Encuentro tentaculoso [Privado = Ulareena Werner]

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Encuentro tentaculoso [Privado = Ulareena Werner]

Mensaje  Capitán Werner el Miér Sep 20 2017, 10:10

Por muy acostumbrado que estuviera a las calles húmedas y oscuras, aquellas que los habitantes más respetuosos de Lunargenta evitaban por miedo a que sus excelentes reputaciones fueran dañadas, no era excusa para que un escalofrío, que empezaba en la punta en los dedos de sus pies y terminaba en la punta de los tentáculos de su barba, le recorriera todo el cuerpo. Miraba en todas direcciones, a su alrededor había decenas de buenos escondites para los atracadores y matones de puerto: desde los más obvios como los toneles vacíos, los montones de cajas podridas y las casas abandonadas hasta los más imaginativos, aquellos que tenían que ver con la magia de los brujos ilusionistas o las pociones de invisibilidad que se podían comprar a un módico precio en el mercado negro. Había que estar atento, siempre alerta, y el Capitán Werner lo estaba. La pinza de su brazo derecho la tenía unos centímetros adelantada de su torso, si alguien iba de cara se toparía con la mejor arma que la caprichosa naturaleza le había otorgado al Capitán. Los tentáculos de la mano izquierda estaban muy de la empuñadura del sable. Un movimiento, rápido y grácil como el mar embravecido, y desenvainaría el arma con tal presteza que cortaría de tajo la cabeza de cualquiera que se atreviera a acercarse con malas intenciones.

Edgar Allan Poe, el cuervo que acogió como mascota, sobrevolaba la cabeza del Capitán en pequeños círculos. No decía palabra alguna, cosa que no era habitual en él. Estaba tan nervioso y asustado como lo estaba en el pirata. En otras circunstancias, a sabiendas que su camino lo llevaría a los peores barrios de la ciudad, el cuervo se hubiera quedado en el Promesa Enardecida junto con Wes Fungai. Sin embargo, éste iba a ser un día importante, Poe podía sentirlo en sus plumas. El mismo escalofrío del Capitán Werner, recorría las alas del cuervo. Fue decisión del pájaro abandonar el hombro de Wes Fungai y seguir al Capitán Werner allá donde fuera.  

Se quedó parado enfrente a una “choza”, su estado era tan lamentable que no se le podía calificar como “casa”, que parecía abandonada. El cuervo bajo de su vuelo y se apoyó en la cabeza del Capitán. Con la pinza, dio dos golpes a la puerta (toc, toc). La madera crujió tanto que parecía que se fuera a quebrar al contacto con la pinza. Nadie respondió al otro lado; Werner insistió: (toc, toc, toc).

-Nadie. Nadie- graznó Poe.

-Ten paciencia- susurró el Capitán con un tono de voz tan leve que pareciese que estuviera contando un secreto al cuervo.

Insistió por tercera vez con cuatro golpes en la punta (toc, toc, toc, tocó). El cuarto golpe sonó una pizca diferente. A un oído humano, no se notaría la diferencia, sin embargo, ninguno de los presentes, dentro o fuera de la choza, eran humanos.

Un hombre de mediana edad apareció al otro lado de la puerta. Tenía una espesa barba de color carbón, ojos morados y una nariz gorda como una manzana. El hombre curvó sus labios y apretó sus ojos en un gesto de desprecio. No se alegraba del ver al Capitán, el sentimiento era mutuo en los dos hombres.

-Alfred Werner, - dijo el hombre- ¿qué haces tú aquí? De todos los piratas de todos los mares de Aerandir, el último a quien quisiera ver eres tú. –

-Entonces atiéndeme rápido y me iré pronto. He venido a hacer negocios contigo, Jörle-.

- ¿Y por qué voy a querer hacer negocios contigo? – Jörle no sabía disimular. Su espalda estaba ligeramente encorvada y la manzana que tenía por nariz se había coloreado de color rojo; estaba interesado por la propuesta que le hiciera el Capitán.

-Está vivo y quiero encontrarle – sacó una vieja cajita de madera de acebo y la abrió delante del brujo. El anillo de compromiso que una vez, hace años, regaló a Goldie brillaba ante los ojos morados de Jörle y los azules de Werner.

