El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

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El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Huracán el Lun Jun 19 2017, 18:32


El interior de la enorme iglesia, casi catedral, de Sacrestic Ville, lucía más gélido que nunca aquella noche. La ciudad había sido tomada por los vampiros, y éstos habían convertido el histórico edificio de la ciudad en su particular nicho de operaciones, desde la que confiaban expandir su campaña del odio. La cabeza del obispo Quatermain ocupaba el lugar de un incensario colgante que ahora yacía en el suelo. Y ahora actuaba como botafumeiro  para el recibimiento de los recién llegados al lugar. Todo era macabro y siniestro.

-¡Ah! – gritó asustado y apresurado un vampiro al encontrarse de bruces con la escena. En la que únicamente iluminaba. Tras unos acompasados pasos por el edificio, caminando con temor. Terminó acercándose a la zona final de la catedral, una zona sumida en la más oscura de las penumbras, donde ni un rayo de luz osaba penetrar. – Se… ¿Señora?

Tras unos segundos de reposo. Se pudo sentir un acompasado taconeo entre las sombras. Y poco a poco apareció iluminándose a la luz de la luna, de arriba abajo, la imponente figura de la Dama Mortagglia. Su media sonrisa asustaba más que reconfortaba, y su voz, tenue, apagada y sin un mero atisbo de entonación, haría respigarse hasta al más valiente de los hombres.

Lady Mortagglia:


-No esperaba encontrarme solo a uno de mis esbirros. – hizo notar la Dama con una mirada fría como el hielo, mirando al chupasangres con desprecio o repugnancia. Como si ni siquiera le importase lo que le tuviera que decir. Cuando lo reconoció, pudo ver que era uno de los miembros de la patrulla de las afueras de la ciudad. - ¿Dónde está el resto de tu cuadrilla?
-¿Mi... cuadrilla? ¡Oh, claro! De-Déjeme explicarle, milady. – titubeó nervioso, midiendo cuidadosamente sus palabras. Pues si por algo no destacaba la Dama, era por su paciencia, y él lo sabía. - Ve-Verá. Encontramos a la maestra Huracán, mi señora. – explicó, gesticulando rápidamente los brazos. – A ella y a Cassandra Harrowmont, además de dos amigos más que no pude identificar.– La Dama alzó una ceja. Se refería a Alanna Delteria y Eltrant Tale. Pero poco le importaba quienes fueran.
-Estupendo. ¿Y dónde está Anastasia? – preguntó incesante. Su manera de expresarse no era demasiado lejana a la de su nieta, que parecía ser la única que le interesaba.
-Pues… ahí está el problema. Se... Se va a reír. Je je. – rió. – Tienen un campamento bastante grande montado en las afueras y… destrozaron a nuestra patrulla como moscas. Sólo yo pude escapar.

La Dama miró incrédula al tipo. Mojó sus labios. Se podía percibir la decepción en su cara. Parecía aparentemente calmada, pero en realidad, estaba muy tensa. Guardó silencio unos instantes y contestó con absoluta parsimonia. Riéndose y tocando al hombre por su omóplato derecho.

-Has hecho un trabajo notable. – le felicitó después de ponerse pensativa, acercándose a su posición. – Sólo un trabajo notable porque has encontrado a los cazadores. Pero yo soy una mujer exigente. Y siempre busco la excelencia. – se acercó a él, mucho, mirándole fijamente a los ojos. El joven tenía pánico. – ¿Sabes cuál hubiese sido la excelencia? – le preguntó. El hombre estaba siendo controlado mentalmente por los poderes de la Dama. El tipo cayó arrodillado, llevándose las manos a la cabeza, aquejado. – El haberme traído a Anastasia y a Isabella vivas. Y ya puestos, también la cabeza arrancada de cualquier brujo que lleve el asqueroso apellido Harrowmont. – se alejó y, por primera vez, sonrió. – ¡Eso! Sería la excelencia. – apuntó. – Pero mancillar y ridivulizar el nombre de la Hermandad, y por extensión de vuestros hermanos, por vuestra más absoluta y demostrada negligencia... No. Eso no es excelente.
-No… Por favor… - dijo el hombre que se encontraba arrancándose los ojos por sus propias manos. - ¡AGH! ¡NO! – suplicó tiró con extremada fuerza de su globo ocular y se lo arrancó de cuajo, cayendo al suelo en el acto. Retorciéndose de dolor. Y desangrándose por los mismos. Era un amasijo de gritos y sufrimiento.
-Aún así, quiero que sepas que admiro tu valentía… - comentó con una voz prácticamente sin entonación. Observando la escena. - …por venir a darme tan decepcionantes noticias. – El tipo sacó entonces el puñal que llevaba de arma y se lo clavó en el corazón. Poniendo así fin a su vida tras un agónico grito.

La sangre del recinto comenzó a bañar el suelo de roca del local. Y la Dama miró al cielo. ¿Los cazadores estaban allí? Sin duda tendría que ponerse manos a la obra en erradicarlos. Estaba completamente segura de su éxito en la campaña. Jugaba en casa y aquel, a pesar de que aún no tenía el ejército completo, tenía la sensación de que aquella sería una gran noche. - ¡Bella! – gritó en eco a la amplísima catedral.

