Nada más que el ahora [Libre 3/3]

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Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Dag Thorlák el Jue Jun 29 2017, 00:59


Pocas puestas de sol eran tan bellas como la de aquella tarde. El crepúsculo teñía todo cuanto tocaba de un fantástico color dorado casi sacado de un cuento de hadas. Aquella colina, el punto más alto que alcanzaba uno de los caminos mercantes hacia la ciudad de Lunargenta, era el lugar perfecto para presenciar esa maravilla de la naturaleza. Los pájaros parloteaban preparándose para afrontar la cercana noche en sus nidos y, a lo lejos, podían apreciarse puntos de luz encendiéndose a lo largo de la muralla: fogatas y antorchas que también presagiaban la caída del manto oscuro sobre la distante silueta de la ciudad fortaleza.

A esa hora, los hombres y mujeres daban por terminados sus quehaceres para lentamente enfilar hacia sus hogares. Los niños, agotados luego de un largo día de ocio, eran arropados en sus cálidas camas de paja. Entonces despertaban los amantes de la noche, quienes empezaban a salir de sus madrigueras. Todos, sin excepción, formaban parte de aquel ciclo natural, repetitivo e interminable. Todos excepto el hombre que, al amparo de la sombra de un árbol cuyo tronco ahuecado le servía de protección contra las últimas luces del crepúsculo, observaba con ojos desorbitados la silueta de Lunargenta. Apoyaba la espalda contra la madera, con ambas manos en el rostro como si intentase impedir que la mandíbula se le desencajase completamente.

-No... no, no... ¡No! ¡¡Esto no puede estar pasando!!

Lo que estaba viendo no podía ser verdad. Alzó los puños para refregarse los ojos con desesperación, retorciéndose las pestañas, raspándose los lagrimales, apretando esos iris azules como si con aquello pudiese despertar de la horrible pesadilla en la que estaba inmerso. Porque debía ser una pesadilla, ¡era imposible que fuera de otra manera!

Hacía no muchos días que había despertado o, mejor dicho, lo habían despertado de un largo, largo sueño. Un sueño tan prolongado que no tenía ni la más mínima idea de cuánto tiempo había durado. En ningún momento pensó que su encierro pudiera durar más de un año. Sin embargo, al regresar al mundo exterior vio que muchas cosas habían cambiado. Más cambios juntos de los que él había visto en sus treinta años de vida antes de ser encerrado. Muchas veces estuvo a punto de preguntar a cualquier transeúnte que se cruzase en su camino en qué año se encontraban. No obstante, las voces en su cabeza le habían disuadido de tal cosa. En lo profundo de su alma, le aterrorizaba conocer la verdad.

Pero ahora... ahora, la preciosa silueta de las murallas bañadas en color dorado era la confirmación de sus peores miedos. Porque antes las murallas no eran tan altas. Porque no se veían tan añejas. Porque no recordaba que en Lunargenta hubiese edificios con tantos pisos como para ser vistos asomando por entre los muros. Porque cuando su escuadrón había viajado hacia Baslodia por ese mismo camino, vieron cómo estaban plantando muchos de los árboles que lo sombreaban... incluyendo al enorme roble contra el cual recargaba la espalda y cuyas raíces regaba con sus lágrimas. Un roble. Un árbol de crecimiento lento que no podía tener esa altura ni ese grosor sin haber crecido durante décadas... O siglos.

Si lo que sus ojos veían era real, significaba que había estado ausente más tiempo del que imaginaba.


Última edición por Dag Thorlák el Vie Jun 30 2017, 18:02, editado 1 vez
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Jue Jun 29 2017, 10:58

Aún seguía en Lunargenta. ¿¡Cuándo iba a salir de aquí!? En las otras ocasiones que había tenido que viajar a esta ciudad me había parecido más o menos práctica. Tenía de todo para mi entretenimiento, pero ahora mismo sólo veía edificios que me encerraban. No estaba disfrutando de sus calles como hacía tiempo, me sentía agobiada y mi madre no es que ayudase mucho para que me encontrase mejor. Seguía en su empeño de que dejase el gremio después de lo ocurrido en Sacrestic Ville. Todos los días, desde que me levantaba hasta que volvía a caer dormida tenía que escuchar pullitas con respecto a mi trabajo. Y todos los días, al irme a la cama, esas frases se agolpaban en mi cabeza.

“Es un trabajo peligroso”, “pudiste haber muerto tú también”, “no es un trabajo para ti”, “los cazadores deberían dejarlo ya”… Y multitud de frasecitas parecidas que eran demoledoras para mi cerebro. Sí, habíamos perdido a mucha gente, todos los días me acordaba. ¿¡Acaso se pensaba que era fácil ignorar lo que había pasado!? Mi madre no había estado ahí, no había visto las cosas que yo había visto. Ni siquiera había ido conmigo a la misión más sencilla como para hablar con propiedad. Sólo se basaba en que desde el día que tomé por primera vez mi arco y me fui a cazar vampiros, no era un trabajo para una dama como yo. Y todas las bajas, los problemas y las pérdidas que habíamos tenido eran culpa de eso mismo. Para mi madre, el trabajo de los cazadores debería estar hecho por hombres que tuvieran poco aprecio a su vida, que no tuviesen nada que perder y a los que nadie echaría en falta si morían, no para señoritas de la alta alcurnia que podían tener todo lo que quisieran con solo una sonrisa. Sí, había sido criada así, me gustaba eso de conseguir lo que me diera la gana con el mínimo esfuerzo. Pero había entrenado y competido contra Anastasia, y contra mí misma, para conseguir ser cazadora.

- Voy a salir. - Informé desde la puerta de mi habitación.
- ¿A estas horas? Ya casi va a caer la noche. - Replicó mi madre en tono serio.
- Sólo será un rato, quiero ir al puerto a comprar.
- Como quieras, pero que te acompañe Katarine. - Solté un resoplido de fastidio sin disimular y me volví a mi cuarto para acabar de arreglarme. Bueno, en realidad era la doncella que me iba a acompañar quien me estaba ayudando a acabar de prepararme para la salida. Ella acabó de colocarme bien una trenza que me había hecho y recogido en torno a mi cabeza.
- Lo lamento, señorita Harrowmont. - Dijo apenada la joven muchacha. Negué sutilmente con la cabeza como restándole importancia a su congoja. Órdenes de mi madre, ambas sabíamos que no quería que me acompañase pero no nos quedaba de otra. Desde que había llegado a Lunargenta tenía la idea de que mi madre me ponía a tantas doncellas a mi cargo para vigilarme. Era tan exagerado el no poder estar nunca sola que más que preocuparse por mí, pensaba que controlaba todo lo que hacía. Y, obviamente, también me había requisado el arco y los virotes.

Mi supuesto periodo de descanso en esta ciudad estaba siendo una condena. No podía hacer nada sola, ni siquiera bañarme. Y era un completo fastidio.
Yo ni siquiera me acordaba de qué me había pasado en Beltrexus, sólo tenía vagos recuerdos de ver a gente entrar y salir de mi habitación, pero no sabía por qué. Mi padre dijo que había estado mal y necesitaba descansar a alejarme un tiempo de la isla y del gremio de cazadores. Pero mi madre me tenía en una especie de fortaleza y obligándome a hacer planes estúpidos, posiblemente no para que me distrajera y me recuperase de lo que sea que me pasaba, sino para que olvidase el gremio o me diesen ganas de no regresar.

Cuando acabé de arreglarme para salir, me fui. Ni siquiera esperé a Katarine o me despedí de mi madre. Nada. Simplemente salí a paso rápido de la posada sin mirar a nadie. Pronto escuché los pasos de la doncella detrás de mí.
- Maestra… Espere.
- Anda más rápido.
No esperaba que sus pequeñas piernas pudiesen seguir mi paso, pero casi iba corriendo para alcanzarme. Sin duda, estaba cumpliendo las órdenes de mi madre de no dejarme sola ni un instante.

Me dirigí a la zona portuaria, aunque no para comprar. Sólo quería sentarme a observar los barcos. ¿Y si me metía de polizón en alguno que fuera a Beltrexus? Lo había pensado más de una vez, pero sabía que era una estupidez, me las tendría que ver con mi familia al llegar. Pero es que ya estaba harta de decirle a mi madre que quería regresar a casa a tomar el control del gremio. ¿Qué harían ahora que yo no estaba? Todos esos estúpidos estarían haciendo y deshaciendo a su parecer. ¡Y no tenían ni idea! La maestra cazadora era yo, ¿a qué inepto habría puesto mi padre al mando? Me hervía la sangre al pensar que cualquier incompetente podría estar haciéndoselas de jefe.

