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[Superstición] En el corazón de la montaña

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Mensaje  Elen Calhoun el Miér Sep 19 2018, 00:39

- Cuéntame algo más, aún es pronto. - susurró la hechicera, acomodándose sobre su pecho y dejando descansar la cabeza en su hombro. Alister la rodeó por la cintura con un brazo y acarició con delicadeza su vientre a través de la tela, los festejos de la Ohdà continuaban en las calles, pero ellos habían decidido retirarse a la comodidad de la posada hacía ya rato. - ¿Qué más podría contarte? - se preguntó a sí mismo en voz alta, guardando silencio durante unos segundos. Su motivo para llevarla hasta Dundarak había sido mostrarle una de sus celebraciones más importantes, pero ahora la curiosidad de su esposa iba más allá, quería conocer mejor la cultura de los dragones y el ambiente y creencias con que se había criado.

- Ya te he hablado de la ceremonia de paso para los jóvenes y también de nuestros dioses y tradiciones relevantes… - dijo al poco, con la vista clavada en el techo de la habitación. - Los brujos tenemos muchas historias, seguro que vosotros también. - insistió la de cabellos cenicientos, deslizando los dedos por uno de los botones de la camisa del cazador. - Sí que tenemos, ¿qué tipo de relato te apetece oír? - inquirió, bajando la mirada para buscar su rostro. - Algo agradable. - contestó Elen, esbozando una leve sonrisa.

- Existe una leyenda… bueno, no sé si podría considerarse como tal pero los ancianos se encargan de transmitirla a las nuevas generaciones… - empezó a narrar, captando toda la atención de la tensai.

“Hace siglos, durante el invierno más duro que estas tierras conocieron, un humilde matrimonio de granjeros recibió a su primogénito, quién a causa de la debilidad de su madre y la falta de alimento falleció solo dos días después de llegar al mundo.” -relató, obteniendo una mirada de reproche por parte de la benjamina de los Calhoun, pero aquella historia solo acababa de comenzar.

“Afligido por la inesperada pérdida, el campesino se dispuso a cavar una pequeña tumba a escasos metros de la casa, mientras su desconsolada esposa lloraba al niño con tal intensidad que toda la aldea la escuchó. Y fueron justamente los llantos de la mujer los que atrajeron a una extraña visitante a su hogar en cuanto el sol se ocultó tras las montañas.

- Tu dolor me ha traído hasta aquí, ¿qué estarías dispuesta a sacrificar para que viviese? - preguntó la recién llegada, envuelta en un blanco manto tan puro como la nieve. - Cualquier cosa. - contestó la madre sin dudarlo, aún con lágrimas en los ojos. - Entonces muéstrame a tu hijo. - pidió la misteriosa dama, aguardando en el umbral de la vivienda hasta que se lo trajo. Sin decir nada, la visitante tomó al bebé entre sus brazos y apartó la sábana que lo envolvía para ver su rostro, acariciando su pálida mejilla e inclinándose para darle un beso en la frente antes de devolverlo a su progenitora, la cual con asombro observó como la criatura recobraba el color y empezaba a llorar.

Estaba vivo, de verdad lo había traído del otro lado, pero a un alto precio que pronto sería revelado.

Sin aceptar ningún pago, la mujer se marchó por donde había venido, dejando que la pareja se hiciese cargo del niño y descubriese el coste de su deseo, su primogénito estaba sano, pero sus ojos ahora eran grises, se había quedado ciego. También la madre pagó por pedir un milagro, días después de recuperar a su hijo una repentina enfermedad se ensañó con ella, que si bien no murió, quedó estéril, cosa a la que no dio importancia ya que tenía a su bebé.

Siete largos años pasaron antes de que sus caminos volviesen a cruzarse, cuando nuevamente, la dama de blanco se presentó en la granja, pero no para hablar con el matrimonio sino para ver al pequeño dragón, que había crecido casi como cualquier otro muchacho de su edad.

Cuenta la leyenda que cuando los apagados ojos de éste se posaron sobre la mujer pudo verla perfectamente y quedó embrujado por ella, pero antes de que pudiese seguirla, su nívea silueta se desvaneció con una fría brisa, sumiéndolo de nuevo en la perpetua oscuridad en que vivía. Aún era pronto.

El día de su decimoquinto cumpleaños, mientras visitaba Dundarak junto a su padre, volvió a verla, y ésta vez la extraña no desapareció como había hecho durante su breve encuentro anterior, esperó a que la alcanzase y le hizo una única pregunta.
- ¿Qué es lo que más deseas? - formuló, clavando su profunda mirada en la de él. - Quedarme contigo. - respondió el chico, pero sus palabras no fueron suficiente para retenerla, una vez más, se esfumó con el viento. Todavía no había llegado el momento.

Pasaron otros siete años, y cuando ya había perdido toda esperanza, la doncella reapareció ante él en mitad de la noche, sin que el tiempo hubiese hecho mella alguna en su belleza. - ¿Vendrías conmigo? - inquirió, y sin dudarlo, el dragón asintió con la cabeza, tomando su mano y dejándose guiar hacia el pico más alto. Esa fue la última vez que sus padres lo vieron, alejándose por la llanura en compañía de la visitante que lo había arrancado de los brazos de la muerte y que ahora, lo reclamaba para sí.”

- ¿Qué pasó con ellos? - intervino la hechicera en cuanto se hizo el silencio. - Dicen que se lo llevó al corazón de la montaña y allí pasaron juntos medio siglo, tiempo en que la dama trató de cumplir su propio deseo, dar a luz a un hijo, pero no lo consiguió… y cuando su amante finalmente pereció salió en busca de otro niño al que atar su destino, sin saber que al traerlos del Hel, ninguno de ellos podría darle lo que tanto ansiaba. - contestó el norteño, acariciándole la espalda.  

- Te había pedido un relato agradable. - musitó Elen, llevándose una mano al abultado vientre. - Si lo piensas bien es una historia de amor, el de la madre que sacrifica cualquier cosa por su bebé y el de la mujer que solo quiere traer otra vida al mundo. - explicó el cazador, besando sus cenicientos cabellos. - Los ancianos aseguran que la doncella todavía no se ha rendido, y que de vez en cuando aparece en las casas de aquellos cuyos descendientes varones mueren prematuramente, para traerlos de nuevo y continuar el ciclo, concediéndoles una vida sin luz para llevárselos cuando alcanzan la madurez. - continuó, en un susurro.

- Conscientes de esto, muchas de las campesinas de por aquí entierran a sus niños o los creman en cuanto fallecen por miedo a que venga a robárselos, creen que con perderlos una vez es más que suficiente. - terminó, bajando la vista al rostro de la bruja. Sabía que la benjamina de los Calhoun no estaría demasiado conforme con la historia que acababa de contarle, pero se había empeñado en conocer la cultura de los suyos, y aquella superstición o mito, era parte de ella.



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