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[Evento Samhain] Capas de Pintura

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Mensaje  El Capitán Werner el Dom Oct 15 2017, 12:59

Un semicírculo de sillones y taburetes rodeaba la chimenea de la vieja taberna del puerto. Un hombre, un anciano y sabio marinero, estaba de pie en el centro del semicírculo. La luz del fuego de la chimenea hacía que las sombras de este hombre se vieran como monstruos a espaldas del semicírculo de sillas; para más inri, a medida que contaba su historia de terror, levantaba las manos de forma que las sombras parecieran garras apunto de coger a los presentes. En esos momentos, un coro de gritos de sorpresas y chillidos por parte de los más cobardes, se escuchaba por todos los rincones de la taberna. A una joven y bella mujer se le cayó al suelo la copa de la que estaba bebiendo y un hombre dio un vuelco que, sin saber cómo, se quedó en el suelo con el sillón, donde estaba sentado en un inicio, se sombrero.

Entre todos los hombres que escuchaban los relatos de terror de los marineros, el Capitán Alfred Werner era el único que permanecía en una posición firme y severa. Los tentáculos de su barba, completamente relajados, se movían con tranquilidad por su torso. En su mano izquierda, sostenía una copa de coñac en la que de vez en cuando daba pequeños sorbos. Las historias no eran aburridas, para nada; pero carecían del elemento sorpresa. El Capitán Werner las conocía todas, la mayoría de ellas, él mismo se las había inventado y hecho populares en formas de rumores. Había un cierto romanticismo saber que él era el poeta creador de las canciones y mitos, pero que nunca nadie lo sabría. Bajo el líquido de color cobre de la copa, el Capitán mostró una ahogada sonrisa. Pese a no tener miedo, estaba disfrutando de la velada.

La historia del marinero terminó, llegó el turno a otro marinero de levantarse de su sillón y contar su relato de terror, pero estaba demasiado asustado como para poder levantarse del suelo. El Capitán Werner, con una sonrisa de oreja a oreja, se levantó en su lugar. Dio un golpecito en la espalda del marinero con la pinza para indicarle que no tenía nada de qué preocuparse y se puso en el centro del semicírculo.

Esperó unos segundos a que los presentes se acomodasen en los sillones, que limpiasen los cristales rotos de las copas caídas y que los más cobardes se levantasen del suelo. El Capitán disfrutó de aquellos cortos minutos de espera. Eran casi tan aterradores y amenazantes de lo que sería su historia.

-Hacía horas que había salido el sol y todavía seguía en la cama. No por gusto sino porque ninguno de los muchos holgazanes que tenía como sirvientes había ido a despertarle con la bandeja del desayuno en la mano. Si por él fuera, haría horas que habría tomado su zumo de naranja y sus tostadas con mantequilla, estaría vestido con sus mejores harapos y ya habría empezado a trabajar en el taller que tenía en el sótano de su mansión. Es más, si estuviera en su mano, no tendría que repetir una y otra vez a todos sus criados que le despertasen antes de que los gallos cantasen, que cuanto más tardase en levantarse más tardaría en terminar su obra. Pero estaba rodeado de unos malditos vagos con cabeza de berberechos que hacían cualquier cosa para no cumplir con sus obligaciones.

Durante unos segundos, tanteó la mesita del costado de su cama, esquivando las botellas vacías de whisky barato que se bebió para coger el sueño, en busca de la diminuta campanilla de bronce que usaba para llamar a sus criados. Tenía la intención de hacerla sonar tanto que reventaría los tímpanos de cualquiera que le escuchase. Así aprenderían a acatar las órdenes del señor de la casa.

El ruido del badajo al entrechocar entre las paredes de la campana inundó toda la mansión. No hubo ser vivo que no lo escuchase.
–para acompañar la historia, el Capitán imitó con la boca el sonido que haría la campana - Si causar un alborotó era lo que el pintor quería, lo había conseguido a la perfección. Aun así nadie acudió a su llamada. Sin el sonido de la campana, la mansión daba la impresión de estar completa y tristemente vacía.

