[MEGAEVENTO] Venta de humo [Juez, jurado, verdugo] [Dag-Iredia]

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[MEGAEVENTO] Venta de humo [Juez, jurado, verdugo] [Dag-Iredia]

Mensaje  Fehu el Dom Jul 16 2017, 00:12


Dicen las voces del Norte que la muerte acecha en cada esquina. Hostil y silenciosa aguarda el momento de llevarse vidas de forma indiscriminada. Nadie está a salvo, ni siquiera a miles de kilómetros. Ni siquiera tras las fronteras de las ciudades, indispensables protectoras en miles de batallas, pero inútiles para aplacar este mal invisible.

Más cruento que una guerra.

Ni siquiera los poderosos dragones del norte habían podido salvarse de esa extraña enfermedad. Ni siquiera los lobos del este lo habían conseguido. Todos habían sucumbido a esa maldición. ¿Era cosa de los Dioses? ¿Cuánto mal habían hecho para que los Dioses se cebaran así con ellos?

La península de Verisar, que al principio se veía como una opción de refugio, había dejado de serlo. Las grandes masas de refugiados de ambos reinos, la escasez de medicamentos y el pánico social estaban complicando mucho cualquier intento de retención de la enfermedad.

Y todo se volvió gris.

¿Dónde quedaba la solidaridad que predicaban las buenas personas? ¿Había cabida para ayudar a los enfermos? ¿Qué vidas había que salvar y cuáles no? El miedo, la desesperación, la escasez y la represión estaban empezando a convertir las ciudades en auténticos campos de batalla. Había saqueos, venganza, golpes entre hermanos, descontrol, protestas, secuestros, chantajes, asesinatos… Todo lo malo de una sociedad que estaba destruyéndose estaba en Verisar.

Pero, ¿quién es el juez de estos actos? ¿Quién es el jurado? Y… ¿Quién tendría el papel de ejecutor?





_____________________


¿Conocéis el dicho de “a río revuelto, ganancia de pescadores”? Tal vez tú no, pero estos vampiros sí lo sabían llevar a la práctica perfectamente. Habían encontrado el negocio y el beneficio en el mal que asolaba Verisar.

Haciéndose pasar por curanderos de Vulwulfar, habían conseguido entrar en Lunargenta gracias a la falacia de que habían encontrado la cura para la enfermedad. Habían atrapado a una elfa que caminaba sola por uno de los caminos durante la noche, y la estaban usando como reclamo para atraer a los desesperados ciudadanos que buscaban una solución rápida ante la enfermedad. Y eso es lo que ellos proponían, eran auténticos vendedores de humo, pero que no sólo estaban obteniendo beneficios materiales, sino presas fáciles.

-¡Antes del amanecer estarás curado! -Iban por las tabernas buscando incautos humanos que quisieran sus servicios. Luego, se reunían con ellos en puntos específicos de la ciudad, lejos de los guardias, y procedían con su engaño. -Esta elfa os ayudará. -Comenzaban a mentir, pasándose aún por simples humanos, mercaderes de ilusiones. Era más complicado que arrasar la ciudad, sí, pero sacaban muchos más beneficios haciendo eso.

Los ciudadanos que iban en busca de ayuda, miraban a la elfa esperando que hiciera algo, que pusiera sus manos sobre ellos y que de pronto sanasen. Pero eso era imposible, a pesar de que lo creyeran. Esa elfa sólo había sido secuestrada y obligada, mediante coacción, a seguir con el plan de esos seres de la noche. Era eso o acabaría decapitada en un árbol.

Mientras se llevaba a cabo la distracción, esos seres aprovechaban para robar las pertenencias de sus víctimas y acto seguido acabar con ellas en completo silencio. Nadie se enteraba. ¿Y si preguntaban por los desaparecidos? Simplemente se decía que al haberse curado, les dejaban salir de las murallas, dejando dentro a los contagiados.

Y más gente iba, guiada por su desesperación, a pedir la sanación para sus hermanos, hijos, o ellos mismos.

¿Y la Guardia de Lunargenta qué hacía ante eso? Nada.

El barco del rey Siegfried iba a zarpar en unas horas y llevaban días con revueltas en el puerto, así que no podían abandonar sus posiciones, y menos ahora, que es cuando iba a salir. Tenían que evacuar al rey, él sí que no podía contagiarse. Con él iría su corte, parte de los Guardias de rango más alto y Lord Tinegar, por supuesto.

