¡Larga vida a los cazadores! (Memorial) (Gremio de cazadores y amigos + libre)

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¡Larga vida a los cazadores! (Memorial) (Gremio de cazadores y amigos + libre)

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Mar Ago 29 2017, 11:31

Sacrestic Ville


Salí de la catedral en llamas junto con el resto de cazadores, Elen, Rachel y Jules. Habíamos ganado la batalla, la guerra, todo. Pero habíamos perdido a gente importante en el camino: Isabella, Anastasia, Milton…
No sabía si mi hermano seguía o no con vida, pero sólo con lo que Cyrilo había dicho ya lo creía muerto. Y a veces era mejor muerto que vampiro o lisiado. Ni siquiera sé cómo me mantuve en pie hasta llegar al lugar donde nos recogerían. No recuerdo haberme despedido de Elen o los hermanos Roche. No recuerdo nada, realmente. Salvo llegar al campamento y encontrar a mi padre corriendo hacia mí, fundiéndose en un abrazo conmigo. No podía oír qué dijo, a día de hoy no recuerdo tampoco eso. Me abrazó fuerte, volvía a separarse mirándome a la cara, tratando de que le dijera qué había pasado. Pero sólo me acuerdo de estar quieta, mirándolo, y sujetando el arco y los virotes con ambas manos. Me los quitaron con cuidado, aunque yo me alarmé y quise atacar a los que se acercaron, pero eran compañeros de mi padre.
- Se acabó. Mortagglia ha muerto. La Hermandad no existe. - Fue lo único que recordaba haber dicho, mirando a mi padre, que volvió a abrazarme, estaba llorando. Nunca había visto a mi padre llorar. Y mi madre ni siquiera salió, habían llevado a mi hermano al campamento y estaba con él. Cuanto antes le trasladarían a Beltrexus. - ¿Cómo está Milton? - Pregunté, pero no me respondieron. Las miradas eran desoladoras.

Apenas estuvimos horas en el campamento, en cuanto llegamos mi padre ordenó salir cuanto antes de allí para volver a casa. El  viaje es otra cosa que tampoco recuerdo, tan sólo puedo acordarme del mecer del barco y las noches que pasé en vela y llorando. Todavía podía sentir el calor de las llamas, el sonido de la explosión…
Me despertaba en mitad de la noche, sudando, agobiada y con la cabeza a punto de estallar. Los médicos de mi familia se encargaron de mí. Por suerte tenía heridas superficiales, alguna que otra quemadura y mis tímpanos estaban bien a pesar de que aún podía oír el pitido en mi cabeza. Nada grave. Según había escuchado, Jules y Rachel venían conmigo, aunque no lo sabía con certeza. En parte era un alivio, pero no me atrevía a mirar al mayor de los hermanos. Durante todo el viaje evité encontrarme con ellos.


Beltrexus


Cuando llegué a las Islas nos esperaba la gente. Algunos eran cazadores, otros trabajadores del gremio de otro tipo, familiares que habían perdido a alguien en Sacrestic Ville, vecinos que habían escuchado lo sucedido… Era incapaz de contar cuántos eran, pero al salir a cubierta el sol me cegaba. Escuchaba sus gritos, nos aclamaban como a héroes. - ¡Cazadores! ¡Cazadores! ¡Cazadores! - Repetían. Miré hacia un lado, esperando encontrarme a Anastasia y poder decirle que a quien vitoreaban era a mí, pero ya no estaba. En lugar de ella, a mi lado había una doncella que cuidaba de mí, una enfermera creo que era. Me daba igual, no era la cazadora. Ella ya no iba a volver.

Varios guardias tuvieron que apartar a la muchedumbre para que pudiéramos bajar. Aun así sentí los empujones, la gente intentaba agarrarme. - ¡Larga vida a Harrowmont! - Se podía escuchar. - ¡Maestra! ¡Maestra!
En otra circunstancia me habría encantado, pero en ese momento me sentía vacía, como si la victoria no fuese mía. Pero otra de las doncellas que me acompañaban me sujetó el brazo y me instó a saludar al pueblo. - Esperan por usted, maestra cazadora. Han derrotado a la Hermandad. - Sonrió la chica, levantándome el brazo para hacer que saludaba, de manera triunfante. - Ha ayudado a mucha gente.
La imité, tratando de quedarme con la cara de todos los que intentaban abalanzarse contra mí para mostrarme su afecto. No tenía idea de cuánto duró, me sentía abrumada, como si entrase en una espiral de la que no podía salir. Ahí fue cuando mi mirada se encontró con la de Jules y Rachel. La del primero me hizo sentir una fuerte punzada en el estómago. Nunca había visto al brujo así. Quise irme cuanto antes, su mirada era el fiel reflejo de lo sucedido días atrás.
Sonreí tímidamente a los vecinos de Beltrexus, trataba de saludar, comentaba lo cansada que estaba… Y en cuanto pude deshacerme de ese gran paseo de aplausos, elogios y flores, llegué a casa. Tenía aún la adrenalina de haber sido vitoreada de ese modo. “Maestra cazadora”, gritaban en coro. Eso me enorgullecía. Sí, yo era la maestra cazadora. Ese título era mío. Pero aun estaban en mi mente las muertes de mis compañeros. Sabíamos que iba a ser jodido, no eran vampiros cualesquiera.


Mansión Harrowmont


- Quiero hacer un homenaje. - Comenté a mi padre una vez estuvimos en nuestra casa, solos.
- No sé si sea oportuno, Cassie. - Me respondió, aún estaba algo angustiado por la salud de mi hermano.
- Lo es. ¿Cómo pensabas hacer los funerales? ¡Merecen un homenaje! - Mi padre, posiblemente, no pensase hacer ninguna ceremonia. A lo mejor algo más íntimo, en todo caso.
- Pero, nuestra situación…
- ¿Y la suya? - Señalé con el brazo donde más o menos estaba la dirección al Palacio de los Vientos. - ¡Joder! Hemos perdido a varios compañeros luchando por el gremio. Isabella fue asesinada y Anastasia ha muerto. No sólo fue dañado Milton. - Me mordí el labio tratando de contener mi rabia. Claro que quería que mi hermano se recuperase, pero Isabella había sido una de las que habían continuado con el legado junto a mi padre. ¿No tenía respeto por su compañera? Y Anastasia igual, ambas merecían algo, aunque fuera significativo. Aquello había sido demasiado duro como para dejarlo pasar.
Al final convencí a mi padre y mandó un montón de cartas, tanto a amigos del gremio de cazadores, vecinos que nos conocían, profesores, nuestros alumnos, gente de la alta alcurnia, realmente no sé a cuántos invitó. Pero a los pocos días la parte frontal del Palacio de los Vientos, la sede de los Cazadores, era un hervidero de personas, todas allí reunidas para rendir homenaje.


Palacio de los Vientos, dia de la ceremonia.


Este rito iba a ser nuevo, el cuerpo de Isabella sería sepultado en un lugar fijo, no la montarían en una barca ni lanzarían fuego a su cuerpo. Era por la mañana y el gentío ya se oía fuera. Se oficiaría una ceremonia para rendir culto a los dioses y velar por el alma de los caídos, y luego se enterrarían los restos en el acantilado. Allí era donde se hacían antiguamente todos los rituales. Era el mejor lugar, coronando las islas.

Yo estaba en el vestíbulo del palacio, todavía no iba a salir. Miré a Natasha, que también estaba allí. - Lo siento. - Dije en voz baja. Las Boisson habían perdido más que nosotros. Era lo mínimo que podía hacer, y más si iba a ocupar su casa cuando liderase el gremio.
Virgie estuvo conmigo todo el rato, tratando de animarme y consolarme. - Tu madre está encantada porque lo conseguiste. - Intentaba decirme, pero yo negaba con la cabeza. Era evidente que mi madre estaba absorta en la salud de Milton y vivía en su propia burbuja. Sí, se alegraba de que estuviera viva, pero no quería ver ni oír nada sobre los cazadores. Ni siquiera hablaba a mi padre, lo veía como el culpable de que hubiéramos tenido que luchar contra la Hermandad. No recordaba que ella también había sido víctima de los vampiros, por lo que se ve…
Aún en el palacio miré toda la decoración. ¿Cuántas veces había amenazado a Anastasia con quitarle esas cortinas tan horrendas cuando yo fuera maestra cazadora? Mil veces. Pero ahora lo era y no quería cambiar las cortinas. Todo ese aspecto tan siniestro no me importaba en absoluto. Sentía el palacio tan vacío, sin alma, pero a la vez cada centímetro del lugar estaba cargado de sentimiento y recuerdos. Aún quedaban unos minutos para que tuviera que salir, así que me dirigí al despacho, pero me detuve frente a la puerta, paralizada. La miré de arriba abajo y posé la mano en la manilla con intención de abrir.
Virgie regresó a por mí. - Cassie, cielo, tienes que salir. La ceremonia va a empezar. - Casi agradecía que viniera a buscarme. Delante de esa puerta la rabia me comía por dentro.

