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[Práctica de rol] El llamado del deber (Parte 1)

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[Práctica de rol] El llamado del deber (Parte 1)

Mensaje  Siria el Jue Feb 22 2018, 07:53

Spoiler:
Esta es la primera de dos partes que estoy escribiendo para este subforo.

Desde el inicio que me gustó mucho la trama del foro, sobre todo los aspectos de los conflictos. Este es un intento de crear una historia sobre la guerra y sus consecuencias sobre la gente, sobre todo para aquellos que deben vivirla, basándome en la historia del foro. No quería crear un rol sobre traumas y personajes que se vuelven locos, porque no me sentí naturalmente inclinado a escribir sobre ello, y tengo claridad de que, probablemente, hubiera sido más interesante bajo esa perspectiva.

Igual espero sus críticas y sugerencias. Como mencioné, esta es una parte de dos, y ambas tienen un enfoque distinto, así que espero que se puedan complementar y disfrutar como una sola historia después de ser leídas. Y, esperablemente, espero que puedan disfrutar de esta historia por el momento =)

El sonido del metal retumbaba, caía y moría en el lugar. Bañado en sangre, solo podía esperar el haber cobrado la vida de sus enemigos jurados, o causarles un daño irreparable si aquello era posible. Un nuevo y diferente metal retumbó, cayó y murió. Le acompañó el grito de guerra de jóvenes mortales, criados desde pequeños para ser máquinas de guerra que olvidaron que aquellos enemigos que juraron destruir, alguna vez en sus vidas, fueron llamados “hermanos”. Los gritos nacían y morían, acompañando a los sonidos de los metales. Se bañaban en odio, rencor y olvido. No había rastro de humanidad ni misericordia. No existía lo que alguna vez los dioses consideraron como sus hijos.

Los sonidos no se detuvieron hasta que no existió nadie que pudiera crearlos.

La noche se encontraba inusualmente desnuda, desprovista de las usuales nubes que poblaban en los reinos del norte. La luna se veía enorme y hermosa acompañada de las millones de estrellas que podían maravillar a quienes deseaban dedicarles una oda. En mitad de esa tranquilidad y ese silencio, la dragona tuvo la oportunidad de sentarse y despejar su mente, mientras cerraba sus ojos y cruzaba sus piernas para adoptar una posición cómoda en el piso. Su armadura continuaba pegada a ella, como si fuera una extensión de su propio cuerpo. No escondía las batallas del pasado, como si cada una de ellas fuera una cicatriz con la que aprendió a vivir. Incluso su capa se encontraba desgastada y con agujeros en diferentes partes. Su cabello canoso apenas se colaba entremedio de su casco, siendo llevado por el gentil viento helado que navegaba por la ciudad, aquel con el que todo dragón nace y crece.

Unos pasos distrajeron levemente su descanso. Como ella, eran de alguien que llevaba su armadura como una segunda piel, mostrando sus heridas de guerra con orgullo. Y de la misma forma, sus años delataban su experiencia en el campo de batalla. Su pelo corto y canoso se mecía libremente, sin las ataduras que conllevaba usar protección en su cabeza. Era de las pocas veces que descansaba de ser un Caballero Dragón.

- Deseo estar sola, Seth.

Su voz no era severa, aunque dejaba en claro que no deseaba cambiar sus intenciones. No recibió una respuesta de manera inmediata, más los pasos continuaron por el helado balcón hasta que quedó a su lado. Dejando su casco a un lado para que pudiera descansar, colocó sus manos en la barandilla y observó desde la altura la ciudad de Dundarak. Sus manos se cerraron fuertemente, forzándose a ver nuevamente cómo aquella parte de la ciudad se encontraba en ruinas debido a aquel inesperado conflicto.

A diferencia de otras guerras, esta comenzó sin que nadie la esperara. No hubo señales de odio y rencor acumulados entre las razas, como tampoco existió tiempo para sembrar las semillas del conflicto. Y de la misma forma inesperada, quienes trajeron la guerra eran desprovistos de humanidad: poseían una apariencia humana que se sentía natural y verdadera, pero solo bastaba el mínimo contacto con ellos para desatar armas de genocidio que arrasaban por donde deseaban caminar. Debajo de sus pieles, el metal se fundía entre la sangre y los músculos, para dejar en evidencia a seres que no poseían moral ni misericordia. Desconocían de donde provenían, o si ya habían atacado otras razas. Solo sabían que, cuando llegaron a sus muros, estos cayeron violenta y salvajemente, con una fuerza que no habían encontrado en sus vidas y una violencia que hablaba de erradicación completa, sin mirar si aquel que moría era un niño, una mujer, un anciano, un guerrero o un carpintero.