Una oscura sombra apareció desde una de las salas de la catedral, y se materializó en la forma de su preciada hija, Belladonna. La rizosa, siempre vestida en negro y con unas botas de alto tacón, rápidamente hizo su aparición ante la llamada de su madre. Vio al tipo y se relamió examinando al tipo, fijándose si tenía ojos. Siempre con su mirada de locura enfermiza.

Belladonna Boisson:

-¡Uhm! Esos... ¿son sus ojos? ¡PUAJ! ¡Qué asco! No los metería en ninguna pócima. – dijo la bruja. Luego miró a su madre, con una sonrisa. - ¡Hola mamá! Ji ji ji ji. – rió a modo de saludo. Gesticulando con la mano. - ¿Qué tal estás? ¿Quieres que te traiga el periódico? – preguntó.
-No, hija, no. Es más, soy yo la que debe proporcionarte noticias. Negras noticias, por cierto. – Aquel comentario había descolocado a Belladonna. Su madre miró al suelo. Y caminó hacia la puerta de la catedral.
-¡Sabes que me encanta el negro mamá! Ji ji ji ji. - estiró las faldas negras de su vestido y dio un par de giros sobre sí misma divertida. - Además... Es el color que les queda a los torturados cuando hago que se les pudran los brazos.
Sí, hija mía. Lo sé. - respondió uniendo frases de pocas letras. - Pero mi noticia va más allá de eso. - hizo una breve pausa. - Isabella, tu hermana, está en la ciudad. – los ojos de Belladonna se embravecieron de repente.
-¡ISABELLA! ¿¡Isabella en la ciudad!? – gritó enfurecida. Tomando con fuerza su varita. - ¡ISABELLA tiene que morir! ¡Yo mataré a Isabella! – bramó para sí misma, señalándose. Prácticamente desquiciada.
-Sería de mala madre desear la muerte de una hija. No negaré que cerraré los ojos cuando lo hagas. – dijo sin sentimiento. Parecía preocuparle Isabella, pero lo cierto es que no lo más mínimo. – También está Anastasia. Y  su grupo de cazadores. No te preocupes. La recuperaremos a ella también. Desde hace tiempo tenemos planes para ella.

Escuchar el nombre de su hija le hizo entrar en una especie de depresión. La bipolar Belladonna comenzó a llorar frustrada. Ya había conseguido recuperar la memoria después de utilizar el libro de hechizos de obliteración. Pero... ¿a qué coste? Aquello escapaba del entendimiento de Mortagglia y del suyo propio.

-¡Veinticinco años! Desde que secuestró a mi hija. Ahora Anastasia me desprecia. E Isabella nunca volvió a aparecer junto a mí. Es una cobarde. ¡UNA COBARDE DE MIERDA! – expresó a gritos. - ¡DESTRUCTIO! – y conjuró un potente hechizo con su varita que destrozó por completo el retablo. Troceando en miles de madera. - ¡AAHH! ¡AAAHHHH! – conjuraba hechizo tras hechizo sin ningún tipo de control contra todas las paredes del edificio. Aunque tomarla por el hombro bastó para rebajar todo su ímpetu.
-Ahorra tus fuerzas, mi pequeña. – le dijo severa. – Ve a por... "eso" que tú sabes. Esta será una noche a recordar. Exactamente como la de hace... treinta años.

__________________________________________

Me encontraba avanzando sigilosamente por las oscuras calles de Sacrestic Ville. Era de noche pero aún así parecía haber un ambiente festivo en la ciudad, ahora tomada por los vampiros de la Hermandad. Parecían celebrar el resurgir de un nuevo amanecer para aquella raza. La ciudad estaba plagada de cadáveres, principalmente humanos, cuya sangre era sorbida por los vampiros.

Me recosté en una esquina de la calle para mirar la enorme calle que se abría delante nuestro. Al fondo, se podía apreciar el enorme edificio que presumiblemente pertenecía al cuartel de la guardia de Sacrestic. Un enorme edificio sumido en la oscuridad y con muchos vampiros en el interior. Los espías de Virgie Harrowmont habían indicado que en aquel lugar se encontraba secuestrada toda la guarnición de tropas de la ciudad. Junto con el jefe de guardia, el general Cantérbury.

Mi madre y el padre de Cass opinaban que liberar a la guarnición local iba a ser clave en el devenir de la batalla. Ya que no teníamos suficientes efectivos propios como para ganar el combate ante una raza que nos superaba en condiciones físicas y en número. Una vez liberados, la idea era encender una hoguera para transmitir la señal a mi madre y al resto de cazadores, que se encontraban en las afueras de Sacrestic, e iniciar el combate. Pero liberar la guardia no sería sencillo pues en las puertas de aquel edificio había muchos chupasangres, que se divertían ridiculizando y torturando humanos o ciudadanos a su antojo. De maneras macabras.

