El Viaje del Juicio [Privado] [Finales de Invierno,1272]

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El Viaje del Juicio [Privado] [Finales de Invierno,1272]

Mensaje  Ástyr el Vie Jul 28 2017, 14:36

AMBIENTACIÓN:

NERVA

––Un nuevo Viaje del Juicio––, suspiró él––. Cómo pasa el tiempo.

Nerva de Rutemer dejaba entrever que ese día llegó más rápido de lo que desearía. Una mezcla de melancolía y dulce resignación le recorrió sus venas mientras el sol dejaba adivinar su intensa aureola rojiza por las copas de los grandes árboles de Valquebriella. El fulgor definía la silueta de las temblorosas hojas ambarinas con un trazo incandescente, bañadas por el rocío invernal, que comenzaba a diluirse a medida que la luz batía en retirada las brumas de las lejanas tierras del oriente.

Esta era la tercera vez que debía despedir a un hijo suyo; primero lo había hecho con su primogénita, Laylah, y más tarde con el segundo, Myru. Esos dos días de su vida estaban marcados a fuego en su memoria. Podía verlos alejándose de él, perdiéndose en el recodo del camino, tan cerca pero tan lejos, sin saber si iban a volver o no. Eran imágenes tan nítidas que revivirlas con el de Ástyr, su tercera hija con Asdarte de Valquebriella, tan cercano, le humedecía los ojos.

Acostumbrarse era imposible. ¿Quién podría hacerlo? ¿Qué padre se separaría de su propia sangre y permitiría que saliera al mundo, tan peligroso y vasto, sin saber lo que se iba a encontrar? Ni a quién. Eso era más inquietante aún, pero no podía hacer nada. Ástyr tenía ya dieciséis años (¿tantos?) y, según las leyes de las Diez Tribus Bestias de Sandorái, había que considerarla una bestia adulta y desarrollada por completo. Una bestia que ya disfrutaba de juicio pleno y no necesitaba la tutela de los padres. Por eso se llamaba así el viaje, aunque Nerva lo veía de otra manera. Para él, la palabra juicio tenía connotaciones diferentes. Más estrictas. Más despiadadas. Una sentencia con juez y verdugo, firmada con sangre y escrita con acero.

Aún así, si tuviera la oportunidad de impedirlo y no incurrir en la ira de los dioses o las sanciones de las Asasmbleas, no lo haría. Convertirse en hombre o mujer era una de las cosas más importantes para una bestia a las puertas de la adultez, y no podía privar a su hija de ello. La visión de ver a Ástyr convertirse en mujer le dibujó una sonrisa en la cara, pero no secó sus ojos.

Él mismo descubrió, veinticuatro años atrás, lo que significaba convertirse en un hombre al emprender el mismo viaje con dieciséis años. La ansiedad mezclada con el ardor de la juventud hervía en su corazón cuando cabalgó fuera de la ciudad de Rutemer. Nunca fue tan consciente de la solidez del cambio como el segundo antes de salir por el camino. No antes, ni (tanto) después. Solo en aquel momento, solo en aquel, el instante exacto de la separación de su padre y su madre y la recia bienvenida del camino desnudo, piedras y tierra.

Si el recuerdo de la partida de sus dos primeros hijos era verlos alejarse de él, sin mirar atrás, la de él mismo era su propia mano bajo el guante gris, temblando inquieta debajo de la capa por culpa del nerviosismo y el ansia abrasadora de aventura.

El aire de El Valle tiene el mismo aroma de aquel día. El mismo anhelo en su espíritu dormidoF. Allí arriba, apoyado en la balaustrada de la Ciudadela Alta de Valquebriella divisaba todo el valle, húmedo aún por las últimas lluvias. Las hojas de los árboles perfumaban la brisa con una frangancia dulce y tibia. Cerró los ojos y respiró profundamente, como si el aire permitiese que, en su corazón, los recuerdos fueran más vivos y amistosos. Como si se les escaparan más lentamente. El invierno estaba cercano a terminar, descubrió. Otro más. Otro menos.

Pero poco tenía que ver la estación del año con el momento especial que significaba este día, más relacionado con lo que sucedía en las plazas, las asambleas y los templos que otra cosa. Sin embargo, ahí se quedó mientras amanecía. Contemplándolo todo, siendo parte de ello, pero desde fuera. Escuchando el murmullo creciente del mercado, el de las discusiones de las reuniones, el graznido y aleteo de los pájaros mensajeros anunciando su llegada en el árbol de los correos y el escándalo infantil de los cachorros que aún eran demasiado pequeños para ponerles acero en la mano, corriendo de un lado a otro, entre las pasarelas, por encima y por debajo, y chapoteando en el río. Sonreía, pero sentía que la historia de ese día no era tan divertida. No podía evitar pensar en Ástyr, en si lo había hecho bien en realidad, aunque Laylah y Myru hubieran vuelto y decidido ser parte de la identidad de la tribu, nunca les volvió a cantar canciones de cuna, ni a tranquilizar cuando tenían miedo por la noche, porque jamás lo volvieron a tener. Y el que les quedaba era del que se combatía poniéndoles firme la espada en la mano, no dándoles un abrazo.

Lo añoraba en secreto. Que sus hijos dependieran de él y no serles tan necesario ya. Un viejo cada vez más viejo. No le solían pedir respuestas, ahora eran consejos. Asdarte y él los habían criado bien, sin duda, pero añoraba los niños que fueron, su vulnerabilidad, y quería aprovechar lo poco que le quedaba a Ástyr.

Recorría mentalmente cada segundo de vida que tuvo con ellos. No temió que estuvieran mal aprovechados, pero sí de que hubiera podido hacerlo mejor. Ahora no podía hacer nada, todo ello se acababa, otra vez. La tercera. No le importaba que fuera un día triste de celebración. Solo quería escuchar y dejar que toda la alegría y la tristeza bailasen con el tiempo a su alrededor, intensificándose mutuamente. Y, aún así, no le parecía exactamente una sensación desagradable.

––Sigues subiendo a la Ciudadela cuando se acerca el momento de despedir a uno de nuestros hijos. Eres un animal de costumbres––, dijo su mujer, Asdarte de Valquebriella, con voz suave, acercándose a él y poniéndole una mano en el hombro. Nerva, inclinado sobre la balustrada con los brazos, sintió el roce cálido de la palma de su mano a través de la túnica. Se incorporó y le pasó las manos por la cintura y la atrajo hacia él.

––Mi señora––, dijo, recuperando la voz, pero apenas un susurro. Llevaba una túnica larga de lana plisada con mangas anchas de color azul, ribeteada con motivos amarillos en forma de nudos espirales trenzados bajo una capa.
Le acarició la cara suavemente, levantando su fino pelaje grisáceo. Sal y pimienta, como lo llamaba su abuela, hace muchísimo tiempo en Rutemer. Sus ojos relucían a la luz del alba, claro y sereno, como la primera vez que la vio aclarársela en las Cataratas de Escalonia. Traía el aroma de la primavera incluso antes que esta.

––¿Cómo está Ástyr?––, preguntó él.

––Creo que muy nerviosa. No durmió mucho esta noche y ya la vi corretear de un lado a otro con la boca llena. Dérrico quiere entrenarla hasta el último minuto mientras esté con nosotros. No debes preocuparte tanto por ella––. Adivinó Asdarte––. Laylah y Myru volvieron con nosotros y ahora, míralos. ¡Qué más se puede pedir!
Nerva intentó poner palabras a sus emociones, pero inclinó la cara con una lenta sonrisa.

––Lo sé, pero los hay que no vuelven.

––La mayoría es porque decide no volver. Es su libertad y su decisión, los dioses se la concedieron y debemos respetarla. Ástyr, conociéndola, volverá––, le dijo Asdarte agarrándole la cara con las dos manos.

Él sabía que se lo decía para tranquilizarle, el futuro siempre era incierto. Y él no volvió a Rutemer.

––¿Recuerdas tu Viaje del Juicio?––, le preguntó Asdarte.

––Eso no se olvida––, respondió Nerva, convenciéndose sin querer de lo necesario que era para su hija.

––Te conocí durante el mío. ¿Cuánto tiempo llevabas tú cuando nos encontramos?

Él rió, recordándola en aquel entonces.

––Había salido de Rutemer unos dos años antes cuando te conocí en el 48, en Escalonia––, dijo Nerva––. Te estuve
persiguiendo, no sé, seis meses por lo menos desde que te vi allí lavándote el pelo.

