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Mensaje  Jericó el Dom Abr 02 2017, 23:06

Amanecía un nuevo día en la ciudad de Lunargenta. Aquella mañana el fraile se asomó temprano a visitar a la pobre gente que dormía junto al santo edificio, buscaba a alguien en particular. La noche anterior acordó con un viejo amigo suyo, mercader, que le mandaría a algunos jóvenes trabajadores para el recado. Mano de obra barata. Necesitaban reparar sus carromatos, pues con los baches del camino se había deteriorado más rápidamente de lo normal.
El mestizo aún dormía, pues en la cara norte del campanario a esas horas todavía no llegaba la luz del sol. -Jericó, hijo, despierta.- dijo el buen hombre con una voz ronca pero imbuida de un cariño paternal difícil de describir, mientras buscaba el apoyo de su rodilla en el suelo y posaba su mano con cuidado sobre el hombro del joven. Jericó abrió los ojos aprisa, sorprendido, no estaba acostumbrado a que le despertaran. -Tranquilo, soy yo, el padre Amadeus.- dijo con una arrugada y amplia sonrisa, con la que el elfo pudo bajar la guardia, reconociendo la cara de aquel hombre. Lo cierto es que no conocía el nombre de todos los pobres desgraciados que tenían que dormir a la intemperie junto al campanario, pero el de Jericó enseguida lo aprendió. El muchacho no dudaba en prestarle su ayuda para todo tipo de minúsculas tareas, incluso compartía lo poquísimo que tenía con sus compañeros de calle, y pronto vio en su interior todo bondad. -Arriba Jericó, tengo buenas noticias.-

Tras contarle acerca del trabajo, el joven se apresuró para ir a desayunar: un poco de pan y vino gracias al hombre que cuidaba de él harían el apaño. Abusó un poco más de la amabilidad del fraile cuando le pidió por favor que guardase sus escasas pertenencias en la consigna de la iglesia. Sin importarle demasiado su aspecto, pues aquellos harapos estaban sucios del suelo de la calle, se dirigió hacia la finca que le indicaron, con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba feliz, era imposible disimularlo, ¡había encontrado un trabajo! No era gran cosa, apenas una faena, pero iban a pagarle lo justo para poder empezar a salir de aquella miserable vida. Además, estaba seguro de que a partir de ése momento, las cosas irían mejor.
Llegó a la finca, la cual estaba situada junto a la puerta de la ciudad, tenía un gran terreno alrededor y el edificio en sí era de aspecto ruinoso, de seguro muy antigua. Le dijeron que debía acudir a la parte trasera, al patio, y allí encontrarse con el resto de mozos. Sin embargo, allí no había nadie, nadie más que una yegua marrón. Era un bonito animal, de hecho Jericó no se pudo resistir a acercarse y acariciarlo, empezando desde la frente, hacia el cuello, surcando el lomo, donde terminaría dando un par de débiles palmadas. Observó el carromato dañado, dando un par de vueltas a su alrededor. Una de las grandes ruedas estaba rota, completamente, mientras que las demás estaban todas lastimadas, astilladas, y en definitiva en bastante mal estado. Además estaba muy guarro, embarrado, y por el olor estaba seguro de que muchas de esas manchas de salpicadura no eran de barro precisamente.

-Eh tú.- le sorprendió una voz grave. -¿Eres uno de los jornaleros que envía el padre Amadeus?- preguntaba un hombre de brazos peludos y grande como un armario. El joven asintió tras tragar saliva. -Menudo esmirriado me manda ese gordo...- protestaba aquel gigante, sin importarle que Jericó lo oyera. -Está bien, tú te encargarás de este carromato, déjalo como nuevo, tienes todas las herramientas por...- dijo, mientras señalaba vagamente sin saber a donde. -...ahí, búscate la vida.- y dicho esto dio media vuelta, alejándose. -¿No va a venir nadie más a ayudarme?- preguntó curioso el mestizo. Aquel hombre se paró, mirando de reojo. -¿Tú ves a alguien más? Aprovecha, trabaja duro, gánate la paga de cinco hombres tú solo, y luego le das las gracias al fraile...- y se fue.

Jericó se puso manos a la obra, no tenía tiempo que perder. A pesar de que no tenía ningún tipo de conocimiento de carpintería, aquel trabajo no debería ser complicado en exceso, o eso pensaba él. Buscó dentro de un cobertizo algunas herramientas básicas, como un mazo, algunas cuñas y tacos de madera; y revisó que el carromato estuviera vacío, a lo que tuvo que remover un par de cajas y poco más. Una vez vacío, se dispuso a colocar unos cuantos tacos de madera de forma que quedasen un poco más altos que la caja del carro, hizo dos pilas. Luego, colocándose debajo de éste, hizo uso de todas sus fuerzas y, sobre sus hombros, empezó a levantar el carromato hasta dejarlo sobre los tacos de madera. El apaño servía. Por supuesto que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero aquella le parecía la forma correcta de hacerlo.
No sin costarle un verdadero dolor de cabeza, logró quitar la rueda partida de su sitio y la echó a un lado. Siguió con su faena y cogió la rueda nueva, que pesaba mucho más que la anterior. Sentía los brazos doloridos y cuando los relajaba le temblaban, pero al final consiguió colocarla en su sitio. Descansó unos instantes y, enseguida que recobró el aliento, repitió el esfuerzo de antes para remover los tacos y dejar el carro en el suelo. No pudo evitar esbozar una sonrisa en cuanto vio que había realizado la faena con éxito y el carro se movía con la rueda nueva.

