El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

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El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Huracán el Lun Jun 19 2017, 18:32


El interior de la enorme iglesia, casi catedral, de Sacrestic Ville, lucía más gélido que nunca aquella noche. La ciudad había sido tomada por los vampiros, y éstos habían convertido el histórico edificio de la ciudad en su particular nicho de operaciones, desde la que confiaban expandir su campaña del odio. La cabeza del obispo Quatermain ocupaba el lugar de un incensario colgante que ahora yacía en el suelo. Y ahora actuaba como botafumeiro  para el recibimiento de los recién llegados al lugar. Todo era macabro y siniestro.

-¡Ah! – gritó asustado y apresurado un vampiro al encontrarse de bruces con la escena. En la que únicamente iluminaba. Tras unos acompasados pasos por el edificio, caminando con temor. Terminó acercándose a la zona final de la catedral, una zona sumida en la más oscura de las penumbras, donde ni un rayo de luz osaba penetrar. – Se… ¿Señora?

Tras unos segundos de reposo. Se pudo sentir un acompasado taconeo entre las sombras. Y poco a poco apareció iluminándose a la luz de la luna, de arriba abajo, la imponente figura de la Dama Mortagglia. Su media sonrisa asustaba más que reconfortaba, y su voz, tenue, apagada y sin un mero atisbo de entonación, haría respigarse hasta al más valiente de los hombres.

Lady Mortagglia:


-No esperaba encontrarme solo a uno de mis esbirros. – hizo notar la Dama con una mirada fría como el hielo, mirando al chupasangres con desprecio o repugnancia. Como si ni siquiera le importase lo que le tuviera que decir. Cuando lo reconoció, pudo ver que era uno de los miembros de la patrulla de las afueras de la ciudad. - ¿Dónde está el resto de tu cuadrilla?
-¿Mi... cuadrilla? ¡Oh, claro! De-Déjeme explicarle, milady. – titubeó nervioso, midiendo cuidadosamente sus palabras. Pues si por algo no destacaba la Dama, era por su paciencia, y él lo sabía. - Ve-Verá. Encontramos a la maestra Huracán, mi señora. – explicó, gesticulando rápidamente los brazos. – A ella y a Cassandra Harrowmont, además de dos amigos más que no pude identificar.– La Dama alzó una ceja. Se refería a Alanna Delteria y Eltrant Tale. Pero poco le importaba quienes fueran.
-Estupendo. ¿Y dónde está Anastasia? – preguntó incesante. Su manera de expresarse no era demasiado lejana a la de su nieta, que parecía ser la única que le interesaba.
-Pues… ahí está el problema. Se... Se va a reír. Je je. – rió. – Tienen un campamento bastante grande montado en las afueras y… destrozaron a nuestra patrulla como moscas. Sólo yo pude escapar.

La Dama miró incrédula al tipo. Mojó sus labios. Se podía percibir la decepción en su cara. Parecía aparentemente calmada, pero en realidad, estaba muy tensa. Guardó silencio unos instantes y contestó con absoluta parsimonia. Riéndose y tocando al hombre por su omóplato derecho.

-Has hecho un trabajo notable. – le felicitó después de ponerse pensativa, acercándose a su posición. – Sólo un trabajo notable porque has encontrado a los cazadores. Pero yo soy una mujer exigente. Y siempre busco la excelencia. – se acercó a él, mucho, mirándole fijamente a los ojos. El joven tenía pánico. – ¿Sabes cuál hubiese sido la excelencia? – le preguntó. El hombre estaba siendo controlado mentalmente por los poderes de la Dama. El tipo cayó arrodillado, llevándose las manos a la cabeza, aquejado. – El haberme traído a Anastasia y a Isabella vivas. Y ya puestos, también la cabeza arrancada de cualquier brujo que lleve el asqueroso apellido Harrowmont. – se alejó y, por primera vez, sonrió. – ¡Eso! Sería la excelencia. – apuntó. – Pero mancillar y ridivulizar el nombre de la Hermandad, y por extensión de vuestros hermanos, por vuestra más absoluta y demostrada negligencia... No. Eso no es excelente.
-No… Por favor… - dijo el hombre que se encontraba arrancándose los ojos por sus propias manos. - ¡AGH! ¡NO! – suplicó tiró con extremada fuerza de su globo ocular y se lo arrancó de cuajo, cayendo al suelo en el acto. Retorciéndose de dolor. Y desangrándose por los mismos. Era un amasijo de gritos y sufrimiento.
-Aún así, quiero que sepas que admiro tu valentía… - comentó con una voz prácticamente sin entonación. Observando la escena. - …por venir a darme tan decepcionantes noticias. – El tipo sacó entonces el puñal que llevaba de arma y se lo clavó en el corazón. Poniendo así fin a su vida tras un agónico grito.

La sangre del recinto comenzó a bañar el suelo de roca del local. Y la Dama miró al cielo. ¿Los cazadores estaban allí? Sin duda tendría que ponerse manos a la obra en erradicarlos. Estaba completamente segura de su éxito en la campaña. Jugaba en casa y aquel, a pesar de que aún no tenía el ejército completo, tenía la sensación de que aquella sería una gran noche. - ¡Bella! – gritó en eco a la amplísima catedral.

Una oscura sombra apareció desde una de las salas de la catedral, y se materializó en la forma de su preciada hija, Belladonna. La rizosa, siempre vestida en negro y con unas botas de alto tacón, rápidamente hizo su aparición ante la llamada de su madre. Vio al tipo y se relamió examinando al tipo, fijándose si tenía ojos. Siempre con su mirada de locura enfermiza.

Belladonna Boisson:

-¡Uhm! Esos... ¿son sus ojos? ¡PUAJ! ¡Qué asco! No los metería en ninguna pócima. – dijo la bruja. Luego miró a su madre, con una sonrisa. - ¡Hola mamá! Ji ji ji ji. – rió a modo de saludo. Gesticulando con la mano. - ¿Qué tal estás? ¿Quieres que te traiga el periódico? – preguntó.
-No, hija, no. Es más, soy yo la que debe proporcionarte noticias. Negras noticias, por cierto. – Aquel comentario había descolocado a Belladonna. Su madre miró al suelo. Y caminó hacia la puerta de la catedral.
-¡Sabes que me encanta el negro mamá! Ji ji ji ji. - estiró las faldas negras de su vestido y dio un par de giros sobre sí misma divertida. - Además... Es el color que les queda a los torturados cuando hago que se les pudran los brazos.
Sí, hija mía. Lo sé. - respondió uniendo frases de pocas letras. - Pero mi noticia va más allá de eso. - hizo una breve pausa. - Isabella, tu hermana, está en la ciudad. – los ojos de Belladonna se embravecieron de repente.
-¡ISABELLA! ¿¡Isabella en la ciudad!? – gritó enfurecida. Tomando con fuerza su varita. - ¡ISABELLA tiene que morir! ¡Yo mataré a Isabella! – bramó para sí misma, señalándose. Prácticamente desquiciada.
-Sería de mala madre desear la muerte de una hija. No negaré que cerraré los ojos cuando lo hagas. – dijo sin sentimiento. Parecía preocuparle Isabella, pero lo cierto es que no lo más mínimo. – También está Anastasia. Y  su grupo de cazadores. No te preocupes. La recuperaremos a ella también. Desde hace tiempo tenemos planes para ella.

Escuchar el nombre de su hija le hizo entrar en una especie de depresión. La bipolar Belladonna comenzó a llorar frustrada. Ya había conseguido recuperar la memoria después de utilizar el libro de hechizos de obliteración. Pero... ¿a qué coste? Aquello escapaba del entendimiento de Mortagglia y del suyo propio.

-¡Veinticinco años! Desde que secuestró a mi hija. Ahora Anastasia me desprecia. E Isabella nunca volvió a aparecer junto a mí. Es una cobarde. ¡UNA COBARDE DE MIERDA! – expresó a gritos. - ¡DESTRUCTIO! – y conjuró un potente hechizo con su varita que destrozó por completo el retablo. Troceando en miles de madera. - ¡AAHH! ¡AAAHHHH! – conjuraba hechizo tras hechizo sin ningún tipo de control contra todas las paredes del edificio. Aunque tomarla por el hombro bastó para rebajar todo su ímpetu.
-Ahorra tus fuerzas, mi pequeña. – le dijo severa. – Ve a por... "eso" que tú sabes. Esta será una noche a recordar. Exactamente como la de hace... treinta años.

__________________________________________

Me encontraba avanzando sigilosamente por las oscuras calles de Sacrestic Ville. Era de noche pero aún así parecía haber un ambiente festivo en la ciudad, ahora tomada por los vampiros de la Hermandad. Parecían celebrar el resurgir de un nuevo amanecer para aquella raza. La ciudad estaba plagada de cadáveres, principalmente humanos, cuya sangre era sorbida por los vampiros.

Me recosté en una esquina de la calle para mirar la enorme calle que se abría delante nuestro. Al fondo, se podía apreciar el enorme edificio que presumiblemente pertenecía al cuartel de la guardia de Sacrestic. Un enorme edificio sumido en la oscuridad y con muchos vampiros en el interior. Los espías de Virgie Harrowmont habían indicado que en aquel lugar se encontraba secuestrada toda la guarnición de tropas de la ciudad. Junto con el jefe de guardia, el general Cantérbury.

Mi madre y el padre de Cass opinaban que liberar a la guarnición local iba a ser clave en el devenir de la batalla. Ya que no teníamos suficientes efectivos propios como para ganar el combate ante una raza que nos superaba en condiciones físicas y en número. Una vez liberados, la idea era encender una hoguera para transmitir la señal a mi madre y al resto de cazadores, que se encontraban en las afueras de Sacrestic, e iniciar el combate. Pero liberar la guardia no sería sencillo pues en las puertas de aquel edificio había muchos chupasangres, que se divertían ridiculizando y torturando humanos o ciudadanos a su antojo. De maneras macabras.

-Mierda. Son demasiados. No podemos entrar por la puerta principal.- susurré a Jules y a Overholser, los dos que venían conmigo en patrulla. – Tendremos que buscar otra alternativa.
-¡Pf! ¡Como si no fuese evidente! Entrar por la puerta principal nunca fue una opción. ¿De verdad pensabas hacerlo? – resopló Jules. – Es más, ¿cómo puedes confiar en que Milton y Cass encuentren un acceso desde el otro lado? El hermano de Cass es gilipollas perdido y nos van a descubrir a todos por su culpa. – protestó el brujo.
-Isabella me dijo que debía confiar en ella.  - aseveré sin demasiada confianza. - Cassandra ni es ni será nunca santo de mi devoción, pero tiene mi apoyo por ahora.
-¡Por favor! Pero si en vez de comprobar el tensado de su arco se estaba pintando las uñas de las manos dos horas antes de salir. ¡Que la vi yo!- no sabía si lo que decía era cierto o no. A fin de cuentas, Jules era muy de exagerar las cosas.
-Deja de quejarte, Roche. Cassandra tiene un séquito que le mira esas cosas.– inquirió Overholser, mucho más sereno y tranquilo que mi compañero. – Además, Cyrilo está con ellos. ¿Qué mal podrían hacer? - Jules giró la cabeza.
¿Cyrilo? ¿Te refieres al chupasangres que llamó "máquina" a Rach y que quería entrar en su cabeza para sacar información de la Hermandad?. ¡Eso! Tú sigue dándome motivos para confiar en ellos. - En aquello sí que coincidía Jules. Cyrilo era uno de los espías de los cazadores, un chupasangres en el que apenas confiaba y con el que ya había tenido mis más y mis menos. Aunque no sabía la opinión que tenía Cassandra de él. Aún así, nuestros padres confiaban en él, y lo cierto era que hasta el momento no nos había fallado. Pero en el gremio son los primeros que conocen de primera mano que las traiciones siempre tienen lugar a la hora de la verdad. Preferí pasar página al respecto.
-Ya vale. - Ordené, cansada de tanta crítica. Ahora que sabemos que por aquí no hay acceso, vayamos al punto de encuentro. – ordené. – Venid detrás de mí, por los tejados será más difícil que nos vean.

Y de tres saltos, impulsándome en los balcones, pude llegar hasta el techo con suma facilidad. Estaba muy motivada. Sorprendí a un vampiro que se encontraba en la azotea, tomándolo por el cuello y rajándole la vena yugular con mi daga, dejándolo caer por gravedad al suelo. Cuyo cuerpo muerto casi se lleva por delante a Jules y a Wayne. Desde ahí pude escuchar las maljuraciones del brujo, que desde que abandonamos el campamento no las tenía todas consigo. Overholser guardaba silencio, como casi siempre.

-“¡Venid detrás de mí”! ¡Qué fácil es decirlo! ¿Verdad, señora surcadora de los cielos? – ironizó Jules, que aquella noche estaba sembrado. Lógico, por otra parte. Aquella noche el peligro estaba más presente que nunca y él ni siquiera tenía idea de dónde se había metido su hermana. En aquel estado, era sencillo comprender su estado.

Los cazadores subieron por una escalera lateral que ascendía hasta el edificio. -El punto de encuentro está en aquella dirección.– comenté señalando la línea de edificios que rodeaban el destacable cuartel de la guardia.
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Elen Calhoun el Miér Jun 21 2017, 16:14

Tras su fracaso contra la Hermandad, Elen se mantuvo oculta durante los siguientes días en la cabaña que pertenecía a la familia del tabernero, a solas con sus pensamientos… y con las ávidas almas del medallón. - Ellos lo han matado, ¿vas a dejar que se salgan con la suya? - preguntaban, refiriéndose a lo ocurrido con Alister y su trágico final. Querían provocarla, y estando como estaba, encerrada en la más negra oscuridad y consumiéndose por la sed de venganza y muerte, no resultó difícil que cayese en su juego. - Rachel. - dijo entre dientes, pues aunque echaba la culpa de aquello no solo a ella misma sino también a los vampiros, la joven Roche había sido la encargada de dar el golpe de gracia al dragón, traicionándolos.

Ahora formaba parte del enemigo y nada ni nadie la detendría cuando estuviesen una frente a la otra, acabaría con ella, aunque con ello se ganase el odio de Jules. Sin embargo, y teniendo en cuenta su situación, le convenía reunirse con el resto de cazadores y esperar al momento idóneo para ocuparse de eliminar a la bio cibernética, en cuanto Belladonna yaciese fría e inerte en el suelo junto a Mortagglia. Aquella bruja se había ganado su odio en un tiempo récord, convirtiéndose a sí misma en el principal objetivo de la centinela, que no le daría ocasión de volver a acercarse a su familia.

Sin tiempo que perder, ya que la fecha de la batalla final se aproximaba, Elen empleó los días que debía mantenerse oculta para preparar su equipo a conciencia, afilando todas sus armas y elaborando las pócimas que consideró necesarias, entre ellas una en particular, que le serviría como as en la manga para decantar la balanza en su favor contra los vampiros. También contaba con algunos objetos que podrían resultarle de lo más útiles, sobre todo ahora que Sacrestic Ville había sido tomada por los chupasangres, o al menos eso era lo que el tabernero y su mujer le contaron. Ambos habían alcanzado de milagro la cabaña, conscientes de que la situación no tardaría en ponerse fea y estallar, hecho por el cual abandonaron a toda prisa su local en cuanto empezó el baño de sangre, aprovechando el caos y el frenesí en que los vampiros se veían sumidos con sus víctimas.

Apenas llevaban allí unas horas pero ya la miraban con miedo, pues su rostro no demostraba emoción alguna, y su gélida mirada mientras examinaba las afiladas hojas parecía vacía, impasible. A ratos parecía como si la joven no estuviese allí con ellos sino en otra parte, con la mente puesta en algún lugar lejano, pero lo que ninguno de los dos imaginaba era que Elen se estaba aislando para no hacer caso a las almas del medallón, que reclamaban sangre y no les importaba de quien fuese. Por suerte su razón no estaba del todo nublada por la influencia de aquella oscuridad que colgaba de su cuello, y eso fue lo único que mantuvo a salvo al matrimonio de una muerte que sin duda hubiese sido horrible.

Incapaz de acallar las voces dentro de su cabeza, Elen terminó de prepararse y se despidió de ambos, instándoles a permanecer allí sin hacer ruido y no volver a Sacrestic hasta que la batalla hubiese terminado, algo que con suerte no les llevaría mucho tiempo. Ella se había encargado de diezmar considerablemente el número de vampiros que guardaban la base de la Hermandad, pero algo le decía que Mortagglia no habría perdido el tiempo, y que aquellos días que habían transcurrido desde el incidente le habrían dado oportunidad de crear más chupasangres para su ejército.

Cuantos más mejor, decían las almas, movidas por la sed de sangre y deseando empujar a la hechicera a una senda de destrucción, pero ésta vez no cometería los mismos errores, no, tenía un plan y lo llevaría a cabo. Ocultando su rostro y ropajes bajo una larga capa oscura con capucha, Elen avanzó a través del bosque hasta alcanzar los alrededores de Sacrestic, lugar que tal como le habían contado, se había convertido en el patio de juegos de los chupasangres. Los cadáveres plagaban las calles mientras aquel atajo de animales buscaba más víctimas de las que alimentarse, y el hedor a muerte se extendía por toda la ciudad, enmascarando cualquier otro olor, algo que la beneficiaría.

Con lentitud, y valiéndose de las sombras para moverse sin ser detectada, la de ojos verdes se acercó tanto como pudo a un edificio en cuestión, el que el matrimonio le había mencionado, el antiguo cuartel de las autoridades que “mantenían el orden” en Sacrestic. La verdad es que viendo todo lo que había visto en aquel lugar poco hacían para cumplir con su trabajo, al menos eso opinaba la joven, que se mantuvo a unos cincuenta metros de distancia y escrutó con la mirada la entrada. Según el tabernero allí dentro estaban retenidos los guardias para que no pudiesen dar problemas, y eso era justo lo que ella quería causar, así que liberarlos podía serle muy útil, sobre todo porque de ese modo el bando de los cazadores contaría con unos refuerzos extra.

El problema estaba en la puerta principal, custodiada por un grupo de vampiros que se divertían a costa de los ciudadanos de las maneras más macabras posibles. Elen tenía claro que debía entrar, pero tendría que observar y buscar un modo de hacerlo, aunque ya tenía en mente más de una idea. Sin abandonar su posición, oculta tras la esquina de un local y siempre en la sombra, la tensai examinó mejor a aquellos individuos, hasta dar con uno que destacaba por dar órdenes al resto, lo cual lo convertía en el jefe de aquella jauría. - Tengo hambre. - dijo, apartando de una patada a uno de los vampiros para hacerse con su víctima, una muchacha que padecía ceguera desde su nacimiento.

Hacía ya rato que no lloraba, no porque no sufriese a causa de las heridas o el miedo que embargaba su cuerpo sino porque no le quedaban lágrimas, toda su familia había sido masacrada y ella lo había escuchado todo, solo esperaba que le llegase su hora para reunirse con ellos al otro lado. - Corre. - la instó, tomándola por el codo y levantándola de un tirón. En un principio la muchacha no reaccionó, no entendía por qué le decía aquello, pero en cuanto repitió la orden y la empujó supo que debía intentarlo al menos, aunque probablemente no sirviese de nada. Ignorando el dolor comenzó a correr en línea recta y en dirección opuesta a las voces de los chupasangres, rezando porque se hubiesen apiadado de ella, pero para ellos no era más que un juego.

- ¿Cuánta ventaja debería darle? - preguntó Baltazar al resto, con una sonrisa cargada de malicia. - Esa ciega no llegará lejos. - se mofó uno de ellos, que ya conocía la predilección de su jefe por las cacerías interesantes. La comida fácil era tan aburrida… en cambio, darles un último rayo de esperanza antes de abalanzarse sobre ellos como si de animales se tratase resultaba emocionante. Lo que más le divertía era arrinconarlos y ver en sus rostros el miedo antes de acabar con ellos, algo que pronto volvería a tener frente a sus rojos y salvajes ojos. Baltazar comenzó a contar mentalmente hasta veinte con lentitud, mientras su objetivo se perdía por entre dos líneas de edificios, sin preocuparse en ningún momento por perderla, solo el olor de su sangre bastaría para guiarlo.

Elen vio pasar a la joven y cómo ésta se dirigía irremediablemente hacia un callejón sin salida, desorientada y al borde de un ataque de nervios, pero no intervino, su plan requería que no lo hiciese. En vez de eso se mantuvo oculta hasta que el vampiro llegó para cobrar su pieza, lanzándose sobre la muchacha para chuparle la sangre directamente de la yugular. Apenas unos segundos después de haber hundido sus colmillos en la piel de la chica, Baltazar sintió como algo le atravesaba la garganta desde atrás, impidiéndole gritar ni alertar al resto. La electricidad hizo el resto, mientras su cuerpo era apartado del de su víctima a la fuerza, siendo ésta su última visión antes de que la oscuridad se adueñase de él para siempre.

Una vez muerto se desplomó sobre los adoquines del callejón, bajo la atenta mirada de la tensai, que no perdió el tiempo. De inmediato le arrebató su negro abrigo hasta la rodilla y la boina que llevaba en la cabeza, para luego esconder el cadáver tras unos barriles cercanos y cubrirlo con cuanto encontró a mano. La muchacha por su parte comenzó a sufrir el ataque que llevaba amenazando con llevársela al otro lado desde hacía ya rato, hiperventilaba y una fuerte presión se había apoderado de su pecho. Pronto sintió como se le dormía uno de los brazos y supo que aquello era grave, estaba sufriendo un infarto y sus heridas no le permitirían recuperarse. - ¿Quieres que el dolor desaparezca? - escuchó, sin saber quién le hablaba. Su fin era inevitable, pero al menos podría elegir cómo quería morir, y sin duda no deseaba hacerlo sufriendo así que asintió con la cabeza. - Entonces bebe. - le instó la voz, justo antes de sentir algo contra sus labios.

Elen administró a la moribunda un concentrado de Belladonea tan fuerte como para envenenar a cualquiera que probase su sangre, esperó un poco y se vistió con lo que había arrebatado a Baltazar, para acto seguido ponerse la máscara de Asmodeo, que le permitió tomar la apariencia del vampiro. Mojó sus dedos en la sangre de la chica y se manchó a propósito los labios y la barbilla para simular que se había alimentado de ella, tras lo cual, y movida por la influencia oscura que se había adueñado de ella, tiró del cuerpo inerte de la joven hacia la calle principal. Jamás habría visto a una persona como un simple instrumento para cumplir su plan, la verdadera Elen no era así, pero las almas habían tomado el control de la situación casi por completo, llevándola a hacer cosas que nunca se le habrían pasado por la cabeza antes.

