Sedientos, hambrientos y enfermo [Libre: Ircan - Eileen 3/5] [Maldición]

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Sedientos, hambrientos y enfermo [Libre: Ircan - Eileen 3/5] [Maldición]

Mensaje  Ircan el Miér Jul 26 2017, 23:50

Sin duda Elizabeth era una buena guía. Tras todo el día caminando, pronto el olor de la humedad llegó a mi olfato, el lago estaba cerca.

-Mmmm... me muero por dar un trago de agua... -me relamí los secos labios. Hacía mucho que el agua se nos había acabado, así como la comida.

El camino había sido agotador en aquellas condiciones, pero no había otra opción. Vista la situación de emergencia que vivía Aerandir en aquel momento, había que llevar acabo grandes esfuerzos si querías sobrevivir, en especial cuando habías contraído la maldita enfermedad.

Mientras caminábamos, le había contado a Elizabeth todo lo ocurrido con los leónicos y como había caído enfermo. La chica había escuchado aterrada ciertas partes de la historia, aunque no sabía muy bien cual era su opinión sobre todo aquello.

Justamente había acabado de contar la historia, cuando alcanzamos una especie de montículo, desde el cual pudimos divisar el extenso lago que se perdía en un horizonte marcado por los colores del atardecer.

-Es enorme... - dije con los ojos totalmente abiertos e incrédulos. Era la primera vez que veía el famoso lago que reinaba en el centro de Aerandir. - Es como un mar dentro de la tierra. - puede que no fueran las mejores palabras para expresarlo, pero, en aquel momento, si que lo eran para un niño de dieciséis años, que no sabía prácticamente nada del mundo en el que vivía.

Elizabeth sonrió a mi lado ante la cómica expresión que seguramente otorgaba mi rostro, o por lo menos lo que ella podía ver de él.

Iba a replicar cuando el aire nos trajo el sonido de unos gritos. Ambos nos miramos el uno al otro, seguramente pensando en lo mismo, que aún no nos habíamos recuperado completamente del encuentro con el oso. Pero.... ¿Podíamos ignorar los gritos de auxilio de alguien?

-Allá vamos otra vez... - suspiré con cansancio antes de iniciar la marcha para bajar del montículo.

En aquel momento quise ser positivo. Quise pensar que los dioses nos otorgarían alguna ayuda. Nos vendría de perlas el hecho de salvar a una persona que como recompensa nos diera algo de comer o beber. De no ser así, nuestro camino terminaría antes de lo esperado.


Última edición por Ircan el Vie Jul 28 2017, 18:52, editado 1 vez
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Re: Sedientos, hambrientos y enfermo [Libre: Ircan - Eileen 3/5] [Maldición]

Mensaje  Akanke el Vie Jul 28 2017, 16:48

Aquella enfermedad era una niebla negra que iba invadiendo cada rincón, cada recoveco, tragándose el paisaje y a todo ser vivo que no huyese lo suficientemente rápido. En el aire se sentía el aroma a muerte y putrefacción, aunque ella no pudiese ver los cadáveres, sabía que estaban allí. Era un aroma tan sutil pero persistente, tanto así que llegaba a ser pesado y doloroso, pues se te metía por las fosas nasales, bajando hasta los pulmones y allí se convertía en veneno que se iba regando al resto del cuerpo. Si te quedabas cerca mucho tiempo, enfermabas.

Por eso Akanke viajaba, huyendo de la niebla negra, hacia el sur, donde viven los elfos. Allí la niebla no se atrevería a llegar. Los elfos no lo permitían. Pero tenía que cruzar la arboleda central primero, atravesar ese bosque denso y peligroso.

Trataba de avanzar rápido, tenía que dejar atrás esa maldita niebla podrida, poner distancia entre la muerte y su vida. Al acercarse la noche, sintió la urgencia de correr. Se sabía acechada, no por la enfermedad, sino por algo más que la quería cazar. Era una sensación que la amedrentaba hasta que se convirtió en una horrible realidad. Comenzó a sentir las pisadas, el asqueroso aroma que emitía... que emitían. Sabiendo que su presa los había descubierto, comenzaron a hacer ruidos, atormentando a la cuadrúpeda presa en la cual se habían fijado un par de kilómetros atrás.

Era un grupo de 5 wendigos, liderado por un enorme alfa, cuya espalda estaba llena de largas púas. Era casi tan grande como Akanke. Cuando se cansó de huir, la centáuride se detuvo para hacerles frente. Aferrándose a su báculo los esperó. Los pequeños ojos de las criaturas destellaron entre las sombras y ella los odió por perseguirla, por pensar en cazarla. Era el colmo. Ella no lo iba a aceptar ni se rendiría a la trágica suerte de ser devorada por esos pestilentes y malditos animales.