“¡HOLGAZANES!” Gritó el anciano pintor lanzando la campana de bronce contra la pared de la habitación.  

Aun despierto y furioso, tardó unos instantes en levantarse de la cama. Su cuerpo paliducho y lamido le pesaba tanto que apenas podía quitarse los enormes cubres de encima sin ayuda. Por no hablar de su pierna izquierda, después del accidente, ésta no se había convertido en poco más que un trozo de carne tan inútil como lo eran sus criados de la mansión. Si no fuera por su elegante bastón de madera negra coronado con un cuervo de plata fina, el viejo no podría caminar.

Cuando por fin pudo levantar su esquelético trasero de la cama, gritó las maldiciones e improperios propios de aquella hora del día. Solo decía paparruchas, cosas sin sentido.

Con paso lento pero seguro, el anciano pintor abandonó su habitación. Tenía los ojos tan legañosos que ni siquiera se dio cuenta que, la que había dejado atrás, era la cama de matrimonio que hubo un tiempo que olió al perfume que utilizaba su mujer. Para él, bien podría haber sido la caseta del perro, no había diferencias ente las dos. De lo que sí se dio cuenta y sí reconoció pese a tener los ojos tan sucios, fueron sus cuadros. Todas las pinturas que a lo largo de su vida hizo con sus propias manos o comprado a otros pintores tan prestigiosos y aclamados por el público como lo fue él en sus buenos días. “El General Robisson” era uno de sus cuadros preferidos, éste estaba colgado en la pared izquierda de la habitación, a la derecha “Hombre montado a caballo” su primera gran obra, enfrente de la cama un simple pero siempre bello bodegón, y, justo en el parte superior sobre el reposadero  del lecho de matrimonio, un hueco vacío que con suerte llenaría esa misma tarde.

Ya que sus criados no le habían despertado ni preparado el desayuno, el pintor bajó las escaleras hacia el piso inferior de la mansión directo a su despacho. Allí hizo lo propio de cada mañana, desayunar: cogió una botella de ron viejo que se bebió  con cinco grandes sorbos sin ni siquiera saborear el brebaje que otros hubieran pagados cantidades desorbitadas con tal de probar. Después de maldesayunar, y tras la segunda tanda de maldiciones, éstas nacidas por las rejuvenecedoras fuerzas del alcohol, fue hacia el baño del despacho a hacer lo más básico en su higiene diaria: Una hez de un color más verde que marrón y una pequeña ducha con agua sucia y fría. Una tercera tanda de maldiciones dio fin a los rituales que venían con el nuevo día. Con suerte, ya no diría más paparruchas hasta la hora del almuerzo.

El pintor, con un paso más rápido y despierto que el que hizo recién levantado, fue hacia su taller en el sótano de la mansión. Allí preparaba la que estaba decido que fuera su nueva mejor gran obra. Bajo una tela se ocultaba el lienzo vacío, un lienzo que llenaría de vida al finalizar del día y, tras admirarlo unos instantes, lo colgaría sobre el cabecero de su cama de matrimonio.

Cada pintura nueva era como un nuevo y último viaje. Lo que primero hacía antes de comenzar a pintar era cerrar los ojos y dejarse guiar por los caminos confusos que el nuevo viaje le ponía delante para que los recorriera. Cada cuadro era único en su propia manera de serlo, por eso cada cual tenía su propio nuevo viaje y, también, el último pues, aunque quisiera repetirlo, volver a viajar, no lo podría hacerlo. Ya intentó repetir una vez el camino que hizo cuando pintó “El General Robisson” y no lo consiguió. Los viajes se desordenaron, cambiaron de dirección o aparecieron señales nuevas que no recordaba que estuvieran ahí cuando hizo al General. Fuera como fuere lo que guio al pintor, le llevó al fracaso. No pudo volver a hacer a “El General Robisson”, lo que vino, después de recorrer esa larga carretera, fue el cuadro que bautizó como “Hombre feo con nariz de berenjena y cuerpo de longaniza”; el título de la obra describía por sí misma lo mala que fue.