Esbozando una maligna sonrisa, la hechicera avanzó hacia el cuartel arrastrando el “trofeo” de Baltazar, escuchando las risas y comentarios de los chupasangres al respecto. - Has tardado más de lo que esperaba, seguro que no nos has dejado nada. - se quejó uno de los presentes, mientras los demás dejaban momentáneamente de lado a sus juguetes para centrarse en el cuerpo de la muchacha. - Aún le queda algo. - respondió ella, tratando de imitar lo mejor posible la voz del hombre al que había suplantado. Sin decir más se apartó del cuerpo y comenzó a percibir unos flujos de maná que nada tenían que ver con las auras de los chupasangres, los cazadores estaban en la zona, así que cuanto antes se ocupase de liberar a la guardia mejor.

Como animales, los demás vampiros se abalanzaron sobre el cuerpo para conseguir algo de sangre, sin saber que su ansia iba a conducirlos a la muerte. Elen dirigió su mirada en la dirección desde la cual percibía aquellas energías, ¿sería Huracán? De ser así probablemente tuviese que dar explicaciones sobre lo ocurrido y no tenía la más mínima intención de hacerlo, pero contar con una aliada como la Boisson le vendría bien. La única preocupación que tenía ahora en mente era que la tiradora fuese capaz de percibir su energía y darse cuenta de que no era como la del resto, pues de no ser así terminaría convirtiéndose en un blanco para su ballesta o tendría que delatar su treta.



Off: Utilizo la máscara de Asmodeo para tener la apariencia de Baltazar durante los próximos tres turnos.






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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Lun Jun 26 2017, 22:17

Mi hermano, Cyrilo y yo nos escabullíamos por las calles de Sacrestic Ville en dirección al edificio de la guardia de la ciudad. No habíamos hablado mucho durante el trayecto, bueno, mi hermano era quien hablaba por todos. Tal vez por los nervios o yo qué sé por qué, pero no conseguía cerrar la boca y en más de una ocasión tuve que llamarle la atención para que se callara o mandaría todo al garete. La ciudad tenía un ambiente festivo, pero no me lo parecía en absoluto. Era una celebración de chupasangres, aquello no podía atisbar nada bueno. Nuestra misión era liberar a los secuestrados y hacer venir al resto de cazadores. Mientras, sólo estábamos nosotros tres y el grupo de Anastasia. ¡Genial! Seis cazadores contra a saber cuántos vampiros.

De primeras, cuando íbamos a partir, me negué a que mi hermano viniera. No tenía tantas habilidades en la caza como yo, por ejemplo.  Y tampoco quería ponerlo en peligro innecesariamente. También clamé mi negativa a que el vampiro viniera. No me fiaba mucho de él a pesar de que había demostrado ser un buen espía y pasar información suculenta sobre la Hermandad. Pero su raza no me inspiraba confianza alguna. Hubiese preferido mil veces ir con Jules, Overholser o la mismísima Anastasia. Al menos ellos sí eran competentes.

- No me parece buena idea… Son demasiados. ¡Necesitamos a más gente! - Se empezó a quejar, de nuevo, mi hermano.

- ¡Shh! ¡Calla! - Susurré a mala gana.  - Joder, Milton. Sabías a lo que venías. Ya sé que son muchos y no hay más gente aparte de nosotros ahora mismo. Así que hay que aguantarse. Es lo que hay.

- Sabía a lo que venía pero no pensé que fueran tantos.

- Claro… ¿Esperabas que fuera solo uno? ¡Cómo se nota que apenas te manchas las manos! - Resoplé. Me ponía nerviosa mi hermano con sus aires de sabelotodo cuando rara vez lo podía ver atendiendo un trabajo o aceptando contratos.  A veces pensaba que mi padre le dejaba ser cazador para tenerlo entretenido y que no diese la lata. Pero sus aptitudes dejaban que desear.

- Habló… - Contestó con intención de llevar él la última palabra en la discusión. Cuando se ponía así me daban ganas de partirle el arco en la cabeza.

- Milton, que lo dejes ya. Tenemos que seguir. - Sentencié sin dar más opción a debate. Sí que musitó algo por lo bajo pero no le entendí así que decidí que ignorar al idiota de mi hermano era la mejor opción. Cyrilo estaba totalmente descuadrado con nuestra discusión, aunque era comprensible. Se supone que éramos un equipo y, encima, era mi hermano con quien discutía. Ni era la persona adecuada, ni el lugar adecuado. Respiré hondo. Yo sí iba a tomarme en serio esto. Esos malditos chupasangres habían hecho daño a mi familia. Si para mi hermano era un juego o tenía ganas de lucirse, allá él. Pero yo, si quería lucirme, sería con motivo. Por haber ayudado a la destrucción de esta asquerosa secta de sanguijuelas.

Coloqué una flecha en el arco, mientras aún seguía escondida tras una pared. Estaba perfectamente tensado, limpio como si fuera nuevo, y las saetas reparadas. También parecían nuevas e incluso me pareció ver que habían sido modificadas ligeramente para dar mayor velocidad en el tiro. No lo había comprobado hasta ahora, ya lo hacían por mí. Tenía que reconocer que había empleado el rato de comprobación del armamento para arreglarme. Lo necesitaba. Era como una especie de terapia de relajación antes de enfrentarme a los seres de la oscuridad.
Esa noche había dormido mal, estaba nerviosa. Incluso había tenido que tomarme una infusión para conciliar el sueño y unas horas antes de salir me había quedado en el baño durante un rato, dejando que el agua caliente recorriese toda mi piel.
Pero eso ya había pasado. Ahora estaba ahí, en Sacrestic Ville, acercándome al edificio que custodiaban, buscando un acceso. Ya había dejado atrás los baños aromatizados, los vestidos, el maquillaje y todas esas cosas. Mi prioridad era patearles la cabeza a esos desalmados.

- Milton, quédate aquí y vigila. - Dije mientras avanzaba por otra callejuela, con mi arco preparado por si necesitaba usarlo rápidamente. No quería que mi hermano viniese conmigo y lo fastidiase todo así que era una forma de mantenerlo ocupado y lejos de mí. Que se quedase con Cyrilo, aunque no me fiaba de él, tenía mejores habilidades que Milt, así que si pasaba algo podría ser protegido.

Yo iba a buscar un acceso, aunque por nuestro lado también estaba complicada la cosa. Salvo por una de las esquinas. Una ventana abierta. ¿En serio? Pestañeé varias veces para intentar dar crédito a lo que veía. Era tan estúpido que parecía ser una trampa. ¿Cómo iban a dejar una ventana abierta? No entré. Retrocedí hasta donde estaban Milton y Cyrilo y les comenté lo que había visto. Si bien era cierto que la ventana no se veía a simple vista, sino que tenías que adentrarte un poco en el oscuro callejón, me parecía un error demasiado estúpido como para no ser una artimaña.
- Vayamos al punto de encuentro. - Dije después de haberles contado lo de la ventana. Más opiniones serían bien recibidas para poder acceder al edificio.

En este trayecto Cyrilo siguió  tan callado como antes y, sorprendentemente, mi hermano también. Con cuidado avanzamos hacia unos edificios, los cuales habíamos estipulado como punto de reunión. Ahí nos encontraríamos con Anastasia, Jules y Overholser. Pero la ida al punto no iba a ser tan fácil, no teniendo a mi hermano con nosotros. El muy idiota golpeó un barril a nuestro paso haciendo que chocase contra la pared tenuemente. Eso sí, hizo el suficiente ruido como para que un vampiro se acercase a mirar qué había sucedido ahí. En cuanto cruzó la esquina se encontró de lleno con la hoja de mi daga en su ojo.
- ¡Mira por dónde vas, Milton! - Volví a gritar entre susurros y tirando de él para que avanzase rápido.

Si nos quedábamos ahí conseguiríamos que al final nos pillasen así que, ocultos lo mejor posible, seguimos nuestro camino hasta llegar al punto de encuentro. En cuanto viese a Anastasia y los demás les contaría lo de la ventana, a ver qué decisión se tomaba a la hora de entrar a liberar a los secuestrados.
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Huracán el Miér Jun 28 2017, 22:27

Isabella Boisson era una mujer pragmática. Temperamental y sistemática. La todavía maestra cazadora había escogido una zona lo bastante escondida para acceder a la capital del Oeste. Tenía la capacidad para manejar las tormentas a unos niveles desconocidos para la mayoría, pues rara vez se dejaba ver por el combate. Aquella noche era distinto. Incluso llevaba una elegante y pequeña ballesta semipesada a su espalda, como todos los cazadores. Pero Isabella no corría, andaba deprisa, mirando al frente erguida y taconeando elegantemente, sin esconderse de cualquier enemigo que le saliese al paso por el interior de las calles de Sacrestic Ville.

Los cazadores no destacaban por su fuerza y por lo tanto no podían entrar como un ejército, por la puerta grande de la ciudad. Debían buscar sus posiciones, y la alarma dada por Huracán y Cassandra simplemente serviría para iniciar una silenciosa cacería desde distintos puntos de la misma. Para desatar el caos. Ese era el plan inicial, al menos para todos los cazadores.

Pero Isabella era, sin lugar a dudas, el miembro enigmático del grupo, para la que el misterio formaba parte de su sello de identidad. Escondía sus cartas más profundas incluso a sus más allegados y aquella vez no iba a ser una excepción. Isabella, pese a ser la líder, iría “a su bola”, como siempre. Y por ello decidió ir sola.

El hecho de que se encontrase tras los muros de una de las paredes de la catedral, territorio totalmente hostil y prohibido por ella misma para cualquier cazador, ya daba una idea de que para la maestra cazadora existían otras normas. No se escuchaba nada en el interior de la misma por el estruendoso chasquido de las gotas de agua contra el empedrado, pero sí que le dio tiempo a ver como una puerta lateral de la misma se abría justo a escasos metros de ella. Sorprendiéndola por completo.

Se escondió tras uno de los pilares exteriores de la estructura y observó como su hermana, Belladonna salía por la puerta, hecha una furia.

-¡Cazadores! ¡ESTÚPIDOS CAZADORES! ¿Quiénes se creen que son? Los aplastaré como ratas. – gritó Bella, en soledad, cerrando la puerta con un conjuro, y desquiciada, como de costumbre. Su hermana la acechó en las sombras, sin quitarle un ojo de vista, Belladonna parecía que se encaminaba por una de las calles transversales.

Pero la bruja oscura era, si cabía, tan talentosa como su homóloga cazadora. Y pudo sentir el influjo de una poderosísima fuente de maná cerca de su alrededor. Por ello, olfateó el ambiente. Isabella se escondió y por muy poco no fue vista.

-¿Qué es eso? ¡MANÁ! ¿Aquí? – se preguntó. - ¿Elfos? No. El éter de los elfos apesta. – continuó. - ¿De dónde viene? – volvió a cuestionar. Olfateó el aire, como si esa fuera la manera de percibirlo, hasta sentir, tras la columna en la que se había escondido su hermana. Dirigiéndose misteriosamente hacia allí.

Isabella sintió el taconeo y se recostó sobre la columna nerviosa. No buscaba un enfrentamiento tan temprano y tan próximo a la catedral. Se sintió nerviosa por primera vez mientras su hermana se acercaba. Contaba con el factor sorpresa para acabar, si verdaderamente eso era lo que quería, pero por alguna razón parecía querer esconderse. Isabella no quería llegar a las manos por alguna razón.

Bella estaba ya muy cerca y extrañada. - ¿Una columna de maná? ¡Esto no sale en ningún libro de magia!– alzó una ceja. - ¿Hay un brujo dentro? O… - picó primero y luego se asomó por un lado, aunque no la alcanzó a ver. Isabella ya dejaba que las corrientes eléctricas recorrieran su brazo. A sabiendas de que empezar una confrontación allí era poco menos que un suicidio. - ¡BAH! ¡FUERA! ¡Tengo cosas mejores que hacer que mirar piedras! – y, dicho esto, se dio la vuelta, se giró y se hizo una estela negra. Isabella podía respirar tranquila. Salió entonces de su escondrijo viendo como la estela de humo negro se alejaba.

__________________
Avanzamos rápidamente por los tejadillos evitando ser vistos por ninguno de los chupasangres que acechaban en los tejados nos veían. Por fortuna, en la zona en la que nos encontrábamos no aparecía haber ninguno. Incluso parecían demasiado vacíos para ser una ciudad dominada por los chupasangres.

Que Cassandra me confirmara que había visto una ventana abierta me escamaba demasiado, pero no sólo a mí, también a Overholser y Jules. Este último no dudó en cruzarse de brazos y levantar una ceja dubitativa. -¿Una ventana abierta? Es absurdo. Parece demasiado sencillo.
El veterano Cyrilo no tardó en realizar un comentario al respecto. -Damas, caballeros. No me cabe la menor duda de que se trata de una trampa. – afirmó el vampiro. – Aún así, hasta donde yo sé, la Dama no tiene indicios de nuestra presencia en sus dominios. - ¿por qué hablaba así? ¿Tan rimbombante? Parecía el padre de Cass. - A mí me consideran un aliado, bajaré y os daré la señal desde el interior del edificio si todo está despejado. – indicó el veterano chupasangres, antes de desvanecerse entre las sombras y bajar al suelo en forma de estela de humo negro.

Cyrilo se mimetizó con las sombras y apareció al lado de un misterioso vampiro que desconocía. Si bien el aura que emanaba era bastante diferente. Como la de un brujo. Pero no era capaz de distinguirlo. – Cass, mira aquel tipo de la boina. ¿No te parece… raro? – le pregunté a mi aliada, señalando al hombre sin ningún tipo de reparo ni disimulo. Aquel tipo parecía embriagar una extraña aura de maná que difería mucho de la de un vampiro. Pero no podía tratarse de un brujo pues los vampiros se lo habrían comido. Tenía que ser como ellos. Y lo peor es que él nos había visto. ¿Y si nos delataba? Espero que Cyrilo le diese cuenta.
-Es un chupasangres cualquiera. Déjadmelo a mí. – el francotirador Overholser, el más dotado de todos nosotros para los tiros a larga distancia, ya cargaba su ballesta de lejana distancia para asestarle un buen disparo en toda la cabeza. Conociendo su puntería no fallaría. Desde luego, no pensaba impedirle que acabara con él, pero Jules veía aquello como un disparate.
-¡Estás loco! – le echó en cara Jules apartando el cañón de su objetivo. - ¿Quieres que todos se enteren de que hay tiradores acechándolos en los tejados? – miró a Overholser y después a Cyrilo. Overholser desaprobó aquel gesto con una mueca de mal gusto. – Algo hará el vampiro. Creo que ya lo ha visto. – comentó mirando la escena, y nos instó a ir hacia la ventana que había visto Cassandra.

La tensái de tierra y su hermano nos guiarían hasta el sitio indicado, aunque no esperábamos entrar hasta que el vampiro nos diese una señal de visto bueno. El edificio tenía un par de plantas e imaginaba que, para él, llegar a nuestra altura no sería un problema, se supone que era un espía a fin de cuentas.

Como siempre, Overholser nos seguía solitario desde la distancia, y Jules bromeaba de manera pesada con el hermano de Cass. Aproveché para ponerme a la altura de la futura maestra cazadora, me ajusté el cinturón donde llevaba mis armas, pues se me desequilibraba con los movimientos y saltos a través de la azotea de los edificios.

-¿De quién fue la idea de que viniera Milton? – le pregunté seria. – Él no está preparado para venir en primera línea. Es contraproducente para él y para nosotros. – comenté. Seguramente hasta ella tendría la sensatez para pensar que el hecho de que su hermano con la mayoría de edad recién cumplida, nos acompañase. – A su edad tú y yo estábamos en… - entrecerré los ojos, tratando de hacer memoria. - … en Roilkat, resolviendo los problemas de los campesinos con los vampiros de los viñedos de Montesanto. Nuestra primera misión juntas, ¿recuerdas? – le sonreí, intentaba que se tranquilizara. La notaba tensa, yo también lo estaba y aquello no era bueno. – Fue horrible ir contigo. Odié al maestro Dorian durante el mes que pasamos juntas en aquella campaña. – le declaré, aunque más en tono bromista que como una puya, aunque por mi tono de voz, siempre tan seco y sin entonación, pudiera parecer lo contrario.

Cuando alcé la vista pude ver que estábamos llegando a la ventana que había indicado Cass. El sitio era abordable, pero sería mejor esperar a que Cyrilo diese la señal.

*Off: Podéis usar a Cyrilo si deseáis o a cualquier otro para avanzar la historia. No os cortéis en añadir ni os sintáis incómodas por ello. No me vais a fastidiar nada. Yo ya veis que voy evolucionando la trama de los Boisson  ^^.
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Elen Calhoun el Sáb Jul 01 2017, 11:18

A pesar de la oscuridad reinante, que adquiría mayor intensidad en Sacrestic y las tierras del oeste, Elen pudo atisbar un conjunto de figuras sobre uno de los tejados cercanos, y de inmediato una sonrisa se esbozó en sus labios, unos que ahora dejaban entrever una peligrosa hilera de colmillos. Los cazadores estaban allí, tratando quizá de encontrar la forma de tomar el cuartel, algo que ella pensaba facilitarles, pero primero debía asegurarse de que no la viesen como un enemigo. Aprovechando que la atención de los demás vampiros estaba sobre el cuerpo de la muchacha, se llevó una mano al rostro e hizo un gesto en la dirección en que se encontraban las siluetas, llevándose un dedo a la boca en señal de que guardasen silencio.

Aquello pareció funcionar, ya que al poco se pusieron en marcha a través de los tejados, pero ¿habrían comprendido el mensaje? No estaba segura de ello, aunque sí de que uno de los integrantes los había abandonado para convertirse en una nube de humo y llegar hasta su lado. Sin duda se trataba de un vampiro, pero viniendo del bando de los cazadores solo podía ser una persona, el espía que Isabella había mencionado una vez delante de ella, Cyrilo. Los demás ni siquiera alzaron la cabeza ante su llegada, sumidos como estaban en un frenesí sangriento que pronto los dejaría a merced de la hechicera.

- Cyrilo, me alegro de verte. - comentó Elen, aún a riesgo de equivocarse de persona. - Lo mismo digo Baltazar. - respondió él, ligeramente extrañado. La de ojos verdes no tenía idea de cómo podía ser el individuo al que suplantaba, pero mientras no elevase la voz y el resto de chupasangres estuviesen entretenidos no tenía por qué preocuparse. Dando la espalda al cadáver de la joven y a cuantos de ella se alimentaban, la tensai abrió ligeramente el abrigo que había robado y mostró al espía sus ropajes y el medallón solar, esperando que dada su profesión, supiese a quién pertenecía la reliquia realmente. Fue entonces cuando el concentrado de Belladonea comenzó a correr por la sangre de los vampiros, envenenándolos y provocando que se apartasen del cuerpo. - Deberías entrar, yo tengo trabajo aquí. - añadió Elen, mirando por encima del hombro la escena mientras desenvainaba los cuchillos arrojadizos que su hermano había forjado para ella.

Sin decir nada más, la centinela se giró de forma repentina y avanzó a toda prisa hacia el grupo de chupasangres, valiéndose de su telequinesis para hacer levitar las ligeras armas y guiarlas a su destino. Todas y cada una de ellas acertaron en la garganta de uno de sus enemigos, impidiéndoles hacer cualquier ruido que alertase a otros miembros de la Hermandad que pudiesen estar en la zona o dentro del cuartel. Así se encargó de eliminar a seis de ellos, pero quedaban otros cuatro, que sin comprender lo que estaba pasando se llevaban las manos al cuello e intentaban sobrellevar las arcadas. Sus cuerpos estaban reaccionando al veneno intentando expulsarlo, pero fue en vano, la daga de la hechicera llegó primero para degollarlos. - ¿Qué… qué haces Baltazar? - consiguió articular uno de ellos casi en un murmullo inteligible, justo antes de que su verdugo lo sujetase por el cuello de la camisa. - Baltazar ya no está aquí. - susurró la bruja en respuesta, para acto seguido deslizar la ya manchada de sangre hoja y cortarle la garganta.

Elen continuó moviéndose a toda prisa hasta acabar con el último de los vampiros, momento en que recuperó sus armas y examinó los alrededores con detenimiento, en busca de un lugar en que poder ocultar los cuerpos para que no le causasen problemas. Una casa cercana tenía la puerta destrozada, seguramente porque la habían asaltado para sacar a sus habitantes, y teniendo en cuenta que en cualquier momento podrían aparecer más enemigos, se dijo que era su mejor opción. De inmediato tomó por los brazos al más cercano y tiró de él, agradeciendo que el cuerpo que suplantaba le diese algo más de fuerza, pues de otro modo no habría podido realizar su tarea. Cyrilo había sido testigo de su matanza, pero no esperó más para ver cómo se deshacía de las pruebas, volvió a convertirse en una nube de humo y se coló en el cuartel a través de una ventana abierta.

La confusión reinaba entre las víctimas de los vampiros, pero una vez pasado el shock inicial, aquellos que aún podían tenerse en pie huyeron a toda prisa, temiendo que volviesen a atraparlos. Algunos no tuvieron tanta suerte, sus heridas eran demasiado graves como para que saliesen con vida, ni siquiera llegarían a ver amanecer, pero se irían al otro lado con la satisfacción de haber visto el final de sus torturadores, al menos de la mayoría de ellos. El verdadero Baltazar había sido un sádico, un ser capaz de jugar con las esperanzas de sus víctimas hasta el último momento solo por la diversión de arrebatárselas cruelmente, pero de repente habían visto como se había vuelto contra los suyos, aunque no tuviese ningún sentido.

Sin detenerse, ya que no tenía tiempo para ello, Elen fue llevando los cuerpos uno a uno hasta la casa, apilándolos en una esquina de la misma y ayudándose de vez en cuando con su elemento para que no le resultase tan pesado. Era un trabajo tedioso pero necesario, en el que solo podía agradecer una cosa, que la mayoría de aquellos chupasangres fuesen unos delgaduchos. Lo malo era que por el momento no podía ayudar más, al menos no hasta que todos los cadáveres estuviesen fuera de la vista, pero alcanzó a atisbar nuevamente las siluetas cerca del cuartel, más concretamente en la zona por la cual el espía se había colado, así que no estaba sola, los cazadores harían el resto para despejar el edificio.