Me quedé ahí cavilando mientras Katarine miraba sin entender qué hacía ahí, sólo se apoyó en el respaldo del banco y no dijo nada. Aunque estaba claro que no le gustaba estar ahí, y más cuando ya todo estaba cerrándose y pronto nos quedaríamos solas. No la culpaba, era una niña que había tenido que meterse a mi cohorte para poder ganar algo de dinero.
El último barco atracó y sólo quedaban en el puerto los marineros atando los cabos. Pronto tendría la tranquilidad y momento de paz que tanto ansiaba. Si Katarine se fuera un rato por ahí sería mejor, pero no podía echarla.

- A estas horas es cuando los vampiros empiezan a salir. - Comenté sin mirar a la chiquilla.
- No sé cómo ha podido enfrentarse a esos seres, señorita Harrowmont. - Parecía asustada. - ¿No tenía miedo? ¿Ni siquiera en... Lo que sucedió... Ya sabe... En Sacrestic Ville?
Tardé un poco en responder, nunca me habían hecho esa pregunta y nunca me lo había planteado.


Off: Espero que no te importe que entre yo ^-^ Me ha gustado el post
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Dag Thorlák el Jue Jun 29 2017, 19:56


Cuando el último mortecino rayo de sol se escondió tras el horizonte, Dag separó su espalda del tronco y se limpió las lágrimas con el antebrazo. Era momento de seguir su camino, bajar la colina y traspasar las imponentes murallas para hacer frente a la realidad. Pero, aunque sabía que no podía quedarse estático por siempre, sus piernas no reaccionaban. Si nunca más pisaba Lunargenta, podría seguir disfrutando del irreal ensueño en que estaba metido. Podría imaginar que su casa seguía igual que antes, que sus vecinos no habían envejecido ni un día, y que sus niños eran todavía unos pequeños traviesos desdentados. ¿Y si ya todos estaban...?

-Esto no traerá nada bueno. Deberíamos regresar por donde hemos venido.
-Pienso lo mismo, sí. Estoy completamente de acuerdo.
Dag asintió, dando la razón a esas voces que habían sido su única compañía durante más de un siglo de soledad. Sin embargo, no “todos” opinaban lo mismo.
-Tonterías. ¿Y entonces qué nos queda? ¿Seguir vagando sin rumbo?
-¡De eso nada! Vamos, Dag, tienes que afrontar tus miedos de una vez por todas.
-¡Eso! ¡Compórtate como un hombre, maldita gallina!
Volvió a asentir, esta vez ceñudo y cohibido. Cada voz tenía un buen punto. Lo importante era, ¿qué deseaba hacer él?
-...Sólo será un vistazo. -Murmuró al fin, y se dispuso a bajar.

Pero cada paso era un gramo más de arrepentimiento pesándole sobre los hombros. Cuando fue engullido por las enormes puertas de la ciudad, ya no podía tener los ojos más abiertos. ¿Acaso Lunargenta siempre había sido tan concurrida? ¿Desde cuándo las callejuelas estaban adoquinadas? ¿No estaban prohibidos los vendedores ambulantes? El párpado inferior izquierdo se le sacudió en un tic nervioso. Dag, cuyo servicio en La Guardia había consistido en gran parte en hacer rondas a lo largo de toda la ciudad y conocer cada calle, cada casa y cada rostro, se sentía más perdido que nunca. No reconocía a ninguna de las personas que le pasaban por al lado, mirándolo como si fuese un bicho raro -probablemente debido a sus pintas zaparrastrosas- y le costaba horrores ubicarse. Sus habituales puntos de referencia habían desaparecido.

Un nudo le apretaba cada vez más la garganta a medida que caminaba. El tiempo pasaba y, para cuando no quedaba nadie más deambulando por la calle, él aún no había encontrado su casa. ¡Su maldita casa! Maldijo apretando los dientes y pateó el suelo con frustración.
-¡Esto tiene que ser una puta broma!
Resopló, se frotó el rostro con ambas manos y, ofuscado, decidió dirigirse hacia donde creía que estaba el puerto. Al menos el agua tenía que seguir estando en el mismo sitio, ¿no?

Tardó otro rato en llegar. Ya era bien entrada la noche y nadie se atrevía a salir solo tan tarde. Deambuló durante un rato siendo tragado por las sombras, aliándose con esa oscuridad que le quitaba la cordura y lo arrastraba a la más profunda desesperación. Al menos, se dijo, el mar seguía igual de negro y apestoso que siempre, al fin algo familiar. No obstante el puerto también había cambiado lo suficiente como para no ser capaz de ubicarse sin gran esfuerzo... y su paciencia acababa de llegar al límite. Apretó los puños y miró al cielo con los ojos de quien necesita culpar a quien sea de todos sus males.
-¡Por Odín, por Thor, por la...! ¡¡Me cago en...!! ¡¡¡Oye, tú!!!
Sentados en un banco, los únicos dos seres vivos que seguían fuera a esas horas admiraban las embarcaciones. Dag se dirigió a la muchacha que tenía el gesto compungido por los nervios, dado que era la más próxima a él.
-¡Dime dónde demonios han puesto mi jodida casa!
Le gritó mientras se acercaba con grandes zancadas.

Con las pintas que tenía, el hombre no parecía nada más ni nada menos que un simple vagabundo. Las botas con lodo hasta arriba, el pantalón de cuero roído, una espada oxidada colgándole del cinturón y, como joya de la corona, esa camisa que alguna vez había sido blanca y ahora estaba rasgada y manchada de hollín, sangre y barro.

Si tenía suerte, quizás hasta se apiadarían de él y le arrojarían un par de aeros.
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Iredia el Sáb Jul 01 2017, 13:00

A la hora del crepúsculo, la joven elfa seguía aún vagando por las calles de los vendedores ambulantes. Sabía que era peligroso, que pronto anochecería y que tendría que volver a casa después. Pero no lo podía evitar, Lunargenta tenía ese encanto y aún se había quedado con ganas de más después de su primera visita con aquella noble. DIsfrutó de los olores de las especias, de los gritos de la gente noble y no tan noble.

Sin querer, se le hizo de noche y, pronto, los negocios que antes parecían honrados empezaron a volverse más oscuros. Algunas señoritas vestidas son trajes muy vistosos salieron a la calle, todas coqueteando con el primer transeúnte que pasaba. Hasta con ella.

-Mmm, no me importaría tener entre mis piernas a una elfa... -le comentó una mientras la veía pasar.

Iredia la ignoró y siguió caminando. Su posada no estaba lejos, pero aún tenía que andar un trecho. Sin embargo, su mala suerte le hizo toparse de bruces con un grupo de asaltantes al doblar una esquina. La miraron estupefactos. Eran tres y parecían tener algún tipo de sustancia ilegal entre manos. Los había pillado en pleno tráfico.

-Discúlpenme, me he... confundido de camino, parece ser. -dijo la elfa mientras retrocedía.
-Mierda, lo ha visto. ¡Cogedla! -y sacó el puñal.

Había uno gordito, uno flaco y uno robusto. Le dio igual, Iredia no tenía fuerza para enfrentarse a ninguno de los tres. Lo suyo era curar heridas, no provocarlas. Sin dudarlo, echó a correr.

<<Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda.>>.

Tenía que despistarlos de alguna manera, que la perdiesen de vista. Los dioses, gracias al hecho de ser elfa, le habían otorgado mejor visión nocturna que a esos mangurrianes. Sin duda alguna, era algo que podría usar a su favor. Pero tendría que ser pronto, ese ritmo de carrera no lo podría mantener mucho tiempo.

Su carrera la llevó hasta la zona marítima. El puerto. Parecía que había dos figuras a no mucha distancia de ella. Miró hacia atrás. Había despistado momentáneamente a sus asaltantes, pero no por mucho tiempo. Sin dudarlo, pasó al lado de aquel que parecía un vagabundo y dos chicas y, de un salto, se metió en una de las barquichuelas, se tapó completamente con una manta y se quedó ahí quieta.

Entonces, aparecieron los tres asaltantes que la perseguían. Miraron a los lados, pero no vieron a la elfa. Sin embargo, sí vieron a aquel vagabundo y a la chica. Con aires de matones, los tres (el gordo, el flaco y el robusto), se acercaron a la pareja.

-Eh, ¿habéis visto a una chica pelirroja? No muy alta, iba con unas mallas y una túnica azul y marrón...

