco a poco, usando la espada como bastón. Las manos le temblaban, al igual que el mentón y la ceja derecha, que se estremecía con un rápido tick nervioso. Necesitaba pensar, necesitaba meditar para lograr rellenar las lagunas de su memoria.
-Si tan solo este montón de imbéciles dejase de gritar... -Sonó una voz dentro de las paredes de su cráneo. Una voz que parecía estar sufriendo la misma migraña que Dag.
-Silencio...
-Tú también gritarías si tu casa estuviera en llamas.
-Deberíamos ayudarlos, pobrecillos...

-¡Silencio!
-¡Deberíamos cortarles las cuerdas vocales! Así no gritarán más.
-¡¡SAL AQUÍ Y ENFRENTATE A MI ARTE!!
-¡¡¡SILENCIO!!!

Probablemente esa se convertiría en la fatídica noche en que aquel adolescente aprendería a mantenerse lejos de  brujos iracundos y vampiros lunáticos. Dag recorrió la distancia que lo separaba de Eltrant, del adolescente y del otro vampiro con la velocidad de un relámpago. No recordaba cuál era el bando de los malos ni cuál era el bando de los buenos. Sólo sabía que ese maldito puberto acababa de desatar lo peor de su dolor de cabeza. Presa de su ira y sin ni un ápice de cordura que le sugiriese pensar una mejor estrategia, no se le ocurrió otra cosa que lanzar la espada, cual jabalina, hacia el chico.

El gallo más destacable de todos resonó ante el grito de éste, quien, reaccionando lo suficientemente rápido, atinó a retroceder logrando que, en vez de atravesarlo de lado a lado cual brocheta, solamente se ensartara en uno de sus pies... lo cual igualmente causó cierta satisfacción al ojiazul. El muchacho se inclinó para apretarse las piernas con ambas manos y observar atónito el pedazo de hierro que estaba, literalmente, clavándolo al suelo. Dag deseó tener otro arma cuando los insoportables gritos del crío le retumbaron en los tímpanos. Echó una mirada inyectada en sangre a Eltrant. Específicamente a la espada que sostenía entre manos.
-¿Me la prestas? Será solo un momento.
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