Desde donde estaban podrían verla claramente, y quizá con eso terminasen de considerar que a pesar de su apariencia no estaban frente a un enemigo sino a un aliado, luego tendría ocasión de explicarse, en cuanto hubiesen conseguido los refuerzos que seguían retenidos. Las almas del medallón seguían pidiendo más muerte, mostrando un deseo imposible de satisfacer, por mucho que lo intentase, podría acabar ella sola con toda la Hermandad y aun así no sería suficiente, siempre le pedirían más, y si no lograban que aquella oscura influencia dejase de dominarla quizá no volviese a ser ella misma nunca más. El odio y la ira les habían servido de alimento durante días, y no dudarían en valerse de ello para controlarla, recordándole la traición de Rachel que había costado la vida a Alister, el ataque de Belladona a su familia o todo lo que Mortagglia les había hecho pasar tanto a ella como a Huracán, ninguna de las tres saldría impune, no si ella se las encontraba.




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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Lun Jul 03 2017, 19:19

Junto a mi grupo, me reuní con los demás y les conté lo de la ventana. Todos estábamos de acuerdo en que era demasiado sencillo y lo más probable es que fuera una trama. ¿Quién dejaría una ventana abierta? O eran muy tontos o pensaban que nosotros lo íbamos a ser. Jules estaba un poco insoportable pero bueno, era su hermana quien estaba metida en la Hermandad, había que comprenderle, aunque me costase. No aportaba mucho así que decidí ignorarle y centrarme en los demás, los que sí tenían un plan mejor. Cyrilo, por ejemplo. Que después de que contásemos lo que habíamos visto, él mismo se convirtió en humo para avisarnos si el camino estaba libre o no.

Anastasia llamó mi atención para señalarme a un tipo extraño. Parecía un vampiro pero tenía algo raro. Su esencia no era la de un chupasangres cualquiera como había dicho Overholser. Pero también me daba igual que se lo cargase, ese hombre era extraño y cualquier cosa rara debía ser eliminada cuanto antes, sobre todo si nos podía echar el plan a la basura. Confiábamos en que Cyrilo hiciese su parte bien, no podíamos fallar nosotros.
Jules apartó el arma del tirador y expuso su plan en el que debíamos seguir con el sigilo. Ahí le di la razón, si se daban cuenta de nuestra presencia tan pronto estábamos jodidos. Teníamos que seguir el plan y estar atentos a la señal del vampiro para poder irrumpir en el cuartel. Para hacerles de guía me adelanté un poco. No me fiaba de las indicaciones de Milton y también quería estar un momento sola, sin aguantar a mi hermano o al pelmazo de Jules con sus tonterías. A la cabeza y con sumo cuidado empecé a guiarles hacia el callejón donde estaba la ventana.

Anastasia se colocó a mi altura y la miré durante un segundo hasta que empezó a hablar. - A mi padre se le ocurrió. Y yo tampoco estoy de acuerdo con que venga, pero estuvo insistiendo mucho. - Suspiré. Sabía que mi hermano era un inútil para el gremio y llevarlo era un completo lastre. No tenía puntería, no sabía ir con sigilo, no sabía disimular, engañar, ni siquiera sostener bien su arma. ¡Era un inútil! Y pensar que era un Harrowmont… Huracán hizo memoria de un episodio, para nosotras muy malo, pero un buen recuerdo a día de hoy. No pude evitar sonreír y negar con la cabeza. - ¡Cierto! Eras insoportable, Anastasia. Con dieciocho años y nuestro primer trabajo juntas. ¡Qué cabreo me pillé cuando supe que vendrías conmigo! - Musité resignada. Ahora sólo era un recuerdo divertido.
Habíamos pasado por muchas cosas juntas, aunque siempre habíamos visto todo de la manera negativa. Yo era muy reticente a trabajar con una Boisson y… Bueno, ahora estaba al lado de una. - Fue un mes muy duro. Demasiada convivencia con alguien como tú. Pero sobrevivimos. - Comenté a modo de broma. Hubo muchas discusiones, algunas partes fueron mal, pero conseguimos llevarla a cabo y terminar con los vampiros de los viñedos. - Y espero que esta sea igual. - Finalicé mirando a Anastasia durante unos segundos. Luego Indiqué con la mano que ese era el callejón a donde teníamos que ir.
Sí, Anastasia me caía fatal. Era una tocapelotas de cuidado, pero quería que esta misión fuese un recuerdo, después de muchos años, en el que poder decir, entre risas, que me tocó aguantarla. Que era una pesada o una sosa. Cualquier apelativo no cariñoso que indicase que la cosa había acabado tan bien como para poder bromear sobre ello. La misión de los viñedos había sido una mierda, pero hoy podíamos acordarnos de ella entre risas. Algo así quería con esta.

Esperamos a la señal de Cyrilo, que no tardó en llegar. Yo me quedé mirando un momento al tipo de la boina pero en cuanto el espía nos indicó, me acerqué a la ventana. Dejé pasar primero a Jules, luego iría mi hermano. No dejaría que Milton fuese el primero, demasiado poco sigilo para adentrarse en la base del enemigo. Seguí clavando la vista en ese tipo tan raro, pero al final decidí entrar. Si era un peligro, Overholser se encargaría de él. Sus tiros eran certeros así que no creo que gastase mucha munición en silenciar a ese tipejo si decidía estropear nuestro plan.

El lugar era oscuro y olía a humedad, a polvo… No sé cuánto tiempo había pasado cerrado, pero no me gustaba. Aunque tampoco esperaba encontrarme con un oasis. Gajes del oficio.
- ¡Qué asco! ¡He pisado…! - Exclamó mi hermano, pero antes de acabar la frase me abalancé sobre él para taparle la boca.
- ¿Eres tonto? ¡Calla! - Susurré cerca de su oído, apretándole la cara como si eso fuese a hacer que no volviera a hablar en su vida. Milton nos iba a joder la entrada si seguía dando voces. Miré lo que había pisado: sangre. Como era de esperar en un sitio infestado de vampiros. ¿Qué esperaba? La sangre era lo más normal que podíamos encontrar cuando íbamos a una misión y no era para gritar así. Ese tiempo que había estado vigilando que mi hermano no la liase era tiempo en el que podían haberme atacado, pues no podía defenderme ni cargar mi arco. Tenía que advertir a Milton que cerrase la boca si no quería que lo mataran. - No hables, joder.

Despacio me apoyé en la pared  y traté de hacer frente a la oscuridad pestañeando un par de veces. Sí, en el suelo había sangre, la notaba al pisar. - Bien, ¿y ahora? - Me dirigí a todos en general, mientras sacaba mi arco y colocaba una flecha, por si acaso…
Por suerte, no se habían percatado de nuestra presencia, aunque Milton hubiese estado a punto de liarla. Teníamos aún la ventaja del sigilo. El vampiro aliado se volvió a convertir en una nube negra y revisó todas las estancias de la primera planta: limpio. Para seguir con la incursión debíamos ir a la parte baja o subir a la segunda planta. Miré a los cazadores, a ver cuál era el siguiente plan a seguir.
Me adelanté con cautela para asomarme por el umbral de la puerta. Si la habitación donde estábamos era oscura y recibía luz de la ventana, el pasillo estaba sumido en una completa oscuridad. Volví a pasar la vista por mis compañeros. - ¿Bajamos o subimos?
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Huracán el Mar Jul 04 2017, 22:49


Revivir experiencias pasadas con Cassandra era cuanto menos extraño. Se podía decir que la odiaba. Siempre había abusado de mí desde que éramos niñas, pero con el paso de los años, se podía decir que le estaba cogiendo algo de cariño. Quién sabe. Quizás después de todo lo ocurrido y de vuelta en casa hasta la abrazara después de todo. No pude evitar sonreír cuando dio su particular versión del episodio de los viñedos. Estaba segura de que, probablemente, incluso pensase como yo, por mucho que ambas lo quisiésemos negar.

A pesar de la torpeza de Milton, conseguimos entrar por la ventana. Cyrilo estaba despejando bien la zona, y yo entré en último lugar, pensativa. Lo cierto es que no conseguí enganchar a demasiados. Apenas alcancé a disparar con mi ballesta pesada a un chupasangres que intentó sorprenderme por el lateral. El resto de los chicos estaban muy motivados y rápidamente despejaron la estancia.

-Bajamos. Arriba no escucho nada. – respondí con avidez a Cass, y es que sobre nosotros no se escuchaba prácticamente nada.

Una vez abajo, había más vampiros, a los que rápidamente despachamos con la ayuda de Cyrilo. No fallamos un tiro, incluso el inútil de Milton parecía hacer algo. Me asomé a despejar el patio y entonces pude ver al misterioso chupasangres de la boina, que parecía seguir allí. Solo que la puerta estaba abierta y le apunté por un instante, pero había algo en aquel tipo que me hacía confiar en él. Una magia, un aura, muy extraño. No parecía el de un vampiro. Y había un montón de cadáveres apilados a su lado. ¿Nos había ayudado? ¿Un rebelde contra la causa de Mortagglia? Cualquier ayuda aquella noche era bien recibida, por lo que le concedí el beneficio de la duda y mantuve la puerta abierta. – Vigílale. – Pedí a Overholser, para que no le perdiera un ojo de vista al tipo. Si quería entrar, era libre de hacerlo.

Continué rebuscando en las estancias. Pero allí no había nadie más. Ni rastro de guardias ni del capitán Cantérbury. Sin guardias, no podría haber asalto y los cazadores nunca ganaríamos la batalla. Estaba desquiciada y salí de una de las habitaciones a voces. Ojalá mis compañeros hayan encontrado a los guardias.

-Hemos limpiado todo el puto edificio. ¿Dónde coño están las tropas? – pregunté hastiada. Sin saber muy bien qué hacer. Buscando la respuesta en los ojos de mis compañeros, tan perdidos como yo. Sólo Cyrilo parecía tener la respuesta.
-En ningún sitio, Madame. No hay guardias. El Capitán Canterbury está muerto. Este edificio está protegido como farol. Mortagglia los ha matado a todos. Y a vosotros os ha engañado miserablemente. – sonrió Cyrilo, alejándose de nosotras, riendo.
-¡Cyrilo! Tú sabías esto. – me acerqué a él. Hecha una furia. - ¿¡Qué estás tramando!? – el chupasangres rió. ¡Nos había traicionado!
-Sí. Tristemente es cierto. Debo deciros algo. – comenzó. Yo estaba ya histérica. – No trabajo para Isabella. Ni siquiera para vuestro grupo. Todos estos años que he hecho de espía han sido una falacia. Todo es mentira. Nunca he trabajado para los cazadores. No directamente. Y vosotras sois las primeras en saberlo. – afirmó el chupasangres.
-¡¿Qué demonios estás diciendo, Cyrilo?! – clamé a voces. – ¡Trabajas para Mortagglia! ¡Apuntad a este puto traidor! – ordené rápidamente al grupo, al menos Overholser y Jules me obedecieron y apuntaron a aquel traidor.

Íbamos a acribillarlo allí mismo. Ese estúpido y sucio traidor no merecía la vida. Sabía que rescatar a la guardia era clave y no lo había dicho. Los cazadores nunca ganaríamos aquella batalla. Y no estábamos a tiempo de retirarnos. Los vampiros, por su superioridad numérica, nos acribillarían como moscas en cuanto supieran nuestra presencia. Pero aquel perro iba a pagarlo caro.

Le disparé una flecha con mi ballesta pesada directa a la cabeza, pero una nueva sombra surgió de la nada, tan rápida como el viento, para cortar la flecha en pleno vuelo a la mitad. ¡Nunca! Jamás. Nadie lo había hecho. Una velocidad endiablada en forma de estela negra. La nube se estabilizó lejos y de allí salió un hombre adulto. Sus rasgos eran los típicos de un vampiro. Serio, que fijó sus ojos en mi en primer lugar, hasta que Cyrilo tuvo el gusto de presentarnos.
Haytham:


-Os presento a Haytham. – sonrió. ¿Quién era aquel hombre? ¿Un trabajador de la Hermandad? – Un viejo… Conocido. – No me fiaba un pelo de él y le apunté.
-Bajad las armas, maestras cazadoras. – afirmó serio aquel misterioso e imponente hombre. Que por las arrugas que embriagaban un rostro tan apuesto, parecían andar cerca de la quinta década de la vida. – Si quisiera, ya estaríais muertas. – sentenció el chupasangres con una voz fría como el hielo. Dirigiéndose a nosotras en los mismos tenores que yo me solía dirigir a mis víctimas.
Eso habría que verlo. – desafié sin bajar un ápice mi arma. No me fiaba de aquel chupasangres. Pero su aspecto imponía demasiado. No respondió, me miraba desafiante sin abrir la boca. Verdaderamente aterraba aquel hombre. No parecía el prototipo de vampiro estúpido, y ya había hecho una exhibición de su prodigiosa habilidad. Pero aún así yo confiaba en mis recursos.
-Dejémosle hablar, chicas. – propuso Jules, algo nervioso.
-No me desafíes nunca, Anastasia. – contestó con rotunidad. ¿Sabía mi nombre? Bueno, si Cyrilo había trabajado para él, aquello no era de extrañar. – Tu gremio me da asco. Pero no tanto como la Dama Mortagglia y su séquito.
-¿Pretendes ayudarnos? – pregunté, bajando ligeramente el arma. Aquel tipo era serio, pero parecía sincero. A aquellas alturas ya no sabía de quién fiarme.
-No. – sentenció seco. – Vosotros me ayudaréis a mí. O no pasaréis de esta noche. – se hizo el silencio entonces, hasta que Jules volvió a decir uno de sus comentarios.
-Vaya. ¡Pero si es Huracán versión chupasangres! – bromeó el brujo, aunque la mirada sentenciante de Haytham rápidamente le hizo cambiar de idea.
-Mide tus palabras, brujo. – amenazó Haytham con su ronca voz, sin entonación. Acto seguido cambió su mirada imperturbable a los demás. – Yo soy todo el ejército que necesitáis. – dijo sin vacilar. Cruzándose de brazos y manteniendo una mirada seria. - Sólo necesito encontrar a una mujer: Rachel Roche.
-¡Mi hermana! – interrumpió Jules. Furioso, para todo el edificio. - ¿Qué pretendes hacerle? No permitiré que le toques un pelo. – protestó.
-Tu hermana, al igual que tú y todos los cazadores, me importáis una mierda. – ni un atisbo de sonrisa. Para unas expresiones muy conocidas. – Rachel tiene los planos de las distintas bases de la Hermandad, la catedral entre ellos, que es donde se encuentra afincada la Dama. Nadie la sacará de su guarida sin un plano de los cientos de trampas que esconde. – el hombre miró entonces a Cassandra y a mí. – Llamad a los cazadores. Daremos con Roche antes de que vuestros cazadores lleguen. Despejaré el camino.

Aquel comentario lo reveló todo. Por fin entendí por qué Cyrilo siempre estaba tan preocupado por enviar a Rachel a las islas. El tal Haytham era simplemente otro de los muchos enemigos de la Dama. De modo que Cyrilo había estado trabajando en secreto con él engañando a Isabella, revelándole información de ambos bandos. ¡Un espía al servicio de aquel chupasangres! ¿Cómo podíamos haber sido tan ilusos? ¿Y por qué el vampiro nunca había actuado por sí mismo, si tan poderoso era? Algo escondía. No sabía el qué. En cualquier caso, estando en la situación que estábamos no teníamos mucha alternativa. Parecía más confiable y serio que el resto, y sus ojos me recordaban a alguien, aunque no sabría decir dónde los había visto. ¿Qué otra alternativa tenía? Rachel era la clave y había que encontrarla. No sólo por él, sino también por Jules. Le había prometido ayudarle. Yo era una de las maestras cazadoras y debía tomar una decisión.

-Dad la señal. – ordené a cualquiera de los presentes con el fin. Jules fue el encargado de subir al tejado a dar la señal. Sin importarme la opinión de Cassandra, quien tal vez opinase distinto. La gran cacería iba a dar comienzo en muy poco tiempo.

Overholser les preguntó entonces por el otro misterioso miembro que desconocían. El que nos había ayudado a limpiar todo aquello y que por haber dejado la puerta abierta perfectamente podría haber escuchado la conversación. Tal vez tuviese algo que ver con el susodicho. - ¿El vampiro de la boina va con vosotros? – preguntó.

*Off: Siempre le doy a previsualizar antes de enviar un mensaje. Esta vez no lo he hecho porque el foro me va fatal. Si veis algún error de color no me acribilléis T_T
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Elen Calhoun el Jue Jul 06 2017, 09:51

Mientras los cazadores tomaban el cuartel, librándose de los vampiros que allí dentro quedaban, Elen continuó con su tarea de ocultar los cuerpos, segura de que la cosa mejoraría en cuanto tuviesen a los miembros de la guardia de su lado y que eso anularía la ventaja numérica de la Hermandad. Sin embargo, en cuanto la puerta principal quedó abierta pudo escuchar algo que no le gustó nada en absoluto, no que Huracán siguiese desconfiando de su persona y encargarse a Overholser el vigilarla, eso era comprensible, sino que todo había sido un engaño de Mortagglia, y aquel edificio un burdo farol para atraer al enemigo. Lo peor de todo era que Cyrilo lo sabía y al igual que Rachel, era un traidor, algo que a ojos de la tensai merecía un castigo.

Huracán ordenó entonces que apuntasen al vampiro para eliminarlo, el gatillo de una ballesta sonó y una flecha cortó el aire, pero no llegaría a su destino. Algo, o más bien alguien la detuvo, partiéndola por la mitad y demostrando con ello una velocidad sorprendente, digna de ser tenida en cuenta. Molesta con la situación, Elen terminó de esconder el último cadáver y avanzó hacia la puerta entreabierta, escuchando con suma atención la conversación que estaban manteniendo en el interior.

El recién llegado era un vampiro al cual presentaron como Haytham, aunque viniendo de un traidor poco le creería a aquellas alturas… El susodicho instó a las maestras cazadoras a bajar sus armas, asegurando que si hubiese querido matarlas ya lo habría hecho, pero Anastasia se resistió a hacerlo, no formaba parte de su carácter hacer caso al enemigo solo porque él lo decía. Como siempre, Jules intervino de manera algo más conciliadora que su compañera, proponiendo al grupo que dejasen hablar al extraño antes de tomar ninguna decisión precipitada, se encontraban en territorio hostil y no les vendría mal tener algo de ayuda, aunque esta viniese de la misma raza a la que combatían aquella noche.

Haytham tomó nuevamente la palabra para advertir a Huracán, tras lo cual expresó el asco que le provocaba su gremio, solo superado por el que le hacía sentir Mortagglia con su hermandad. Al parecer, aquel individuo quería la ayuda de los cazadores para deshacerse de la dama y sus muchos seguidores, eso les daba un objetivo común, pero podía ser todo una maldita trampa para guiarlos a donde quisieran. Visto lo visto no podían fiarse de nadie de fuera, menos aun cuando éste aseguraba ser todo el ejército que necesitaban para vencer al enemigo, ¿quién demonios se creía que era? Elen siguió avanzando hacia el edificio con cara de pocos amigos, que se intensificó al escuchar el nombre de la traidora que había matado a su compañero, Rachel Roche.

Jules saltó de inmediato al escuchar el nombre de su hermana, furioso y dejando de lado su carácter conciliador para dejar claro que no permitiría que le hiciese ningún daño, un problema con el que la de cabellos cenicientos tendría que lidiar más adelante. No tenía nada en contra del brujo… pero la traidora debía pagar por lo que había hecho, nadie la haría cambiar de opinión al respecto. Por desgracia aquello tendría que esperar, necesitaban los planos que poseía la bio cibernética para evitar las trampas de Mortagglia y llegar tanto hasta ella como a Belladonna, así que por mucho que le molestase, tendría que soportar su presencia durante un rato, luego llegaría la hora de ajustar cuentas.

Ante aquella inesperada ayuda, Huracán ordenó que se diese la señal al resto del gremio y Jules se puso a ello de inmediato, subiendo al tejado. El edificio era de momento seguro pero si la Dama lo había preparado para engañarlos existía la posibilidad de que tuviese a sus seguidores vigilando la zona, esperando el momento preciso para abalanzarse sobre el enemigo y tratar de hacerse con su nieta, a la cual guardaba un final diferente. Dar la señal desde allí resultaba arriesgado, pero si realmente Haytham era tan poderoso como decía no tendrían problemas, aunque la tensai no le creería hasta verlo en acción.

Una vez aclarado todo en el interior, Overholser preguntó a los presentes por ella, o más bien él, ya que seguía bajo la apariencia de Baltazar. - Yo no trabajo con traidores. - contestó desde la puerta, dirigiendo una fría mirada a Cyrilo. Sin perder tiempo entró al cuartel y se cruzó de brazos, ya no tenía sentido que siguiese ocultando su verdadera identidad bajo la máscara, sobre todo porque la había revelado a la peor persona posible de la sala, así que tras unos instantes de silencio, se llevó una mano al rostro y la retiró con lentitud, para de inmediato guardarla en su bolsa de cuero. Los rasgos del vampiro fueron rápidamente sustituidos por los suyos, la cenicienta melena quedó recogida bajo la boina y su cuerpo volvió a ser el mismo de siempre. - Bueno, parece que tenemos un plan. - comentó, al tiempo que se deshacía de las ropas que había robado a Baltazar y las tiraba a un rincón.

- ¿Por dónde empezamos a buscar? - preguntó, aunque tendría que hacer un gran esfuerzo para no atacar a Rachel en cuanto la viese. Las almas del medallón seguían clamando venganza y sangre, infectando su mente y manteniéndola con el semblante serio y una fría mirada que para los que la conocieran, dejaría claro que algo no iba bien.

La Dama se encontraba en la catedral y aquel sería su destino, pero primero necesitaban los planos para saber a qué atenerse no solo dentro, sino también en los alrededores del edificio. Sin duda habría trampas y vampiros por todas partes para complicarles el camino, pero éstos últimos solo servirían de divertimento a la hechicera, que aún recordaba lo bien que se había sentido al destrozar a todos los que pudo en la sede de la Hermandad. Elen se estaba perdiendo a sí misma por momentos, pero no había forma de que saliese ella sola de aquel estado, la maligna influencia que pesaba sobre ella era demasiado intensa.