––Las buenas bestias terminan lo que empiezan––, dijo Asdarte entrecerrando los ojos y apretándole la cintura con las manos––. Y ni siquiera eras un hombre––. Intuyó su sonrisa pícara, juguetona––. Eras un niño. Guapo y valiente, pero un niño, y yo buscaba un hombre.

––¡Y tú qué eras, mi señora! ¡Una niña!––, pero indomable, fuerte y orgullosa, con mano de hierro. Nada se podía interponer entre ella y su presa. Nadie podía decirle lo que debía o podía hacer o no hacer. Si quería algo lo tomaba, costase oro o acero.

––Yo sería una niña, pero si me perseguías era porque viste algo en mí.

––Y lo sigo viendo. Nunca conocí a una bestia con la sangre más caliente que tú, ni con un filo más cortante.

Ella apoyó su cabeza en su pecho.

Por aquellos años, mientras él iba tras ella por Sandorái, habían comenzado a escribirse los primeros versos de la Rebelión de los Hijos de la Ira. No de la canción que bautizarían así los bardos, esa la compondrían años más tarde. El tiempo que duró la llamaron simplemente “guerra”. La guerra es guerra. Da igual su nombre, solo honrarte a ojos de los dioses. Él y Asdarte, por fortuna, lo hicieron.

Las grandes oligarquías de las Diez Tribus Bestias de Sandorái, aliadas con poderosos aristócratas de los elfos de la región de La Sylvanía, habían formado un ejército mercenario tras haber sido condenados al ostracismo, después de años de disputas y disensiones internas con los que después llamaron Asamblearistas, por las ruinosas campañas que durante años habían mantenido con hordas de vampiros en el Tymer y asentamientos de humanos en las fronteras del bosque por el oriente.

Las asambleas de bestias de las Diez Tribus no les dieron importancia al principio; estaban cansados de guerras infructuosas y pensaban que, con el tiempo, como solía pasar, el ejército de mercenarios y forajidos de los oligarcas terminaría naufragando o aparecería una nueva alianza de una de las razas dominantes y saquearan lo que les quedaba a los oligarcas. Hubiera sido así, tal vez, de no ser por Ádalstyr de Valquebriella, hijo de uno de los oligarcas más influyentes de El Valle, Ádalas de Madis. Ádalas el Rey lo llamaban.

––¿Recuerdas aquella noche en Río Tinto?––, le preguntó Asdarte con la cabeza en su pecho y los ojos cerrados. Una pequeña nube de aliento blanco se elevó hacia el cielo

––Ese día me derrotaste en el duelo de cortejo––, contestó Nerva.

––¿Duelo?––. Levantó su cabeza y le miró de frente––. Fueron cuatro duelos, uno a las once, dos después de comer y otro al anochecer––. Levantó una ceja.

––Bueno, yo considero que fue un duelo que duró todo el día––. Rió.

––Al final me venciste, fuiste muy hábil. Me sorprendió muchísimo. Aún no sé cómo pudiste moverte de aquella manera.

––¿En la cama dices?––. Las palabras de Asdarte casi le hicieron recuperar la socarronería de su juventud. Un golpe en las costillas le devolvió a su sitio––. ¡Ay! La verdad es que te había estado observando durante esos seis meses anteriores y descubrí tu debilidad. Me entrené hasta que consideré que podría batirme contra ti. Me costó un labio roto, un ojo morado, varias costillas tocadas y una molestia en el dedo gordo del pie derecho que creo que jamás se me quitará.

––Buen recuerdo que contarle a los cachorros. Una buena bestia siempre termina lo que empieza––. Volvió a apoyar su cabeza en el pecho de Nerva. Entonces, el recuerdo de aquella noche, cuando finalmente ella aceptó el cortejo, le hizo pensar en Ástyr––. ¿Habrá un Río Tinto para Ástyr?

––Seguramente––, dijo NErva––. Es fuerte y una centella. Habrá docenas si los que miran no son estúpidos, que no lo descarto, pero solo uno que merezca el cortejo y al que le cure las heridas por la noche––. Sintió el movimiento de la sonrisa de Asdaste––. En su cama––. Calló un momento, mientras la sonrisa se desvanecía––. Esa noche descubrimos la Rebelión––, dijo él apoyando su cabeza en la de ella.

Asdarte no contestó.

––Gracias al bocazas humano aquel––, añadió Nerva.

Asdarte estaba celebrando el inicio del cortejo y quiso convidar a los presentes allí, la cerveza no faltaba en la taberna, y eso que estaba casi vacía, así que, por suerte, Nerva no tendría que pagar la bebida al día siguiente fregando platos y lavando caballos o limpiando abrevaderos durante semanas. Ese bocazas de piel rosada.

“Mejor,” decía el hombre sosteniendo de manera precaria la que no era su primera jarra, “a ver si se matan entre ellos. Putos elfos, ¡son unos maricones!”. Asdarte había estado escuchándole un buen rato, pero hacía por ignorarle (¡estaba celebrando su cortejo!) El hombre siguió alardeando con los suyos, disfrutando, saben los dioses por qué, de ello. A veces cruzaba cortas miradas con Nerva y Asdarte para volver a mirar a sus compañeros de mesa, entre risitas. Nerva intentó zanjar el asunto invitando a aquellos hombres a una jarra de cerveza más, negra y espesa, pero las risas solo consiguieron hacerse más sonoras.

Los humanos civilizados eran muy diferentes a los tribales. No cuidaban ni sus palabras ni sus modales y, a la más mínima expresión de peligro, no dudaban en amenazar con llamar a la guardia de los señores de la ciudad. Se sentían intocables porque sabían que por mucho que faltasen nadie les podía aplastar la puta cabeza con un mazo. Ese lujo no se lo podían permitir los tribales, fueran humanos o bestias. Si te encuentras a un viajero del camino, dar lo que recibes. Ser amable compensa. Pero él siguió hablando:

“Y las bestias, ¡anda al establo! ¡Ahí tienen que estar! ¡El bosque para los humanos!”

Lo ví venir antes de que sucediera.

Asdarte saltó la mesa (¡qué hermosa!), incluso con la cara medio amoratada por el combate y los dientes enrojecidos por el vino y la sangre, y le agarró por el pescuezo. El hombre lanzó un grito ahogado que le murió en la garganta cuando vio el brillo de una hoja de acero bajar como un rayo a sus cojones. Del silencio que se hizo toda la taberna escuchó el acero clavarse en la madera del banco donde estaba el infeliz sentado. Miraba sin entender qué pasaba, pero en seguida lo supo, ¡vaya si lo supo! Antes de que nadie pudiera desenvainar una espada, el hombre ya se estaba arrepintiendo de haber abierto la boca. Sea como fuere, terminó contando todo lo que sabía de lo que sucedía en Sandorái. Y no hubo problema con la guardia de la ciudad. Los hombres civilizados pueden ser altivos y desafiantes, pero también son tibios. A la primera promesa de contacto físico, retroceden. Pero Asdarte no lo sabía. Si aquel humano llegó entero a casa fue porque los dioses no quisieron que su mujer manchara la hoja de la daga con sangre tan baja. Así que lo único que perdió aquel fue la dignidad.

Esa noche ella decidió volver a casa y luchar junto a su tribu. Esa noche nos acostamos.

Como si estuvieran compartiendo el mismo recuerdo, Asdarte dijo:

––Me dieron la peor noticia aquella noche. Y la mejor a la mañana siguiente. Sabía que todo acabaría bien cuando me dijiste que vendrías a la guerra conmigo.

Con ella hubiera ido a cualquier guerra.

Desde lo alto de la Ciudadela, bajo ellos, se oía la música, y las voces ya eran mucho más que un murmullo. Los árboles bullían de vida entre movimientos y colores. Todas las tribus aledañas de El Valle se habían reunido allí; los cachorros que iban a emprender el viaje llegaron las últimas semanas, acompañados con delegaciones tribales para partir juntos al Templo Sagrado de la Sylvanía, donde los druidas los ungirían antes de salir al mundo. Entre ellos Ástyr, igual que Laylah y Myru antes que ella. Y Asdarte antes que ellos.