Después, el robusto (el que acababa de hablar), le dirigió una mirada muy lasciva a la muchacha que parecía más noble, evaluándola de arriba abajo. Quizás acababa de perder el interés de repente por la chica pelirroja.
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Lun Jul 03 2017, 16:32

Sentada en el banco junto a Katarine miraba a los marineros durante unos segundos antes de responder a las preguntas de la chiquilla. - Pues… No sé. Ahora no me acuerdo si tuve miedo. No me acuerdo de muchas de las cosas que pasaron. - Escuchaba las risotadas de Belladona, los haces de luz, gritos y órdenes… Tenía una idea más o menos general de lo que había pasado, pero muchas de las partes habían sido eliminadas de mi cerebro. A pesar de que intentaba recordarlas. Había dicho que no sabía si había tenido miedo, pero creo sí. No lo admitiría, pero sí que recordaba haber sentido miedo en alguna ocasión, aunque había sido en tantas que no recordaba exactamente en cuál.  Hacía mucho que no sentía miedo y nunca dejaba que me dominase. Yo era más valiente y lo controlaba. Incluso en esa ocasión, también lo dejé apartado.

La que sí parecía tenerlo era la joven doncella. Estaba atemorizada por el simple hecho de pronunciar el nombre de la ciudad. Para muchos, en Beltrexus, se había convertido en un lugar maldito del mapa. Se había convertido en la tumba de muchos de los cazadores.

Volví a quedarme en silencio escuchando el mar chocar contra los diques del puerto durante varios minutos, hasta que un hombre irrumpió gritando algo de su casa. Alcé la vista para verle y su aspecto me dio asco. ¡Era un miserable vagabundo! No pude evitar hacer una mueca de disgusto. Odiaba a los pobres. No me gustaban nada. Lastraban la economía de las ciudades, daban mala imagen en las calles y encima se creían que podían vivir sin trabajar, sólo pidiendo limosnas y aprovechándose de la gente que de verdad se ganaba su pan. ¡Si quieres dinero, trabaja! Y bueno, no todos tenían la suerte de pertenecer a la cúspide adinerada de las islas. Me aparté un poco de él, mirándolo con recelo. Se había concentrado en Katarine, que lo miraba asustada.
- Eh… Yo… No… No sé. –Se intentó apartar mi doncella. Tenía pintas de haber pasado un buen rato bebiendo o tomando otro tipo de sustancias. ¿Qué le pasaba? Me levanté, mirando al vagabundo desde mi altura, mucho más notoria que la de la joven Katarine.

- Eh, tú. Fuera. - Amenacé para que nos dejase en paz. No sabíamos si estaba bajo los efectos de alguna sustancia, pero no iba a permitir que me jodiera la noche, la única que había podido salir después de varios días. - No sabemos dónde está tu casa, búscala tú mismo. - Respondí con bordaría, sin disimular mi mueca de asco. Pero los problemas no parecían quedarse solo ahí. Ya estaba llevando la mano a mi daga, escondida en mi bolsa, cuando unos hombres aparecieron. No sabía si conocían al tipo ese o no, pero tampoco me importaba mucho. Quería que nos dejasen en paz. Y ellos parecían querer lo contrario. En total habían llegado cuatro personas, ¿en qué momento los dioses no querían darme paz?

Uno de los hombres, el más grandote, nos preguntó si habíamos visto a una chica, aunque la forma en la que me miraba me dio a entender que ya no le parecía tan urgente encontrarla. - No la he visto. - Dije con mi tono de esa noche para dejarle claro que no teníamos nada que ver. - Vete con este hombre y os ponéis a buscar lo que habéis perdido. - La mirada lasciva de ese hombre me estaba enfadando más todavía y no dudé en responderle. - ¿Qué miras tanto? ¿No tenías que buscar a alguien? Largo.
- Pero he encontrado algo mejor. - Sonrió ladinamente. - Me gustan con carácter.
- Mira que lo dudo. Déjanos en paz y vete.
- ¿Me tengo que ir y dejaros aquí solitas? Aunque si te vienes conmigo… Te aseguro que te vas a divertir. -Resoplé y me di la vuelta para irme, llamando a Katarine para que me acompañase. Pero el tipo robusto, alentado por los amigos, me agarró de la muñeca. - Espera, espera. No te vayas, que te acompaño.
En cuanto noté su agarre me giré y le di un golpe en la muñeca para que me soltase. El siguiente fue en un lado de la rodilla, con todas mis fuerzas y al momento saqué mi daga. - Te lo he advertido, imbécil. A ti y a todos los que estáis aquí: o nos dejáis en paz, o acabáis en el mar.

No sabía si a ese tipo se le habían quitado las ganas de seguir incordiando o si se vengaría por haberle golpeado, pero me daba igual, ya estaba preparada para darle su merecido. Había luchado contra infinidad de vampiros y contra la Hermandad, unos míseros humanos no me asustaban. Ellos no.
- ¡Estás loca! - Gritó uno de los amigos, el más delgado. Tal vez no esperaba mi reacción. ¿Qué quería? ¿Qué les dijera “sí, voy”?  Ellos sí estaban locos.
- Sólo queríamos pasar un rato divertido. - Respondió el otro, a quien había golpeado, desde el suelo. Trataba de justificarse por andar increpando. En ese momento me dieron ganas de darle una patada en la boca  y saltarle los dientes, pero no lo hice.
- Yo no quiero esa diversión con vosotros. Seguid buscando lo que sea que busquéis y dejadnos en paz. ¿Lo tengo que repetir? - Miré a todos, sin distinguir entre quien buscaba su casa o a una joven. Aunque viendo las intenciones de esos tres, esperaba que no la encontrasen. Clavé la mirada en el primero que había llegado. - ¿Y tú, qué? - Él no había tenido las intenciones de los otros, ¿se conocían?
- Maestra Harrowmont... Vámonos, no se meta en líos. - Katarine estaba asustada ante la situación.
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Dag Thorlák el Mar Jul 04 2017, 21:18

“Eh, tú. Fuera.” Altivas palabras brotaron de los labios de la mujer mejor vestida, a quien Dag en un principio no había prestado atención. Lejos de espantarlo, la muchacha no hizo más que acrecentar su enojo. -¿Cómo se atreve? -Gruñó una de las siseantes voces de su cabeza- No sabes a quién le estás hablando con ese tono. -Murmuró el vampiro, apretando los puños. Era un Guardia de Lunargenta cuya vida entera había dedicado a proteger a personas como aquella joven maleducada. ¡Si supiera quién era le rendiría su gratitud al instante! Estaba entreabriendo los labios para reprender a la mujer cuando una tercer muchacha pasó a su lado con la velocidad de un relámpago para saltar dentro de una pequeña barca. -Los jóvenes de hoy en día tienen pasatiempos muy extraños... -pensó, observando con curiosidad el vaivén de la embarcación.

Pestañeó un par de veces para salir de su asombro. -En fin. -Carraspeó- Como estaba diciendo... -Pero, siguiendo a la joven, no tardaron en aparecer tres tipejos de dudosa calaña. El entrecejo del vampiro terminó de arrugarse como un acordeón ante la nueva interrupción. Sin embargo, en vista de que la muchacha de alcurnia y lengua afilada parecía poder defenderse sola, Dag no hizo más que quedarse allí parado observando la golpiza bien merecida recibida por uno de los hombres, casi sintiendo pena por el pobre desgraciado.

Enarcó una ceja cuando la agresiva mujer volvió a dirigirse a él. No sólo le molestaba profundamente que una cría mimada lo tratase con tal falta de respeto, también comenzaba a colmarle la paciencia ser denigrado a la misma deplorable condición que el trío de imbéciles.
-Yo sólo quiero saber dónde... -¡Oigan, aquí está! -Le interrumpió, por enésima vez, uno de los matones. Se trataba del flacucho, que había aprovechado el tiempo muerto para descubrir el paradero de la muchacha en la barquichuela. El tipo estaba levantando la tela que servía de escondite cuando Dag lo tomó del cuello con desmedida violencia y, habiendo ya perdido por completo los estribos, lo arrastró un par de metros a lo largo del muelle hasta encontrar un sitio donde el agua estuviese a pocos centímetros de las tablas.

-¡Dejen de inre... interrim... interrumpirme, malditos sean! -Ignorando el pataleo del hombre, hundió la cabeza de éste en el agua durante algunos segundos. Al sacarlo tuvo que zarandearlo para que dejase de gritar. En vista de que nadie parecía poder indicarle dónde estaba su morada, decidió aprovechar el interrogatorio con una pregunta más fácil- ¿¡Quién es el rey, ah!? ¡Contéstame! -¡Ah! ¡Uh... auch! ¡Usted! ¡Usted lo es! -Dag gruñó de ira y repitió el proceso. El pobre tipo se removía como una lombriz intentando zafarse, mientras sus compañeros, uno todavía en el suelo y el otro alejándose disimuladamente, observaban la escena boquiabiertos- ¡Dime quién es el rey de Lunargenta, pedazo de mangurrián! -¡Siegfried! -Gimió- ¡Es Siegfried!

