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Libros, deudas y droga [2º Concurso Escuela Aerandir]

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Mensaje  Sigel el Sáb Sep 09 2017, 11:16

Me planté frente a la pantalla del ordenador decidida a escribir lo que en cuatro meses no había escrito. A mi lado derecho tenía una taza de café endulzada con un chorro de licor barato y al izquierdo un flexo sin bombilla y un cenicero repleto de colillas; mis tres fieles compañeros de trabajo. La pantalla del ordenador me miraba fijamente, como si me estuviera acusando. El teclado no era más educado conmigo, sus teclas eran dientes que traqueteaban entre ellos emitiendo una risa socarrona. Pensé en escribir sobre la luz acusadora de la pantalla y el traqueteo de los dientes del teclado, al mezclar ambos elementos mi mente formó un hombre entrados a los cincuenta pero que se conservaba apuesto. Vi su piel artificialmente bronceada en las máquinas de rayo uva y su cálido cabello grisáceo peinado de forma que no pareciese que se estuviera quedando calvo. El hombre de imaginación llevaba gafas de sol, no se las quitaba de noche ni al entrar en casa. El único momento del día en el que se quitaba las gafas era cuando se tenía que reír de alguien. Sus ojos eran dos pequeñas bocas con millares de dientes que traqueteaban con una risa acusadora y socarrona.

Escribí todo lo que me imaginaba del hombre con dientes en lugar de ojos. Me parecía buen material. Al irse a la cama, mis lectores descubrirían que no podían dormir por culpa de mis pesadillas y, entonces, desearían no haber abierto las páginas del que sería mi futuro nuevo libro: “El hombre con dientes en los ojos”. ¡Era perfecto! Hasta ahora solo era un par de notas, delirios del alcohol, de la falta de sueño y de las drogas. Sin embargo, cuando comenzase a dar forma a lo que estaba creando, no habría hombre ni mujer lo suficiente valiente como para resistir las pesadillas del “Hombre con dientes en los ojos”.

Con un nuevo cigarro en los labios, el tercero de la mañana, examiné las dos páginas que había escrito en el ordenador. Los efectos del café se estaban desvaneciendo, me sentía débil y cansada; el momento perfecto para parar de escribir y leer todo lo que había escrito. Basura. Nada más que basura. ¿En qué estaba pensando? ¿Un hombre con dientes en los ojos? ¿Y eso tenía que dar miedo? ¡Joder! Parecía estar sacado de una vieja caricatura de Disney. Borré las dos páginas. Sin pensar por qué lo hacía, escribí dos líneas nuevas:

“Entre hechizos y escobas que barrían solas, el ratón Mickey tenía que luchar contra un hombre muy malo que tenía dientes en lugar de ojos”.

La luz acusadora de la pantalla me cegó los ojos. Poco faltó para que el teclado se comiera mis dedos con sus dientes disfrazados de teclas. Estaba alucinando. Abrí el segundo cajón del escritorio en buscando mis pastillas. En algún lugar, entre todos los papeles de basura, debía tener una tableta de mis pastillas. ¡Las necesitaba! El médico me las recetó cuando le confesé que era adicta a la heroína y el caballo. Tuve el presentimiento que él conocía muy bien mis adicciones. En aquel entonces, hacía cosa de casi dos años, mi piel tenía un asqueroso tono grisáceo, todo mi cuerpo estaba recubierto por horribles manchas amarillas y mis dientes, los pocos que tenía, eran montañas negras con caries amarillas.  Se veía a la legua que era una yonki de mierda. Los eufemismos eran para los cobardes, yo aceptaba lo que era: Yonki de mierda. Me lo repetía al espejo día tras día.  

Encontré las pastillas bajo un folio lleno de ideas tachadas. Tragué tres cápsulas, la dosis recomendada eran dos. No me sentí mejor, tampoco peor. La pequeña dosis de morfina de las pastillas me ayudó a calmar la abstinencia.

Las drogas tenían su lado positivo. Sin ellas no habría podido escribir mi primera novela: “Corazones de asfalto”. Por aquel entonces, los delirios me traían buenas ideas. Escribía sin pensar; así era como surgían las buenas historias. “Corazones de asfalto” fue un éxito en ventas. Me hice famosa al instante. Dinero, fiestas y droga. Durante unos pocos meses tuve todo lo que necesitaba tener. Todo gracias a la droga que alimentaba mi imaginación. El precio, a cambio, era pudrir mi cuerpo a un ritmo acelerado. Llegué a parecer un muerto viviente como los que aparece en las películas. Pero, aquello no era nada que la cirugía y el maquillaje no pudiera arreglar. Una chica rica, por mucho que se drogase, no podía parecer fea. ¡Qué buena vida aquella! La echaba de menos, echaba de menos ser una yonki de mierda. Aunque mi piel hubiese recuperado el color rosado y mis nuevos dientes, obra de los mejores dentistas, estuvieran sanos y fuertes, echaba de menos pasarme las noches en vela escribiendo ideas sin pensar. Los papeles del cajón donde había cogido las pastillas los había escrito siendo una yonki de mierda y tachado estando limpia.