En cada delegación solía haber viejos amigos con los que había sangrado y antiguos enemigos a los que había (y le habían) hecho sangrar. Hubo recuerdos para los que no estaban ya, porque muchas caras de los cachorros recordaban de veras a los que les habían puesto su nombre. La mayoría de las heridas habían cicatrizado bien bajo el gobierno asambleario de la última década, y el invierno había enfriado muchos fuegos de guerra. Pero no había sitio para las disputas durante la convocatoria del Viaje del Juicio, las Asambleas los prohibían bajo pena durante esta festividad. Lo que más se intercambiaban las bestias eran litros y litros de vino rojo y cerveza negra.

––Va siendo hora––, dijo Asdarte––. Tenemos que ir con el resto a prepararnos para ir hasta el Templo Sagrado con el resto de tribus.

Nerva estaba muy a gusto abrazado a ella (cinco minutos más), pero la soltó y bajaron a la plaza de Valquebriella.
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Re: El Viaje del Juicio [Privado] [Finales de Invierno,1272]

Mensaje  Ástyr el Mar Ago 08 2017, 18:02

AMBIENTACIÓN:

2


Nerva y Asdarte bajaban de la mano las escaleras que comunicaban la Ciudadela Alta con las estancias inferiores, siguiendo el rumor de la vida que había despertado ya por completo en el Valle. Desde las troneras y las ventanas talladas en piedra y madera en el propio árbol se podían apreciar, entre el movimiento incesante de las ramas de los árboles, carros y carros subir desde los caminos de la montaña y la base del valle a los árboles en los ascensores de poleas. Algunos de los carromatos se quedaban arriba con los aprovisionamientos para hacer acopio para la época de necesidad (un verano seco o un invierno áspero), auqnue otros bajaban directamente al Valle sin pasar por arriba; allí, entre la hierba, se alzaban los grandes pabellones y se clavaban al suelo con estacas las últimas tiendas y puestos de mercaderes, constelaciones de colores rojo intenso, azul marino, amarillo brillante… para celebrar el paso a la adultez de los cachorros mayores.

La fiesta podría celebrarse en las copas de los grandes árboles de Sandorái, o en los poblados erguidos en las rocosas y escarpadas laderas de aquella hondonada, pero no había peligro ninguno en lo hondo. Además, justo al lado de las tiendas y los pabellones corría el río Akaxer que nacía en los montes colindantes, atravesaba el fondo y marchaba a la mar. Ninguna fiesta que se preciara prescindiría de un río, y más, si estaba allí mismo, brillando al sol de invierno como una serpiente dorada arrastrándose en su cauce, invitándote a bañarte en él por muy frío que estuvera.

Por casi todos los cruces de la calle principal se formaban grupos de personas conversando a voces. Se arremolinaban alrededor de mercaderes y vendedores ambulantes que luchaban por atraer la atención de la gente. Entre toda aquella agitación, de la mano de Asdarte, Nerva sintió el cosquilleo de la vida volver a crecer en él. De uno de los grupos apareció una chica de veinte años, con pendientes circulares colgando de sus orejas pardas. Era Fayna de Las Combadas, hija de de Dérrico de las Combadas, el maestro de armas de Valquebriella.

––¡Vúntias ámarîs!––, saludó la chica abriéndose paso de entre la gente de uno de los toldos. Era grande como su padre, así que no tuvo mucho problema.
––Vúntiue, Fayna––, respondió Asdarte––. ¿Tu padre?
––Con los viajantes––, contestó Fayna  refiriéndose a los cachorros que iban al juicio.

Nerva dejó escapar una carcajada, y preguntó:

––¿Sigue agobiándose mucho con toda esta gente?
––Buff… no hay manera con él. Dice que lo hace porque quiere entrenar hasta el último momento a los cachorros, pero nada de eso, os lo digo yo. No le gusta que venga tanta gente a Valquebriella, así que los usa como excusa para apartarse de todo el jaleo. Y con la edad es peor––. Frunció los labios y levantó una ceja––. En mi Viaje del Juicio y el de Laylah nos hizo lo mismo, ¿no lo recordáis? ¡Dioses, yo sí! Era incapaz de concentrarme en nada que no fuera la fiesta y el viaje. Toda esta gente, elfos y bestias de sitios que hace tiempo que no visito, sus vestimentas tan raras…
––Yo creo que lo hace porque así sobrelleva mejor las despedidas––, comentó Nerva convencido.
El tono melancólico de la voz de Nerva no pasó desapercibido para su mujer.
––Mi querido compañero lo dice porque a él también le pasa igual––, le dijo a Fayna inclinando la cabeza hacia ella––. Estos hombres tan melancólicos que tenemos aquí…––. Nerva la miró y Asdarte le enseñó los dientes con una sonrisa.

Fayna se rió.

De las ramillas de los árboles que rodeaban la plaza de las asambleas colgaban cientos de linternas apagadas que, por la noche, inhundaban de colores todo el lugar. Los puestos de comida asada y a la brasa hacían que a Nerva le rugieran las tripas de hambre. Los pasteles vegetales le hacían la boca agua, allí amontonados en las mesas contra la pared de las tiendas de la calle que llevaba a la plaza. Se dio cuenta en ese momento, sorprendido para mal, que no había desayunado en condiciones, pero quería ver a Ástyr primero. Tenía que prepararse, no podía ir a la fiesta oliendo a sudor ni con las ropas de entrenamiento… era un día demasiado importante. No daba más que apareciera con algún moratón o herida enrojecida de sangrar, eso significaba que estaba esforzándose, que no tenía miedo al dolor, como ninguna bestia puede tener, y saben los dioses que nunca sobra entrenamiento, pero tenía que estar presentable con tanto extranjero y vecino presentes. La dignidad de los clanes bestias de El Valle reposaría en los cachorros del Viaje del Juicio, y especialmente en ella. No todo el mundo puede decir que sus padres terminaron una guerra.

––Laylah y yo, de aquella, queríamos bailar y cantar también. ¿Cuántas veces se ve tanta gente por aquí?––, decía Fayna alzando los brazos––. Muy pocas. ¡Y se ven muchísimas cosas nuevas! Creo que llevo toda la mañana visitando puestos.
––Espero que encontrases uno de castañas––, el dijo Nerva, mirándo a Fayna por encima de la cabeza de Asdarte––. Me encantan, pero no es época… y me estoy muriendo de hambre al oler tanta comida––. Dio una bocanada cuando le llegó el aroma del pan recién hecho––. Si no llegamos pronto a la plaza creo que me comeré a alguien.
––Ahora ya, mejor esperas al banquete, que luego no comes––, le dijo Asdarte.
––No sé… yo como mucho, lo sabes. Desde aquella vez que estuvimos dos semanas comiendo pulgos de patatas no rechazo una comida––, dijo él.
––Aquello era diferente. ¡Era un asedio! Pero aquí sabes que vas a comer ¡en menos de una hora!
––Sabes tú que no llegaremos a tanto––, y buscó el puesto de comida más cerca. Pero no hubo suerte porque todos estaban a rebosar y su voluntad luchaba por unirse a las colas o, ya que estaba, aguantar hasta el banquete. ¡Maldita sea!

Deambularon por las calles durante más rato del que cabría esperar. Esto se debía, en gran parte, a que al haber tantas personas, muchas ya tenían relaciones de antaño con Nerva y Asdarte, incluso lazos de amistad y de hospitalidad. A él le pareció que todo el mundo se había olvidado de que las bestias deben comer.

No recordaba la mayoría de las caras que saludó durante todo el trayecto, cosa normal porque venían buscándole para presentarse a él sin más, para saber quién fue uno de los líderes de los clanes de Valquebriella que arrinconó a Ádalstyr con un tercio de su ejército. Pero a uno sí que lo reconoció. Esa era imposible de olvidar. Ni en un millón de años. Jamás. Sucedió que mientras Asdarte hablaba con un grupo venido de la región de Pedregales, apareció delante de él una cara conocida, con mirada retadora y elevando la barbilla, agitando los brazos a la altura de la cintura en señal de reto velado. Nerva frunció el ceño un segundo y aquel hombre de pelaje pinto tomó nombre.

––No me lo puedo creer que te atrevas a plantar tu puta cara aquí––, dijo Nerva, acercándose a él––. El maldito cabrón soplapollas de Gálanor de Río Luna, hijo de Gala la Serena y Valano Rompeolas.
––Veo que un comemierda como tú no olvida una cara––, contestó él con una sonrisa torcida, descreída.