Abrió la mano y dejó que el hombre cayese al agua, permitiendo que se alejase con ridículos chapoteos. Su expresión pasó del enojo al desconcierto en un instante. Las cosas se ponían cada vez más complicadas: No sólo Lunargenta había cambiado, ¡ni siquiera tenían el Rey que él recordaba!

Se volteó lentamente y observó a las dos muchachas, la violenta y su criada, con los ojos brillando con infantil tristeza. Su tono de voz áspero y compungido no se correspondía con la dureza exhibida momentos atrás. Casi parecía ser una persona completamente distinta.
-¿Es cierto lo que dijo? -Cuestionó. Los dos malvivientes que quedaban aprovecharon la oportunidad para retirarse con disimulo, intercambiando ininteligibles susurros. Probablemente acababan de darse cuenta de que el ojiazul no estaba muy bien de la cabeza. ¿Qué persona cuerda torturaba a un hombre y luego se volteaba con lágrimas en los ojos?- ¿Es cierto? -Insistió, con el mentón tembloroso y un nudo en la garganta- ¿En... En qué año estamos?
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Iredia el Mar Jul 04 2017, 22:01

Iredia no salió en todo aquel rato de la manta. Oyó las frases de la chica, oyó un golpetazo seguido de un quejido por parte de uno de los hombres que la perseguían.

<<Bien>>, pensó.

Al rato, se sintió mal. Ella sólo quería que la perdiesen de vista y siguieran traficando con drogas, con muñecos, con muñecos llenos de drogas o lo que sea que estuviesen haciendo en aquel callejón. No tenía previsto que las jóvenes que estaban ahí se vieran involucradas con esos tres. Todos los malditos humanos eran iguales.

De golpe, alguien tiró de su manta. El maldito flacucho. Fue a darle una patada cuando, de golpe, un hombre completamente furioso con pintas de vagabundo le agarró del pescuezo y le arrastró un par de metros hasta el borde, dejándolo suspendido en el aire y amenazándolo con tirarlo al agua. Lo peor fue que no se esperaba que el chico empezase a preguntarle sobre el rey de Lunargenta. Iredia observaba en silencio desde la barca, sentada, con la boca abierta sin atreverse a decir murmullo alguno.

Lo más sorprendente después fue ver que el vagabundo harapiento parecía completamente confuso por la respuesta que le había dado aquel hombre. Dioses, estaba como una cabra.

Salió con ciertas dificultades de la barquichuela al ver que los malhechores se habían marchado. Después, se acercó a ellos. La joven elfa era un ser de pelo rojizo muy largo, ojos violáceos vivaces y de porte tranquilo y jovial, Colgaba un arco de su espalda, una daga en su cinturón. Vestía de forma simple, con una túnica y unas mallas. Sus ropas no estaban roídas, aunque se podía decir, por el desgaste de las botas, que había hecho un viaje largo.

-Madre mía, disculpadme por lo de esos tres. ¡Vaya idiotas! Estos humanos sólo piensan en lo mismo. -luego, dándose cuenta de que había hablado de más, miró a las jóvenes humanas con disculpa- Sin ofender. Sólo los hombres. -esta vez miró al hombre vagabundo. Había vuelto a cagarla- O sea, tú no. Gracias, por cierto. -les sonrió con amabilidad - No sé quién de las dos le ha dado el porrazo. Creo que tú. -miró a la que tenía el porte más altivo y noble- ¡Muy bien hecho!

Al ver los ojos llorosos del ojiazul, de golpe, se preocupó.

-¿Te ocurre algo? ¿Necesitas ayuda?

La ilusa elfa ni se había dado cuenta de que era un vampiro ni tampoco de qué trataba la confusión que tenía. Interpretó que quizás estaba perdido o acababa de perder algo o a alguien.
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Sáb Jul 08 2017, 21:38

Katarine parecía querer que nos fuéramos cuanto antes. La entendía, pero yo no iba a irme porque a esos estúpidos les diese por molestarme. Si seguían así los tiraría al mar. Y me daba igual la guardia de Lunargenta o quien fuera. No podían venir a molestarme porque sí.

Aunque el siguiente embrollo no lo monté yo, sino el chico al que parecía ignorar bastante. Estaba centrada en los otros, no en ese. Pues bien, el hombre empezó a emprenderla con uno de los otros que nos habían molestado. Lo extraño es que preguntaba cosas muy raras. ¿Quién era nuestro rey? ¿En qué año estábamos? ¿De dónde se había escapado ese tipo? Cada vez que venía a Lunargenta me tenía que encontrar con personas tan… Especiales.

Me quedé mirando de forma altiva lo que hacía y sólo mi doncella respondió cuando se giró. - Estamos en 1272. - Respondió con cierta incredulidad ante la situación. Después me dio otro tirón en el brazo, con suavidad, para hacer que me moviera. Al instante, una elfa apareció. ¡Y yo que quería venir al puerto para estar tranquila! Esto se estaba llenando de gente a cada momento.

Enarqué una ceja mirándola mientras la muchacha comenzaba a hablar y a agradecer que hubiese golpeado al tipo. - Ah. ¿Llevas un arco y una daga y no eres capaz de luchar? - Hice una mueca como si la chiquilla oliese mal o algo parecido. Pero me resultaba increíble que una elfa de Sandorai no fuera capaz de detener a quien intentaba hacerla daño. Vale, muchos de esos montaciervos eran pacifistas, pero ¿hasta el punto de no hacer nada en defensa propia? Normal que les hubiéramos ganado las islas, algunos eran más inútiles que un arco sin flechas.

- Maestra… - Dijo sutilmente Katarine para que no increpara a la chica y no buscarme más enemigos. Pero, ¿y qué más daba? No iba a vivir en Lunargenta. En cuanto pudiera me largaría para ocupar el puesto que me correspondía de Maestra Cazadora y guiar al gremio. Me importaba más bien poco hacer amigos en esta ciudad. Los cazadores me necesitaban. Y ya tenía amigos en Beltrexus.

Aún así seguí mirando la escenita. Uno metiendo la cabeza de otro en el agua, luego lloraba y la elfa en plan inocentona preguntando. Me recordó a Rachel Roche, la hermana de Jules. ¿Qué había pasado con ellos? Un escalofrío recorrió mi cuerpo entero cuando por mi mente pasaron los nublosos recuerdos de aquella fatídica noche. Suspiré y miré a mi doncella. –Sí, será mejor que nos vayamos.
- No, maestra. Quería pedirle permiso para ayudar a ese hombre. Está llorando. - Me indicó con la cabeza al hombre que había llegado primero.
Me encogí de hombros. - Haz lo que quieras. - Guardé mi daga y miré cómo Katarine se acercaba al muchacho. ¡Ella y su manía de ayudar! ¡Cómo se notaba lo joven que era y su inocencia! Volví a sentarme en el banco.

- ¿Qué le sucede? - Parecía ir a coro con la elfa débil esa. Katarine se arrodilló junto a él. - ¿Está confuso? Si necesita que llamemos a un médico… - Miró a la elfa como si ella tuviera el remedio a todos los males del mundo. - ¿Sabe dónde está?
Resoplé. ¿De qué nos servía ayudar a esa persona? Seguramente se habría escapado de algún tipo de sanatorio para gente loca o algo así. Nos iba a meter en problemas. Los dos hombres que quedaban miraban incrédulos la situación y, con disimulo, trataban de hacer ver al tipo extraño que estaba con su amigo aún entre sus manos.

- Eh, chico. Suéltalo. - Avisó uno. Miré hacia ellos. Ni me había percatado de que seguían por ahí molestando. Les había salido caro el estar persiguiendo a alguien, sin duda. Ojalá y les sirviera de escarmiento para no volver a perseguir a nadie.

- Ven, te acompañaremos a otro lugar. ¿Quiere un café caliente? - Preguntó Katarine mirándome. Buscaba mi permiso y yo la miré extrañada. No quería llevar a nadie a ningún lado. Sólo quería descansar un rato de mi madre y estar a solas. Pero parecía que costaba entender eso. Me levanté de forma cansina y empecé a andar. A mi doncella se le iluminó la mirada porque me había visto acceder a su propuesta. - Puede venir usted también, linda elfa. - Ella siempre tan educada. Bendita juventud y bendita inocencia.

Si hubiese tenido que convertirse en cazadora, como yo, hubiese perdido cualquier atisbo de “ternura”. Aquí se veían cosas desagradables, hasta la bondad humana destacaba por su ausencia. Y era un contraste ver a Katarine siendo tan amable, atendiendo a todo el mundo, velando por cada persona y animal que viera por la calle. Alguna vez había dicho que iba a ser enfermera. Aunque todavía no tenía suficiente dinero para poder estudiar en la Universidad de Lunargenta.
Cuando llegásemos a casa hablaría con mi madre para que le diese un hogar en la ciudad y poder costearse sus estudios. A pesar de que no la trataba del todo bien, debía reconocer la bondad y la servicialidad de esa muchacha.