“Hombre feo con nariz de berenjena y cuerpo de longaniza” le costó su prestigio y su dignidad. Ese camino por poco le llevó a la más miserable de las ruinas. Pero aquello se acabó, por fin terminó. Esta nueva obra iba a ser perfecta e iba a ser toda para él. A la mierda el prestigio, la fama y la fortuna. Lo único que quería era recuperar la dignidad que perdió con “Hombre feo con nariz de berenjena y cuerpo de longaniza”.  Este nuevo y último viaje, sería el mejor que recorría en toda su vida.

Pum, pum y pum. Alguien llamó a la puerta de su taller justo en el momento en el que iba a poner la primera capa blanca sobre el lienzo. Seguramente fuera alguno de los maleducados mejillones que tenía como criados. Vendrían a hacerle recordar que se tenía que tomar las medicaciones o alguna que otra simpleza por el estilo.

“¡Largo!” Graznó como un cuervo el viejo a la vez que daba una patada con la pierna mala a uno de los botes vacíos de pintura roja que estaban esparcidos por todo el suelo del taller.

Pum, pum y pum. Volvieron a sonar los tres golpes a la puerta pese a los gritos del viejo.

“¡Di lo que quieras desde allí y vete!” Volvió a gritar el pintor. Como respuesta solo obtuvo otros tres golpes secos a la puerta. Pum, pum y pum.

Por mucho que levantase la voz, quién fuera que estuviera en el otro lado no iba a hacer el menor de los casos. Cansado, el anciano pintor tomó su bastón coronado con la figura de un cuervo de plata y fue hacia la puerta del taller. La abrió, pero no vio a nadie. Lo que vio, lo describió con una palabra: Nada. Una absoluta y desconcertante nada. Ni cuadros adornando la pared de los muchos pasillos de su mansión, ni alfombras rojas perfectamente cepilladas sin ninguna muestra de pelo del perro de la familia… Solo Nada. Para ser más precisos, la Nada era poco más que una línea recta y negra.

Pensando que tal vez sería alguna broma de mal gusto de sus criados, pues era posible que hubieran quietado todos los adornos y bajado las ventanas para que no entrase la luz del día, el viejo pintor comenzó a andar a través de la línea negra mientras no dejaba de pronunciar sus maldiciones y paparruchas. Más temprano que tarde, se dio cuenta de algo que cualquier persona sorbía hubiera sabido antes incluso de abandonar el taller: El camino no tenía fin. Por mucho que caminase, por muchos bastonazos que diese y por muchas patadas con su pierna mala que golpease a las paredes (si es que había paredes en la línea negra) eran inútiles.

“¡Allá vosotros, ya os cogeré por el pescuezo y os haré pagar por esto!” Gritó más paparruchas a unos criados imaginarios a la vez que se giraba de vuelta al taller, pero éste ya no estaba en su lugar. En ambos sentidos, el camino recto y oscuro se volvió interminable. “¡MALDITOS!” Fue un grito desgarrador, como si a alguien le hubieran quitado aquello que más preciaba. “¡Hasta que no me devolváis al taller no seguiré caminando!” Rugió de nuevo al elenco imaginario de sirvientes.

Un sonido, que el pintor reconoció como familiar, venía desde una de la punta opuesta de la línea recta y negra. Era como si veinte personas dieran golpes con sus dedos, todos a la vez, a una mesa de madera.–
De nuevo, el capitán imitó el sonido que narraba. Con los tentáculos de su mano izquierda, golpeaba, cada a más intensidad, el marco de la chimenea. -El anciano se giró hacia la dirección por donde venía el extraño ruido.