Prosiguió con su faena, raspando toda astilla de las demás ruedas, lijándolas, dejándolas bien pulidas y limpias. Llegaba el medio día, y las gotas de sudor corrían por la cara de Jericó, que no dudó en librarse de su camiseta, dejando a la vista su pálida piel que no tardaría en enrojecer bajo los rayos del sol. Daba suspiros cada vez que podía, hambriento, se mareaba solo de pensar en la cantidad de trabajo que todavía le restaba. Cuando terminó con las ruedas se alegró, pues pudo ir hacia el pozo a por un cubo lleno de agua. En un principio era para bañar un trapo y limpiar el barro del carro, pero no aguantó más y se lo echó con cuidado por encima, bebiendo en el proceso. El agua fresca estaba perfecta, era un verdadero alivio entonces. Finalmente volvió a su tarea, con algo de suerte terminaría a tiempo para comer algo en alguna taberna, por fin tendría algo de dinero para una comida decente.
Lo dejó realmente impecable, quedarían seguro más que satisfechos con su trabajo. Feliz, andaba de espaldas dirección al pozo mientras contemplaba su obra. Allí subió un cubo más y mojó en él su camiseta, la cual usó para quitarse el sudor de la cara y cuerpo. -Necesito ver a un sastre...- pensaba mientras miraba el trapo que llevaba por camiseta, sucio y ahora mojado.
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Re: Cambiando estrellas [Interpretativo - Libre]

Mensaje  Lisbeth el Lun Abr 03 2017, 00:09

Los árboles la rodeaban de nuevo, la sombra de uno de ellos y su espesa copa le había servido de cobijo para la noche. Continuaba echando de menos su antigua ropa, aquella que le había conseguido el hombre que conoció, cosa que agradeció mil veces, no era más que un vestido algo más ajustado de lo que era el suyo de siempre y de color marrón. ''Bien Beth, dile adiós al verde'', pensó para sí en el momento en el que se miró. Ciertamente y gracias a haberse buscado un poco más ''el pan'' hace días atrás, había conseguido darse un baño en una especie de lago no muy lejos de allí y su pelo lucía mucho mejor, además de su piel que ya no tenía manchas resecas de sangre. El cambio era más que notorio, pero ella seguía temerosa por entrar a la ciudad, ¿el motivo? No tener nada con lo que ocultar su rostro.
Ya había tenido problemas tiempo atrás con los guardias, no pensaba que fuese a haber mucha diferencia ahora, ¿y si la reconocían? Suspiró, no tenía ganas de ponerse a pensar tan temprano en eso.
Aún así ese debía ser el día, llevaba ya unos cuantos desperdiciados por los alrededores pensando en qué hacer y qué no y ahora que lo tenía todo para poder empezar a buscarse la vida allí, principalmente para poder viajar a Beltrexus o a cualquier otro sitio que le resultara familiar, debía de tener al menos algo de dinero, una bolsa, algo más de abrigo, recursos en si de los que ahora no podía disponer de ninguna forma.
Pensando en todo esto y convenciéndose a si misma, se levantó y tras desperezarse y notar su espalda algo resentida por usar un tronco duro de respaldo, adecentó su pelo y el vestido para dirigirse a la entrada principal de la ciudad.

Por el camino no paró todo el rato de tocarse el pelo, nerviosa en un gesto que no era propio. Esto lo vieron de lejos los guardias que custodiaban la entrada y lo tomaron más por un gesto seductor que por un gesto de nerviosismo. Ignorantes y sin recordar quién podría ser esa mujer, ya que el cambio de indumentaria ayudaba bastante, se quedaron observándola poco a poco mientras se acercaba hasta tenerla delante:
-Buenos días señorita -Saludó uno de ellos, la rubia se veía todo un manojo de nervios y los guardias no parecían notarlo, estaban más concentrados en que una mujer ''nueva'' quisiera entrar a la ciudad-, ¿qué asuntos la traen a la ciudad? -Continuó preguntando mientras el otro la miraba de arriba a abajo y el flujo de gente que entraba y salía aumentaba aprovechando la distracción de los dos.
En una de esas pasó una mujer mayor que tenía pinta de llevar toda la vida trabajando con sus manos pues las tenía muy maltratadas y, cesta en mano, inspiró a la bruja a dar la respuesta que necesitaba.
-Vengo a vender cestas -Dijo de repente como quien no quería la cosa y totalmente convencida. Señaló, de hecho, a esta mujer que acababa de pasar y uno de los guardias fue en su busca para preguntar cómo había pasado sin más y ver si la muchacha la acompañaba como había insinuado.
De repente los dos hombres se dieron cuenta del error que habían cometido distrayéndose con aquella chica y los dos se pusieron manos a la obra para parar el flujo de gente. Obviamente ella aprovechó y sin pensarlo dos veces se mezcló con los demás y se escabulló a toda prisa.

