Muéstrame tu debilidad [+18] [Sarez/Helyare]

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Muéstrame tu debilidad [+18] [Sarez/Helyare]

Mensaje  Helyare el Miér Ago 02 2017, 01:14

Hasta hacía un tiempo, los peores días en la vida de Helyare habían sido cuando fue desterrada de su clan y perdió todo rastro de honra. Ahí creyó que iba a morir, lo pensó. En un ataque de ira tomó su daga dispuesta a hacerse daño, pero en el último momento lo que acabó cortando fue su largo cabello en jirones, manchado con la sangre que había derramado. Todavía tenía una esperanza de volver. Si descubría que Arzhak no había tenido nada que ver en el asalto al pueblo, podría regresar a casa, aunque el mal estuviera hecho.

Pero ya no. Su condena era totalmente irrevocable. Sus cargos eran inamovibles y nada podía hacer ya más que huir lo más lejos posible. O volver a plantearse lo que en su momento cruzó su mente. Ya no tenía a nadie, llevaba sola mucho tiempo y a cada paso que daba le costaba más, se sentía más débil y todas las cosas atroces que había visto estaban machacando su mente. ¿Le iba a esperar esta vida por los restos? Si no la atrapaban… Si lo hacían sabía que moriría. Y encima, de la forma más deshonrosa: quemada. Para que su alma no pudiera vivir con sus dioses, ni su cuerpo pudiera ser parte de Sandorai. La peor muerte… La misma que se le daba a los brujos.

Durante días caminó sin rumbo, perdida en sus pensamientos. Había visto cosas horribles, cosas que pensaba que no existían en Aerandir. Algo que ni en sus peores pesadillas había podido imaginar. Había vivido tanto tiempo en su burbuja de cristal, donde nada de eso ocurría, donde no existían las violaciones, ni el asesinato entre hermanos, ni las ansias de poder. Había crecido en una atmósfera de tranquilidad, donde una palabra suya bastaba para manejar a un ejército de más de trescientos elfos. Al reventarse esa burbuja había visto un mundo que detestaba. Incluso sus mismos hermanos la odiaban a ella. Todo había cambiado y no se sentía a gusto en ninguna parte del mundo.

Anduvo durante un par de días, no mucho más. Y caminaba despacio. Ya apenas cojeaba, pero su rodilla todavía se resentía. El golpe que le habían propinado había sido demasiado fuerte y todavía era molesto caminar. Y las heridas estaban sanando, se habían convertido en feas costras que acabarían dejando más cicatrices en su cuerpo. Otras tantas más… Y eso sin contar todos los golpes que tenía. Su cuerpo era horrible, repugnante para cualquier elfo que lo viera, al menos bajo su concepción. La diosa Imbar regalaba este obsequio a sus hijos del bosque, el recipiente donde estaría el alma durante toda la vida. Y había que cuidarlo, pues tenían la magia de la sanación para reparar cualquier rasgadura que se hiciera sobre la carne. Y, sin embargo, Helyare debía ser una ofensa a la creadora, su cuerpo estaba plagado de cicatrices, golpes y heridas. No era el recipiente perfecto para un alma… Bueno, para la suya sí, ya que vagaba por la tierra sin ningún tipo de gloria. Sentía miedo de caminar por el bosque, miraba para todos lados, preocupada por lo que pudiera suceder. ¿Y si estaban buscándola los soldados de su clan? ¿Y si volvían esos insectos? No era capaz de relajarse ni un segundo, siempre en alerta. Y más, estando sola. Echaba de menos a la dragona. ¿Dónde estaría ahora? Después de salir de Lunargenta había dejado a Aranarth y a Ingela y se había largado. En ese momento sentía que no debía estar con ellos. Y… A partir de ahí había comenzado su desgracia.

Ahora la extrañaba muchísimo. Hubiera llevado mejor esos dos días de camino con el interminable diálogo de la muchacha del norte sobre a-saber-qué, pues Helyare solía ignorarla y dejarla hablar. Pero ahora hubiera dado todo lo que tenía por escucharla contar cosas. Lo que fuera. Quería despedirse de ella. Había sido la única amiga que había tenido a lo largo de su corto viaje, le recordaba tanto a Luinil…
Y Aranarth, a ese maldito elfo también lo extrañaba tanto… ¿Qué diría cuando se enterase de su condena? Porque se iba a enterar. Y se temía lo peor: él la ejecutaría.