Allí estaban sus criados corriendo hacia él como alma que lleva el diablo. Cuando los tenía a no más de metro y medio de distancia, se dio cuenta de algo de vital importancia acerca de sus criados y que, por la edad y sus enfermeras había olvidado: sus sirvientes no existían realmente. Si un día tuvo todo un ejército de criados y doncellas obedeciendo cada uno de sus vicios y manías, le habían abandonado hacía tiempo dejando al señor de la casa solo con las ratas negras de la mansión. Y eso mismo era lo que iba hacia él. Casi un centenar de ratas negras y peludas corrían y se empujaban entre ellas como si fuera una carrera cuyo premio final era un reluciente trozo de queso recién cortado.

No hubo maldiciones esta vez. El pintor solo corrió hacia el lado opuesto de dónde venían las ratas. Por alguna razón que solo él era capaz de comprender, creía que las ratas le iban a devorar como venganza por no haberle pagado el salario del mes pasado.

¡Una puerta! Ante él vio una puerta en el inmenso corredor negro que más nunca fue infinito. No dudó en coger el pomo de la puerta, entrar en la habitación y cerrarla de inmediato antes de que las ratas le comieran vivo. Le dolían las dos piernas, la inútil y la buena. Su bastón perdió el cuervo de plata que le coronaba, a estas alturas, seguramente las ratas ya habrían roído el adorno hasta dejarlo irreconocible. El pintor se tuvo que apoyar en una de las cajas cercanas a donde acababa de entrar antes incluso de prestar atención en el lugar dónde estaba.

Volvía a ser taller, pero con algunas diferencias, o mejor, una diferencia muy importante. Sobre el techo colgaban ahorcadas todas las ratas que unos segundos antes le habían estado persiguiendo. –
en las sombras de la vieja taberna aparecieron las ratas colgadas.-

Solo un grito seco, sin maldiciones ni paparruchas, asomó por la sucia boca del viejo. Un grito que tomó la forma de un vendaval y ondeó las ratas colgantes como si fueran banderas dirigidas por un fuerte viento huracanado.

En medio de todas las ratas colgantes estaba el lienzo del cuadro que quería haber empezado antes de que los golpes en la puerta le interrumpiesen. Con miedo y con cierta curiosidad malsana, el pintor fue a ver el cuadro. Sin saber cómo lo había conseguido, la primera capa estaba ya preparada. El blanco que veían sus ojos era el más puro y brillante que nunca había hecho. La mejor de sus obras necesitaba un inicio magistral y éste era el mejor que había conseguido en toda su larga vida. Y es que, no había nada como el polvo de hueso humano mezclado con pintura blanca para dar ese perfecto matiz amarfilado que toda primera capa necesitaba.

Otros tres golpes secos sonaron tras el otro lado de la puerta. Esta vez, por nada del mundo, el pintor se iba a mover de donde estaba. Ese último lienzo era su vida y no iba a dejar que Ella se lo arrebatase. Pues, después de ver la figura real de sus criados, si de algo estaba seguro, era que Ella existía y que quería dominar su nuevo y último viaje.

“Paparruchas.” maldijo con un hilo de voz a la vez que abrazaba el lienzo sin soltar el bastón sin cuervo por si tenía que volver a echar a correr.

Cada cinco segundos contados, los tres golpes consecutivos volvían a sonar. Cada vez más fuerte y cada vez más fuerte. A su vez, las cuerdas que ataban los cuellos de las ratas, se balanceaban en un enorme círculo alrededor del lienzo y del pintor como si estuvieran guiadas por los propios golpes. Cada vez más rápido y cada vez más rápido.

“No te lo llevarás. Es mío”.

