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La honestidad de un vaso de licor [Prólogo]

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La honestidad de un vaso de licor [Prólogo]

Mensaje  Siria el Jue Oct 12 2017, 06:32

Las letras amarillas en el panel electrónico colmaban su paciencia una vez más. El resto de los recorridos se encontraban a tiempo, funcionando normalmente, pero solo el suyo mantenía aquella condición desde hace ya una hora.

Atraso indefinido.

Sacó un cigarro, ya el último de la cajetilla, y lo encendió sin darle importancia al letrero que señalaba que no era un lugar apto para fumar. Ya nada alcanzaba el estándar ridículo para tal. Muchos celebraron el no tener que aguantar el humo de cigarro en lugares públicos, como la calle o los restaurantes. Pero cuando aquellas prohibiciones llegaron hasta la privacidad más íntima, el péndulo de la razón cambió su oscilación a un lugar que, hace unos años atrás, hubiera sido considerado como “impensado”. Muchos dejaron de obedecer hasta el lado más sensato de la ley, incluyendo a los guardias de la estación de tren, quienes veían como fumaba, sin señas de querer hacer algo al respecto.

Claro estaba, qué entenderían aquellos no fumadores y ancianos que consideraban como “rebeldes hippies” a quienes desobedecían las leyes. La joven ya debía aguantar suficientes preocupaciones como para aceptar otra prohibición más que le impedía relajar su mente, aunque fuera fugazmente.

22:17 horas marcaba el reloj de la estación. Definitivamente, llegaría tarde a su entrevista de trabajo.

El humo del cigarro se colaba entre el vapor del vaho de su boca. El frío transformó la lluvia en copos de nieve que descendían, cubriendo con su manto blanco la ciudad. Los pasillos, aún al aire libre, estaban cubiertos de techos que impedían que la nieve llegara a estos y causaran algún accidente, como el resbalarse y golpearse por la caída. Los rieles, sin embargo, no contaban con la misma suerte: lentamente, comenzaban a cubrirse de blanco hasta esconder por completo esas estructuras de metal que facilitaba el movimiento de aquella maquinaria. Afortunadamente, los pequeños robots que se encargaban de mantener las líneas salieron al paso. Sus manos tenían una forma cóncava que los ayudaba a llevar cúmulos de nieve hasta un lugar donde pudieran deshacerse mejor de esta, como si fueran pequeñas máquinas retroexcavadoras.

- Ya era hora que algo de este lugar no fuera irremediablemente inepto - murmuró por lo bajo, botando la colilla de su cigarro hacia el andén, siendo pronto llevado entre las masas de agua congelada por los pequeños aparatos.

Se sentó en una de las bancas, cuidando que la parte de atrás de su abrigo no se arrugara mientras lo hacía. No demoró en sacar su celular, abriendo casi instintivamente la aplicación que le daba acceso a las noticias más recientes de la ciudad. No sin antes ser obligada a ver anuncios publicitarios antes de poder acceder a cualquier tipo de contenido, lo que no ayudaba a que su irritación se desvaneciera.

Se quedó en silencio por algunos minutos y buscó algo alrededor para distraerse, claramente sin intenciones de ver la publicidad. La persona más cercana a ella solo se dedicaba a mirar hacia la nada, mientras los audífonos que llevaba eran el único artefacto que lograba que sus neuronas funcionaran en aquella helada noche. Ni el alto sonido, que claramente era excesivo para sus tímpanos, ni el anuncio publicitario emitido en la pantalla enorme del pasillo lograban sacarlo de su trance. A su lado, dos ancianos que pasaban ya los tres cuartos de siglo solo se reían de las novedades que traía el mercado. Pensaban que era tonto que la gente se sintiera atraída por un vehículo que eliminaba la limitación de viajar por carreteras, proponiendo en vez de ello el navegar por los cielos.

- Es tonto e impráctico - decía uno - ¿Cómo puedes fijarte si hay algo debajo de tu automóvil y que te pase a llevar si sube mucho?

- También pensá que si vas por ahí, y chocás contra un edificio. ¿Cuántas vidas y daño material te cargás de una? - respondió el otro, con un claro acento extranjero que lo hacía destacar - Es irresponsable hasta la médula, viejo.

- Si, solo imagina los reflejos que debes tener para esas cosas - le respondió su acompañante, con un acento que lo acercaba más a lo usual a escuchar por las calles de la ciudad.