-Mierda. Son demasiados. No podemos entrar por la puerta principal.- susurré a Jules y a Overholser, los dos que venían conmigo en patrulla. – Tendremos que buscar otra alternativa.
-¡Pf! ¡Como si no fuese evidente! Entrar por la puerta principal nunca fue una opción. ¿De verdad pensabas hacerlo? – resopló Jules. – Es más, ¿cómo puedes confiar en que Milton y Cass encuentren un acceso desde el otro lado? El hermano de Cass es gilipollas perdido y nos van a descubrir a todos por su culpa. – protestó el brujo.
-Isabella me dijo que debía confiar en ella.  - aseveré sin demasiada confianza. - Cassandra ni es ni será nunca santo de mi devoción, pero tiene mi apoyo por ahora.
-¡Por favor! Pero si en vez de comprobar el tensado de su arco se estaba pintando las uñas de las manos dos horas antes de salir. ¡Que la vi yo!- no sabía si lo que decía era cierto o no. A fin de cuentas, Jules era muy de exagerar las cosas.
-Deja de quejarte, Roche. Cassandra tiene un séquito que le mira esas cosas.– inquirió Overholser, mucho más sereno y tranquilo que mi compañero. – Además, Cyrilo está con ellos. ¿Qué mal podrían hacer? - Jules giró la cabeza.
¿Cyrilo? ¿Te refieres al chupasangres que llamó "máquina" a Rach y que quería entrar en su cabeza para sacar información de la Hermandad?. ¡Eso! Tú sigue dándome motivos para confiar en ellos. - En aquello sí que coincidía Jules. Cyrilo era uno de los espías de los cazadores, un chupasangres en el que apenas confiaba y con el que ya había tenido mis más y mis menos. Aunque no sabía la opinión que tenía Cassandra de él. Aún así, nuestros padres confiaban en él, y lo cierto era que hasta el momento no nos había fallado. Pero en el gremio son los primeros que conocen de primera mano que las traiciones siempre tienen lugar a la hora de la verdad. Preferí pasar página al respecto.
-Ya vale. - Ordené, cansada de tanta crítica. Ahora que sabemos que por aquí no hay acceso, vayamos al punto de encuentro. – ordené. – Venid detrás de mí, por los tejados será más difícil que nos vean.

Y de tres saltos, impulsándome en los balcones, pude llegar hasta el techo con suma facilidad. Estaba muy motivada. Sorprendí a un vampiro que se encontraba en la azotea, tomándolo por el cuello y rajándole la vena yugular con mi daga, dejándolo caer por gravedad al suelo. Cuyo cuerpo muerto casi se lleva por delante a Jules y a Wayne. Desde ahí pude escuchar las maljuraciones del brujo, que desde que abandonamos el campamento no las tenía todas consigo. Overholser guardaba silencio, como casi siempre.

-“¡Venid detrás de mí”! ¡Qué fácil es decirlo! ¿Verdad, señora surcadora de los cielos? – ironizó Jules, que aquella noche estaba sembrado. Lógico, por otra parte. Aquella noche el peligro estaba más presente que nunca y él ni siquiera tenía idea de dónde se había metido su hermana. En aquel estado, era sencillo comprender su estado.

Los cazadores subieron por una escalera lateral que ascendía hasta el edificio. -El punto de encuentro está en aquella dirección.– comenté señalando la línea de edificios que rodeaban el destacable cuartel de la guardia.
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Elen Calhoun el Miér Jun 21 2017, 16:14

Tras su fracaso contra la Hermandad, Elen se mantuvo oculta durante los siguientes días en la cabaña que pertenecía a la familia del tabernero, a solas con sus pensamientos… y con las ávidas almas del medallón. - Ellos lo han matado, ¿vas a dejar que se salgan con la suya? - preguntaban, refiriéndose a lo ocurrido con Alister y su trágico final. Querían provocarla, y estando como estaba, encerrada en la más negra oscuridad y consumiéndose por la sed de venganza y muerte, no resultó difícil que cayese en su juego. - Rachel. - dijo entre dientes, pues aunque echaba la culpa de aquello no solo a ella misma sino también a los vampiros, la joven Roche había sido la encargada de dar el golpe de gracia al dragón, traicionándolos.

Ahora formaba parte del enemigo y nada ni nadie la detendría cuando estuviesen una frente a la otra, acabaría con ella, aunque con ello se ganase el odio de Jules. Sin embargo, y teniendo en cuenta su situación, le convenía reunirse con el resto de cazadores y esperar al momento idóneo para ocuparse de eliminar a la bio cibernética, en cuanto Belladonna yaciese fría e inerte en el suelo junto a Mortagglia. Aquella bruja se había ganado su odio en un tiempo récord, convirtiéndose a sí misma en el principal objetivo de la centinela, que no le daría ocasión de volver a acercarse a su familia.

