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El peor día de mi vida (Merrigan) [Evento Samhain]

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El peor día de mi vida (Merrigan) [Evento Samhain]

Mensaje  Sarez el Lun Oct 30 2017, 18:56

La historia que os voy a contar ocurrió hace tres años, cuando todavía no conocía a Sarez. Por aquel entonces, me dedicaba a sobrevivir y tocar mi arpa. Ahora que escribo estas líneas me doy cuenta de lo vacía que era mi vida. No tenía a nadie a mi lado ni tampoco dejaba que nadie ese acercase más de lo estrictamente necesario. No me mal entendáis, para nada era una persona antisociable como lo es Sarez. Siempre estaba rodeada de un público que me aplaudía y pedía, entre gritos y silbidos, que cantase otra canción. Cuando terminaba, los más atrevidos, se acercaban a besarme la mano y a felicitarme por lo bien que le había hecho. Recuerdo que me ponía roja como un tomate, jamás me acostumbre a que a la gente le gustase mi música. Sin embargo, después de los besos y las felicitaciones, ya no quedaba nada más. Todos se iban, cada uno a su casa con su familia, y yo me quedaba sola con mi arpa. Nadie pensaba en qué era lo que hacía una arpista después de tocar o si necesitaba un plato caliente y una cama para pasar la noche; el público solo quería escuchar mis canciones, me utilizaban, para ellos era un instrumento como lo podría ser un martillo para un herrero o una sierra para el carpintero. No les culpaba, lo cierto es que yo también les utilizaba a ellos. Sin los besos en la mano y las felicitaciones, no tenía nada. Ellos, los que escuchaban mi música, a los que empecé a llamarles los “hombres y mujeres sin rostro” se convirtieron en mi familia y en mis amigos. Cuando estaba triste, sus aplausos servían como si fueran los abrazos de mamá. Si un día, en especial, estaba feliz por algún motivo, sabía que los hombres sin rostros serían felices conmigo. ¿Ahora entendéis porque os dije que sobrevivía? Tenía todo lo que podía necesitar, pero nada de eso era real.


Si bien lo pensaba, único que se podía considerar como real, palpable, era la carta que Sarez escribió para mi madre cuando ambos eran unos niños. Era gracioso que unas palabras inconexas que mamá transcribió a papel del tocón de un árbol, fueran lo único que tenía.

Pero esta historia no trata de Sarez ni de mi madre, trata de mí.

Era la festividad de Freysblót, Lunargenta estaba decorada con candiles de fuegos naranjas y verdes. Por las calles más amplias pasaba un desfile de hombres con máscaras de animales presentando los animales que sacrificarían en la noche. Grandes hogueras, bandeas colgadas por todas las casas, pequeños teatros callejeros en los que se representaba la historia de Odín (yo actuaba detrás del telón tocando música para crear ambiente) y, mi parte favorita, mercados repletos de las especies más exóticas que traían los extranjeros.

En los días que duraba la fiesta, personas de todas las razas, venían a Aerandir a compartir sus bienes. Me llamaban muchísimo la atención los elfos. Mi madre me dijo que yo era más elfa que humana, sin embargo, al verlos de cerca, me daba cuenta de las pequeñas diferencias que teníamos. Ellos eran más altos, más esbeltos, con piernas más delgadas y atléticas, caras afiladas y mucho más bellos. ¿Cómo iba a ser cómo ellos? Podía tener las orejas picudas o la piel un pelín más nívea que los humanos convencionales; pero mi cuerpo seguía siendo el de una chica humana: regordeta y bajita. Los elfos sabían que eran diferente a ellos y, cada vez que pasaba por delante de algunas de sus tiendas, me hablaban como si fuera una niña pequeña que no entendía qué era lo que decían. Todo lo que tenían de guapos, también lo tenían de antipáticos.

Al final, por mucho que me atrajeran los elfos, siempre terminaba en los tenderetes de los brujos. Ellos también me hablaban como si fuera una niña pequeña e ignorante, pero lo hacían de manera más directa, sin utilizar frases con doble sentido ni hablando en un idioma que solo entendían entre ellos. Para ellos, era como un insecto curioso, y no era una sensación mía; así lo decían.