-Goldie murió hace años, pirata estúpido- la puerta de la choza se cerraba y el brujo caminaba hacia atrás sin apartar los ojos del pirata.

Extendió su brazo derecho, la pinza se cerró en el cuello del brujo. El Capitán sacó a Jörle de la choza a la fuerza y lo empujó contra unas cajas al otro lado de la calle. Por también quiso poner su granito de arena en la amenaza. Se posó sobre la cabeza del brujo y le picó entremedio de los dos ojos morados.

-No me refiero a Goldie, me refiero a mi hijo. Sé que vendiste, a quien tú ya sabes, una poción que ocultaba el vientre de Goldie para que no fuera a buscarla. De haber sabido que estaba embarazada habría movido todos los navíos de la vieja Hermandad para arrasar todo el puerto a cambio de mi hijo. Quiero que me digas dónde está, en algún momento el niño habría visto el anillo, lo podrás usar para crear un vínculo y llevarme hasta él-.

- ¿Y si me niego? -

El Capitán desenvainó la espada y la apuntó a la entrepierna del brujo, para más inri, cerró la pinza con un sonoro golpe seco. No había más que decir. El brujo concedió al Capitán aquello que buscaba. Sumergió el anillo de Goldie en una poción de color celeste. Al sacarla, la joya obtuvo el color de la poción. El anillo se había convertido en una especie de brújula, brillaría, con mayor o menor intensidad, según estuviera más o menos cerca de su hijo.

-Tengo curiosidad, ¿quién te lo dijo? ¿Quién te dijo que habías tenido un hijo? -

Alfred Werner sonrió y levantó la cabeza con un gesto triunfal.

-Nadie, - su voz sonó alegre, parecía estar riendo- puedes decir que me lo inventé o lo puedes llamar instinto paternal. - se encogió de hombros- Lo que prefieras-.

De vuelta a los barrios habituales del puerto, el Capitán no podía apartar los ojos del anillo. Seguía su luz sin importar a donde fuera. Pensaba que era un barco perdido en la oscuridad de la noche cuyo único guía era el fuego de un faro de una isla que no podía ver. El anillo era el faro y la isla, oculta a los ojos del pirata, era su hijo.

Lo iba a encontrar, aunque tuviera que recorrer Aerandir entera cinco veces, estaba dispuesto a encontrarlo. Fue Akanke quien le dio la idea para hacerlo. Ella no lo dijo con aquellas palabras exactas, la chica apenas sabía pronunciar bien las pocas palabras que conocía (busca nel'agüita). A pesar de ello, con su imponente e infantil aspecto consiguió transmitirle al Capitán Werner una idea que hacía tiempo que había olvidado: “Siempre hay una familia que mantener”. Akanke tenía sus árboles y animales de su bosque; Alfred Werner tuvo a Goldie. ¿Y después? Con ella no podía terminar todo su legado. Después de dejar a la chica en su bosque, pasó días dándole vueltas al asunto. Muchas vueltas. El anillo era la clave. ¿Por qué el cadáver de Goldie apareció con el anillo de compromiso y no la alianza de esposa? ¿Dónde quedaba el otro anillo? Años atrás no le dio importancia al asunto. Se sumergió en el alcohol y en el olvido. Con la muerte de Goldie y el posterior incendio en el Sueños Cumplidos, una parte, la mayor parte, del Capitán Werner murió. Ahora, que tenía un nuevo barco y una nueva esperanza para mantenerse vivo y sobrio, los recuerdos revivían en la mente del Capitán. Podía ver todo lo sucedido nueve años en atrás, lo que había vivido y estaba en sus recuerdos y lo que no. Vio a Jörle esparcir un ungüento de ningún color en el vientre de Goldie para ocultar su embarazo, Vio nacer a un bebé con pequeños tentáculos en vez de cabello, vio a dos matones de puerto, bajo las órdenes de Leónidas Drisköll, echar el cuerpo sin vida de Goldie en la puerta del Capitán Werner para acusarle de un crimen que jamás cometería y vio, finalmente, a la Figuera de un pirata hundido llorando de rodillas mientras sostenía el cadáver de su amada.
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Re: Encuentro tentaculoso [Privado = Ulareena Werner]