Las ratas abrieron los ojos comenzaron a gruñir al unísono de forma tan espantosa que parecía que se estuvieran asando vivas. Los lamentos de rata quemada era algo que ya había escuchado antes; y también olido. El pelo quemado tenía un olor espantoso, peor que el hedor de quince mofetas unidas por una cuerda. Mas, si algo odió y le repugnó sobre todas las otras cosas, fue notar el pelo quemado, apestoso y grasiento, caer encima suya como si fuera una ligera lluvia de primavera. ¡Iba a por el cuadro! Ella quería hacer daño al cuadro. Lo quemaría con el pelo de rata. No lo podía permitir. Se encogió en el suelo como si fuera una tortuga y puso bajo de sui panza la que sería su mejor obra para protegerla del fuego. El pintor era el caparazón y el cuadro el cuerpo de la tortuga.

Aunque todavía no se veía nada pintado en él, ese lienzo era especial. No era un cuadro hecho con simple papel del tipo que cualquier aficionado de pacotilla lo podía conseguir a bajo coste; ahora que lo veía de cerca se daba cuenta de ello. Era cuero de la mejor calidad. El mismo pintor la había desollado y limpiado lentamente con un cuchillo que robó de sus cocineros, cuando todavía tenía cocineros a los que poder robarles los cuchillos.

De repente, con la misma rapidez con la que vinieron los golpes, estos cesaron de inmediato. También la maloliente lluvia de pelo quemado; ya no quedaba más cabello en las ratas para que siguieran gimoteando. Éstas se convirtieron en trozos de carne negra colgadas del techo, de no ser por las colas y los dientes, parecían morcillas expuestas en una carnicería de dudosa calidad. Oferta del día, la especialidad de la casa: morcillas quemadas con sabor a rata. A doce aeros el kilo. Esa pequeña burla en su cabeza le tranquilizó durante un rato y volvió a poner el lienzo sobre el caballete. El viajo no había terminado.

Por fin, y sin distracciones por parte de las ratas ni de Ella, dejó apoyado en el caballete su bastón negro sin cuervo de plata, cogió la tableta de colores y el mejor de sus pinceles y, de nuevo, se dispuso a dar una pincelada al cuadro.

Los movimientos fueron gráciles, parecía que el pincel se movía solo por el lienzo. El anciano estaba maravillado. No era consciente de lo que hacía, pero tampoco le importaba. En sus ojos, estaba viendo una gran obra. Lloraba y reía de alegría e ilusión. Estaba disfrutando del viaje.

Esta vez no hubo golpes que le interrumpiesen; la puerta se abrió de repente y Ella entró. El caballete con el lienzo y la tableta de colores se convirtieron en pura ceniza. En las manos del anciano solo quedó el pincel y el bastón sin cuervo que consiguió coger en el aire antes de que éste cayera al suelo. Más tarde toda la habitación se convirtió en pura cenizas. Todo por culpa de Ella.

Después del fuego y los gritos solo quedaba la ceniza. Aunque le doliese recordar aquella lección que, por desfortuna, había aprendido, no podía sacársela de la cabeza. Con la punta de su bastón tanteó los restos de cenizas buscando su gran obra perdida o algo que contradijese la maldita lección. No hubo nada. Ni un trozo de papel, una rata quemada con apariencia de morcilla ni siquiera un mechón de pelo apestoso. El único pelo que disponía el viejo, a parte de las pocas canas que rodeaban su calva, era el de su pincel. No estaba hecho de las hebras de un caballo, sino de un tipo de cabello más fino y sedoso que el de cualquier animal. Cabello humano, por supuesto. Así conseguiría llegar a hacer los detalles más pequeños y precisos.

Un gran montón de cenizas se juntaron en frente del viejo dibujando dos siluetas femeninas, una más grande y una más pequeña. Las figuras, madre e hija, tenían se cogían de las manos y miraban al pintor con unos ojos tristes cargados de odio y resentimiento.  Ella solo era una de las figuras, tal vez Ella era la figura que menos le importaba que le mirase como si fuera un maldito despojo de maldad y fracaso. Es más, si solo estuviera Ella, el viejo hubiera cogido su bastón sin cuervo y la hubiera amenazado y gritado con todas las paparruchas que conocía como muchas otras veces había hecho cuando vivía. Su mujer nunca le hacía caso. A Ella le importaba más su piano y las canciones que componía que obedecer a su marido. Más de una vez tuvo que educar a golpes de bastón a esa zorra desagradecida. De no ser por él, Ella seguiría tocando en un bar de mala muerte mientras unos chiflados le gritaban que enseñase los pechos. La otra figura era su hija y, delante de su pequeña, no podía hacer ningún mal.