Era él. Vestido de sedas verdes con acabamientos amarillos y blancos y aros dorados en sus orejas, pero ese pelo pinto, atado en coleta, dejando caer unos pocos mechones sobre la cara y esa sonrisa afilada como un cuchillo…

––Debería darte una patada en los cojones––, amenazó Nerva, encarándose a él con la mirada fija––, pero dudo que los encontrara.
––Hasta a un ciego le costaría ver tal torre entre mis piernas.

Los dos callaron un instante, mirándose con la promesa de cumplir una vieja amenaza, llevando la mano a las armas de su cinturón, pero recordando que no podían derramar sangre, no durante la celebración. El hombre al que Nerva reconoció como Gálanor del Río Luna no era tan alto como él, pero sí más ancho de hombros y con unos brazos que dejaban ver los años de entrenamiento con la espada.

––¡Nerva, mi viejo amigo!––, dijo Gálanor, abriendo los brazos. Su voz no disimulaba nada el acento de Pedregales.

Nerva dibujó una sonria al instante, refredcando las memorias de antaño con el hombre que ahora estaba frente a él y lo estrechó entre sus brazos. La gente a su alrededor los miraba con una mezcla de extrañeza y asombro. Se dieron palmadas afectuosas en los brazos y en la espalda durante casi un minuto.

Años atrás, durante la guerra de los Hijos de la Ira, Gálanor del Río Luna era uno de los guerreros que luchaban por Pedregales junto a Valquebriella, y ambos, Nerva y él, fueron compañeros de armas durante la fracasada expedición a la Peña de los Diez Druidas, escoltando al de El Valle para una negociación con las tropas de Ádalas y su hijo Ádalstyr.

––¿Te acuerdas de aquella batalla al pie de la Xerrallana?––, le preguntó Gálanor––. ¿Cómo se llamaba el viejo comandante aquel? Al que le robamos los doce caballos. El feo y gordo que siempre estaba llamando la atención. Creo que era algo así como Hánser o Néshar.
––¡Jajaja! No me acuerdo, pero sé quién dices. Una cura de humildad le dimos al cabrón aquel. Creo que le colgaron. Aunque, de lo que sí me acuerdo es de que fueron nueve caballos, no doce––, le dijo Nerva.

Gálanor soltó una carcajada al viento.

––Las historias se tienen que adaptar a los nuevos tiempos, amigo mío, y los jóvenes de ahora quieren más y más. Y aunque fueran nueve, a mí me parecieron mil.
––Como mil se sintieron––, asintió Nerva––. ¡Dioses, recuerdo cómo nos daban caza aquella noche! Eran bestias de presa. ¿A cuántas mataste cuando nos escondimos en los troncos de los árboles muertos?
––A doce yo, estos sí fueron doce, y tú a seis––, dijo Gálanor acariciándose la barbilla––. Doruna nos sonrió aquella noche tras enviarles dieciocho sirvientes como aquellos. De no ser por tu ridículo plan ahora estarían abanicándonos, y la diosa pidiéndonos explicaciones por aquello.

Fayna los miraba con la boca abierta y el ceño fruncido.

––Tres horas. Tres horas estuvimos buscándonos a nosotros mismos con los uniformes del enemigo que le robamos a un par de cadáberes… entre sus propias filas. A los muertos los escondimos en un par de árboles que tenían el tronco hueco. Estábamos tan llenos de mierda que nadie se dio cuenta de que éramos nosotros––, le dijo a la muchacha.
––Lástima que decidiera mearles en el cocido––, dijo Gálanor con tono quejoso––. No debiste dejarme hacerlo, Nerva. Yo soy el guapo y el fuerte, pero tú eras el cerebrín de todos los planes… mal por tu parte no llamarme la atención antes de que nos descubrieran.

Nerva hizo un gesto resignado, recordando quizá ese momento.

––¡Aquello sí que eran buenos tiempos!––, comentó Nerva al final––. Pero dime, amigo mío, ¿qué demontres haces aquí? Pensaba que ya te habías dado por completo a la vida tranquila.
––Y ahí sigo, pero hoy soy uno de los acompañantes de los cachorros de Pedregales que van a emprender el Viaje. Me contaron que una tuya va a hacerlo también. ¿Ástyr? Es la tercera, ¿no?
––Sí, Ástyr, mi tercera hija con Asdarte. Creo que no la conoces aún. Dieciséis años tiene ya. Me pasaron volando.
Gálanor sonrió a Nerva, poniéndole una mano en el hombro.
––Pues hace veinte años por lo menos que no nos vemos tú y yo, viejo amigo, pero aún os tengo en mi memoria. El tiempo vuela y parece que todos estuvimos demasiado ocupados después de la guerra––. Por un momento parecía que los recuerdos oscuros de aquel pasado saldrían a la conversación, pero Gálanor en seguida reaccionó––. Te dejé aquí hecho un hombre y mírate ahora… fofo y viejo. ¡Mira qué barriga! ¿No te parece muchacha?––. Se volvió a Fayna––. Tú debes ser la hija de Dérrico de Las Combadas––. Le dio un abrazo––. Hacía siglos que no te veía, y ahora ya eres una guerrera plena. Espero que la ciudadanía se te dé mejor que a este hombre que tengo aquí.
––Los jóvenes de Valquebriella siempre superan a sus mayores. Aquí los educamos muy bien––, dijo Asdarte, uniéndose a ellos––. Y por lo que vi, en Pedregales también, aunque teniéndote a ti como ejemplo…
––Mi querida y vieja amiga––. Gálanor se acercó a ella y la envolvió en sus brazos––. ¿Qué le hiciste a mi buen amigo?––. Señaló a Nerva––. Te lo dejé hecho un hombre y míralo ahora… desgastadi como el cuero sin engrasar. Pero por lo menos veo que tú sigues igual.
––El tiempo no espera por nadie y pasa para todos, Gálanor. Te quedarás a la fiesta, ¿verdad? Tengo que presentarte a Ástyr, y seguro que te gustaría ver a Myru y a Laylah––. Asdarte entrecerró los ojos como queriendo ver mejor la cara de Gálanor–– No me digas que acompañas a alguien de tu sangre.
––No, no––, dijo él enseñando las palmas de sus manos––. Todos los míos ya hicieron su viaje, y al último que vino no pude acompañarle a esta fiesta hace unos años. Los piratas nos tuvieron ocupados hasta que los hundimos con sus barcos después de colgarlos en sus mástiles. Pero bueno, ahora que uno se va haciendo viejo y haciéndose veterano en la cuarentena ya no tiene la fuerza de antes. Si hay que labrar los campos y levantar muros… es mejor que lo hagan los jóvenes, que para eso están. ¿Verdad muchacha?––. Se dirigió a Fayna con una sonrisa en la cara y poniéndole una mano en el hombro.
––Sí, claro. Hay que hacerlo bien––, respondió ella con un toque de picardía.
––Bendita juventud––, comentó Gálanor con una carcajada.
––¿Te unes a nosotros, Gálanor? Vamos a buscar a los cachorros ahora––, le preguntó Asdarte.
––Me encantaría. Se lo voy a decir a mis compañeros, están aquí cerca––. Agarró a Nerva por el brazo––. Deja que te lo robe un instante, me gustaría seguir hablando con él de los viejos tiempos y presentarlo oficialmente.
––Muy bien––, asintió Asdarte––. Pero ten cuidado, dice que tiene hambre y ¡te mira como si te fuera a dar un bocado!

Fayna y Asdarte desaparecieron entre las vías abarrotadas de la plaza y Nerva y Gálanor se fueron abriendo paso entre la gente en dirección opuesta. De una de sus mangas amplias, Gálanor sacó un trozo de pan que partió en dos. Uno se lo pasó a Nerva, que lo aceptó con algo de reticencia. Si conocía bien a su viejo amigo, sabía que algo querría decirle. Prepara el camino para decirlo, pero no tiene nada de bueno. Mientras se llevaba la hogaza a la boca, escuchó a Gálanor aclararse la garganta a su lado para hablar.

––¿Temes que te roben el pan?––, comentó Nerva sin dirigirle la mirada, ocultándose la boca con la mano mientras masticaba. Los ojos de Gálanor recorrían el lugar con un interés disimulado, pero que a él no le paso desapercibido.
––Jajaja, mi amigo Nerva. Siempre pendiente de lo que le rodea con su mirada penetrante, su oído agudo y olfato fino.