Fuera, donde todos esperaban, habían colocado sillas y taburetes para que pudieran sentarse los invitados. El cuerpo de Isabella estaba metido en un ataúd madera muy bien decorada. No se podía ver, pero los dioses la recogerían cuando acabase la ceremonia. Mi padre y el resto de cazadores estaban también fuera, esperándome. No sabía si Jules y Rachel también habían ido, pero me sentiría más arropada si estuvieran. Ellos sabían lo que había pasado.
Al lado del ataúd había una especie de altar donde reposaba una vasija simbólica que representaría a Anastasia, pues su cuerpo no lo habíamos podido rescatar. Aún no había visto eso, no hasta que las puertas del Palacio de los Vientos se abrieron para mí y yo, ataviada con un vestido negro, salí frente al gentío. A pesar de que eran tantos, no se oía nada. Silencio absoluto cuando atravesé las puertas principales. Por indicaciones de mi tía fui a sentarme en unas sillas que nos habían preparado en el porche, pues era elevado sobre el suelo. Así lo hice y, mientras me sentaba, inconscientemente buscaba la cara de conocidos, para sentirme arropada en ese momento. Parecía una estatua, seguía blanca, seria, mirando por encima de los asistentes sin fijar la vista en nada en concreto. Sobre todo, trataba de evitar el pequeño altar y el ataúd. Me recordaban que esas dos brujas no regresarían jamás.

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Re: ¡Larga vida a los cazadores! (Memorial) (Gremio de cazadores y amigos + libre)

Mensaje  Elen Calhoun el Sáb Sep 02 2017, 13:16

Después de abandonar la catedral en llamas, sin poder evitar echar la vista atrás deseando que aquella explosión no hubiese alcanzado a su amiga, Elen se reunió con Alister, que sostenía el frío cadáver de Isabella. Madre e hija habían llegado hasta el final para acabar con el mal que Mortagglia y la Hermandad representaban, pero por desgracia les había tocado pagar un alto precio. Al verlos llegar el dragón se percató de que Anastasia no venía con ellos, abrió la boca para preguntar qué había pasado, pero los afectados rostros de Jules y Elen le dieron la respuesta antes de que pudiese pronunciar palabra. Huracán no iba a aparecer, y a pesar de no haber tenido ocasión de conocerla bien lamentó su muerte, la bruja los había ayudado en más de una ocasión y era una persona importante para su compañera, que avanzaba hacia él cabizbaja y con la negra sombra que solía rodear sus ojos totalmente corrida por sus mejillas a causa de las lágrimas.

Los cazadores no tardaron en hacerse cargo del cuerpo de su difunta líder, permitiendo que el alado pudiese levantarse e ir junto a la tensai. - Sácame de aquí, no quiero volver a ver esa catedral. - pidió Elen, al notar la mano de Alister sobre su hombro. Él asintió en respuesta y sin apenas despedirse del resto, guió a la benjamina de los Calhoun a través de las calles de Sacrestic hasta alejarla lo suficiente como para que el edificio desapareciera de su vista, solo el brillo de las llamas y el humo sobresalían por encima del resto de construcciones. - ¿Qué ha pasado? - se atrevió a preguntar tras unos minutos de silencio, y pudo ver como los verdes ojos de la hechicera se empañaban nuevamente al recordar lo sucedido. - Mortagglia ha muerto… Anastasia… - en ese punto se le quebró la voz, obligándola a esperar unos segundos antes de volver a hablar. - Ella se lanzó al fuego para asegurarse de que su abuela no encontraba la forma de escapar. - consiguió decir, para luego volver al silencio que los había rodeado mientras abandonaban el lugar de la batalla.

En cuanto llegaron a sus monturas ambos pusieron rumbo al sur, sin importar que fuese de noche ni que pudiesen quedar algunos miembros de la Hermandad aún por la zona, ya que de encontrarlos la de cabellos cenicientos desataría contra ellos toda la rabia que tenía dentro. No había llegado a tiempo para ayudar a su amiga, y eso la perseguiría siempre en su conciencia.


Lunargenta

Los días pasaron sin que el ánimo de la joven mejorase, apenas hablaba, había perdido el apetito y buscaba estar sola cuando los recuerdos la asaltaban, para que su compañero no la viese llorar. Alister no sabía cómo actuar frente a aquello, solo podía darle su apoyo cuando ella se lo permitía y tratar de distraerla, cosa que no le resultó nada fácil. Casi deseaba que les saliese algún problema en el camino, lo típico, una banda de ladrones, alguna bestia salvaje, cualquier cosa que pudiese devolverle por unos momentos a la Elen de siempre, pero para su desgracia el trayecto hasta Lunargenta fue de lo más tranquilo.

Una vez en la ciudad acompañó a la bruja hasta la casa de su madre, quien conocía bien a Isabella Boisson y también quedó visiblemente afectada por las malas noticias. Aquella trágica pérdida no iba a ser fácil de superar para ninguna de las dos, pero sin duda Yennefer sabía llevar mejor la situación, quizá porque tras ver morir a su propio marido de algún modo había aprendido a sobrellevar el dolor. No permanecieron allí por mucho tiempo, Elen necesitaba descansar y desconectar de todo lo ocurrido en Sacrestic, así que tras dar la noticia a su madre, se despidió y puso rumbo a la posada en que solían hospedarse, encerrándose en su habitación sin que el dragón pudiese hacer nada para evitarlo.

Él sabía que debía darle tiempo, pero temía que se recluyese durante días y descuidase su salud, motivo por el cual a la mañana siguiente se hizo con una copia de la llave para entrar en el cuarto de la joven. Era temprano cuando se internó en la estancia, encontrando a su compañera tendida en la cama y aparentemente dormida, con una mancha negra en la almohada, a la altura de su rostro. Había estado llorando de nuevo, eso no le sorprendía, pero ¿cuánto tiempo necesitaría para reponerse? A aquel paso terminaría enfermando y eso era algo que no podía permitir. Sin hacer ruido se dirigió al baño, donde preparó un cuenco con agua y una toalla pequeña, que llevó consigo al cuarto y depositó suavemente sobre la mesilla de noche. Luego abrió las cortinas y esperó a que la de ojos verdes reaccionase ante la luz.

Elen comenzó a moverse instintivamente para cubrirse el rostro y protegerse así de la claridad, pero pronto notó la mano del cazador, que le apartaba el brazo con que se había cubierto. - Despierta Elen. - le escuchó decir, y terminó rindiéndose. Abrió los ojos y allí estaba él, sentado al borde de la cama y con la vista clavada en su rostro, que no debía tener muy buen aspecto. - ¿Por qué me levantas tan pronto? - preguntó ella, mientras se incorporaba hasta quedar sentada. - Porque te conozco y sé que serías capaz de recluirte entre estas cuatro paredes si no te obligo a salir. - fue la respuesta del alado, una a la que la bruja no podía replicar nada porque estaba en lo cierto. Echando mano del cuenco con agua, Alister humedeció un poco la toalla y limpió con ella las manchas negras que su compañera tenía alrededor de los ojos y en las mejillas, sin que ésta opusiese mucha resistencia, algo que dejaba claro que seguía necesitando su apoyo.

Parecía como si le hubiesen arrebatado la energía y las ganas de seguir adelante, pero cada cual llevaba el luto a su manera y debía respetarlo, aunque no por eso iba a permitir que se abandonase. - Vamos, tengo que visitar el mercado y te vendrá bien tomar el aire, prepárate y reúnete conmigo abajo. - dijo en cuanto terminó de retirar el carboncillo, dejando nuevamente el cuenco y la toalla sobre la mesilla de noche. Alister se levantó y caminó hacia la puerta, deteniéndose un momento antes de salir para volverse hacia la de cabellos cenicientos. - Tengo copia de la llave, si no bajas no me dejarás más remedio que volver a subir para sacarte de este cuarto. - soltó, no como una amenaza sino más bien como una aliciente para que optase por hacerlo por su propio pie.