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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Mar Jul 11 2017, 00:10

Era rarísimo tener una conversación normal con Huracán, sin que ella me insultase llamándome pija o algo así, y sin que yo hiciera alguna referencia a su cara o a su mala leche. Y, ¿teníamos que esperar a estar en este lugar para llevarnos medianamente bien? Parecía ser que sí. Sin esta tensión que recorría nuestro cuerpo éramos incapaces de hablarnos bien, sin recurrir a alguna “bromita” a herir.

Empezamos a cumplir nuestro cometido, revisando las habitaciones y acabando con cada chupasangres que nos encontrábamos. Después, bajamos. También había vampiros por  ahí pero no duraron un suspiro. Sólo el sonido de las flechas atravesando el aire era lo único que se podía oír, estaba sospechosamente en silencio. ¿Y los otros? Saqué mis flechas del cuerpo de esas sanguijuelas a quienes había aniquilado y de pronto me giré al escuchar las voces de mi compañera, sobresaltada. Sacudí la última y me dirigí a donde se encontraba, aunque al pasar por una de las estancias pude ver al ser ese de la boina. Le contemplé durante un segundo y seguí. -¡Shhh! ¡No grites! –Le dije con mala leche. Si se suponía que teníamos que ser sigilosos no sé qué hacía Anastasia pegando voces. - Oye, ¿quién es…? - Iba a preguntar por el de la boina pero Cyrilo me interrumpió, respondiendo a Huracán.
Cualquiera diría que iba a contestar con algo referente a nuestro grupo táctico, algún tipo de ayuda como había hecho antes. No… Eso.

Milton se acercó junto a nosotras mientras él también podía escuchar lo que estaba saliendo de la boca del vampiro. Mortagglia había acabado con todos. No había cazadores, ni siquiera el capitán Canterbury. ¿Nadie? Instintivamente miré para todos lados como si con ese gesto pudiera hacer que todos los cazadores volviesen. Seguido de eso se volvió a escuchar la voz de Cyrilo diciendo que no trabajaba para nosotros. Esas palabras me dejaron más helada que las anteriores. No pude decir nada, notaba la rabia ir desde mi pecho hasta cualquier parte de mi cuerpo. Tenía ganas de correr y asestarle un puñetazo. Quería destrozarle la cara a ese sucio traidor. ¡Merecía la muerte! Creo que todos nos quedamos en shock en ese momento. Sólo Huracán pudo tomar aire para indicarnos que apuntásemos hacia él. Sin miramientos, lo hice. Después de todo, él ya no tenía derecho a que fuéramos benevolentes. No después de semejante traición.
Sentía odio. Me sentía disgustada, engañada… Si ya de por sí no me gustaba que un chupasangres estuviera en el gremio, menos aún que nos estuviera traicionando. Pensé que rendía cuentas con Isabella, pero ni eso. A ella también la había mentido. Yo también apunté, junto al resto de los que estábamos allí. - Valiente cerdo traidor…

La primera en disparar fue Anastasia, aunque su flecha fue interceptada y partida por una neblina que rápidamente recobró su forma “humana”. Miré con seriedad al hombre que salía de entre las sombras. No, no era humano. Bajé ligeramente el arma, atónita ante lo que acababa de presenciar. No me había dado tiempo a disparar cuando vi el virote partido en dos en el suelo.
En cuanto recobré el sentido volví a alzar mi arco metálico, apretándolo con fuerza, pero en ese momento el hombre habló, ordenándonos que las bajásemos. Al igual que mi compañera, tampoco bajé mi arma. Seguía mirándolo con rabia, pero sobre todo a Cyrilo era a quien dirigía mi odio.

La conversación entre ese vampiro, llamado Haytham, y Anastasia fue muy tensa, casi se podía cortar con un cuchillo. No me parecía acertada la bravuconería de Huracán, pues había visto cómo cortaba su saeta de un solo movimiento y la hacía dos cachos. Si hacía eso con la flecha a saber qué podía hacer con nosotras, y más con esa falta de efectivos.

Pero también entendía el odio de la cazadora. Sentía lo mismo. Todavía tenía ganas de arrancarle la cabeza a Cyrilo y más, al nuevo chupasangres. Sólo Jules pareció querer quitar un poco de hierro al asunto, al menos, hasta que nombraron a su hermana. Rachel consiguió sacar el nerviosismo del brujo, que ahora también estaba alterado. Teníamos que encontrarla. Y esa pareja de sanguijuelas también la quería, pues tenía planos de dónde se podía esconder Mortagglia.
Suspiré, bajando el arma, por fin. Solté la cuerda, dejando caer la flecha, que se clavó contra el suelo, en el medio de ambos. Era una sutil amenaza disfrazada en soltar la munición para no fastidiar la cuerda del arco. Aún tenía mucha rabia dentro.
Di unos pasos, mirándolos con gesto desafiante, pero aún así estaba callada. Recogí la flecha y seguí a Anastasia, quien estaba ordenando dar la señal. Quise rebatir que ayudase a esas criaturas de la noche, pero ni lo intenté. ¿Qué nos convenía más? O ayudábamos o estábamos jodidos. Era eso o nada. Por mucho que me tocase la moral colaborar con esos seres, no nos quedaba otro remedio. No podía reprochar a Huracán el hacer lo que mejor nos convenía.

En ese momento fue cuando me fijé realmente en el hombre de la boina. Ya le había visto hacía pocos minutos, y antes de entrar en el edificio. Pero estaba tan tensa que no me había fijado en detalle. Aunque esta vez me sorprendió mucho más, cuando se transformó en Elen. Bueno, realmente, volvía a su cuerpo original. Ya iba yo a recriminar que más chupasangres se unieran a nuestra batida… ¡Pero no! ¡Al fin una alegría! Aunque también una sorpresa, pues había conocido a la bruja, pero no sabía que se fuera a unir a nuestra lucha. Otro efectivo más. No podíamos desaprovechar a nadie.

- Pues… No sé. ¿Dónde puede estar esta muchacha? - Pregunté al aire. Se hizo el silencio. Claro, si supiéramos su paradero rápido iríamos a por ella. - En el campamento Jules dijo que Rachel se había ido con Mortagglia. - Suspiré con cierto abatimiento. Si estaba con ella, ¿cómo íbamos a coger los planos que necesitábamos para dar con la misma? Sí, vale, estaba en la catedral según había dicho ese vampiro pero… ¿Sólo la catedral? ¡Ja! Fijo que había algo más ahí, no iba a ser tan fácil.
- Te han dicho que en la catedral. - Apuntó Milton como si hubiese descubierto el fuego. Preferí no decir nada y esperar una respuesta más inteligente por parte del resto. Faltaba que llegasen los demás.

- Cuando vengan los cazadores, ¿qué? ¿Cómo podemos encontrar a Rachel? Y, ¿querrá venir con nosotros? - A pesar de que sabía que la biocibernética pecaba de inocente y bonachona, no podíamos olvidar que había dejado a su hermano herido mientras ella se iba con la Dama. Eso no se me podía borrar de la mente, y mucho menos ahora que miraba a Cyrilo con asco. ¿Cuántas traiciones más teníamos que vivir?
Incapaz de quedarme ahí quieta con esos chupasangres, empecé a avanzar. - Mirad, no sé dónde podemos encontrar a Rachel. ¿Jules, tienes alguna idea? - Giré la cabeza mirando al brujo. - Es que no quiero quedarme aquí, en medio de Sacrestic Ville, ofreciéndome en bandeja de plata a esos hijos de puta. - En esta ocasión miré a Cyrilo y volví a encaminarme hacia la catedral. Sabía que no sería fácil, pero tenía que moverme de ahí, los nervios me estaban dando náuseas, incluso. Quería hacer algo ya. No quedarme quieta mientras la Hermandad se reía de nosotros.
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Huracán el Sáb Jul 15 2017, 16:24

¿Quién era aquel vampiro invitado para hablar de traidores? ¿Acaso él no lo era? Había despachado prácticamente a todos los de fuera. Y sí, Cyrilo puede que no fuese un enemigo, pero tampoco un amigo como siempre nos había hecho creer. Un sucio traidor al servicio del susodicho Haytham.

Pero el vampiro de la boina no era un vampiro, sino… - ¡Elen! – exclamé con sorpresa cuando la vi. Pero no parecía ella misma, se la veía mucho más fría, manteniendo una mirada mucho más asesina y menos humana que de costumbre. Qué extraño. ¿Tendría el medallón algún tipo de influencia sobre ella? La noté tan rara que no tardé en decírselo. - ¿Estás bien? Te noto algo… extraña. – le pregunté a mi amiga, concluyendo que todos los cadáveres apelotonados de fuera del cuartel eran “obra” suya. Estaba mostrando una cara, quizás, más desatada de lo que acostumbraba.

Ese estado podía ser contraproducente. Y de ello me di cuenta una vez Jules bajó al piso después de haber dado la señal del fuego. Su cara al verla fue un poema. Él había vivido la primera parte de la historia, y había visto de lejos como su hermana remató a Alister. La postura de la bruja era entendible, pero el brujo no sabía hasta qué punto era bueno llevar a la actual Elen junto a Rachel. Y lo cierto es que yo, tampoco.

Las palabras de Cass acerca de que Rachel se había ido con Mortagglia tampoco ayudaban. ¡Maldita bocazas! Incluso cuando no quieres liarla, le di un disimulado codazo para que cerrara el pico y no sacara aún más de quicio a Elen. Pero Cass no cerraba el pico y seguía hablando de Rachel.

-Ojalá supiera donde está. – le respondió Jules a su pregunta.
-Seguramente la persuadamos de venir con nosotros, Cass. – le dije a la heredera de la fortuna de los Harrowmont sobre la biocibernética. Luego miré a Elen, se percibía la tensión en el ambiente. Me conocía la historia y si era verdad lo que había hecho la cibernética, entendía su postura, pero no podía permitir que atacara a la hermana de Jules. – Elen, si campos a por Rachel me gustaría que te controlases un poco, ¿Podrás hacerlo? – le pregunté sin demasiada confianza en que me hiciera caso, pero como líder del grupo era mi labor limar las asperezas entre los miembros.
-Callaos. – Ordenó Haytham. Y me miró a mí. –Seguidme. Yo despejaré la calle. – afirmó, y salió corriendo del cuartel.

Sus uñas se convirtieron en afiladas garras y se transformó, al igual que Mortagglia, en una bandada de murciélagos con los que trituraba a cada enemigo a su paso. Se materializaba delante de sus enemigos a los que cortaba en dos, desparramando sus sesos y su sangre o los atravesaba. Los vampiros comenzaron a salir de todos los sitios, de dentro de los edificios y de los tejados, pero no eran rival para él. Ni tampoco para mí ni para Jules ni Overholser, que combatíamos a los chupasangres a golpe de ballesta, pero desde luego no éramos tan efectivos como Haytham. El resto del grupo sólo podíamos soñar con aquella sincronía de movimientos agresivos y físicos con los que deshacía de sus enemigos. Y es que pocos vampiros había visto más habilidosos que el propio Haytham.

Los cazadores no tardaron en corresponder la señal de Jules y aparecer en las calles para darnos apoyo, pero la mayor parte de la atención la acaparaba nuestro grupo, que era el que mayores bajas producía. - ¡Yo os cubro desde la distancia! – afirmó Overholser, subiendo a un edificio que acababa de ser despejado entre Cyrilo y Haytham.

Y es que el vampiro lucía unos poderes sospechosamente parecidos a los de la Dama. – Huelo su sangre. Del mismo olor que la del brujo. – dijo en un descanso mirando con desprecio a Jules. – Está en una casa al fondo de este callejón. – miré al fondo del callejón. Era bastante estrecho y necesitábamos que alguien nos cubriera la espalda. A sabiendas de que Elen seguramente no querría y que Jules tampoco, la única persona de la que me fiaba a plena confianza era de Cass.
-Cassandra, Milton, vigilad el callejón. Ahora venimos. – les pedí a los hermanos, mientras me apresuraba al interior del hogar junto con el resto del grupo, a buscar a Haytham.

________________________________
Rachel sentía cosas fuera del hogar. Gritos. Y estaba muy nerviosa por ello. ¿Ruidos? ¿Qué era aquello? Parecía que había empezado el combate.

-Por favor, Alister, ¿puedes aguantar un poco más? – le pedía la tímida morena biocibernética, curándole algunas heridas del pecho aún con agua oxigenada. – Si sales, madame Boisson o la Dama vendrán a por mí por desobedecerlas. – y es que ambas mandaron a Rachel tirar a Alister al río, aunque lo que en realidad hizo la biocibernética fue llevárselo a una pequeña casa en aquel callejón para tratar sus heridas con el mejor cariño y cuidado posible, pero al estar la ciudad tan vigilada, era contraproducente para ambos escapar. Ahora que el caos se había desatado era más factible.

Cuando Haytham y el resto entramos por la puerta como una tempestad, la de pelo y el dragón se sorprendieron por completo. Pero el objetivo del vampiro fue la pequeña cibernética, a la que estampó contra la pared con todas sus fuerzas de vampiro, como si Rachel pesara lo que una pluma, agarrándola por el cuello con fiereza.
-¡Hija de puta traidora! – bramó. - Las trampas de Mortagglia. ¿Dónde están? – preguntó el vampiro perdiendo el control sobre sí mismo. Yo, siempre fiel a Jules, puse mi ballesta pesada a la altura de la sien de aquella repugnante criatura. Y mi compañero hizo lo mismo. ¿Cómo osaba?
-¿De qué vas, capullo? - Jules casi se lo come con la ballesta.
-¡Suéltala, Haytham! – amenacé al vampiro. Este gesto no pareció gustar nada al vampiro, que rápidamente desapareció para lanzarnos a Jules y a mí contra la pared contraria.
-¡No vuelvas a apuntarme, Anastasia! ¡No te atrevas a volver a hacerlo! – amenazó.
-Tranquilízate, Haytham, por los dioses. - clamó Cyrilo pidiéndole calma a su poco temperamental compañero. – Rachel nos dirá donde se encuentran las trampas. – dijo mirando a una asustada Rachel, todavía acongojada y pegada contra la pared, muy nerviosa.
___________________________
Por su parte, Belladonna lideraba un escuadrón de varios vampiros de élite y a base de hechizos de magia oscura iba aniquilando a todos los cazadores que le salían al paso, desviando todos los ataques que le emitían. - ¡CRUCIATUS! – conjuraba sobre cazadores mientras sus vampiros iban despachando parte del grupo. Sus maldiciones eran, si cabía, dolorosas, pues unas hacían que los vasos sanguíneos de su enemigo se rompieran por completo, provocándole un desangro interior, otras dañaban severamente órganos y otras partían huesos. Belladonna siempre asesinaba a sus víctimas causándoles dolor, porque aquella era su verdadera naturaleza.

Tenía pocas cosas en común conmigo, pero si algo compartía, era su odio hacia los Harrowmont en general, por ello cuando los vio defenderse. - ¡Ay, por favor! Míralos solitos… qué dulces corderitos. – dijo con su chillona voz desde lo alto de un tejado.

Se materializó entonces en humo negro y corrió hacia ambos, a los que trató de envolver y alejar del resto de cazadores para tratar de enfrentarse a ellos en soledad. Ni siquiera sabían lo que se les había venido encima cuando aterrizaron en el suelo y vieron, en un oscuro callejón sin salida, los ropajes negros y la sonrisa psicótica de Belladonna Boisson. El lugar estaba cercano, pero

-¡Hola, guapos! ¡Cuánto habéis crecido! Jiji. – saludó con la mano en su varita y una sonrisa, despelurciada por todos los ataques y movimientos que llevaba realizando. Miró a Cass - ¡Eras tan chiquitita la última vez que te vi en persona! Jijiji. Estaba yo embarazada de Anastasia, así que imagínate. ¡Ni te acordarás ya de mí! Aunque nos vimos a través del cuadro, ¿Recuerdas? - aquella era su parte agradable. No se oía nada más que lejanos gritos en callejones laterales. Bella guardaba la única salida del lugar. Se llevó la mano a la cabeza, intentando recordar. – Tú te llamabas… Te llamabas… - entrecerró los ojos. - ¡Cassandra! ¡Cassandra Harrowmont! Y tú eras… - miró al hermano, aunque a este no lo conocía. Y que no le saliera el nombre la frustró. – ¡Bagh! Nosequé Harrowmont. Si el nombre es lo de menos. – vaciló, ya comenzando a cambiar su humor. – Lo que importa es el apellido. Y vuestro apellido, sin ningún animo de ofender... - en realidad, sí que era con ese ánimo. -...me da mucho, mucho asco.– su cara había cambiado, aunque seguía haciendo caras y posturas raras. – Esperad, esperad, ¿He oído antes a uno de tus besaculos decir “Maestra Harrowmont”? – hizo una pausa. - ¿En serio? ¿Maestra cazadora Harrowmont? ¡Puaj! ¡Suena repugnante! – se mojó los labios. - ¡ME DA ASCO VUESTRA FAMILIA DE PIJOS CREÍDOS DE MIERDA! Y que tú seas… ¿una maestra cazadora? – se llevó los dedos a la mano. – ¿En serio lo has permitido, Isabella? No… No me lo creo… - musitó y guardó silencio. Y alzó su varita al cielo desquiciada. – ¿CÓMO PUDISTE, ISABELLA? - chilló con todas sus fuerzas. Y, hecha una furia, fijó su mirada en Cass y Milton. - ¡VOY A ANIQUILAROS, SUCIOS HARROWMONT! ¡Lo que alguien de mi familia debería haber hecho hace siglos! – su varita comenzó a teñirse de un intenso color verde. - ¡CATIENIS MORTIS! – lanzó un potente hechizo contra ambos.
*Cass me dio permiso para darle sorpresitas, así que aquí las tienes ^^, si quieres usar a Bella para lo que consideres adelante ^^. Sus hechizos no tienen nada especial así que puedes darle el efecto que te venga en gana ^^
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Elen Calhoun el Mar Jul 18 2017, 11:23

Las reacciones a su transformación fueron bien dispares, Cassandra, la maestra cazadora con que había coincidido trabajado una noche en el lago aceptó de inmediato su presencia y comenzó a hablar de Rachel y su posible ubicación, con una tranquilidad que dejaba claro su desconocimiento acerca del último y problemático encuentro entre la bruja y la bio. Huracán por su parte parecía sorprendida y ligeramente preocupada, de los presentes era quien más la conocía y eso podía explicar que se percatase de que algo no iba bien dentro de ella, pero la tensai no iba a perder el tiempo poniéndola al día ni relevándole nada. No, tenían un objetivo y ese era encontrar a Rachel, lo demás era secundario de momento.

La cara de Jules era otro tema, casi parecía haber visto un fantasma, ¿habría contado a su compañera lo ocurrido durante el ataque a la base de la Hermandad? Probablemente sí, a fin de cuentas habían pasado varios días desde entonces y ya que quería mantener a salvo a la traidora, lo más lógico era que hubiese puesto sobre aviso a la cazadora para que de ser necesario, interviniese entre ambas. Elen guardó silencio e ignoró las palabras de su amiga, agradeciendo que Haytham la mandase a callar y se pusiera en marcha, así no tenía que mentirle, porque sí, se controlaría cuando tuviese en frente a la bio cibernética, pero solo hasta que ésta dejase de ser útil para la misión, luego correría la misma suerte que cualquier miembro de la Hermandad.

Sin pronunciar palabra, la benjamina de los Calhoun siguió al vampiro al exterior y observó cómo se transformaba en una bandada de murciélagos que barría todo a su paso, imagen que le resultó agradable por la violenta forma que tenía de acabar con sus enemigos. La calle volvía a teñirse de rojo carmesí gracias a su bestialidad, mientras los cazadores le daban apoyo con sus armas y la de ojos verdes hacía lo propio a base de descargas y de utilizar su telequinesis para guiar los cuchillos arrojadizos que su hermano le había forjado. No tuvo ocasión de divertirse con ninguna de sus víctimas, ni de matarlas como hubiese querido, pero aquellos chupasangres no valían la pena, pronto podría desquitarse con Belladonna y Rachel, sus verdaderas enemigas.

Mortagglia quedaba fuera de la lista ya que probablemente terminaría viéndose las caras con su nieta o con Isabella, eso si Haytham no decidía adelantárseles claro. El vampiro siguió avanzando sin descanso hasta percibir un olor que captó por completo su atención, el inconfundible aroma de la sangre, pero no una cualquiera sino la que le interesaba encontrar, aquella que compartían los hermanos Roche. Ya sabían exactamente dónde encontrar a la bio cibernética, que no debía ser todo acero y cables al final, algo de su pasado como humana le quedaba. - Mátala. - pidieron las almas del medallón, pero aún no podía hacerlo, no hasta que tuviesen los planos de las trampas que les esperaban en torno a la catedral.

Consciente de que no iba a quedarse allí fuera esperando, Huracán indicó a Cassandra y a otro muchacho que la acompañaba, uno en que ni siquiera se había fijado hasta el momento, que vigilasen el callejón, mientras los demás irrumpían en la casa señalada por Haytham. No solo sorprendieron a Rachel sino también a Alister, que de alguna forma seguía vivo… pero ¿cómo? Elen lo observó con cierta sorpresa y sin entender lo que tenía delante, había visto a la traidora atravesando su campo de energía para llegar a él y rematarlo, no solo eso, la había visto tomar el cuerpo para lanzarlo al río por orden de Mortagglia, entonces… ¿cómo demonios había llegado hasta allí?

Haytham arremetió sin miramientos contra Rachel, provocando que tanto Jules como Huracán reaccionasen para tomar el control de la situación, pero no tenían nada que hacer frente a un ser como aquel, que de un segundo a otro desapareció para lanzarlos contra una de las paredes de la habitación. Cyrilo quiso intervenir para calmar un poco los ánimos, pero la de cabellos cenicientos quería explicaciones, y las quería ya. Aprovechando el momento, Elen avanzó hacia Rachel, que seguía con la espalda pegada a la pared y le puso una mano en el cuello, liberando una descarga de intensidad media, lo justo para que se le soltase la lengua. - Explícame esto, ¡ahora! - exigió, con los ojos clavados en el rostro de la morena.