Nerva vio cómo la mirada de Gálanor bajaba al suelo sin borrar la sonrisa. La alegría del encuentro no había desaparecido, pero pensó que su viejo aliado estaba más agobiado de lo normal, como si cargase un peso demasiado grande sobre sus hombros. Cada vez era más consciente del paso del tiempo; las marcas de la edad y el agobio en la cara de Gálanor debían ser como las suyas, y no pasaban desapercibidas. ¿Tan viejo se vería? Hubo un tiempo en el que no eran más que una ilusión en el horizonte, cuando tenían veinte años, y ahora se había hecho realidad.

––Vamos a sentarnos un poco––, le dijo a Nerva, guiándole a un banco frente al que pendía una liana de hierdra verde. Ambos se sentaron contemplando a todo el mundo pasar.
––Dime lo que te pasa, Gálanor, me estás poniendo nervioso––, le preguntó por fin, con la mano sujetando la hogaza de pan delante de la boca.

Gálanor lo miró un segundo en silencio, pensando lo que iba a decir, y luego miró al gentío de la vía. Al fondo de la calle había un escenario de títeres con una manada de niños gritones y adultos cautivados. Los muñecos agitaban los brazos como locos y hacían reverencias y reverencias. Una de ellas, con una toga azul y blanca, y un par de palos en forma de espada, saltaba de un lado a otro enfrentándose a muchas vestidas de negro. Tras estas, la más grande, con una mata de pelo al estilo humano y una pica entre las manos. Hacía aspavientos intentando acertarle desde lejos, con ataques traicioneros, pero sin acercársele. Cada vez que lanzaba un ataque, los abucheos aumentaban. Mientras el títere de azul cielo acababa con las demás, el de la mata de pelo apareció por detrás, adelantando sus intenciones al público, tapando con las manos su risa diabólica. ¡Cobarde!, gritaban los cachorros, ¡lucha cara a cara!

El títere cayó de rodillas, herido de muerte, frente al mayor de los de negro, el único que quedaba. Se reía y vanagloriaba por haber derrotado al otro con tácticas sucias y cobardes. Su risa era grave y tenebrosa. No paraban de silbarle y vociferar, tanto los cachorros como los mayores, alentándoles. Algunos lloraban cuando el malo decapitó a la valiente bestia azul cielo.

––A mis hijos ya no les gustan los espectáculos de títeres; me dicen que son cosa de niños pequeños––, comentaba Gálanor sacudiéndose las migas de pan del regazo––. A mí me encantan. Al final, por muy mal que esté la cosa, siempre sabes que, de alguna manera, siempre van a ganar los valientes. En la vida, no siempre es así, me temo. Siempre hay algún hijo de la gran puta que no se atreve a blandir una espada en honor a los dioses y te apuñala mientras te da la mano.

Todo el escándalo de pequeños y mayores se convirtió en una aclamación que gritaba al unísono ¡Doruna! ¡Doruna! El títere de negro comenzó a ponerse nervioso y dejó de enseñarles la cabeza decapitada del héroe bestia. Les mandaba callarse, como si no quisiera que la diosa apareciese. Y apareció. Les preguntó que qué pasaba, que por qué la molestaban. El malvado humano se ocultó, disimulando, mientras los niños intentaban decirle lo que había pasado en medio del alboroto.

“¿¡Un cobarde!?”, exclamó la diosa. “¿¡Dónde!?”, preguntó mirando de un lado a otro en busca del humano, que se escondía tras una roca del pequeño escenario. Allí, decían unos. Ahí ahí, rugían otros. Pero la diosa no lo encontraba y pensaba que la estaban engañando. Incluso amenazó con marcharse. Una cachorra pequeña a la que le preguntó si mentían dijo que no, que estaba escondido, ahora, en un arbusto. Nerva sonrió al percibir el repentino peso de la responsabilidad sobre la cabeza castaña de la pequeña. Dijo la verdad y le indicó dónde estaba aquel traidor, para que Doruna lo hiciese salir.

––¿Recuerdas cómo escarmentábamos a los cobardes nosotros, amigo mío?––, le preguntó Gálanor.

Nerva asintió.

“¿Qué hacemos con los cobardes?”, preguntó el títere que representaba a la diosa de la fuerza de la naturaleza y el amor a la tribu. “¿No lo sabéis?” Los niños gritaban y gritaban diciéndoselo, pero les hacía repetirlo más y más alto hasta que se dio por complacida. “¡Muerte!”

––¿Por qué me dices esto?––, quiso saber Nerva.
––¿Recuerdas a Gábor?––, preguntó Gálanor.
––Sí, era un asamblearista de aquí de El Valle––, que había muerto asesinado hacía unos meses y no se encontró a los culpables.
––Sí, ¿y de sus hijos?
––Desaparecieron al poco de que lo asesinaran––. Nerva se mesó la barba––. ¿Los encontraste? Dicen que ellos tuvieron que ver––, bajó la voz––, la muerte de Gábor por temas de tierras.
––Los encontré––, respondió Gálanor con casi un susurro que se perdía entre el murmullo del gentío––. Pero, no pude preguntarles nada…
––¿Por qué?
––Los encontré muertos, sin manos en el bosque, cuando salía de cacería con una batida de mi tribu, cerca del lecho del río. Los había echado a tierra. No había signos de lucha, pero habían sido apuñalados muchas veces, a juzgar por el estado de… lo que quedaba de ellos.
––Dioses… una muerte así es una condena. No habrá descanso para sus almas––. Sin sepultura, sin acero en las manos. Morir sin presentar batalla––. Habrá que darles sepultura, quemar sus cuerpos y rezar a los dioses porque encuentren el camino a sus fortalezas.
––Lo hicimos, pero intento no levantar revuelo, Nerva. Ya sabes cómo están aquí las cosas.

Con un suspiro, los problemas de El Valle volvieron a su cabeza. Y no eran pocos. Una facción de asamblearistas, cercana a los oligarcas de la guerra de los Hijos de la Ira, pero que se mantuvo fiel al gobierno asambleario, estaba ganando demasiado poder gracias a Túsqueras Alangar, su cabeza visible. De hecho, aún continuaba creciendo, en especial por la anexión de algunos territorios al norte de El Valle, arrebatados a bandidos y anexionándolos mediante “persuasivas” insinuaciones de un futuro mejor. Gracias a esos pequeños triunfos Túqueras conseguía que los clanes de Valquebriella tuvieran en cuenta su nombre. Nerva sabía cómo manipulaba a un grupo de asamblearistas gracias a una red de mentiras que se extendía con sobornos y lisonjas. La mayoría de ellos eran nuevos miembros de las asambles, jóvenes hijos de clanes venidos a más tras la caída de sus antiguos amos traidores. No conocían la guerra de verdad y tan solo tenían experiencia en escaramuzas y refriegas. No podía sentir más que desprecio por ellos. ¿En esto va convertirse El Valle Quebrado? ¿Y yo tengo que ver cómo pasa después de haber luchado por él?

Podría ser parte de la osadía de la juventud, pero por mucho que echaba la vista atrás, Nerva no recordaba haber sido de esa manera, ni Asdarte tampoco, ninguno de ellos. Estos no se toman en absoluto en serio los problemas de los clanes, y parecían preocuparse únicamente por su propio porvenir. Ellos, ellos y nada más que ellos. Entregados a los placeres más bajos y egoístas, obcecados en sobrepasar los límites que se habían establecido de manera tácita, y romperlos. El asesinato de Gábor, miembro de la Asamblea de El Valle, que se había opuesto a las políticas de Túsqueras de manera sistemática tenía visos de ser un ajuste de cuentas entre ellos. Lo habían encontrado colgado de una rama, por una pierna, con el cuello seccionado y cortes profundos entre los muslos. Completamente desangrado. Si lo que Gálanor le decía era verdad, no tenía motivos para mentir un hermano que había compartido el barro, el acero y la sangre en la guerra, todo parecía ser un aviso a los demás. Gábor colgado de un árbol. No hubo ni pistas ni testigos. Nunca encontrarían al asesino. Y antes de que pudieran escoger a otro asamblearista, Túsqueras había logrado con una resolución, su total autonomía de acción. La Asamblea votó y, a costa del poder de El Valle, el suyo creció un poco más. Y ahora habían encontrado a sus hijos muertos de manera miserable cerca de Pedregales. Los habrían encontrado antes, quizás, si no hubiera sido por las tormentas de los últimos meses, pero al fin aparecieron.

