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Las cenizas de una vida (Relato)

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Las cenizas de una vida (Relato) Empty Las cenizas de una vida (Relato)

Mensaje  Siria el Dom Jul 26 2020, 06:57

12:45.

Aquella era la hora que indicaba el reloj de péndulo en la habitación. Solo el objeto, con un débil sonido, irrumpía el silencio, resonando en los objetos de madera que daban una sensación extraña. El resto de la funeraria era lo que podías esperar de una, con oficinas, gente yendo de acá a allá, nada del otro mundo, pero esa sensación se perdía mientras esperabas sentado, en aquella silenciosa habitación, junto a ella.

- Me disculpo si hago mi trabajo en silencio.

- … no se preocupe.


De una de sus nueve largas colas, un pequeño hilo se materializaba, viajando hacia una vieja y artesanal tejedora. El hilo viajaba de manera eterna y casi etérea, casi como una ilusión que se posaba tranquila y obediente, como si supiera su labor, a diferencia del estéril género que encontrabas en cualquier lado. Ahí, un pequeño pedazo de él pareció descender lentamente, como una gota sobria, desde su urna hacia la parte más baja del telar. Y cuidadosamente con la punta de sus dedos, lentamente bajó para quitar los minúsculos excedentes que el hilo no absorbió de la gota.

- ¿Familiar directo?

- El… tercer hijo.

- Hmm.


“Limpieza” era el nombre, aunque ella lo definía más como un pequeño purgatorio. No sabía mucho de aquello, no era alguien especialmente religioso y, aunque conocía los términos generales, no compartía ni entendía los conceptos que aquella mujer profesaba… o los de cualquier otra religión realmente.

- Solo me encargo de “desenrollar” sus almas y prepararlas para que puedan viajar hacia el otro lado.

- …


No sé a que se refería con ello, ni que implicaba. Más mi mente no parecía indicar que quisiera preguntar o hilar algo de esa conversación. Solo se conformaba en pensar en que ella sabía lo que se debía hacer, por lo que alguna intervención mía no era realmente necesario… o entenderlo.

- ¿Está seguro que desea estar acá? No mucha gente decide estar presente en este acto.

- ¿… hmm?


No noté inmediatamente que estaba mirándome, deteniendo su labor y con dudas de mi presencia.

- No se si… estoy bien, pero nadie más quería estar acá, y… supuse que era algo que podía hacer.

Dejando que la tarea de las gotas fluyera por su cuenta, se sentó a mi costado en el sofá, acomodando sus colas para evitar que tuvieran contacto conmigo.

- El estar acá debiera ser algo que solo debería hacer si lo desea.

- Lo sé…

- Sé que esta pandemia ha sido algo horrible… todos los días recibo gente que ha sido arrebatada de su vida, gente que tenían mucho futuro por delante, otros que solo deseaban vivir los pocos años de su vida con los suyos y no con un tubo en sus gargantas que forzaran sus vidas a extenderse un poco más mientras sus cuerpos se rendían. Y… no puedo hacer nada más que limpiar sus almas para que sus penas, sus ahogos y sus sentimientos negativos no los hagan sufrir cuando lleguen al destino final que todos debemos ir.

- …

- ¿Desea estar acá? No lo juzgaré, solo quiero que esté tranquilo y que siga los designios de su corazón en esta pérdida.


No sabría decir qué sentir o pensar. Cuando… te entras de estas cosas que suceden en otros lados, te imaginas realidades alejadas, personas que jamás conocerás, países en donde nunca pisarás. No te imaginas que… las personas que aprecias morirán. Aún cuando sucede en tu propio país, sigues imaginándotelo como una realidad lejana, que no sucederá dentro de tu círculo de conocidos.