La joven no podía terminar de decidir qué era más aburrido: escuchar la publicidad que salía de su teléfono personal, intentar adivinar la canción que podía escucharse de los audífonos al máximo volumen del joven a su lado, o escuchar a los viejos hablar sobre cómo la nueva tecnología los asustaba. No le era posible escuchar ni saber lo que ocurrían en otros andenes, pero sabía que contenían a los mismos tipos de sujetos que estaban a su lado. Probablemente también a una amargada que no sabía nada más que quejarse de lo que hacían los otros

Suspiró, mientras el último anuncio terminaba de emitirse. La  situación la ponía de mal genio. Solo deseaba saber si los protestantes habían terminado de tomarse la estación de “High Bridge Square”, la razón de por qué el atraso la mantenía en aquella helada estación. Se sentía distante y apática frente a la situación, aunque también sentía que tenían todo el derecho de manifestarse frente al gobierno local: Un 37% de cesantía, la más alta en toda la historia de la ciudad desde la crisis alimenticia de 2047, en una ciudad que contenía a 121 millones de habitantes. Era aún peor cuando te dabas cuenta que 44 millones de personas no tenían forma alguna de llevar alimento a sus mesas o pagar las cuentas de los servicios más básicos. No de forma honesta al menos. Y no ayudaba el que la mayoría de los procesos eran completamente automatizados, o con máquinas reemplazando el papel de los ingenieros y técnicos.

Ella se encontraba entre esos desempleados. Afortunadamente, tanto su padre como su madre se encargaban de entregarle lo suficiente como para estar bajo un techo y alimentarse. Pero sabía que no podía depender mucho tiempo más de ellos, sobre todo si las malas condiciones comenzaran a plagarse al resto del país. Por desgracia, la protesta la forzaba a una situación en donde cada segundo la alejaba cada vez más de algo estable, relativamente hablando. No tenía problemas con la protesta, ¿pero no pudieron haberla hecho en otra estación? ¿O en otra fecha u hora? ¿O al menos en donde no le tocaba una entrevista de trabajo?

Aún cuando estaba molesta, sentía cierta admiración por ellos. Mucha gente la catalogaba como “con los pies en la tierra”, pero lo cierto es que era muy pesimista. No estaría en una protesta así, porque no creía que algo cambiaría con su presencia, o con la de miles de personas. También se sentía como una cobarde. ¿Estaría dispuesta a enfrentarse a la ley cuando fuera invocada por los corruptos en el poder? ¿Sería capaz de plantarle cara a los policías cuando quisieran callar aquella “insubordinación” con golpes y detenciones? ¿O siquiera enviarle una carta de protesta al senador correspondiente a su distrito?

Prefirió guardar silencio. No tenía el peso moral como para decir o pensar algo.

La aplicación se minimizó sorpresivamente para dar lugar a la activación de otra. Un pequeño tono extraño comenzó a salir de los pequeños parlantes del artefacto, mientras la pantalla daba aviso de una llamada de voz entrante. Sus ojos miraron el nombre puesto en la pantalla, mientras fruncía el ceño al reconocer quién la llamaba. Se levantó y caminó lentamente por el pasillo del andén, cuidando el paso de los robots para evitar que sus pies chocaran con ellos. Todavía no decidía si le contestaría o no, pero sabía que si no lo hacía, volvería a ser interrumpida de sus pensamientos.

Presionó la pantalla táctil para luego mover su pulgar hacia el extremo derecho.

- Hola mamá - saludó fríamente.

No se caracterizaba por ser una persona especialmente alegre, su tono de voz usualmente era siempre, como decían sus amigos, “la de una persona pragmática”: precisa, sin rodeos, y serena. Dos de esos puntos se cumplían cuando su madre era la que llamaba, ya que la serenidad no era la virtud que deseaba quedarse en esta conversación en particular

- Sí. Sí. Sigo viviendo en Neo Nouveau. Sí, en el mismo distrito - respondía casi sin ánimos, como si se forzara a responderle a su progenitora.

Su mano se dirigió hacia su bolsillo derecho, en búsqueda de otro cigarrillo. Había olvidado que había agotado el último hace unos minutos, lo que la hizo perder el norte de la conversación. Intentaba pensar qué locales cercanos vendían su amargo néctar. Era improbable que, dentro del terminal de trenes, existiera un puesto que vendiera aquel artículo. Recordaba que, a las afueras, había un sujeto vendiendo algunas cajetillas de marcas de calidad cuestionable. Y eso sumado que aquella persona no poseía un rostro precisamente que daba la impresión de ser respetable y honesto, daba a dudar de si realmente deseaba intentar ir por ese camino

- Claro, claro mamá - casi respondía instintivamente mientras pensaba si era buena idea salir de la estación un rato para averiguar - Pues, eso tendrías que preguntarle a papá, no me involucro en lo que compra desde que salí de la universidad.