Cerró con mucho pesar los ojos mientras ambas mujeres le observan con odio y desdicha. Cuando los volvió a abrir volvía a estar en el taller con sus pinturas, las ratas quemadas colgadas del techo y, algo nuevo, una gran capa de ceniza que cubría todo el suelo.

En el lienzo, que volvió a aparecer sobre en su lugar sobre el caballete, también había algo nuevo. El pintor no recordaba haberlo hecho, estaba tan abstraído en el viaje que no se daba cuenta de las cosas que le hacía al cuadro. En el cuadro había dibujadas unas pinceladas rojas de prueba. Éstas eran rápidas y poco profundas, con una ligera pasada de agua, se borrarían sin dejar rastro.

En ese momento, el pintor recordó el color preferido de su hija. El rojo, ¿cómo no? También era su color preferido. Quizás era algo que venía de familia, igual como el don para la pintura. Desde bien pequeña, su hija empezó a aficionarse a dibujar todas las cosas que le gustaban. Lo que más pintaba era al perro de la familia, ese saco de pulgas que no hacía más que ladrar y despertarle a las altas horas de la noche. En los dibujos de la niña, el perro era de color rojo, igual como las ramas de los árboles y el agua del río. Pudiendo elegir colores, ¿por qué conformase con las imágenes reales? Ella quería verlo todo de color de rojo. Al anciano pintor le hacía mucha gracia explicarle qué las cosas se tenían que pintar de su color correspondientes, aunque sean colores feos como el marrón o el negro.

Las paredes del taller comenzaron a llenarse de los dibujos de la niña. Una sonrisa tierna y melancólica se dibujó en los labios del pintor. Hubo un tiempo que pensó que nunca más volvería a ver esos trozos de papel mal pintados. Ríos rojos, árboles rojos, cielo rojo… Todo de color de rojo.

En tributo a su hija, el color que usó para pintar la última de las obras era el rojo. Le había costado tanto conseguir esa tonalidad tan pura y tan roja, tantos sacrificios. No lo lamentó, lo hizo por su hija, todo fue por ella. Si cogió los punzones para pincharle y le conectó toda esa serie de tubos que, en un principio fueron pensados para destilar cerveza, fue para conseguir el perfecto color rojo sangre.

Ella, como la sombra que era, volvió a interrumpir en el taller. Pum, pum, pum.

“¡FUERA DE AQUÍ! “le gritó al fantasma de su mujer como tantas veces le hubo gritado en vida. “ES MI HIJA NO ME LA ARREBATARÁS DE NUEVO”

Ella estaba celosa, siempre lo estuvo. Envidiaba la relación que el pintor tenía con su hija. No soportaba ver como ella le quería más a papá que a mamá. Por eso la intentó matar ahogándola en la bañera. Desde que nació, Ella no hubo hecho otra cosa que intentar matarla. El médico dijo que era un trastorno debido al estrés que sufrió en el parto y que, después de unos meses, Ella volvería a ser una mujer normal y corriente. De los meses pasaron a los años y Ella siguió igual. Era una celosa. Envidiaba el triunfo de su marido y el amor de su hija.

Después de la sombra vino el perro, con el mismo aspecto a morcilla quemada que tenían las ratas del techo. El pintor supo, inmediatamente, la razón de la visita del animal. Él también lo odiaba. Claro que sí, él fue el primero y el que le costó la pierna izquierda.