En cuanto pensó que se había alejado lo suficiente, paró en seco y miró a su alrededor. No se había dado cuenta de que las calles de Lunargenta no habían cambiado en absoluto. Sus gentes también seguían vistiendo de la misma forma y esperaba eso si que no tuvieran la misma actitud de hacía tiempo.
Lo que tocaba ahora era pensar qué hacer, ¿cómo iba a ganarse el pan y el dinero que necesitaría para viajar? De repente se le vino a la mente: la Iglesia, allí solían ayudar a los pobres en muchos sitios, puede que allí también lo hicieran así que se acercó a la primera persona que tuvo a mano y preguntó dónde podía encontrar tal sitio.
Siguiendo las indicaciones que le dio un hombre que tenía pinta de venir de una fiesta en una taberna ya recién empezado el día, necesitó varios intentos y varias personas más a las que preguntar hasta  que logró estar enfrente de dicho edificio. Lo cierto era que nunca había visto la iglesia de Lunargenta y le pareció que estaba algo alejada de la mano de Dios, irónicamente.
Una parte de ella no se atrevía a entrar al interior pero dio la casualidad de que había un hombre con cierta cara paternal y ojos compasivos hablando con la gente que se acumulaba a las afueras de la construcción. Se acercó al mismo y al confirmar que se trataba del Padre Amadeus pues así dijo que se llamaba, le explicó su situación y pronto comprendió que los que estaban por allí eran igual de pobres que ella, y que todos esperaban su oportunidad para trabajar y ganarse el sustento.
Le habló concretamente de una persona a la que hoy le había conseguido trabajo y eso la esperanzó en cierto modo, pero no se sabía cuándo podía llegarte la oportunidad y eso no la convenció en absoluto. ¿Qué se supone que iba a hacer ahora? ¿Esperar sin más como hacia toda esa gente y vivir de la caridad? Estaba empezando a pensar que había sido una idea pésima irse de su hogar natal.
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Re: Cambiando estrellas [Interpretativo - Libre]

Mensaje  Jericó el Lun Abr 03 2017, 02:24

Mientras esperaba a que su ropa se secase, el joven elfo se sentó sobre un tocón viejo dentro de aquel cobertizo. El sol brillaba con fuerza ese día, pero allí dentro corría cierta brisa muy agradable, y lo más importante, se alejaba de la luz solar que le había quemado toda la espalda, pecho y cara. No estaba acostumbrado a eso, para nada, solamente recordaba haber vestido ropa ancha que le cubría por completo. Se echó el cabello mojado hacia atrás y, aburrido, trepó hasta el altillo para poder ver algo de la ciudad. No era gran cosa, pero resultaba entretenido ver a toda aquella marabunta de aquí para allá, era curiosa la sociedad de Lunargenta, y en el poco tiempo que llevaba allí, ya había visto lo falsa que era. Multitud de razas conviviendo, pero todo el mundo es racista. Si ponía atención apenas unos minutos en cualquier taberna o plaza, podía oír palabras de odio hacia alguna raza sin ningún problema. Era triste, pero así eran de reales las cosas.

Las campanas tocaron las dos de la tarde, y allí todavía no se había presentado nadie. Bajó de un salto y se puso la camiseta, ya seca, que le recordó que estaba completamente quemado. Dio un último repaso al carromato, incluso limpiando con su manga alguna mancha que se le había pasado antes, dejándolo ahora sí, perfecto. Al dar la vuelta a la finca hacia la entrada se encontró con una pequeña fila de jóvenes como él hasta el hombre que le encomendó la tarea por la mañana. -Perdona, ¿qué hacéis aquí?- la pregunta sonaba y era bastante estúpida, en el fondo ya lo sabía, pero quería estar completamente seguro. El chico, que era bastante menor que Jericó, le miró como si fuera un tarado. -¿Tú qué crees? Queremos cobrar.- dijo prácticamente burlándose. Asintiendo con la cabeza, el mestizo se puso a la cola.
-Tú, ve con éste de aquí, te dará lo que te corresponda si el trabajo está bien hecho.- dijo en cuanto llegó su turno, mientras señalaba a un hombrecillo que parecía un enano al lado de aquél mastodonte. Jericó asintió, algo nervioso, y siguió al hombre hasta la parte trasera. Ese tipo se puso a revisar el carromato, mirando cada recóndito centímetro del vehículo. Incluso se subió, atando al caballo para que tirase y dio una pequeña vuelta al patio. Finalmente, y tras dar el visto bueno, le dio una bolsa de monedas mucho más grande de lo que esperaba. Jericó miró aquel botín con los ojos abiertos de par en par, no imaginaba que podría conseguir tantísimo en una sola mañana, aunque lo cierto era que con la miseria a la que estaba acostumbrado, poca cosa le parecería una auténtica fortuna.

Puso rumbo a la iglesia, quería ver al padre Amadeus antes de que empezase la misa de media tarde, esperaba llegar a tiempo. Por el camino tuvo que pasar por la calle que daba esquina con el mercado, que a esas horas todavía estaba lleno de gente, y el olor de esa calle lo hipnotizó de tal forma que sin darse cuenta ya estaba en ella. Paró en un puesto de carne asada y pidió una brocheta que tenía una pinta increíble. El mismo tendero se echó a reír en cuanto Jericó lo devoró, simplemente no pudo evitarlo. Cuando terminó de relamer hasta la última gota de jugo de aquella brocheta, pidió media docena más, y luego pasó por el puesto de su amigo panadero para pedir un par de panes de esos grandes y llenos de miga.