Incluso llegó a pensar en si alguno de la gente que esperaba sería lo suficientemente amable como para regalarle uno. Pero sabía que eso era perder el tiempo, a sabiendas que ni ella hacía eso, por un tema de desconfianza.

- Pero qué voy a saber yo, mamá. No me estoy metiendo en las finanzas de papá, ni tampoco te estoy preguntando en qué estás gastando tu dinero. - su tono cambió para demostrar molestia frente a las preguntas inquisitivas de su progenitora - Como te dije, si tienes dudas, pregúntale a él.

Por un momento, pensó en aclararle que ambos se habían divorciado hace ya más de una década, y que ella no tenía el derecho de hacer ese tipo de hostigamientos a alguien con quién no tenía contacto físico desde hace ya tanto tiempo. Pero decidió abstenerse. Sabía que le gustaba molestarla con ese tipo de preguntas, pero su objetivo realmente era otro.

- Mamá, quiero que seas honesta. Me molesta cuando me llamas y me preguntas algo al azar, pero en la realidad quieres saber otra cosa. - se tomó una pausa para escuchar lo que su madre tenía que decir, pero pronto la interrumpió para aclarar las cosas - La última vez fue algo con Lenore, la antepenúltima fue sobre las posesiones efectivas de mi abuelo, y antes de eso… ya ni puedo recordar lo que me preguntaste esa vez, solo que peleamos.

No se daba cuenta, pero poco a poco subía su tono de voz. No era lo suficiente como para que la gente notara que estaba discutiendo con alguien por teléfono, pero su malgenio ya era visible en la forma de dar vueltas en círculos en el mismo sitio donde se encontraba, maldiciendo de no tener un cigarro a mano.

- Entonces, dime. ¿De qué se trata?

Se quedó quieta escuchándola, dejando el nerviosismo de la caminata en paz. Se quedó en silencio, sin interrumpirla. Por un momento, parecía que se congelaba en el tiempo, al igual que la ciudad que la albergaba, en aquella fría noche en donde todo era bañado con la pureza del agua transformada en hielo. Parecía una estatua que miraba fijamente hacia la nada, como si en algún punto de su vida hubiera sido testigo de una grandeza magnánima única en la vida, y que ahora extrañara aquellas remembranzas frente a una ciudad estéril, llena de colores luminosos pero carentes de vida, con voces que ordenaban la compra de productos que no necesitaban, con órdenes de seres corruptos que parecían haber nacido en las más bajas estepas del infierno.

- No, mamá. No me iré de la ciudad.

Una conversación que habían tenido con anterioridad. No recordaba cuántos mensajes de texto le habían llegado con aquella proposición, ni cuantos mensajes de audio que llegaban a mitad de la noche, interrumpiendo el poco sueño que lograba concebir.

- No es negociable.

La misma respuesta, una y otra vez. Lamentaba cada vez que debía gastar su fortaleza, ánimos y mentalidad en la misma discusión.

- No me importa.

13 años.

- No.

Contó cada mes, cada día, cada hora. Esa falta la sintió en el punto más terrible de su vida. Cuando necesitó saber sobre su propio cuerpo. Cuando necesitó fortaleza para entrar a la universidad. Saber sobre chicos, drogas, tarea, entretenimiento, entenderse a sí misma, alcohol, amistades, vestirse, bulimia, cómo amarse. Todo lo que ella debió proveerle le fue negado. Ella lo renegó por decisión. Dejó atrás su papel de tutora, de madre, de amiga, de confidente.

¿Y ahora se preocupaba de ella?

- Sabes, mamá. No tendré esta discusión contigo. - fue clara y concisa, como siempre lo era, especialmente con ella - Decidí quedarme en esta ciudad, y no voy a irme a la primera que alguien me ofrezca irme. En especial, tú.

Hubo un silencio entre ambas partes que parecía único en una ciudad que nunca dormía. Era como si la nieve amortiguara y absorbiera los constantes e imperecederos ruidos de aquella ciudad sin descanso, como si cada uno de ellos supiera de aquella calma pronosticaba una tormenta.

- No tienes que preocuparte, mamá. Tengo un trabajo ateniendo como Bartender en un bar en el centro de la ciudad, así que tengo algo estable con qué vivir.

Mintió para adentro, también para afuera. Pero aquella mentira era tranquila, precisa y clara, como era normal en ella.