Mensaje  Ulareena Werner el Jue Sep 21 2017, 01:52

-Upuh puh UPUHPUHPUH- reí malosamente. Ury barbareena había hecho de las suyas una vez más. Primero susurró lentamente su nombre “Ury bar-ba-ree-na” en la cabeza calva del dueño de la taberna “Bar-ba-ree-na” mientras dormía, luego se quedó en su local, usando su camusión la calamavillosa Ury se infiltraba en las tabernas conocidas y robaba comida, cuando podía se hacía de algunos aeros y siempre se aseguraba de que alguien viese sus tentáculos y hablasen de ella. Ury rió una vez con maldad mientras asía fuertemente al Capitán Gato en las alturas con su tentáculo cuarto -Ahí tienes Capitán, el nombre de Barbareena será conocido por todos puh puh puh-.

-No es como que nos veamos obligados a robar
- Claro que no, lo hacemos por el nombre
-Si… por el nombre, no por el hambre
-Lo más importante que no tener que comer es no poder mantener un nombre
--¿Qué nombre?
--Exactamente
-¿Por qué no fue Wernereena?
-Porque no se me ocurrió antes.

Ya era demasiado tarde, llevaba semanas con el plan y ya se comenzaba a hablar de una ladrona que se presentaba por las noches en las tabernas conocidas: “la que cambia los aeros por garbanzos”, “la que se roba la leche de las mascotas”, “la que roba los tesoros ocultos”. Sonreí, no estaba feliz, pero aún no podía hacer mucho con mi arpón, de no haber sido por mi tinta hasta me hubiesen robado a mí en medio de la ciudad. Tuve que comerme el anillo de mi abuela para que no se lo llevaran, de eso hacía ya un par de días, suponía que tendría que salir, pero la tarea poco complaciente se había prolongado. Lo único que me consolaba era que continuaba conmigo.

A media tarde partí, buscando mi siguiente objetivo. La taberna “el gato cojo” parecía ser de un viejo solitario, durante todo el día había estado pegando gritos y los pocos a los que les pregunté, no sabían nada de familia. Sería sencillo. Usando mi camusión entré junto con algunos trabajadores y me escondí, esa noche observaría, el movimiento, seguiría al dueño “Fülham”, le lavaría el cerebro y robaría. Era una noche normal, con mujeres entreteniendo, algo de música, el sonido de las jarras chocándose en un brindis, los gritos de los borrachos y algun que otro insulto y sonido de armas por alguien que había hecho trampa en el juego. Todo iba bien hasta que se armó camorra “Si no puedes con la deuda ¡Trágate el acero de mi lanza!”. Debo admitir que había escuchado mejores, pero de todas formas tomé nota. No tenía nombre la cantidad de palabras prohibidas que todos esos hombres decían, ese era uno de los pocos ejemplos que podía usar. -Trágate el acero de mi arpón puhpuhpuh susurré al Capitán Gato, practicando mientras escuchaba cómo cada vez la pelea se hacía más grande.

Yo no sabía de qué estaba hecho mi arpón, pero seguro que era duro cuando aterricé sobre él al ser lanzada por la puerta de atrás cuando fui descubierta en una de las cajas de licor. Era absurdo que los piratas tirasen la bebida (que era como su segunda moneda) mientras luchaban entre ellos, usando las botellas como armas. Volví a tomar otra nota: los hombres son tarados. De haber tenido que recolectar una deuda, yo no habría intentado matar al que tenía que pagarme, le hubiese sacado sus dientes, que eran bien cotizados en el momento, o sino le hubiese puesto un collar y le hubiese humillado como el patán que era, pero… ¿a quién se le ocurría además, recibir golpes del que te debe?

- ¡Patatas marinas criadas en agua dulce! ¡Barbareena les hará pagar! ¡Ya verán! Sapos regurgitados…- Inflé el pecho, me puse en pie y patee una caja con toda mi fuerza.