Y otro batallón de soldados, en concreto, futuros cadetes, habían sido enviados a la frontera entre Baslodia y Vulwulfar, así que faltaba personal. Algunos habían muerto, otros habían caído enfermos, otros cuidaban la zona de Roilkat y los que quedaban en Lunargenta vigilaban a los enfermos, hacían el racionamiento, pasaban lista de todas las familias que vivían en la zona, vigilaban altercados, saqueos... ¡Como para estar pendientes de un rumor sobre salvación! Si los oían a diario. Algunos decían que si comías ciertos hongos, te curabas. Otros decían que si te enjuagabas la boca con agua del mar, serías sanado. ¿Hacer caso a otra tontería sobre elfos?

La Guardia estaba demasiado ocupada.

Y mientras tanto, la esperanza volvía a las vidas de las familias que veían a esos grandes curanderos de Vulwulfar.

-Nosotros venimos de allá, tan cerca de Sandorai estamos que conocemos el secreto de la sanación. Esta elfa, a la que llamamos Raiztîr, es quien nos ha curado a nosotros. Estábamos al borde de la muerte. Y ahora queremos compartir su don con todos nuestros hermanos. -Y todos picaban y tarde o temprano se reunían con esos hombres.

-¿Podrá salvar a mi padre? -Preguntaba un joven de aspecto demacrado. Y esa era la última vez que se volvía a saber de ellos. Sus cadáveres aparecían tirados por la calle, aunque eran tantos y tantos los que había, que no se tenía en cuenta la causa de la muerte. Todos eran por lo mismo: El mal invisible.

Jugaban con la ilusión de esa pobre gente que, acinados tras las murallas de la capital, aguardaban el momento para poder salvarse, sin tener que sufrir más ni ver a sus familiares ahogados en sus propios fluidos, cayendo en un sueño profundo del que nunca despertarían, dejando sólo el recuerdo de ese pestilente olor que ahora estaba impregnado hasta en la última piedra que levantaba la ciudad.

Y ese aquelarre se estaba aprovechando de ello para obtener grandes beneficios.

Esa noche, como las dos anteriores que lo habían hecho, iban a salir. Se pusieron las túnicas, ataron bien fuerte a la elfa y comenzaron a procesionar por una pequeña y oscura calle de la ciudad, alejados del centro. ¿Quién sería el incauto esta vez?



_____________________


¡Bienvenidos, Iredia y Dag! Sé que os conocísteis en la misma ciudad en la que ahora nos encontramos, aunque supongo que cuando os encontrásteis en el puerto era todo más alegre que ahora. Dag, esta no es la Lunargenta que conocías. Ahora parece un campo de batalla, ¿se ha librado alguna guerra aquí? Más bien... Luchas. Muchas: entre hermanos, entre vecinos, entre gente que ni se conocía. Con tal de salvarse, se hace lo que esté en nuestra mano.

El colapso de la ciudad se ve en las calles, la tristeza está en el ambiente. Casi se puede ver la Muerte acechando.

Iredia: Tienes un poco de mala suerte, cuando conociste a Dag te perseguían unos tipos, y ahora eres la captura de un aquelarre de cinco vampiros que están aprovechando para conseguir buenos beneficios. Te tienen coaccionada, en este turno te tocará explicar tu convivencia con ellos. Puede que aún te tengan chantajeada o que tú misma hayas conseguido que te traten como una más, engañando a la gente.
Si eliges la primera opción, sería bueno que intentases escapar o hacer que alguien te ayudara... Ahí lo dejo.

Dag: ¿En qué se ha convertido tu ciudad? ¿Y qué demonios hace la guardia mientras el descontrol reina en las calles? En este turno vas a encontrarte con el grupo de vampiros y con una elfa. Tus opciones se verán reflejadas en cómo interactúes con ese pequeño clan: puedes unirte a ellos y seguir creando el caos dentro del caos o recurrir a la Guardia de Lunargenta para que solucionen el tema de esos estafadores. ¿Lord Tinegar te escucharía?


Última edición por Fehu el Vie Jul 21 2017, 18:58, editado 2 veces


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Re: [MEGAEVENTO] Venta de humo [Juez, jurado, verdugo] [Dag-Iredia]

Mensaje  Dag Thorlák el Lun Jul 17 2017, 02:40

Los fétidos aromas le taladraban las fosas nasales, así como los gritos de la gente percutían sin piedad contra sus tímpanos. Apenas estaba acostumbrándose a la exagerada amplificación de sus sentidos y una potente migraña le golpeteaba la nuca como un insistente martillo.