Sin tiempo que perder, ya que la fecha de la batalla final se aproximaba, Elen empleó los días que debía mantenerse oculta para preparar su equipo a conciencia, afilando todas sus armas y elaborando las pócimas que consideró necesarias, entre ellas una en particular, que le serviría como as en la manga para decantar la balanza en su favor contra los vampiros. También contaba con algunos objetos que podrían resultarle de lo más útiles, sobre todo ahora que Sacrestic Ville había sido tomada por los chupasangres, o al menos eso era lo que el tabernero y su mujer le contaron. Ambos habían alcanzado de milagro la cabaña, conscientes de que la situación no tardaría en ponerse fea y estallar, hecho por el cual abandonaron a toda prisa su local en cuanto empezó el baño de sangre, aprovechando el caos y el frenesí en que los vampiros se veían sumidos con sus víctimas.

Apenas llevaban allí unas horas pero ya la miraban con miedo, pues su rostro no demostraba emoción alguna, y su gélida mirada mientras examinaba las afiladas hojas parecía vacía, impasible. A ratos parecía como si la joven no estuviese allí con ellos sino en otra parte, con la mente puesta en algún lugar lejano, pero lo que ninguno de los dos imaginaba era que Elen se estaba aislando para no hacer caso a las almas del medallón, que reclamaban sangre y no les importaba de quien fuese. Por suerte su razón no estaba del todo nublada por la influencia de aquella oscuridad que colgaba de su cuello, y eso fue lo único que mantuvo a salvo al matrimonio de una muerte que sin duda hubiese sido horrible.

Incapaz de acallar las voces dentro de su cabeza, Elen terminó de prepararse y se despidió de ambos, instándoles a permanecer allí sin hacer ruido y no volver a Sacrestic hasta que la batalla hubiese terminado, algo que con suerte no les llevaría mucho tiempo. Ella se había encargado de diezmar considerablemente el número de vampiros que guardaban la base de la Hermandad, pero algo le decía que Mortagglia no habría perdido el tiempo, y que aquellos días que habían transcurrido desde el incidente le habrían dado oportunidad de crear más chupasangres para su ejército.

Cuantos más mejor, decían las almas, movidas por la sed de sangre y deseando empujar a la hechicera a una senda de destrucción, pero ésta vez no cometería los mismos errores, no, tenía un plan y lo llevaría a cabo. Ocultando su rostro y ropajes bajo una larga capa oscura con capucha, Elen avanzó a través del bosque hasta alcanzar los alrededores de Sacrestic, lugar que tal como le habían contado, se había convertido en el patio de juegos de los chupasangres. Los cadáveres plagaban las calles mientras aquel atajo de animales buscaba más víctimas de las que alimentarse, y el hedor a muerte se extendía por toda la ciudad, enmascarando cualquier otro olor, algo que la beneficiaría.

Con lentitud, y valiéndose de las sombras para moverse sin ser detectada, la de ojos verdes se acercó tanto como pudo a un edificio en cuestión, el que el matrimonio le había mencionado, el antiguo cuartel de las autoridades que “mantenían el orden” en Sacrestic. La verdad es que viendo todo lo que había visto en aquel lugar poco hacían para cumplir con su trabajo, al menos eso opinaba la joven, que se mantuvo a unos cincuenta metros de distancia y escrutó con la mirada la entrada. Según el tabernero allí dentro estaban retenidos los guardias para que no pudiesen dar problemas, y eso era justo lo que ella quería causar, así que liberarlos podía serle muy útil, sobre todo porque de ese modo el bando de los cazadores contaría con unos refuerzos extra.

El problema estaba en la puerta principal, custodiada por un grupo de vampiros que se divertían a costa de los ciudadanos de las maneras más macabras posibles. Elen tenía claro que debía entrar, pero tendría que observar y buscar un modo de hacerlo, aunque ya tenía en mente más de una idea. Sin abandonar su posición, oculta tras la esquina de un local y siempre en la sombra, la tensai examinó mejor a aquellos individuos, hasta dar con uno que destacaba por dar órdenes al resto, lo cual lo convertía en el jefe de aquella jauría. - Tengo hambre. - dijo, apartando de una patada a uno de los vampiros para hacerse con su víctima, una muchacha que padecía ceguera desde su nacimiento.

Hacía ya rato que no lloraba, no porque no sufriese a causa de las heridas o el miedo que embargaba su cuerpo sino porque no le quedaban lágrimas, toda su familia había sido masacrada y ella lo había escuchado todo, solo esperaba que le llegase su hora para reunirse con ellos al otro lado. - Corre. - la instó, tomándola por el codo y levantándola de un tirón. En un principio la muchacha no reaccionó, no entendía por qué le decía aquello, pero en cuanto repitió la orden y la empujó supo que debía intentarlo al menos, aunque probablemente no sirviese de nada. Ignorando el dolor comenzó a correr en línea recta y en dirección opuesta a las voces de los chupasangres, rezando porque se hubiesen apiadado de ella, pero para ellos no era más que un juego.