En cuanto volvió a quedarse sola Elen suspiró con resignación y se levantó de la cama, buscó en su armario hasta dar con una muda limpia de ropa y se dirigió al aseo, donde intentó no mirarse demasiado al espejo ya que su cara era el vivo reflejo de la tristeza. Terminó de vestirse y bajó las escaleras para reunirse con el dragón, junto al cual abandonó la posada para poner rumbo al mercado, donde pasarían el resto de la mañana. Alister la guió a través de los puestos y el gentío, consciente de que su compañera no estaba prestando demasiada atención a cuanto la rodeaba, ya que seguía algo cabizbaja y no parecía que ninguno de los mercaderes tuviese algo de su interés. Aquello no funcionaba pero sabía de algo que sí lo haría, sobre todo después de lo poco que había comido la joven en los últimos días.

Sin decir palabra se encaminó hacia uno de los puestos, aquel en que Elen solía comprar pastas dulces cuando pasaba por el mercado, y el aroma a recién horneado llamó la atención de la hechicera, que no pudo resistirse a adquirir un par. Aquello mejoró un poco su ánimo y sirvió para que le resultase más fácil mantenerla distraída durante las horas siguientes, en las cuales visitaron las tiendas preferidas de la benjamina de los Calhoun. El día parecía mejorar por momentos, pero a la hora del almuerzo ambos dieron por terminado su paseo y regresaron a la posada, donde el tabernero les aguardaba con algo que podría volver a sumir a la centinela en su estado anterior.

- Ha llegado esto para usted. - indicó, entregándole una carta. - Gracias. - respondió la bruja, antes de subir las escaleras y entrar a su habitación, seguida del dragón. Elen se sentó al borde de su cama y rompió el lacre para leerla, dejando escapar un suspiro al ver de lo que se trataba. - ¿Qué ocurre? - preguntó el cazador, que no le quitaba ojo de encima. - Es una invitación por parte de la familia Harrowmont, el gremio va a organizar un homenaje para Isabella y Anastasia en el Palacio de los vientos. - reveló, sin duda alguna de que aquello debía ser obra de Cassandra. - Iré por mis cosas. - anunció el alado, dando por hecho que ella querría asistir a la ceremonia para presentar sus respetos y despedirse de su amiga.

Poco después del mediodía ya estaban listos y de camino al puerto, donde no les costó demasiado encontrar un barco que se dirigiese a Beltrexus.


Beltrexus

La de cabellos cenicientos apenas tuvo tiempo de avisar a su madre para que embarcase con ellos, y en cuanto dejaron atrás la ciudad su estado de ánimo volvió a empeorar, volviéndola más callada de lo normal. Alister trataba de animarla pero a veces resultaba en vano, pues aunque la joven apreciaba sus esfuerzos no podía fingir que se sentía bien cuando no era cierto. Su visita a las islas tampoco ayudaría, pero se lo debía a Anastasia, no había llegado a tiempo de ayudarla en la catedral pero sí estaría en su funeral y el de Isabella. El problema era que no tenía nada adecuado para la ocasión, no solía vestir de negro y casi toda su ropa era poco apropiada para asistir a una ceremonia semejante, así que tendrían que pasar por alguna tienda antes del día señalado para el memorial.

Su estancia en Beltrexus no iba a ser larga, así que sin perder tiempo acudieron al mercado nada más desembarcar, consiguiendo un modesto vestido con velo para la tensai y algunas prendas de caballero para el dragón. Una vez listos se dirigieron a la casa familiar, donde se hospedarían hasta que el funeral hubiese terminado.

La mañana del memorial llegó apenas dos días después, y tras haberse ataviado con sus nuevos ropajes, los tres salieron hacia el Palacio de los vientos, donde desde bien temprano habían empezado a reunirse los asistentes. Había mucha gente, pero ni Elen ni sus acompañantes se fijaron en la multitud, ya que la visión del altar sobre el que reposaban el ataúd de Isabella y la vasija que seguramente representaba a Anastasia captaron por completo su atención. La benjamina de los Calhoun sintió como se le caía el alma a los pies mientras avanzaba hacia los asientos más cercanos al altar, algo que Alister debió notar en su rostro ya que de inmediato le pasó un brazo por la espalda para que supiese que estaba allí a su lado, y que no dejaría de apoyarla en aquellos duros momentos.

Los tres tomaron asiento en una de las primeras filas, desde la cual pudieron ver a Cassandra con el rostro pálido y expresión seria. Ella también había perdido a alguien importante, pero al menos no se veían dos ataúdes, lo cual indicaba que su hermano Milton debía seguir con vida. En silencio esperaron que la ceremonia diese comienzo, buscando con la mirada entre los rostros de los presentes para ver si había algún conocido más. Jules sin duda estaría destrozado pero de momento no pudo verle, aunque teniendo en cuenta la cantidad de gente que había no resultaba extraño que no pudiese encontrarlo a simple vista.


Atuendo de Elen:




Off: Cronológicamente para mí esto ocurre antes de la pandemia y todo lo que ella ocasiona en Lunargenta.
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Re: ¡Larga vida a los cazadores! (Memorial) (Gremio de cazadores y amigos + libre)

Mensaje  Gerrit Nephgerd el Jue Sep 07 2017, 12:25

La  ropa que utilizaba de manera habitual no me venía bien. Perdí mucho peso después de mis últimos enfrentamientos y maldiciones. Era curioso, al mirarme al espejo seguía viendo mi cuerpo como siempre: fuerte y pesado. Sin embargo, los pantalones y camisetas me venían grandes; era como si la ropa se hubiese estirado o como si yo hubiese encogido. Lo más probable es que fuera lo segundo. Los ancianos, por muy esbeltos que hubieran sido en la juventud, estaban condenados a encoger paulatinamente. Tenía que acostumbrarme a ello, ahora era un viejo asqueroso más con la diferencia de que yo no envejecía paulatinamente sino a un ritmo atronador.

De no ser por un  herrero, antiguo conocido de mi abuelo, hubiese tenido que ir al funeral de Huracán con los sucios y grandes harapos que llevaba como ropa. El herrero me regaló antiguas piezas de armaduras que ya nadie compraría por estar descatalogadas. Ninguna de las piezas formaba parte del mismo equipo. La pechera tenía uno sencillos de adornos de rayas grises y negras, el guantelete (solo tenía el del brazo izquierdo) tenía una multitud de remaches negros y redondos y las grebas, sencillas y humildes, marcaban las marcas de la rodilla con adornos blancos y grises. Parecía un bufón disfrazado en lugar de un brujo guerrero. ¿Acaso este era el atuendo adecuado para el memorial de Huracán? Apreté los labios y reformé la pregunta que me acababa de hacer. ¿Acaso Huracán merecía algo mejor en su memorial? Observé mi sonrisa anciana en el reflejo del espejo. Tenía un aspecto horrible y viejo y, sin embargo, me estaba riendo pues pensaba que Huracán no merecía nada mejor.

Llegué tarde, la puntualidad nunca fue una de mis características. Habían asisto más gente de la que me esperaba. Pocas sillas quedaban libres y una larga fila de uno caminaba lentamente hacia el altar. No hizo falta que nadie me lo dijera para que me diese cuenta: la vasija que estaba encima del altar contenía las cenizas de la cazadora.

Entre los asistentes reconocí a Elen Calhoun. Su vestido negro parecía flotar a pocos centímetros del suelo, era como ver el fantasma de una viuda. Se me hizo un nudo en la garganta al verle acercarse al altar donde estaba la vasija con los restos de Huracán. Por un segundo, tuve la sensación de que era la misma cazadora quien se acercaba a ver las cenizas. Y es que, con el pelo tapado por el velo negro, Elen Calhoun era igual que Huracán. Caminaban y contoneaban sus caderas de la misma manera firme y rígida.

Me uní a la fila que se dirigía al altar poco después de que Elen Calhoun. Una vez allí, levanté la cabeza buscando otras caras conocidas. ¿Jules? ¿Rachel? ¿Ébano? No estaban allí. O ya se habían marchado o jamás habían venido.

Una mujer, también vestida de negro, llamó mi atención. No apartaba los ojos de la vasija con los restos de Huracán. ¿Una amante olvidada? Me reía sin abrir la boca y sin emitir ningún sonido. Dudaba que la frígida cazadora hubiera conocido el sexo, pero la imagen era cojonuda, muy divertida.

Llego y me quedé enfrente de la vasija sin saber qué decir. Detrás del alta había un ataúd con un cuerpo de una señora a la cual no conocía ni me interesaba haber conocido en vida. Huracán era la razón por cual había llegado hasta aquí. La cazadora me debía una disculpa, sino pude hacer que me la diese en vida, se la arrebataría en su muerte.