Había despertado de una pesadilla para zambullirse en otra. Primero el pueblo reducido a cenizas, cuya población fue bestialmente subyugada por un triste grupo de mercenarios. Luego, la certeza de que su más espantosa pesadilla era realidad: estaba solo en el mundo. Y ahora, su ciudad se veía reducida a una enorme jaula de muerte y putrefacción. Casi podía oír las carcajadas del vampiro que había compartido su maldición con él, prometiéndole una vida de tormentos en lugar de la placentera muerte que le hubiese ahorrado todo aquello.

En ciento cinco años, nadie había ido a buscarlo. Su familia probablemente lo había dado por muerto, pero... ¿y la guardia? ¿acaso no les había resultado extraño no encontrar su cuerpo junto a los cadáveres cercenados de sus compañeros? Se sentía abandonado por aquellas personas a las que había sido fiel durante más de una década. Abandonado e ignorado, tal como ahora mismo estaba sucediendo con la cuidad, cuyos guardias escaseaban en pos de cumplir órdenes más “importantes”, más importantes que las pobres almas devastadas que gimoteaban y braceaban desde el suelo. Y, aunque durante los primeros días de su despertar todavía se creía un orgulloso soldado, ahora que sabía la verdad no podía sentir más que decepción y antipatía hacia los Protectores de Lunargenta.

Entre las decenas de personas que corrían de un lado a otro empujándose, llevando cubetas de agua, paños teñidos de asquerosas supuraciones y todo cuanto pudiesen utilizar para ayudar a los enfermos, un único hombre caminaba contra la corriente humana con la cara destapada. Una espada en su vaina herrumbrosa pendía de su cinturón y vestía una camisa blanca, o más bien amarillenta, que horas atrás había quitado a uno de los muertos tirados en la calle para suplir la suya, que ya no tenía arreglo. No le importaba enfermarse. De hecho, ni siquiera creía poder hacerlo. Si un siglo de inanición no había acabado con él, dudaba que una peste lo hiciera. No obstante, la idea de encontrar el final de su suplicio más temprano que tarde tampoco lo perturbaba en demasía. No tenia ningún motivo para prolongar su existencia en un mundo extraño que no parecía tener espacio para alguien como él. ¿Por qué preocuparse, entonces, por cubrirse la boca o alejarse de los agonizantes?

-Este muchacho está empezando a tener pensamientos bastante escalofriantes... -Dijo una de las voces que le hacían compañía dentro de las paredes de su cráneo. La fría mirada del vampiro pasaba por encima de los montículos de cadáveres sin esbozar ni el más leve atisbo de emoción, cosa que, por increíble que sonara, hasta a sus “amigos imaginarios” o, si se quiere, “su consciencia”, les parecía un preocupante indicio del ánimo quebrantado y lastimoso del hombre.
-Sabes que si te mueres tú también nos morimos nosotros, ¿verdad, Dag?
-¡Yo no quiero morir!
-Eso, tío, deberías ser un poco más considerado con nosotros.
-Nadie va a morir. Perecer es un privilegio que nos fue arrebatado.
-Cállense de una vez, joder...

Dag se pasó la mano por el rostro y negó con la cabeza. Estaba caminando si ningún objetivo en particular. Para cuando se dio cuenta la masa de personas ya había quedado atrás; ahora se encontraba en las calles menos transitadas, aunque igual de apestosas, sólo concurridas por unos pocos rezagados.

-¡Benditos sean los elfos de Sandorai que han compartido la cura con nosotros! -Clamó una voz masculina que, supuso, correspondía a la oscura silueta que vio metros más adelante. A su lado, tres otras personas permanecían vigilantes, y Dag pudo intuir la presencia de otros dos un poco más lejos. En total eran seis y, salvo una de las personas, los demás se turnaban para hacer saber a todo quien pasase cerca el milagro que traían entre manos- ¡He aquí el final de esta maldita peste! ¡Acérquese, señora, acérquese a ver! -Fue una mujer de unos cuarenta años quien picó el anzuelo. ¿Estaría enferma? Lograr vivir cuatro largas décadas para encontrar su final con una plaga era, cuanto menos, indigno. El ojiazul se acercó con cautela para dilucidar qué triquiñuela se traían esos tipos. Podía haberse perdido un siglo de historia, pero dudaba que la gente actual fuese tan generosa como para entregar la cura de la enfermedad más temida de todo Aerandir sin pedir nada a cambio. La avaricia no conoce el paso del tiempo.

La dama explicó entre sollozos algo sobre su hija enferma, la única compañía que tenía, pues ambas vivían solas. Oh, así que no era ella la apestada. Los sospechosos bienhechores intercambiaron miradas y fingieron consultar algo con la elfa, aunque Dag no oyó en ningún momento que ésta respondiese nada a los cuchicheos de los otros. Pronto, como ansioso, el vocero del grupo posó una mano sobre el hombro de la señora en gesto devoto y dijo:
-Llévenos a su casa, sanaremos a su...
-¿Iredia?
-¿Sanarán a mi Iredia? -cuestionó la mujer, confundida.