Sacudió la cabeza, empezando a respirar entrecortadamente. Últimamente le solía pasar muy a menudo. Se sentía agobiada, con una fuerte opresión en el pecho, sus manos temblaban y sus pies eran incapaces de dar un paso sin trastabillar. Notaba unas ganas tremendas de echarse a llorar y una gran debilidad recorría todo su cuerpo. Asustada por tener que quedarse en ese bosque, salió corriendo, tratando de no caer, aunque sí tropezó varias veces. Notaba su rostro húmedo por las lágrimas, pero no se detuvo. Sentía que debía escapar de ese bosque, pese a no ser Sandorai. Se notaba encerrada, como si el lugar se hiciera cada vez más y más pequeño. Sentía el nudo en su garganta, en su estómago y una gran losa que oprimía su pecho hasta hacerla daño.


“N’Tel’Quessir”
“nuuta dhaerow”
“Taarindil”


Los insultos con los que la habían calificado se seguían amontonando en su cabeza. Todas las frases que le habían dicho sobre la deshonra que había ocasionado a su familia. Su nombre ya no volvería a ser el mismo. Y las que le habían dicho sobre cómo había defraudado a su pueblo, sus valores…

Corrió más rápido, tratando de escapar de sus pensamientos recurrentes. Podía volver a ver su sangre derramarse en la hierba como en sus pesadillas. Tenía que escapar de eso, corrió hasta salir del bosque, siguiendo un pequeño riachuelo, pero no podía escapar.

Frente a ella había un terraplén de unos 5 metros por donde caía el agua a un pequeño lago que estaba completamente tapado por vaho y tenues nubes. Helyare miró hacia atrás y luego, de nuevo, hacia las nubecillas. Otra vez hacia atrás y, entonces, saltó.
Fue en ese momento cuando sintió que sus pensamientos escapaban de su cabeza, por unos instantes se sintió completamente libre. Incluso cuando cayó al lago. Su agua estaba caliente, se mezclaba con la fría haciendo un extraño efecto, pero ella no se fijó. Flotaba en el agua, dejándose llevar por las corrientes que generaba la pequeña caída de agua. Tenía los ojos abiertos en el agua, pero no veía nada más que sus pensamientos. Ni en el agua se libraba. El miedo volvió a apoderarse de ella y salió del lago muy rápidamente, casi arrastrándose por la orilla.

Estaba empapada. Se quitó las protecciones de cuero y las colocó junto a una de las rocas antes de hacer lo mismo con su ropa y botas. No se quiso mirar, pero no pudo evitarlo. Podía ver las cicatrices de sus piernas y las de sus brazos. Sin duda, la peor era la que tenía en el antebrazo derecho, esa que tapaba con una venda a pesar de llevar mucho tiempo curada. Odiaba todas y cada una de las marcas que recorrían su piel. Odiaba no poder sanarlas. No quería verse más tiempo. Ahí, junto a la orilla, cerca del vaho que salía del agua caliente, se quedó sentada con la cabeza apoyada en sus rodillas y cubierta por sus brazos. Tenía los ojos cerrados y era incapaz de contener las lágrimas.
Todo lo que había sido, todo lo que había tenido, se había perdido. No podría recuperar nada de lo que un día los dioses le dieron. Se lo habían arrebatado todo. Sin darse cuenta, se estaba apretando con fuerza los brazos, clavando sus uñas en la piel. No podía soportar la rabia que recorría todo su cuerpo. Pero allí estaba, encogida al lado de una roca, totalmente desnuda y abrigada por el calor que desprendía el agua. A pesar de todo, se sentía helada.


Traducción:
N’Tel’Quessir - No perteneces aquí ("otro, no elfo", despectivo)
nuuta dhaerow - Sucia traidora
Taarindil - Amante de los brujos (despectivo)
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Re: Muéstrame tu debilidad [+18] [Sarez/Helyare]

Mensaje  Sarez el Jue Ago 03 2017, 19:11

Merrigan está cubierta hasta la cabeza con una manta. No quiere que le vea. En su bolsa de mano lleva lociones perfumadas. No quiere que le huela. Es una enfermedad distinta a la que mata a las personas. Ésta es una mentira creada por el Doctor Peste (una exageración). La piel de Merrigan se tiñó de color verde, le salieron pústulas y sarpullidos que, al explotar, sueltan un desagradable aroma a rancio.