-Te dije que viviría para verte morir-.

Escupí a los pies del altar, lo más cerca posible de la vasija. La flema era de color gris, de las que hacían los ancianos enfermos. Aquellos fueron los respetos que yo presenté a la difunta cazadora.


Offrol: Hury, sabes que te aprecio ♥ ¡Es culpa del personaje!

Así voy yo al memorial:
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Re: ¡Larga vida a los cazadores! (Memorial) (Gremio de cazadores y amigos + libre)

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont el Vie Sep 08 2017, 22:44

Allí me encontraba yo, delante de todos, tratando de esquivar la mirada de los presentes mientras me obligaba a no mirar el altar. Algunos se levantaban e iban a presentar respetos al lugar donde descansaban los restos de ambas, eso me destrozaba. Era cuando más sentía que había perdido a alguien. ¿Quién me iba a decir que me dolería tanto la muerte de Anastasia? Incluso mis amigas de toda la vida, Alexa y Annalise estaban ahí. Desde que había vuelto habían estado pendientes de mí, preocupadas por cómo estaba. Decían que me veían muy pálida y con la mirada apagada. ¿Cómo iba a estar si no? Habíamos ganado pero… A costa de lo que tenía frente a mí. Suspiré y volteé la cara hacia el altar. Extrañaba mucho que Anastasia no estuviera, entrar en el Palacio y no ver a ninguna Boisson más que Natasha, quien también estaba sentada en primera fila, tapándose la cara con un pañuelo. Siempre había sentido odio hacia esa familia pero no tanto como para desearles la muerte. Que se arruinasen, como máximo. Pero no esperaba tener que enterrar a mi compañera de toda la vida, a pesar de nuestras riñas constantes.

Mi padre y mi tía Virgie estaban cerca de mí, sobre todo ella, que era quien me había estado cuidando desde que puse un pie en la isla. Mi padre estaba de pie, carraspeando para coger algo de tono y hablar a la gran masa de gente que estaba esperando. Los que estaban de pie rindiendo homenaje se apresuraron a tomar asiento para escuchar las palabras del financiador del gremio. Todos salvo uno, quien osó escupir cerca del altar y yo me levanté como si fuera activada por un resorte. Mi mirada se clavó en la del hombre, si mi tía no me hubiese detenido le habría enterrado vivo a él. Pero Virgie me agarró del brazo, pasando el suyo por mis hombros. - Cassie, cielo. - Me empujó ligeramente para hacer que me sentara. Justo en ese momento empezó mi padre a hablar, aunque no le hice caso, seguía con la mirada a ese hombre rubio, con ansias de venganza.

- Gracias a todos por estar aquí hoy con nosotros. Sé que es un gran esfuerzo para muchos, algunos habéis tenido varios días de viaje. Y todo para encontrarnos con esta ceremonia que no nos gusta celebrar, para recordar pérdidas. Sin embargo, - prosiguió, señalando el altar con ambos brazos - en ocasiones, debemos decir adiós. Y dejar que se encuentren con los Dioses. A pesar de la despedida debemos alegrarnos de que nuestros dioses velen por nuestras compañeras, por nuestras amigas, aquí “presentes”, y por todos los que no pudieron regresar junto a los cazadores. Ahora, sus vidas serán eternas. - Hizo una pausa, mirándome un segundo y carraspeando de nuevo. - Pero no soy yo quien debe decir estas palabras sino mi hija, Cassandra. Ella fue una de las personas que vivió las pérdidas en primera persona. - Extendió su brazo hacia mí y me levanté de nuevo, colocándome en el lugar que estaba él.

Volví a pasar la vista por todos los presentes, buscaba al imbécil que había escupido en el altar. Todavía quería volarle la cabeza. Pero no me fijé en él, sino en los que estaban en primera fila. Elen era una de ellas. Alister estaba a su lado, junto a Natasha. Cerré los ojos durante unos instantes, mojándome los labios. Estaba tratando de pensar cuáles eran las mejores palabras para rendir mis respetos a una persona a quien había odiado toda mi vida. Costaba, pero se merecía mi más profundo pésame y mis más sinceras palabras.  Agradecí muchísimo que Elen y Alister estuvieran allí, ellos también habían vivido lo ocurrido en Sacrestic Ville. Inconscientemente busqué a Jules con la mirada. Si estaba, él también debía estar destrozado.
Cogí aire y empecé a hablar, aunque era bastante complicado.
- Yo… - Volví a mirar a todos. - Yo os agradezco el haber venido. - Mi voz no era tan firme y decidida como la de mi padre. - Hace unas semanas luchamos contra la Hermandad. Varios miembros del Gremio de Cazadores. Y… Fue una lucha muy complicada. Después de tanto tiempo cazando vampiros pensé que no lo iba a ser tanto. Pero me equivoqué. - Hice una pausa para volver a tomar aire, y mientras miré hacia el cielo, esquivando la vista de los presentes. - Incluso mi familia fue golpeada por la desgracia. Los vampiros de ese aquelarre también nos hicieron daño. Pero todavía podemos abrazar a mi hermano. - Omití la parte en la que no reaccionaba. - Sin embargo, Natasha no podrá decir lo mismo hoy. - Otra pausa, pasándome un par de dedos por la mejilla, para interceptar una lágrima. - Vi como murieron. Estaban trabajando, intentando acabar con la Hermandad, con quienes tanto daño nos han hecho. Y me da rabia no haber podido recuperar el cuerpo de Anastasia. Pero era imposible… No merecían este final. Aún era demasiado pronto para encontrarse con los Dioses, no lo merecían. Sé que nunca me he mostrado afín a la familia Boisson y que, desde pequeñas, Anastasia y yo hemos estado enfrentadas hasta por la tontería más absurda. Pero hemos crecido juntas, hemos trabajado juntas y hemos colaborado la una con la otra cuando era necesario. Nunca… Jamás esperaba encontrarme en esta situación. No me había imaginado aquí, frente a vosotros, diciendo estas palabras para ella.

››No quería que se fuera. Ni ella ni Isabella. Ni ninguno de los que estaban con nosotros. Nos estaban ayudando, luchaban por el mismo objetivo. Y sus cuerpos y almas siguen bajo los escombros de esa catedral. - Suspiré. - Sé que hemos protagonizado muchas riñas, muchos de vosotros nos habéis visto. Pero Anastasia ha sido mi compañera de toda la vida y, aunque nunca esperé decir esto, siento muchísimo haberla perdido. Me duele tanto…

En ese momento me giré, dando la espalda al público. De fondo se escuchaba algún sollozo, alguien más compartía mi dolor. Virgie vino inmediatamente hacia mí y volvió a pasar las manos por mis hombros, frotándomelos. Mi padre intervino para presentar al sacerdote que oficiaría la ceremonia, innovadora para los brujos, así que yo tampoco la conocía. El hombre que iba a conducir todo el memorial empezó a hablar.
- El dolor está presente en todos vosotros, siempre es triste tener que despedir a un ser querido. Pero como ha dicho el señor Harrowmont, debemos dejarlos partir, pues los Dioses velarán por su eterno descanso. Y, cuando nos llegue el momento, harán porque nos encontremos con ellos de nuevo. La muerte sólo es un paso más, no el final. Odín y el resto de dioses guardan las almas en un mundo divino, donde no existe el lamento, ni el dolor. Estad contentos por vuestros seres queridos, pues aunque ahora no podamos verlos, algún día nos reuniremos todos en el Valhalla. - La ceremonia continuó con más nombramientos a Dioses, almas, hermanos y cosas así. No recuerdo bien sus palabras, pues yo desconecté en cuanto volví a tomar asiento.

Miré a Elen, era a la única a quien reconocía y que sabía que podía entenderme. Por ahora no podía decirle nada, así que esperé un rato hasta que el sacerdote finalizó la ceremonia en el Palacio y dijo que había que llevar la vasija y el ataúd al acantilado, en paso solemne. Yo me levanté y fui hacia los de la primera fila, ante la atónita mirada de mi tía, que pensaba que iría a donde estaba el altar. Mi padre encabezó la comitiva, que empezó a andar lentamente. - Elen... Alister… Gracias por venir. -Ellos sí parecían mostrar respeto y no como ese desgraciado que había escupido en el altar. Esperaba encontrarlo en el acantilado y hacer que él también se reuniera con los Dioses.