Era muy sencillo tratar con los brujos: asentir, sonreír y disfrutar de sus tesoros. Podían decir lo que quisieran, nada me afectaba.

Nunca olvidaré a un brujo rubio y alto como un elfo. Estaba en una de las tiendas de especies, sentado en una silla de madera detrás de las cajas. Una mujer, tras el improvisado mostrador, atendía a los clientes con una sonrisa. Fue a ella a la que me dirigí, le pregunté si tenía algo extraño y sorprendente; que nunca hubiera probado antes. A la bruja le hizo gracia mi pregunta, soltó una grata carcajada; era muy amable. Todo lo contrario al otro brujo que, desde que me acerqué el tenderete hasta que me fui, no se levantó de la silla de madera. Entre las manos tenía una bola de metal y jugaba a pasarla de una mano al otro mientras miraba con recelo a todas las personas, a mí incluida, que pasaban cerca del mostrador. Era incómodo, pero sabía cómo tenía que actuar: Asentir, sonreír y disfrutar. Ignoré todo lo relacionado con aquel brujo; me centré a la bruja que me atendió esa forma tan amable.

Pasaron un par de horas, ya me había olvidado del tenderete de los brujos y qué era exactamente lo que había comprado allí (¿las galletas de canela o la especie que se parecía al orégano pero sabía a naranja?), cuando me volví a encontrar con el brujo alto como un elfo. Fue como en los cuentos de terror, tenía una vaga sensación que alguien me seguía, me giré y lo vi de golpe. Me miraba fijamente, como si me estuviera vigilando. Pensé, tonta de mí, que tal vez me había olvidado pagar o que me había llevado algo de más por error de la tienda. Me puse muy nerviosa. En seguida, me senté a un lado de la calle, abrí mi bolso y comencé a rebuscar entre los objetos por ver si había algo que no recordase haber comprado: galletas, especies, fruta, un colgante de escamas, cuatro pulseras, polvos de maquillaje… todo lo que tenía recordaba haber pagado por ello. Fuera como fuere, no quería problemas. Saqué mi monedero y lo abrí justo en el momento en el que el brujo se puso enfrente de mí, estaba tan cerca que la punta de sus dedos del pie rozaban los míos.

-Coja lo que le debo y déjeme tranquila- una frase propia de aquellos que querían sobrevivir como yo.

El brujo, de una palmada, tiró el monedero al suelo. Con su mano derecho, me cogió del mentón y levantó mi cabeza para que lo viese de cara. Con la izquierda, agarró el escote de mi bruja y estiró de ella.

-No me interesa tu apestoso dinero,- el brujo sonrió- estate tranquila tampoco quiero sexo-.

Estaba atemorizada, temblaba.

El brujo me soltó no sin antes darme un empujón que por poco hizo que me cayera de espaldas. ¡Tuve suerte! Llevaba mi arpa atada a un arnés en la espalda. Si me hubiera caído la hubiera roto y no tenía dinero para comprarme otra. Los pocos aeros que tenía, el brujo los estaba recogiendo y poniéndose en el bolsillo.

-¿Estás llorando? Esto va a ser muy divertido, no llores encanto. Odio cuando lloran-.

El brujo me cogió del cuello y me levantó sin dificultad, era muy fuerte. Me arrastró hasta un callejón oscuro. Había dicho que no quería mi sexo, pero yo no me lo creía. Sabía que me iba a hacer daño y lo que más miedo me daba es que me lo hiciera ahí. Tenía las manos unidas en un puñetazo tapando mi entrepierna; no servía de nada, si el brujo hubiera querido me las hubiera apartado, pero me daba una falsa sensación de seguridad que me hacía sentir más cómoda.

Lo peor, lo más horrible de todo, fue ver que la gente que paseaba por el mercado no me hacía el menor caso a mis gritos de auxilio. Imaginé que era mi público, los hombres y mujeres sin rostros, los mismos cuyos aplausos me sirvieron para sobrevivir que no a vivir; ellos era lo más parecido que tenía a una familia. En ese momento me sentí traicionada, dolida. Me faltó el aire para respirar. Me estaba ahogando de miedo.