-¡Ack! Eso dolió

Ury se llevó un susto de muerte. Di un salto y salí corriendo por el callejón que tenía en frente sin ver hacia donde iba, chocando de frente con algo que era como una pared pero que tenía un corazón que latía. Caí de colita, mis tentáculos impidieron que me golpeara la cabeza.-Oowowow cangrejos fritos... todo yo, todo yo-
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Re: Encuentro tentaculoso [Privado = Ulareena Werner]

Mensaje  Capitán Werner el Sáb Sep 23 2017, 19:15

Sus ojos azules, claros como el mar, no se apartaban del tenue resplandor del anillo. Lo tenía tan cerca que casi parecía que le estuviera dando un beso. Después de tantos años que estuvo perdido, en la deriva, por fin lo tenía sobre sus manos. Se refería tanto al anillo de compromiso que le regaló a Goldie el día que le pidió matrimonio, y luego recuperó del flácido dedo inmóvil de su cadáver, como a su hijo. Porque sí, la sorpresa del año es que tenía un hijo. Más de una vez lo había pensado, pensamientos que ahogó, en los años bajos, en alcohol y juegos de azar. El Capitán Werner dejó la mala vida hacía más de año y medio, no había escusas para enterrar las sospechas del pasado, todo lo contrario, tenía que coger una pala y desenterrarlas de su mente como desenterró la cajita de acebo que guardaba el anillo de Goldie. Era complicado, pero se esforzaba por hacerlo.

Tenía la punta de la pinza de su brazo derecho en la sien y la movía, levantando las arrugas de la frente, como si estuviera removiendo sus viejos recuerdos. Goldie, pensaba en el día que descubrió su cadáver. La primera impresión que tuvo no fue la sorpresa ni la tristeza, sino odio, el más visceral que jamás había sentido. No fue difícil deducir quién le había matado ni tampoco la razón por la que lo hizo: Fue Leonidas Drisköll y mató porque no podía tenerla. Clavó su pinza con más intensidad en su frente y profundizó en los recuerdos. El segundo sentimiento fue de ternura, de amor. Se arrodilló y puso sus manos sobre el vientre desnudo de Goldie. Recordaba la sensación que tuvo, como estar tocando una nube oscura, como si hubiera habido algo más que no le hubieran dejado ver. Era una sensación, sin ningún fundamento. Las pruebas de que había tenido un hijo y que esté vivía las descubrió más adelante. Unos gamberros, al menos en un principio pensó que eran gamberros, tomaron el vicio de dibujar en la puerta imágenes de un niño con tentáculos como uñas en el mentón muerto, ahorcado o degollado. Se había olvidado de aquellas pinturas, el alcohol de los malos tiempos cumplió bien con su función.

Revivir los pasos del pasado estaba bien si se tenía un motivo para hacer. Alfred, no lo tenía. Simplemente, quería retomar su viaje vivida para auto-convencerse de que sus errores habían servido para algo, que Goldie no había muerto en vano por culpa de su egoísmo. Carraspeó sin abrir la boca. No podía imaginar la idea de que Goldie murió en vano. Lo pensó durante un tiempo, antes de caer en las garras del alcohol, y fue horrible. Negó con la cabeza repetidas veces; el anillo de sus manos lo movió de acorde a los movimientos que hizo con la cabeza para no perder de vista el tenue resplandor.

Si existían verdaderamente los Dioses debían tener un curioso sentido del humor. Irónico, sarcástico y horriblemente maleducado. La luz del anillo llevó al Capitán Werner a la que fue, no hacía mucho tiempo, una de sus tabernas favoritas: El gato cojo. Ron aguado y barato, broncas a diarios y un ligero olor a rata muerta que embriagaba más que el alcohol. Mal lugar para criar a un niño. El Capitán sospechaba que Jörle le había engañado con un hechizo que no funcionaba y así salvar sus pendientes reales de ser cortados por la pinza. Por pura inercia, sin darse cuenta de qué estaba haciendo, dio un chasquido seco con la pinza para enfatizar el recuerdo de la amenaza.

Primero notó que algo se chocaba contra su toroso, luego, agachó la cabeza para darse cuenta de lo que era. Estaba ensimismado pensando en su pasado que no se dio cuenta que una niña chocó contra su pecho. La pregunta más obvia, la que prestaba a preguntarse en una situación como ésta, era: ¿qué hacía una niña pequeña en un lugar tan hostil como lo era El gato cojo? El Capitán rehusó hacer tal pregunta; supuso que estaría haciendo lo mismo que él hacía en las peores tabernas, buscar un chance de beber alcohol gratis, cuando tenía su edad. La pregunta que se hizo, sin embargo, fue otra más simple y menos común: ¿qué edad tenía? Le resultaba complicado saberlo con exactitud, predecir edades nunca fue su especialidad.