El pintor recordó aquella noche que, armado con una antorcha y una botella de vino barato, quemó la caseta del perro con el perro dentro. Aquella noche debió de ser más inteligente y tapar la caseta con algo más que un trozo de madera. El chucho, a pesar de estar en llamas, consiguió salir echando la madera al suelo y mordió la pierna izquierda del pintor dejándola completamente inútil. Recordaba tan bien la escena porque la estaba viendo en el mar de sombras y cenizas que era su taller.

Los errores que cometió con el maldito perro no los cometió cuando quemó a Ella, a la pianista que fue la mujer del afanado mejor pintor de Lunargenta. No se sentía bien con aquel recuerdo. No por el mero hecho de matar a una zorra; eso, en cierta manera, era lo de menos. Se sentía mal porque una inocente niña, que poco entendía del mundo de los adultos, le vio asesinar a su madre con la sonrisa taimada y los gritos aborrecedores que espantó a todos los criados que una vez hubieron trabajado en la mansión del pintor.

La niña, su pequeña hija, gritó, chilló y lloró. Todo el amor que tenía a su padre desapareció en ese instante. Ya no quería que la cogiera en brazos ni que ambos se pusieran a pintar en el taller, cada uno con su propio caballete hecho a medida. Solo quería llorar y estar lejos del hombre malo que mató a su madre.

No lo entendía, ni nunca lo entendería. Por fortuna, el pintor, tuvo una idea para que ambos estuvieran unidos. Tuvo la perfecta idea de crear un cuadro. No sería una simple pintura como lo fueron todas las demás, sería el cuadro de su hija con los miembros de su hija: Hueso, piel, cabello y sangre.

El cuadro terminó de formase y el viaje, al fin, hubo terminado. Volvió al taller, la misma habitación triste y polvorienta, donde había empezado. Latas de pintura vacía a un lado, lienzos rotos por el otro y algún que otro caballete de madera podrida tirado en el suelo. El cuervo de plata estaba en el bastón como si nunca se hubiera despegado de él. Nada de sombras, nada de cenizas ni nada de ratas quemadas colgando del techo. Este fue el fin del agonizante y confuso viaje.

La que creía que era su obra maestra estaba delante suya, un cuadro completamente rojo en el que su locura le hizo ver que allí vivía su amada hija-.


Un relámpago, fuera de la taberna, hizo que los oyentes vieran el bodegón que adornaba la chimenea bañado con una tonalidad roja.

-El pintor cogió el cuadro rojo con sumo cuidado y cariño, como si estuviera cogiendo en brazos a su propia hija. Abandonó el taller y fue al piso superior, directo a su habitación. Una vez allí, colgó el cuadro en el lugar que ya había elegido, justo encima del cabezal de la cama. Echó una mirada a su alrededor antes de ir a dormir y descansar del agotador viaje. “El General Robisson”, “Hombre montado a caballo” y el bodegón de frutas no estaban; igual como los criados, formaban parte de sus delirios matutinos. Todos los cuadros que había en el cuarto estaban pintados de un único color: el color favorito de su hija-.

El segundo relámpago, hizo que toda la vieja taberna del puerto fuera de color roja. Uno de los marineros dijo que esa historia era mentira, que una niña no podía tener tanta sangre como para pintar varios cuadros de color rojo. Entonces el Capitán Werner sonrió, era la pregunta que esperaba a oír. La respondió con otra pregunta:

-¿Quién te ha dicho que solo hubo una niña?-

Las sombras proyectadas por el fuego de la chimenea bailaron cambiando de sombra. Eran las ratas que colgaban del techo, el perro quemado, el incendió con el que el pintor protagonista de la historia quemó a su hija y era un grupito de niñas inocentes que nada conocían sobre cuadros ni pinturas. Detrás de las niñas, unas manos, como las garras de un animal, las cogieron por el cuello.

-Si tenéis una hija a la que cuidar, no la dejéis ir sola-.
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