Casi corriendo llegó justo a tiempo, el padre estaba junto a la puerta, y aún con las manos llenas se las apañó para darle un cálido abrazo sin mediar palabra, le daba igual el escozor que sentía por la quemadura. Le explicó lo bien que le había ido todo y le mostró lo que había comprado con parte de aquel dinero. El fraile lo miró sonriente mientras acercaba su frente a la del mestizo y le frotaba el cabello, en un gesto de lo más paternal. Jericó se apresuró para repartir toda aquella comida entre la gente que había compartido suelo con él estas noches. Se fijó en una cara nueva, era una chica joven, de mucho mejor aspecto que los demás del lugar, lo cual le escamó en cierta forma. Sin embargo, y tras un breve repaso más con la mirada, le dedicó una media sonrisa mientras tomaba en un pedazo de papel, una porción de carne y un trozo de pan. -No te había visto nunca aquí antes, pero toma, está bueno.- quiso preguntarle muchas cosas, pero por experiencia sabía que la gente que acababa ahí no gustaba de hablar sobre su historia pasada. Mientras tanto, él se apoyó en la pared a comer un poco más de carne y le dio toda la comida que le quedaba a un hombre que iba a seguir repartiéndolo, lo conocía de vista pero no sabía su nombre.
Más tarde iría a por algo de ropa, estaba seguro de ello.
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Re: Cambiando estrellas [Interpretativo - Libre]

Mensaje  Lisbeth el Lun Abr 03 2017, 03:23

El pobre párroco no supo cómo explicarle exactamente que la paciencia era la mejor virtud en aquellas condiciones. Le extrañaba que una joven hubiese acabado así de extraviada, aún más cuando casi todas se tiraban a la calle o a cualquier tipo de actividad poco ''sana'' por llamarlo de algún modo en aquella ciudad. Las cosas eran distintas con esa chica, se veía desesperada por salir de allí y realmente lo estaba. Le costó un buen rato al pobre hombre hacerla entrar en razón y que comprendiera que si al menos quería esperar unos días no le iba a quedar otra que hacerlo ahí fuera, con los demás. Las calles contiguas a la iglesia no eran las más peligrosas, pero cualquier sitio podía ser peligroso para una muchacha tan joven, sola y sin arma alguna con la que defenderse.

Las últimas palabras que compartió con el hombre fue antes de que subiera a tocar las campanas que correspondían con el mediodía. A su alrededor la actividad de la ciudad continuaba con toda tranquilidad mientras a ella parecía que se le venía el mundo encima. Tal vez exageraba, pero seguía sin entender muchas cosas y el tener que pasar en aquella ciudad un tiempo no era algo que le agradara por el simple motivo de que allí jamás nada le había salido bien. ''Definitivamente, ¿cómo he acabado así?'', de repente y como si fuera una especie de recuerdo rápido al que su memoria no quería acudir, le pasó la imagen fugaz de una chica de rostro moreno a la que consideró su amiga y seguía considerándola como tal. Se preguntó dónde estaría y cuál habría sido su suerte, era realmente difícil intentar comprender algo y recordar cuando seguía sintiéndose después de tantos días igual de perdida que el primer momento.
Ella no era así, odiaba sentirse de esa forma y el ánimo se le había venido abajo de nuevo así que optó por coger un sitio al lado de esa gente arremolinada alrededor de la iglesia. Algo le decía que iba a pasar más tiempo con esas personas del que le gustara. Y no era por las personas, si no porque recordaba su hogar, las islas de los brujos, su sitio estaba allí. ''Tal vez no debería de haber salido nunca de allí, madre tenía razón, el exterior es tan duro que es difícil soportarlo''. Ya no era sólo el exterior, la gente o las casas, las opiniones o el sitio en el que estuviera, si no las cosas que no podía controlar. En el cobijo de un hogar uno puede hacer lo que quiera, en el mundo exterior es totalmente distinto. No tenía forma de ver por dónde podía venir el peligro, de hecho no sabía como se había visto en manos de criaturas mitad serpientes mitad humanas y cuanto más lo recordaba más se hacia un ovillo.
Era obvio que su melena rubia destacaba entre las demás cabezas de por allí que por supuesto llevando ahí un tiempo habían aprendido que era mejor llevar gorro u otras cosas en la cabeza para el frío de la noche o el tremendo calor del día para no quemarse. Ni siquiera se había parado a fijarse en los demás, pero algo la hizo levantar la cabeza, era una mujer bien vestida o eso le parecía que, paseando por allí, le había tirado una moneda a un hombre que más bien tenía pinta que estaba bastante enfermo y todos los demás se habían lanzado a cogerla. Ese simple detalle de que todos se lanzaran a por una moneda demostraba la necesidad que había por allí y la preocupación de cada uno de ellos por sus propias personas, eso de compartir parecía haber pasado a un segundo plano. ''Esta gente lo ha pasado realmente mal...''.
Se levantó y acercándose al hombre que creía que estaba enfermo pudo comprobar más de cerca que tenía problemas para respirar. Algo en ella se encendió al ver a esa persona tan vulnerable y le toco levemente la frente, estaba tan helado que le traspasó el frío a las yemas de los dedos.
-¿Éstas bien? ¿Puedo hacer algo por ti? -Atinó a preguntar mientras estaba de cuclillas, el hombre se apoyaba de forma muy tiesa sobre la pared y tenía las piernas estiradas en el suelo cual muñeco de trapo.
No le respondió ni hizo gesto alguno, si no fuera porque le seguía escuchando respirar habría pensado que estaba muerto. Igualmente quiso hacer algo por el y, tomando las manos del hombre, cerró los ojos y en unos pocos segundos, con bastante disimulo, concentró el calor suficiente en sus manos con su propia magia para traspasarle esa agradable sensación al hombre. Solamente quiso que dejara de sentir frío y esperaba que eso lo ayudara en algo, porque sabía perfectamente lo que era estar enferma y que alguien te pusiera un paño caliente encima, algo, cuando tenías tal frío que calaba los huesos.