- ¡Elen no! ¡Para! - fueron las palabras del dragón, que a pesar de seguir herido se levantó para ir hacia su compañera y tomarla por la muñeca, en un intento por conseguir que soltase a la joven Roche. La descarga se detuvo en seco, pero no consiguió que liberase el cuello de su enemiga. - Esta traidora te mató, yo vi como lo hacía. - la acusó, mientras las malignas almas del medallón hacían sus mejores esfuerzos para conseguir que se cobrase la vida de Rachel allí mismo. - Todo fue una farsa, herido como estaba era la única forma de sacarme de allí con vida. - explicó el alado, aumentando la presión en torno a la muñeca de la hechicera para separarla de su objetivo antes de que las cosas se pusieran peor.

Jules podría reaccionar mal en cualquier momento y Huracán seguramente estaría de su lado, así que debía alejar a la tensai y conseguir que le prestase atención, ya que seguía bajo el oscuro influjo del medallón. Aquella maldita reliquia la estaba convirtiendo en algo que no era, sacando un lado cruel y sanguinario que no era propio de la centinela, tenía que encontrar el modo de devolverla a la normalidad. - Ven conmigo Elen, necesito tu ayuda. - pidió, logrando que la bruja desviase momentáneamente su vista hacia él, lo justo para ver que la herida de su pecho seguía sin cerrar. Durante unos segundos se produjo una lucha interna en la mente de la tensai, pero finalmente liberó a la morena y se centró en curar a su compañero, algo que no haría en aquella estancia sino en la contigua.

De ese modo Alister esperaba tener ocasión de hablar con ella sin que su interés por acabar con Rachel le nublase los pensamientos, aunque parecía una tarea difícil. La centinela no dijo nada, se limitó a sacar algunos frascos y vendas de su bolsa de cuero y a tratar debidamente las heridas del dragón, que gracias al efecto combinado de las diferentes plantas y remedios aplicados empezó a cicatrizar rápidamente, aunque con algo de escozor. - Elen mírame, tú no eres así, el medallón te está cambiando. - musitó, intentando que aquella conversación quedase en privado. - Tonterías. - respondió ella, sin levantar la vista. - No puedes atacar a Rachel. - insistió, preocupado por el bienestar de la joven. - Es una traidora y será castigada como tal. - le replicó Elen, cruzando con él una fría mirada cargada de oscuridad.

- Cometió un error, Mortagglia la estaba manipulando. - intentó excusarla, pero aquel detalle poco iba a importar a la bruja, tenía que apelar a algo más fuerte. Fue entonces cuando recordó la huella que Tarivius había dejado en ella justo antes de morir, y teniendo en cuenta lo mucho que aquel hechicero y su sacrificio la habían marcado, decidió intentarlo por ahí. Sin perder tiempo, el dragón sujetó a la joven por el brazo y le quitó uno de los guantes, para acto seguido tirar de la manga de su camisa y dejar a la vista el árbol de la vida que había quedado grabado en el interior de su muñeca a modo de despedida. - ¿Crees que esto era lo que él quería para ti? ¿que sucumbieses a la oscuridad y te volvieses como Amaterasu, una sádica y deshumanizada asesina? - inquirió, sin dejar de sujetarla con fuerza a pesar de que la tensai se revolvía para liberarse. - ¿Has olvidado su sacrificio? - prosiguió, levantando el brazo para que la marca quedase frente a los verdes ojos de la centinela.

Justo en ese momento, su mirada recorrió la figura y un aluvión de imágenes inundó su mente, trasladándola al pasado. Pudo ver al anciano mientras le abría la puerta de su casa, cómo le explicaba todo lo referente a los fragmentos del dolor de Kinvar y le daba esperanzas, su lucha con Ravnik, el dragón de humo al que por sí misma no pudo vencer, la aparición del brujo que acudió en su ayuda y como resultado de ello terminó herido de muerte, su voz mientras atravesaba los portales y ascendía a la cima de isla lunar, su último encuentro antes de convertirse en centinela del sur y finalmente… las llamas… consumiendo el cuerpo de su predecesor, aquel que había dado la vida para brindarle una oportunidad. Tarivius era luz en medio de la oscuridad, y su recuerdo fue lo suficientemente fuerte como para anular el control que las almas del medallón ejercían sobre ella, devolviéndola a la normalidad.

Alister lo notó de inmediato en su expresión y en su mirada, la Elen que conocía había vuelto, pero tendría que vigilarla para asegurarse de que no volviese a ocurrir lo mismo durante la batalla contra la Hermandad. Una irritante voz proveniente del exterior se cargó el emotivo momento, Belladonna estaba cerca y a juzgar por sus palabras, la había tomado con los Harrowmont. - Tenemos una ciudad que limpiar. - dijo la tensai, esbozando una leve sonrisa a su compañero en agradecimiento por lo que acababa de hacer. Alister terminó de vestirse sobre los vendajes y la acompañó hasta la estancia en que se encontraban los demás, observando el cambio que se había producido en la joven, que ya no parecía interesada en Rachel.




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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Mar Jul 25 2017, 21:44

No estaba demasiado segura de que pudiéramos encontrar a Rachel. Era demasiado… Débil. No físicamente, pues su armadura y su fuerza nos habían sacado de muchos aprietos, pero sí que era fácil de convencer y si se había ido con Mortagglia no tenía mucha esperanza de que volviera. Si se había ido por miedo, hasta que no acabásemos con la vampiresa no conseguiríamos que regresara. Y luego estaba Elen, que tampoco quería tener demasiado cerca a la biocibernética. Vamos, que si ya era difícil luchar contra un enemigo común, también teníamos que intentar rebajar nuestras rencillas. Era eso o estábamos muertos. Esperaba que al encontrarse no hubiese mucho problema entre Elen y Rachel. Bastante teníamos ya nosotros con el vampiro ese que había aparecido y el traidor de Cyrilo de “nuestro bando”. La verdad es que no me fiaba demasiado de que estuvieran con nosotros y que después de acabar con la Dama no nos atacasen a nosotros.

Salimos del edificio siguiendo al vampiro, pero Anastasia nos dijo a mi hermano y a mí que vigilásemos el callejón hasta que volvieran ellos. - De acuerdo.

El resto de cazadores estaba viniendo así que tendríamos apoyo suficiente para  luchar contra los chupasangres que se presentasen. O eso creía. Una voz chirriante se escuchaba con eco por entre los callejones cercanos a donde nos encontrábamos y era inconfundible. A pesar de los esfuerzos de muchos del gremio por detener su avance, no conseguían nada más que ser torturados. Le di un toque a mi hermano en el hombro para que se preparase para luchar. - Estad atentos. - Ordené a todos los cazadores que tenía cerca para ponerles en aviso. La que venía era Belladona, la madre de Anastasia. La misma que había secuestrado a mi madre aquella vez. Me llenaba de rabia con solo oírla.

Sobre un tejado apareció y rápidamente comenzamos los ataques, pero de nada sirvieron cuando se desmaterializó y nos separó a mi hermano y a mí de los demás. - ¿¡Qué haces, loca!? - Grité de forma acusatoria cuando nos vi a ambos solos en el callejón y a ella custodiando la salida. Ni caso me hizo, empezó a hablar sola y a insultar mientras hacía cosas extrañas. No había fallado en eso de llamarla loca, porque no estaba muy bien de la cabeza.

El haz verde de su hechizo fue directo hacia nosotros e, instintivamente, pegué una patada al suelo para levantar un muro de tierra. Fue todo tan rápido que no me dio tiempo a hacer otro más consistente y lo destrozó con su hechizo, aunque por suerte no nos dio, se desvaneció al chocar contra la tierra. Cargué el arco y disparé hacia ella. - ¡Hija de puta! - Milton hizo lo mismo, también la tenía en baja estima.

- Jijiji, pobres e inocentes niños. - Se desmaterializó de nuevo y las flechas pasaron por donde se suponía que estaba su cuerpo un instante atrás. Eso sí, su risa se seguía oyendo aunque su cuerpo no estaba. - ¡¿De verdad… os creéis… - se volvió a materializar justo a nuestra espalda y apenas nos dio tiempo a girarnos antes de recibir su ataque. - que vuestras flechas me harán algo?! ¡¡ALARTE ASCENDERE!! - El haz de luz roja salió de la varita de Belladona e impactó contra mi hermano. Su cuerpo salió disparado hacia arriba varios metros y cayó, chocando contra el suelo de piedra. Las risas de la bruja no pudieron tapar el estruendoso sonido de su cuerpo al caer. En ese momento me vi incapaz de hacer nada, estaba estupefacta al ver lo que acababa de pasar. - ¡Ohhh! ¡Mira, parece un muñequito! - Sonrió con falsa ternura.

Me arrodillé ante mi hermano para tratar de llamar su atención, aunque sólo la postura en la que estaba su cuerpo no presagiaba nada bueno. - ¡Milton! ¡Milton, dime algo!
- ¡CULPA VUESTRA! Los Harrowmont sois todos unos maleducados. - Había pasado del tono de falsa ternura, a acusatorio y después a otro más “normal”. Mientras hablaba balanceaba la varita entre sus dedos, como si fuera una conversación muy casual. - Mira que atacarme a mí… - Chasqueó la lengua negando con la cabeza. - Y mi hermana os permite estar en el gremio… - Siguió cavilando lo que había dicho antes sobre mi título de maestra.

Yo no estaba prestando atención a esa bruja, trataba de hacer algo con mi hermano, aunque no era capaz de tocarle y tenía las manos en el aire sin saber qué hacer con ellas. Quería sacarlo de allí cuanto antes. - ¡ELLA ESTÁ LOCA!  - Gritó de nuevo a su hermana. - ¡Meh! No sufras, así está más guapo, jijiji. - Hizo un gesto de desprecio hacia mi hermano mientras continuaba riéndose. ¿Tan gracioso le parecía? - Es un Harrowmont… ¡Y SIN NOMBRE! Se lo merece. - Sonrió ampliamente con una cara muy extraña. -¡Hay que aplastaros… COMO A LAS CUCHARACHAS! - Extendió los brazos como si lo que había dicho fuera algo evidente. - Y tú eres la siguiente, “maestra cazadora Harrowmont”… ¡Ahggg! ¡Me da asco pronunciar eso! - La miré cuando dijo esas palabras, ya estaba apuntándome con su varita y dispuesta a lanzar el hechizo siguiente. Me concentré en invocar mi elemento por lo que pudiera pasar, aunque sabía que con mi hermano así y ella tan cerca poco podía hacer. Pero no iba a dejárselo tan fácil.

De pronto, se detuvo y comenzó a mirar para todos lados. - Oh, ahí vienen… - Susurró y volvió a sonreír ampliamente. - Me encantará aniquilaros a todos. - Su cara parecía la de una niña con ilusión por un nuevo juguete. - Pero no ahora. ¡YA NOS VEREMOS, CAZADORES! - Volvió a desmaterializarse y convertirse en humo, dejando como único rastro el eco de su estruendosa risa.

Volví a mirar a mi hermano, aún de rodillas frente a él. La forma en la que su cuerpo estaba tendido era totalmente antinatural, sabía que se había partido más de un hueso, como mínimo. Debajo de su cuerpo y, sobre todo, de su cabeza, había un charco de sangre y no sabía qué podía hacer para que dejase de brotar. No quería moverle por si empeoraba todo, pero… La sangre. Estaba muy nerviosa y todo había sido demasiado rápido como para esperármelo. Miré a todos lados con cierta desesperación, buscando cualquier cosa que pudiera usar para sacar a mi hermano de allí o, al menos, para detener la hemorragia. ¡Ni siquiera sabía de dónde le salía la sangre! Posiblemente de la cabeza, pero no lo sabía con certeza. - Vamos, Milton, di algo, joder. ¡No tenías que haber venido! - Empezó a caer arenilla de uno de los tejados de la casa más cercana que teníamos, y después un par de tejas chocaron contra el suelo. No me fijé en eso, pero varias cajas que teníamos cerca eran la evidencia de que el suelo empezaba a temblar, aunque apenas podía percibirse.

Me invadía la rabia al ver lo rápido que había sido todo y ahora mi hermano no se movía. No habíamos podido defendernos. Una parte de mí pensaba que no podríamos contra Mortagglia y Belladona, pero la parte dominante de mi cerebro, controlada por la ira, quería ir a donde estuvieran para arrancarle la cabeza a esa bruja.



off: subrayo la habilidad racial del control de la tierra
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Huracán el Lun Jul 31 2017, 13:07

Ya intuía que encontrarnos con Rachel no iba a ser buena idea. Especialmente para mí, que tendría que actuar como árbitro o mediadora de todas las tensiones acumuladas en torno a la figura de la biocibernética. El vampiro no era alguien especialmente cuidadoso y aquello empezaba a molestarme bastante. Por fortuna, Cyrilo apareció para achicar el agua que ya comenzaba a desbordar mi paciencia.

Después fue Elen la que se encaró con la morena, a la que agarró por el cuello y amenazó con transmitirle electricidad. - ¡No! ¡Espera, Elen! – le grité volviendo a levantarme para ir hacia ella. - Viendo la actitud de la bruja pronto temí tener que realizar una intervención como la del hogar de Vladimir. Pero por fortuna fue Alister quien esta vez se la llevó para intentar calmarla. Aquello demostró que Rachel no lo había asesinado a sangre fría como originalmente habíamos creído, sino que lo había salvado y cuidado realizando un pequeño simulacro. Jules rápidamente se fue hacia su hermana, a la que cogió por la cabeza.

-¡Pequeña mía! ¿Estás bien? Estate tranquila, no estás en peligro.– le preguntó a la cibernética, que se abrazó a su hermano poco a poco. -
-Gra… Gracias, Jules. – luego la cibernética me miró a mí y se acercó tímidamente. Yo estaba bastante inquieta. – Maestra Boisson, la Dama Mortagglia se encuentra atrincherada en la catedral. Hay gran cantidad de vampiros y trampas, pero os guiaré hasta ella. – aseveró y yo asentí conforme. Luego se acercó a Elen, que hablaba con Alister - Lo... lo lamento, bruja Elen. Sólo quería ayudarle. Sé que no se me da bien, pero no vi otra solución para ayudar a Alister. Perdóneme. Perdóneme, por favor. - estaba muy entristecida por ello, era habitual ver aquel tipo de inocentes disculpas en Rachel, a pesar de que luego siempre terminaba volviendo a equivocarse por su terrible falta de conciencia y sobre todo, confianza en sí misma.
Vayamos fue… - pero al perder mi vista comencé a ver unos destellos de luz rojiza muy próximos que me eran familiares. – ¡Belladonna! – Habíamos dejado a Cassandra y Milton fuera. Por lo que rápidamente abandoné la estancia para socorrer a la otra maestra cazadora y su hermano. Había una valla que pude saltar con mis poderes de viento para atajar.

Todo cuanto alcancé a ver al alzar el cuello fue una estela de humo y una risa malévola que embriagó toda la ciudad. Pero estaba perdiéndose. Luego vi a Milton en el suelo en una postura de todo menos normal, inconsciente y en un charco de sangre y a su hermana mejor

-¡Cass! ¡Cass! – comenté fatigada, llegando hasta ella. - ¿Estás bien? – pregunté preocupada. Cuando vi el deplorable estado de su hermano y a la mayor de los Harrowmont desesperada pronto pude ver la gravedad del asunto. Belladonna lo había dejado para el arrastre. – Oh. Joder. Tenemos que sacarlo de aquí. – Estaba inconsciente. Ni qué decir, yo lo veía más bien muerto. Teníamos que sacarlo de ahí antes de que le ocurriera algo más grave. – Elen, ¿puedes hacer algo por él? – le pregunté a mi amiga, de quien eran de sobra conocidas sus habilidades alquímicas y remedios. Si bien en el estado actual del pequeño de los Harrowmont.
-Yo sacaré al chico. – se ofreció Cyrilo, quien, por ser vampiro, parecía ser el único que podía cargar con él junto con Haytham. Miraba la escena decepcionado, de brazos cruzados. – Vosotros id a por Mortagglia.

Podía sentir la rabia de Cass. Su hermano estaba muy mermado. Y yo me sentía terriblemente culpable por verle en aquel estado. A fin de cuentas, había sido mi propia madre la que le había hecho eso. Se podía ver la angustia en mi mirada, mientras alguno de los presentes trataba de hacer algo por Milton. Siempre fue un gilipollas, pero lo último que esperaba era ver muerto a alguien a quien había. Tal vez tuviera salvación, pero desde luego no en aquel callejón. Había que sacarlo de allí. Me acerqué a su hermana, desesperada y aparentemente con una terrible pérdida de confianza.

-Cassandra. – la tomé por ambos brazos y la miré a los ojos, con seriedad. – Permanece tranquila. Acabaremos con Mortagglia, y también con Belladonna. – le comenté. – Las dos vamos a salir vivas hoy. – aseguré con confianza. - Y después mandaré que te pongan un escritorio en el despacho del Palacio de los Vientos. – bromeé para tratar de aliviarla y la tomé por el mentón y alcé un poco su cabeza para volver a mirarla. Quizás había ido demasiado lejos al decir que la aceptaba a mi lado como Maestra Cazadora. De eso hablaríamos más tarde, pero tenía que motivarla. – Pero ni se te ocurra plantearte cambiar el color de las cortinas. Ese tono de negro me encanta. – y sonreí esperando una réplica de mi histórica rival escolar para animarla.

Pero poco después, apareció Haytham. De nuevo, para cagarla.

-Claro que no tenía que haber venido. - comentó Haytham al comentario de Cass. - Ni tú tampoco. Eres muy débil, Harrowmont. Una caricatura de maestra cazadora.– contestó Haytham con desprecio. – Saca a tu hermano de aquí y huye. Le harás un favor a él y a ti misma. – y se iba a acercar demasiado a Cassandra.

Desde que había llegado. Aquel tipo no había hecho más que molestar y enfurecer al personal. Estábamos todos tensos y, por muy útil que fuera su ayuda, que eso estaba por ver, no estaba dispuesta a bajarme los pantalones ante nadie, y menos ante un chupasangres. Que me hubiese empujado antes podía tolerarlo, pero que se metiera con Rachel o ahora con Cassandra… por ahí ya no pasaba. Yo era la única que podía insultar y meterse con Cassandra Harrowmont, así había sido toda la vida. Y como uno de los líderes, tenía que mostrar capacidad de liderazgo y decisión.

-¡Ash balla ná! – grité, emitiendo una fuerte corriente de aire que apenas le hizo trastabillar, interponiéndome entre ella. – Me has hartado, chupasangres. – chupasangres [/color]- Haytham me miró tranquilo, riéndose. Yo le apunté con la ballesta pesada. – Ríete otra vez y te empalo, hijo de puta.
-Mide tus palabras, necia. – rechistó. – Te he advertido de que nunca volvieras a apuntarme ni a amenazarme. – me miró amenazante, mojándose los labios. – Y tú también eres una vergüenza de maestra cazadora. Entre las dos no formáis una. – opinó. – Estás nerviosa. Tu corazón late rápido. Puedo verlo, como puedo ver todas vuestras redes sanguíneas teñidas en el intenso color rojo de vuestra sangre. – permanecía sereno. - ¿Quieres evitar acabar como hace treinta años? ¿Contigo misma y todos tus seres queridos muertos? – preguntó, alzando las cejas. – Yo soy tu única vía de escape. Así que trátame con respeto, bruja.
-No. – reprendió Jules. – Yo también lo soy. – el brujo se había sumado a apuntarle, le miré una mirada de confianza y una sonrisa. – Mira tío, haznos un favor, piérdete y acaba con Mortagglia si te apetece y no nos des más por culo, ¿quieres? – Haytham rió.
-Claro que sí… Ya tengo justo lo que necesito. – el vampiro volcó su mirada en Rachel, lo que hizo que, ya harta, le disparara, pero con su velocidad asombrosa la esquivó, tomó a la hermana de Jules, que dio un chillido y salió convertido en una bandada de murciélagos. Rumbo a la catedral, donde se había ido Bellaonna.
-¡No! ¡Rachel! – gritó Jules. - ¡Maldito hijo de puta! – tiró su arma al suelo frustrado. De nuevo se le había escapado su hermana.
-Tenemos que ir a la catedral. Ahora. – comenté. - ¿Milton está bien? – pregunté a Elen, tal vez ella podría haberlo atendido. Si Cyrilo se lo llevaba, el grupo se vería ahora considerablemente reducido.
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Elen Calhoun el Jue Ago 03 2017, 10:31

A su vuelta a la sala, Rachel se disculpó por lo ocurrido en la base de la Hermandad, asegurando que la falsa muerte de Alister fue la única manera que se le ocurrió de ayudarlo. Ciertamente ambos se encontraban en una situación complicada y a fin de cuentas había funcionado, sería mejor no darle más vueltas al asunto. Sin decir palabra, ya que a pesar de haber salvado la vida a su compañero no olvidaba que los había traicionado anteriormente y que podía volver a suceder, la hechicera centró su atención en las palabras de Huracán, que también reconoció la molesta presencia de Belladonna y salió de inmediato para dar apoyo a los cazadores que se habían quedado fuera del edificio.

Tenían mucho que hacer, y empezar por quitar de en medio a aquella lunática parecía una idea tan buena como cualquier otra, así que sin dudarlo, la de cabellos cenicientos corrió tras su amiga, seguida de cerca de Alister, que ya se sentía mucho mejor. Por desgracia solo llegaron a tiempo de ver como la bruja se marchaba convertida en una nube de humo, dejando tras de sí al pequeño de los Harrowmont tirado en el suelo, con el cuerpo en una extraña posición que no dejaba lugar a dudas, había caído desde una altura considerable y debía tener más de un hueso roto. Cassandra se encontraba a su lado sin saber qué hacer, dudando entre moverlo o no hacerlo, pero el charco de sangre que se había formado debajo de su cuerpo dejaba claro que debían hacer algo antes de que muriese por perder demasiada.

La benjamina de los Calhoun no era médico, lo cual la limitaría a la hora de atender al herido, pero sí que podía detener el sangrado, algo que les daría tiempo hasta que pudiesen obtener más ayuda. - Haré lo que pueda. - respondió a su amiga, mientras se arrodillaba junto al chico y procedía a darle la vuelta con cuidado para examinar mejor de donde salía la sangre. Cyrilo se ofreció a sacar a Milton de allí para que el resto del grupo pudiese seguir con la misión y acabar con Mortagglia, pero teniendo en cuenta que era un vampiro y además traidor, la tensai ignoró su comentario y se puso a rebuscar en su bolsa hasta dar con un par de pociones. Lo primero que hizo fue humedecer unas vendas para limpiarle el rostro, parcialmente manchado con el rojo líquido que escapaba por su sien izquierda, luego destapó un brebaje hecho a partir de Inhibis, Barrimorth y rosa sangrante.