Off: Perdón por la tardanza, no he podido rolear mucho esta semana >-<
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Dag Thorlák el Dom Jul 09 2017, 23:42

En ningún momento su objetivo había sido causar lástima. De hecho, un profundo hastío le helaba el pecho y apretaba su garganta al saberse bajo las compasivas atenciones de los demás. Que llorara, gritase o se expresase con ademanes desesperados no era más que otra muestra de la fragilidad de su cordura, de la debilidad de su quebrantado espíritu. No quería compasión, ¡quería que todo fuera como antes!

Pero el paso del tiempo no se puede desenredar ni revertir con la misma facilidad con que se revierten los puntos de una bufanda mal tejida para volver a empezar. Su vida, antes tan ordenada, tan monótona y tan casi satisfactoria, últimamente no estaba siendo más que una sucesión de pasos erráticos en medio de una oscura incertidumbre, pasos que no lo llevaban a ningún sitio. No sabía cómo demonios tejer su destino ahora que estaba solo, ahora que estaba maldito. Temía profundamente observar, como un simple testigo, los vestigios de un pasado que no quería reconocer como pasado.  Y, sin embargo, allí estaba. Buscando su vieja casa con lágrimas de desesperación opacándole la mirada. Buscando a su familia pese a que ya los sabía muertos.

-¿Mil doscientos setenta y dos? -Parafraseó estupefacto, perdiendo la mirada en algún punto incierto entre los tablones del suelo durante un instante. Estaba seguro de que corría el año Mil ciento sesenta y siete cuando fue 'muerto' y encerrado. Era un número que no podría olvidar jamás. Entonces, si eso era cierto, significaba que... Hizo cálculos. Después de tanto tiempo, le resultó difícil recordar cómo hacer una operación matemática tan simple, de esas que le enseñó su padre cuando lo instruía en el arte del comercio. -Ciento cinco. -Dijo de pronto, con la voz quebrada y el ánimo destruido, como si acabasen de anunciarle su condena de muerte. Pero no era él el condenado. Eran... o, más bien habían sido, todos a quienes él conocía- Ciento cinco. -Repitió, incrédulo. Todos, excepto él, ya habrían pasado por la guillotina del tiempo.

De las tres mujeres, dos de ellas estaban encima suyo preguntándole si se encontraba bien. ¿Acaso no era obvia la respuesta? Se llevó las manos al rostro para secarse las mejillas y respiró copiosamente, intentando calmarse y ganar tiempo para acomodar sus ideas antes de hablar.
-Sí, necesito ayuda. -Murmuró. Fue difícil pronunciar tan pesadas palabras; no porque su orgullo se lo impidiera, sino porque en su larga vida pocas veces había tenido que recurrir a la amabilidad de los demás para solucionar sus problemas. Pero ahora estaba tan desesperado, tan apabullado y confundido, que no toleraba la idea de volver a deambular solo por las ya olvidadas calles de una Lunargenta que desconocía.

Dag asintió a las preguntas de la amable criada y se dispuso a seguirla. Ella acababa de ofrecer un café, y el vampiro ya había constatado con desdén que los alimentos y bebidas que antaño disfrutaba ahora no sabían en su paladar mejor que un puñado de tierra insípida. Sin embargo, acababa de aceptar por cortesía y porque no tenía excusa para declinar el ofrecimiento; la idea de dejar entrever que era un vampiro no sólo le causaba asco a sí mismo, sino que bien sabía el odio y temor que dicha raza, ahora su raza, despertaba en algunas personas. Y, si quería ser ayudado, no podía dejar que eso sucediera.

La sirvienta caminaba con una alegría extraña que el hombre no supo a qué atribuirle. Echaba miraditas nerviosas e inquisitivas, pero también alegres, a la joven parca y malhumorada de más alcurnia, e invitó también a la muchacha de orejas en punta a que los acompañara. Eran sin duda un grupo pintoresco y Dag sentía que la atención recaía pesadamente sobre sus anchos hombros. Al cabo de un rato volvió a suspirar antes de decidirse, por fin, a explicar su situación cuidándose de no entrar en detalles peligrosos. Ya nada quedaba de la agresividad con que había tratado al flacucho rufián; ahora su tono era aterciopelado, manso y profundo.

-Estoy buscando mi casa. Hace muchos... muchos años me fui de Lunargenta y hoy he reguer... gresa... regresado. Pero la ciudad ha cambiado tanto, y ha pasado tanto tiempo, que no puedo encontrarla. Las calles ya no son las mismas. -Rezongó, explicando por fin el por qué de su angustia- Y no soy un vagabundo. -Gruñó, pues las despectivas miradas de la joven adinerada no se le habían pasado por alto- Soy... Quiero decir, era un guardia. Pero acabo de llegar de un viaje largo y desafortunado. He ahí la razón de mis pintas.

Se pasó la mano por la áspera camisa, endurecida por la costra de mugre que manchaba el alguna vez impoluto blanco. Vagando por el bosque, su apariencia no era ni el último eslabón de sus preocupaciones. Pero ahora, en la ciudad y rodeado de ojos que todo lo juzgan y reprueban, una incipiente vergüenza le obligó a bajar la mirada. Extrañaba su brillante y honorable armadura de guardia de Lunargenta.
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Iredia el Lun Jul 10 2017, 13:05

Entrecerró los ojos ante aquel comentario de la noble sobre su capacidad de luchar. Ciertamente, no era muy buena luchadora, su especialidad era más bien la de sanar a otros luchadores. Sin embargo, su orgullo le hizo abrir la boca de más.

-Sí, soy capaz. Y también uso el sentido común, algo de lo que no puede presumir todo el mundo.

No le importó si esa mujer se daba por aludida. Ya vendría llorando si algún día le.rompían una pierna. La otra chiquilla, mucho más amable, se puso junto a ella para escudriñar al vagabundo. Éste parecía en shock cuando le dijo la joven amable en qué año estaban. Cuando ésta hizo alusión a que podría necesitar a un médico, Iredia escrutó con la mirada de arriba abajo al hombre, corroborando su condición de médico. No parecía herido por fuera, pero no todas las heridas salían a la superficie. Se planteó seriamente que tuviese algún daño cerebral. No supo qué quería decir el hombre cuando decía lo de "ciento cinco". ¿Igual era un loco sádico?

Aceptó la invitación de la joven al café.

-Y, de paso, me gustaría echarle un vistazo. Quizás haya recibido algún tipo de golpe en la cabeza.- tampoco quería dejar a esa mujer sola con ese hombre, pero eso no lo dijo en voz alta.

Ignoró que la otra mujer se levantaba. Estaba claro que no se iban a llevar bien y el mejor premio para los altivos es la indiferencia.

Mientras andaban, ellos tres juntos y la noble detrás, escuchó con atención aquella historia. Ciertamente, tenía que ser duro para él encontrarse con que su antes hogar le era ahora completamente desconocido. Le entró un escalofrío, temiendo que le pasase a ella lo mismo al volver a Sandorai.

-Lamento lo que te ha pasado.- expresó con sinceridad-Podemos ir a una posada y allí puedo echar un ojo, a ver si tienes algún hematoma interno. ¿Hay alguien con el que quieras hablar aquí? Quizás podamos buscarlo.- sugirió.

Miró de reojo a la noble. Por algún extraño motivo, no le agradaba mucho darle la espalda.


Off: Perdonadme las faltas y la calidad, escribo desde el trabajo y usando el móvil ^^U

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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Mar Jul 18 2017, 00:59

-El sentido común de esconderte y esperar a que otro te salve. - Respondí con sarcasmo. Yo y mi manía de llevar siempre la última palabra y más aún si la persona que tenía enfrente valía tan poco para mí. No quería que esa muchacha tan cobarde se atreviera siquiera a decirme nada después de que por su culpa había tenido que enfrentarme a esos hombres y encima ella se había escondido. ¿Teniendo armas? ¿En serio? No lo entendía. La miré con altanería, como solía mirarlos a todos… Y como hacía tiempo que no miraba a nadie.