Cada veinte minutos de camino, Merrigan se sienta en una roca y me dice que me aleje, unos pocos metros no son suficientes. Tengo que irme lejos, lo bastante para no note su olor. Entonces, ella se quita la ropa que llevaba puesta. Se baña con el agua de las cantimploras, se embadurna con jabones y lociones y limpia la ropa con los mismos jabones. Cuando vuelve a estar vestida (tapada hasta la cabeza), me hace una señal para que continuemos nuestro viaje.

Caminamos cerca del río. El agua no es para beber, puede estar contaminada, sino para llenar las cantimploras que Merrigan usa para lavarse. De la única agua que bebemos es de las dos cantimploras que llevo yo; éstas las llenamos de agua limpia de la ciudad de los hombres de metal. En las ciudades de los humanos, nos matarían con tal de hacerse con una gota de esta agua limpia.

Evitamos las carreteras y procuramos no caminar demasiado tiempo a orillas de los ríos. Puede ser peligroso, más que de costumbre. Antes era peligroso por los bandidos, ahora por los enfermos. Merrigan dice que tenemos que evitar el contacto con el resto de personas (no quiere que le vean ni huelan) porque podrían estar contaminados.

Pasan otros veinte minutos. Noto que la nariz me empieza a picar, me escuece por dentro. Es como si estuviera al lado de un cadáver. Me esfuerzo porque no se me note y sigo caminando. Meto mis manos en los bolsillos para evitar rascarme la nariz. Creo estar consiguiéndolo…

Merrigan se sienta en el suelo, bajo la sombra de un abeto, y se echa a llorar. ¿Ha notado que me molesta su olor? No quería que se me notase, sabía que le haría sentir triste.

Me agacho a saludo, pero ella me aleja dándome un empujón.

-No me toques- dice llorando- doy asco-.

-No das asco- poco a poco, me voy acercando a ella.

-Te conozco, sé cuándo mientes porque curvas el labio inferior como si fueras a sonreír. Dime la verdad: ¿soy una asquerosa?-.

Merrigan se quita la ropa. Es la primera vez que me deja verle desnuda. Su piel tiene el mismo color y aspecto que la carne podrida. Las lágrimas corren por sus mejillas y hasta caer en sus pechos. Me duele verla así y me duele no saber qué hacer para hacerle sentir mejor. Habíamos decidido viajar al norte. Escuchamos que un dragón había bebido sido infectado por la misma enfermedad que el doctor peste y que se consiguió sanar. Íbamos a preguntarle cómo lo hizo. El viaje sería largo, pero lo haríamos juntos. Como siempre habíamos estado. No me importa que estuviera enferma. La quería. Iría con ella. A mí no me daba asco.

Niego con la cabeza. Mis labios tiemblan, tal vez sea sugestión.

-Quiero ir sola hasta Dundarak- me acaricia la mejilla- te he molestado demasiado. Lo he pensado mucho. Somos muy diferentes y creo que lo mejor será que nos separamos. ¡Mírame y mírate! Tú eres un elfo renegado que huye de las ciudades y yo una artista que trabaja a escondidas en los bajos fondos para sobrevivir en una jungla de ladrillo-.

-No es por la enfermedad-.

-¡Claro que no lo es! Es por todo. Siento que te estoy obligando a que siempre me tengas que cuidar y querer. No sabes nada de mí y sigues estando a mi lado. Podía haberte mentido cuando te entregué la carta de mamá, ¿no lo has pensado?-

-No has mentido.- digo con firmeza- Tus labios no se han movido-.

-¿Y qué si no lo he hecho? Sigues sin conocerme. Me estoy aprovechando de ti y no quiero seguir haciéndolo. Vete, por favor, vete-.

-No me voy-.

-Te tienes que ir, por favor. ¡Vete!-

-No-

Merrigan da un salto hacia mí. Se sujeta en el cuello de mi camiseta y me da un rápido beso en los labios.

-No lo hagas más difícil.- dice llorando- Te quiero.- Lleva mi mano a uno de su pechos y la deja descansar unos segundos. Su piel no es suave, como muchas veces había imaginado, sino áspera. Es otro síntoma de la enfermedad del doctor peste- Te quiero mucho, por eso quiero que te vayas. Si estás conmigo lo pasarás mal y haré que lo pases peor. -¡Vete, por favor, vete!-

Me da otro beso, más rápido que el anterior, y me da un empujón para que me vaya. No quiero irme, pero es lo que ella quiere. La observo absorto durante unos minutos, no sé decir cuántos. Merrigan se queda inmóvil llorando desnuda en el suelo. Hace como si yo no estuviera, me ignora.

