Aerandir
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Mensaje  Eden el Lun Oct 21 2019, 08:55

Desde pequeño, Pedro había soñado con convertirse en explorador y a lo largo de su vida se había preparado a consciencia: había entrenado para superar todas las pruebas físicas y había dedicado varias horas de estudio diarias para aprobar los exámenes de admisión.

Aerandir era, sin duda, un mundo complejo: conocía su historia y leyendas; las razas que la poblaban en la actualidad y las ya extintas; su geografía y climas; sus ciudades y pueblos; sus guerreros y truhanes.

Se aprendió cada línea de cada tomo del temario de la oposición para conocer todo detalle de ese mundo y ganarse su derecho de vivir en él. Tras varios años de estudio, lo había conseguido.

Su último día en la Tierra había llegado y Pedro continuó con su rutina habitual: tres horas en el gimnasio haciendo ejercicios de fuerza y agilidad, otras tres horas de juegos mentales en la Sala del conocimiento; y tres horas de estudio en la biblioteca, que gastó en seleccionar los cinco libros que se le permitían llevar consigo.

Antes del gran momento, se permitió observar el “último atardecer”. Sentado frente a la ventana del habitáculo al que había llamado hogar, observó el mundo gris que el ser humano había creado: la extensa nube de contaminación que había convertido el aire en irrespirable y que apenas dejaba pasar la luz del sol; la tierra seca y muerta por la escasez de agua, incapaz de producir alimentos naturales, que habían sido sustituidos por cápsulas repletas de productos químicos; edificios que se construían alrededor de los escasos manantiales de agua potable que quedaban; y un control de natalidad excesivo que terminaba con la vida de los bebés no permitidos… El mundo agónico de la Tierra del año 2328.

En cambio, en Aerandir todo era aún posible: se podía caminar bajo un cielo limpio sin necesidad de máscaras productoras de oxígeno, saborear la comida, formar lo que anteriormente se conocía cómo familia… Ser completamente libre.

Los Agentes se presentaron a la hora acordada. Le escoltaron a lo largo de los brillantes y estrechos pasillos hasta la zona restringida del Puente. Una vez allí, un equipo de médicos estaba dispuesto a atenderle.

Le hicieron algunas recomendaciones y le explicaron el proceso, que era completamente secreto y desconocido para él hasta ese momento: le inyectarían una droga que le haría dormir, le mantendrían inconsciente durante siete días y al despertar, se encontraría ya en Aerandir.

Tras aceptar el acuerdo, se tumbó sobre la camilla y cerró los ojos. Sintió la aguja penetrar en su carne, un ligero dolor y un sueño que poco a poco le absorbía por completo.

Soñó con aquel nuevo mundo: las ruinas de la antigua ciudad humana de Lunargenta, los grandes bosques del centro de Aerandir, las antiguas leyendas dracónicas y con la nueva gran ciudad, Terra, en la amplia estepa al norte del continente.

Al abrir los ojos, se encontraba sobre un cómodo colchón viscolástico traído desde la Tierra. Le llevó unos segundos comprender dónde se encontraba y al darse cuenta de que había llegado al paraíso, se acercó hasta la ventana de la habitación, que extrañamente estaba abierta y dejaba pasar el aire exterior.

Al hacerlo, contempló por primera vez la ciudad tecnológica de Terra del año aerandiano 1464, fundada unos diez años antes. En la lejanía, las altas montañas del Macizo Nevado. En lo alto del cielo, un astro iluminaba un mundo lleno de posibilidades.
Eden
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