El idioma de estos seres era la muerte, y estaba claro cuál era el mensaje para los dragones.

Durante seis días, el asedio a la ciudad destrozó gran parte de la zona sur, destruyendo edificios, arquitectura, la historia y su gente. La inmensa mayoría de la gente había sido evacuada de la ciudad, solo quedando los heridos, los más viejos y enfermos como para viajar, las familias que no querían abandonar a sus seres queridos, y los dragones guerreros que decidieron defender lo que quedaba de ciudad. Esta fue la primera noche tranquila que pudieron tener los dragones desde que este inesperado conflicto llegó a su ciudad. Pero a diferencia de la noche, nadie se encontraba tranquilo. Sentían que era la calma antes de la tormenta, como si mañana fuera el último día que el sol alumbraría la ciudad de los dragones.

- No es normal ver las estrellas con tanta claridad en esta época del año. Siempre me gustó observar las constelaciones, aunque nunca pude entender cómo los estudiosos encontraron las formas que dicen que tienen.

Sus palabras eran tranquilas, aunque tenían aquella inseguridad por el futuro que todos los dragones poseían. No encontró una respuesta inmediata a sus palabras, aunque el efecto de quebrar la concentración de la dragona surtió efecto, pues esta no tardó en abrir sus ojos y lentamente, como si fuera un ritual que acompañaba a dejar su meditación, se levantó del piso para quedar al lado de su interlocutor.

- Tiene mucho que ver con la intensidad con que brillan algunos astros en el cielo, y de cómo están  situados en el cielo. Por ejemplo - levantó su brazo derecho, apuntando al cielo de forma aparentemente al azar - ese conjunto se cree que nació gracias a los navegantes que necesitaban ubicar el norte cuando navegaban en los océanos. De la misma forma, otros conjuntos los ayudaban cuando se perdían.

- Suena difícil de entender y de imaginar. Por fortuna, nadie depende su vida de mi imaginación o de mi sentido de orientación, que es probable que terminemos en la isla de Belltrexus intentando ir a nuestros templos.

Aquella conversación era insustancial y de poca importancia, y ambos sabían que solo era un preámbulo a algo que involucraba muchas dudas, sobre todo al encarar a la muerte de forma tan próxima.

- Nuestros observadores confirmaron la llegada de más de esas criaturas. Llegarán aproximadamente a las 6:42 si mantienen la velocidad.

No encontró respuesta a sus palabras. Ningún dragón en la ciudad le era ajena esa información.

- ¿Sientes miedo? ¿O las dudas son las que comen tus pensamientos?

La dragona cerró sus ojos, apoyándose en la barandilla como su acompañante hizo hace unos pocos minutos atrás. No importaba cuán honesta fuera con él o consigo misma, existía una porción de ambas que hacía que su mente dudara y su corazón se encogiera dolorosamente.

- Nuestro pueblo es uno que ha soportado el paso del tiempo por siglos. No somos una raza numerosa como los humanos o los brujos, y mañana… muchos teñirán nuestra tierra con su sangre.

- ¿Posees dudas de si seremos capaces de hacerles frente?

- No tengo dudas de ello - abrió suavemente sus ojos solo para observar la devastación que aquel conflicto llevó a sus hogares - Mis dudas son de si lo que hacemos es lo correcto. Y como la comandante de los dragones, si yo dudo… todos dudarán.

Sus palabras sembraron una inesperada interrogante en su acompañante. Buscando certeza, buscó sus ojos que se encontraban congelados mirando la destrucción causada.

- ¿Sientes que defender Dundarak es un error? ¿Qué es mejor dejar atrás lo que nuestros ancestros construyeron? ¿Lo que los Dioses nos han regalado?

- Dundarak es nuestro pasado, es verdad - lentamente giró su cuerpo para cruzar su mirada llena de dudas con sus ojos llenos de interrogantes - ¿Pero será Dundarak nuestro futuro?

- Dundarak es el legado que nos dejaron nuestros ancestros.

Su respuesta contenía toda su seguridad en lo que creyó desde que se convirtió en un Caballero Dragón. A pesar de ello, el rostro de la dragona no cambió al escuchar su resolución, y solo suspiró, mientras nuevamente volvía a mirar las ruinas que quedaban de la invasión extranjera.