El aquelarre estaba tan ocupado en echar sus garras sobre todos los bienes de la dama, que no se percataron del acercamiento del vampiro. Después de todo él también podía fundirse con las sombras, aunque todavía no podía explicarse cómo demonios lo hacía. El caso era que funcionaba. Y ahora tenía seis pares de ojos, siete con los de la cuarentona, clavados sobre él.
-¿Entonces tú sabes cuál es la cura, Iredia?
Preguntó, un poco en serio, un poco haciéndose el tonto. Su semblante inexpresivo escondía un brillo de incertidumbre. ¿Qué hacía la elfa con esos tipos?
-Te estás confundiendo, amigo. -Intervino rápidamente su congénere en un tono ligeramente menos amigable, teñido incluso de cierta molestia- Esta es Raiztîr y no sólo conoce la cura, ¡también la reparte generosamente!
-Juraría que se llama...
-¡Eso no es lo importante! -Le interrumpió, pero pronto atenuó el tono al ver que espantaba a la señora, quien los miraba de hito en hito con gesto asustadizo- Vamos, señora, guíenos hacia su...
-...Iredia. -Finalizó, con los ojos clavados sobre la muchacha, como si el otro jamás le hubiese interrumpido.
-¿Quién demonios es este tipo? -Gruñó entonces otro de los vampiros, dirigiéndose en voz baja directamente a la supuesta sanadora.
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Re: [MEGAEVENTO] Venta de humo [Juez, jurado, verdugo] [Dag-Iredia]

Mensaje  Iredia el Mar Jul 18 2017, 14:24

¿Cómo demonios había podido ser tan estúpida? Si ya de por sí atraía los problemas hacia ella, ir sola y ser cazada por unos vampiros sedientos de absolutamente todo tipo de cosas (no sólo sangre) sin duda era el súmmun de sus múltiples cagadas. Y esta vez estaba metida de lleno en un lío del cuál no sabía cómo salir. La habían capturado intentando salir de la ciudad. Al parecer, su apariencia dulce y el hecho de que aquellos tres tipos que la perseguían no le tenían mucho aprecio había ayudado a que esos vampiros dieran con ella.

Lo peor no era eso. No. Lo peor es que la estaban usando para un plan mucho más maquiavélico. La usaban para vender una cura que ella, por supuesto, no tenía.

-Oh, sí, vas a ayudarnos, elfita. Porque sino, ese linda cabecita se separará de tu cuerpo... -uno de los vampiros, el cabecilla, la agarraba de la melena, dejando su cuello al aire. Acariciaba con una de sus uñas la piel de su yugular- ... y no quieres eso. ¿Verdad? Tenemos grandes planes para ti. Serás recompensada si nos tratas bien.

Y así fue cómo acabó con esa gentuza. La recompensa, por supuesto, era convertirse en uno de ellos. Iredia no veía las ventajas por ningún lado.

Mientras tanto, Lunargenta estaba sumida en el caos. Durante el día, miles de refugiados entraban por las murallas, buscando refugio y una cura para ese gran mal que asolaba Aerandir. Mientras todo el mundo se hallaba fuera, los vampiros se encerraban en su cuartel destartalado de las afueras, durmiendo y rumiando los restos de sus pobres víctimas. Una cosa sí que tenía que reconocer Iredia: estaban haciéndose de oro esos vampiros. De oro y de sangre, porque la muerte acechaba esa casucha de pacotlla en la que se encontraba y el olor a putrefacción se metía en la nariz de la elfa sin piedad. Aunque, bien pensado, era un olor que estaba ahora mismo en todas partes. Iredia no recordaba haber olido otra cosa que no fuera mierda en los últimos dos días.

Por supuesto, los vampiros se encargaban de dejarla bien atada antes de irse a dormitar durante el día. Su primer día de secuestro fue horrible, porque había conseguido soltarse de las cuerdas. Sin embargo, la pillaron nada más abrir la puerta, así que se ganó unas bofetadas y el premio de ser atada a un mástil completamente hasta la puesta de sol. Habían llegado las primeras oleadas de refugiados ese día y los vampiros coleccionaron víctimas esa noche como si fueran trofeos.