Finalmente, como ella me ha pedido, me levanto y me marcho del lugar. Hasta que no me fuera, ella no se levantaría y se bañaría de nuevo.

Camino sin seguir ningún rumbo. Pensé en dar media vuelta y volver solo a la ciudad donde Merrigan y yo partimos. Deshice la idea al recordar la multitud de personas infectas que allí había. ¿El norte podía ser una buena idea? Iría donde iba Merrigan, pero por otro camino. Pero esa idea también era tonta. La tercera idea que se me ocurrió es la escogí: caminar sin que nada me importe. Antes de conocer a Merrigan no tenía nada. Cuando la encontré (cuando ella me encontró), sentí que tenía aquella que tanto tiempo había estado buscando. Esa misma cosa es la que creí haber encontrado en Idril. Los humanos lo llaman amor. Sin amor, no merece la pena recorrer ningún camino. Todos se volvían iguales. Cualquier lugar estaría igual de vacío.

Bajo la vista al suelo. Si mirase hacia el cielo, no podría evitar orientarme con la posición del sol. No quiero saber a dónde voy. Caminar sin que nada importe. Lo había elegido y tengo que cumplirlo.

¿Estará bien? Merrigan es una chica valiente y decidida, sabrá cuidarse por sí misma. Pero, ¿estará bien? No sé qué responder. Me resulta difícil entender a las personas. Siempre he vivido solo alejado de cualquier contacto. Las preguntas complicadas sobre qué siento las respondía Merrigan por mí y, antes de ella, lo hacía Idril. ¿Dónde estarán ahora? ¿Estarán bien?

Doy una patada a una pequeña roca. El suelo está lleno de piedrecitas grises y redondas. Estaba tan distraído pensando en Merrigan que no me había dado por dónde estaba caminando.

Conozco este lugar, he oído hablar de él. Los humanos lo llaman geiser. Son agujeros que vomitan agua caliente. Antes de irme, le di las cantimploras de agua limpia a Merrigan. Si el agua de los geisers está limpia, podría llenar mis cantimploras.

Levanto la cabeza, lo bastante para ver a la lejanía y lo suficiente con tal de no ver de refilón el cielo. Busco uno de esos agujeros. Si lo que cuentan es verdad, le pediré a la tierra que me vomite agua limpia para llenar mis cantimploras.

No tardo en encontrar un geiser y también algo más importante: Merrigan. Diferencio su cabello pelirrojo detrás de una gran roca. Corro hacia ella. El suelo está resbaladizo, pero no me importa. Tengo muchas cosas qué decirle, aunque no sé cómo hacerlo. No debí separarme de ella. Hacerle caso había sido un error. Llego a la espalda de la chica y dejo caer mi mano sobre su cabeza. Me sorprendo al ver que su piel es blanca y no verde. Tienes muchas heridas, más de las que se le había visto horas antes.

-No eres Merrigan,- digo secamente- no eres nadie-.

Retiro la mano de la cabeza de la chica con el mismo color de pelo que Merrigan y me alejo en silencio. Si no es la chica que quiero, no me interesa saber nada de ella. Para mí, no es nadie.
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Re: Muéstrame tu debilidad [+18] [Sarez/Helyare]

Mensaje  Helyare el Vie Ago 04 2017, 16:52

¿En qué momento Helyare pasó a ser tan odiada? ¿Por qué un lugar tan protegido como su antiguo poblado había sido víctima de un ataque? A partir de ese momento su vida empezó a dar tumbos que acababan dejándola cada vez más destrozada. Y había acabado ahí, sola en un lugar que no conocía, sin saber a dónde ir o qué hacer. Cualquier paso que daba era motivo de juicio, de insultos o de malos gestos. ¿Por qué? Si ella defendía una causa que creía justa. Ella era la buena de todo esto. Y defendía lo mismo que quienes ahora la buscaban para ajusticiarla. Era todo tan injusto…

No había tenido ni un momento para ella, a pesar de estar sola desde poco después de salir de Lunargenta. Y en cuanto se había dado cuenta de la soledad que la rodeaba, fue cuando cayó. Y allí estaba, apoyada en la orilla de un géiser, incapaz de dar un paso y llorando por no saber qué hacer ya con su vida. Era demasiado duro no tener un lugar al que ir. Ya no podía regresar a la que había sido su casa, no podría volver a dirigir a sus ejércitos. Ni siquiera podría llevar su arco nunca más. Se lo habían destrozado y, con él, lo único que la vinculaba a su antiguo clan. Ese arma se la había regalado su padre en su Telmiirkara Neshyrr, era lo único que se le había permitido portar después de tener que abandonar el bosque. Ahora ya ni eso.