Pasé de discutir con esa elfa y me centré en el chico tan extraño que estaba con Katarine. - ¿Ciento cinco? ¿Qué quiere decir, señor? - Ella y su amabilidad. Sólo miraba lo que hacían, no me acerqué. Me parecía un vagabundo y no me gustaban nada, me daba repulsa. Mejor que se ocupase Katarine y que tardase poco, a poder ser.
Pero no parecía querer tardar poco porque mi doncella les propuso ir a una taberna a tomar algo caliente. Resoplé sonoramente para mostrar mi descontento. No quería acoplados, pero no pude hacer nada. Ahí me encontraba, siguiéndolos. A pesar de que caminaba a cierta distancia pude escuchar que el chico vivía antes en Lunargenta pero se había tenido que marchar para hacer un largo viaje… ¡Bah! Me daba igual su historia. Por mí, como si iba corriendo y se tiraba al mar. Pero Katarine parecía estar muy interesada.

- Oh, ¿en serio? ¿Y por qué ya no es guardia? - Ella parecía emocionada, pero yo no. ¿Un guardia? Algo muy grave había tenido que hacer para que le expulsaran y tuviera que vagar con esas fachas. Rodé los ojos como aburrida. A mí me parecía un vagabundo, por mucho que me dijera que había vestido el característico uniforme azul, yo seguía pensando que estaba loco, y más ahora que decía eso. Sin duda, alguien que se había escapado de un sanatorio. - ¡Seguro que si vuelve a la guardia le dejarán entrar de nuevo! - Katarine, la positiva.

La elfa también parecía dispuesta a ayudar, a pesar de su cobardía. Según me pareció entender por sus palabras, lo suyo era la curación. Bueno, ¿qué se podía esperar de esos montaciervos? ¿Qué poder tenían aparte de curar y… ya? Como mucho hablar con los animales, porque en combate eran bastante inútiles, comprobado esa misma noche.
- Sí, luego podemos mirar si tiene algún tipo de hematoma. Parece que tiene movilidad en todas sus extremidades y no se queja de dolor excesivo… Pero aún así tenemos que hacer una comprobación. - Comentó mi doncella, mirando a la elfa. - Está desorientado, eso sí.

Confiaba en las habilidades de Katarine y, por qué no decirlo, en las de la elfa. Como lo único que sabían hacer era curar, esperaba que lo hiciera bien. No por él, sino porque así me podía llevar a mi acompañante de vuelta a la posada donde nos hospedábamos y acabaría la noche de "hacer amiguitos".

Enarqué una ceja con altanería cuando la elfa me miró. ¿Qué quería? Iba detrás de todos, sin decir nada, ¿qué miraba tanto? Estaba algo arisca y reacia a conocer a gente, pero tenía que reconocer que desde que había ocurrido lo de Sacrestic Ville no me había relacionado con nadie. Al volver a Beltrexus no me había juntado con mis amigas, no había tenido contacto con nadie más que mis padres. No quería pasar tiempo con nadie. Tan solo quedarme en el despacho del Palacio de los Vientos y mirar contratos antiguos. Por un momento me quedé pensando en la adrenalina que sentía cuando me encontraba con las criaturas de la noche. Pero un escalofrío recorrió mi cuerpo. Las últimas a las que me había enfrentado…

Sacudí la cabeza y apoyé una mano en el antebrazo mientras continuaba el camino detrás de ellos. Mire cómo Katarine estaba entretenida con el chico, y la elfa a su lado. Sin escuchar del todo su conversación parecía una escena cotidiana. Tan cotidiana que se me hizo extraña. ¿Cuánto tiempo llevaba yo sin tener una escena así? Sin armas de por medio, sin contratos que me movieran a hablar con gente, sin compañeros para trazar un nuevo plan de ataque. Sólo algo cotidiano. ¿Cuánto tiempo había pasado desde mi última conversación “de chicas” con alguna de mis amigas? O una simple cena con alguien, sin que supusiera hablar del plan a seguir al día siguiente, sin comer limpiando tus armas. Sin acercarte a alguien a preguntarle piensa que la cuerda de tu arco ya está bien tensada. Hablar del tiempo, de qué pasó en aquella chica del Hekshold, qué vestido llevar a la fiesta de la cual en esos momentos desconocía que de su existencia. Cualquier cosa de las que hacía antes de que ocurriera lo de la Dama.
Desde ese momento mi vida había cambiado y todavía no era consciente de hasta qué punto. Sí, sabía las consecuencias de habernos enfrentado a ella. Más bien, todos en el gremio las conocían. Pero… Aún me costaba asimilar ciertas cosas que me habían venido demasiado grandes los días posteriores.

Incluso mis doncellas sabían que algo me pasaba. ¡Qué estupidez! ¡En Beltrexus podía estar haciendo algo mejor que seguir a dos desconocidos junto a mi doncella! Podía estar controlando un gremio que estaba descolgado ahora mismo. Podía estar ayudando a Aerandir. ¡Pero no! Haciendo amiguitos… ¡Qué bien! Al regresar a la posada le iba a pedir a mi madre, por vigésimo sexta vez que me dejara regresar a las islas. Prefería eso antes de estar aquí mirando la conversación banal de esos tres.

Por fin llegamos a una posada pequeña, donde sólo había un tabernero limpiando la barra de madera desgastada con un trapo gris. - Bienvenidos. ¿Qué desean tomar?
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Dag Thorlák el Mar Jul 18 2017, 02:11

El hombre ignoró completamente la primer pregunta de la doncella que acompañaba a aquella chica de alcurnia. Ni siquiera había pronunciado esas palabras conscientemente, y no tenía forma de explicar a qué se refería con “ciento cinco” sin delatar su condición de inmortal. Ja, inmortal. Acababa de darse cuenta, por primera vez en su nueva vida, de que ahora su vida carecía de fecha de caducidad. Cuántas veces había deseado eso siendo un niño, y ahora no podía verlo como más que una insoportable maldición. Por esa misma razón, para evitar delatarse, le fue difícil responder a la segunda pregunta. Tomó una copiosa bocanada de aire y explicó con austeridad:
-No pertenezco más a la guardia porque... -se rascó la barbilla, meditabundo- ...luego de mi última misión, me tomó mucho tiempo... umh, recomponerme antes de volver. El suficiente tiempo para perder mi cargo. Y no creo que vuelva a pedirlo, pero gracias. -le dedicó una sonrisa condescendiente; después de todo la muchacha sólo estaba intentando ayudar y el hombre encontraba en ese tipo de personalidades compasivas un bálsamo para sus lamentos.

El camino tenía momentos de silencio en los cuales Dag aprovechaba para mirar alrededor, escudriñando cada callejuela, cada casa, cada mínimo detalle que pudiese servirle para recordar el camino de vuelta. Sin embargo, todo seguía siendo demasiado distinto. Pronto se distrajo al escuchar que la doncella y la pelirroja intercambiaban palabras respecto a su estado de salud, como si él no estuviese allí presente. Dag no se consideraba a sí mismo un loco, y comenzaba a ponerle de mal humor ser tratado como uno, o como un vagabundo, o como un tipo que no se percataba de lo que ocurría a su alrededor. -No tengo ningún hematoma. -Gruñó, hastiado- Y no estoy desorientado, sólo estoy... perdido. -Se cruzó de brazos y clavó la mirada al frente. Un mohín de enfado le adornó las facciones.

Entonces, la bella mujer de orejas picudas le preguntó si quería hablar con alguien. Dag alzó los hombros y bajó la cabeza en pose triste y meditabunda. ¿Era posible que le quedase algún conocido a quien buscar? Supuso que no. En su antigua vida todos sus amigos eran simples humanos, vidas frágiles y efímeras que ya habrían caducado hacía tiempo. Pensó en Einar y en Lena, sus hijos, y una intensa amargura le apretó el pecho ante la idea de que incluso sus niños, sus dulces niños, ya habían sido también adolescentes, adultos y viejos, y Dag no los había visto crecer. Gruesas lágrimas volvieron a acariciar sus mejillas y miró hacia el costado opuesto a las mujeres para que no se percatasen de su debilidad. Mientras se las secaba con el dorso de una mano, gruñó con desdén:

-No. No hay nadie. Sólo quiero encontrar mi casa. -Insistió.
-Aunque quizás ya ni siquiera te pertenezca, tonto. -Susurró una de las voces de su mente. El ojiazul apretó los dientes sabiendo que, cuando hablaba una, despertaban todas las demás. Y así fue.
-Les digo que esto es una mala idea. ¡Muy mala!
-Así es. Vámonos de aquí, que no sacaremos nada bueno de esto.
-Concuerdo. Aunque, antes de irnos, podríamos visitar la casa de esa linda pelirroja.
-O la de la ricachona, que tampoco se ve mal. Además su cama debe ser más cómoda.
-¡Mejor de ambas! ¡O con ambas!
-¿Existirá todavía esa posada donde íbamos para...-

-Bienvenidos. ¿Qué desean tomar?