No entendía cómo era posible que esta gente no aprendiese jamás. El poder concentrado en una sola persona, ¿qué tiene de atractivo? El gobierno de la Asamblea fomentaba la igualdad entre todas las clases de clanes y tribus de bestias, evitando que cayese en una sola figura que lo manejase a su voluntad. Pero a esta gente, esa igualdad parece molestarles. No quieren someterse a la ley, quieren dominarla y utilizarla.

––Son peligrosos, Nerva. Lo están demostrando. Y no temen en condenar a una persona sin posibilidad de defenderse ni aunque eso resulte en la perdición de cara a los dioses.
––Lo sé.

Y, entre el rugido de alegría de todos y terror en el títere de la mata de pelo negra, hubo una pequeña explosión y cientos de pedacitos de hojas de árbol pintadas de muchísimos colores salieron disparados al cielo. La marioneta humana cayó fulminada al suelo y Mandal, el dios del inframundo, se llevó el cuerpo al infierno de los cobardes. El peor lugar al que a un ser vivo se podía condenar.
Ástyr
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Re: El Viaje del Juicio [Privado] [Finales de Invierno,1272]

Mensaje  Ástyr el Vie Sep 01 2017, 16:25

ASDARTE

1

Ambientación:

El banquete de celebración de la ciudad de los árboles del Valle comenzaba pasado el mediodía, en la meseta central del albardón de la base que partía el río en dos en su nacimiento antes de que se uniera al sur. Allí habían levantado las docenas de tiendas y las grandes mesas para celebrar la partida de los cachorros de los clanes de Valquebriella. El río Akaxer discurría a izquierda y derecha de la estribación por el cauce, a unos veinticinco metros de profundidad desde allí, para unirse al sur ambos afluentes. El canal de estiaje podía subir diez metros en las estaciones húmedas, con las riadas, sobre todo en época de deshielo, alcanzando el albardón de orilla y las depresiones laterales, aunque su curso rara vez cubría la parte en que se situaban. Desde allí, a diferencia de otros lugares tan abajo, podría llegar a verse el sol y el cielo de manera clara, sin que las enormes estructuras sólidas de ramales que se extendían y bifurcaban como cientos de miles de serpientes gigantescas, les ocultaran la vista.

Asdarte dio un sorbo de vino de la copa labrada, recorriendo con la mirada los troncos multicolor de aquellos árboles sobre los que se levantaba la ciudad de bestias de Valquebriella. Los druidas decían que surgía de manera natural, dependiendo de la edad de la corteza; los primeros cien metros eran un arco iris de tonalidades lila, verde, anaranjadas y amarillas en diferentes patrones geométricos, espirales o, incluso moteados. Más arriba, el árbol se volvía blanco y liso, pero desde los niveles inferiores, su pueblo acostumbraba a adornarlos con tintes vivos y murales al fresco, recordando ceremonias, paisajes de las antiguas historias de su tierra natal en el norte, que ahora están bajo el mar, y acciones de guerra triunfales.

La mujer no pudo evitar que se le dibujase una sonrisa en la cara al recordar la dedicada a la guerra de los Hijos de la Ira, como la llamaban los cantores y los poetas. La primera vez que la vio, se dijo a sí misma que esa figura en medio de un inmenso y nublado campo de batalla con cientos de antorchas alumbrando la oscuridad no se parecía en nada a ella. De hecho, tampoco el campo de batalla era el mismo, ni era oscuro ni llevaban antorchas. Ni siquiera cuando levantó la cabeza decapitada del hijo de Ádalas, había estado tan seria ni tan limpia. En realidad, fue todo lo contrario pero, de todas maneras, una simple pintura no podía transmitir lo que sentía una en el campo de batalla, ni el olor metálico y húmedo de la sangre y el barro. Por muy bueno que fuera el artista, si no era guerrero, jamás lo sabría. Aquella excitación que sólo podía venir por designio divino era imposible de trasmitir con palabras.

El humo de las llamas subía en espiral al cielo, mientras los esclavos corrían de un lado a otro para que todo estuviera preparado. Los señores y señoras de los clanes alzaban los brazos con las copas balanceándose en el aire, derramando el líquido para que cayera en la tierra, brindando por los cachorros que se convertirían en hermanos de sangre cuando volvieran de su viaje.

De uno de los elevadores de poleas que bajaba un grupo de carros con su caballos apareció Myru. El segundo hijo de Asdarte y Nerva era alto y esbelto. Vestía una capa de seda azul marino y una camisa con motivos geométricos que representaban los discos solares de Yleoque, que relucían bajo los rayos del sol blanco de invierno que iluminaba aquel claro.

—Madre—, dijo él dando un salto antes de que el pesado elevador se apoyase por completo en suelo. Se acercó a ella y la saludó con una leve reverencia. Sus ojos brillaron con el color del oro batido, junto a la cicatriz encima de su ojo derecho. Asdarte percibió un aire de frescura salvaje en el aspecto que le daba a su rostro, partiéndole un ceja en dos por el exterior.

—Hola, hijo—. Se acercó para darle dos besos.

—Laylah y padre yá están sentados en los asientos de honor para los progenitores de los viajeros, deberíamos ir para los brindis—, le dijo él, sonriente, ofreciéndole el brazo. Ella lo agarró.

—¿Qué tal por la ciudad?—, preguntó Asdarte—. ¿Te acostumbras? No es igual que vivir en la tribu.

—En parte, madre. Es mucho más grande de lo que recordaba la última vez, y tiene más actividad que diez tribus con sus clanes juntas. Todo parece que va tan deprisa. Tal vez sea porque siempre que hai una celebración se llena con viajeros de todos los rincones de la Sylvanía.

Asdarte sonrió al ver que su hijo, que ya era un hombre, le seguía pareciendo un niño que se sorprendía como ella tantos años atrás. Vio algo de Nerva en aquel gesto, aunque no sabría decir qué.

—Bien, a todo el mundo le pasa cuando viene de las tribus a la gran capital. Y más, siendo hijo de quien eres.

—Ya—, contestó Myru llevándose la mano a la nuca—. Todo el mundo me para para decirme que me parezco a padre si estoy contigo, o a ti, si estoy con padre. La verdad es que no conozco a nadie, pero me esfuerzo por ser cortés—, dijo el muchacho con cierto orgullo.

—Tu padre es uno de los asamblearistas más poderosos aquí en Valquebriella, y representa a nuestra tribu y nuestro clan. Pronto arreglará tu entrada en la Asamblea de Ciudadanos, pero primero tiene que organizar algunos… asuntos. ¿Sabes quién es Túsqueras?

Myru asintió prestando toda su atención a lo que decía su madre, sin interrumpirla, sabiéndose a prueba.

—Sí—, contestó, aclarándose la voz—, un asamblearista—, apretó la mandíbula sabiendo de quién estaba hablando—. Uno de los más influyentes aquí en Valquebriella—. Pareció contenerse para no decir que era el más poderoso, por encima de su padre, o incluso de Asdarte, que, que aunque no lo era y la representación de su tribu recaía en Nerva y otros, todo el mundo quería conocerla—. Su tribu se encarga de la mayoría de la seguridad de Valquebriella. Así que, basicamente, gobierna él.

—Eso es—, le felicitó Asdarte, agarrándole el brazo con la mano, orgullosa de que su hijo estuviera al tanto de lo que allí sucedía—. Veo que el hecho de que te imponga la ciudad y parezcas algo ensimismado, no estás al margen de lo que pasa en ella. Tu padre y yo pensamos que es buen momento para que entres la asamblea y que te nombren como miembro de decisión, pero Túsqueras se opone, dice que con el invierno tan duro que hubo y el trasntorno del viaje ya son suficiente caos, y que costará meses volver a la normalidad. Dice que debe retrasarse, por lo menos, hasta el verano, si acaso—. Se pararon en una mesa solitaria a la sombra de un árbol, sin nadie cerca para oírlos. Asdarte posó la copa en ella sin soltarla—. Dime por qué.

—Posiblemente porque eso justificaría que se me asignara territorios aquí, y se me estaría permitido traer mi propia guardia de guerreros. Eso provocaría un desequilibrio de poder a nuestro favor. El cabrón sabe que no podría hacer lo que le saliera de los cojones—, dijo con una inesperada chispa de ira brotando en sus ojos. Asdarte le miró frunciendo el ceño y Myru se tranquilizó. Clavó la mirada en suelo, frustrado—. Deberíamos traerlos igualmente. Si me planto en Valquebriella con una delegación de guerreros propia y la sumo a la de padre y sus aliados no tendrían valor para detenernos. Ni medios. Somos mejores guerreros que ellos—. Sonrió con malicia.