Off: Para mí también ocurre antes de la pandemia ^-^ Podéis avanzar hasta que llega la comitiva hasta el acantilado y eso owow ahí las enterraran. Y perdón por la tardanza, estaba esperando a ver si alguien más entraba <3 gracias por entrar!!
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Re: ¡Larga vida a los cazadores! (Memorial) (Gremio de cazadores y amigos + libre)

Mensaje  Vincent Calhoun el Jue Sep 14 2017, 02:48

Su último trabajo lo había llevado allí hasta donde el viento pudiera arrastrar el alma de un hombre errante como él. Lejos. Muy lejos. Cualquier destino podía ser el lugar donde los pasos del brujo resonaran. Pues no había nada más inquieto que el sentir de un trotamundos.

La vida de mercenario era apasionante, y con el toque altruista que él incorporaba a tan infame oficio, no sólo era emocionante, sino que además era necesario.

Las guardias aquí y allá, no siempre eran lo que rezaba su nombre, o lo que se esperaba de ellos. En muchos lugares eran simple chusma con un arma de dudosa calidad en las manos. Matones con un trabajo que sonaba mejor que el suyo, pero que ni de lejos tenían la nobleza que él albergaba. En el mejor de los casos, eran gente de buen corazón, pero inexperta en el arte de la guerra. Milicianos, que su primer trabajo no era precisamente el de soldado, sino el de granjero, herrero o lo que fuera. No estaban preparados para enfrentar determinadas situaciones.

En ese momento es cuando se hacía necesaria la aparición del brujo errante y su espada.

Muchas veces ganaba una miseria, que a duras penas servía para cubrir los gastos de su viaje. Otras, directamente no cobraba nada.

Los pobres no podían costearse la justicia ejercida por un soldado profesional como él. Por un infame soldado de fortuna. Pero eso no significaba que los pobres no merecieran justicia.

No era la más adinerada de las vidas que podía haber elegido. No era la más bella, ni la más famosa. No cantarían sus gestas, ni escribirían libros sobre él. Mas eso nunca importó. No existe vida más feliz que la propia. La felicidad era así de simple. Una persona libre, tenía dicha libertad para forjar su destino, y sólo debía ser justo consigo mismo para ser feliz. Nada más.

No necesitaba más. Creía en lo que hacía como una forma de afrontar la vida. Era su vida, ni más ni menos. Por lo que respiraba cada día, por lo que luchaba, y por lo que, casi con total seguridad, algún día moriría. Pero no importaba que su destino fuera tal, ya que era su elección. Todo el mundo fallecía algún día. Él al menos había vivido como había querido, y había hecho del mundo un lugar mejor con su granito de arena.

Además, no todo el mundo que necesitaba ayuda y la merecía era pobre. Algunos pagaban bien. Muy bien. Con esas ganancias vivía de forma bastante holgada, sin tener que pasar penurias. Eso sin contar que el negocio que tenía junto a su socio Sandal iba viento en popa. Los trabajos de herrería y arcanos siempre tenían clientela.

Por todo ello, no podía estar más alegre de la decisión que había tomado con su vida después de su primer viaje fuera de las islas. Lejos de Lunargenta. Cuando los hermanos Calhoun realizaron el trayecto que necesitaban hacer hacia el Norte, al buscar a sus padres, ambos pudieron tomar las riendas de su vida.

El mayor de los hermanos hechiceros, no pudo haber acertado mejor en su decisión. El problema, es que en ocasiones su trabajo lo alejaba demasiado de su familia y amigos. De la ciudad donde vivía.

Donde vivía mayormente, y tenía su casa y el antes mencionado negocio. Porque para un errante no existía ciudad definida como hogar, ¿no es así?

En el fondo, todas las personas, incluso los errantes, llevan un pedacito de la tierra en su corazón. Y para Vinc ese trozo tintado con nostalgia, eran sus amadas islas natales, donde se había criado y aprendido magia, y la capital humana, que le apasionó desde que llegara por primera vez.

En cualquier caso, era un hombre que podía estar en cualquier parte. Por esta razón no estaba en Lunargenta cuando ocurrieron los sucesos que ahora lo obligaban a desembarcar en su tierra natal. La fortuna había querido que su madre supiera donde encontrarle, en un pueblo no muy alejado de la capital de los humanos, donde había formado parte de un grupo de mercenarios con la misión por recompensa de la guardia de la zona, de atrapar y llevar ante la justicia una banda de famosos malhechores. Sí es que se dejaban atrapar. Que llegaran muertos también valía.

Bajó por la pasarela llevando a su semental por las riendas, por seguridad. Pero en cuento ambos pisaron el suelo del muelle, afianzó su pierna en el estribo y montó. Un instante tardó el blanco equino en ponerse en marcha a toda velocidad a orden de su jinete, en un acto de incivismo impropio del hombre que lo montaba. Los viandantes tuvieron que apartarse para no ser arrollados por el alocado caballero, pero aún así tuvo la mínima consideración para no ir tan rápido como para que fuese peligroso para estos.

Otro día hubiera mostrado mayor respeto por sus compatriotas. Pero hoy no era un día para aminorar el paso.

Alphonse comenzó a dejar una estela de polvo tras de sí, en cuanto abandonó las calles adoquinadas del centro de la ciudad, y se alejaba hacia la periferia donde se hallaba la vivienda familiar de los Calhoun. El hogar de sus padres, y donde los hermanos se habían criado hasta la partida de estos.

Allí no halló lo que esperaba. Elen, Alister y su madre habían partido. Sin embargo estaba Robert Stone aguardándole, junto a su hija Allyson. El hombre que se había convertido  en su protector cuando sus progenitores habían ido en busca de un artefacto mágico al territorio de los dragones, y que consideraba como un segundo padre. Su mentor.

Él había permanecido en la vivienda para esperarle. Por si llegaba ese día, como así había sido, y contarle los últimos detalles del velatorio. Donde se celebraría, y cuando. De paso cuidaba de la hija de Vincent, para que la niña se ahorrara el trago de ir a una celebración tan funesta como era un funeral. Era pequeña. No comprendería lo que pasaba. Pero era preferible alejarla por ese día del palacio donde.

Su padre, su tía, ni tampoco su abuela, tenían la dicha y alegría en el corazón que merecía una niña pequeña. Hoy era un día demasiado triste.

Por esa razón dio un beso a su hija, nada más saludarla, con una alegría, que en un momento así, sólo podía nacer de un padre que veía a su hija después de un largo tiempo sin verla. La abrazó y partió tan raudo como había llegado.

Su única compañía de vuelta a la ciudad era su estimable Alphonse, el pesar, y el ambiente de las zonas que transitaba. El campo a las afueras, la ciudad, y finalmente la visión de la entrada al Palacio de los Vientos.

El patio delantero estaba lleno de personas, algo que no era extraño para él. La primera vez que había pisado ese suelo como sede del gremio de cazadores, era por una celebración a la que habían asistido muchas personalidades del archipiélago. Sin embargo, la nota reinante en el ambiente era totalmente distinta.

De todos modos, no se quedó embobado contemplando el panorama por más tiempo. Avanzó con Alphonse hasta la entrada y dejó las riendas de su fiel compañero en manos de un mono del palacio. Luego obvió las miradas que le dedicaban las personas que entraban al recinto al mismo tiempo que él, y con varios movimiento fuertes sacudió el polvo de su capa, antes de subir los escalones de la entrada.

No llevaba las mejores galas que tenía. Había llegado de un viaje en barco, y desde el muelle se había dirigido directamente a la casa de su madre, para después dar media vuelta y regresar a la ciudad. No se había cambiado para no perder más tiempo, así que lleva ropa típica para viajes, con una capa negra sobrepuesta, gruesa y de factura corriente, que servía para resguardarse de las inclemencias del clima.

Se adentró por los pasillos, siguiendo las indicaciones del mismo mozo que buscaría un lugar apropiado para su caballo, y no tardó en llegar al salón. Conocer el sitio le ayudó a no demorarse más, pero para cuando llegó, pudo escuchar como Cassandra se dirigía hacia los asistentes de la sala.

No quiso llamar la atención sobre su persona en ese instante, así que viendo que lo concurrida que estaba el salón, y que casi no había asientos vacíos, se colocó en una lateral de la sala, junto a una columna. Desde allí siguió escuchando las palabras de Cass, a la vez que apreciaba que cerca de ella había un ataúd y una urna.

Robert le había puesto al día en los detalles más recientes, completando lo que ya le había expuesto por carta su madre. Huri e Isabella habían fallecido en la confrontación final contra Mortagglia, y el hermano de Cassandra pendía de un hilo. Pero si había un ataúd en vez de dos, es que Milton seguía con vida. Al menos era una buena noticia dentro de lo malo.