La voz del tabernero lo arrancó de sus cavilaciones. Acababan de llegar a la posada, aunque Dag había pasado el último tramo del camino demasiado concentrado en pelear con sus voces internas. Observó alrededor, no había nadie aparte de ellos y el dueño del lugar. Quizás por eso mismo el tipo no le prohibió la entrada pese a sus pintas: un par de aeros le venían bien, vinieran de quien vinieran. Y ese era el problema. El ojiazul acababa de recordar que no tenía dinero, pero decidió que ese era un detallito del cual se preocuparía después.

Se sentaron en el extremo de una de las largas mesas. Dag se situó en la punta e hincó los codos sobre la tabla, recargando la mejilla en una de sus grandes manos. Aunque poco a poco iba tomando confianza con las dos jóvenes amables, no terminaba de entender el comportamiento de la chica de buena cuna. Posó largamente sus iris azules sobre ella, analizando sus gestos, intentando identificar sus emociones... Con tanta fijeza que su mirada resultaba entre intimidante e inquietante; más que nada esto último.
-¿Y ustedes quiénes son? -La pregunta fue dirigida a las tres más que nada por cortesía, aunque quien más curiosidad despertaba en él era la que había demostrado ser una buena luchadora. Pasaron unos segundos hasta que se percató de la brusquedad de su pregunta; antaño había sido muy educado y formal, pero ahora había perdido las buenas maneras y a veces se expresaba como un energúmeno. En un intento por enderezarse, añadió con un tono más amable: -Mi nombre es Dag Thorlák.

-¿Qué van a pedir, señoritas... y señor? -El posadero se situó junto a la mesa con los brazos en jarra; tan distraído había estado al entrar, que no respondió a su pregunta en un principio y ahora parecía bastante irritado. El vampiro, entonces, cambió el objetivo de su intensa observación. Se le hacía ligeramente conocido... pero era imposible, al menos si el tipo era un humano. Quizás era su imaginación. Frunció el ceño y desvió la mirada.
-Un tazón lleno de sangre, por favor. -Masculló una vocesita viperina dentro de su cráneo.
-Una jarra de cerveza. -Pidió. Al demonio el café, no era eso lo que su cuerpo le pedía. Y tampoco cerveza. Pero con algo tenía que conformarse.
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Iredia el Mar Jul 18 2017, 17:37

Yendo de camino, la elfa no pudo evitar fijase en la personalidad compasiva de aquella mujer. Nada que ver con la otra de personalidad más bien amargada que iba a sus espaldas. En parte comenzaba a entender por qué aquellas dos iban acompañadas. Era muy probable que esa criada no saliese viva si iba sola por ahí, necesitaba a esa mujer que, muy a su pesar, luchaba bien.

Entrecerró los ojos cuando el hombre se quedó molesto ante el hecho de que se preocupasen por su salud. Miró de reojo a la joven risueña y luego a él de nuevo.

-No todas las heridas son físicas. -respondió, manifestando comprensión ante el hecho de que estuviera despistado.

Cuando él manifestó que no había nadie a quien acudir de su familia, asintió. Aunque le costaba creerlo, seguro que alguno podía conocerlo, pero quizás el hombre no se sintiese con fuerzas de hacer nada debido a su desconsuelo.

Por fin, llegaron a la taberna. Últimamente, era un lugar que visitaba con frecuencia. A Iredia le ponían enferma aquel tipo de lugares, siempre eran unas aglomeraciones de gente excesivas y no toda esa gente tenía el gusto de ducharse. Aunque la cerveza estaba buenísima. Cuando se sentaron, Iredia no pudo evitar una mueca. No le agradaba lo más mínimo compartir mesa con aquella mujer desagradable, aunque por suerte, su talante tranquilo le permitía permanecer digna en situaciones complicadas.

-Yo soy Iredia Tan-Damar, Dag.- cabeceó a modo de saludo-Vlenn adiolun -se le escapó en élfco. Rápidamente, zarandeó la cabeza, dándose cuenta de su error- Perdón. Quería decir que me alegra conocerte.

Cuando Dag pidió una cerveza, ella levantó la mano.

-Y otra para mí.

Desvió su atención a la joven amable.

-¿Sois médico también?- y luego otra vez a Dag- He de decir que, ciertamente, no solo no tienes heridas sino que tienes una fuerza asombrosa. -dijo, esta vez dirigiéndose a ambos. Ignoraba deliberadamente a la otra mujer- ¿Tenéis familia, Dag?¿Hijos? Conozco a una noble aquí, quizás como has sido guardia podamos hablarle de tu caso.

Iredia estaba completamente segura de que tenía que haber alguien que conociera a ese muchacho allí.
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Mar Jul 18 2017, 21:32

Katarine le escuchó con atención mientras comentaba que estaba perdido. Ella realmente no pensaba eso del todo, sus teorías iban a creer que estaba loco. Lo mismo que pensaba yo. Era un vagabundo loco que se había escapado de algún sanatorio, o lo habían echado por no tener dinero.

Llegamos a la taberna y me adelanté a todos para ocupar una de las mesas. La doncella que me acompañaba vino corriendo para moverme la silla, aunque hice un gesto para que no se preocupara. ¿Por qué me trataba como a una inútil? Vale, estaba para cuidarme, su trabajo era ayudarme en todo. En ocasiones me peinaba, o incluso ella y sus compañeras estaban conmigo durante mis baños, por si necesitaba algo. Y eso era verdaderamente estresante, no podía hacer nada por mí misma estando las doncellas. Me gustaba tener gente a mi servicio, pero no tan en exceso. Eran perfectas para cuando quería que me preparasen algo de comer, pero frotarme el cuerpo en la bañera sabía hacerlo yo de sobra. Y moverme la silla, también.

Me senté y a mi lado lo hizo Katarine, aunque no dejó de mirar en ningún momento al extraño muchacho. Pidió un vaso de agua y luego llegaron las presentaciones. - Yo soy Katarine Aren, y ella es la Maestra Cazadora, Cassa…
- Me llamo Cassandra Harrowmont. - Interrumpí. - Gracias, Katarine, pero no hace falta que me presentes. - Era a la única persona a quien le hablaba con algo más de simpatía. Sabía que lo había hecho con buenas intenciones, pero era algo que podía hacer yo, también. - Y me gustaría tomar zumo de frutas. ¿Tiene? - El tabernero asintió y se puso a verter las cervezas. Al momento las llevó a la mesa.

- Aquí están sus cervezas, y el agua. - Las dejó en el centro de la mesa. - Ahora traeré el zumo, señorita.
- No soy médico, quiero ser enfermera. - Comentó animada Katarine. Luego la conversación se tornó muy trivial. Hablaban de hijos y de cosas así. Yo sólo miraba cómo se desenvolvía todo, pero no participaba. A los diez minutos, el tabernero me colocó delante una gran jarra de color rojizo. Le di las gracias y se fue a seguir frotando el vaso. Posiblemente sería lo único que tenía que hacer ahí.

Distrayéndome, comencé a quitarme las horquillas que sujetaban el peinado que Katarine me había hecho, dejando mi pelo suelto. Ya hasta me dolía la cabeza por cómo me las había colocado. Ella me miró y luego volteó a ver al resto. Sabía que me estaba aburriendo y que no quería estar ahí con esos desconocidos. De hecho, si no me iba, era por Katarine. - Cierto lo que dice la elfa, si podemos contactar con alguien de tu familia… Podríamos ayudarte. Nosotras te hemos encontrado, sería bueno que te ayudásemos. - Sonrió y yo, sin embargo, hice una mueca. Eso de ayudar… Dependía a quién y para qué. - La Maestra Harrowmont nos puede ayudar… - Me miró de reojo, como queriendo integrarme. - ella es muy inteligente. Por su trabajo conoce a mucha gente incluso aquí, en Lunargenta. - En ese momento buscaba darle una ligera patada pero no alcanzaba. Quería que se callase. - Y puede probar a buscar a tu familia.

Después de mirar a la doncella con los ojos entrecerrados, miré a los demás. - Ah, no. De eso nada. Mi trabajo es cazar vampiros, no buscar personas. De eso se encarga la guardia, o no sé quién. Pero está claro que yo no. - Levanté las manos como negando que fuera a moverme para ayudar a un vagabundo a encontrar a su supuesta familia, si ni siquiera sabía dónde se encontraba. Que se encargasen las sanadoras. Eso no era asunto mío.

Tomé el vaso  y di un sorbo. Por mi parte, la conversación se había acabado. Y, de hecho, desde hacía un mes ni siquiera cazaba vampiros. Estaba de “vacaciones obligadas” por no-recuerdo-qué me había pasado.

- U-Usted... Es...¿Es cazadora? - La voz del tabernero sonaba sorprendida, al igual que su gesto. Me volteé en la silla pero no dije nada. Katarine, sin embargo, asintió fervientemente. - He... He oído hablar de lo ocurrido en Sacrestic Ville...