Asdarte se encojió de hombros.

—Podríamos, pero esta ciudad—, elevó su mirada a las copas de los árboles y el sol acarició su piel entre las sombras de las hojas—, es algo por lo que tu padre y yo, y toda nuestra tribu, luchamos para proteger y mantener frente a la oscuridad del mundo mucho antes de que tu o tus hermanas nacierais. La amamos, por eso matamos y morimos defendiéndola muchas veces, igual que tú este invierno con los invasores orientales—. Apuntó con el dedo a la cicatriz de su ojo—. Lideraste muy bien aquellos ataques y te distinguiste en batalla.

>>Pero el resto del mundo es oscuro y tenebroso, hijo. Ya lo viste por encima cuando saliste en tu viaje del juicio. Igual que yo, y mucho después también; a todos los lugares a los que fui en la vida siempre encontré injusticia y enfermedad. En todos esos sitios siempre había un amor que detentaba todo el poder y hacía su voluntad. Reyes, como los llaman en el extranjero, que viven en la opulencia mientras la gente se ahoga en la miseria. Uno para gobernarlos a todos; para darles tierras a sus amigos y quitarles a los demás mientras les roba el producto del sudor de frente y el dolor de sus músculos. Es como jugar con espadas de fuego.

>>Nosotros somos Asambleas, que es todo lo contrario: nos damos leyes para convivir, respetándolas siempre que sean justas, y aquí hastas las bestias comunes pueden tomar la palabra. Por desgracia, como ves, siempre hay alguien que las utiliza para… otras cosas. No es perfecto este sistema, claro, porque nada lo es, pero por eso le dedicamos la vida, y por eso aprendemos a usar las armas. No por ellas, sino por lo que representan. Por lo que defienden. Merece mi vida y la de tu padre y la de tu hermana—. Pensó en Ástyr; también merecería la suya cuando llegare el momento de defenderla—. Y tu vida, Myru, no va a ser menos.

>>Por eso espero que entiendas que presentarnos aquí, apuntando con el dedo acusador a Túsqueras, sin pruebas, nos convertiría en enemigos de todas las tribus del Valle y de toda la Sylvanía en la que se asientan las bestias en Sandorái. Y peor, iríamos en contra de aquello por lo que luchamos.

—No tengo miedo al resto de familias—, dejó claro Myru—, pero si Túsqueras no quiere que me hagan Asamblearista, ¿permitirá que lo sea Laylah? No sé qué otra opción tendríamos—, preguntó.

—Tu hermana deberá formar parte del consejo de nuestra tribu, para guiar a nuestros clanes, igual que yo ahora. Tu deberás seguir el camino de tu padre. Siempre se hizo así.

—Pues no sé si podemos esperar a que Ástyr se haga una ciudadana… por lo menos, quedará un año, y eso si vuelve, cosa de la que no estoy muy seguro. Viendo como es ese pequeño torbellino…—. Mientras lo decía, dejó escapar un suspiro y una sonrisa.

—No, no podemos esperar a que Ástyr crezca sin hacer nada contra Túsqueras. Pero volverá, estoy segura. Todos volvisteis—. Se llevó la copa a la boca y dijo—: Lo que haremos será hacer una petición en asamblea formal para admitirte como uno de ellos—. Bebió con una sonrisa entre dientes—. De esa manera, los guerreros de nuestras tribus podrán desfilar por la ciudad, y tu guardia subir arriba.

—¿Podré entrar con mis guerreros?—, preguntó Myru, descreído. Al arquear sus cejas, aquella cicatriz brilló.

—Sí si aprovechamos para celebrar el Desfile de la Victoria y se propone con el apoyo de la multitud—, contestó Asdarte, removiendo el vino de dentro de la copa—. Tienes derecho a él, y con tu ejército de guarnición de guerreros frente al edificio de la Asamblea, y los de los afines a tu padre… también es peligroso. Pero ya propagamos el rumor para que la gente vaya dándolo por hecho. No resulta muy barato tampoco, los mentes débiles que no deberían estar en la asamblea pero que, de alguna manera, ahí están son aficionados al oro. Así que podemos darlo por hecho.

—Comprendo—, dijo Myru, sorprendido. Comenzó a sentir el peso de la responsabilidad sobre él al ver los esfuerzos que se estaban tomando su padre y su madre para defender el asamblearismo frente a la decadencia que traería Túsqueras y sus acólitos—. Estoy preparado, madre.

—Claro que lo estarás—, respondió Asdarte, sonriendo convencida de que estaría a la altura. Le acarició la cara con ternura—. Ya eres todo un hombre. Parece que fue ayer cuando te tenía en mis brazos y ahora, fíjate. Deberíamos proponer también un mural en conmemoración de la victoria sobre las hordas orientales para que los guerreros que te siguieron estén orgullosos de su labor.

—Son valientes—, asintió Myru—. Al sangrar juntos en combate… creo que aquello que me decías que solo los guerreros pueden sentir—. Intentó explicar con palabras lo que le produjo estar inmerso en el fragor de la batalla con el blasón de su tribu como ciudadano, ver la cara del enemigo frente a frente, mientras las voces de sus hermanos y hermanas le cubrían las espaldas, codo con codo, gritando como una sola voz, matando como una sola espada, encontrarse a mitad de la batalla perdido, pero con Doruna guiándole la mano mientras la sangre espesa y cálida le cubría el rostro, combatiendo al enemigo… pero no pudo—. Los lazos de Doruna—. Esa era la expresión.

—Ya pasaron un par de inviernos desde tu viaje del juicio—, le comentó Asdarte—. Deberías haber tomado compañera al volver, no podemos esperar a que te hagas viejo para tener hijos. Eso sería un motivo a favor para entrar en la Asamblea. Y además, eres guapo como tu padre en su juventud, cuando me retó en duelo de cortejo. ¿No encontraste a ninguna que te retara o durante las batallas para tener descendientes fuertes?

Myru se sonrojó y alzó la vista al cielo con un suspiro.

—Encontré a una cada día, con cada herida y cada atarceder, madre… aunque, no me decido a retar a ninguna, sea de nuestra tribu o de otra.

Ante las palabras de su hijo, Asdarte entendió que buscaba un flechazo, una historia que contarle a sus futuros hijos igual que ella se había contado a él, Laylah y Ástyr. Y también que contarle a los clanes para que los poetas hicieran su extraña magia. El amor no funciona así, quiso decirle.

—Bueno, llegará, siempre habrá alguna batalla en la que surja el amor. Quizá tengas un hijo antes para que te ayude a decidirte.

Asdarte quería con toda su alma que Myru le diese una descendencia fuerte y poderosa que reforzara su tribu, aunque hasta el momento no la habían escuchado los dioses. Aún así, este tipo de eventos eran muy esperados por todos aquellos que estaban en edad de elegir compañero o compañera.

De camino a las mesas de honor de los padres y madres de los viajeros, Myru y Asdarte pasaron junto a los pabellones de las diferentes tribus, todos adornados con ramas y hierbas aromáticas, mientras las chimeneas mezclaban en el aire el olor a carne ahumada y verduras a la parrilla. La vida rugía tanto arriba en la ciudad de Valquebriella como en la base, al son de las flautas y los panderos. Los perros correteaban, ladrando y lanzándose sobre los restos de comida que se amontonaba encima de algunas mesas como osarios que algunos cachorros decidían tirarles a escondidas.

En la mesa alta, sobre una tarima elevada de madera a un metro del suelo, estaban Nerva y Laylah entre muchos otros progenitores, rodeados de jóvenes que se erguían con orgullo buscando su favor de una manera u otra. Cada uno competía a su manera por ello, fuera brindando con más fuerza que los demás, haciendo una broma más mordaz sobre alguno de los presentes o contando una anécdota graciosa y cantando en honor a los dioses por la ventura de haber sobrevivido a un invierno. Asdarte rara vez les respondía de otra manera que no fuera una fría cortesía. Por la tarde habría pruebas de competición de lanzamiento de jabalina, carreras de caballos, tala de árboles y seguramente, luchas cuerpo a cuerpo, individuales y melées; luego, se narrarían historias y habría un baile de clausura. Ese sería un buen momento para ver cuántas pretendientes podría tener Myru, mientras todos se alineaban en fila y danzaban con tranquilidad. Aunque más bien parecía un paseo.