La segunda noche... fue mucho más horrible. La elfa se había obligado a dormir durante el día, como ellos, pues estaba exhausta. Uno de los vampiros, Dorak, el que parecía el cabecilla del grupo, durmió junto a ella. Habría pagado una auténtica fortuna por tener una estaca y clavársela en el hueco oscuro que tenía ese ser por corazón. Sin embargo, cuando las luces del crepúsculo se ocultaban tras las colinas, Dorak clavó una uña levemente en su cuello para despertarla. Una gotita de sangre recorrió su piel y el vampiro la lamió. Iredia se moría del asco.

-Vamos, Raiztîr. No querrás dejar sin cura a estos pobres enfermos.

Iredia clavó sus ojos violáceos en el vampiro, con absoluto y demostrado desdén.

-Das asco.

Y Dorak rió.

-¿Y quién da más asco: nosotros por lo que hacemos... o tú por ayudarnos? -desató sus cuerdas y, con brusquedad, la llevó de nuevo a la calle.

Esa segunda noche fue la peor porque se vio obligada a intentar curar a un bebé. Tenía apenas seis meses, un niño precioso. Los vampiros adoraban a los bebés, su sangre era más fresca. Con lágrimas en los ojos, se vio obligada a imponer las manos a ese niño, a jurar a su padre que se curaría y Dorak la obligó a mirar cuando se llevaron al padre y al bebé aparte y los mataron a sangre fría. Lo peor fue oír el llanto escandalizado del bebé mientras Onyar, el vampiro pregonero, le mordía la tripa y sorbía su sangre como si fuera un manantial. Esa noche vomitó tanto que no pudo aceptar comida alguna de los vampiros. Sí, la mantenían secuestrada y bajo coacción, les interesaba que siguiese con vida si querían seguir sacando beneficios.

<<No puedo aguantar esto más.>>, se dijo la elfa. Si no conseguía escapatoria, se había planteado la idea de suicidarse. Sólo tenía que alertar a los ciudadanos en voz alta para que los vampiros acabasen con su vida. No sonaba mal del todo. Mejor eso que seguir viendo como mutilaban bebés.

La tercera noche, sin embargo, algo cambió. La dejaron atada con Virquel y Chasse como guardianes. Los otros tres, como siempre, se fueron a "cazar". En cuanto vieron que sus congéneres habían conseguido engañar a una pobre mujer, soltaron las cuerdas de la elfa, aunque se mantuvieron amenazadoramente cerca.

Iredia estaba más interesada en la figura que vislumbraba más lejos. Le era muy familiar, pero no la veía bien, pues la penumbra era demasiado incluso para ella. Cuando la mujer les comentó que no era ella la enferma, Virquel se acercó a su oído. No era una consulta lo que le hacía, era una amenaza.

-Ni se te ocurra hacer ninguna tontería, orejitas.

La joven trató de permanecer impasible. Dorak seguía intentando echar las garras a esa mujer. Probablemente quería llevarla a casa, con la niña. Dos pájaros de un tiro. Se habían acercado ya a ella y sus guardianes cuando oyó su nombre.

-¿Iredia?

Y se le encendió la llamada de la lucidez. Abrió los ojos como platos y fue a abrir la boca para decir el nombre de Dag. Sin embargo, se contuvo. No quería poner en peligro al hombre que la había rescatado en el puerto. En cambio, aprovechando que todos los vampiros lo miraban a él, le asintió fervientemente, haciéndole constar que era ella. Después, le puso cara de angustia, intentando hacerle entender que estaba en problemas. El corazón empezó a latirle muy rápido. Necesitaba quedarse a solas con él de alguna manera. Tenía que escapar de ahí.

-¿Entonces tú sabes cuál es la cura, Iredia?

Iba a responder cuando rápidamente Onyar, el vocero, le interrumpió, usando ese estúpido nombre que le habían impuesto. Ella entrecerró los ojos, molesta. Le halagó ver que al menos Dag usaba el suyo propio.

Y entonces, llegó el momento en el que le preguntaron por él. La elfa tragó saliva.

-Alguien con quien tuve sexo. -respondió de golpe.

Los vampiros estallaron entonces en carcajadas y la cuarentona se quedó muda, viendo la escena entre asustada y curiosa. Seguro que a Dag no le iba a hacer mucha gracia esto, pero necesitaba una distracción y era la mejor que se le ocurrió.

-Tan buen amante no fuiste si no recuerda bien tu nombre, Raiztîr. -dijo entre risas Dorak.

Iredia, en respuesta, le fulminó con sus ojos violáceos.

-De hecho, sí, ése es mi verdadero nombre. Tú también te acordarías si hubieras pasado una noche de sexo conmigo. -espetó la mordaz lengua de la elfa.

Y el vampiro correspondió esa mirada, con un brillo peligroso.

-No. Ya no lo es. -y se le escapó levantarle la mano, directo a darle una bofetada.