- ¡Ella participó! ¡Luchó contra ...!

- ¡Katarine, basta! - Miré a la doncella, reprendiéndola por comentar esas cosas. El tabernero parecía más sorprendido todavía. No sabía descifrar su cara en esos momentos.
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Dag Thorlák el Miér Jul 19 2017, 02:52

Pasadas las presentaciones, Dag asintió mansamente con la cabeza y esperó en silencio a que el tabernero trajese las órdenes. La bella muchacha de orejas en punta y la amable doncella parecían haber hecho buenas migas, pues eran quienes más conversaban en el extraño cuarteto de recién conocidos.

La mente del hombre volaba, por momentos, muy lejos de la conversación; sus ojos recorrían la taberna con sumo detenimiento. Había algo en ese lugar que le resultaba ligeramente conocido, y “ligeramente” ya era un gran progreso tomando en cuenta que hasta el momento no lograba reconocer ni una sola esquina de la ciudad. Mientras más observaba, más familiar se le hacía el entorno. El amoblamiento era bastante nuevo, pero todavía podía reconocer la disposición de las ventanas, el sitio donde se ubicaba la barra y la amplia escalera que conducía al piso de arriba. Estaba a punto de admitir la certeza de que conocía esa taberna, cuando la palabra “familia” le sacudió la mente como si le hubiesen pegado un garrotazo. Las dos bondadosas jóvenes insistían en el tema, ¿acaso no habían entendido que no le quedaba nadie? Antes de poder controlarse, golpeó estruendosamente la mesa con el puño cerrado, haciendo salpicar pequeñas gotitas del contenido de las jarras. Hablar de ese tema era como que le hurgasen con un dedo la más profunda de sus heridas.
-¡Que no tengo familia, JODER! -Gritó, incorporándose sobre su asiento y dirigiendo una mirada iracunda a la sirvienta. Últimamente solía tener esos arranques de furia en que deseaba desquitarse con quien tuviera en frente. No obstante, pronto se concentró en respirar profundo y volver a sentarse. No tardó mucho en recuperar su ánimo usual. Es más, tardó tan poco que resultaba anormal que alguien consiguiera retomar la calma tan rápido- ...Pero gracias por la preocupación. -Masculló con una sonrisa solemne.

Pero la sonrisa se borró cuando escuchó las palabras “cazar” y “vampiros” en la misma oración. Pegó un respingo y se llevó rápidamente su jarra de cerveza a los labios para disimular el nerviosismo. ¿¡Cómo había acabado compartiendo mesa con su peor pesadilla!? Por fortuna, el tabernero habló atrayendo la atención. Los ojos azules de Dag saltaban del hombre a la autoproclamada cazadora. ¿Sacrestic Ville? ¿Qué había ocurrido? ¿Acaso eran tiempos de exterminios vampíricos? Le frustraba estar tan perdido con las novedades.
-No es como si nos importara.
-A fin de cuentas tú ni siquiera te consideras un vampiro... ¿o no, Dag?
-¿Y por qué deseas tanto hincar los colmillos en el cuello de esa doncella, entonces?

El hombre bajó la mirada, apabullado por las sarcásticas voces de su mente. No, no le importaba en lo más mínimo lo que sucediera con sus congéneres. Ni siquiera podía llamarse “vampiro” a sí mismo hasta hacía muy poco tiempo atrás; la simple idea de decirlo en voz alta le asqueaba. Sin embargo, tampoco era un humano... y había recurrido más y más veces a alimentarse de sangre cuando su estómago gemía y se retorcía de hambre. Incluso la bebida rojiza de Cassandra, aunque olía a jugo de frutas, se le antojaba tentadora. Suspiró y se pasó una mano por el cabello, oyendo con fingido desinterés las palabras del anfitrión.

-Dígame, cazadora... -continuaba hablando el hombre, ignorando el hecho de que la muchacha se mostraba reacia a tocar el tema- ...¿qué opina de los vampiros que habitan aquí en la ciudad? Se sabe de sobra que viven entre nosotros. -Dag volvió a tomar un buen trago de la cerveza, fingiendo disfrutarla aunque le sabía pésimo y le revolvía el estómago- Somos una gran mayoría quienes desearíamos... no sé... no digo exterminarlos, ¡pero al menos echarlos! ¿acaso nadie piensa en los niños? No puede ser que el Rey Siegfried, larga vida y que los dioses lo amparen, se quede de brazos cruzados. Esos monstruos carecen de control. Son malos, malos por naturaleza.
-Mala es tu cara de imbécil, añejo pedazo de...
Dag carraspeó. Su gesto se había torcido en una mueca de enojo parecida a cuando se tocó el tema de su familia. De pronto, sentía pujantes ganas de rajarle la garganta a ese viejo que tan conocido se le hacía para acallar su palabrería. ¿Pero por qué se sentía ofendido? ¡Si estaba lejos de sentirse orgulloso por su nueva raza! Relajó los hombros e inhaló profundo en un intento por calmarse. Entonces, antes de darse cuenta, se encontró abriendo la boca para decir:

-No me malinper... matinler... malinterpreten, ¿eh? Yo también los detesto profundamente, pero... -intervino- ...así como existimos humanos buenos y humanos malos, o elfos buenos y elfos malos -dijo echando una breve mirada a Iredia- ...o brujos, o dragones, o cualquier especie que conozcamos... ¿no creen que también podrían existir vampiros sin deseos de hacer el mal?

Se cruzó de brazos y fingió restarle importancia a su propio comentario encogiéndose de hombros. ¿Por qué había intervenido en favor de su reputación? Ni él mismo lo sabía. Cada día que pasaba era más impulsivo y tenía menos dominio sobre sus acciones. ¿Y si todos los vampiros habían sido buena gente para terminar convirtiéndose al lado más oscuro de sí mismos mientras más tiempo vivían? Suspiró. De ser así, la palabra “inmortalidad” comenzaba a inspirarle bastante miedo.
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Re: Nada más que el ahora [Libre 3/3]

Mensaje  Iredia el Miér Jul 19 2017, 17:03

A Iredia le sorprendieron los modales que mostró la tal Cassandra con el tabernero. Por lo borde que era, la creía incapaz de agradecer nada. Un punto a tener en cuenta, supuso.

Corroboró las palabras de Katherine con un asentimiento. De repente, el muchacho se levantó y dio tal puñetazo a la mesa que la elfa instintivamente arrastró la silla hacia atrás y se llevó la mano al cuchillo de su cinturón, sin llegar a sacarlo y mirando muy fijamente las reacciones de Dag. Pese a su pronto, después les dio las gracias. Se volvió a sentar y les dedicó aquella sonrisa solemne. Sin embargo, la elfa no se la devolvió. Empezó a pensar seriamente que la salud mental de ese hombre distaba mucho de ser buena.

-De nada. Supongo. -le respondió la elfa, con cierto retintín.-Aunque la próxima vez... no pegues a la mesa. No tiene la culpa.- y esta vez sí sonrió, algo más irónica.

Quitó la mano de su cuchillo y se centró en la conversación en torno de la ahora proclamada cazadora de vampiros mientras daba unos sorbos de cerveza. Ese dato le interesó. En su tribu, consideraban a los vampiros como demonios nocturnos, casi invencibles y la reencarnación del mal y lo antinatural. El hecho de que esa mujer los cazase hizo que aumentase su respeto hacia ella un poco. Sólo un poco.

Aún más le gustó cuando mencionaron aquel suceso en Sacrestic Ville. Ella no tenía ni idea de a qué se referían y parece ser que Cassandra no estaba muy interesada en que se revelase contra quién luchó. A la elfa no le gustaba quedarse con la intriga a medias. Sin embargo, no intervino hasta que el camarero y Dag terminaron de hablar. No le pasó desapercibido la cara de enojo que puso de nuevo el muchacho. ¿Qué le pasaba? Parecía que no le gustaba hablar de vampiros. Ni de vampiros ni de su familia. Entrecerró sus ojos violáceos, pensativa. Desde luego, era la primera vez que escuchaba a alguien decir que los vampiros podían llegar a ser buenos.

-¿Te has cruzado alguna vez con algún vampiro bondadoso? -preguntó a Dag, entre divertida y curiosa-Aunque creo que nuestra cazadora de demonios podrá informarnos mejor sobre la bondad en la naturaleza vampírica.- cogió la cerveza y miró de reojo a Cassandra mientras pegaba un trago. -Por cierto, ¿qué pasó en Sacrestic Ville? -preguntó de golpe, directa, mirando a Katherine.

Quizás debió pensar primero en las consecuencias de esa pregunta, pero tenía que intentarlo.
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