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La mujer del vestido amarillo [Relato 10 años]

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Mensaje  Demian el Lun Oct 21 2019, 00:30


El profesor volvió a sonreír, estrechando la mano de la alcaldesa. Intentó no mirar los evidentes vellos que lucían sobre sus labios, perdiéndose entre aquellas arrugas de aspecto sinuoso.

Siempre disfruto de sus charlas, son tan... –dijo ella, realizando una sonrisa coqueta que el hombre no tuvo más remedio que contestar con la propia. De cortesía, claro–... tan iluminadoras.

Por un momento pensó que iba a tener que soportar alguna de sus historias, esas sobre sus reuniones de alta sociedad o de que tal persona del consejo municipal intentaba dañar a la ciudad por motivos políticos. Por suerte no fue necesario, un hombre de traje azul la tomó por el brazo, haciendo aparentemente una broma, pero el profesor ni siquiera llegó a entenderla. Se movieron a hablar con un hombre de cabello blanco tomado en cola.

Se llevó un canapé de salmón a la boca. Siempre le había fascinado ese tipo de bocado, no por su sabor, sino por el laborioso trabajo que parecían implicar. En este caso, la carne del pescado había sido cortada de tal modo que parecía uno real, nadando en un mar de una salsa de queso que tenía un color azulado que el hombre no llegaba a explicarse.

Un garzón de rostro felino le ofreció una especie de bocado hecho de carne, ensartado en un palillo. Todo estaba cubierto de una salsa verdosa. El hombre aceptó, nuevamente forzando una sonrisa.

Y fue entonces que la vio.

Ella llevaba un largo vestido amarillo, quizás muy llamativo para la ocasión, aunque con su figura podía permitírselo. Sus pisadas parecían flotar sobre la alfombra, mientras que sus intensos ojos verdes le buscaban.

Arandiel –dijo al fin, fingiendo que el deseo no le llenaba de vida nuevamente–, creí que no te gustaban mis charlas.

Ella sonrió sin apenas mover músculos.

Oh, Esteban –contestó ella lentamente–, no es que no me gusten tus charlas, es que no entiendo cómo aún insistes en eso del portal.

El se acercó, dio un beso en su mejilla, el que casi se encontró con los labios, para luego deslizarse hasta pasar muy cerca de aquellas orejas puntiagudas.

El mes pasado se encontró evidencia de tecnología alienígena en la zona donde debería haber estado el portal –dijo él, en un susurro.

¿No se encontró un dragón antiguo también? –dijo ella conteniendo una risa.

El hombre suspiró. Hace pocos minutos decía esas cosas con total convicción, frente a toda una asamblea de gente que estaba dispuesta a oírle. Ahora titubeaba para repetir lo mismo a una sola elfa.

Sólo te molesto, la verdad, me tiene sin cuidado –prosiguió la mujer, girándose para tomar dos copas de champagne y pasarle luego una al profesor.

Mira –continuó él, sacando el dispositivo de cristal de su bolsillo. Movió sus dedos y allí apareció una imagen de un trozo de placa verde con extraños componentes.

A mí me parece un proyecto de ciencia de un niño Ambariano –dijo ella, juguetona.

No, no, los ambarianos jamás han tenido de estos –insistió él, apuntando a un componente cuadrado con múltiples palillos a los costados.

Me agrada verte así de emocionado, pero ya está demostrado que antes del reinado del rey Siegfried hubo una destrucción masiva de textos. Lamentablemente la historia de nuestro antepasados se perdió y luego la gente se inventó todos esos mitos. ¿Acaso tiene sentido que haya habido un señor oscuro levantando muertos? ¿acaso crees que de verdad la gente hizo estallar un cometa mediante una ronda? ¿no te suena a cuento eso de que había robots mucho antes de que se inventara la televisión?

Cyborgs –corrigió él–, cuando se tienen implantes robóticos se dice cyborg.

Ella sonrió aún más coqueta. Acercándose unos pocos centímetros. Ambos tenían ganas de dejar sus manos ir hacia el otro, pero había mucha gente allí y era un evento formal.

Ustedes los brujos, son sus términos raros –dijo ella–. Te propongo algo, ¿por qué no vamos a mi apartamento y me cuentas nuevamente la historia esa de los zombis?

¿Térpoli?

Sí, esa.

Creí que pensabas que era un cuento.

Pero me excita oírte contarla.

Ante aquellas palabras, el hombre se quedó mudo, pero no de incomodidad. Hace tiempo que habían decidido que las protestas de aquellos que se oponían a las parejas entre distintas razas eran ridículas. Ambos gozaban de buen estatus como para pensar que jamás los violentistas les tocarían.

Se tomaron de la mano. El murmullo fue notorio, pero no les importó. Al fin y al cabo esa gente estaba allí por su charla.

Minutos más tarde, ambos tomaban el carruaje mecánico.

En ese momento no lo sabían, pero sería la última vez que podrían estar juntos antes de que estallara la guerra.

Esas islas, esas malditas islas Illidenses.


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