Ya que Milton no estaba en condiciones de poder beberse la poción no le quedó más remedio que verterla en la herida y esperar a que comenzara a hacer efecto, algo que no tardó en suceder. Mientras Huracán trataba de animar a la otra cazadora y Haytham intervenía para añadir tensión a la situación, la sangre lentamente dejó de brotar de la sien del muchacho, aunque sus huesos tendría que tratarlos un médico de verdad y pronto, o de lo contrario podría sufrir hemorragias internas contra las que ella no podría hacer nada.

Harta ya de los comentarios del vampiro, Anastasia arremetió contra él pero sin apenas éxito, solo consiguió que Haytham se irritase y la tomase con ella, asegurando que tanto ella como Cassandra eran una vergüenza para su gremio. Jules no aguantó sus estúpidas palabras, y la verdad es que con ese carácter no iba a ganarse a ningún miembro del grupo, pero cuando el brujo intervino, Haytham volvió su mirada hacia Rachel y haciendo uso de su gran velocidad, esquivó la flecha que Huracán le lanzaba y se llevó a la bio cibernética a la fuerza, convirtiéndose en una bandada de murciélagos que inmediatamente pusieron rumbo a la catedral, donde se suponía que estaba atrincherada Mortagglia.

El pobre de Jules no pudo hacer nada salvo mirar como una vez más, su hermana se alejaba de él, maldijo a voz en grito y tiró su arma al suelo con evidente frustración, mientras Huracán los instaba a salir hacia la catedral sin perder tiempo y se interesaba por el estado de Milton. - Su cabeza ya no sangra pero estoy segura de que tiene varios huesos rotos, necesita un médico y rápido. Ojalá pudiese hacer más por él. - respondió, consciente de que sus habilidades como alquimista estaban claramente limitadas a la hora de sanar. Eran útiles sin duda, pero unas simples hierbas no podían recolocar huesos y hacerlos sanar, solo aliviar el dolor y acelerar el proceso de curación en el herido. - Tenemos que sacarlo de aquí, éste no es un lugar seguro. - añadió instantes después, desviando la vista hacia Cyrilo sin saber si su ofrecimiento seguía en pie.

Quizá el vampiro pudiese llevar a Milton junto al resto de cazadores, y con suerte se les habría ocurrido traer a un sanador con ellos, sino tendría que aguantar hasta que todo el conflicto hubiese pasado, y eso no sería nada bueno para el muchacho. Elen se levantó y les dejó algo de espacio para que tanto Cassandra como Huracán pudiesen decidir qué hacer al respecto y si podían confiar en el vampiro, mientras ella centraba su atención en la dirección que había tomado Haytham. Con Rachel en su poder tendría la ventaja en el terreno, eso siempre y cuando la bio cibernética se decidiese a colaborar, cosa a la que se podía negar después de la forma en que la había raptado.

Sin embargo, y teniendo en cuenta lo fácil que era de manipular, lo más probable era que el vampiro consiguiese la información que quería, pero ¿luego qué? ¿dejaría en paz a Rachel o la eliminaría para que los cazadores no pudiesen seguirle? Se suponía que eran aliados con un objetivo en común pero lo de trabajar en equipo no había funcionado, así que podían esperar cualquier cosa. - Si no nos damos prisa perderemos la pista de Rachel. - comentó, haciéndose a la idea de que si esto ocurría tendrían que enfrentarse a todo tipo de trampas de la Hermandad.




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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Vie Ago 04 2017, 12:46

Ver el cuerpo de Milton ahí tirado, como si fuera un muñeco de trapo, fue un golpe muy fuerte para mí. Mis ganas de venganza aumentaban a cada segundo, estaba llena de rabia y quería acabar con Belladona de la forma más violenta posible. Quería que sufriera. No merecía una muerte rápida, sino una lenta y dolorosa. Iba a hacer que de verdad se acordara del apellido Harrowmont esa hija de puta.

El grupo que había entrado en el edificio vino corriendo hacia mí, aunque no me di cuenta hasta que Anastasia me agarró de los brazos. Giré la cabeza un segundo y vi que Elen y Cyrilo estaban al lado de Milton, pero no sabía qué hacían. Ella no me importaba, pero no quería que Cyrilo estuviera cerca, nos había traicionado. Y no sabía si de verdad iba a ser de ayuda o iba joder más la situación. Volteé para mirar a Anastasia y vi en su cara que también estaba nerviosa, angustiada… Normal. No estábamos para festejar nada en esos momentos. No era capaz de decirle nada, aunque veía el esfuerzo que estaba haciendo por animarme. Cuando me tomó de la barbilla sonreí levemente y asentí. - Esas sí que no van a salir vivas de aquí. - Afirmé con decisión. - Y sobre las cortinas ya hablaremos. - Continué su broma con mi media sonrisilla. Vale, no era una situación para estar con coñas pero el esfuerzo que estaba haciendo por tratar de animarme se lo tenía que tener en cuenta. Viniendo de Anastasia Boisson, era mucho más que si venía de cualquier otra persona. Siempre habíamos estado peleando, discutiendo, jodiéndonos mutuamente desde que éramos pequeñas, pero también sabíamos colaborar, a pesar de nuestras disputas. Y ese gesto que estaba teniendo conmigo era algo inusual y que le agradecía muchísimo. Bastante mal estaban las cosas ahora.

Pero el vampiro que nos acompañaba venía dispuesto a tocar las narices y empezó a meterse conmigo y a acercarse. Torcí el gesto, dedicándole una mirada de puro odio, y cuando iba a contestar Anastasia se entrometió. Otro buen gesto por parte de mi compañera, tan insoportable en situaciones cotidianas y tan leal en estos momentos. Sin pensarlo saqué mi arco y también apunté a Haytham, a la vez que Jules.
- Tú deberías respetarnos, imbécil. - Estaba muy enfadada con ese tipejo. Encima de chupasangres, tocapelotas. Ese idiota se había pasado y nos estaba faltando al respeto. ¿Qué éramos débiles? Qué se había pensado este… Si fuéramos débiles no estaríamos ahí. No era quién para decirnos nada y, sinceramente, estaba ahí para molestar, no tenía razón en sus palabras.

Jules le encaró, pero acabó llevándose a Rachel. ¡Otro problema más! ¿Para qué la quería? Traté de dispararle pero fue inútil, se había convertido en una bandada de murciélagos y el virote acabó en un barril para no fastidiar la cuerda del arco. Resoplé enfadada y pateé el mismo barril. Ese tipo había estado fastidiando y encima se había llevado a Rachel, mi hermano estaba muy jodido y no habíamos conseguido más que perder gente útil para nuestro grupo. Tomé la ballesta del suelo y se la tendía Jules, quien la había tirado a causa de la frustración. Yo no podía hacer mucho por ayudarle, pero en esos momentos sí comprendía lo que sentía con su hermana. La ventaja es que Rachel aún estaba bien, y si nos dábamos prisa conseguiríamos rescatarla, espero, ilesa.

Anastasia dijo de ir a la catedral pero yo me acerqué a Elen y a Cyrilo, escuchando lo que decía la bruja. - Gracias. - Respondí algo seca, porque en ese momento había vuelto a ver a mi hermano en plan muñeco de trapo. - Has hecho mucho. - Ojalá hubiera podido hacer más pero no existían los milagros y Elen había cortado la hemorragia de su cabeza. Cualquier cosa era mejor que verlo allí tendido… Bueno, no, cualquier cosa no.
Cyrilo se había ofrecido a sacarlo de allí, pero tenía otros planes para él. - Yo puedo sacarlo de aquí. Pero está muy mal. - Bajó la vista hacia Milton y luego volvió a mirarnos a todos. - Si empeorase hay una opción para sacarlo con vida.

Tardé unos segundos en darme cuenta de lo que proponía y por poco no me abalancé contra él para reventarle la cabeza contra el suelo por semejante propuesta. En su cara se podía ver lo que pretendía: Si Milton no salía de ese estado lo iba a transformar en un chupasangre. Miré a todos durante un instante y luego me dirigí a Cyrilo al escuchar su voz.
- Es la única opción.
- ¡No! - Repetí varias veces esa palabra, avanzando hacia él de forma amenazante. - ¡No es la única! ¡En el gremio tenemos buenos doctores! ¡Ellos se encargarán!
- ¿Y si no llegamos a tiempo?
- ¡Llegaremos!
- El tiempo corre en su contra. Su pulso cada vez es más débil y ha perdido mucha sangre.
- ¡Que no! ¡No tocarás a mi hermano, sanguijuela traidora! ¡¡No vas a convertirlo en un chupasangres!! - Miré a Milton, seguía tendido en el suelo con un aspecto deplorable. Quería que se salvara pero, ¿convertido en vampiro? No podía imaginarlo siendo una sanguijuela como nuestras presas. ¡Es que no! Y realmente no sabía qué hacer. Volví a mirar a todos esperando una respuesta, o algo de apoyo.
- Aún así lo sacaré de aquí. Es muy peligroso para él. - Cyrilo miró a los demás y, con cuidado, cargó a mi hermano. Yo me quedé mirándolo con mala cara, esperando que no hiciera nada o su cabeza acabaría empalada. Cuando los vi marcharse se me encogió el corazón al pensar en lo que había pasado. Milton estaba muy jodido y no nos había dado tiempo siquiera a enfrentar a Belladona. No sabía qué iba a pasar con él y no podía imaginarme la cara de mis padres cuando vieran lo sucedido. Mordí mi labio, dando la espalda a todos, mirando aun por donde se habían ido Cyrilo y mi hermano. Teníamos algo que hacer…

No había tiempo para estar pensando en eso, debíamos actuar. Cuanto antes nos quitásemos de en medio a Belladona y a Mortlaggia, antes podría enterarme del estado de salud de mi hermano. Suspiré y me giré hacia ellos. - Venga, tenemos que hacer una buena limpieza. - Mi voz sonaba triste, sombría, pero decidida a la vez. No iba a dejarme caer por nada. No en esta misión tan importante que teníamos.

Por muy duro que fuera la situación, sabía dónde nos habíamos metido y que las cosas no iban a ser fáciles. Siempre nos jugábamos la vida, en cada una de nuestras salidas. Esta vez le había tocado a Milton e iba a vengarme. Nadie jugaba así con nosotros. Estaba nerviosa, angustiada, asustada, pero todo eso lo iba a convertir en más rabia para vengarme de la Hermandad. Si querían joder habían dado con el gremio equivocado, e íbamos a demostrar que Anastasia y yo éramos maestras por algo.
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Huracán el Dom Ago 06 2017, 22:24

Elen trató de curar a Milton lo mejor que pudo, pero mi amiga era alquimista, no médico. Todo cuanto podía hacer se limitaba a suministrar pociones y antídotos para paliar el dolor. El fallo pareció llenar aún más de angustia a Cass, que no parecía ver capaz de sacar a su hermano de allí con vida.

Cyrilo planteó la única manera que veía factible para que Milton sobreviviera: Una conversión a vampiro. Algo que Cassandra evidentemente se mostraba reticente. Tenía que ser durísimo saber que la única manera de salvar a un ser querido era convirtiéndolo en aquello que te dedicabas a cazar. Muchas miradas se perdieron en mí como si yo tuviese poder de decisión en aquel dilema. – Es una cuestión que atañe a su familia. Pero decidáis lo que decidáis hacedlo rápido. – miré el cuerpo del joven. Estaba inconsciente y él no iba a tener capacidad de decisión. Como tampoco iba a durar demasiado en ese estado.

Pero Cassandra era una joven fuerte. Me estaba sorprendiendo gratamente. No veía rastro de aquella niñata quejica que odiaba mancharse las manos. Bueno, en realidad seguía odiándolo, pero al menos ahora lo hacía. Lejos de remorderse y marchar con su hermano, mostró una lección de entereza y positivismo al querer seguir adelante y ser la primera en entregar la ballesta al abatido Jules, al que por enésima vez se había vuelto a ver despojado de su hermana.

Cyrilo terminó llevándose a Milton. Estábamos perdiendo un valioso tiempo mientras el resto de cazadores se desgañitaban por darnos tiempo. No podíamos fallar a toda esa gente. Elen también instó por movernos y seguir la pista a Rachel. Parecía claro dónde iba a ir Haytham.

-¡La catedral! – Jules señaló la enorme estructura que destacaba sobre las demás. Teníamos que dirigirnos hacia allí.
-Andando. Vamos. – insté al grupo, siendo la primera en avanzar.

Overholser nos cubría las espaldas desde las azoteas. Disparando a los vampiros más alejados con su impoluta precisión de francotirador. Yo me abrí camino entre los vampiros a base de golpes de viento y tiros de ballesta. Su número se estaba viendo reducido drásticamente por el buen hacer de los cazadores y parte de la guardia o resistencia local de la ciudad, que se había decidido sumar al combate.

La catedral cada vez estaba más cerca.

__________________

Haytham arrastró a Rachel convertido en un amasijo de murciélagos y la hizo llegar hasta la catedral, entrando siniestramente por un lateral. La colocó detrás de uno de los enormes pilares de la estructura en forma de cruz y volvió a convertirse en su forma humana.

-Dime la ubicación de las trampas. Ahora. – ordenó el vampiro, mostrando sus colmillos y en una actitud furiosa con la inocente biocibernética, que no sabía qué hacer o donde esconderse. Mostrándose titubeante y muerta de miedo. - ¡Que me lo digas! – insistió pasando a tomarla por los hombros y zarandearla. Evitando gritar para no llamar la atención.

Entonces, la estela de humo de Belladonna entró por la puerta principal abierta de la colosal catedral de Sacrestic Ville. Reía como una desquiciada incluso cuando se materializó en forma humana. Comenzando a taconear desacompasadamente sobre la roca Siendo lo único que se escuahaba. Se había divertido mucho jugando con Milton y Cassandra. – Te has librado por un pelo, “maestrilla” cazadora Harrowmont. – se decía a sí misma. Lamentándose de no haber podido haber hecho lo mismo con Cassandra que hizo con su hermano.
-¡Bella! – susurró Haytham, abriendo los ojos sorprendido cuando vio a la mujer entrar, escondido tras la enorme columna. – Espera aquí. – ordenó a Rachel, a lo que la cibernética, con ojos llorosos, asintió con la cabeza.

Belladonna caminaba por el centro del pasillo de la nave central. El vampiro volvió a adoptar su forma de murciélagos y pasó por delante de la bruja. Que rápidamente se puso en alerta y sacó su varita.

-¡¿QUIÉN ANDA AHÍ?! – gritó, sin dejar de mirar a todos los sitios.

Detrás de una columna, opuesta a la de Rachel, salió andando y con las manos en alto el vampiro Haytham. Toda la furia que quería desgastar en Mortagglia no la había empleado con Belladonna. Poniéndose totalmente a su merced. Rachel asomó su cabeza disimuladamente por una de las esquinas para no perder de vista nada de lo sucedido.

-Belladonna. – inquirió con tristeza Haytham. - ¿Me… Me recuerdas? – preguntó ilusionado.

La bruja entrecerró los ojos sin dejar de apuntarle con la varita. Evitando lanzar uno de sus hechizos destructivos ante el indefenso vampiro antes de emitir un juicio. Su mirada loca cambió totalmente a una sorpresiva y, quizás, melancólica mirada cuando reconoció al malencarado chupasangres.

-Hay… - titubeó. – Haytham. ¿Estás…? – no guardó su varita. - ¿Estás vivo? – la alocada bruja corrió hacia él. - ¡ESTÁS VIVO! – gritó y, cuando percibió su condición, no dudo en hacerla notar. - ¿Eres… eres un vampiro?
-Sí. – afirmó. – Desde hace muchos años.

Rachel permanecía atenta escuchando la conversación. Cuando sintió una figura justo delante suya, que la hizo mirar, asustada. Casi delatando su posición. Miró a la encapuchada y rápidamente la reconoció. -¿Maestra Is…? – preguntó la biocibernética. La mujer, encapuchada y con una ballesta a su espalda, puso el dedo índice en su boca – Chsss. – tranquilizó a Rachel. La todavía maestra cazadora se asomó tras la columna sin perderse nada de la situación.

Bella corrió a los brazos de Haytham, fundiéndose en un largo abrazo. Ella había envejecido, pero él se había mantenido igual por su condición y ahora tenían una edad parecida. Para ella, él era tal y como lo recordaba. El mismo frío gesto, el mismo gusto apasionado por el negro.

-Te quiero, Bella. – dijo él. – He estado tantos años esperando el momento de reencontrarme contigo. Buscando una oportunidad para acercarme a ti lejos de la influencia de tu madre. – el vampiro se enfureció al recordar el nombre y gruñó. – Me vengaré por lo que nos hizo. La mataré y te sacaré de aquí. – comentó. – Viviremos la eternidad. Juntos. Tú y yo. Sin nadie que nos moleste. – le prometió. Los ojos de Belladonna brillaban pero, cuando dijo esto, se alejó de él.
-¿Mi madre? ¡No, Haytham! Te equivocas. – le preguntó. Isabella prestó especial atención a este detalle. El resto de detalles de la historia los conocía. Sabía quién era Haytham a la perfección. – ¡Ella intentó salvarte! Pero se supone que Isabella te había dado muerte en un combate. – parece que el vampiro era el único que conseguía calmar el desquiciado aire de la bruja. - ¡ESA ZORRA ENVIDIOSA DE ISABELLA! – blasfemó para toda la catedral. – Un año después vino, se enfrentó a mí, y me arrebató a mi hija… - Belladonna comenzó a llorar. – … A nuestra hija.

Haytham no se podía creer lo que estaba escuchando. ¿Combate mortal contra Isabella? Se emocionó al escuchar aquella sarta de mentiras. Especialmente al escuchar lo de su hija, Anastasia. Sabía que la cazadora jamás lo consideraría un padre. No pretendía serlo, tampoco. Pues no pudo saber más de ella desde que su hija tenía apenas un año de edad. ¿Las razones? Estaba dispuestas a revelarlas allí mismo.

-Mortagglia te ha estado mintiendo todo este tiempo. – replicó el vampiro. – Escúchame, Bella. Lo que pasó exactamente fue… - y en ese momento al tratar de acercarse a su amada, pisó una baldosa con una trampa que lo elevó hacia el techo, cayendo un enorme tronco contra su cabeza y dejándolo inconsciente.
-¡HAYTHAM! – gritó ella, al ver que su amado había pisado una de las trampas que su madre había colocado para la catedral.

Un nuevo taconeo lento volvió a proceder de la parte más profunda de la catedral. Y la figura de la Dama Mortagglia comenzó a aparecer desde las sombras. Altiva y erguida, como de costumbre. La matriarca de la familia Boisson y líder de la Hermandad apareció enfundada en su habitual y elegante vestido.

-Patético. – dijo viendo el cuerpo inconsciente del vampiro. – Es un impostor, hija mía. Sabes que los vampiros podemos adoptar otras apariencias. Degollaré  a este cerdo como lo que es. No es más que un sucio traidor al servicio de los cazadores. – clamó la madre con absoluto desprecio hacia el cuerpo. Sacando una daga. Dispuesta a rajar el cuello del vampiro.
-¡No lo es! – Isabella apareció de detrás de la columna, con sus manos envueltas en electricidad, para emitir una fuerte ráfaga eléctrica sobre el puñal de su madre, impidiendo que acabara con la vida del vampiro. - ¡Basta de mentiras, madre! ¡Yo nunca combatí contra Haytham! ¡Cuéntale la verdad! ¡Que tú le mataste y lo condenaste a su condición actual! – pidió. Mortagglia se cruzó de brazos y alzó una ceja. – Bella, por favor, escúchame sólo un minuto. – buscó de manera conciliadora la mirada de su hermana.

Belladonna enfureció cuando vio aparecer a su hermana en escena. Ella era la culpable de todo. La había encerrado de pequeña. Había matado a su marido. Le había arrebatado a su hija. Su razón de existencia era, principalmente, matar a su hermana, y recuperar a su hija. A sabiendas de la que la segunda opción era la más difícil. La primera. Dos hermanas volvían a reencontrarse veinte años después.

Mortagglia, con toda la tranquilidad del mundo, volvió a recoger su puñal caído. Mientras dirigía unas palabras contra su hija. – ¿Crees que montando el numerito con un seguidor conseguirás cambiar años de acciones deplorables contra tu hermana y contra mí, hija mía? – le preguntó.
-¡TRAIDORA! ¡ASESINA! – repitió Belladonna. Volviendo a sacar su varita.
-¡No! ¡Mientes! – ella quería hablar con su hermana pequeña. - Bella, por favor, escúchame. – le clamó su hermana. - Te encerré de pequeña cuando era una adolescente, fue un error. Lo admito. Pero desde entonces, he tratado de remendarlo. No me diste a opción a explicártelo en el bosque, hace veinte años. – le clamó. – Cometí un error y nuestra madre se ha aprovechado de ello para lavarte el cerebro. – dijo casi en súplica. – Te quiero, hermana. Nunca he dejado de hacerlo.
-¡MENTIROSA! – le clamó su familiar. - ¡MALEDICTUS AETERNUM! – conjuró un potente hechizo veloz en dirección hacia ella que Isabella repelió con electricidad gran esfuerzo gracias a su guardia. Retrocediendo en varias ocasiones.
-Una pena, Isabella. Treinta años después, la historia negra del gremio vuelve a repetirse. Y de mano de una de mis hijas, quién lo diría. – Mortagglia continuaba echando leña al fuego, pero Isabella no dejaba de mirar, angustiada, a su hermana, que gruñía con odio.
-Por favor, Bella… Escúchame. – le rogó la siempre temperamental Isabella, casi sumida en un llanto.
-¡ALARTE ASCENDERE! – y lanzó un nuevo hechizo a su hermana, que generó un escudo de electricidad para protegerse, aunque debido a la potencia terminó saliendo por los aires fuera de la catedral.

Justo en ese momento, llegábamos los Jules, Cass, Alister, Elen y yo a la plaza de la catedral. Belladonna salía hecha una furia andando por la puerta de la catedral. - ¿Cómo te atreves a venir a mi casa, Isabella? ¡AQUÍ! - Mortagglia se había colocado sobre el elevado rosetón de la catedral, como una mera espectadora del espectáculo. Confiaba en que su hija más loca sería capaz de resolver la papeleta por sí misma. – ¡A MÍ LA HERMANDAD! – Gritó Bella con furia alzando el puño para toda la plaza. Emitió un enorme rayo de luz hacia el cielo que chocó contra las nubes, comenzando a encapotarse. Decenas de vampiros comenzaron a salir de los edificios circundantes. Y los truenos comenzaron a desatarse cual sinfonía sobre el escenario conforme Isabella se preparaba para defenderse.