La destrucción sin sentido le hizo recordar las historias que escuchó desde pequeña. Aquellas que fueron forjadas en acero y sangre. Cuando el hombre dejó de considerar al otro como “hermano”, y levantó su mano contra todo lo que creyó. Abandonó los principios que sus padres les entregaron para abandonarse a un salvajismo tribal que era más propio de bestias sin racionamiento, llevándolos a luchar por objetos materiales sin valor, territorios que eran desprovistos de utilidad pero que luchaban fervientemente por su poderío, y la adoración de dioses paganos que alejaban la buena voluntad de las personas.

Rara vez en su vida su lanza clamó la vida de alguien, pero cuando lo hizo, pudo sentir el enorme peso de la responsabilidad que sus manos adquirieron. El atravesar la carne, dejar que la sangre saliera sin control, perforar los órganos vitales, cortar la respiración para, finalmente, apagar la vida de otra persona. Desde pequeña que prometió solo usar la muerte como herramienta final y definitiva frente a cualquiera que intentara dañarla, a sus seres queridos o a su tierra amada. Es por eso que nunca logró entender cómo los antepasados de todas las razas pudieron enfrentarse en conflictos que carecían de toda lógica y de todo sentimiento.

- El origen del conflicto también es nuestro legado… pero nadie lo vanagloria ni quiere volver a vivirlo. ¡Nos comportamos como animales! ¡Olvidamos todo lo que los Dioses Dragones nos entregaron y casi ahogamos a Aerandir en nuestra propia sangre!

El regalo más preciado que les dieron los Dioses… su sangre. Había sido hace muchos siglos, pero recordaba lo que las historias recreaban en su mente. Podía imaginarse a aquellos peregrinos que decidieron volver a ganarse la confianza de los Dragones originales, aquellos que con su austeridad y dedicación recibieron el don más sagrado que pudieron imaginar. Algo que los unió en una fraternidad que iba más allá de lo que alguna vez otras razas siquiera imaginaron, que los ayudó a crear un hogar tan único y hermoso que se convirtió en la envidia del mundo. Fue como si el sueño que alguna vez tuvieron los Dioses se había materializado al fin.

- Pero pudimos superar eso, y logramos forjar un mundo propio que unió el progreso con la tradición, la lealtad con la integración de otras razas. Fuimos el orgullo de nuestros padres, de todo lo que ellos representaron mientras estuvieron con nosotros.

- Así es - lentamente se sacó su casco para dejar que el helado viento danzara con sus largos y canosos cabellos - Nos bañamos en un destino que consideramos justo. Y decidimos ser el faro de luz del mundo.

Aunque sus ojos mostraban orgullo de sus ancestros y de su pasado, no pudo volver a cerrarlos, esta vez debido a la vergüenza que la hacía sentir el pensar en los eventos que jugaron en los conflictos de otras razas.

- Pero aun cuando decidimos ser el faro de luz del mundo, nos enfrascamos en conflictos en vez de ser los precursores de la paz. Derramamos sangre en las guerras Illidenses, y decidimos no hacer nada frente al odio y rencor que se formaron en el mundo. ¡Traicionamos nuestros principios! Y el destino… decidió castigarnos…

Una ciudad despoblada y destruida. Una cultura en ruinas. Sus habitantes, denigrados por el destino, transformándolos en refugiados.

- ¡Tantas vidas perdidas…!

Sin embargo, su mayor dolor era el ver cómo la sangre de sus amigos, de sus compañeros, de su raza, de aquellos quienes consideraban como “hermanos y hermanas”, yacía en las tierras ancestrales del norte. Vidas que se perdieron sin sentido ni dignidad. Todo por un deseo de destrucción vacío y sin explicación.

- Se derramará más sangre mañana. Morirán más amigos, familia, hermanos… todo por un ideal que quizás ya es irrecuperable.

En todo momento, su compañero de lucha se encontró escuchándola con respeto, entendiendo poco a poco por qué pensaba de esa forma. Ambos eran diferentes en su forma de pensar, pero se entendían mutuamente gracias a que habían pasado muchos años unidos en el viaje de autodescubrimiento llamado vida. Compartieron batallas y defendieron ideales, lanza junto a lanza, elemento junto a elemento. Para él, era claro los motivos que la hacían dudar, y que eran muy alejados de la cobardía y de la traición. Eso, sin embargo, no significaba que lo compartiera.

- Me rehúso a pensar que es un ideal irrecuperable - habló cuando sintió que tenía la oportunidad de expresarse - Es cierto que, como dragones, no hemos hecho lo que idealmente han querido nuestros padres. Pero has demostrado un temple en el campo de batalla sin igual. Y lo más importante: hiciste que todas nuestras diferencias se esfumaran para hacer de nuestro pueblo uno solo contra el ejército invasor.  Nunca antes en nuestra historia los valores que nos representan se han hecho vibrar por las tierras de este mundo con tanta fuerza. Y mañana… las vidas perdidas serán el precio de nuestro futuro.