Y entonces es cuando te enteras que tu papá sufre de Covid. Las dudas comienzan, el optimismo intenta mantenerte a flote, piensas en minimizar para mantenerte entero, y la realidad… la realidad es que el Covid decide otra cosa y se lo lleva. No pasan años ni meses peleando contra una enfermedad, viendo como intenta aferrarse a la vida, a luchar por una esperanza. Son días, horas. Un día haces un asado y le llevas un par de choripanes con unos cortes de carne que le gustaron, al día siguiente se siente medio ahogado así que lo llevas al hospital y no pasa un día de eso hasta que su corazón se rinde en la pelea y… muere.

Y ahí quedas. Y no lo crees porque hace dos días te decía que el choripan estaba muy bueno. Y vas al hospital por… cualquier maldita razón, tu cabeza comenzó a dejar de funcionar como si se hubiera apagado de un segundo para otro. Y el doctor te explica lo que sucedió: un coágulo se fue al pulmón y su condición empeoró de manera fulminante. Y piensas todavía en el asado, cuando estaba vivo. Y te lo sacan en una camilla de metal completamente sellada en donde siquiera puedes verlo.

¿Cómo sabes realmente qué es el? Y tu cabeza es un torbellino en donde nada tiene sentido.

Pero tu corazón duele. Te aprieta como si se encogiera, quisiera explotar o… algo. Sientes el suficiente dolor como para llorar, pero tus ojos siquiera saben si pueden o quieren hacer eso.

No ocurre hasta mucho después. Cuando estás solo. Cuando decides pasar cerca de su habitación y escuchar la televisión todavía prendida, uno o dos días después. Siquiera se preocupó de apagar la televisión antes de ir al hospital porque pensaba que con una inhalación de oxígeno estaría bien y volvería a descansar. Por la ventana puedes ver sus pantuflas, su celular cargando, su botella de coca cola a medio tomar…

De pronto te das cuenta que nunca más volverá. Ya no… irás a comprar verduras y frutas el día domingo mientras se insulta amistosamente con sus amigos, ni te dejará un billete o te comprará unas papas fritas porque aquella era la forma de decir que te apreciaba porque nació en una maldita época en donde estaba mal visto mostrar tus sentimientos. No, tenías que ser el macho que se encargaba de dar provisiones a la casa y ser el duro, el que solo puede estar interesado en el fútbol, en salir a tomar como panorama con tus amigos… así te enseñaba la sociedad, y así te tenías que quedar. Y si querías mostrarle afecto a tu hijo, dale plata, pregúntale sobre su novia, y todas esas cosas.

Todavía, después de muchos años, me hubiera gustado haber compartido con él mucho más. Me hubiera… gustado que entendiera mis gustos, mis aficiones, mis sentimientos… me hubiera gustado haber conversado sobre los tópicos que teníamos en común. Pero nos tocó vivir en épocas diferentes, épocas que crearon una muralla que ninguno de los dos supo superar.

No puedo enojarme con él porque vivió cómo la sociedad le ordenó. No… siento más rabia conmigo mismo. Me hubiera gustado alguna vez sentarme con él y… reír. Me hubiera gustado que se hubiera sentido orgulloso de mi y yo de él. Me hubiera gustado que hubiéramos sido como una de esas familias de la tele. Me hubiera gustado que alguna vez hubiera tenido en sus manos un diploma que hubiera dicho “Aquí está egresado como ingeniero en” no sé que cosa.

Pero lo que más siento es que quedaron cosas por decir… y que nunca se dirán.

- … quiero al menos… saber que él estará bien en el camino que seguirá.

- Eso dependerá de él desde aquí en adelante. Pero viendo cómo uno de sus hijos salió, pienso que su viaje será uno justo.

- …


No era un consuelo, pero… cuando sentí su abrazo, mis lágrimas decidieron caer como si estuvieran cansadas de esperar, de aquejar mi corazón y torturarlo. Intenté contenerlo, pero no tenía la fuerza para hacerlo ni la voluntad. Mis pensamientos se volvían nuevamente caóticos y difusos, imposibles de ordenar y hacer material.

Lo único que podía esperar… era que fuera feliz si había otro destino después de este y que ojalá lo hubiera sido en el que le tocó vivir.
Siria
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Siria
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