El toque de alguien sobre su cabeza hizo que se sobresaltara y alzase la vista para mirarlo, justo en el instante en que ese individuo abrió la boca para decir que ella no era nadie. No decía nada que no supiera, sabía que después de perder su honra no le quedaba nada: no era nadie. Pero que un desconocido llegase y se lo dijese, así porque sí, la enfadó. Estaba muy nerviosa y ese tipejo había llegado en mal momento, y mucho peor si iba a insultar. Le dio un golpe para apartarse de su mano, a pesar de que él mismo la quitó de  su cabeza, y se levantó bruscamente.

Vio que el tipo se alejaba y le dieron ganas de lanzarle una piedra a la cabeza, cualquier forma de hacerle daño era válida. Sentía rabia de que un hombre así le dijera algo a ella sobre su valía. Pero no cogió una piedra, simplemente se quedó ahí, con los puños cerrados, viendo como se había dado la vuelta. –¡No sé quién es esa estúpida! –Se refería a Merrigan, que no sabía quién era y por qué la había confundido con ella. –¡Pero tú tampoco eres nadie! –Se podía ver todo su enfado cuando le gritó. No sabía si de verdad era un individuo sin ningún tipo de honra o si era alguien, pero quería defenderse de lo que éste le había dicho. Todavía sentía ganas de tirarle una piedra. Si hubiese tenido su arco le hubiese disparado por el simple hecho de acercarse a ella a decirle eso. Pero no lo tenía. En su pequeño morral tenía un minúsculo pedazo de madera astillado que había conseguido coger de la madera que formaba su arma.

Ese hombre le sonaba, pero no sabía de dónde. Tal vez lo hubiese visto en algún lugar o eran sólo imaginaciones suyas. Pero antes de decir nada había comprobado sus pintas, pues responder de ese modo a alguien de su clan hubiese desembocado en la muerte de Helyare. No era nadie que mereciera respeto, así que no dudó en responderle ferozmente. Todavía se podían notar los rastros húmedos de sus lágrimas al caer y temblaba. Era una mezcla de tristeza por encontrarse en esa situación, de rabia porque ese idiota apareciese para recordarle lo que tanto trataba de evitar pensar…

Había llegado una persona que nada tenía que ver con ella a insultarla. ¿Tanto se lo merecía? ¿Qué estaban tramando los dioses con ella si a cada paso que daba le ponían una traba? Quería ver a Ingela, necesitaba volver a ver a esa dragona. A pesar de todo lo que la había regañado, de lo borde que era con ella, la muchacha del norte siempre había estado a su lado. Enfadada o no, pero siempre con ella. Incluso llegó a extrañar a Vincent. Ese estúpido brujo la había ayudado tanto… Y la última  vez que lo vio tuvieron que huir de Sandorai. Era tan triste y surrealista…
Un miserable brujo la había ayudado más que su propia familia. Más que cualquier otra persona. ¿Dónde estaban ellos dos? Los quería a su lado, y no tener que ver a gentuza como ese hombre que sólo se había acercado para decirle esas crueles palabras.
En ese instante cayó el algo. Bajó la mirada viendo su cuerpo repleto de marcas y cicatrices. Claro… Él la había visto y sólo mirándola se podía desvelar su posición, al menos, para ella. Si ella hubiese visto a alguien igual también se habría acercado a recalcar lo poco que valía su vida. Pero, ¿era necesario hacerle esto? No había estado molestando a nadie, simplemente estaba sentada en una roca.

Sí, ella también le había gritado que no era nadie pero en defensa. No conocía qué era de esa persona, aunque seguía pensando que le sonaba de algo, aunque puede que con el vaho de los géiseres y las lágrimas de sus ojos no distinguiera bien quién era.
Se giró de medio lado, contemplando el agua evaporándose, sin mirar al hombre que la había interrumpido. Tenía la certeza de que se iba a largar y, bueno, su destino tampoco era estar acompañada de nadie en esos momentos. Y no quería estar cerca de ese tipo, lo había visto tan desaliñado, tan…. Extraño. Que no lo quería cerca.