-Controla esa lengua,- le dijo apoyando la pinza en su cabello con tentáculos- los cangrejos no te han hecho nada para que los mandes a freír-.

-Cangrejos. Freír. Cangrejos- colaboró el cuervo.

No le prestó mayor interés a la niña; el anillo era más importante. Éste se había apagado de repente, como si nada. Apretó los labios para retener un grito de enfado. Parecía faltar tan poco… A juzgar por el brillo, estaba a medio camino de encontrar a su hijo. Eso, si es que de verdad se creía en las palabras de Jörle. En un arrebato de enfado y tristeza, tiró el anillo contra el suelo. Había estado tan cerca… Tan y tan cerca… Pudo notar su niño en los brazos. ¿Por qué tuvo que ser una mentira de un brujo? ¿Por qué no se dio cuenta antes? Estaba realmente enfado. Lo demostró escupiendo una flema de saliva y tinta a un lado del callejón.
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Re: Encuentro tentaculoso [Privado = Ulareena Werner]

Mensaje  Ulareena Werner el Dom Sep 24 2017, 02:14

Uoooo A Ury le dolía su colita y su frente como si la hubiesen aventado cual tomate podrido contra el paredón. Desde los pies hasta sus ojos, Ury recorrió con la vista a la persona bestia que tenía enfrente. El callejón era oscuro y había un farol tras esta persona, por lo que tuve que entornar mis jojitos calamarescos para mirar la cara pulposa de esta persona vieja. Sus arrugas en esa cara de perro anciano y mojado a medio morir y correccionista de cada pensamiento y… y… En verdad no sabía qué otros “ies”. Sólo que Ury sintió una emoción muy grande al ver esa silueta, pero no tuvo tiempo de mirarlo con más cuidado, ni siquiera de decir “Chinchemojada” un par de veces, porque las cajas que se habían quejado comenzaban a moverse a mi espaldita fría.

-Puh Puh Puh Barbareena, fantástica escapista y ladrona*, no controla nada- miré al pajarraco feo que estaba en su hombro, pero con la luz en mi contra y allá tan alto donde estaba, mis jojitos solamente ardieron -No tengo tiempo para esto. Apártese abuelo- me puse en pie después de dos intentos y mucha pero muuuucha desición. Mis tentáculos jalaban para un lado y mis piernas para el otro. Saqué mi arpón y me puse tras las piernas de la persona bestia, usándolo como pared escapista. -Upuchupumpum tarararara- canturree mientras miraba por entre sus piernas a la persona que se acercaba desde las cajas. Este era como de mi porte pero encorvado, tenía un bastón y lo agitaba al aire mientras gritaba palabrotas bien pero bien feas. Ury no entendía que hacían tantos abuelos juntos a esas horas de la noche en un lugar como ese, pero no se quedaría a investigar. Tenía un nombre que mantener.

No era una huida, era una “retirada estratégica” para evadir a los ancianos y no ser atrapada por nadie del “gato cojo” que pudiese reconocerla. Tampoco era como si esa noche hubiese sido un fracaso, una mancha negra en su resumen de niña pirata con un nombre maloso para encontrarse con su padre. Todo eso estaba dentro del plan. ¡Podía sentirlo en sus tentáculos! ¡Estaba a un solo paso de encontrar al calagimargamente Capitán Werner! -¡Teman abuelos! Y agradezcan la piedad de Ulareena W- tropecé en mi calamavillosa huida, el hombre del bastón me había enganchado con algo como viento. Patalee un poco y escapé por los pelos,  agachando la cabeza para agarrar más impulso, corrí en mi velocidad de tortuga hacia la calle principal. Pero ¡lo vi a tiempo! Era un esbirro de mi abuelo. Detuve la calamarosa carrera y volví sobre mis pasos. Tarde. Alguien me vio.