En el último momento, el vampiro cerró el puño, consciente de que perdería a la cuarentona si pegaba a la elfa allí mismo. Le acarició el rostro con una amenaza disimulada en sus ojos.

Gilgorin, el vampiro que faltaba, llegó entonces atropelladamente.

-Vienen más... -el vampiro estaba pálido, no le hacía precisamente gracia que llegasen más.
-¿Cuántos más?

Y una marabunta de infectados entró entonces en el callejón. Al parecer, se había corrido la voz de la elfa curandera, pues Gilgorin también había hecho propaganda de sus poderes. La mala fortuna quiso que aquel tropel de infectados fuera desbordante para los vampiros.

-¿Eres tú la que cura? ¿De verdad? -le preguntó un viejo harapiento.
-No, es él realmente. Hacedme caso.- y señaló a Dorak con el índice.

El viejo harapiento pasó la voz y todos fueron a preguntarle al vampiro. Y la elfa supo entonces que tenía que aprovechar que ahora los vampiros se hallaban desbordados en controlar a aquellos infectados que les acosaban a preguntas y no les dejaban moverse. Porque si la cogía de nuevo Dorak, estaba muerta, a juzgar por el brillo rojizo en la mirada que le dirigió a Iredia. La elfa se escabulló entonces hasta Dag, quien estaba más apartado de todo aquel gentío. Atropelladamente, esquivando infectados, fue hasta él, posando las manos en su pecho y dirigiendo sus ojos violáceos llenos de súplica y temor.

-Sácame de aquí, Dag. Esto es una trampa.

Le cogió de la mano, con toda la intención de alejarse de aquellos seres del infierno. De golpe, un ser diminuto, de vivos colores moteados entre violetas y azulados, de ojos grandes y mirada adorable se abalanzó sobre ella y se subió a su hombro. Iredia respiró aliviada, acariciándole la barriga a Rushi, su cría de Asski. Le agradó saber que esos vampiros no la habían encontrado.

Rushi:
Rushi

Siguió tirando de la mano de Dag, dispuesto a llevárselo de allí.

-¡Vamos! ¡Tenemos que informar a la guardia!
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Re: [MEGAEVENTO] Venta de humo [Juez, jurado, verdugo] [Dag-Iredia]

Mensaje  Fehu Ayer a las 00:16

La gran muchedumbre de enfermos que les perseguían eran el producto de la histeria colectiva y el ansia que tenían los enfermos por curarse o ver cómo la enfermedad desaparecía en sus seres queridos. Era una situación desesperante, habían rezado a sus dioses y a los de otros. Cualquier atisbo de esperanza era más que suficiente para agarrarse a él, fuera o no real. Muchos se valían de rumores para intentar sanarse y eso es lo que había pasado con la elfa. Se había corrido la voz y la gran masa de personas corrían a reclamar su parte de magia curativa. ¡Cuán inocente es la mente humana! Pues la desesperación la ciega hasta el punto de creer en mentiras.

Iredia había sido lista al intentar desviar la atención de los enfermos hacia el grupo de vampiros. Pero, ¿en serio se creía la elfa que iba a ser todo tan fácil? Con su suerte, ¿realmente pensaba que los vampiros iban a ser aplastados por la muchedumbre y ellos iban a escapar? Ni siquiera podía esperar encontrarse a un guardia por la primera esquina que cruzasen. ¿O sí?

Atraídos por los gritos desesperados de los enfermos, la Guardia de Lunargenta mandó a unos efectivos a que sofocasen el ruido. Querían información de lo que estaba sucediendo y, al ver que había personas con el mal en sus cuerpos, decidieron actuar. Cortaron las calles, haciéndo que todas las personas se hacinaran en sólo dos callejones. Empezó la avalancha, los nervios, los gritos... Los vampiros del grupo de Dorak se transformaron en una neblina que sobrevolaba las cabezas de los ciudadanos, valiéndose de la oscuridad para ocultase.
Por más que esa gente insistía, gritaba o trataba de escapar, no lo conseguían. Ni siquiera Iredia y Dag, que habían quedado atrapados. Los soldados de la guardia mantenían la distancia mientras cortaban las calles para agrupar a todos en el mismo punto. Tenían armas largas con las que impedían el acercamiento con los enfermos, por tanto, acercarse era una locura.

Una mujer lo intentó, desesperada por salir de ese lugar de enfermos. Pero la punta de la lanza de uno de los guardias acabó clavándose en su brazo. No iban a ser permisivos. No cuando en esas dos calles había tantos enfermos.