Traducción:
Telmiirkara Neshyrr - Así llaman a la Ceremonia de Maduración
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Re: Muéstrame tu debilidad [+18] [Sarez/Helyare]

Mensaje  Sarez el Mar Ago 08 2017, 09:59

La chica que no es Merrigan me grita por la espalda. Es una cobarde, podría haberme contestado en la cara cuando la había llamado la atención. Los que insulta a la espalda no tienen valor.

Me giro con lentitud. En mi mente resuenan las palabras que la chica que no es Merrigan ha dicho. Ha llamado estúpida a Merrigan y ha dicho que yo no soy nadie. Miro a la chica directamente, sus labios muestran una grotesca mueca de ira. Está enfadada; no me importa. Que se enfade. Ella no tiene derecho a estar enfadada, yo sí. Ha insultado sin motivo a Merrigan, la chica que besaba minutos atrás y, más importante, mi hija. Puede apostar, estoy más furioso que ella.

Camino hacia la chica que no es Merrigan sin apartar los ojos de sus manos. Tiene los puños cerrados y los aprieta como si estuviera aplastando un puñado de tierra. Abro, con un gesto suave y grácil, mi chaleco para mostrarle mis cuchillos y mi tomahawk a la chica. Ella tiene un arco, parecido al mío. A distancias cortas como la que nos encontramos, un arco es inútil. Si quisiera pelear, ella estaría en desventaja. Soy más alto, más fuerte y tengo mejores armas. ¿Se atrevería a saltar y atacarme? Paso de mirar sus manos a mirar sus ojos cristalinos. Parecen los ojos de un perro que tiene miedo a ser apaleado. En la ciudad de los humanos, todos los perros callejeros tienen la misma mirada que esa chica. No creo que me fuera a atacar, es una cobarde.

-No te escondas.- le digo cuando estoy a pocos centímetros de ella- Repite tus insultos sin esconderte. Quiero escucharlas a la cara. Ten valor-.

Cruzo los brazos para esperar su respuesta. Sin darme cuenta, me pongo en la misma postura que Merrigan utiliza (utilizaba cuando estábamos juntos) cuando me explica algo acerca del comportamiento de las personas y espera a que lo comprenda.  

Ahora que estoy cerca de la chica, puedo ver mejor su cuerpo desnudo: Está sucio y recubierto de graves heridas sin sanar y feas cicatrices de heridas mal sanadas. Me pregunto cómo es que ha llegado a tener ese mal cuerpo. Los humanos de la ciudad son mucho menos pacientes que yo. Si a ellos también les insultó por la espalda como a mí, quizás fueran los humanos los causantes de esas heridas. Es una posibilidad, pero no muy buena. No estamos en la ciudad de los humanos, estamos en los geiseres. Aquí no hay humanos, tampoco debería haber elfos.


-Tus heridas,- señalo su torso desnudo- te las han hecho por insultar y cobarde- es una pregunta, pero no suena como tal.  
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Re: Muéstrame tu debilidad [+18] [Sarez/Helyare]

Mensaje  Helyare el Jue Ago 10 2017, 18:03

El elfo se giró para quedar frente a ella y avanzó varios pasos, mostrando sus armas. Helyare no tenía tantas, cuando salió sólo contaba con un arco y una daga. Esta última acabó en el mar después de uno de sus ataques de ira. Y el arco ya era historia después de verlo hecho añicos por quienes lo habían creado. En cuanto se giró, ella se tapó con uno de sus brazos. Pero no ocultó las partes de su cuerpo que el pudor de otras razas exigía, como los pechos o la zona de la entrepierna, sino las cicatrices más horribles que tenía. En este caso, las del antebrazo derecho. Las otras seguían líneas imaginarias que iban cortándose y fusionándose con otras, parecían el dibujo de los rayos del cielo sobre su piel. Terriblemente feas para una elfa, pero no tanto como lo que tenía en su brazo. Apenas quedaban partes de piel lisa. Las hendiduras eran más visibles que en otras partes de su cuerpo, no tenían ningún tipo de orden, se solapaban unas con las otras y eran demasiadas para un espacio tan pequeño como su medio brazo. Esas fueron las que trató de tapar a los ojos del elfo. Aun así no apartó la vista de él pese a estar a escasos centímetros. No le importaban sus armas, ni quién era realmente. Si tanto le pedía repetir sus palabras, lo iba a hacer. –Te he dicho que tú tam… –En ese momento, cuando lo vio acercarse tanto hasta quedar a centímetros de ella, se quedó petrificada.