Al cabo del rato después de haber dejado al hombre tranquilo al ver que recuperaba algo de su color normal, o eso pensó, se dio cuenta de que el tiempo había pasado más rápido de lo que pensaba y que por desgracia aquel día no había sido el suyo.
Mirando hacia un lado y otro, vio cómo de repente comenzaron a llegar, en su mayoría varones, de algún sitio supuso de trabajar y cada uno se sentaba donde ya sabían que era su sitio. A algunos se les veía medio contentos, otros simplemente llegaban, suspiraban y cerraban los ojos como desganados. No eran precisamente la imagen de la felicidad.
Todo esto cambió en el momento en el que el padre Amadeus salió de su iglesia y saludó a los demás para segundos después ser recibido por parte de un recién llegado con un abrazo. Este gesto a la bruja le sorprendió, pero a los demás no, ¿Sería ese el chico del que le habló el párroco?
Poco después el mismo comenzó a repartir comida, lo siguió con la mirada hasta que se topó con ella misma y, algo avergonzada porque pensaba que se había dado cuenta de que lo miraba, aceptó a regañadientes la comida pues no entendía bien cómo un miembro de aquel grupo compartía desinteresadamente algo que le había costado tanto ganar:
-Muchas gracias, pero... -Dejó que se alejara, dio un bocado a lo que le acababa de dar y confirmó sin duda alguna que estaba muy bueno. Algo de ella quiso volver a acercarse al joven cuando acabó de comer, así que a paso lento y como quien no quería la cosa fue y se apoyó en la pared, justo a su lado-....¿por qué has hecho eso? -Soltó refiriéndose al hecho de que compartiera con todos los demás- No es algo que no fuese a hacer yo misma si pudiera... -Miró de reojo la posición donde horas atrás había dejado al hombre enfermo que ahora estaba recostado y tenía mucho mejor color, otra persona se había ocupado de darle de comer-. Puede que haya juzgado mal a esta gente... -Murmuró por lo bajo, parecía que con la llegada del joven la gente se había vuelto distinta, como si él emanara un aura de bondad imposible de resistir. Ella ni siquiera se había atrevido a mirarle a los ojos, sólo disimulaba a su lado como si nada.
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Re: Cambiando estrellas [Interpretativo - Libre]

Mensaje  Jericó el Lun Abr 03 2017, 12:55

El trozo de carne que sostenía ya se había quedado frío, pero había pasado tanta hambre, y hacía tanto que no probaba la carne que le daba igual, era casi un manjar. Tan absorto estaba en sus pensamientos, haciendo planes para aquel oro y las próximas horas, que no se dio cuenta de que alguien se puso a su lado. -¿por qué has hecho eso?- Era la chica que vio hace un momento. ¿"Por qué"? La pregunta le pilló por sorpresa, pues para él no había un por qué claro, lo hacía porque así le parecía que debía ser. -Simplemente.- dudó un instante. -Porque alguien tiene que hacerlo.- se apartó de la pared con un pequeño impulso en esta, para ver mejor a los demás. -Fíjate, son personas, somos personas.- dijo esto último con la mano en el pecho, mientras con la otra mano señalaba levemente a todos y cada uno de sus congéneres, terminando por señalarla a ella. -Y para el resto de la ciudad, somos invisibles. Tenemos que cuidarnos los unos a los otros o nadie lo hará.- hablaba como si llevase toda la vida en la calle y, en cierto modo, así era, pues no podía tener recuerdo de una vida anterior a esa. Pudo darse cuenta de que el párroco estuvo poniendo la oreja y lo escuchó todo, dedicándole una sonrisa en cuanto se percató de que le estaba mirando. Aquella gente, en poco tiempo, se había convertido en lo más parecido a una familia que conocía, pero sabía ese no era su lugar, no olvidaba que tenía un propósito, una misión que cumplir. Cuanto más lo pensaba, más sentía la urgencia, la necesidad de saber quién era, de encontrar a la gente que le había causado tanto dolor, de hallar respuestas.

Volvió a apoyarse en la pared, mirando al cielo, bloqueado por el saliente del campanario, y se dejó deslizar hasta sentarse en el suelo. -Me da miedo dejarlos.- confesó en un suspiro. -Voy a irme, tengo que hacerlo, pero sé que entonces se quedan solos.- Era curioso, pero en todo ese tiempo solo pensaba en conseguir dinero para poder hacer su vida y sin embargo, ahora algo le impedía avanzar. "Algo" no, claro, le entristecía pensar en aquellas personas que había tenido el placer de conocer, porque muchísima gente era incapaz de llegar a comprenderlos. Le daba rabia, si indagaba más en sus sentimientos; esa impotencia de no poder hacer algo más por ellos.
Agachó la cabeza, resignado, y se frotó la cara, como si eso le despejara. Se volteó a mirar a la chica. Ahora que se fijaba, se veía muy joven, y no estaba ni por asomo tan sucia como el más limpio de por aquí. -¿Qué haces tú en este lugar?- preguntó, haciendo un mohín realmente extrañado. No cuadraba una muchacha como ella en un sitio como ese, no lograba imaginar qué le podría haber pasado, y no pudo más con aquella curiosidad y por eso preguntó. Sólo en ese caso lo hizo, con el resto, de la mayoría, no sabía ni el nombre, algunos ni ellos mismos lo recordaban ya. Y aprendió que todos tenían algo para haber acabado ahí: adicciones, crímenes menores, malformaciones, enfermedades, algunos simplemente eran unos inadaptados que no encajaron en la sociedad, y todos terminaban al mismo sitio, a aquella apestosa cloaca y pozo de amargura que, a pesar de todo, nadie merecía.