La voz de Dorak se pudo escuchar claramente. -Bien, elfa, toda esta gente morirá por tu culpa. -Y de pronto, los vampiros se materializaron y empezaron a matar a los enfermos, transformándose en neblina cuando acababan con una víctima, para impedir que les pudieran hacer nada. -Y espero que disfrutéis la enfermedad.

Los gritos de agonía y dolor eran demasiado fuertes, no sabían quién sería el siguiente en morir. El lugar apestaba, puesto que muchos ya estaban en una fase avanzada de la enfermedad y las pústulas que supuraban, tenían ese mal olor tan característico. Todos se empujaban, trataban de correr, pero no podían. Varias personas fueron aplastadas, literalmente, por una avalancha de personas que trataban de huir. Pero era imposible, los soldados lo impedían.

-¿Has visto lo que ha hecho tu amiguita? -Cometó uno de los vampiros, materializándose al lado de Dag y desgarrando el cuello de un muchacho que al instante murió. El ser de la noche empezó a saciar su apetito con él, y sin apenas desangrarlo del todo, se volvió incorpóreo y fue a por su siguiente víctima.


_______________


¿Creíais que podríais escapar tan fácilmente? Lástima, los enfermos están entre vosotros y la Guardia no os dejará salir. Estáis encerrados en un par de calles. Los vampiros han encontrado la manera de saciar su sed... De venganza. La sangre es complementario, pero las ganas de vengarse de la elfa crecen cada instante.

Tenéis varias opciones: Podéis intentar escapar. En ese caso debéis tirar runas, los dos.
-Runa muy buena/buena: Consigues escapar.
-Runa media: No consigues escapar de la zona.
-Runa mala/muy mala: No sólo no consigues escapar, sino que los vampiros te atacarán.

¿No quería Iredia llamar a la Guardia? Ahí la tenéis. Sólo que no os escuchará. Para ellos sólo sois enfermos.

Otra opción que tenéis es intentar atacar a los vampiros, aunque en este caso también deberéis probar vuestra suerte.
-Runa muy buena/buena: Al que ataquéis, recibirá todo el daño y puede morir.
-Runa media: Lo dejáis herido, aunque podrá devolveros el ataque.
-Runa mala/muy mala: Atacaréis, pero fallaréis y recibirán los golpes los enfermos que estén cerca de vosotros. Los vampiros os atacarán.

¿Y la ruta del diálogo con los Guardias para que os ayuden? No quiero reírme tanto. Ni lo intentéis, no funcionará.  

Iredia: Estás entre enfermos y te estás contagiando. En el siguiente hilo que abras, mostrarás la sintomatología de la enfermedad para tu raza:
-Fiebre (38ºC)
-Erupción cutánea.

Podrás contagiar en ese hilo a quien esté contigo.

Dag: Tú no puedes enfermar, ventajas del vampirismo. Pero puedes contagiar. En el siguiente hilo que abras deberás tener mucho cuidado con el contacto físico.


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Re: [MEGAEVENTO] Venta de humo [Juez, jurado, verdugo] [Dag-Iredia]

Mensaje  Dag Thorlák Ayer a las 02:51

Dag podía estar un poco mal de la cabeza, pero eso no lo convertía en un tonto. Cuando la elfa comenzó a hacerle gestos a espaldas de los otros vampiros, el hombre supo inmediatamente que estaba metida en un problema muy gordo. De hecho, bastaba con observar el trato que tenían sus captores con ella para comprender que no se trataban de cordiales amigos.

Sin embargo, aunque entendía que estaba intentando zafarse de la situación, el ojiazul dio un respingo cuando la muchacha alegó que la relación entre ambos consistía en encuentros sexuales.
-Vaya, parece que nos está fallando la memoria...
-¿Entonces no lo habíamos soñado?

Mascullaron sus voces. Él pestañeó reiteradas veces y observó a la elfa detenidamente. No, debía estar mintiendo. No olvidaría haber estado entre esos muslos ni bajo el efecto de la peor de sus amnesias.

Justo en el momento en que Dorak alzó su puño, Dag dio un paso adelante para detener un golpe que nunca llegó. Todo sucedió muy rápido. Uno de los secuaces arribó anunciando una estampida que ni siquiera entre todos ellos podían controlar. Unos tras otros, los enfermos se abalanzaban sobre el quinteto de chupasangres, con claras intenciones de llegar también hasta él, que no dudó en retroceder. Iredia no desaprovechó la oportunidad. Pronto, apenas la tuvo cerca, entrelazó los dedos de su mano con la ajena y se dispusieron a correr hacia la salida de la callejuela.