No tenía duda de que muchos clanes querían cruzar su sangre con la de la suya, cada año sucedía igual y era buen momento para que los dioses los bendijeran con uniones. Eso era siempre un buen augurio. Es deber de la tribu asegurarse de que ninguno de los suyos viva en soledad. Cierto es que no siempre hay suficientes parejas para todos y entonces debían aguardar hasta la próxima vez, pero, con eso y con todo, nadie podía vivir en soledad, porque su deber como ciudadanos era engendrar cachorros, dar nueva sangre para garantizar el futuro de la tribu en las nuevas generaciones. No estaba permitido negarse.

Los recuerdos de sus propios bailes avivaron el deseo dentro de ella, cruzándose los ojos con Nerva, que se levantaba para recibirlos al llegar. Le pasó los brazos por la cintura y le besó, apretándolo contra sí.

Se volvió hacia Laylah, que se puso de pie, vestida con una hermosa túnica de flores bordadas y el pelo castaño suelto, ondeándole sobre los hombros desnudos.

—Madre—¸le dijo ella, acercándose para abrazarla. Ya eran de la misma estatura, y en pocos años sería más alta, casi de ela edad de su padre—. Estábamos esperándoos.
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Re: El Viaje del Juicio [Privado] [Finales de Invierno,1272]

Mensaje  Ástyr el Sáb Sep 02 2017, 18:21

2

AMBIENTACIÓN:

Los esclavos les llenaban las copas una y otra vez mientras los druídas narraban las historias divinas y de sus héroes hasta quedarse sin voz antes de servir la comida. No había visto a Ástyr durante toda la mañana, salvo un segundo al poco de levantarse, que iba corriendo de un lado a otro, en busca del maestro Dérrico… o intentando evitarle. Nunca estaba segura de qué estaba haciendo en realidad, si cumpliendo órdenes o desobedeciéndolas. Era una bestia sin domar… y eso podría traerle problemas en un mundo de corderos.

—Bueno, creo que estamos todos… por lo menos, los que no nos vamos de viaje—, dijo Nerva a sus hijos y a Asdarte.

—Espero que no se haya ido ya—, dijo Laylah algo molesta por la falta de seriedad de su hermana pequeña—. Imagino que sabe que tiene que venir al banquete en honor a ellos, ¿no?

—Espero que sí—, dijo Myru suspirando.

Nerva y Asdarte se intercambiaron una corta mirada, pero no dijeron nada. Le volvió a la mente el pensamiento de que Ástyr adoptase los hábitos de los druídas, y no era la primera vez que le daba vueltas a eso. Saben los dioses que necesitaba refrenar sus instintos, aunque fuera mínimamente, si quería sacarle partido a un futuro en la ciudad. La vida en las tribus seguía rigiéndose por los antiguos mandatos de los dioses, pero en la ciudad parecían estarse olvidando en medio del cinismo y la cobardía de la civilización. Y ella era sangre de su sangre, por sus cuerpos corría la de la diosa Doruna. En la ciudad, aquello era como una antorcha en un granero.

Quizá estar cerca de los dioses la encauzaría de alguna manera. Los druidas eran los encargados de mantener vivas las leyes sagradas, se encargaban de interpretar los augurios y profetizar el futuro, todo el mundo lo sabe, y también se encargaban de transmitir la tradición poética y literaria de su pueblo. Cuando la Asamblea Druídica aceptaba un nuevo miembro, entregado por la tribu desde niño, ellos se encargaban de su educación hasta la edad adulta, cuando se convertía en ciudadano, y, tras diez años, se convertía de facto en uno de ellos. La memoria de los maestros desde que la primera bestia llegó al mundo pervivía en ellos. Pero no dejaba de haber casos en los que muchas bestias descubrían la gracia de los dioses en su interior tras su Viaje del Juicio y decidían abandonar la disciplina del acero por la de las runas.

No, eso supondría el anulamiento de la promesa al señor tribal Leyden de unir sus líneas sanguineas (y sus tribus) casándola con Lank de Cofer, su hijo. Una deuda de gratitud entre ambas tribus durante la última ofensiva de la guerra de los Hijos de la Furia. La batalla había empezado mal para la alianza de bestias y elfos frente a los rebeldes, y el ejército de Leyden, el único que a aquellas alturas podía plantarles cara a los huestes de los oligarcas que querían tomar el control de los clanes y las tribus, les hacía ganarse cada centímetro de terreno. Aquel día hubo bajas amargas que aún hoy se cantan: Layne, el Trueno Ámbar, el primogénito de Leyden, murió cuando una piedra le golpeó en la cabeza justo cuando se batía en combate individual con Ádalstyr, que terminó rebanándole el pescuezo mientras caía de rodillas.

Era un muchacho alegre, sonriente con el que parecía que ningún problema era importante. Su sonrisa llenaba los bosques de vida… y qué risa le hacía su mote cuando se enteró Esa noticia fue la que hizo que Asdarte instare a los guerreros de Valquebriella, junto con Nerva, a lanzar una última ofensiva desesperada contra el monstruoso ejército de Ádalas, con Ádalstyr, su hijo, al mando… más que para ayudar a Leyden, para morir con él. Por eso entraron en combate y por eso sonaron los cuernos de la Lundû Talin tzen-Gindan.
Asdarte buscó por todo el campo de batalla a Ádalstyr, gritando su nombre, para matarlo con sus propias manos por lo que había hecho. Cuando se quiso dar cuenta, todos repetían aquel nombre, retumbando como un trueno entre aquellos valles.

¡Ádalstyr! ¡Ádalstyr!

Cayeron sobre él y sus hombres sin piedad. Al verlo en frente ya no tuvo oportunidad de hablar con él, pero sabía por qué había matado a Layne. Y nunca se lo perdonaría, por más que le doliera haberlo hecho. Eso no lo cantaban los poetas. No lo cantaba nadie.

Asdarte ya no estaba segura de aquel enlace… tras estos años Leyden, que volvió a tener un hijo y ella una hija, se había vuelto muy sombrío. La muerte de Layne le había afectado extraordinariamente, sin duda, y los ataques de opositores y aspirantes que pretendían usurpar su posición en la tribu y en el Concilio de los Quinientos se volvieron constantes. La muerte de su mujer, cinco inviernos atrás, le había hecho olvidarse lo que era sonreir. O eso decían… se rumoreaba, además, que su hijo Lank no le tenía demasiado aprecio. También escuchó las historias que se contaban de él. Y no era lo que buscaba para su tercera hija.

—Mira, madre—, la avisó Myru con un susurro, apuntando discretamente con el dedo, desde la mesa mientras la druida de Valquebriella se aproximaba al altar de madera en medio de un gran silencio, con un toro. Lo ataron a una argolla, fijamente sujeta a una roca.

—¿Qué pasa?—, preguntó ella.

—Acaba de aparecer Ástyr, por fin—, dijo él.

El druida tomó un enorme cuchillo de plata y le cortó el cuello al animal. Bestia y animal intercambiaron una corta mirada antes de que este cayera desplomado al suelo y su sangre comenzara a empapar la tierra. Y Asdarte vio cómo ella se colocaba en fila entre los demás cachorros que saldrían al Viaje del Juicio. Nadie pareció percibir su ausencia ni, ahora que había llegado, su presencia.

Mientras veía cómo el druída la ungía con la sangre del toro sacrificado en ofrenda a los dioses, se permitió una sonrisa. Ástyr era una pequeña salvaje; por alguna razón, Asdarte sabía que lo era más que cualquiera de los presentes. Entendía esa sensación. Y tuvo la visión de en un futuro, vese cabalgando con ella, cuando de nuevo retornase a ellos, una guerrera plena del Valle, una guerrera de su tribu. Su ánimo se aligeró cuando imaginó a Túsqueras y todos los enemigos huyendo aterrorizados de sus hijos.

Cuando llegue ese momento no habrá lugar para las estúpidas sonrisas y comentarios con doble sentido que nublaban la mente vacía de los cobardes suaves de espíritu. Civilizados.

Vio la sangre recorrer la frente de la cara de Ástyr, y gotearle en la punta de la nariz. Con todos los viajantes ungidos, la multitud de las tribus del Valle rompieron en aplausos para celebrar los buenos augurios, y Asdarte cerró sus ojos con una sonrisa, dejándose llevar por las hermosas imágenes de quemas y gritos.
Ástyr
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Re: El Viaje del Juicio [Privado] [Finales de Invierno,1272]

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