- ¿Cuánta ventaja debería darle? - preguntó Baltazar al resto, con una sonrisa cargada de malicia. - Esa ciega no llegará lejos. - se mofó uno de ellos, que ya conocía la predilección de su jefe por las cacerías interesantes. La comida fácil era tan aburrida… en cambio, darles un último rayo de esperanza antes de abalanzarse sobre ellos como si de animales se tratase resultaba emocionante. Lo que más le divertía era arrinconarlos y ver en sus rostros el miedo antes de acabar con ellos, algo que pronto volvería a tener frente a sus rojos y salvajes ojos. Baltazar comenzó a contar mentalmente hasta veinte con lentitud, mientras su objetivo se perdía por entre dos líneas de edificios, sin preocuparse en ningún momento por perderla, solo el olor de su sangre bastaría para guiarlo.

Elen vio pasar a la joven y cómo ésta se dirigía irremediablemente hacia un callejón sin salida, desorientada y al borde de un ataque de nervios, pero no intervino, su plan requería que no lo hiciese. En vez de eso se mantuvo oculta hasta que el vampiro llegó para cobrar su pieza, lanzándose sobre la muchacha para chuparle la sangre directamente de la yugular. Apenas unos segundos después de haber hundido sus colmillos en la piel de la chica, Baltazar sintió como algo le atravesaba la garganta desde atrás, impidiéndole gritar ni alertar al resto. La electricidad hizo el resto, mientras su cuerpo era apartado del de su víctima a la fuerza, siendo ésta su última visión antes de que la oscuridad se adueñase de él para siempre.

Una vez muerto se desplomó sobre los adoquines del callejón, bajo la atenta mirada de la tensai, que no perdió el tiempo. De inmediato le arrebató su negro abrigo hasta la rodilla y la boina que llevaba en la cabeza, para luego esconder el cadáver tras unos barriles cercanos y cubrirlo con cuanto encontró a mano. La muchacha por su parte comenzó a sufrir el ataque que llevaba amenazando con llevársela al otro lado desde hacía ya rato, hiperventilaba y una fuerte presión se había apoderado de su pecho. Pronto sintió como se le dormía uno de los brazos y supo que aquello era grave, estaba sufriendo un infarto y sus heridas no le permitirían recuperarse. - ¿Quieres que el dolor desaparezca? - escuchó, sin saber quién le hablaba. Su fin era inevitable, pero al menos podría elegir cómo quería morir, y sin duda no deseaba hacerlo sufriendo así que asintió con la cabeza. - Entonces bebe. - le instó la voz, justo antes de sentir algo contra sus labios.

Elen administró a la moribunda un concentrado de Belladonea tan fuerte como para envenenar a cualquiera que probase su sangre, esperó un poco y se vistió con lo que había arrebatado a Baltazar, para acto seguido ponerse la máscara de Asmodeo, que le permitió tomar la apariencia del vampiro. Mojó sus dedos en la sangre de la chica y se manchó a propósito los labios y la barbilla para simular que se había alimentado de ella, tras lo cual, y movida por la influencia oscura que se había adueñado de ella, tiró del cuerpo inerte de la joven hacia la calle principal. Jamás habría visto a una persona como un simple instrumento para cumplir su plan, la verdadera Elen no era así, pero las almas habían tomado el control de la situación casi por completo, llevándola a hacer cosas que nunca se le habrían pasado por la cabeza antes.

Esbozando una maligna sonrisa, la hechicera avanzó hacia el cuartel arrastrando el “trofeo” de Baltazar, escuchando las risas y comentarios de los chupasangres al respecto. - Has tardado más de lo que esperaba, seguro que no nos has dejado nada. - se quejó uno de los presentes, mientras los demás dejaban momentáneamente de lado a sus juguetes para centrarse en el cuerpo de la muchacha. - Aún le queda algo. - respondió ella, tratando de imitar lo mejor posible la voz del hombre al que había suplantado. Sin decir más se apartó del cuerpo y comenzó a percibir unos flujos de maná que nada tenían que ver con las auras de los chupasangres, los cazadores estaban en la zona, así que cuanto antes se ocupase de liberar a la guardia mejor.

Como animales, los demás vampiros se abalanzaron sobre el cuerpo para conseguir algo de sangre, sin saber que su ansia iba a conducirlos a la muerte. Elen dirigió su mirada en la dirección desde la cual percibía aquellas energías, ¿sería Huracán? De ser así probablemente tuviese que dar explicaciones sobre lo ocurrido y no tenía la más mínima intención de hacerlo, pero contar con una aliada como la Boisson le vendría bien. La única preocupación que tenía ahora en mente era que la tiradora fuese capaz de percibir su energía y darse cuenta de que no era como la del resto, pues de no ser así terminaría convirtiéndose en un blanco para su ballesta o tendría que delatar su treta.



Off: Utilizo la máscara de Asmodeo para tener la apariencia de Baltazar durante los próximos tres turnos.