-¡Cangrejiles cangrejos friiiiiitoooosssssss!- grité a todo pulmón corriendo para el otro lado de la calle, al menos el abuelo del bastón no me atrapó esta vez. No llegué a ver si el hombre del cuervo seguía allí (probablemente ese sí me hubiese atrapado por decir cosas feas de los señores cangrejos), pero en esos momentos solo pensaba en un plan de escape. Tenía que ir hacia la parte más transitada del puerto, si no lograba tomar a la derecha en la siguiente salida, tendría que jugar una carrera con los esbirros malos y tirarme al mar, con suerte podría zambullirme y perderlos en el agua. En momentos así echaba de menos la ayuda de mi príncipe arbóreo o mis otros amigos.  

-¡Atrápenla con vida! El señor Drisköl estará complacido. No la pueden perder

Podía ver mi corta vida calamaril correr frente a mis ojitos. El esfuerzo de intentar correr me estaba dejando sin aire y mis patitas me dolían. Mis tentáculos tentaculosos se movían en el viento como banderas, haciendo que mi poca velocidad se viera reducida. ¡Lo tenía escalaría una pared y usaría mi camusión en alguno de los callejones! "Puh puh puh vengan esbirros malos a ver si me atrap..."

-Aiiiiaiaiaiaiaiiii papaaaaa- grité, cuando sentí que uno de mis tentaculitos era aprisionado por algo. No era la primera vez que me robaban, ya me imaginaba dentro del saco, esperando a ser entregada a mi abuelo. Me hice bolita mentalmente, cerrando mis ojitos y mis puños. Esta vez no tendría tanta suerte, esta vez no habría nadie que me protegiera, esta vez era calamar frito en la cocina explotada del Sin Nombre Leónidas tendría que estar furioso. No podía caer en sus malosas manos no nononnn.





Off:Cortesía de Promesa de Oro
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Re: Encuentro tentaculoso [Privado = Ulareena Werner]

Mensaje  Capitán Werner el Lun Oct 09 2017, 21:53

Niños bestias robando para poder comer, la misma historia que siempre. En los barrios bajos de Lunargenta, era cotidiano encontrarse con alguno de ellos. Eran veloces y sabían aprovechar sus atributos animales mejor que los adultos. En los puestos de mercado, los vendedores debían tener cuidado y no apartar sus ojos de los productos expuestos; en un primer descuido, todos los productos desaparecerían y, mientras buscaba a los culpables (el segundo descuido), éstos le estarían robando hasta el último aero que guardase en los bolsillos del pantalón. Era una escena que el Capitán había visto ciento de veces como un observador imparcial. Luego, Cuando el mercader se daba cuenta de lo que realmente sucedía a su alrededor, tomaba la peor decisión que tomaría en sus vidas: denunciaba a la Guardia que unos mocosos con forma de animal le habían robado. Los guardias, entre risas, siempre contestaban con desdén que no habían sido los niños sino “una plaga de ratas”, así era como llamaban a los ladrones. La misma sonrisa y el mismo brillo que el Capitán vio en los ojos de los guardias, los vio en los ojos de los hombres que perseguían a la niña de los tentáculos. Aquellos fueron los causantes de los recuerdos de los otros niños ladrones. Hasta entonces, no les había prestado ningún interés. Eran, como bien los habían definido los guardias, “una plaga de ratas”. Curioso apelativo pues a los piratas también se les llamaba así. Entre compañeros ladrones, no había que pisarse las colas. Los ignoraba, pasaba de ellos y si alguien le preguntaba sobre si había visto aquel pilluelo que le robó las manzanas, respondía que él no había visto nada. Con una niña ladrona usándolo como escudo humano, no podía quedar en segundo plano. Ella, Barbareena le había cogido desde su zona segura y le obligó a entrar en escena quisiera o no.

Hizo el ademán cogerla con la pinza de su brazo derecho. No la entregaría a los hombres a los que había robado, solo quería que se estuviese quieta y dejara de incordiarle. La niña era más rápida que él; no solo se escapó del agarre sino que, cuando se quiso dar cuenta, estaba a varios metros de distancia. Los hombres que quedaron en frente, miraron al Capitán Werner de manera juiciosa sin decir nada. Uno de ellos tenía un trozo de cristal en la mano y lo apuntaba hacia el pirata como si aquello fuera una amenaza. Otro, quizás más inteligente que el que se cortaba la palma de la mano por utilizar un cristal como arma, convocaba una tormenta para agarrar a Barbareena desde la lejanía.