Lo cierto era que, aunque le apenaba marchar, tenía unas ganas tremendas de ver mundo. Sentía que era un poco egoísta por ello, pero no podía evitarlo, era la verdad. Decidió, ahora si, pasarse por el mercado en cuanto descansara un rato ahí sentado. Iba a necesitar ropa, algo de comida que pueda durarle un tiempo, tal vez algo como cuerda y más mantas para cuando tenga que dormir a la intemperie. No creía poder conseguir un caballo, pero eso estaría muy pero que muy bien. Dejó de emocionarse por un momento para seguir escuchando a la muchacha, tal vez pudiera hacer algo por ella antes de irse.
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Re: Cambiando estrellas [Interpretativo - Libre]

Mensaje  Lisbeth el Lun Abr 03 2017, 15:51

En cuanto le escuchó respondiendo a lo primero que preguntó tuvo que admitir para sí misma que comprendía porqué justo con la llegada de aquel chico la actitud de los demás había cambiado completamente. Se veía todo bondad, amable, era como si volvieran a estar todos juntos porque al parecer se conocían de hace tiempo ya. ¿Cuánto llevaría cada uno de ellos allí? Más que curiosidad por los demás, comenzó a sentirla hacia aquel joven que tenía tan buenas palabras para los otros. ''¿Qué lo habrá traído aquí?'', se le fue la mirada hacia el mismo en el momento en el que se retiró de la pared. Hasta ahora no lo había visto de forma directa y se quedó algo perpleja al observarlo. Tenía los ojos claros y como ella también parecía joven aunque cierto tono de piel sonrosado le hizo ver que se había tirado todo el día al sol; trabajó duro para ganarse su jornal.
-Puede que seáis invisibles para el resto pero el párroco os tiene en alta estima -Hizo una pausa para mirar cómo la gente que pasaba apenas giraba la cabeza para mirar a todo el montón de personas que se arremolinaban alrededor de la iglesia. La única excepción en todo el día había sido la mujer que tiró la moneda al enfermo y realmente no llegó a entender porqué lo hizo sin ni siquiera mirarlo. ¿Superioridad tal vez?- , sobretodo a ti, parece que te aprecia más que a ninguno. Me habló de ti mucho antes de que llegaras -Terminó de hablar y se retiró de la pared, la notaba fría, lo habitual en los muros de una iglesia.
Justamente cuando él había regresado a recolocar su espalda contra la pared, ella se colocó dos pasos por delante suya de medio lado, si la miraba sólo podría apreciar su perfil izquierdo y darse cuenta de que tenía la mirada perdida entre el gentío.
-¿Tienes miedo por ellos o por ti mismo? -Esa pregunta también se la podía hacer a sí misma pero no tenía tanta implicación con aquellas personas como para responder lo contrario. Lógicamente su respuesta sería para sí misma, temía por su futuro porque no sabía como lograría salir de aquella ciudad amurallada-..¿qué haces tú por aquí? -En cuanto le llegó la hora de responder la pregunta hizo una mueca extraña y se giró por completo dándole la espalda; no en un gesto de molestia o de mala educación  si no en un gesto de no saber bien qué decir o cómo explicarlo.
No podía contarle a aquel muchacho que lo último que recordaba que había pasado era que una mujer mitad serpiente mitad humana la había secuestrado y llevado a no sabía bien dónde y no tenía ni idea del resto. Apenas tenía recuerdos vagos hasta después de eso que despertó en la orilla de una playa.
-Sinceramente no tengo ni idea -¿Por qué iba a mentir de todas formas?- , desperté no muy lejos de aquí con la ropa sucia y sin saber muy bien qué había pasado -Su voz había bajado un tono mientras lo decía, sin darse cuenta se había puesto triste- . No soy de por aquí ni quiero pertenecer a este sitio, me iría ahora mismo si pudiera -''Si pudiera'', ahí estaba el problema.

Después de hablar volvió a girarse, esta vez en su dirección y esbozó una media sonrisa, era una sonrisa que no denotaba felicidad si no resignamiento. No podía hacer nada más que contarle aquello, parte de la verdad, no le iba a servir de nada hablar de criaturas fantásticas ni de que ella misma era una bruja. Probablemente no le interesaría nada de lo que le dijera, la tomaría por loca y se iría a conversar con cualquier otra persona:
-Pero no quiero estropearte el día hablando de mí, todavía te quedan horas de sol por delante, ¿en qué piensas invertir ese tiempo? -Sólo esperaba que el muchacho no saliera corriendo en cualquier momento espantado por su forma de comportarse. Algo en ella seguía sin estar del todo bien y era normal, no tenía nada que la atara ya a su hogar, ni siquiera un recuerdo de su madre al que aferrarse, una pertenencia, algo.

La cantidad de gente que paseaba y paseaba por delante de la iglesia y las calles contiguas habían disminuido de un rato a otro, supuso que por la hora que era, tal vez la segunda comida, tal vez una siesta o cualquier cosa distinta. De igual manera los momentos de ''paz'' no duraban mucho en Lunargenta y pronto comenzaría otra vez el lío de gente.
Se le vino entonces una imagen a la mente que recordaba de forma tan nítida como si lo viviera en aquel instante: recordó el mercado, el mismo que estaba unas calles más allá. Recordó que había estado por allí mirando un puesto y otro y unas gemas que le parecieron más falsas que una moneda de barro. Incluso ese día le dijo al comerciante que no era real y acabó metiéndose en problemas por otra cosa completamente distinta. De repente se vio sonriendo ante el recuerdo y seguía mirando sin darse cuenta al chico rubio:
-En el tiempo que llevas aquí, ¿has visto ir y venir a mucha gente? -Obviamente se refería a todos ellos y aunque tenía curiosidad por hacerle la misma pregunta que él le había hecho, se aguantó porque si había sido por algo triste o por el motivo que fuera no quería meter la pata.