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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Lun Jun 26 2017, 22:17

Mi hermano, Cyrilo y yo nos escabullíamos por las calles de Sacrestic Ville en dirección al edificio de la guardia de la ciudad. No habíamos hablado mucho durante el trayecto, bueno, mi hermano era quien hablaba por todos. Tal vez por los nervios o yo qué sé por qué, pero no conseguía cerrar la boca y en más de una ocasión tuve que llamarle la atención para que se callara o mandaría todo al garete. La ciudad tenía un ambiente festivo, pero no me lo parecía en absoluto. Era una celebración de chupasangres, aquello no podía atisbar nada bueno. Nuestra misión era liberar a los secuestrados y hacer venir al resto de cazadores. Mientras, sólo estábamos nosotros tres y el grupo de Anastasia. ¡Genial! Seis cazadores contra a saber cuántos vampiros.

De primeras, cuando íbamos a partir, me negué a que mi hermano viniera. No tenía tantas habilidades en la caza como yo, por ejemplo.  Y tampoco quería ponerlo en peligro innecesariamente. También clamé mi negativa a que el vampiro viniera. No me fiaba mucho de él a pesar de que había demostrado ser un buen espía y pasar información suculenta sobre la Hermandad. Pero su raza no me inspiraba confianza alguna. Hubiese preferido mil veces ir con Jules, Overholser o la mismísima Anastasia. Al menos ellos sí eran competentes.

- No me parece buena idea… Son demasiados. ¡Necesitamos a más gente! - Se empezó a quejar, de nuevo, mi hermano.

- ¡Shh! ¡Calla! - Susurré a mala gana.  - Joder, Milton. Sabías a lo que venías. Ya sé que son muchos y no hay más gente aparte de nosotros ahora mismo. Así que hay que aguantarse. Es lo que hay.

- Sabía a lo que venía pero no pensé que fueran tantos.

- Claro… ¿Esperabas que fuera solo uno? ¡Cómo se nota que apenas te manchas las manos! - Resoplé. Me ponía nerviosa mi hermano con sus aires de sabelotodo cuando rara vez lo podía ver atendiendo un trabajo o aceptando contratos.  A veces pensaba que mi padre le dejaba ser cazador para tenerlo entretenido y que no diese la lata. Pero sus aptitudes dejaban que desear.

- Habló… - Contestó con intención de llevar él la última palabra en la discusión. Cuando se ponía así me daban ganas de partirle el arco en la cabeza.

- Milton, que lo dejes ya. Tenemos que seguir. - Sentencié sin dar más opción a debate. Sí que musitó algo por lo bajo pero no le entendí así que decidí que ignorar al idiota de mi hermano era la mejor opción. Cyrilo estaba totalmente descuadrado con nuestra discusión, aunque era comprensible. Se supone que éramos un equipo y, encima, era mi hermano con quien discutía. Ni era la persona adecuada, ni el lugar adecuado. Respiré hondo. Yo sí iba a tomarme en serio esto. Esos malditos chupasangres habían hecho daño a mi familia. Si para mi hermano era un juego o tenía ganas de lucirse, allá él. Pero yo, si quería lucirme, sería con motivo. Por haber ayudado a la destrucción de esta asquerosa secta de sanguijuelas.

Coloqué una flecha en el arco, mientras aún seguía escondida tras una pared. Estaba perfectamente tensado, limpio como si fuera nuevo, y las saetas reparadas. También parecían nuevas e incluso me pareció ver que habían sido modificadas ligeramente para dar mayor velocidad en el tiro. No lo había comprobado hasta ahora, ya lo hacían por mí. Tenía que reconocer que había empleado el rato de comprobación del armamento para arreglarme. Lo necesitaba. Era como una especie de terapia de relajación antes de enfrentarme a los seres de la oscuridad.
Esa noche había dormido mal, estaba nerviosa. Incluso había tenido que tomarme una infusión para conciliar el sueño y unas horas antes de salir me había quedado en el baño durante un rato, dejando que el agua caliente recorriese toda mi piel.
Pero eso ya había pasado. Ahora estaba ahí, en Sacrestic Ville, acercándome al edificio que custodiaban, buscando un acceso. Ya había dejado atrás los baños aromatizados, los vestidos, el maquillaje y todas esas cosas. Mi prioridad era patearles la cabeza a esos desalmados.

- Milton, quédate aquí y vigila. - Dije mientras avanzaba por otra callejuela, con mi arco preparado por si necesitaba usarlo rápidamente. No quería que mi hermano viniese conmigo y lo fastidiase todo así que era una forma de mantenerlo ocupado y lejos de mí. Que se quedase con Cyrilo, aunque no me fiaba de él, tenía mejores habilidades que Milt, así que si pasaba algo podría ser protegido.

Yo iba a buscar un acceso, aunque por nuestro lado también estaba complicada la cosa. Salvo por una de las esquinas. Una ventana abierta. ¿En serio? Pestañeé varias veces para intentar dar crédito a lo que veía. Era tan estúpido que parecía ser una trampa. ¿Cómo iban a dejar una ventana abierta? No entré. Retrocedí hasta donde estaban Milton y Cyrilo y les comenté lo que había visto. Si bien era cierto que la ventana no se veía a simple vista, sino que tenías que adentrarte un poco en el oscuro callejón, me parecía un error demasiado estúpido como para no ser una artimaña.
- Vayamos al punto de encuentro. - Dije después de haberles contado lo de la ventana. Más opiniones serían bien recibidas para poder acceder al edificio.

