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Mensaje  Desmond el Sáb Nov 04 2017, 18:05

Plantó la mirada nuevamente en el reloj y escuchó una risita nerviosa a su lado, reconoció rápidamente la voz de su interlocutora e intentó regalarle la sonrisa más aduladora que pudo a su acompañante de ascensor. “Debe ser muy importante para ti, ha de ser una mujer afortunada”, dijo ella. Él se limitó a asentir estoicamente y a regalarle una nueva sonrisa mientras paseaba la mirada por el espejo de las cuatro paredes, dejando su mente divagar sin importarle demasiado a dónde le llevarían los pensamientos.

Sentía cierta impaciencia por cruzar los últimos seis pisos de oficina que quedaban por bajar y por correr al autobús para llegar rápidamente a la casa que compartía con la dichosa “mujer afortunada”. Cuando quedaban tan solo dos pisos, el ascensor se detuvo y las luces parpadearon escuetamente para luego, finalmente, apagarse por completo.

Escuchó el jadeo de la mujer a su lado, muy cerca de él, luego sintió el cuerpo de ella pegarse al propio y, aunque intentó a toda costa evitarle, no lo logró, ella se aferró a su brazo con tal fuerza que parecía desear quitárselo. Abrumado palmeó a su lado donde él pensaba que la mujer se encontraba y pudo dar con su cabeza, entonces intentó hallar con su mano su mejilla, pero sólo se encontró con una piel rocosa y fría.

Las luces volvieron a parpadear y él se quedó estático ante la imagen de su mujer, estaba muerta. Muerta y con las cuencas vacías.

En aquel momento el apogeo de las luces, junto con el sonido del ascensor de vuelta a su funcionamiento lo devolvieron rápidamente a la realidad. Una mujer enrojecida y con ojos de ensoñación colgaba firmemente de su brazo, y no parecía tener deseos de quitar sus dedos del esmoquin, él carraspeó en torno a su otra mano y sólo entonces ella pareció reaccionar, tomando distancia y levantando sus manos para arreglarse el cabello, mirándose los últimos segundos a los espejos para comprobar su estado.

-¿Estás bien?

Ella asintió tímidamente como respuesta y, cuando las puertas al fin se abrieron ante ellos y él se tomó el tiempo para sujetarle la esquina para que la mujer saliera, ella boqueó como un pez fuera del agua antes de proponerle una invitación a una cafetería cercana, que se encontraba a menos de una cuadra. Él negó la oportunidad con amabilidad, pero le agradeció.

Amaba a su mujer, disfrutaban de muchas historias juntos, enfrentado muchas dificultades antes de poder, al fin, sortear los inconvenientes. Sus familias habían tenido muchos conflictos de intereses y, por lo tanto, su unión contrastaba completamente con la rivalidad que éstas sostenían. Finalmente, ambos habían decidido probar suerte por su cuenta y, tan pronto se les dio la oportunidad, viajaron lejos, a hacer sus vidas sin terceros en medio. Al menos hasta el día en que los padres de ella hicieron nuevamente su aparición, reclamando a su hija; sin más que hacer, fue él mismo quién arregló esa situación, llegando al fin a un consenso.

Se bajó del autobús mientras sacaba de su bolso una caja aterciopelada y sonreía mientras la acomodaba entre sus manos.

Entró a la casa saludando con un potente grito y se dejó guiar por el sonido del televisor que se apostillaba en la sala de estar, divisó a su mujer en el gran sofá tendida, con la mano congelada en el remoto, sin moverse un ápice. Él besó sus labios sorpresivamente y se sentó a su lado dispuesto a comentar el día, sin embargo, se detuvo en cuanto recordó la cajita y la tendió en las piernas de ella.

-Recordé hoy la promesa que nos hicimos años atrás, la vez que vacacionábamos con dinero de nuestros padres en París-murmuró suavemente mientras tomaba una mano de ella y ésta le devolvía una mirada llena de sorpresa, en una mueca que siempre parecía llevar-. Recuerdo que nos hiciste prometer que nada nos alejaría, ni tus padres, ni los míos, tampoco terceras personas. Me sorprendí cuando insinuaste que sería el primero de los dos en caer en la infidelidad, pero me afirmaste, tranquila, que cuando ese día llegase, debía contarte sin titubear-alargó una pausa y soltó un suspiro angustiado, para luego proseguir, con un tono tambaleante-; hoy tuve una visión horrible, no soy capaz de contarte lo que…

Se detuvo abruptamente y tomó la caja entre sus manos, la abrió y dos cristales redondos refulgieron en ella, sacó una cuchara del bolsillo de su chaqueta y prosiguió:

-Cumpliré cada una de las cosas que nos prometimos aquella noche, hoy, y siempre.

Incrustó fuertemente la cuchara entre el párpado de la mujer y el ojo salió despedido. Sus cuencas jamás estarían vacías y nada, ni nadie, los separaría.

Ni siquiera la muerte.

Origen:
A muchos les parecerá familiar ésta historia, la historia de Carl Con Cosel, que terminó perdidamente enamorado de una joven con enfermedad terminal. Cuando ésta falleció, él se hizo con su cuerpo e intentó conservarla. Dejaré el link a su historia más abajo, para que puedan darle un pequeño análisis a los que desconozcan la historia.

Por otro lado, debo decir que no me tomé el tiempo de atar todos los cabos, como el qué pasó con los padres de la chica y el cómo, supuestamente, encontró una solución. Son cosas que no son necesarias comentar, pues se puede llegar a una conclusión sin mucho análisis.


Carl Tanzler
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