Me pregunté si la drogadicta de hacía dos años le hubiera parecido buena la idea del “Hombre con dientes en los ojos”. Solo había una manera de saberlo… Bajo de mi colchón guardaba una caja de madera cerrada con un candado. La llave la tiré al alcantarillado, pero podía romper el candado con un martillo y, entonces…

Sonó el teléfono. Pensé que sería Dwight. El cabrón tenía un sexto sentido para saber cuándo pensaba en volver a drogarme. De no ser por él, ahora mismo, estaría muerta o celebrando la publicación de mi tercer libro. Un tiempo atrás, antes de escribir “Corazones de asfalto”, él fue mi pareja. A día de hoy, solo era un pesado que me vigilaba como un carcelero a sus presos.

Me levanté de la silla del ordenador y fui a la salita a coger el teléfono. No era Dwight, sino mi agente de la editorial, Charles Denver. Otro hombre que hombre que tenía un sexto sentido, éste lo utilizaba para saber si estaba escribiendo.

-No quiero escuchar ni una palabra más, Summer.- empezó a hablar con tono severo, ni siquiera saludó- Tus llantos ya no funcionan conmigo. Di el cuello por ti, ¿lo recuerdas? Jugué mi puesto de trabajo por tus caprichos de niña pequeña. Me despedirán si no acabas, de una maldita vez, tu libro. Juro que, si eso llega a ocurrir, iré a tu casa, te follaré, te mataré y luego te volveré a follar.- Hubo unos segundos de silencio. Luego Denver volvió a hablar con un tono de voz más suave, como si fuera un hermano. Por esos cambios de humor, le puse el mote de doctor Jekyll y mister Hill- Mira Summer, no sé qué hiciste con los veinte mil dólares que te dieron para que empezases a trabajar con tu segundo libro, pero sé que te harán si no lo devuelves, nos harán. Me metiste en tus juegos y ahora estamos los dos jodidos. Los de la editorial te dan un último mes. Si no terminas el libro, irán a por ti. No será agradable.- Otro silencio-¿Quieres decir algo?-

Me limité a mover la cabeza de lado a lado, estaba demasiado asustada para hablar.

-Oigo tu respiración, Summer. Supongo que no tienes nada que decir. Me alegro que esta vez, no  te hayas puesto a llorar-.

Se equivocó, realmente estaba llorando; pero me había tapado la boca con la mano izquierda para que no me escuchase.

Así eran todos mis días desde que acepté el trato de Charles Denver: veinte mil dólares antes de empezar a escribir para los preparativos previos a la obra y sesenta mil cuando estuviera terminada. Teniendo en cuanta los dos años de desintoxicación, la editorial me quiso dar un plazo de cuatro meses para terminar la novela que jamás había escrito y que, en cambio, les había mentido diciendo que ya casi estaba terminada. Cuatro meses en los que se resumía con la figura de una chica, desnuda de cintura para arriba, frente a la luz acusadora de la pantalla del ordenador y escuchando la risa burlona de los dientes del teclado. El teléfono sonaba, o era Charles Denver exigiéndome al menos un capítulo del libro o era Dwight asegurándose que no me estaba drogando en una esquina de la calle.

Esto tenía que terminar aquí y ahora. Estaba cansada, agotada. Apagué el ordenador, fue un alivio no sentir la luz de la pantalla. Arranqué el teclado de un tirón y lo estampé contra la pared del cuarto. Los dientes disfrazados de teclas se desparramaron por el suelo. Lancé el cenicero por la ventana. Grité todas las palabras que conocía, la mayoría de ellas se las había escuchado decir a Charles Denver. Por último, no menos importante, fui cogí la cajita de madera de debajo de mi colchón. La sostuve entre mis manos el tiempo suficiente para pensar si era realmente aquello lo que quería. Sí, lo era. No estaba dispuesta a perder tiempo buscando un martillo, usé el flexo para romper el candado de metal. La caja se abrió delante de mí como por arte de magia, como si fuera la cueva de Alí Babá después de decir las palabras mágicas: “Ábrete, Sésamo”.
Una jeringuilla y una cinta amarilla era todo cuanto había en la cajita, lo suficiente. No lo pensé dos veces. Usé las dos cosas, nunca se olvida cómo montar en bicicleta. Cerré los ojos y me dejé en caer en la cama. Me sentí bien, plena. Fue como si dentro de mí, no sabría decir si en el estómago o en el corazón, hubiera un vacío que solamente se podía llenar con la heroína. Y lo llené. ¡Joder! Claro que lo llené. Sentí que era capaz de cualquier cosa. ¿Escribir? Podía hacer mucho más, podía crear.