En este trayecto Cyrilo siguió  tan callado como antes y, sorprendentemente, mi hermano también. Con cuidado avanzamos hacia unos edificios, los cuales habíamos estipulado como punto de reunión. Ahí nos encontraríamos con Anastasia, Jules y Overholser. Pero la ida al punto no iba a ser tan fácil, no teniendo a mi hermano con nosotros. El muy idiota golpeó un barril a nuestro paso haciendo que chocase contra la pared tenuemente. Eso sí, hizo el suficiente ruido como para que un vampiro se acercase a mirar qué había sucedido ahí. En cuanto cruzó la esquina se encontró de lleno con la hoja de mi daga en su ojo.
- ¡Mira por dónde vas, Milton! - Volví a gritar entre susurros y tirando de él para que avanzase rápido.

Si nos quedábamos ahí conseguiríamos que al final nos pillasen así que, ocultos lo mejor posible, seguimos nuestro camino hasta llegar al punto de encuentro. En cuanto viese a Anastasia y los demás les contaría lo de la ventana, a ver qué decisión se tomaba a la hora de entrar a liberar a los secuestrados.
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Huracán Ayer a las 22:27

Isabella Boisson era una mujer pragmática. Temperamental y sistemática. La todavía maestra cazadora había escogido una zona lo bastante escondida para acceder a la capital del Oeste. Tenía la capacidad para manejar las tormentas a unos niveles desconocidos para la mayoría, pues rara vez se dejaba ver por el combate. Aquella noche era distinto. Incluso llevaba una elegante y pequeña ballesta semipesada a su espalda, como todos los cazadores. Pero Isabella no corría, andaba deprisa, mirando al frente erguida y taconeando elegantemente, sin esconderse de cualquier enemigo que le saliese al paso por el interior de las calles de Sacrestic Ville.

Los cazadores no destacaban por su fuerza y por lo tanto no podían entrar como un ejército, por la puerta grande de la ciudad. Debían buscar sus posiciones, y la alarma dada por Huracán y Cassandra simplemente serviría para iniciar una silenciosa cacería desde distintos puntos de la misma. Para desatar el caos. Ese era el plan inicial, al menos para todos los cazadores.

Pero Isabella era, sin lugar a dudas, el miembro enigmático del grupo, para la que el misterio formaba parte de su sello de identidad. Escondía sus cartas más profundas incluso a sus más allegados y aquella vez no iba a ser una excepción. Isabella, pese a ser la líder, iría “a su bola”, como siempre. Y por ello decidió ir sola.

El hecho de que se encontrase tras los muros de una de las paredes de la catedral, territorio totalmente hostil y prohibido por ella misma para cualquier cazador, ya daba una idea de que para la maestra cazadora existían otras normas. No se escuchaba nada en el interior de la misma por el estruendoso chasquido de las gotas de agua contra el empedrado, pero sí que le dio tiempo a ver como una puerta lateral de la misma se abría justo a escasos metros de ella. Sorprendiéndola por completo.

Se escondió tras uno de los pilares exteriores de la estructura y observó como su hermana, Belladonna salía por la puerta, hecha una furia.

-¡Cazadores! ¡ESTÚPIDOS CAZADORES! ¿Quiénes se creen que son? Los aplastaré como ratas. – gritó Bella, en soledad, cerrando la puerta con un conjuro, y desquiciada, como de costumbre. Su hermana la acechó en las sombras, sin quitarle un ojo de vista, Belladonna parecía que se encaminaba por una de las calles transversales.

Pero la bruja oscura era, si cabía, tan talentosa como su homóloga cazadora. Y pudo sentir el influjo de una poderosísima fuente de maná cerca de su alrededor. Por ello, olfateó el ambiente. Isabella se escondió y por muy poco no fue vista.

-¿Qué es eso? ¡MANÁ! ¿Aquí? – se preguntó. - ¿Elfos? No. El éter de los elfos apesta. – continuó. - ¿De dónde viene? – volvió a cuestionar. Olfateó el aire, como si esa fuera la manera de percibirlo, hasta sentir, tras la columna en la que se había escondido su hermana. Dirigiéndose misteriosamente hacia allí.

Isabella sintió el taconeo y se recostó sobre la columna nerviosa. No buscaba un enfrentamiento tan temprano y tan próximo a la catedral. Se sintió nerviosa por primera vez mientras su hermana se acercaba. Contaba con el factor sorpresa para acabar, si verdaderamente eso era lo que quería, pero por alguna razón parecía querer esconderse. Isabella no quería llegar a las manos por alguna razón.

Bella estaba ya muy cerca y extrañada. - ¿Una columna de maná? ¡Esto no sale en ningún libro de magia!– alzó una ceja. - ¿Hay un brujo dentro? O… - picó primero y luego se asomó por un lado, aunque no la alcanzó a ver. Isabella ya dejaba que las corrientes eléctricas recorrieran su brazo. A sabiendas de que empezar una confrontación allí era poco menos que un suicidio. - ¡BAH! ¡FUERA! ¡Tengo cosas mejores que hacer que mirar piedras! – y, dicho esto, se dio la vuelta, se giró y se hizo una estela negra. Isabella podía respirar tranquila. Salió entonces de su escondrijo viendo como la estela de humo negro se alejaba.