-Tómate tú tiempo, tranquila- el brujo parecía estar disfrutando; reía más fuerte de lo que yo lloraba.

Llegó lo predecible. No pude sostenerme más en pie. Nada más entrar al callejón, lejos de la mirada de los hombres y mujeres sin rostro, caí de rodillas. El brujo se puso de cuclillas a mí lado y me abrazó por el hombro con un falso sentimiento paternal.

-Debes tener cuidado con la gente con la que hablas, hay historias sobre unos brujos que apresan a los elfos como tú para torturarles solo por diversión. Dicen que lo hacen por derecho, por la misma razón que un gato puede y debe cazar ratones. Pero, ¿sabes? Es mentira. ¿Sabes por qué lo sé?-

-Porque eres uno de ellos-

-Casi, casi- no dio tiempo a que volviera a contestar- Lo sé porque yo soy el líder de estos brujos-.

Cogió una de las monedas que se puso en el bolsillo y la apretó contra mi hombro. Al principio, sentí el frío del metal, luego una extraña sensación como la que se siente en los días de tormenta y, finalmente, calor. La moneda brillaba con tonos azules y naranjas; el brujo la estaba hacían pasar por toda mi piel. Grité todo lo fuerte que pude; el ruido de los desfiles y la risa del hombre enmudecieron mis gritos.

-Pasemos a algo más grande-

Del otro bolsillo, el brujo sacó la gran bola de metal con la que antes le había visto jugar. Repitió el proceso.

-¡PARA!-

-¡Pero si acabamos de empezar!-

Rodó la bola, por arriba y por abajo hasta levantarme la piel.

El resto, no lo recuerdo muy bien. En algún momento, me hubo haber pegado en la cabeza. Desperté con un par de moratones en la cara. Me vi reflejada en un charco de agua y sangre (mi sangre) que había al lado de mi cabeza. Las monedas estaban en el suelo, todo lo que había comprado en las tiendas quedó esparcido por el suelo o encima de mí, el brujo debió haber abierto los botes encima de mi cabeza, mi arpa es lo único que estaba bien y menos mal; si el brujo la hubiera roto me habría suicidado.

Lo último que hice, tras revisar todas mis magulladuras, heridas y cortes en la rompa, fue tocarme la zona donde el brujo me había quemado. La cicatriz estaba tapada por el dibujo de un arpa azul; apenas se notaba la mancha negra y roja que quedaba abajo. Me arrodillé, dando gracias a todos los Dioses que conocía, por haberme ayudado. Había sido cosa de un Dios, estaba segura. En mi cabeza, no cabía otra opción que no fuera que un Dios hubiera bajado del Valhalla para salvarme la vida.

Gateé hasta donde estaba el arpa, alguien la dejó plantada a pocos pasos de donde yo estaba. Mi bolsa estaba justo al lado. Toqué las cuerdas del instrumento, para comprobar que todos sonaban como deberían sonar. El tatuaje del arpa azul comenzó a brillar y, con él, comenzaron a brillar unas runas marcas nuevas que estaban dibujadas por todo el marco del arpa. Seguí tocando, eso me hacía sentir mejor. Aunque no tenía un público de hombres y mujeres sin rostros que me aplaudiese; toqué y canté hasta que, del llanto, pasara a la sonrisa.

Muchos de vosotros no lo entenderéis, la magia de la música sigue siendo un secreto para la mayoría de los aerandianos. He dejado de creer en Dioses que bajan a salvar semielfas, ellos no se preocupan por las personas tan simples como yo. Me llamaréis loca, pero, después de tantos años, lo que creo es que la música, una sinfonía azul, me salvó la vida.


Offrol: Para aquellos que son más cortitos a la hora de notar las referencias: el brujo es mi otro personaje Gerrit Nephgerd y la que rescató a Merrigan y le tapó la cicatriz con un tatuaje es el pj de Master Sigel Shimphony Shappire. Muchísimas gracias Sigel por prestarme tu pj. Me dijiste que te gustó la idea de la historia, espero estar al nivel de tus expectativas.
Sarez
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