Llevaban ya un rato conversando y el tiempo seguía pasando, los puestos del mercado volverían a abrir de nuevo en un rato por la pausa que se tomaban por la comida y porque podían permitírselo y el sol pronto quedaría en una posición perfecta para que durante la tarde no quemara igual que por la mañana.
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Re: Cambiando estrellas [Interpretativo - Libre]

Mensaje  Jericó el Lun Abr 03 2017, 19:36

Cuando Jericó llegó a su rincón, aquél trozo de piedra fría junto al campanario de la iglesia, nadie le conocía. El Padre Amadeus siempre se preocupaba por sus feligreses, pero todavía más por aquellos que buscaban cobijo y paz junto al santo edificio. A menudo daba largos paseos por todo el perímetro, saludando a los conocidos, y animando a las tristes caras nuevas. Les solía llevar algo de comida que algunos buenos samaritanos donaban a la iglesia, que siempre era poco, pero él se las ingeniaba para poder repartirlo entre todos. Pronto conocería al mestizo, un joven que a pesar de no haber comido en todo el día, cuando por la noche lograba hacerse con una hogaza de pan, se la daba a una madre y sus hijos porque lo necesitaban más que él. Se podría decir que el fraile le encargaba tareas tales como reparar bancos del interior o abrillantar el órgano, pero lo cierto era que la mayoría de las veces era el joven quién, probablemente aburrido de mendigar, se ofrecía a echar una mano.

El elfo no pudo evitar sonreír y frotarse la nariz en cuanto la chica le nombró al párroco. -Amadeus es la mejor persona que conozco, le debo la vida. Y gracias a él, esta gente hoy ha podido comer como hacía semanas que no lo hacía, y yo tengo una oportunidad para volver a empezar.- decía, hinchado de orgullo y con unos ojos que denotaban una enorme gratitud y cariño. La joven se puso de pié, justo enfrente de Jericó, de perfil. Le hizo gracia la forma de su nariz, cuando la luz se filtraba evadiendo su silueta, respingona. La chica disparó una pregunta ciertamente sencilla de responder. -Por ellos, más que nada.- dijo, convencido de ello, o queriendo convencerse. -Temo que, si me voy, nadie cuidará de ellos como lo hago yo. Y me apena pensar que, seguramente, no vuelva a ver a muchos de ellos nunca más. La gente no dura mucho tiempo aquí.- bajó la voz para decir todo eso, sin mirarla a la cara.
Ella contó su historia, se la podía notar afligida, como mustia, realmente nadie quería acabar aquí y eso Jericó lo entendía. Iba a decir algo, no tenía claro el qué, no sabía animar a la gente. Pero esta se volteó, con una sonrisa diría que fingida, para preguntarle por lo que iba a hacer aquel día. El mestizo abrió la boca para decir algo pero la cerró enseguida para resoplar por lo bajo un instante. -Sinceramente, no lo tengo claro. Me gustaría ir al mercado para hacerme con todo lo necesario, pero dudo de que me llegue el dinero para todo. Además, quisiera despedirme de toda esta gente, sobretodo del padre Amadeus que tan bien se ha portado conmigo.- se dio cuenta tarde de que ya había decidido, prácticamente, dejarlos para poder hacer su vida. Todo el rato estuvo hablando mirando a la nada, pero en cuanto alzó la cabeza para mirarla se dio cuenta del cruce de miradas, lo que le incomodó en cierta forma y volvió a bajar la vista. Respondió así a la pregunta que le hizo. -Debí aprender la lección que me dio un hombre muy viejo el segundo día que dormí aquí: "no te fijes en nosotros, no nos conozcas, cualquier de nuestros días puede ser el último". Pero por desgracia, no pude hacerle caso, y sí, demasiadas caras familiares han dejado de venir por aquí y todos sabemos el por qué.- decía apenado, pensando para sí la respuesta: -Congelado, tirado en cualquier callejón oscuro, lo encuentran y lo echarán en cualquier fosa común, sin un ápice de dignidad.- Y cada día llega alguien nuevo, no entiendo como nadie hace nada, ¿el Rey sabe que esto pasa en las calles de su capital y lo permite?- estaba, claramente, ofendido. Se quedó con los brazos abiertos, cuestionando quizás, al cielo. Dejó escapar un largo suspiro y se sacudió la cabeza. Ya de pié, le tendió la mano a aquella muchacha. -Soy Jericó, perdona que no lo haya dicho antes. ¿Cómo has dicho que te llamabas?- preguntó, realmente sin saber si le había dicho ya el nombre, se alteró un poco pensando en aquello. Empezó a escuchar algún grito lejano y con ello adivinó que el mercado había reabierto. -Ahora vengo, disculpa.- dijo mientras se sacudía el polvo de haber estado sentado en el suelo. Entró al interior de la iglesia, buscando al padre Amadeus. Estuvo un rato quizás algo largo, despidiéndose de él, recogiendo sus pertenencias de la consigna, y ayudándole una vez más a guardar unos libros en su correspondiente estantería, no podía irse sin realizar al menos una última tarea más.