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Avanzamos rápidamente por los tejadillos evitando ser vistos por ninguno de los chupasangres que acechaban en los tejados nos veían. Por fortuna, en la zona en la que nos encontrábamos no aparecía haber ninguno. Incluso parecían demasiado vacíos para ser una ciudad dominada por los chupasangres.

Que Cassandra me confirmara que había visto una ventana abierta me escamaba demasiado, pero no sólo a mí, también a Overholser y Jules. Este último no dudó en cruzarse de brazos y levantar una ceja dubitativa. -¿Una ventana abierta? Es absurdo. Parece demasiado sencillo.
El veterano Cyrilo no tardó en realizar un comentario al respecto. -Damas, caballeros. No me cabe la menor duda de que se trata de una trampa. – afirmó el vampiro. – Aún así, hasta donde yo sé, la Dama no tiene indicios de nuestra presencia en sus dominios. - ¿por qué hablaba así? ¿Tan rimbombante? Parecía el padre de Cass. - A mí me consideran un aliado, bajaré y os daré la señal desde el interior del edificio si todo está despejado. – indicó el veterano chupasangres, antes de desvanecerse entre las sombras y bajar al suelo en forma de estela de humo negro.

Cyrilo se mimetizó con las sombras y apareció al lado de un misterioso vampiro que desconocía. Si bien el aura que emanaba era bastante diferente. Como la de un brujo. Pero no era capaz de distinguirlo. – Cass, mira aquel tipo de la boina. ¿No te parece… raro? – le pregunté a mi aliada, señalando al hombre sin ningún tipo de reparo ni disimulo. Aquel tipo parecía embriagar una extraña aura de maná que difería mucho de la de un vampiro. Pero no podía tratarse de un brujo pues los vampiros se lo habrían comido. Tenía que ser como ellos. Y lo peor es que él nos había visto. ¿Y si nos delataba? Espero que Cyrilo le diese cuenta.
-Es un chupasangres cualquiera. Déjadmelo a mí. – el francotirador Overholser, el más dotado de todos nosotros para los tiros a larga distancia, ya cargaba su ballesta de lejana distancia para asestarle un buen disparo en toda la cabeza. Conociendo su puntería no fallaría. Desde luego, no pensaba impedirle que acabara con él, pero Jules veía aquello como un disparate.
-¡Estás loco! – le echó en cara Jules apartando el cañón de su objetivo. - ¿Quieres que todos se enteren de que hay tiradores acechándolos en los tejados? – miró a Overholser y después a Cyrilo. Overholser desaprobó aquel gesto con una mueca de mal gusto. – Algo hará el vampiro. Creo que ya lo ha visto. – comentó mirando la escena, y nos instó a ir hacia la ventana que había visto Cassandra.

La tensái de tierra y su hermano nos guiarían hasta el sitio indicado, aunque no esperábamos entrar hasta que el vampiro nos diese una señal de visto bueno. El edificio tenía un par de plantas e imaginaba que, para él, llegar a nuestra altura no sería un problema, se supone que era un espía a fin de cuentas.

Como siempre, Overholser nos seguía solitario desde la distancia, y Jules bromeaba de manera pesada con el hermano de Cass. Aproveché para ponerme a la altura de la futura maestra cazadora, me ajusté el cinturón donde llevaba mis armas, pues se me desequilibraba con los movimientos y saltos a través de la azotea de los edificios.

-¿De quién fue la idea de que viniera Milton? – le pregunté seria. – Él no está preparado para venir en primera línea. Es contraproducente para él y para nosotros. – comenté. Seguramente hasta ella tendría la sensatez para pensar que el hecho de que su hermano con la mayoría de edad recién cumplida, nos acompañase. – A su edad tú y yo estábamos en… - entrecerré los ojos, tratando de hacer memoria. - … en Roilkat, resolviendo los problemas de los campesinos con los vampiros de los viñedos de Montesanto. Nuestra primera misión juntas, ¿recuerdas? – le sonreí, intentaba que se tranquilizara. La notaba tensa, yo también lo estaba y aquello no era bueno. – Fue horrible ir contigo. Odié al maestro Dorian durante el mes que pasamos juntas en aquella campaña. – le declaré, aunque más en tono bromista que como una puya, aunque por mi tono de voz, siempre tan seco y sin entonación, pudiera parecer lo contrario.

Cuando alcé la vista pude ver que estábamos llegando a la ventana que había indicado Cass. El sitio era abordable, pero sería mejor esperar a que Cyrilo diese la señal.

*Off: Podéis usar a Cyrilo si deseáis o a cualquier otro para avanzar la historia. No os cortéis en añadir ni os sintáis incómodas por ello. No me vais a fastidiar nada. Yo ya veis que voy evolucionando la trama de los Boisson  ^^.
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