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Mensaje  Asher Daregan el Miér Sep 26 2018, 00:46

Había algo diferente sobre los primeros hombres bestia.

Los motivos son diversos. Para los que no recuerdan nada, fue bastante simple: nacieron entre paredes de cristal y olores extraños. Los invasores fueron sus creadores. No tuvieron niñez ni padres. Solo fueron creados como armas para una guerra que no era suya.

Pero algunos podían recordar. Eventos vagos y confusos, nombres sueltos, palabras. La mayoría fueron desechados. Si no les podían hacer obedecer como animales, no les servían de nada.

Wernack recordaba cosas. Sin embargo, lo mantuvo en secreto. Por algún motivo, su vida era importante para los invasores. Su aspecto era distinto a los otros hombres perro: era más grande. Más intimidante. Y, por lo general, más fuerte. Si todos los de su especie hubiesen sido como él, acabar con las razas nativas habría sido más sencillo.

Pero a él no le importaba. Él sólo les observaba, tanto como los invasores le observaban a él. Sus congéneres habían necesitado mucho tiempo para aprender un idioma adaptado a su raza. Semanas y semanas de lento aprendizaje para coordinarse, luchar, obedecer y matar.

Tenían un jardín cerrado. En él, también observaban la fauna y flora de diversas partes de Aerandir. Los hombres perro habían adoptado esa parte como su hogar, pero nadie se acercaba a un árbol en concreto. "El árbol de fuego." Pese a ser una planta, toda la copa estaba continuamente ardiendo, sin humo ni ceniza. El calor que emitía era real. Al héroe le fascinaba aún más que los invasores.

Algo sobre aquello que le resultaba familiar.

Fue una puesta de sol lo que puso su mente en orden. La primera del verano. Como si se tratase de un puzzle, todo encajó dentro de su cabeza.

Esa noche dejó que las hojas que caían aterrizasen sobre su mano, sin miedo. Se desvanecieron al tocarlo, dejando tan solo un fino polvo naranja. Se mordió el dedo, dejando que su sangre fluyese libre. Y luego, se acercó a la pared más alejada de la entrada.

Nadie sabe como lo hizo. Pero para cuando amaneció, no quedaba ningún hombre perro en el jardín. Una de las paredes había quedado destruida, y todos habían huido.

Wernack los dirigió por medio Aerandir, hacia donde el Sol se había puesto. Era el líder de los suyos, y le debían su libertad. Sin nadie más en el mundo que les aceptase, no tenían otra opción más que seguirlo. Pasaron tiempos duros. Aprendieron a cazar y alimentarse de la naturaleza que no habían visto hasta entonces. Y, finalmente, llegaron al lugar de sus recuerdos.

No era más que una cabaña. Pero en poco tiempo, sería una aldea.

Mi gente no cuenta los meses y semanas como los demás. No hay cumpleaños, ni festivales. Cada día es distinto: no hay un ciclo que se repita. Pero si hay tradiciones y rituales.

La huida de los invasores nos marcó como algo distinto. Dentro de los que todos consideraban animales salvajes y sanguinarios, nació un pueblo real. Jamás habría podido ser así sin los esfuerzos de Wernack. Por ello, es común que los atardeceres y amaneceres más cálidos sean momentos de reflexión para nosotros.

Momentos para recordar de donde venimos, y quienes somos.
Asher Daregan
Centinela del Norte
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