Aun cuando el respeto siempre fue una tónica entre los dos, sus últimas palabras hicieron que su sangre hirviera de la rabia, mientras apretaba tan fuertemente sus puños que parecía que, en cualquier momento, sangrarían con su propia demostración de fuerza.

- ¡QUE FÁCIL DE DECIR PARA ALGUIEN QUE NO LOS ENVÍA A LA MUERTE! - respondió con una fuerza inesperada, quedando frente a su interlocutor mirándolo con una rabia e impotencia que pocas veces sintió frente a él

- ¡A ALGUIEN A QUIÉN ENVÍAN A LA MUERTE! - no demoró en responder aumentando el tono de voz al igual que ella, sin quitarle la mirada de sus ojos, mostrando también una rabia, aunque por motivos diferentes de ella - ¡Me ofrecí para defender en la primera línea de defensa! ¡SERÉ PARTE DEL PRIMER ESCUADRÓN EN DERRAMAR LA SANGRE DE NUESTROS ENEMIGOS!

Los ojos de la dragona se abrieron, y casi como una estrella fugaz, toda la rabia e impotencia que sintió se desvanecieron. Su corazón se apretó, mientras se daba cuenta de lo que las palabras significaban.

- … pocos sobrevivirán la primera ola. ¿Por qué te ofreciste de los primeros? - su voz se llenaba de angustia, como si, por primera vez en su vida, se enfrentaba al hecho de que no volvería a verlo nunca más después de que el sol renaciera desde el horizonte.

- Porque creo en el futuro que existe para nuestra raza - su mano se depositó gentilmente en su hombro, de la misma forma en que su voz cambiaba para mostrarse gentil y decidida, como si no existieran dudas en su mente - Porque creo en el legado que nos dejaron nuestros ancestos. Y porque creo… en un mundo para todos. Creo en ese mundo en donde nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, puedan jugar tranquilos y sin miedos, en donde puedan ser felices sin importar lo que decidan hacer en sus vidas - sonrió como si su corazón se llenara de gloria - Tú… me enseñaste a creer en eso.

Inconscientemente, sus lágrimas se contenían en felicidad. La guerra había traído tanta desolación y miedo que había olvidado que el amor todavía se encontraba entre las paredes destrozadas de la ciudad. Era aquel el que los empujaba a ver nuevamente los rostros felices de sus familias, el darles nuevas oportunidades a aquellos que estaban por venir, el crear un nuevo mundo, mucho mejor que el que les dejaron sus antecesores. Era aquel el que reunía amigos de toda la vida, los abrazaba en una bandera de fraternidad y los hacía caminar por un sendero que hacía que los pesares de este mundo se sintieran livianos y más fáciles de encarar.

Era algo que siempre sintió cuando su compañero dragón estaba a su lado.

- Un mundo para que nuestros hijos puedan ser felices… - murmuró suavemente, mientras, finalmente, las lágrimas se rendían y se dejaban caer por sus heladas mejillas - Será gracias a dragones como tú.

Aquello fue contagioso, ya que, con solo las dulces palabras de su comandante, las lágrimas que también contenía se liberaron de la opresión que su rol le imponía.

- … entonces, sé nuestra estrella del norte. Guíanos hasta la victoria.

El cuerpo de su interlocutor cambió a su forma noble que los dioses le otorgaron gracias a su sangre. De piel áspera y rocosa, con dos grandes alas que brotaban de su espalda, abrazó aquella forma que tan sagrada se consideraba por su raza.

- Seth--

- Nuestra vida, por nuestro futuro.

Sin mirar hacia atrás, sus alas se extendieron para dar vuelo hacia la ciudad. La dragona no pudo hacer nada más que contemplar cómo tomaba vuelo y se alejaba, como sus dudas y miedos. Muchas sensaciones la acompañaron: sentía algo de vergüenza por haber dejado que las dudas acosaran su juicio, gratitud por tener a su compañero a su lado, pero por sobre todo, sentía que lo que hacía… era lo correcto.

- Nuestra vida… por nuestro futuro.

Tomó su forma de dragón y se alzó al vuelo, mientras, lentamente, más y más dragones comenzaron a poblar los cielos helados del norte, listos y preparados para defender lo que más amaban en sus vidas.
Siria
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