Vinc se apoyó en la columna con un codo, y se pasó la mano de ese mismo brazo por la frente. Huracán era una mujer con un carácter un tanto peculiar, a veces demasiado duro con los demás, pero aún así era una buena chica. Era su amiga y no esperaba tener que asistir a su funeral tan pronto, pese a que sabía perfectamente el peligro del oficio que ejercía.

Los guerreros no solían llegar a ancianos, más era duro afrontarlo cuando llegaba el momento de despedir a una amiga. Era doloroso.

Elen tenía una relación especial con la cazadora, así que podía imaginar el desconsuelo que albergaba su hermana. Eso lo hacía sentirse aún peor.

Ni que decir como estaría Jules. El pobre muchacho debía estar destrozado. Su hermana Rachel no estaría menos afectada, y su madre Yennefer igualmente debía estar sufriendo. Era una buena amiga de Isabella en su juventud, y como había quedado patente meses atrás, cuando le había tocado acercarse al gremio de cazadores, seguía siéndolo.

El castaño dejó de apoyarse con el codo, y se inclinó totalmente hacia ese lado, quedando el costado derecho de su cuerpo descansando sobre la superficie lisa de la columna de cuatro lados uniformes.

Nada más hacerlo miró el suelo, y suspiró.

La propia Cassandra debía estar sufriendo por dentro, aunque mantuviera el tipo con su discurso. Nunca se había llevado bien con Huracán, pero eso había cambiado los últimos meses, desde el día en el que ayudaran a Cass a rescatar a su madre. Ese día los Harrowmont habían unido fuerzas con los Boisson sin medias tintas, una vez la familia de lord James fue liberada del chantaje de Mortagglia.

En aquel tiempo, cualquiera hubiera podido imaginar este desenlace. Este funesto desenlace.

Al alzar la viste del suelo, cuando Cassandra terminó su discurso, se encontró con la mirada de la maestra cazadora, y le dedicó un asentimiento con la cabeza. Una señal de afecto y respeto, y de que estaba allí por ella.

Había ido a las islas para poder presenciar el funeral de su amiga y la madre de esta, que también admiraba, en cierta forma era muy parecida a su propia madre. Quería ver la despedida de ambas, y para estar junto a su familia en ese momento de dolor. Pero también había ido para estar junto a la líder de su gremio, y darle su apoyo, igual que a sus camaradas, en especial los hermanos Roche que apreciaba.



Offrol
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Para mí el funeral también sucede antes de la pandemia ^^ No me acerco a la parte delantera porque no lo encuentro apropiado llegando un poco tarde. Además, no quiero encontrarme con mi hermana nada más llegar, porque entonces parecerá que tengo un radar para encontrarla en toda sala llena de personas jajaja. Pero mi personaje está apoyado en una columna del fondo, por su cara interior, a un costado de la sala, pero cerca de la salida, así que será fácil verme =D
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Re: ¡Larga vida a los cazadores! (Memorial) (Gremio de cazadores y amigos + libre)

Mensaje  Elen Calhoun el Dom Sep 17 2017, 12:43

Una vez sentados, mientras el resto de invitados se acercaban al altar para presentar sus respetos al par de hechiceras, Alister dejó de rodear la espalda de la bruja con su brazo para tomar su mano y apretar ligeramente, de modo que Elen sintiese que estaba allí para lo que necesitase. La benjamina de los Calhoun parecía ausente y permanecía callada, pero aquella leve presión consiguió que desviase la vista hacia su acompañante durante unos instantes, tras los cuales volvió a sumirse en sus pensamientos. Ya había llorado la muerte de Anastasia pero aun así tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener las lágrimas que aguaban sus verdes ojos, ¿por qué tuvo que acabar así?

Aquella pregunta iba a perseguirla durante el resto de su vida, junto con la culpabilidad por no haber llegado a tiempo de ayudarla en lo alto de la catedral, algo que no podría perdonarse. Los demás invitados fueron acercándose al altar uno tras otro para despedirse de Isabella y Huracán, pero uno de ellos no estaba allí para presentar sus respetos sino para insultar a la cazadora, escupiendo tan cerca de la vasija que la representaba como pudo. Se trataba de Gerrit, el hombre al que Anastasia y Elen habían salvado de convertirse en la cena de una vampira en Lunargenta, teniendo que soportarlo hasta que pudieron revertir los efectos del brebaje de Amorttentia que le habían hecho beber.

De haber visto su gesto habrían tenido que encargar otro ataúd para aquel día, pero el rubio tuvo suerte, la tensai tenía la vista clavada en el suelo y su cabeza estaba ocupada, trayéndole todos los recuerdos de las aventuras que había compartido con Huracán desde que la conoció. Eso ocurrió en cala de la luna, y ninguna de las dos podría haber adivinado que sus caminos iban a cruzarse tantas veces después de aquel día, dando pie a que surgiese una amistad entre ambas. Habían pasado por mucho juntas, desde luchar contra simples bandidos hasta enfrentarse a la Hermandad, pasando por bestias salvajes y por tener incluso un enfrentamiento entre ellas, cuando la benjamina de los Calhoun se interpuso en el camino de la cazadora para mantener a salvo a Vladimir.

Aquello no fue fácil para ninguna, pero consiguieron arreglar las cosas y volver a estar como antes, algo que ya nunca volvería a pasar. Las imágenes se agolparon en su cabeza y fueron pasando una tras otra sin parar, hasta que una voz la sacó de sus pensamientos, la de James Harrowmont. El brujo dio las gracias y dedicó unas palabras a Isabella y Anastasia, antes de ceder el turno a su hija, cuya voz denotaba que aquello no le estaba resultando sencillo. Puede que se hubiesen peleado constantemente desde pequeñas, pero también para Cassandra se trataba de alguien importante, una persona sin la cual probablemente se sintiese incompleta, sobre todo después de tantos años.

La tensai dio la espalda al público sin poder acabar su discurso, para ocultar su pesar, que era compartido por casi todos los presentes. Finalmente las lágrimas se escaparon de los verdes ojos de la centinela, recorriendo sus mejillas y obligándola a reaccionar para secarlas con los dedos antes de que cayesen a su vestido, la despedida estaba resultando dura para ella, y no sabía cómo pasar página después de lo sucedido. La muerte de su mejor amiga no era algo que fuese a olvidar fácilmente, no, estaría presente siempre en su memoria, y eso era algo con lo que tendría que aprender a vivir, igual que con aquel sentimiento de culpa que la embargaba.

El sacerdote tomó la palabra para iniciar la ceremonia, asegurando que no debían preocuparse por las almas de las hechiceras ya que ahora se encontraban con los dioses en el Valhalla, donde se reencontrarían con ellas en cuanto la muerte los reclamase. Elen escuchó con atención al hombre hasta que éste terminó de hablar y la comitiva comenzó a prepararse para llevar el ataúd y la vasija al acantilado, donde finalmente se les daría sepultura. Fue entonces cuando Cassandra se les acercó para agradecerles que hubiesen venido, y sin decir nada, la de cabellos cenicientos se acercó a ella para darle un abrazo, con el que esperaba demostrarle su apoyo. - Gracias por organizar esto, necesitaba despedirme de ella. - le dijo sin apenas elevar la voz, antes de soltarla y volver junto a su madre y a Alister.

Luego se unieron a la comitiva, y sin pensar en lo que pudiese decir la gente, el dragón volvió a pasar su brazo por la espalda de la joven para que ésta se sintiese respaldada, no pensaba dejarla sola. Por el camino pudieron ver a Vincent, que también había acudido al memorial pero se había quedado cerca de la salida, quizá por haber llegado cuando la ceremonia ya estaba empezada. Los tres avanzaron hacia él para reunirse y proseguir el camino juntos, aunque eso pudiese poner ligeramente nervioso al alado, ya que su comportamiento y cercanía con la hechicera podía no gustar al rubio.
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Re: ¡Larga vida a los cazadores! (Memorial) (Gremio de cazadores y amigos + libre)

Mensaje  Rachel Roche el Mar Sep 19 2017, 12:56

Los acontecimientos de Tyretus nos retrasaron en nuestra llegada al funeral de la maestra Boisson. Pero tras asearnos un poco de la batalla contra Blazh y Gerrit Nephgerd, conseguimos llegar a tiempo para el mismo. Aquel funeral era muy importante para mi hermano y no quería faltar. Era considerablemente multitudinario. Había un féretro que correspondía a maestra Isabella y una urna que representaba a la maestra Anastasia. Guardamos silencio mientras la maestra Harrowmont hablaba para sentarnos al lado del tirador Overholser.