-Si un monstruo no paga, pagará el otro- río un tercero que empuñaba un bate de madera.

-Pagar. Pagar- graznó el cuervo con un tono burlón.

-¿Qué cojones dice ese pajarraco?- dijo el hombre apretando el cristal.

-Si padeces alguna clase de disfunción auditiva causada por meter la cabeza en cubos de orina de tiburón, vas a seguir sin entender lo que dice por mucho que te lo repita- contestó el Capitán sin pensar en lo que decía.

Estaba realmente enfadado. El Jörle le había engañado. Había estado siguiendo una ilusión, un fantasma. En lugar de llorar y lamentarse por los rincones de su desdichado hogar, tomó la vía que tomaba desde sus años de juventud: violencia. Quería sentir el calor de su sangre corriendo de nuevo por sus venas. Quería sentirse joven, como la niña de tentáculos en el cabello. Era imposible, un sueño tonto como pensar que tenía un hijo y que se lo habían mantenido con vida con tal de seguir torturándole psicológicamente.

Se preparó para el ataque del primer hombre, obviamente iba a ser el del cristal en la mano. Edgar Allan Poe alzó el vuelo unos centímetros justo cuando el hombre saltó contra el Capitán. Antes que se pudiera dar cuenta, el cuello blando y rosado del tipo estaba atrapado por la pinza de Werner. El trozo de cristal cayó al suelo. El Capitán apretó la pinza y la cabeza cayó al otro lado de donde cayó el cristal.

-La queremos a ella, no a ti viejo- dijo el brujo de viento mientras el del bate corría por el otro lado de la callejuela. –Ahora vete al suelo por el que viniste, no queremos problemas contigo-.

-Problemas. Problemas-.

El Capitán, cogió la cabeza del brujo con la mano izquierda y la estampó contra la pared. Ya era tarde para corregir los problemas que le habían causado. No, era mentira. A él no le habían hecho nada. Iban a por la niña. ¿Es que acaso Werner tenía la misma afición de taponar sus orejas con orina de tiburón como lo tenía el hombre del cristal? No, los males del Capitán eran más profundos. Tenían que ver con la cabeza, con aquello que veía o creía ver. La niña, Barbareena, era un reflejo de lo que él fue en su infancia.  Daría lo que fuera por ser tan inocente y feliz y como lo era ella (cangrejitos fritos).

Estaba cansado, sus botas eran pesadas y el sombrero que le distinguía como capitán parecía que echaba a volar por cada movimiento brusco que hacía; sin embargo, nada de esto le impidió echar a correr por donde la niña se hubo marchado.

La encontró justo a tiempo, no estaba lejos. Un hombre, tan malo como los tres anteriores, la había cogido del cabello y los tentáculos y tiraba de ello con fuerza.

El Capitán Werner desenvainó su espada y puso el filo en el cuello del desconocido.

-Suéltala- no fue necesario decir más.

Le iba a matar de todas maneras, la soltase o no. Si la soltaba, sería un aditivo. La niña podía traumarse al sentir el cuerpo, todavía caliente, de un cadáver cayendo encima suya.
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Re: Encuentro tentaculoso [Privado = Ulareena Werner]

Mensaje  Ulareena Werner el Jue Oct 12 2017, 03:07

Ese “suéltala” pronunciado así como si un topo bajo tierra intentase soplar una vela, sonó como las trompetas de las puertas del cielo para Ury. Por algún motivo sabía que el anciano lleno de petardos e inconvenientes del callejón era mi puerto seguro. Abrí mis jojitos de par en par justo cuando el hombre se giraba para ver a su agresor; era demasiado tarde para él. Sentí como si todo se moviera lentamente, la espada entrando por el cuello de mi atacante, la pinza del hombre bestia manchada de sangre acercándose peligrosamente a nosotros, la forma en la que el cuerpo de quién me retenía perdía fuerza. Estiré mis tentáculos, sentía que no lo lograría, que quedaría sepultada bajo el cuerpo de ese hombre malo que había nacido con un destino trágico. Pero mis tentáculos lo hicieron, lograron lo que creí imposible. Alcanzaron al hombre con sombrero de Capitán ¿Lo había tenido siempre?. En ese momento no tenía ningún valor, lo único que importaba era yo pegada a él, agarrándome de sus piernas como si mi vida dependiera de ello.