Formaron un círculo al rededor de ella, cercándola amenazantes, gruñendo, mostrando la hilera de afilados dientes. Hilos de espesa saliva escurrían de entre sus fauces. Avanzaban enterrando las garras en el blando suelo del bosque, el cual se quedó inmóvil, siendo testigo silente de aquel enfrentamiento. Dos de los wendigos menores saltaron sobre Akanke, uno de frente y otro sobre su lomo. Aquel que iba directo a su cuello recibió un certero golpe en la cabeza que lo estrelló contra un árbol. El segundo, aunque logró engancharse en su anca, fue atravesado por el extremo en punta del báculo de la centáuride. Empalado, chilló de dolor mientras ella lo levantaba por los aires y lo lanzaba lejos, para dejarlo morir desangrado. Alcanzó a morderla, dejando una enorme herida que sangraba sin parar, tiñendo su negro pelaje de un tono carmesí.

El wendigo mayor la miró con furia y con un rugido, hizo que los otros dos saltaran sobre ella sin darle tiempo de reponerse del primer ataque. Ambos cayeron sobre ella, tumbándola al piso. Logró interponer su báculo entre las bestias y su cuerpo, como una agónica barrera entre sus fauces y su cuello. Con dificultad logró apoyar sus patas traseras e impulsarse, empujando a las bestias, quienes saltaron de nuevo, pero esta vez, ella ya estaba parada sobre, levanto sus patas delanteras y los golpeó con fuerza, tumbándolos para poderlos pisotear hasta que sus cabezas no fueron más que una masa sanguinolenta de carne y huesos.

Akanke gritó, adolorida, la mordida en su lomo le ardía. La sangre no dejaba de brotar y ahora se formaba una espuma viscosa. El wendigo mayor la observó, caminando lentamente, midiendo a su presa. Ella también lo miraba analizándolo, llegó a pensar que el otro la miraba con sorna. Además de la enorme mordida, tenía los brazos cubiertos de heridas, algunas sangraban, otras eran cortes superficiales, pero todas quemaban como si tuviese carbón prendido pegado a la piel.

El wendigo mayor se lanzó hacia ella, primero con un manotazo que ella pudo esquivar. No se lanzó directamente sobre ella, había notado la relativa facilidad con que había derrotado a los otros, así que se mostraba prudente. La bestia se debatía entre atacar, impulsado por el aroma a sangre que emanaba su presa, y el medirse para evitar recibir los golpes que esta estaba dispuesta a dar. Pero la lógica y el razonamiento no son características de los wendigos, así que pudo más la sed de sangre y carne. Se lanzó y Akanke lo estaba esperando, pero era enorme y pesado, así que la derribó y le clavó los colmillos en el hombro, haciéndola gritar de dolor. Sus patas golpeaban el vientre y pecho del wendigo. Había soltado su báculo y lo único que atinó a hacer, fue agarrar con sus manos la cabeza de este y empujarlo. Logró alejarlo, pero él se llevó entre sus dientes un pedazo de su carne. Hundió los pulgares en los ojos del animal que chilló de dolor cuando sus globos oculares explotaban bajo la presión de los dedos de Akanke. Ella gritaba también, de dolor, ira, furia y asco al sentir cómo las bolitas cedían a su fuerza y perforaban, la desagradable sensación gelatinosa de los ojos del animal.

El bicho soltó a Akanke y salió disparado, corriendo entre los árboles, golpeándose, loco de dolor. Akanke quedó tirada en el piso, temblando. No de miedo sino de dolor. La saliva de los wendigos era venenosa y la mujer pronto comenzó a sudar una terrible fiebre que hizo que comenzara a ver borroso. Alcanzó su báculo y, apoyándose en el se puso de pie y avanzó dando tumbos, tenía que llegar al bosque de los elfos, tenía que huir de la enfermedad.
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Re: Sedientos, hambrientos y enfermo [Libre: Ircan - Eileen 3/5] [Maldición]

Mensaje  Eileen el Dom Jul 30 2017, 23:11

Habíamos llegado a nuestro destino. Desde aquel altozano nos azotaba la suave brisa que desprendía el lago. Sonreí con esperanzas... aunque la extensión no parecía tener buen aspecto, resultaba extraño que ningún animal, o si quiera algún que otro bicho rondara al rededor. Percibía la soledad de aquella gran laguna y todo lo que la cubría. Tal vez era sólo una teoría pero... ¿Podría ser tan alarmante la maldición que hasta el lago había caído en la desgracia? Temía que pueda ser arriesgado teniendo en cuenta que nos traería grandes problemas si tal agua estaba infectada. Con semejante viaje mis energías no darían a basto sin siquiera una gota de agua... mucho menos para el encapuchado que comenzaba a sentirse aún peor.