-Tu cara es un poema, Roche. – trató de animar a mi hermano, que se sentó a su lado, nada más llegamos a los asientos. Jules no respondió. Sólo hizo un par de negaciones con la cabeza y volvió a mirar a la maestra Harrowmont hablar.

Me senté y coloqué una mano en cada muslo. En vez de escuchar a la maestra Harrowmont, quedé con la cabeza girada noventa grados mirando fíjamente a mi hermano. El tirador overholser había dicho que su cara era un poema, pero por más que me fijaba, no conseguía leer ningún verso. Al no lograrlo, desistí y volví a mirar a la maestra Harrowmont y también a su padre.

-¿Qué pasará con el gremio? – le susurré a Jules una vez terminaron de hablar. Mi hermano ya había decidido abandonarlo y yo, aún permitiéndome elegir, prefería mantenerme fiel a él. Jules lo estaba pasando muy mal y no dormía en todas las noches desde lo ocurrido en Sacrestic Ville.
-Supongo que Cass quedará al mando. – suspiró con los ojos brillantes. – Me hubiese gustado que Anastasia lo liderara. – colocó sus dedos en el entrecejo. Debía dolerle la cabeza. – Bueno, Cass lo hará bien. Es capaz. – opinó.

La maestra Harrowmont se encontraba dialogando con Elen Calhoun y también con Alister. También estaba mi compañero de la logia Vincent Calhoun, ¿qué hacía allí? ¿Conocía a la maestra Boisson? Nos dirigimos hasta ella.

-Ey, Cass. – saludó un serio Jules alzando la cabeza en señal de saludo.
-Maestra Harrowmont. – repetí tras de él tomando mis faldones y haciéndole una pequeña reverencia.
-Sólo vengo a decirte que nos vamos, Cass. Yo… - miró al altar. – He hecho lo que había venido a hacer. Anastasia me prometió que encontraríamos a Rachel y…
-¡Estoy aquííííí! – interrumpí sonriendo y la saludé con la palma de la mano.
-… y yo le prometí que la ayudaría a acabar con su abuela. – ignoró mi comentario. – He cumplido mi parte y como tal, me desvinculo del gremio. – y tendió su mano a la maestra.
-Yo no prometí nada pero también me voy, maestra Harrowmont. – tomé su mano también y la estiré varias veces, tal y como hacían los humanos. - Dígale a Virgie que ha sido un placer trabajar con ella. Y también con usted, maestra Harrowmont. Será usted una gran Maestra Cazadora. – me trastabillé un poco. Según los informes de NIA, era la primera maestra cazadora de apellido Harrowmont desde hacía más de cien años. Sabía que llevaba tiempo persiguiéndolo. – Siempre quiso serlo. Me alegra mucho saber que ha alcanzado sus metas e ilusiones, maestra Harrowmont. – le deseé, aún no le había soltado la mano. Luego lo hice tras darme cuenta que llevaba demasiado tiempo.

Mi hermano volvió a tomar la palabra poco después, después de mojarse ligeramente los labios.

-Cass, sabes que he vivido muchas aventuras con Anastasia. Y ella siempre echaba pestes de ti, siempre te criticaba. – dijo con suspense y poco después rió. – Una vez, un vampiro nos sumió en una ilusión en la que... El vampiro te mataba. – dijo. – De todas nuestras cacerías, aquella fue la muerte más sanguinaria y psicópata que recuerdo de Anastasia. – Yo no estaba en aquella ocasión. Pero la maestra Boisson podía llegar a ser brutal en combate. Mi hermano, sumido en la tristeza, abrazó entonces a la maestra. – Anastasia te apreciaba casi tanto como yo la apreciaba a ella. - dejó entrever, aunque no terminara de pillarlo. - Y digo casi porque la única diferencia de su trato con respecto al mío, es que yo no tenía más que buenas palabras para ella.

Mi hermano estaba emocionado. A nuestro lado, envuelta en un velo negro, también se encontraba Elen Calhoun. La mejor amiga de la maestra Boisson. Y Jules también tuvo unas palabras de agradecimiento para ella. Mi hermano había tenido bastante más trato con la bruja peliblanca.

-Elen, Alister, gracias por venir a rendir tributo. – se sinceró serio mi hermano con ella. Era raro ver a mi hermano tan serio.
-Sí. Ha sido un bonito tributo el disfrazarte de ella. – Traté de acompañar el comentario con los ojos abiertos. Llevaba un bonito disfraz de la maestra Boisson, negro como los que esta solía llevar. Jules miró para mí con ojos sentenciantes. - ¡Ay! A que he dicho algo malo. ¿He dicho algo malo, Jules? – le cogí del brazo, tras haberme llevado las manos a la boca muy asustada. Como no sabía qué decir pues no tenía experiencia en ese tipo de eventos. ¿No era bonito disfrazarse de las personas en los funerales? Como todos me conocían Jules optó por ignorarme y siguió dialogando con ella de cosas triviales.

Sintiendo que había dicho algo molesto, me alejé un poco del grupo, dolida. No sabía cómo reaccionar en este tipo de situaciones. Y desde el combate de Tyretus, NIA no funcionaba bien. Me acerqué entristecida al altar, donde pude ver saliva junto al altar de la maestra Boisson. ¡Qué grosero el que había hecho eso! La maestra Harrowmont estaba furiosa.

-Analiza eso. – pedí a NIA, que comenzó a escanear las características de aquella saliva. "Orden recibida", aseguraba NIA, pero el sensor no funcionaba demasiado bien después del combate y hacía cosas raras. En lugar de eso, comenzó a mostrar círculos en mi vista a objetos que ya era capaz de reconocer, volviéndose loca. - ¡Ay! - caí al suelo. Tanta luz me volvía loca. Los demás me verían, seguramente, caer. Y al menos Jules llegó hasta a mí. Pero al menos había completado el escaneo tras mucho esfuerzo. "Propiedades de la saliva analizadas. Proceden del sujeto Gerrit Nephgerd" confirmó la inteligencia.

Sabiendo esto, me agarré de los faldones y corrí a donde estaban los brujos.

-¡Jules! ¡Maestra Harrowmont! ¡Elen! – pronuncié uno a uno sus nombres. – Ha sido el señor asesino Gerrit Nephgerd el que ha escupido sobre el altar de la maestra Boisson.
-¿Otra vez ese gilipollas? La que le lió a mi hermana hace apenas unas horas. – preguntó mi hermano. – Se va a enterar esta vez. - y tomó su arma.

Gerrit, sabes que te aprecio <3, es culpa de las hostias y escupitajos que me hiciste en el mastereado ¬¬.
Debido a una maldición cogida en un evento mastereado, NIA está dañada y no funciona muy bien, de ahí mi comportamiento al final.

Jules y Rach os seguirán a donde vayáis
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Re: ¡Larga vida a los cazadores! (Memorial) (Gremio de cazadores y amigos + libre)

Mensaje  Cassandra C. Harrowmont Ayer a las 18:51

Apenas pude acabar el discurso que estaba dando para recordar a Isabella y a Anastasia. Cada palabra parecía que me dolía y era incapaz de salir. Acompañada por mi padre y mi tía, esperé a que el sacerdote acabase la ceremonia. Antes de bajar pude encontrar mi mirada con la de Vincent. También había asistido el hermano de Elen, y eso me llenaba de cierta ternura. A pesar del mal genio que solía gastarse mi compañera, había venido mucha gente, algunos amigos de ella. Cosa sorprendente, pero que en estos momentos se agradecía.