-¡Madre! ¿Estáis bien? – le pregunté a Isabella instintivamente, corriendo hasta ella, ayudándola a levantarse. Mantenía la mirada fija en las escaleras desde las que Belladonna no perdía un atisbo de lo que sucedía. Tampoco Mortagglia, desde el campanario.
-¡¿MADRE?! JA JA JA. – estaba hecha una furia. - ¿¡TÚ TAMBIÉN, ANASTASIA?! -
-Estoy bien. – estaba muy seria. Luego se levantó giró hacia el resto del grupo. - Os lo ruego, no le hagáis demasiado daño. Desarmadla, quitadle la varita y dejadme hablar con ella. – pidió la maestra cazadora. Ya erguida y dispuesta a ayudar en combate. Difícil pedirle eso a Elen o Cassandra después de lo que Belladonna les había hecho a sus familiares. Pero aún así, seguía siendo quien tenía la autoridad dentro del gremio.

Ante nosotros, además de una desatada Belladonna, que mantenía clavada su mirada en mí y en Isabella, se encontraba también una ingente cantidad de vampiros deseosos de sangre.

*Off: Perdonad el tamaño del post. ¡Entramos en las escenas finales y quiero describirlo con pelos y señales! Ya sé que le tenéis ganas. Podéis atacar a Belladonna y los vampiros como queráis y derrotarla :P.
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Elen Calhoun el Mar Ago 08 2017, 14:28

Cassandra le dio las gracias, pero poco había podido hacer por su hermano, debían evacuarlo de inmediato y llevarlo a un médico de verdad para que se ocupase de los huesos que sin duda, se había roto con la caída. Por suerte Cyrilo seguía dispuesto a sacar de allí al muchacho a pesar de que Haytham los hubiese abandonado, pero la propuesta que tenía en mente para asegurar el destino del joven cazador no era algo que los presentes quisieran escuchar. La idea de que su hermano se convirtiese en vampiro no agradó en absoluto a Cassandra, lo cual era totalmente comprensible ya que supondría aceptar que un miembro de su familia se transformase en uno de aquellos seres a los que solía dar caza. No, la maestra se negó en rotundo a aceptar tal opción, depositando sus esperanzas en los médicos del gremio, que teniendo en cuenta el gran golpe contra la Hermandad que llevaban a cabo aquella noche, no deberían andar muy lejos.

Huracán no quiso opinar al respecto cuando Cassandra buscó con la mirada al resto del grupo en busca quizá de apoyo, y la de cabellos cenicientos optó también por mantenerse al margen para no influenciar la decisión de la joven. Ella tampoco se hubiese rendido en su situación, al contrario, hubiese removido cielo y tierra para sanar a Vincent antes de que fuese demasiado tarde pero… ¿qué haría si el tiempo se le agotaba? La verdad era que no podía saberlo ni quería, Milton ni siquiera estaba en condiciones de decidir por sí mismo, así que toda la responsabilidad recaía sobre los hombros de la benjamina de los Harrowmont.

Tras escuchar la clara negativa por parte de Cassandra, Cyrilo cargó al herido y se lo llevó a un lugar más seguro, momento en que la maestra se volvió hacia el resto para instarlos a seguir con su misión, demostrando una entereza admirable. Jules señaló la catedral e instantes después se pusieron en marcha, con Huracán a la cabeza y Overholser cubriéndolos desde los tejados. - ¿Cómo te encuentras? - preguntó la hechicera a su compañero, que caminaba a su lado. - Bastante mejor. - respondió Alister, pero dejarlo participar en la pelea podía reabrir su herida y complicar las cosas, Elen lo sabía. - No deberías transformarte esta noche, mejor mantente en segunda línea y toma esto, por si acaso. - dijo, al tiempo que echaba la mano hacia atrás para desenvainar su espada, arma que tendió al dragón. - Puedo luchar. - replicó él. No quería sentirse apartado del conflicto, además tenía ganas de arreglar cuentas con aquellos desgraciados, pero sabía de sobra lo terca que podía ser Elen cuando se lo proponía.

- Hasta hace media hora estabas muerto para mí, te quedarás en la retaguardia y solo intervendrás si no queda más remedio ¿entendido? - ordenó la bruja, dedicándole una mirada severa que dejaba bien claro que aquello no era negociable. Alister no respondió ésta vez, no estaba de acuerdo con la decisión de su compañera y tampoco con mantenerse en su forma humana, sí, conocía el riesgo que podría entrañar su transformación, pero nunca se había sentido muy cómodo peleando fuera de su forma bestial. - No te he oído. - continuó Elen, para conseguir que le contestase. - Sí. - masculló de mala gana el cazador, clavando la vista en la dirección en que se encontraba la catedral con expresión seria.

Eso fue suficiente para la tensai, que pudo concentrarse en hacer frente a los vampiros que empezaron a salirles al paso, combinando su telequinesis con corrientes de viento para que los afilados cuchillos arrojadizos que su hermano había forjado para ella saliesen disparados y acertasen de lleno en los objetivos. Uno tras otro, los chupasangres se fueron desplomando sobre los adoquines de la calle, con las brillantes empuñaduras sobresaliendo en sus gargantas y pechos. Nada quedaba ya de la sanguinaria versión de ella que habían podido ver en la base de la Hermandad, no, ahora solo apuntaba a puntos vitales para eliminar con rapidez a sus enemigos y seguir adelante, volviendo a recuperar los cuchillos mediante telequinesis para dispararlos nuevamente.

Con la bruja a su lado Alister no tuvo necesidad de intervenir aunque deseaba hacerlo, pero estaba seguro de que las cosas se pondrían más complicadas cuando se enfrentasen a Belladonna y Mortagglia, momento en que le gustase o no a la joven, participaría en la pelea. Sin embargo, el primer problema que tendrían sería sortear las trampas que rodeaban la catedral, y sin Rachel eso iba a ser todo un reto ya que no tenían ni idea de lo que les esperaba. Mientras se acercaban al edificio pudieron escuchar los inconfundibles gritos de Bella, alterada como siempre pero quizá un poco más que de costumbre, sea como fuere estaba lanzando hechizos contra alguien, que pronto salió despedido por los aires y aterrizó en el exterior.

Isabella era ahora el centro de su ira, y sin poder contenerse, la caótica bruja abandonó la catedral para ir a por su hermana y terminar con ella de una vez por todas. Mortagglia como siempre, ocupó una posición elevada desde la que observar todo sin mancharse las manos, mientras su hija tomaba las riendas de la situación y convocaba a todos los miembros de la hermandad que había en los alrededores. De forma repentina, decenas de vampiros llegaron desde todas direcciones, mientras Huracán corría junto a su madre para comprobar que se encontrase bien. Aquella escena no agradó a Belladonna, pero por alguna razón su hermana estaba empeñada en no hacerle daño, quería que la desarmasen para poder hablar con ella de forma tranquila, algo que teniendo en cuenta el carácter de la morena, parecía poco probable.

Sin perder tiempo, e ignorando las palabras de Isabella, Elen permitió que la electricidad envolviese sus brazos y atacó a la inestable hechicera con una ráfaga de tres descargas consecutivas, que no acertaron en su blanco por poco, ya que Bella las vio venir y se convirtió en humo para esquivarlas a toda prisa. - ¿Tú otra vez? ¿Es que no tuviste suficiente el otro día o has venido a regalarme tu medallón? - preguntó, posando su mirada fugazmente sobre el dragón. - Parece que tu amigo el lagarto tiene más vidas que un gato, tendré que quitárselas todas. - añadió con una risa nerviosa, fruto de su enfado por la llegada de Isabella. - No puedes cerrar el pico ¿verdad? Bien, tendré que hacerlo yo. - le soltó la tensai, harta ya de escuchar su irritante voz. Concentrando su elemento, la de cabellos cenicientos creo un muro de energía alrededor de su enemiga hasta formar una cúpula prisión, que empezó a hacerse más y más pequeña, hasta volverse agobiante.

La electricidad en vez de atacar hacia el exterior lo hacía hacia el interior, con lo que todos pudieron escuchar más de un grito de la bruja antes de que ésta pudiese liberarse con uno de sus hechizos, convirtiéndose en humo de inmediato para cambiar a una posición que le diese algo de ventaja. - ¡INSOLENTE! - exclamó, alzando su varita contra la benjamina de los Calhoun. - ¡ALARTE ASCENDERE! - añadió de inmediato, pero la agilidad de la joven a la hora de esquivar evitó que pudiese alcanzarla. - ¡¿Qué hacéis ahí parados?! ¡Traedme sus cabezas! - ordenó a los vampiros, que sin dudarlo ni un instante se abalanzaron sobre el grupo de cazadores.

Ahora tenían un problema considerable y desventaja numérica, así que había llegado la hora de luchar en serio, motivo por el cual Alister arrojó la espada a los pies de su compañera y comenzó a transformarse a toda prisa, sin tener en cuenta lo que pudiese pasarle. - ¡Te dije que te mantuvieses al margen! -  le reprochó Elen mientras recogía la hoja y disparaba una onda para lanzar por los aires a los enemigos que tenía más cerca. - Mira esto, necesitamos fuego. - fue la respuesta del dragón, que nada más terminar de transformarse desató un infierno de llamas contra los vampiros que se les acercaban. Los gritos de dolor no se hicieron esperar, siendo como eran tan vulnerables al elemento del alado, su ataque causó múltiples bajas de forma casi instantánea en el bando de la Hermandad, mientras otros agonizaban por el suelo entre quejidos, con su fin ya muy cerca.

Elen volvió a centrar su atención sobre Belladonna, y sin querer darle ni un respiro, volvió a intentar atraparla dentro del muro de energía para debilitarla a base de descargas.




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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Vie Ago 11 2017, 17:24

Todavía con el mal sabor de boca por haber tenido que dejar ir a mi hermano con ese vampiro traidor, emprendí el viaje hacia la catedral junto al resto del grupo. Me quedé la última, como si eso fuera a dejarme más tiempo con Milton o algo así. Se había ido, ya no podía hacer nada, solo esperar y confiar en que Cyrilo no le iba a hacer nada. Desde atrás se podía ver el grupo más menguado todavía. Si ya habíamos tenido dificultades, ahora sí que lo teníamos jodido.
Pero no íbamos a rendirnos así porque sí. Si caíamos, nos llevaríamos con nosotros a todos los miembros de la Hermandad que pudiéramos. A ser posible, sobre todo a Belladona y a Mortagglia. Con esas dos zorras asquerosas bajo tierra habríamos ganado. El resto de vampiros no eran más que los que acostumbrábamos a cazar en pequeñas campañas. Pero esas dos… Sobre todo la loca de Belladona. Iba a hacer que se tragase las flechas por lo que le había hecho a Milton.

Corrimos hacia el interior del lugar, donde vimos a Belladona junto a Isabella, a quien había atacado. Anastasia corrió a ayudar a la maestra cazadora, quien nos pidió que no atacásemos a Bella hasta que no hubiese hablado con ella. ¿¡En serio!? Quise quejarme, pero ella era quien mandaba todavía, no podíamos desobedecer sus órdenes. Bueno, podíamos, pero no con ella delante y siempre evitando que otros se enterasen, así que ahora mismo tenía que tragar con lo que había ordenado y resistir mis ganas de reventarle la cabeza a la bruja. Haytham estaba tendido en el suelo, algo que no comprendí. ¿Por qué? No sabía bien de qué parte estaba pues, aunque nos había seguido, no había parado de tocar los cojones, así que tampoco es que estuviese de nuestro lado de forma incondicional. Arriba, Mortagglia. Al momento llamé la atención de Huracán. - ¡Anastasia, allí arriba! - Señalé hacia la vampiresa, quien controlaba a todos los demás.

Aunque el ataque de los vampiros no fue artificiado por la matriarca del clan, sino por su hija. Decenas de chupasangres vinieron a por nosotros y, aunque Alister estaba herido, se convirtió en dragón para fulminarlos a todos. De otros pocos me ocupé yo. Lo bueno es que gracias al infierno desatado por el amigo de Elen, el número se había reducido muchísimo y pudimos centrarnos en Belladona, quien era mi objetivo. Y el de la otra bruja, también. Al apuntarla con una de las flechas se me ocurrió que podría darle en el torso, acabar con ella y decirle a Isabella que había sido un error, o algo así. Pero sabía que no me creería, tenía buena puntería como para fallar así.

Belladona dirigió la mirada hacia mí, iba a decirme algo pero se vio envuelta en uno de los campos de energía de Elen. Al momento cargué el arco y apunté hacia ella. - Te voy a dejar una flecha incrustada en la puta cabeza. A ver si así acabamos con tu locura. - Susurré a modo de amenaza, irritada por sólo tener que ver su cara.
- ¡Cassandra! - La voz de Isabella me hizo girarme y recordar las órdenes de la maestra. Resoplé con evidente fastidio y solté la flecha contra un vampiro que ya estaba tendido en el suelo, quien se movió con un espasmo al recibir el impacto.
- Tranquila, maestra Isabella, no haré nada con el arco. - Me aparté de Belladona, dejándosela a Elen. Ella no estaba en el gremio, no tenía que rendir cuentas a nadie; yo sí, así que me retiré con innegable enfado al no poder atravesarle la cabeza a la loca esa. Arranqué la flecha del vampiro que ya estaba calcinado el suelo y la sacudí para quitarle los grumos de sangre que se habían quedado.

Había dicho que no haría nada con mi arma, no  con mis poderes. Aprovechando que Elen estaba dándole descargas,  me giré hacia la bruja e hice que el suelo donde estaba Bella se hundiese unos centímetros y atrapase sus pies, las rocas se habían convertido en algo muy maleable que la tenía sujeta al suelo, sin poder dar un paso. Pude ver que trataba de retorcerse para intentar levantar un pie, pero le era imposible. Miré a Isabella durante un instante, para no perder el contacto con lo que estaba haciendo con mis habilidades. - No la he hecho nada. Ahora podrás hablar sin que se mueva. - Al instante giré la cabeza para estar, de nuevo, atenta a Belladona, quien no paraba de proferir insultos hacia Elen y hacia mí, como lo que era, una loca.

La odiaba a muerte. Aparte de ser una Boisson, había hecho daño a mi madre y a mi hermano. Era casi imposible retener el impulso de querer verla muerta. Pero no una muerte limpia como se supone que debíamos darle a los vampiros. Nada de eso. Quería que sufriera. También quería lanzarla por los aires y que cayera como mi hermano, enterrarla hasta el cuello y patearle la cabeza hasta desfigurar su rostro. O mejor, enterrarla viva. Cualquier cosa era buena para llevar a cabo mi venganza. Sin darme cuenta estaba haciendo que la tierra y roca, que aprisionaba sus pies hasta los tobillos, se apretase más aún en torno a sus extremidades. No sé si la dolía o no, porque no era consciente de que mi rabia estaba influyendo en mis habilidades. Pero el no poder matarla me estaba enfadando muchísimo. No le había prestado atención a Mortagglia, era menos importante para mí esa mujer que la que tenía enfrente, quien había dejado a mi hermano al borde de la muerte. Lástima que aún tuviese que cumplir las órdenes de Isabella… ¡Lástima! Porque si no, esa bruja asquerosa iba a estar enterrada. ¿¡Qué mierdas tenía que hablar la maestra con esa!? Si era una zorra asesina que estaba mal de la cabeza. No iba a entrar en razón. Y, aunque lo hiciera, era culpable de demasiados crímenes como para salir viva de esa catedral. No por mi parte, al menos.
Hablar con ella era una pérdida de tiempo y energías. No tenía ningún sentido. Pero en cuanto Isabella acabase su charla con su hermana iba a encargarme de ella.
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Huracán el Dom Ago 13 2017, 10:24

Durante todo el combate, por alguna razón, evité el enfrentamiento contra Belladonna, dejando dicha responsabilidad a los demás: Elen, Cassandra e Isabella se encargaron de ello. Mi amiga volvió a demostrar ser una poderosa tensái eléctrica cuyo poder no tenía nada que envidiar al de mi madre. A Bella, por lo que me contó Jules, ya le había costado “lidiar” con ella en un anterior encuentro, y Cassandra terminó inmovilizándola.

Yo me mantuve deteniendo el aluvión de vampiros, al que Alister rápidamente despachó con sus llamaradas de fuego infernal. Creando rápidamente un fuego que comenzaría a rodear la catedral por las estructuras de madera y andamios que servían de combustible para la ignición. Que Isabella, por medio de sus tormentas y rayos contra los vampiros, también había conseguido avivar. ¿Una prisión de fuego para una vampiresa? No podía ser un final más perfecto.

Vi la victoria cuando vi a Bella reducida y sin poder moverse, encerrada en la prisión eléctrica de Elen. Pronto llegaron más cazadores para asistir el combate. Pero la pelinegra era reticente a dejarse atrapar, y parecía dispuesta a lanzar un potente hechizo contra la bruja de pelos cenicientos. - ¡Ash balla ná! – me deslicé estirando mi mano zurda con todas mis fuerzas hacia la de la bruja. La fuerte corriente hizo su varita llegara saliera por los aires, en dirección de mi corriente, donde fue a parar a Jules. - ¡Mía! – gritó el brujo tomándola y generando unas pequeñas llamas en su mano para terminar de incinerarla.

Belladonna estaba ahora atrapada y desarmada. Y ante aquella situación, comenzó a llorar y a chillar desesperada -¡AHHH! – chillaba Belladonna de rodillas en el suelo. Golpeando con sus puños en los adoquines de la plaza.

Isabella, que junto a Alister dio caza a los vampiros que faltaban, trató de tranquilizar la situación, y se acercó a Elen para tocar su muñeca delicadamente solicitando que parase. Sin la varita, creía a su hermana totalmente inofensiva.

Bella había cogido un berrinche en el suelo. Estaba claro que el comportamiento no se correspondía con el de una mujer de más de cuarenta años, pero su endeble estado mental tampoco invitaba a mucho más. ¿Estaba reflexionando de todo lo que había hecho? Isabella, con ojos fraternales, comenzó a acercarse a ella.

-¡DÉJAME EN PAZ! – bramó. - ¡TE ODIO! ¡MUÉRETE, ISABELLA! – gritó pero sin armas para poder atacar.
-Bella por favor, escúchame. Sólo quiero que me dejes explicarte una cosa. – pidió su hermana tratando de tranquilizarla. No había ningún vampiro más que ayudase a la bruja en llanto y ésta, poco a poco, conseguía ir calmándose. Aunque manteniendo una respiración muy agitada, como si le fuese a dar un ataque. Miró a su hermana con desprecio y se mantuvo en silencio. Isabella se mantuvo a una cierta distancia prudencial. - Mamá ha estado mintiéndote. – comenzó a decir. Mojándose los labios. - Yo nunca me enfrenté a Haytham. Sé lo mucho que lo querías, y como lo sigues haciendo. – esbozó una sonrisa. – Mamá fue quien se enfrentó a él, cuando aún era un excepcional brujo de viento, para evitar que influyera en tus decisiones y poder manipularte a su antojo con la historia de la venganza contra mí. – relató. - Él prefería morir a convertirse en vampiro, y por ello mamá lo convirtió en ello. Sabes que es muy cruel. – Empecé entonces a deducir escuchando cada palabra. Abrí los ojos. ¿Era entonces Haytham mi padre? Bella clavó la mirada en su hermana, apretando la comisura de sus labios negros. – Yo descubrí que habías tenido una hija con él. – miró hacia mí. Ahora estaba claro. Y no me creía aquel testimonio. Todo había cambiado para mí en los últimos meses. – Y para evitar que acabara como Mortagglia, porque sabía que ese no era el destino que querías para ella, corrí a arrebatártela. – le relató. - No puedes criticarme en esta decisión. Anastasia ha crecido en una mansión en Beltrexus. Alimentada y caliente. Con todo el cuidado, mimo, educación, caprichos y entrenamiento que cualquier joven de su edad soñaría con tener. ¿Qué podíais haberle dado tú y mamá? ¿Muerte? ¿Sangre? ¿Sufrimiento? – Bella miró hacia mí, sin decir nada, igual de temblorosa. Aquellas palabras me llenaban, en cierto modo, de tristeza. – Mírala. – me señaló, visiblemente emocionada. – Es guapa y esbelta. Hábil con la ballesta como su abuela, con el carácter de su padre y tan poderosa como su madre. Una mezcla perfecta de las cualidades de los cazadores de vampiros. Ella es la mujer que continuará el legado de nuestra familia, el que nunca debimos cambiar. Siéntete orgullosa de ella. – Isabella estaba claramente emocionada. Bella también, aunque se mantenía sin decir nada. Isabella se acercó a ella. – Y en cuanto a ti, creí haberte matado accidentalmente cuando nos enfrentamos, y ese pensamiento me ha reconcomido por años. – tendió la mano a su hermana. – Te ruego que me perdones. Ven conmigo a Beltrexus. Aún estamos a tiempo de cambiar algunas cosas. – le pidió.

Belladonna continuó su silencio y su mirada perdida. Me sorprendió aquel ofrecimiento tan misterioso. Bella debía pagar por todos sus delitos como cualquier otra persona. Pero aunque sus palabras me habían calado en el corazón, no podíamos olvidar todos los asesinatos y crímenes cometidos. Aún así, esperé a ver que decía la bruja de la varita. Que parecía reflexiva. De momento no había dado ninguna negativa e Isabella comenzó a acercarse a ella lentamente.

-Tranquila. – Isabella se acercó poco a poco, con los brazos extendidos. Su hermana clavó su mirada de psicópata en los ojos de la maestra cazadora, abriendo la boca
-¡No te acerques a ella! – le pedí a mi madre, sin dejar de apuntar con la ballesta a la cabeza de Belladonna. Aún desarmada, conociendo su estado mental aproximarse a ella era extremadamente peligroso.