Temblaba, lloraba, mi puerto seguro, estaba abrazada de un puerto seguro. Aquellas piernas eran como los pilares de un muelle, fuertes, inamovibles, imperturbables. Tanta violencia… estaba cansada y tenía miedo. -Esto no va a parar. No va a pasar. Cada vez será peor- lo que empezó como unas palabras entrecortadas terminó siendo poco menos que voz a grito. -Él me odia. Todos mueren. ¡Tú también morirás!- darme cuenta de eso hizo que me apartase de golpe de mi sanguinario salvador. Volvía a temblar, mi puerto seguro se hundiría como un barco de papel bajo la lluvia. Por primera vez aprecié bajo la claridad de la luz a ese hombre, bien podría haber estado ciega anteriormente para no verlo como era. Su pajarraco era un cuervo y él un hombre bestia como yo: un calamar. Un calamavilloso calamar gigante. Había juzgado mal, no era un abuelo. Su piel estaba reseca. Era imponente. Gigante. Tenía una pinza en la mano que yo tenía un cangrejo, era curioso. Yo no era capaz de articular ningún sonido en esos momentos. Solamente la imagen imaginaria de mi papá pirata podría mejorar esa aparición.

Me llevé las manitas al estómago y di la vuelta para devolver lo que había comido, pero casi vomité sobre el cadáver, por lo que me tuve que correr aparatosamente a un lado. Podía sentir que mis tripitas se revolvían. Pronto recuperaría el anillo de Laureen, sólo esperaba el momento para salir. Me volví hacia mi salvador con una mano en la boca, sintiendo el amargo aún sobre la lengua -Gracias. Ahora tengo que ocultarme. Esas personas son esbirros de Leónidas Drisköll. Recuérdelo bien Leónidas Drisköll. Volverán. Corra.- advertí con los ojos llenos de lágrimas, haciendo caso omiso de cualquier palabra que saliera de su boca o la de su mascota. Había hecho especial hincapié en ese nombre. Era importante que él se mantuviera con vida. Si volvía a encontrarle sano y salvo lo tomaría como una señal de lo que abuelita llamaba “cielo”. En otra ocasión hubiese hecho mil aspavientos, me hubiese comportado como un cachorrito siguiendo a un nuevo amigo, pero era imperativo recuperar el anillo y no pensaba ponerme a hacer del dos frente a un hombre. Con la ayuda de mi camusión me infiltré en la oscuridad de la noche.

* * *

En la seguridad de las cajas que hacían del cuartel de reuniones de nuestro pequeño grupo de niños, limpiaba el anillo que había recuperado. Esa fue por lejos la experiencia más traumatizante que había vivido en toda mi vida. No volvería a tragarme nada de valor en el resto de mi calamarosa vida. Jamás de los jamases, por toda la eternidad. Ni siquiera quería recordar esos momentos. Ahora que el anillo estaba como nuevo, restaba sacarle brillo hasta que no quedara ni siquiera la memoria fatídica de su navegación por mi cuerpo. Preferí pensar en el hombre desconocido. - El hombre sin nombre, mi salvador y puerto…-
-Estás hablando como una niña enamorada
-¡Pero! ¿Cómo se atreve Capitán Gato? Es nuestro salvador
- Claaaaro… porque todos tus salvadores hasta ahora han sido puertos seguros…
-Bueno, no. Pero pero pero... ¡pero! Se sintió bien…
-¿El abrazo? Te estás convirtiendo en una mujer facilonga
-¡¿Qué dice capitán?! ¡No! Bueno… sí. Pero no solo eso… el abrazo y todo lo demás. Era como si…

Ury no pudo resistirlo más. Me puse a llorar a todo pulmón, asustando gatos y la mitad de los perros del puerto. No me importaba, que todos se levantasen más temprano esa madrugada. Todos tenían que ser tan miserables como yo. Cuando llamé a mi padre, había aparecido ese hombre bestia de las sombras, que tenía un sombrero como el de mi padre y una pinza y una espada como la de mi padre. “¿Dónde estás capitán Werner?” me pregunté rechupándome los mocos como por chorrisientas mil veces -¿Dónde estás papá?-
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