Bajé a dar las gracias a Elen y Alister, y ella se fundió en un abrazo conmigo. La apreté fuerte, sintiendo que las lágrimas volvían a caer por mis mejillas, siendo incapaz de decir nada, tan solo les regalé un leve asentimiento. Justo en medio del abrazo aparecieron los hermanos Roche. Pensé que no iban a venir, al menos, por Jules. Entendía que fuese un momento demasiado duro para él. Pero no, ahí estaban. Me había parecido verles entre la multitud, pero no estaba segura. Ahora podía confirmar que habían venido y su mera presencia me alivió muchísimo, me sentía arropada pese a la pérdida que habíamos sufrido.
Me separé de Elen, secando mis lágrimas con los dedos, como había hecho antes, y miré a ambos, que rápido me saludaron. - Jules, Rachel. - Carraspeé para tratar de entonar mi voz y que no se quebrase. Mi saludo quedó en nada cuando escuché el siguiente comentario del más mayor de los hermanos. En esos momentos, si me hubiesen echado un cubo de agua congelada encima, no me habría enterado. Se iban, tanto él como ella. Abrí la boca para rebatirles pero tuve que volver a cerrarla y morderme el labio para no perder la voz. No sabía el trato que tenía él con Anastasia, pero sí sabía que había llegado al gremio por ella… O, al menos, que continuaba por ella. Y si Huracán no estaba ya, era cuestión de tiempo que él se fuera, seguido de su hermana. Por una parte era lógico, no iba a estar en un lugar en donde todo le recordaba a Anastasia, pero no quería que se fuera. - Pero, Jules…

No quería darle la mano y cerrar ese trato en el que se acababa su vínculo con nosotros. Pero su hermana sí tomó mi mano y empezó a agitármela. En ese momento me vi interrumpida por ella quien, con toda su inocencia, trataba de halagar mi nuevo puesto, diciendo que iba a ser una gran Maestra Cazadora. En otra ocasión me hubiesen subido el ego pero en este momento, lejos de animarme, me dejó un sabor amargo en la boca. Sí, deseaba ser Maestra Cazadora, pero la idea era que Anastasia pudiese degustar su fracaso. Además, íbamos a compartir la dirección del gremio. Ahora, sin ella, sentía como si me faltase algo. En principio no quería compartir nada, pero en ningún momento deseé que ella muriese de esas formas para conseguir yo lo que tanto ansiaba. Viniendo de Rachel Roche, no podía tomarme el comentario a malas, pero ciertamente, me dejó un poco chafada. Simplemente respondí con una sonrisilla tímida. - Gracias, Rachel. - Había conseguido lo que deseaba, pero a un precio muy grande. Y seguramente, ella no iba a entender cómo me sentía o cómo era pensar en ser “Maestra Cazadora” sin tener a Anastasia dando la murga cerca.

Jules volvió a tomar la palabra para contarme una anécdota de él y de la bruja en una cacería. Al principio no me gustó, pues la implicada en la muerte era yo. Y la de veces que había fantaseado con la muerte de Anastasia cada vez que me fastidiaba algo. Pero nunca había pensado en hacerlo real, ni en que lo fuese. Huracán, para mí era una molestia, pero era mi molestia. Algo así como mi hermano, pero aguantándola menos que a él. Por más que le dedicase mil insultos a la bruja, si necesitaba ayuda acudiría. Como quedamos antes de la batalla, si un vampiro le atacaba por la espalda, yo iría a cubrirla.
En el momento en que Jules me abrazó, también le devolví el gesto de cariño, apretándole tan fuerte como lo había hecho antes con Elen. Sus palabras hicieron que las lágrimas volvieran a recorrer mis mejillas, era incapaz de contenerme después de estar intentándolo desde hacía días. La batalla de Sacrestic Ville había sido demasiado para todos los que estábamos ahí. Isabella, Anastasia e incluso mi hermano habían sufrido las consecuencias. Había llegado como una heroína, pero no eran capaces de ver lo que habíamos tenido que dejar atrás. La vida de Milton seguía pendiendo de un hilo, mi madre no estaba bien, vivía encerrada en su habitación, sujetando la mano de mi hermano. Y yo estaba intentando ser fuerte, pese a que a veces me veía perdida, como en los momentos  tan intensos como el abrazo con Elen o Jules. Me sentía arropada, las apariencias se habían quedado en segundo plano. Esa gente estaba sufriendo lo que yo, una pérdida. Y habían venido a brindar apoyo. No podía disimular mi tristeza ante ellos, y más después de lo que el brujo había dicho. - Yo también la apreciaba muchísimo, Jules. Y la hemos perdido. - Apoyé la frente en su hombro durante unos instantes y negué. - No quiero que os vayáis. - Susurré, aún junto a él. Claro que no quería que se fueran, no podía perder a más gente, entre los decesos y los que se habían ido, todo ese arropo que tenía se desvanecería al día siguiente y me negaba en rotundo a estar sola. Sentía la necesidad de estar con alguien que me apoyase.
Pero era consciente de que no podía obligar a Rachel y a Jules a quedarse. En cuanto pudieran se largarían por más que a mí me pesase.

Me separé de él y también le di un corto abrazo a la biocibernética. No había tenido tanto trato con ella, pero no podía obviarla, había venido también a rendir sus respetos. Justo en ese momento, su hermano estaba hablando con Elen, pero la intromisión de Rachel hizo que se quedase un silencio bastante violento que hizo que la muchacha se alejase del grupo. Su comentario no había ido a malas, en realidad, en otras circunstancias me habría hecho gracia. Pero no ahí, en ese momento.
No supe qué decir en esos momentos, quise dirigirme hacia Vincent, quien estaba apoyado en una columna, para mostrarle mi agradecimiento, pero los gritos de Rach me alertaron y fui con ella, junto a su hermano. - ¿Qué ha pasado? - La muchacha nos informó de quién había sido el cretino que había osado escupir en la vasija de Anastasia. Sí, me había parecido ver que escupía, pero no estaba del todo segura. ¡Y no lo iba a permitir! Quería tirar a ese irrespetuoso por el acantilado, pero no delante de toda esa gente. Jules, sin embargo, perdió toda su calma habitual para tomar su arma. Rápidamente apoyé una de mis manos sobre la que llevaba la ballesta. - Jules, espera. Aquí no. - Eché una mirada por todo el lugar, donde cientos de personas se reunían para rendir homenaje a las víctimas. No era el lugar ni el momento para ello. Al menos parecía disuadirle. - Gracias por avisar, Rachel. Tomaremos medidas. - Inquirí, colocando las manos juntas frente a mí, apoyadas en la falda. No quería líos ahora mismo, y menos en el funeral de Isabella y Anastasia. A la Maestra Cazadora no le hubiese gustado nada que convirtiéramos el Palacio de los Vientos en un campo de batalla. A Gerrit le daríamos su merecido, pero no ahí. - Tengo que irme.

No dije más, esperaba que se quedasen durante el resto de la ceremonia. Yo avancé adelantándome a varias personas para colocarme junto a mi padre al principio de la comitiva. Pero antes de eso me detuve frente a Vincent Calhoun, quien había presenciado el acto en memoria a ambas cazadoras desde la distancia. A él también había que agradecerle. - Gracias por venir, Vincent. Ha sido un bonito gesto por tu parte. - Sonreí levemente. No sentía especial devoción por ninguno de ellos, ni siquiera la misma Huracán era alguien por quien yo tuviese buenas palabras. Pero no podía evitar agradecerles el haber venido, algunos habían tenido que tomar un barco y pasar días en alta mar para presenciar la misa. Inspiré y le tendí la mano, incapaz de darle un abrazo por mi cuenta. No tenía tanta confianza. Incluso me habían sorprendido los anteriores abrazos, pero lo tomaba como un gesto propio del momento tan triste que estábamos pasando.

Le indiqué al brujo que siguiera la comitiva con un gesto y yo seguí avanzando rápido, sujetándome la falda, para llegar hasta donde estaba mi padre, quien me colocó una de sus manos en el hombro para darme apoyo. Virgie estaba a mi lado, ella me colocó un mechón de pelo que se me había descolocado. Pero no dijeron nada. Y mejor así. Sólo abrí la boca para pedir que me dejasen llevar la urna durante el resto del camino hasta el acantilado, y me lo concedieron.
A pesar de ser relativamente pequeña, cuando la toqué sentí un gran peso sobre mis manos. Eran cenizas, pero pesaban, mis pies eran plomo y me dificultaban el avanzar. Mi tía volvía a estar ahí para ayudarme, tocándome la espalda y tendiéndome la mano para ver si devolvía la urna, pero me negué. Seguí cargando con ella hasta el lugar donde se iniciaría el entierro.

- Es aquí el lugar elegido para dar sepultura a Isabella y a Anastasia Boisson. El lugar donde sus almas pasarán a acompañar a nuestros Dioses, quienes velarán por ellas. ¿Alguien quiere decir unas últimas palabras? - Yo seguía aferrada a la vasija, apretándola con fuerza y siendo incapaz de moverme. No estaba escuchando al sacerdote, sólo fijaba mi vista en la urna y ya. El tiempo se acababa y pronto echarían tierra sobre ella. Pero no era yo quien debía ponerla ahí, en uno de esos agujeros que había frente a nosotros.
Ignorando al resto comencé a caminar, buscando a Jules y a Elen. Eran ellos quienes tenían que dar el último adiós a Anastasia, quienes debían hacer que fuera con los dioses, no yo. Quería darles la urna y que ellos hicieran la ceremonia.
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