Pero Isabella me ignoró. Y continuó acercándose paso a paso, muy lentamente, a los brazos de su hermana. Ahora de pie y con la rizosa melena tapándole casi toda la cara. – Tranquila, Bella. – la bruja fue recelosa al primer contacto. Pero cedió ante el segundo, momento en el que Isabella le dio un fuerte abrazo. – Ya está. Ya está, hermanita. - le decía con lágrimas en los ojos, tomándola por la cabeza. La bruja ni siquiera la abrazó y continuó mirando al frente. – Perdóname, Bella. Déjame llevarte a Beltrexus. Puedo ayudarte. Es lo que llevo persiguiendo todos estos años.

Isabella continuó diciéndole frases para tranquilizar la ira de la bruja, cuyo rostro cada vez era más relajado. - ¿Sabrás perdonarme? – Bella no contestó. Pero comenzó a levantar sus brazos temblorosos, por etapas, y poco a poco. Hasta llegar a posarlos sobre los hombros de su hermana mayor, sin apretar y sin cerrar los ojos. Era lo más parecido a un abrazo que sabía hacer, aunque su mirada siguiera perdida. – Gracias. Muchas gracias, Bella. – Isabella estaba totalmente emocionada.

Desde lo alto del campanario, Lady Mortagglia observaba la fraternal escena cruzada de brazos, haciendo gestos de negación con la cabeza, incrédula de lo que veía. – Qué decepción, Bella. – se dijo a sí misma. - ¿Para esto hemos luchado tantos años? - La líder de la Hermandad tiñó sus pupilas de púrpura y concentró su mente en Belladonna. – Qué decepción de familia. - desde lo alto de su posición, aún tramaba algo.

Abajo, Isabella dio un beso a su más relajada hermana en la frente y se dirigió a uno de los cazadores. -Traedme una manta. – pidió, tomando por el hombro a su hermana. Imaginaba que a Elen y Cassandra no les parecería nada grato aquello de dejar con vida a Belladonna, especialmente a la segunda, y debo reconocer que a mí tampoco me gustaba nada la idea pese a que Bella, personalmente, no me había hecho nada, y a su manera trató de protegerme. La medio enferma nos miraba a todos temblorosa, sin decir nada, como si fuéramos extrañas alimañas, pero se mantenía pasiva.
-Madre, esto no es justo. – comenté bajando la ballesta, señalando a la bruja. – Es una asesina en serie.
-Somos cazadores de vampiros, Anastasia, no de brujas. – instó Isabella algo malhumorada. – Recibirá el castigo que determine un juez, pero será por la vía de la justicia. No como un perro y sucio vampiro.

Resoplé. Fue todo el testimonio de la maestra cazadora hasta que se dirigió a su malherida hermana. Tenía que entender la postura de Isabella, ella nunca quiso terminar con la vida de su hermana, sino conseguir que la perdonara por todo el daño que le hizo en su vida. Se consideraba en parte culpable del actual estado de Belladonna. Y ahora por fin parecía haber conseguido su redención. Mi madre biológica parecía estar bien, ahora sólo teníamos que dirigirnos a lo alto del campanario y poner fin a Mortagglia.

Sin embargo, Bella hizo entonces un espasmo, un fuerte nervio en el que dio un grito un seco. Alejándose de su hermana.
-¡MADRE! ¡DÉJAME! – se llevó las manos a las sienes. Y empezó a chillar desesperada. Moviéndose a todas partes.
-Bella, ¿qué te pasa? – preguntó Isabella, volviendo a acercarse.
-¡ALÉJATE, ISABELLA! ¡VETE! – pidió Belladonna. Totalmente compungida, encogida en sí misma. Temblaba y sus pupilas se habían teñido de morado.
-¡No me iré! ¿Qué te ocurre? – y se acercó a ella con evidente preocupación, volviendo a tomarla del hombro. La maestra cazadora ni imaginaba el terrible plan que tenía Mortagglia para su hija.

Volví a levantar la ballesta rápido, nerviosa y en dirección a Bella, justo cuando la voz de Mortagglia sonó en mi cabeza. “Vamos, Anastasia, mata a Belladonna. Rápido.” Quizás debí terminar de apretar el gatillo. Pero por alguna razón no lo hice. Veía a Isabella tan feliz con su redención que no quería chafársela. No. Tan sólo atiné a correr hacia las hermanas. Una se agitaba chillando mientras la otra trataba de tranquilizarla.
-¡Mamá! ¡Apártate! – grité, estirando un brazo.

Pero Belladonna, con los ojos teñidos en morado, se llevó entonces la mano al muslo. De donde sacó un puñal que llevaba escondido y apuñaló a la maestra cazadora a la altura de la espalda, bajo el cuello. Dando ésta un grito agónico y escupiendo sangre por la boca hacia la cara de su hermana.

-¡No! ¡Mamá! – salí corriendo hacia ella. Que había quedado en el suelo. - ¿Qué has hecho? – las lágrimas comenzaron a invadirme. – ¡Mamá! ¡Mamá! Despierta, por favor. – tenía lágrimas en los ojos. Yo más que nadie sabía las nefastas consecuencias de un golpe en ese punto.
-No. Yo no… - se arrepintió Belladona, retrocediendo, estaba claramente afectada por el golpe asestado a su hermana, a quien apenas quedarían minutos de vida. Bella volcó su vista en lo alto del campanario, ahí estaba la imponente figura de Mortagglia mirando impasible, con desprecio y con asco a sus dos hijas. Con indiferencia total sobre el fallecimiento de Isabella, ejecutado por ella misma. – ¿Por qué? – miró a Mortagglia. La madre había asesinado a una de sus hijas. Belladonna, echa una furia, se transformó en humo y voló hacia el campanario. Todos los responsables podíamos deducir que Mortagglia, sonriente, había sido la culpable de aquello.
-¡Hija de puta! – grité con todo mi odio y rabia. Ensangrentada, sujetando aún el cuerpo de mi madre. ¿Cómo una persona puede utilizar a su propia hija para asestarle un golpe mortal a otra? ¿Se podía caer más bajo? ¿Ser más ruin y miserable?

Dejé a Isabella en el suelo y corrí sin pensármelo dos veces hacia el interior de la catedral. - ¡Huri, espera! – gritó Jules. Corriendo tras de mí. Pero ya era tarde pues estaba apartando las llamas que ya rodeaban por completo el templo religioso con corrientes de viento para hacerme un camino lo suficientemente amplio para poder pasar sin quemarme. Sin darme cuenta de que con mi rapidez dejaba a Elen, Cass, Jules, y demás cazadores atrás sin que éstos, al menos de primeras, pudieran apartarlas tan rápido como yo.

-¡Hija de puta! ¡Hija de puta! – maljuraba corriendo por la catedral. Tendí la vista hacia Rachel, que se encontraba también ahí con su inocente mirada. - ¡Roche! Llévame arriba. – insté a la hermana de Jules. Momento en el que Haytham, que también parecía haber despertado después de no haber esquivado una de las trampas, cortó la cuerda y corrió hacia mí. La pequeña biocibernética asentió y comenzó a correr esquivando las trampas que ella tenía en su propia cabeza y que su inteligencia NIA le fuese suministrando.
-¿Ha ocurrido, verdad? – preguntó Haytham. Quien ya conocía de sobra mis razones con esa reacción. Sin dejar de correr, no le contesté – Pondremos fin a esto. – concluyó.

____________


-¡¿POR QUÉ LO HAS HECHO?! – exigió furiosa Belladonna explicaciones a su madre, materializándose en forma humana de nuevo - ¡DIME POR QUÉ! – gritó. Estaba calmada.
-¿No era lo que querías, Bella? ¿Lo que llevabas tantos años persiguiendo? Sólo evité que hicieses algo de lo que más tarde te arrepintieses. – Mortagglia le tendió sus brazos. – Ibas a destruir todo lo que hemos construido después de tantos años. – Mortagglia hasta puso cara tierna mientras expresaba estas palabras. - ¡Eres mi hija, Bella! ¡Lo que más quiero en este mundo! – y trató de abrazarla en plan fraternal. Siendo la poderosa bruja oscura reticente a ello.
-¡ALÉJATE DE MÍ! – respondió la loca abriendo los ojos como platos. - ¡ME HAS ESTADO UTILIZANDO! – bramó señalándola. Hecha una furia.

Mortagglia, simplemente sonrió y alzó una ceja con diversión. Extendiendo los brazos como admitiendo decir “vaya, por fin me has pillado”. Ella era la verdadera demente y la verdadera psicópata.
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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Elen Calhoun el Vie Ago 18 2017, 08:45

Dejando de lado el hecho de que su compañero no le había hecho caso y podía estarse esforzando demasiado, la de ojos verdes miró con satisfacción como el número de enemigos se reducía considerablemente gracias a las llamas, sí, debía admitir que las habilidades del dragón resultaban muy útiles frente a aquellos enemigos, pero ¿de qué serviría que si su herida volvía a abrirse? De suceder eso Alister volvería a convertirse en un punto débil, alguien a quien tendría que proteger y por tanto, una distracción. Sin embargo, parecía que el alado se las arreglaba bien por el momento, así que centró toda su atención sobre Belladonna, que volvió a caer prisionera dentro del muro de energía y a convertirse en la diana para las descargas del mismo.

Fue entonces cuando Cassandra sintió la tentación de acabar con su vida allí mismo, pero la voz de Isabella impidió que disparase contra la bruja, a fin de cuentas ella era la líder de los cazadores, le debían obediencia. Elen en cambio estaba fuera del gremio y no tendría que responder ante la maestra Boisson, lo cual le daba cierta libertad, pero al ver que los pies de su objetivo quedaban atrapados en la tierra, impidiéndole moverse o huir convertida en humo, consideró que no perdían nada por dar unos minutos a Isabella, luego la loca de su hermana tendría el castigo que merecía. Huracán se encargó de desarmarla con una corriente de viento antes de que pudiese contraatacar, consiguiendo que la varita saliese por los aires y acabase en manos de Jules, donde su dueña no podía alcanzarla.

Para asegurarse de que no pudiese, el cazador la incineró con sus poderes de fuego, mientras los refuerzos del gremio llegaban para decantar la balanza y ocuparse de los vampiros que aún tenían ganas de pelear. Todo parecía ir como la seda, en apenas un par de minutos habían atrapado a Bella y diezmado considerablemente las fuerzas de la Hermandad, pero Mortagglia seguía observando desde las alturas sin intervenir, y conociendo cómo se las gastaba Elen estaba segura de que se traía algo entre manos, algo que no sería nada bueno para ellos. Ni siquiera parecía preocupada por el hecho de que las llamas hubiesen rodeado la catedral, algo que todo vampiro que apreciase su vida tendría en cuenta, aunque no le costó imaginar el motivo. Al igual que Haytham, la Dama podía convertirse en un amasijo de murciélagos y huir volando.

Esa idea hizo que la hechicera se preguntase dónde demonios se había metido el vampiro, ¿no quería una oportunidad para eliminar a Mortagglia? Aquella era la mejor sin duda, y más teniendo en cuenta que llevaba a Rachel consigo, lo que le facilitaría el camino hasta la líder de la Hermandad. Mientras Belladonna descargaba su frustración contra los adoquines y chillando, Isabella se acercó a la benjamina de los Calhoun para tomarla de la muñeca, solicitando con aquel gesto que desvaneciese el muro de energía que mantenía prisionera a su hermana, ahora desarmada. Elen no se fiaba de aquella mujer, pero ahora que ya no tenía su varita consideró que no suponía un peligro, así que hizo desaparecer la barrera, cruzándose de brazos y acercándose al dragón para comprobar que estuviese bien mientras la líder del gremio intentaba hacer entrar en razón a Bella.

Las palabras de Isabella revelaron una historia que no hubiese alcanzado a imaginar, una en la que Mortagglia había convertido a Haytham en vampiro tras derrotarlo para apartarlo de su hija, a la cual pretendía manipular a su antojo. Lo siguiente fue aún más sorprendente, en cuanto reveló que Anastasia no solo era hija de Bella sino también de Haytham, algo que la de cabellos cenicientos no se esperaba. Quizá eso explicase el comportamiento y las bruscas reacciones del vampiro con Huracán, y de paso el motivo por el que había decidido ayudarlos. Elen desvió la mirada hacia su amiga, preguntándose interiormente cómo le estaría sentando descubrir todo aquello, sin duda sería algo inesperado y complicado de asimilar.

A pesar de todo lo que estaba ocurriendo, la tensai de aire no dejó de apuntar con su ballesta a la cabeza de Belladonna, pidiendo a la que consideraba su madre que no se acercase a ella, pero Isabella hizo caso omiso a sus palabras, terminando por fundirse en un abrazo con su hermana. Aquel momento fue extraño, pero pronto se vio interrumpido por las palabras de la Dama, que desde su posición elevada no dudó en expresar su decepción. La líder de los cazadores deseaba llevar a Belladonna ante la justicia para que fuese ésta quien le impusiese el castigo que merecía por sus crímenes, algo que no agradó a casi ninguno de los presentes, que preferían acabar allí y en aquel momento con la loca asesina. Ojalá lo hubiesen hecho, al menos así habrían evitado lo que estaba por suceder.

De la forma más vil y cobarde que se podría imaginar, Mortagglia entró en la mente de su hija para retomar el control que hasta el momento había tenido sobre ella, y a pesar de que Bella se resistió todo cuanto pudo, instando a su hermana a alejarse de ella, una vez más la vampira consiguió salirse con la suya. Huracán corrió hacia ellas pero ya era demasiado tarde, el puñal que la bruja llevaba escondido entre sus ropas acabó clavado en la espalda de Isabella, causándole una herida mortal. Con los ojos muy abiertos por la sorpresa, Elen corrió hacia ellas, consciente de que no podría hacer mucho por salvar a la madre de su amiga pero sin poder quedarse con los brazos cruzados ante aquella situación.

Bella recuperó el control de su cuerpo y pidió explicaciones a su madre, dejándose llevar por la furia y convirtiéndose en una nube de humo para alcanzar el lugar desde el que observaba Mortagglia. Huracán también la siguió, depositando el cuerpo de Isabella con cuidado en suelo para luego lanzarse en dirección a la catedral a toda prisa, insultando a gritos a la culpable de toda aquella desgracia. La benjamina de los Calhoun dudó durante unos instantes al llegar junto a madre de Anastasia, hasta que Alister, de nuevo en su forma humana, se arrodilló junto a ella y arrancando una manga de su camisa, hizo presión en la herida para intentar frenar la pérdida de sangre.

- Corre. - le instó el dragón, cuyo vendaje también mostraba algunos indicios del rojizo líquido. Aquello no serviría de mucho, el puñal había dañado una zona complicada, pero al menos tenían que intentarlo. Elen se abrió paso entre las llamas gracias a su elemento, pero una vez dentro de la catedral todo se complicó para ella, ya que no tenía idea de dónde podían estar las trampas.


Off: Lamento la tardanza, no he podido sacar tiempo antes >.<




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Re: El Reino del Terror - Segunda parte {Privado}

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Vie Ago 18 2017, 13:44

Todavía sentía las ansias de venganza recorrer cada parte de mi piel. Esa hija de puta había hecho daño a mi hermano, a mi madre… Ya habíamos sufrido sus locuras y, ahora que la tenía a tiro, no iba a dejarla escapar. Pero debía rendir cuentas con Isabella, así que tuve que esperar, a pesar de mis ganas de atravesar su cabeza con uno de mis virotes. La líder del gremio empezó a acercarse a Belladona y a hablar con ella después de que su varita fuera lanzada por los aires e incinerada por Huracán y Jules respectivamente. A pesar de que lloraba y golpeaba el suelo con sus puños no me dio ninguna lástima, igual que ella tampoco había sentido un triste remordimiento cuando había hecho daño. La imagen de mi hermano y las palabras de Cyrilo eran suficiente motivación al odio como para sentir una pizca de lástima. Así, desarmada y sin poder moverse era como podíamos acabar con ella, pero quería una muerte lenta para esa mujer.

Isabella continuó su charla y me estaba dejando el shock cada palabra que escuchaba. Según hablaba, no podía evitar ir pasando la vista por todos y cada uno de los que nombraba. Estaba con la boca abierta, pero no me daba cuenta. ¿Belladona había estado con el vampiro tocapelotas? No sabía por qué pero no me extrañaba y a la vez sí. Ese tipo era demasiado serio como para estar con una loca. Aunque la maestra cazadora estaba relatando una historia de amor que dio como resultado a mi compañera desde la infancia. Mi mirada se clavó en Anastasia, que estaría alucinando tanto como yo. De hecho, me costaba creerme la historia. Sabía que no podía decir nada respecto al tema pero, aunque me hubieran preguntado, tampoco podría haber articulado palabra. Estaba tan en shock como cuando me enteré en el campamento que Isabella no era la madre biológica de Anastasia. Seguía mirando a mi compañera, tratando de descifrar qué se le estaba pasando por la cabeza al descubrir todo eso.
Ese vampiro desgraciado era el padre de Anastasia… Increíble. Pese a que no había ejercido como tal, la noticia era igual de impactante. Desperté de mi ensimismamiento cuando la líder de los cazadores se acercó a Belladona. - ¡Maestra, no lo haga! - Pero mis palabras fueron ignoradas y ella seguía aproximándose. Avancé un paso y coloqué una flecha en el arco por si acaso esa loca se atrevía a hacer cualquier cosa, mas la cazadora parecía tener la situación controlada. Anastasia también parecía querer impedir que se acercase a Belladona, por lo visto éramos las dos únicas con sentido común. Era una asesina, ¿por qué se exponía así ante ella? Sabía que Isabella era fuerte, pero tampoco era necesario plantarse delante del peligro de ese modo.
Increíblemente, Belladona no hizo nada, estaba como en shock, sin gritar, sin insultar… Y hasta llegó un momento en que la abrazó. Abrí los ojos incrédula. ¿Ya está? ¿Todo nuestro trabajo había acabado por un mísero abrazo? ¿Todo el daño que había causado no sería vengado? Me daba rabia… Pero debíamos cumplir los deseos de la líder y, aunque me jodiera admitirlo, era su hermana y estaba claro que no nos iba a dejar matarla así como así. Mi hermano también era estúpido, pero no quería que le pasase nada. Por suerte, Isabella tenía claro que su hermana no era buena y debía ser juzgada, aunque no de la forma que a mí me gustaría.
De hecho, Anastasia fue la que dijo lo que yo también pensaba: era una asesina. Las cosas no se arreglaban con abracitos y perdones.

Resoplé con desaprobación, pensando que ya se acabaría todo, pero no. Belladona empezó a hacer cosas raras y al instante apunté hacia ella, colocándome en una posición segura para no darle a Isabella. - ¿¡Qué le pasa!? ¡Maestra, fuera de ahí! - Ordené, más llevada por mis ganas de vengarme que por lo que sea que estuviese haciendo la bruja. Y debí haber soltado la cuerda en ese momento, pero ni siquiera la había tensado, sólo apuntaba. Sería algo de lo que me lamentaría más adelante, tan fácil como haber tensado la cuerda y no habría pasado nada. No estaba pendiente a nadie de los del gremio en ese momento, solo a Belladona y a Isabella. Anastasia se estaba acercando rápidamente pero no llegó a tiempo. Y realmente, creo que ninguno esperábamos lo que sucedió. Belladona sacó un puñal y se lo clavó a la maestra cazadora en la nuca, haciendo que esta escupiera sangre. Quedé petrificada en ese momento. Si bien no era fanática de las Boisson, lo que yo buscaba era poder, no deshacerme de ninguna de ellas y ese golpe también me afectó a mí. Ella era nuestra líder, la fundadora junto a mi padre y verla ahí agonizando entre su propia sangre… Momentos atrás había tenido que dejar ir a mi hermano con un vampiro y ahora Isabella iba a morir. Sin pensarlo dejé salir la flecha en dirección a la bruja, aunque se convirtió en humo y, por escasos segundos, el virote no impactó contra ella, sino contra una viga de madera. - ¡Maestra! - Preocupada y asustada, corrí hacia ella a la vez que los demás, justo en ese momento, Anastasia echó a correr entre las llamas.

No podía saber cómo se sentía mi compañera, pero estaba segura del duro golpe que estaba viviendo. Sin pensarlo, mis ansias de venganza se multiplicaron y salí corriendo tras ella, junto a Jules y Elen, aunque Huracán ya nos sacaba bastante ventaja, pues sus habilidades eran muy útiles para apartar las llamas. Aparte, también había ido con Rachel, que era la única que conocía el paradero de las trampas y viendo lo que le había pasado a Haytham, no podíamos arriesgarnos a ir a ciegas. - Mierda, mierda, mierda… ¡¡Joder!! ¡¡Tenemos que tener cuidado con las putas trampas!! - Grité desesperada, sin saber bien a dónde ir, y notando el calor de las llamas que me ponían aún más nerviosa. No sabía qué hacer, quería vengarme, pero me frustraba el no conseguir todo a la primera. Querría llegar al campanario y ensartar un virote a cada una de esas desgraciadas entre los ojos. Pero en esos momentos me sentía atrapada sin saber bien a dónde ir. Me sentí impotente porque no podía hacer nada con las llamas, aunque Jules también podía controlarlas y eso me facilitaba un poco el acceso, al igual que Elen, que hacía lo mismo que Anastasia. El problema no era el incendio, sino lo que no veíamos. - ¡Tenemos que subir! ¡Anastasia está sola contra esas dos! - Estaba muy desesperada, se notaba en mi voz aguda, y en las frases tan evidentes que decía. Era incapaz de controlarme, pero haber visto caer a dos personas con quienes compartía parte de mi vida estaba siendo demasiado fuerte para soportarlo con entereza. - ¡¡Vamos!! - Agarré a Jules del brazo con fuerza, como instándole a que siguiera corriendo, pero no podía hacer nada, si la liábamos podíamos acabar como Haytham, y quedarnos inconscientes entre las llamas era contraproducente.

Con poco tiempo de diferencia ya habíamos perdido a mi hermano y a la líder del clan. Si no podía dejar de ver a Milton en el suelo con una postura imposible, inconsciente y sangrando, ahora se sumaba la imagen de Isabella agónica, ahogándose con su propia sangre y con tan solo minutos de vida. ¿Seguiría viva? Un escalofrío recorrió mi cuerpo y me puse todavía más nerviosa. Sabía que no debía dejar que los nervios me controlasen, pues estaba perdiendo la batalla sin hacer nada siquiera, pero era imposible mantener el temple en esa situación. Sólo quería subir y acabar con esas dos. No quería más muertes que las suyas. Era la única forma que teníamos de no perder a ninguno más de los nuestros.
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