Busqué y rebusqué ente los cajones del escritorio un boli que tuviera tinta. Probé al menos trece, y todos estaban vacíos. ¡Mierda! Grité como gritaría el mister Hill de Charles Denver. Salí de casa llevando, únicamente, unas braguitas rosas. Estaba tan nerviosa, tan excitada, que no me daba cuenta que estaba en ropa interior. Tampoco sabía qué estaba haciendo. Después de tantos años limpia, el chute me afectó con más fuerza. El alcohol, los cigarros que llevaba y las tres pastillas que me había tomado para relajarme no ayudaron. En lugar de andar, daba saltitos con la punta de los dedos. Me escuchaba repetir que iba a comprar papel y boli para escribir, pero mi voz sonaba lejana, como si fuera otra persona la que estuviera gritando.

Unos hombres vestidos de azul y negro me agarraron por el brazo. En ellos vi la cara de Dwight.  

-Tiene que venir con nosotros, señorita-.

-Siempre quise irme a vivir contigo, Dwight-.

Uno de los dos me limpió la espuma de la boca mientras el otro me esposaba. No sentí ni el tacto de los dedos sobre mis labios del primero ni el apretón de las esposas de hierro sobre mis muñecas.

-¿Has venido para ayudarme, verdad? Siempre creía que algún día vendrías y me sacarías de aquí. Todavía me amas- Me escuché decir.

Los policías con la cara de Dwight me dieron una manta con el que taparon mis pechos. Me llevaron hasta el calabozo de la comisaria, allí me quitaron las esposas y me dieron algo de comer. La primera comida caliente desde hacía semanas. Dijeron algo que no entendí. Una parte de mí, todavía consciente, pensó que lo lógico sería que los polis decidieran esperar a que se pasase el efecto de la droga para volver a repetir lo que fuera que habrían dicho.

Me quedé sola, acurrucada en una esquina del calabozo, abrazada a la manta roñosa de los policías y deseando que Dwight viniera a buscarme.


Spoiler:

Día normal: Una chica se pone a escribir delante de su ordenador.
Eventos extraordinarios: Se martiriza por no poder escribir nada bueno, la llamada de su agente de la editorial y el tema de la drogadicción.


Última edición por Sigel el Vie Sep 22 2017, 08:40, editado 1 vez
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Mensaje  Matthew Owens el Jue Sep 21 2017, 23:41

¡Hola Sigel!

Primero que nada: En cuanto leí lo del hombre con dientes en los ojos me acordé de muy buenos momentos leyendo Sandman XD Así que te agradezco por eso:
The Corinthian:
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Ahora pasemos a lo serio...
Lo único que se me ocurre decir es que yo le hubiese dedicado más tiempo al cambio de ella luego de que consume la droga, creo que la descripción de "su día normal" esta maravillosamente narrada con lujo de detalles, y que la segunda parte quedó algo acotada y por eso no se noto tanto el contraste.
Un detalle muy pequeño es que algunas de las palabras eran muy... muy de donde sea que vivas XD No me complicó excesivamente la lectura, pero creo que podría cortarle un poco el rollo a alguien que este demasiado acostumbrado al neutro.

Los elogios ya los conoces de sobra, así que no voy a repetirlos =P

¡Saludos!
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Mensaje  Colm el Lun Sep 25 2017, 19:56

Hola Sigel, no te conozco, pero es hora de la venganza (?)

Hay una fluidez intermedia a causa de las constantes "aclaraciones" en mitad de las oraciones o quizás solo son las muchas comas. Puedes reestructurar, pero esa forma de escribir me parece más acertada, emula muy bien la narración de la chica, con las mismas pausas que haría mientras cuenta la historia a alguien. <--esta última oración es un ejemplo de falta de fluidez.

En la parte psicológica del personaje es coherente y el cómo es descrita a lo largo del relato concuerda con la narración. Una persona cansada con cierto desprecio por si misma contando su propia historia, se siente que la cuenta ella (no solo porque es en primera persona. No sé si me explico bien). Si me preguntan esa historia seguramente la contó a alguien en la celda.

Y ahora que leo Owen: recuerda que quien narra es la misma chica. Estaba drogada, no es mucho lo que pueda recordar y contar.
Colm
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