El dolor de mi cadera comenzaba a disminuir con las horas y agradecía aquello, ya que había decidido guardar el ungüento que sobró, en lugar de ingerirlo. Podía soportar dolores musculares, más no el estar sin agua y eso comenzaba a desesperarme, sólo esperaba que no estuviese contaminada o algo por el estilo.

Sin embargo, no me atreví a comentarle mis dudas al ver como el encapuchado parecía estar satisfecho con estar frente al lago. Incluso me causó gracia por la ocurrencia absurda que le había surgido al admirar la longitud del lugar. E iba a criticar aquella frase si no fuera porque desde la lejanía se oían ciertos bramidos que clamaban auxilio. Respondí a la mirada de duda del hombre y supe en aquel instante que, aunque no podía ver completamente su rostro, tenía la necesidad de saber lo que estaba sucediendo o quién corría peligro. Yo, en cambio... prefería ignorar aquellos alaridos y seguir con mi camino. No me arriesgaría a toparme con otro enfermo y mucho menos como estaba la situación en todo Aerandir.

Estaba dispuesta a darme la vuelta para seguir mi camino cuando oí al encapuchado decir con fatiga – Allá vamos otra vez...

Entonces recordé la historia que el me había comentado y me odié en aquel momento por hacerlo y por tener un poco de buenas intenciones. Suspiré con pesadez y lo seguí mientras bajábamos de aquel montículo.Caminé con desdén y con una lentitud que, la verdad, era a propósito. No me causaba mínimo sentimiento saber quien gritaba... no era de mi incumbencia.

No obstante, cuando nos adentramos en el bosque nuevamente, el encapuchado comenzó a trotar hacia una dirección específica, para así desaparecer tras unos matorrales donde se oían con más claridad los gritos. Corrí  detrás de él y miré a mi al rededor para saber de su paradero... entonces lo divisé de espaldas a mi y completamente estático.

– ¿Qué estas mirando? Tenemos que irnos, Ircan. – Osé a articular con algo de capricho al ver como me ignoraba. Así que me encaminé hacia un costado y al fin pude observar lo que él observaba.

– Dios mio... – Susurré al ver a una mujer frente a nosotros con un semblante de suplicio. Por su apariencia, supe que era una mujer-bestia. Pese a eso, divisé como estaba herida, con mordidas y sangre que caía como gotas de lluvia en el acuoso suelo del bosque.
– ¿Qué esperas? ¡Ayúdame! – Grité con desesperación a Ircan, quien estaba estúpidamente como estatua sin saber que hacer. Era mucho más grande que yo, sin embargo puse todo mi empeño para que no cayera al suelo rodeándola con mis brazos. – ¡No! Mejor no me ayudes... sólo saca aquellas ramas para recostarla allí.– Cambié de opinión antes de que Ircan la tocara, o me tocara a mi.

Obviamente no tenía indicios sobre quien era o si padecía de la enfermedad... pero ya era demasiado tarde. Mis manos habían sido bañadas por su sangre y solo procuré que no lo estuviese.

La desdichada, recargando todo su peso en el báculo que llevaba, ayudó a que la dirigiera hacía aquel árbol que el encapuchado había despejado. Calló con pesadez y su ceño reflejaba todo el dolor que sentía. Tenía que hacer algo. Las mordidas que tenía se notaban infectadas y una leve espuma rosada surgía, la cual se mezclaba con la sangre que desprendía de su pelaje negro.

– Tengo que hacer algo... – Susurré mientras apretaba la zona herida de su hombro para evitar que perdiera más sangre. Aquella herida era la peor de todas.

Lo miré a Ircan en busca de alguna respuesta en vano. ¿Qué podía hacer? Sólo tenía un poco del ungüento que había preparado la otra vez y una pequeña flor para desinfectar la zona.

La mujer respiraba aprisa y con leves gotas de sudor bañando su semblante. La fiebre la estaba consumiendo y la herida desprendía sangre sin parar. Mis manos se habían teñido de ésta. ¡Estaba perdiendo mucho flujo! Necesitaba agua, pero no confiaba en la que permanecía en el lago. De todas formas no había otra opción, no podía dejar que se desmayara.