- Sí, tengo claro que… Sí. Sí, sé que no saqué mi doctorado en Bioquímica para vivir sirviendo tragos a extraños…. No mamá, visto uniforme, no trabajo vistiendo harapos, ¿acaso crees que el trabajo es como lo muestran en ese programa policial que ves todos los viernes?

Era claro que perdía la paciencia, y su tono de voz ya no se camuflaba entre los sonidos de la ciudad. Algunas personas, las más inmediatas a su entorno, interrumpían su espera para prestarle atención a la chica que cada vez discutía más fuerte con la persona que tenía al otro lado de la llamada.

- ¿Y qué te preocupa tanto que si trabajo en algo “decente” para tus estándares? ¿Acaso fuiste tú la que se mató haciendo su tesis sobre...? - se interrumpió a sí misma, solo para continuar aún más agresiva - ¿Acaso siquiera tienes idea sobre de qué fue mi tesis? ¡Fue esa tesis la que me ganó un espacio en TIHS Technologies! ¡¿Acaso sabías eso siquiera?!

13 años habían sido desde que su madre le pidió el divorcio a su padre.

13 malditos años que necesito de su calor y de su amor como madre.

13 infames, desgraciados y funestos años.

No iba a esperar un solo segundo más.

- ¡Te fuiste de mi vida sin que siquiera te importara lo que me pasaba! ¡Abandonaste a mi papá, a tu hogar, a tu familia! ¡Dime para qué! ¡Dime para qué, maldita sea! ¡Por ese sueño de mierda que tenías de viajar por el mundo tocando el violín en los escenarios mundiales! ¡Por esa mierda me abandonaste! ¡Porque no podías esperar un puto segundo más! ¡No te importó si mi papá y mi abuelo me tuvieron que criar solos! ¡No te importó si perdía a mi rol materno! ¡¿Estuviste ahí para mi primer periodo?! ¡¿Te importó acaso si necesitaba un consejo para evitar que los chicos abusaran de mi inocencia?!

- …

- ¡Dímelo! ¡¿Acaso me enseñaste lo importante que era mi cuerpo y que no debía forzarme a vomitar para llegar a un peso ideal?! ¡¿Acaso estuviste ahí cuando recibí la beca por mi puntuación al entrar a la universidad?! ¡¿ACASO SIQUIERA SUPISTE LO QUE PASÓ ENTRE LENORE Y YO?! ¡¿ACASO TE IMPORTÓ LA RAZÓN DE POR QUÉ ME SEPARÉ DE UNA DE LAS PERSONAS QUE MÁS AMABA EN MI VIDA?! ¡¿TE IMPORTÓ SABER QUÉ ME LLEVÓ A ESA DECISIÓN QUE TANTO ME DOLIÓ HACER?!

- … yo…

- ¡¿"YO" QUÉ?! ¡DIME, ¿"YO" QUÉ?! ¡DIMELO MALDITA SEA! ¡¿"YO" QUÉ?!


No hubo respuesta. No hubo confrontación. No había nada más que rencor y odio.

No había perdón.

Un tren comenzó a avanzar hacia el andén. La voz generada por computadora avisaba que el viaje hacia la estación de High Bridge Square se había liberado, dando la señal de reanudar el servicio de manera normal. Casi nadie atendió el llamado. Solo cuando el tren se detuvo y abrió sus puertas, las personas reaccionaron, entrando lenta y cuidadosamente al tren, evitando tener contacto con la joven de la llamada.

- No vuelvas a llamarme.

Presionó con fuerza la pantalla de su teléfono. Colgó.

Su cuerpo se movió innatamente hacia uno de los asientos desocupados. Uno que daba vista hacia la ventana. Cuidó que su abrigo no se arrugara, y acomodó sus manos en su regazo, tomando fuertemente su cartera y su celular en el proceso.

Sus manos temblaban. Entre sí, se daban soporte, apretándose fuertemente. Su corazón latía muy fuerte, casi podía sentir que iba a explotar. Le dolía fuertemente cada latido. Era como si cientos de agujas hubieran invadido su pecho, rodeando todo, amenazando con perforar cada sentimiento que tenía, destrozando cada persona que amaba en su vida. Sus manos se separaban ocasionalmente de tomarse mutuamente para recorrer sus mejillas, para limpiarlas de esos sentimientos, de aquellas verdades de las que no podía escapar.

Por un momento, pensó que morir la hubiera aliviado de todo ese dolor.

Quizás afortunadamente, era muy cobarde para buscar ese tipo de alivio.
Siria
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