Ya había visto a ese tipo antes, la primera vez fue en Lunargenta, en una de las fiestas estúpidas de humanos donde la dragona había decidido participar. Se suponía que debían disfrazarse de forma ridícula para a-saber-qué, porque los dioses no iban a hacer caso a esos ridículos por vestirse de algo que no eran y rezarles entre estatuas quemándose. De hecho, le había visto gracias a Ingela. Ella iba preciosa, vestida de ave, y este elfo la había incordiado. Recordaba haber ido contra él para apartarlo de la muchacha del norte. Y la misma impresión que le dio al verlo allí, le dio aquí. Retrocedió un paso hacia atrás, apartándose de él. Sentía asco y desprecio por alguien así. –Tú… Estabas en Bragiväl. Eras un ave con alas blancas. –La mueca horrorizada no se le podía quitar de la cara. Le causaba un fuerte desagrado verle la cicatriz de la cara, tanto como se lo había causado en Lunargenta. ¿Y todavía se atrevía a ir por la calle así? Pese a que ella, ahora mismo, estaba desnuda, no se atrevería a presentarse ante el juicio público con esas marcas. Se sentía ofendida de que todavía no era capaz de taparse y ocultar sus cicatrices. No lo hizo en la ciudad, ni tampoco ahora. ¿Y se atrevía a mencionarle a ella las suyas? –¡No! ¡No me las han hecho por eso! –Gruñó, muy enfadada con el aspecto de ese elfo. Debería ser apedreado sólo por tener la poca decencia de no ocultar su rostro y su cuerpo. –¡Eres quien menos tiene que señalarme! –Acusó como si el elfo hubiera hecho algo horrible. Aunque para ella lo era. Vivir sin honor y no ocultarse era una ofensa mayor todavía que el hecho de no tenerlo. ¿Quién podía salir a la luz si era una persona sin una gota de honra? –Todas tus heridas… ¿¡Por qué no las tapas!? –Hizo un aspaviento con su brazo izquierdo dirigiéndose a su cara, señalándosela. –¡Deberías sentirte avergonzado!


Se sentía muy molesta por el hecho de que ese indeseable tuviera la poca vergüenza de decirle a ella que no era nadie. Sólo hacía falta verlo para darse cuenta que él tampoco lo era. Peor aún: no tenía respeto hacia sí mismo, pues se ponía en evidencia dejando que el resto viera su cuerpo mancillado por las heridas. Simplemente, era ofensivo a la vista.

Helyare negó con la cabeza, mirándolo con completa desaprobación y, sin pensarlo, agarró uno de los cuchillos que el elfo le había enseñado al abrir su chaleco. –Todo esto, ¿para qué? No volverás a usarlos para defender a quienes fueron tus hermanos. Entonces, ¿qué sentido tiene portarlos? –Miró el cuchillo con detenimiento, aunque rápidamente volvió a pasar la mirada al hombre. –Vagarás solo por todo el continente y estas hojas no te servirán, ni siquiera, para tu propia defensa. Suceden cosas demasiado horribles como para poder protegerte con esto. ¿A dónde te piensas que vas a llegar? Si no hay lugar para gente como tú en todo Aerandir. –Parecía hipnotizada al decir eso, era presa del dolor al compartir esa opinión con el extraño elfo, y su tono aún así parecía burlesco. De repente lanzó el cuchillo que tenía en sus manos hacia el agua, aunque no llegó, chocó contra las rocas y quedó al borde de la orilla, moviéndose. –El único uso real que podrás darle a tus hojas será para acabar contigo mismo cuando ya no te quede nada. Ni siquiera esa tal Merrigan a quien buscas. –Su tono se había vuelto serio, atrás había quedado el deje burlón y sarcástico. –No tienes derecho al afecto.

Clavó su vista en el hombre, a pesar de que le seguía dando grima verle así de demacrado. Era horrible. ¿Ella se vería así? Ni se había querido ver en el reflejo del lago de agua caliente. Sentía pánico al ver su imagen, y mucho más a que otros la vieran. Pero había perdido la capa que la ocultaba al mundo hacía un tiempo. A partir de ahí, vagó por los bosques, apartándose de cualquier ser que pudiera verla. No podía imaginarse así, como ese elfo.
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