– Ve a buscar agua... Ten cuidado, puede que este infectada. – Le ordené a Ircan, mientras sacaba el poco ungüento que tenía para dárselo a la mujer que agonizaba cada vez más. El encapuchado solo asintió y desapareció entre la maleza.

Tenía que hacer uso de la flor, pero necesitaba parar el sangrado. Como último recurso desprendí una gran hoja del árbol en el que estábamos y lo até con fuerza en su hombro. Gracias a los dioses que funcionó, de alguna u otra forma tenía que esperar a que Ircan volviera, con o sin agua.
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Re: Sedientos, hambrientos y enfermo [Libre: Ircan - Eileen 3/5] [Maldición]

Mensaje  Ircan el Jue Ago 17 2017, 17:31

Al principio, dudé de que mi compañera me siguiera, pero finalmente lo hizo, aunque sin mucho entusiasmo. Algo que cambiaría en cuanto nos encontráramos con una especie de ser mitad caballo y mitad mujer, al atravesar unos matorrales.

Por unos segundos me quedé absorto viendo a aquella magnifica criatura, que hasta entonces sólo había existido en mis sueños. Un repentino impulso me incitó a correr hacía ella.

"¿Que haces?" sonó una vocecilla en mi cabeza "Estas enfermo recuerdas" puntualizó con malicia "Mírala. Está hecha trapos. ¿Acaso quieres añadirle más desgracias?"

Miré a la centauro e identifiqué el reguero de sangre, que surgía de unas profundas heridas con forma de mordiscos y arañazos. Apreté los dientes y los puños con furia quedándome completamente quieto, mirando impotente como no podía hacer nada por aquella mujer, o yegua, a no ser que quisiera empeorar aún más la situación.

Sin embargo, una sombra rojiza y furiosa apareció a mi lado dando instrucciones, como si de un curandero de campaña se tratará. Confiando en que Elizabeth supiera lo que se hacía seguí sus instrucciones. Ella cargó con la mujer-yegua mientras yo despejaba una zona a la sombra de un árbol. Aunque no me gustase la distribución de tareas, esta debía de ser así debido a mi condición, así que me tragué el orgullo y miré como la joven comenzaba a aplicarle los primeros auxilios.

No obstante, la situación era peor de lo que me temía. De las heridas de la centauro comenzó a salir un pus rosado que no indicaba nada bueno.

"¿Veneno?" teoricé, mientras me preguntaba qué criatura había sido la causante del ataque.

– Ve a buscar agua... Ten cuidado, puede que este infectada. – escuché la voz de Elizabeth, lo que me hizo salir de mis pensamientos.

Por unos instantes la miré algo confuso.

– ¿Y que me importa si está infectada? – la miré intentado saber si sólo bromeaba para aliviar el momento de tensión – ¿Acaso me puedo infectar dos veces?

Ella como respuesta me lanzó una mirada furibunda.

– Vale, vale. ¡Ya voy! – me di la vuelta esquivando aquella mirada asesina y corrí hacia el lago.


Tras algunos minutos corriendo pude ver la orilla del lago. El agua parecía limpia, ¿pero acaso lo estaba de verdad?. A mi ya poco me importaba, pero mi reciente compañía no creo que tuviera tan poco reparos.

Saqué la pequeña olla de mi zurrón. Nunca había bebido de ahí pues sólo la usaba para calentar el agua, así que supuse que no estaba infectada. La llené de agua, la deje a un lado y zambullí mis manos en el lago usándolas para saciar mi sed. No noté nada diferente en el agua, así que supuse que estaba bien. Cogí de nuevo la olla y volví a la improvisada enfermería.

–Aquí tienes, Elizabeth – le dije a la chica entregándole la olla, aunque esta tardó en reaccionar, algo que me hizo dudar.

La chica se giró y cogió la olla en silencio, centrándose únicamente en las heridas de la centauro.

Sintiéndome completamente inútil, en aquella situación, decidí emplear mis pocas capacidades en algo productivo.

–Voy a hacer guardia y a buscar algún que otro fruto silvestre. Espero que haya suerte. –le dije a mi compañera.

Sabía que estos podrían estar infectados, y que eso podría suponer el fin de sus compañeras, pero si por miedo a infectarse no comían nada morirían igualmente.

Dí una vuelta por los alrededores, encontrando algunos frutos. Extremando todas las opciones de protección de las que disponía, cogí los frutos tomándolos directamente con la tela del fardo, para que no entraran en contacto directo con mis manos. Era eso o nada. Era resignarse a morir o luchar por sobrevivir.
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