Salió con el saco a cuestas y empezó a abrazar, uno a uno, a todos aquellos que fueron sus compañeros durante aquel tiempo. Dio toda la vuelta al edificio, hasta llegar otra vez a la entrada. Allí seguía la joven con la que antes intercambió algunas palabras. Vaciló un instante, pero al final caminó hasta estar frente a ella. -Me voy.- hizo una breve pausa. -No te quedes aquí, acompáñame.- sonó atrevido, y enseguida se arrepintió de la manera en que lo dijo, pero ya era demasiado tarde. No tenía claro el por qué lo hizo, tal vez porque al escuchar lo poco de su historia sintió mucha empatía, tan parecida a la suya, no quería que nadie sufriera lo mismo que él había sufrido, y si podía evitarlo, lo haría. -Si crees que puedes fiarte de mí, ven conmigo y ya te buscarás la vida en cualquier otra parte.- le dijo mientras le hacía un gesto de la cabeza para que lo siguiera.
Puso rumbo al mercado, y, con la satisfacción y el orgullo de haber cambiado su estrella, con la firme decisión en su cabeza de hallar la verdad, empezaba la nueva vida de Jericó.
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Re: Cambiando estrellas [Interpretativo - Libre]

Mensaje  Lisbeth el Lun Abr 03 2017, 21:12

-No puedes cargar con el peso de todas estas personas sobre tus hombros -Aunque ella también sintiera cierta compasión por los que la rodeaban e incluso por si misma por estar experimentando lo que era estar allí, lógicamente no podía permitir que una buena persona como lo era aquel chico quisiera cargar con un peso que no le correspondía.
Decía mucho por su parte el sentirse de esa forma con los que le rodeaban e incluso demostró valentía y coraje al nombrar al mismísimo Rey y su desinterés por el pueblo; cabía decir que la bruja no tenía ni idea de quién era esa persona. Parecía que ese chico tenía muchas cualidades buenas juntas, tal vez incluso parecían demasiadas, no llegaba a razonar en su mente porqué se estaba sintiendo identificada con aquella causa. Tal vez porque empatizaba con los demás o simplemente porque lo estaba viviendo en primera persona.
-Estamos en una ciudad donde predomina el egoísmo, o espera...creo que eso pasa en todos sitios, por desgracia -Estaba empezando a sentirse algo extraña, como si aquel muchacho hubiera removido en su interior ese sentimiento de cariño hacia los demás y de preocupación por el bien ajeno, sobretodo por las personas que por un motivo u otro llegaban tan lejos como para tener que quedarse tirados en la calle.
Comprendió gracias a sus palabras la dura realidad de aquello. Nadie les aseguraba que aún estando en un sitio como una iglesia, o al menos fuera de una, Dios les fuese a enviar algún tipo de milagro para que resistieran las frías noches o incluso se enfrentaran contra las enfermedades que podían contraer con o sin intención. Ella misma había visto que al hombre que atendió le habría quedado muy poco de no ser porque repartió calor como buenamente pudo por su cuerpo. Claro que eso podía hacerlo una vez, tal vez dos, pero no toda la vida, ni todos los días ni todas las noches ni todas las personas que ayudaban como el padre Amadeus eran una bruja como ella. Todo era muy complicado.
-Mi nombre es Lisbeth -Se presentó también pocos segundos antes de que se fuera al interior de la iglesia, le dio la sensación de que de repente le entró la prisa.

La rubia se quedó fuera esperando pues había dicho que volvería y se concentró en escuchar las voces que provenían del mercado. Juraría que había un hombre pregonando algún tipo de noticia pero desde allí no podía oírlo, solamente lo supo porque escuchaba la campanilla característica del pregonero y un cuchicheo de gente supuso que hablando al respecto.
Acabó por sentarse en el suelo del rato que estaba tardando el chico pero dio la casualidad de que regresó justo cuando fue a hacerlo:
-Me voy -Comenzó a decir y lo siguiente que acompañó a dicha frase la dejó perpleja, tanto que no pudo ni mirarle a la cara. No entendía porqué le había pedido aquello. ¿Qué podía importarle a un joven como él que se ganaba tan duro el pan una chica como ella?
Al no saber muy bien qué responder dejó que comenzara a caminar después de despedirse de todos los compañeros. La verdad es que estaba indecisa, pero en el fondo algo le decía que debía seguirle y una sonrisa le cruzó la cara en el momento en el que fue corriendo detrás suya:
- ¿Pensabas irte sin mí? -Le soltó con toda la alegría que pudo demostrar.

Hacia donde se dirigía primeramente parecía ser el mercado, así que le siguió acompasando su paso porque no tenía ni idea de callejear por la ciudad. Ya le costó lo suyo encontrar la iglesia como para ir caminando la primera hacia cualquier otro sitio.
Tenía todas las ganas del mundo de preguntarle porqué le había pedido que lo acompañara pero se dijo a si misma que guardaría la pregunta para otro momento.
-¿Qué es eso? -Se refería al pregonero, cuanto más se acercaban al mercado más se oía la campana y la voz del hombre que incluso con la distancia se oía como si lo tuvieran al lado- Se hace saber a los presentes, que debido a la situación irregular de algunos de los últimos visitantes a la ciudad, las puertas quedan cerradas. No se podrá entrar ni salir hasta tener todo en regla -Y con esas palabras cesó.
Se le hizo un nudo en el estómago, eso significaba que por su parte le resultaría difícil salir de allí. Los guardias acabarían acordándose de ella tarde o temprano y no sólo porque esta vez se había colado de forma ''irregular'' si no porque la reconocerían por otros motivos. Si iban a mirar una por una cada persona que quería entrar o salir lo tenía bastante difícil.
-Creo que ha vuelto mi mala suerte -Le dijo al muchacho rubio que seguía caminando a su lado, en ese justo momento entraron en el mercado. Estaba tan abarrotado de gente como siempre y había demasiado movimiento de mercancía. Cada dos por tres pasaban por un lado u otro empleados de los comerciantes cargando con barriles, cestas llenas de algo que no se veía y comestibles varios- , no voy a poder salir de aquí.
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