Pero fueron demasiado lentos. Cuando los cinco vampiros se esfumaron, los enfermos ya no tuvieron contención alguna y se esparcieron por toda la calle. Dag iba adelante, abriéndose paso a codazos y empujones mientras sostenía firmemente a Iredia para no perderla. Debía contener las arcadas cada vez que respiraba, o cuando su mirada se topaba con las desagradables heridas de la gente a menos de un palmo de distancia. En el cuello, en los brazos, en el rostro. La enfermedad podía manifestarse en cualquier sitio, desfigurando a los pobres moribundos hasta volverlos irreconocibles.

Cuando creyó que la masa humana llegaba a su fin, la punta de una lanza le pasó a escasos centímetros del rostro. Frenó abruptamente y retrocedió, mirando con los ojos bien abiertos a los guardias que pastoreaban a la gente como quien mete a los cerdos histéricos en su corral.
-¡Déjennos salir! -El guardia que tenía justo enfrente lo miró con el ceño fruncido y dio un estoque con su arma para forzarlo a continuar retrocediendo- ¡No estamos enfermos! -Insistió, pero no sirvió de nada. Si no eran severos, los uniformados serían aplastados por la estampida de agonizantes. Dag gritó y apartó la lanza con el antebrazo... sólo para recibir un golpe propinado por otro de los guardias que cercaban a la multitud. -¡Retrocede! -Le gritaron varios “protectores” al unísono. El vampiro apretó la mano de Iredia y les mostró los dientes como un animal rabioso. Los gritos, los empujones, el olor, la marea de sensaciones caóticas estaba conduciéndolo rápidamente al límite de su cordura.

Entonces una voz susurró a su oído:
-¿Has visto lo que ha hecho tu amiguita?

Cuando el rígido cuerpo de aquel chico cuya sangre acababa de ser drenada cayó a sus pies, Dag desenvainó su espada con la mano libre y la blandió hacia las volutas oscuras dejadas por el chupasangre tras su huida. Los vampiros aparecían y desaparecían rápidamente, dejando víctimas que caían al suelo sin ni el menor hálito de vida. No obstante, muchas otras personas se desplomaban a causa de la enfermedad. Todos los que tocaban el suelo eran aplastados por la aglomeración. Era un espectáculo grotesco, uno del cual se sentía ajeno, despersonalizado, como si observase la escena desde lejos.
-Iban a morir de todas formas.
Dijo una voz. No... un momento. Era su propia voz. Había sido un pensamiento propio, y el silencio de las demás le dio la razón. Con o sin vampiros, aquellas personas iban a morir. Iredia no tenía la cura. Y los guardias no estaban allí para ayudarlos: estaban allí para acelerar su condena de muerte, para retenerlos como animales en el matadero para que no contagiaran a los demás.

Apretó con fuerza la empuñadura de la espada y se volteó de nuevo hacia los guardias, halando a la elfa consigo. No tenía caso perseguir a las sombras que iban y venían entre la muchedumbre. A su juicio, lo mejor que podían hacer era escapar.
-Yo abro un hueco... -Ordenó con gravedad al tiempo en que le soltaba la mano- ...y tú corres como si tu vida dependiera de ello. -Y lo hacía. Cada segundo codeándose con los enfermos era una posibilidad de contagio para la elfa y, aunque Dag desdeñaba su propia existencia, todavía podía sentir algo de aprecio por las vidas de jóvenes amables como ella.

El guardia que tenía justo enfrente volvió a amenazarlo con la punta de la lanza. Dag se movió con rapidez, esquivando el estoque y agarrando con la mano izquierda la vara para atraerlo con un fuerte tirón. El soldado la tenía tan firmemente agarrada que, en vez de soltarla, trastabilló hacia adelante perdiendo el equilibrio cuando el vampiro haló otra vez con el fin de tenerlo más cerca. Entonces, una vez la afilada punta estuvo lejos, el vampiro ensartó la espada en las costillas del hombre como si su armadura no fuese más que una fina hoja de aluminio.

-Lo siento. No funcionó por las buenas.

El muchacho cayó al suelo dejando un espacio que duraría abierto escasos segundos. Los enfermos no tardarían en intentar pasar por allí y, por ende, los otros uniformados tomarían rápidamente su lugar, si es que no se ocupaban primero de degollar a quien acababa de dar muerte a su compañero. Debían ser rápidos si querían escapar por ahí.
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Re: [MEGAEVENTO] Venta de humo [Juez, jurado, verdugo] [Dag-Iredia]

Mensaje  Tyr Ayer a las 02:51

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Re: [MEGAEVENTO] Venta de humo [Juez, jurado, verdugo] [Dag-Iredia]

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